EPISODE · Oct 3, 2023 · 32 MIN
Necesidad de la gracia para la lucha
from Meditaciones · host José María Santana
Mt 5,17-19: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venidoa abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, oslo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sinque todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeñosy así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; encambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».— Necesidad de la gracia para realizar el bien.La naturaleza humana perdió, por el pecado original, el estado de santidad al quehabía sido elevada por Dios y, en consecuencia, también quedó privada de laintegridad y del orden interior que poseía. Desde entonces el hombre carece de lasuficiente fortaleza en la voluntad para cumplir todos los preceptos morales queconoce. Obrar el bien se hizo difícil después de la aparición del pecado sobre la tierra.Y «esto es lo que explica la íntima división del hombre –enseña el Concilio VaticanoII–. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y porcierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (Gaudium et spes, 13).La ayuda de Dios nos es absolutamente necesaria para realizar actos encaminados a lavida sobrenatural. No es que nosotros seamos capaces de pensar algo como propio,sino que nuestra capacidad viene de Dios (2 Cor 3, 5). Además, tras el pecado de origenesa ayuda se hace más necesaria. «Nadie por sí y por sus propias fuerzas se libera delpecado y se eleva sobre sí mismo; nadie queda completamente libre de su debilidad, ode su soledad, o de su esclavitud» (San Ireneo, Contra las herejías, 3, 15, 3); todos tenemosnecesidad de Cristo modelo, maestro, médico, liberador, salvador, vivificador (Decr. Adgentes, 8.). Sin Él nada podemos; con Él, lo podemos todo.Aunque la naturaleza humana no está corrompida por el pecado de origen,experimentamos –incluso después del Bautismo– una tendencia al mal y unadificultad para hacer el bien: es el llamado fomes peccati o concupiscencia, que –sinser en sí mismo pecado– procede del pecado y al pecado se inclina (Trento, Decr. Sobre elpecado original, 5). La misma libertad, aunque no ha sido suprimida, está debilitada.
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Mt 5,17-19: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venidoa abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, oslo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sinque todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeñosy así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; encambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».— Necesidad de la gracia para realizar el bien.La naturaleza humana perdió, por el pecado original, el estado de santidad al quehabía sido elevada por Dios y, en consecuencia, también quedó privada de laintegridad y del orden interior que poseía. Desde entonces el hombre carece de lasuficiente fortaleza en la voluntad para cumplir todos los preceptos morales queconoce. Obrar el bien se hizo difícil después de la aparición del pecado sobre la tierra.Y «esto es lo que explica la íntima división del hombre –enseña el Concilio VaticanoII–. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y porcierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (Gaudium et spes, 13).La ayuda de Dios nos es absolutamente necesaria para realizar actos encaminados a lavida sobrenatural. No es que nosotros seamos capaces de pensar algo como propio,sino que nuestra capacidad viene de Dios (2 Cor 3, 5). Además, tras el pecado de origenesa ayuda se hace más necesaria. «Nadie por sí y por sus propias fuerzas se libera delpecado y se eleva sobre sí mismo; nadie queda completamente libre de su debilidad, ode su soledad, o de su esclavitud» (San Ireneo, Contra las herejías, 3, 15, 3); todos tenemosnecesidad de Cristo modelo, maestro, médico, liberador, salvador, vivificador (Decr. Adgentes, 8.). Sin Él nada podemos; con Él, lo podemos todo.Aunque la naturaleza humana no está corrompida por el pecado de origen,experimentamos –incluso después del Bautismo– una tendencia al mal y unadificultad para hacer el bien: es el llamado fomes peccati o concupiscencia, que –sinser en sí mismo pecado– procede del pecado y al pecado se inclina (Trento, Decr. Sobre elpecado original, 5). La misma libertad, aunque no ha sido suprimida, está debilitada.
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