08 EL REINO DE LAS TINIBLAS

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08 EL REINO DE LAS TINIBLAS

LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. To

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar. Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas. Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra. Sentándose sobre los talones,

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    LOS DIOSES PIDEN SANGRE          Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera.     El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos.     Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. Tomok, el dios de las tinieblas, había hablado aquella noche pidiendo sangre, y el joven corazón de la princesa estremecíase de angustia mientras los tambores alargaban sus vibrantes latidos sobre selvas y montañas, transmitiéndose el mensaje de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, difundiendo la noticia hasta los rincones más remotos del reino de Saar.     Los tambores de Umbita, la capital del reino, habían enmudecido al amanecer, después de percutir varias horas. Su eco estaría llegando en estos momentos hasta alguna lejana tribu después de volar en alas del viento centenares de leguas. Volverían a sonar dentro de unas horas, llamando a los umbitanos a la reunión ante el pedestal de Tomok. Allí se llevarían a cabo el sorteo de las víctimas, siguiendo a continuación las grandes fiestas de despedida en honor a los elegidos. La fiesta se prolongaría hasta que desfilara por el río Tenebroso la última procesión acuática de las víctimas que, llenando canoas y almadías, entonando los cantos tradicionales, descendería lentamente agua abajo para desaparecer en la Gruta de las Tinieblas.     Como cada mañana, desde que tenía uso de razón. Tinné-Anoyá cruzó la marmórea terraza con los pies desnudos y fue a hincarse de rodillas sobre la alfombra.     Sentándose sobre los talones,

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