EPISODE · Dec 13, 2025 · 8 MIN
Monográfico Especial: Josef ha-Cohen Alconstantini, la Memoria del Exilio
from Desde Calatayud Voces de Sefarad
DESDE CALATAYUD - VOCES DE SEFARAD Monográfico Especial: Josef ha-Cohen Alconstantini, la Memoria del Exilio Narrador: Rabí Yehudá ben Shlomó Albilbilí Shalom. Soy el Rabí Yehudá ben Shlomó Albilbilí, el de Bilbilis, y mi voz, como el río Jalón que baña nuestra tierra, viaja hoy a través del tiempo. No para contarles historias de llaves y murallas, sino para seguir la estela de una pluma que, desde el exilio, reconstruyó el mundo que perdimos. Hoy, desde Calatayud, les traigo la voz de un hombre que, sin haber pisado nunca sus calles, fue el más bilbilitano de todos: Josef ben Yehoshua ha-Cohen, el gran historiador de la diáspora, el cronista del llanto y la esperanza. Para entender a Josef, el hombre que se convertiría en el máximo historiador judío del siglo XVI, no debemos buscar su cuna en los valles de Italia donde vivió, sino aquí, en el corazón de Aragón, en la aljama de Calatayud. Su historia es la historia de su sangre, la de los Alconstantini, una estirpe cuya grandeza y caída marcarían su destino y su obra para siempre. Imaginen por un momento la Calatayud de finales del siglo XV. Nuestra aljama no era un rincón oscuro, sino una ciudad dentro de otra ciudad, un motor de la economía del Reino. Las leyendas, que tanto nos gusta contar, dicen que fuimos fundados por exiliados de Jerusalén tras la destrucción del Primer Templo. Éramos tejedores, zapateros, artesanos... pero nuestra élite, la aristocracia a la que pertenecían los Alconstantini, tocaba las cuerdas del poder. Eran médicos, arrendadores de impuestos reales y, sobre todo, bayles: los administradores del Rey, el puente entre la corona y el pueblo. Los Alconstantini eran la encarnación de esa nobleza. Su apellido mismo, resonando con ecos de la antigua Constantina, hablaba de un linaje profundo. Figuras como Moshé Alconstantini ejercieron como bayle general, una posición de inmenso prestigio y peligro. Los archivos nos cuentan sus tribulaciones: cómo las intrigas de la corte lo llevaron a prisión, cómo tuvo que subastar propiedades en nuestra Calatayud para pagar fianzas desorbitadas. Pero incluso tras la tormenta, Moshé regresó, no como administrador, sino como rabino, como líder espiritual, demostrando que el poder de su familia no residía solo en el oro, sino en la Torá. El abuelo de nuestro protagonista, Tradoz Alconstantini, fue un médico de renombre, un hombre de ciencia. La sinagoga mayor, imponente y orgullosa, era el símbolo de una comunidad que se sentía segura, arraigada, eterna. Pero la eternidad, amigos míos, es un lujo que a nuestro pueblo rara vez se le ha concedido. El aire del siglo XV se había vuelto irrespirable. La Disputa de Tortosa, las venenosas predicaciones de Vicente Ferrer... todo había dejado una herida purulenta. La presión para abandonar la fe de nuestros padres era un martillo constante. Y entonces, en marzo de 1492, desde Granada, llegó el golpe de gracia. El Edicto. La elección imposible: el agua del bautismo o el polvo del camino. La conversión o el exilio. Para los Alconstantini, como para tantos otros que llevaban a Sefarad en el alma, la conversión era una muerte en vida. Rechazaron el bautismo. Eligieron el exilio. Y en ese momento, la familia, como un espejo arrojado contra el suelo, se hizo añicos, y cada fragmento reflejó un destino distinto. Mosse Alconstantini, el hijo del primer matrimonio de Tradoz, partió con el gran rabino Isaac Arama y el grueso de la comunidad hacia Nápoles, buscando refugio en Italia. Pero Preciosa Santel, la segunda esposa de Tradoz, y sus hijos, Bonafos y la joven Dolsa Alconstantini, la futura madre de nuestro Josef, tomaron un camino diferente. Un camino que parecía más corto, pero que los llevaría a lo que Josef, años más tarde, llamaría el "Horno de Hierro". Se dirigieron al norte, al Reino de Navarra. El 15 de julio de 1492, en Cascante, Navarra, encontramos un documento que revela la angustia del exiliado. Bonafos Alconstantini firma un contrato de alquiler. Paga por adelantado, con una cláusula que estipula que si se marcha antes de un año, perderá todo el dinero. No pensaban quedarse. Navarra era solo una pausa, un respiro antes de seguir huyendo. Pero el destino, en su infinita ironía, había tejido otro plan. En ese refugio temporal, dos linajes de exiliados se encontraron. Dolsa Alconstantini, la joven de Calatayud, portadora de la memoria de Aragón, conoció a Yehoshua ha-Cohen. Él era de Cuenca, de una familia sacerdotal castellana que también había conocido la persecución y el exilio, habiéndose refugiado en el castillo de Huete. En 1495, ya en Aviñón, se casaron. De esa unión, de la suma de dos nostalgias, la de Aragón y la de Castilla, nacería el 20 de diciembre de 1496, en Aviñón, el niño que les daría voz: Josef ha-Cohen. Josef nació en suelo provenzal, pero él mismo se firmaría siempre como "el español". Su infancia fue un eco de la de su pueblo: un peregrinaje constante. En 1501, con apenas cinco años, la familia cruza los Alpes hacia Italia. Génova, Novi, Voltaggio... una vida errante, marcada por la intolerancia. En 1516, son expulsados de Génova. En 1550, de nuevo. Una y otra vez, el mismo decreto, la misma maleta, el mismo dolor. Es en este crisol de sufrimiento donde se forja el historiador. Siguiendo los pasos de su abuelo Tradoz, Josef estudió medicina. Pero su verdadera vocación no era sanar cuerpos, sino sanar la memoria. Quería entender el porqué de la catástrofe. Y para ello, se sumergió en la historia. Su primera gran obra, "Divrei ha-Yamim le-malkhei Tsarfat u-malkhei beit Otoman ha-Tugrâ" (Crónicas de los reyes de Francia y de los sultanes Otomanos), es una proeza intelectual. Una historia universal que pone en paralelo a la Cristiandad y al Islam, a Francia y al Imperio Otomano, buscando en los grandes movimientos geopolíticos una señal, una explicación al destino de Israel. Es la obra de un erudito del Renacimiento, escrita en el hebreo más puro. Pero es su segunda obra la que se convertirá en su testamento, en el latido de su corazón herido: "Emeq ha-Bakha", el "Valle del Llanto". Aquí, Josef abandona la objetividad del cronista y se viste con el manto del profeta. El libro es un martirologio, un lamento que atraviesa los siglos. Recopila cada persecución, cada matanza, cada expulsión, cada humillación sufrida por el pueblo judío. Desde las Cruzadas hasta los fuegos de la Inquisición que ardían en su propio tiempo. Escribe con un estilo bíblico, poético, desgarrador. El "Valle del Llanto" no es un libro de historia; es la memoria de un pueblo hecha oración fúnebre. Un texto tan poderoso que se leerá en el ayuno de Tisha be-Av, el día que conmemoramos la destrucción de nuestro Templo. Pero no piensen que Josef era solo un hombre de libros y lamentos. Fue un hombre de acción. Un humanista completo. Tradujo al hebreo la "Historia general de las Indias" de López de Gómara, fascinado por ese Nuevo Mundo que se abría al otro lado del océano. Adaptó tratados de geografía y medicina. Y, sobre todo, se implicó en la vida de su comunidad. En las décadas de 1530 y 1540, lo encontramos colaborando activamente en el rescate de cautivos judíos capturados por los piratas en el Mediterráneo, una plaga de aquellos tiempos. Sus cartas personales nos lo muestran como un hombre apasionado, vehemente, incluso combativo en disputas familiares por herencias. Sentía cada injusticia en carne propia. Vivió para ver nuevas expulsiones, nuevos dolores, pero nunca perdió la fe. Murió hacia 1578, a los ochenta años, en Génova, la ciudad que tantas veces lo acogió y lo expulsó. Murió sin haber visto nunca la tierra de sus padres, sin haber paseado por las juderías de Calatayud o Cuenca. Pero gracias a él, la historia de los Alconstantini, la historia de los judíos de Sefarad, no se convirtió en ceniza y olvido. Josef ha-Cohen, el hijo de Dolsa de Calatayud, cumplió con el mandato más sagrado de nuestra tradición: Zakhor, recordar. Y al hacerlo, nos legó mucho más que una crónica de sufrimientos. Nos legó un monumento a la resistencia. La prueba de que, incluso en el exilio más oscuro, la memoria puede ser una patria. Y la escritura, el acto de fe más profundo. Desde Calatayud, desde el corazón de Sefarad, les ha hablado el Rabí Yehudá ben Shlomó Albilbilí. Que la memoria de nuestros antepasados, como la pluma de Josef ha-Cohen, nos ilumine siempre en nuestro camino. Dirección y producción: Ignacio Javier Bona López Shalom.
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