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Poesía de bolsillo.
by Jesús Zayas
Busco poesía para encotrate dentro, pues entre las letras busco tu alma.
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Las palabras de Pablo Neruda
?…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.
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23
¿Es que hacemos las cosas... de Jaime Sabines
¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas? ¿Es que vivimos sólo para tener memoria de nuestra vida? Porque sucede que hasta la esperanza es memoria y que el deseo es el recuerdo de lo que ha de venir. ¡Paraíso perdido será siempre el paraíso! A la sombra de nuestras almas se encontraron nuestros cuerpos y se amaron. Se amaron con el amor que no tiene palabras, que tiene sólo besos. El amor que no deja rastro de sí, porque es como la sombra de una nube, la sombra fresca y ligera en que se abren las rosas. Sexo puro, amor puro. Limpio de engaños y emboscadas. Afán del cuerpo solo que juega a morirse. Risa de dos, como la risa del agua y del niño; la risa de la bestia bajo la lluvia que ríe. Sobre tu piel llevas todavía la piel de mi deseo, y mi cuerpo está envuelto de ti, igual que de sal y de olor. ¿En donde estamos, desde hace tantos siglos, llamándonos con tantos nombres Eva y Adán? He aquí que nos acostamos sobre la yerba del lecho, en el aire violento de las ventanas cerradas, bajo todas las estrellas del cuarto a obscuras.
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22
La balada azúl de Nicolás Guillén
Frente al mar, viendo las olas la quieta orilla besar, los dos muy juntos, muy juntos cual no estaremos jamás, ella me dijo: --Quisiera ser ola blanca del mar y en su cristal peregrino lucir mi fino cristal. O ser el mar, que se mece del aire al suave compás, por donde en gentil carrera saltando las olas van... Y bajo el cielo sin nubes, junto a la orilla del mar, prendíle un beso en los labios y con amoroso afán, estrechándole le dije: --Mi bien, yo quisiera más; ser mar, si tú fueras ola, ser ola si fueras mar. En el jardín donde el céfiro dice su blanda canción, al pie de la fuente clara juntos, muy juntos los dos, ella me dijo: --Quisiera ser lirio pleno de olor, que al pasar, besara el aire, que al brillar, besara el sol. O ser el sol, que derrama con ardorosa pasión, oro hirviente en cada lirio que en los jardines brotó... Y en el jardín donde el céfiro dice su blanda canción, prendíle un beso en los labios como quien prende una flor, y estrechándole le dije: --Mi bien, más quisiera yo; ser sol, si tú fueras lirio, ser lirio, si fueras sol... En el cementerio, triste como un enfermo pensil, su cuerpo tibio y fragante cerca, muy cerca de mí, (mientras Céfiro en las frondas afinaba su violín, para llorar a la Tarde que acababa de morir), ella me dijo: --Quisiera descansar por siempre aquí, bajo esta tumba florida serenamente dormir. Y en el cementerio, triste como un enfermo pensil, estrechándole le dije: --Mi bien, yo siempre pedí ser blanca cruz en la tumba donde dormirás por fin, para estar, aun en la muerte, cerca, muy cerca de ti...
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21
Los formales y el frío de Mario Benedetti
Quién iba a prever que el amor, ese informal se dedicara a ellos tan formales mientras almorzaban por primera vez ella muy lenta y él no tanto y hablaban con sospechosa objetividad de grandes temas en dos volúmenes su sonrisa, la de ella, era como un augurio o una fábula su mirada, la de él, tomaba nota de cómo eran sus ojos, los de ella, pero sus palabras, las de él, no se enteraban de esa dulce encuesta como siempre o como casi siempre la política condujo a la cultura así que por la noche concurrieron al teatro sin tocarse una uña o un ojal ni siquiera una hebilla o una manga y como a la salida hacía bastante frío y ella no tenía medias sólo sandalias por las que asomaban unos dedos muy blancos e indefensos fue preciso meterse en un boliche y ya que el mozo demoraba tanto ellos optaron por la confidencia extra seca y sin hielo por favor cuando llegaron a su casa, la de ella, ya el frío estaba en sus labios ,los de él, de modo que ella fábula y augurio le dio refugio y café instantáneos una hora apenas de biografía y nostalgias hasta que al fin sobrevino un silencio como se sabe en estos casos es bravo decir algo que realmente no sobre él probó sólo falta que me quede a dormir y ella probó por qué no te quedas y él no me lo digas dos veces y ella bueno por qué no te quedas de manera que él se quedó en principio a besar sin usura sus pies fríos, los de ella, después ella besó sus labios, los de él, que a esa altura ya no estaban tan fríos y sucesivamente así mientras los grandes temas dormían el sueño que ellos no durmieron.
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20
El lugar que tú ocupas de Elvira Sastre
Por suerte, existes. Y por suerte, también, no solo existes, sino que te colocas aquí, justo al lado de todo lo que está lejos para estar cerca. Y por suerte, aún más, no solo existes y te colocas aquí, sino que es en ese exacto lugar en el que me haces pensar que merezco habitarlo, conocer los rincones que lo atajan y saber mirarte también cuando cierro los ojos. Como un sueño. Como el sueño que aparece en el momento preciso en el lugar que tú ocupas.
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19
El día que me quieras de Amado Nervo
El día que me quieras tendrá más luz que junio; la noche que me quieras será de plenilunio, con notas de Beethoven vibrando en cada rayo sus inefables cosas, y habrá juntas más rosas que en todo el mes de mayo. Las fuentes cristalinas irán por las laderas saltando cantarinas el día que me quieras. El día que me quieras, los sotos escondidos resonarán arpegios nunca jamás oídos. Éxtasis de tus ojos, todas las primaveras que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras. Cogidas de la mano cual rubias hermanitas, luciendo golas cándidas, irán las margaritas por montes y praderas, delante de tus pasos, el día que me quieras... Y si deshojas una, te dirá su inocente postrer pétalo blanco: ¡Apasionadamente! Al reventar el alba del día que me quieras, tendrán todos los tréboles cuatro hojas agoreras, y en el estanque, nido de gérmenes ignotos, florecerán las místicas corolas de los lotos. El día que me quieras será cada celaje ala maravillosa; cada arrebol, miraje de "Las Mil y una Noches"; cada brisa un cantar, cada árbol una lira, cada monte un altar. El día que me quieras, para nosotros dos cabrá en un solo beso la beatitud de Dios.
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18
Carmenes de Catulo (87 a. E.C – 54 a. E.C.)
Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, sin importarnos la crítica de los viejos. El sol se pone cada tarde y sale al día siguiente, pero nosotros, cuando se nos apague la vela, dormiremos una noche sin fin. Dame mil besos y después otros cien más, y después otros mil más y después otros cien más, y después otros mil más y después otros cien más, y muchos miles más hasta que enredemos la suma y ya no sepamos cuántos besos nos damos ni los envidiosos lo sepan. ... Me preguntas, Lesbia, Cúantos besos me bastan: Cuántas son las arenas del desierto de Libia, en Cirene, entre el oráculo de Júpiter y el sepulcro de Bato; Cuántas son las estrellas que en la noche callada contemplan los amores ocultos de los hombres: estos besos le bastan a tu loco de Catulo, que no puedan los curiosos calcularlos ni la maledicencia causarles maleficio.
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17
Más allá del Amor de Octavio Paz
Todo nos amenaza: el tiempo, que en vivientes fragmentos divide al que fui del que seré, como el machete a la culebra; la conciencia, la transparencia traspasada, la mirada ciega de mirarse mirar; las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba, el agua, la piel; nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan, murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba. Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas, ni el delirio y su espuma profética, ni el amor con sus dientes y uñas nos bastan. Más allá de nosotros, en las fronteras del ser y el estar, una vida más vida nos reclama. Afuera la noche respira, se extiende, llena de grandes hojas calientes, de espejos que combaten: frutos, garras, ojos, follajes, espaldas que relucen, cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos. Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma, de tanta vida que se ignora y se entrega: tú también perteneces a la noche. Extiéndete, blancura que respira, late, oh estrella repartida, copa, pan que inclinas la balanza del lado de la aurora, pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.
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16
El amor es el crimen perfecto de Carlos Salem
El amor es el crimen perfecto Porque no le importa dejar huellas y está siempre sembrado de ADN. Porque tiene en nómina a los detectives, a los criminales y a los jueces, (y creo que les paga mucho menos a los jueces). Porque sus cadáveres nunca mueren del todo y resucitan ante otros ojos, inéditos, para volver a morir, de amor, dentro de un tiempo. Porque antes de matar estafa, con sonrisa de ángel o banquero, y hace sentirse alto al más enano, y que nos veamos guapos los que nos sabemos feos. Porque te apuñala siempre en el mismos sitio, y los adictos/barra/ adictas/ hacen cola para su chute de subidón con destino al precipicio. Porque es un cronófago al que no le importa ser coprófago si has dejado que tu vida se convierta en una mierda. Porque inventó a los poetas, a los suicidas, a las putas, y también, para que alguien saliera ganando, a los proxenetas. Porque nunca se arrepiente y usa las banderas de tregua como pañuelos. Porque olvida direcciones, nombres y números de teléfono, pero cuando te descuidas te acorrala una noche y te deja desnudo y a solas con tus recuerdos. El amor a una mujer, a un hombre, a un hijo, a un club de fútbol, a una idea, a una mascota o a un planeta, que te lo quita todo sin permiso y te da a cambio el humo de una promesa junto a una ventana abierta. El amor es el crimen perfecto, porque ha estado matándome toda la vida, y todavía consigue que le abra la puerta, y lo siente a mi mesa, y lo tumbe en mi cama, y lo reciba como se recibe al viento, a las buenas noticias, y a esa bala entre los ojos que llevo años mereciendo: con una sonrisa resignada, una copa en cada mano, y los brazos bien abiertos.
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15
Poema No. 15 de Pablo Neruda
15 Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca. Como todas las cosas están llenas de mi alma emerges de las cosas, llena del alma mía. Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, y te pareces a la palabra melancolía. Me gustas cuando callas y estás como distante. Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: déjame que me calle con el silencio tuyo. Déjame que te hable también con tu silencio claro como una lámpara, simple como un anillo. Eres como la noche, callada y constelada. Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Distante y dolorosa como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una sonrisa bastan. Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
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14
Nublos de Fernando Celada
Ausencia quiere decir olvido, decir tinieblas, decir jamás, las aves pueden volver al nido, pero las almas que se han querido cuando se alejan no vuelven más. ¿No te lo dice la luz que expira? ¡Sombra es la ausencia, desolación!... Si tantos sueños fueron mentira, ¿Por qué se queja cuando suspira tan hondamente mi corazón? ¡Nuestro destino fué despiadado! ¿Quién al destino puede vencer? La ausencia quiere decir nublado... ¡No hay peor infierno que haberse amado para ya nunca volverse a ver! ¡Que lejos se hallan tu alma y la mía! La ausencia quiere decir capuz; La ausencia es noche, noche sombría; ¿En que ofendimos al cielo un día que así nos niega su tibia luz? Nuestras dos almas, paloma y nido, calor y arrullo no vuelven más A la ventura del bien perdido... ¡La ausencia quiere decir olvido, decir tinieblas... decir jamás!
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13
Cuando tengas frio de Joaquín Sabina
Usa mi llave cuando tengas frío, cuando te deje el cierzo en la estacada, hazle un corte de mangas al hastío, ven a verme si estás desencontrada. No tengo para darte más que huesos por un tubo y un salmo estilo Apeles y páginas anémicas de besos y un cubo de basura con papeles. Ni me siento culpable de tu lejos, ni dejo de fruncir los entrecejos que usurpan de tus ojos la alegría, si quieres enemigos ya los tienes, pero si socios buscas ¿cuándo vienes a repartir conmigo la poesía? Para la seño
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12
Rayuela Capitulo 7 de Julio Cortázar
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
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11
Rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer
Cerraron sus ojos, que aun tenía abiertos; taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz, que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho, y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día y a su albor primero, con sus mil ruidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterios, de luz y tinieblas, medité un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo, y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos; cruzó la ancha nave, las puertas gimieron y el santo recinto quedose deserto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba... que pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapáronle luego, y con un saludo despidiose el duelo. La piqueta al hombro, el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, reinaba el silencio; perdido en las sombras, medité un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero de la pobre niña a solas me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo, del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos!... ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno? ¡No sé; pero hay algo que explicar no puedo, que al par nos infunde repugnancia y duelo, al dejar tan tristes, tan solos los muertos!
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10
Puedo escribir los versos más tristes esta noche de Pablo Neruda
20 PUEDO escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
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9
Porque yo estuve solo de Ruben Bonifas
Porque yo estuve solo quiero pensar que tú estuviste sola. Que no te fuiste, que dormías. Que me dejaste sin dejarme, y me necesitabas para poder estar contenta. De cualquier modo, he recobrado mi lugar en el mundo: regresaste, te volviste accesible. Me devuelves el tiempo, el dolor, los caminos, la alegría, la voz, el cuerpo, el alma, y la vida y la muerte, y lo que vive más allá de la muerte. Me lo devuelves todo encarcelado en la apariencia de una mujer, tú misma, a la que amo. Volviste poco a poco, despertaste, y no te sorprendiste de encontrarme contigo. Y casi pude ver el último peldaño del secreto que subías al dormir, pues abriste —muy despacio, muy plácidos— tus ojos adentro de mis ojos que velaban.
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8
Te quiero a las 10 de la mañana de Jaime Sabines
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño. Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?
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7
La última primera vez de Elvira Sastre Sanz
Nos dijimos tantas veces adiós que despedirnos significaba reinventar un reencuentro. Era un precipicio con vistas al mar, y yo me hice adicto a las alturas desde que la contemplé precipitarse sobre mí desde el punto más alto de un sueño. Era una espalda magullada que desprendía felicidad al desplegarse, quizá por eso me adherí a ella: era ese punto exacto de felicidad que tiene la tristeza y que nunca se encuentra. Pero, entonces, ella. La última primera vez que la vi estaba de espaldas -cómo no, ella siempre por delante del mundo-, y me tembló cada huella. Se giró y con ella mis palabras, y nos abrazamos, como se abraza un niño al peluche que le salva cada noche de las pesadillas, como se abraza un cuerpo llovido y frío a otro que le espera lleno de mantas, como se abraza al futuro quien ha perdido demasiado a cambio de un poco, como se abrazan dos almas cansadas que solo necesitan que sus huesos choquen. Estaba tan guapa, tan guapa como la primera vez, tan guapa como los finales tristes que terminan con un beso, como esas tormentas que te ahogan si no te mojan, tan guapa como esas mujeres que -por fortuna o por desgracia- son para toda la vida. Sueño tanto con ella que verla es como seguir dormido. Ella caminaba y decía que los ayeres nunca podrían convertirse en mañanas; que cuando el reloj se rompe de nada sirve darle cuerda; que hay flores que duran un verano porque la vida es así, y de nada vale ahogarles en agua si ya es invierno. Yo la escuchaba como se escuchan algunas canciones: leyéndola. Verbalizaba todos mis motivos en cada sorbo de café -a veces se ausentaba y era entonces cuando yo le deslizaba mis razones sobre la mesa-. Fue uno de esos momentos en los que las palabras sobran. Me explico: cuando sabes el final de una película y aún así vuelves a verla, es cuando te fijas en los detalles que guarda. Y yo solo quería mirarla, una última primera vez más. Porque, pese a todo, sonreía. Sonreía taladrando mi mirada con sus ojos tristes. Y así hasta su adiós me parecía bonito. Después, devoramos cada migaja que dejamos para no poder encontrar el camino de vuelta a nosotros. Pero, en medio del banquete, le acaricié el pelo y fue como tocar una nube: nos caló los huesos. La vi lloverse por dentro, deshacerse hundida en mi hombro, alcanzar mis latidos, abandonar por un momento el camino mirando mis ojos mirando su boca, suplicarme que (no) la dejara ir, respirarme el cuello para coger aire, estrecharme como si aferrándonos así pudiéramos salvarnos, rendirse de rodillas ante todos los amores que no pueden ser y sacrificarse durante un instante por ellos. Estaba más bonita, más desnuda y más lluvia que nunca. Cómo no iba a besarla. Cómo no iba a deshacerme de todos los salvavidas en su boca de agua una última primera vez. Al abrir los ojos vislumbré su espalda vestida sin mis manos -como la primera vez- alejándose de otra vida, zigzagueando entre su presente y mi futuro, recogiendo flores arrancadas para recordarse que no podríamos volver a querernos, con nuestra saliva aun latiendo en el corazón y el silencio gritando en su boca ya cerrada. Hay cosas que no pueden terminarse porque nunca han comenzado.
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6
Fragmento de no hay huidas (CR)
Nos encontrábamos una vez a la semana teníamos sexo, bebiamos cervezas y leíamos a Proust, todo en ese orden. Ella se preocupaba por leer a Proust correcta y sigílosamente, a mi me molestaba que no tomara notas al margen de sus libros. Recolectabamos piedras de un río que no era un río sino un lago artificial pero le llámabamos río para sentirnos especiales. ¿Nos amamos alguna vaz por esos días? No lo sé pero encontramos algo de paz y libertad estando juntos, escuchabamos guitarras desde las trincheras, mientras la guerra y la muerte se jugaban en la ciudad. Todo parecia lejos, lo suficientemente lejos para dormir tranquilos. Viajamos por todos los países, aún los no reconocidos mientras soñabamos despiertos situaciones que no iban a ocurrir. Sabiamos que no funcionaria entre nosotros, sabíamos que nos querrriamos siempre pero llegado el momento partiríamos lejos, ese es el precio de la libertad: la soledad; y no habia otra cosa en el mundo que desearamos más. Nos aterraba la idea de que existiera en el mundo alguien tan parecido a nosotros; nos aterraba por que sabiamos de todo lo que éramos capases... y lo que no. Escuchábamos canciones que se mezclaban con los ruidos del sexo, tan sobreestimado, tan necesario. Y hasta entrada la madrugada leíamos, rodeados de semen sudor y fluidos, nos quédamos dormidos, enroscados, una madeja de miembros humanos. ¿Reconocernos?, ¿Cómo, cuando se está tan enredados, tan implícitos en un crimen voluntario? Por esos días fuimos felices. Nos vestíamos, listos para experimentar la libertad de la que éramos capaces, una vez a la semana, una noche a la semana y una huida de madrugada. Y escribo en pasado por que el futuro no es de confianza, y aún no se sí lo lograremos la semana entrante.
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5
Pleamar de Elvira Sastre Sanz
La distancia más larga entre dos personas es un sueño imposible. He de creer que todo ocupa un hueco, que un adiós es la cuna de otra cosa distinta pero igual. Que tu mirada de otoño que no rompe seguirá existiendo en el mismo punto de mi memoria que te esperaba cuando solo eras aire bailando bajo el mar. Que tus dedos suaves vendrán infinitos a deshacerme los nudos y que al cerrar los ojos siempre sonará tu risa al otro lado. Que tu ausencia alumbrará tu presencia como sol en océano y que no habrá distancia capaz de cerrar la puerta si seguimos confiando en el viento. He de creer que mi fe no echará por tierra este milagro. Has de saber que creí en las flores cada día que te observé tormenta, que habitas aquí dentro y te siento calmada y me lates tranquila y te vivo sin pausa, que eres eterna en tu prisa por vivir y cuando me llevas a ti me siento más yo, que volveré a por ti y sonreír será entonces sencillo. Has de saber que una persona está hecha de personas y tú ocupas todo mi cuerpo. La distancia más larga entre dos personas es un sueño imposible. Y nosotros dormimos espalda sobre mano sobre ojo sobre boca sobre pie sobre nuca sobre corazón sobre todo para siempre.
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4
Socorro Pido de Joaquín Sabina
Si nos hundimos antes de nadar no soñaran los peces con anzuelos, si nos rendimos para no llorar declarará el amor huelga de celos. La primavera miente y el verano cruza como un tachón por los cuadernos; la noche se hará tarde, tan temprano, que enfermarán de otoño los inviernos. Cuando se desprometen las promesas, la infame soledad es un partido mejor que la peor de las sorpresas. Si me pides perdón socorro pido, si te sobra un orgasmo me lo ingresas en el banco de semen del olvido.
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3
Que cada día sea un para siempre de Elvira Sastre Sanz
Podría prometerte una vida sobre nubes, decirte que todo irá bien siempre, asegurarte que no habrá viento que nos mueva, jurarte que no saldrá ningún daño de mis manos hacia tu pecho. Podría prometerte un amor seguro, un futuro atado con un lazo de purpurina, darte la dirección de nuestra casa que aún no existe, llevarte a cenar, adornarte el armario e invitarte de vacaciones, las medidas exactas de nuestro futuro, una rutina sellada con la tinta del compromiso. Pero las promesas son seres cobardes que posponen mentiras futuras. Yo prefiero decirte que mientras estés conmigo no volverás sola a casa, que la semana que viene daremos un paseo sin hora de vuelta porque es verano y te hace una cara preciosa, que te quiero más que ayer y quién sabe mañana. Mi amor, yo prefiero hipotecar mi vida a tus manos que a la tranquilidad, no saber a dónde voy pero sí con quién, hacer el futuro en nuestro presente, deshacerme de la doctrina del reloj y pasearte por mi vida sin que importe la puntualidad. Yo prefiero mojarte el corazón cuando te duela, amarrarte a mí cuando vengan tempestades para que nos lleven, pero juntos, curarte con cuidado y paciencia las heridas que pueda causarte en vez de marcharme, responderte hoy, nosotros cuando me preguntes qué quieres ser de mayor. Yo no te voy a prometer un futuro feliz y seguro, yo no voy a poder salvarte la vida siempre, yo no te voy a ocultar mis tropiezos, mis tristezas y mis fallos, yo no te voy regalar un amor para siempre. Yo te voy a dar un presente imprevisible, yo voy a cruzar contigo todos los semáforos en rojo del Distrito, yo voy a llorar contigo hasta cuando sea de ti, yo voy a quererte de tal modo que sientas que cada día que lo hago lo estoy haciendo para siempre.
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2
Entre el naranjo y el mar de Alberto Ruy Sanchez
Entre el naranjo en flor y el mar entre tus piernas, el viento te trae hasta mi rostro: te miro porque te huelo, y al olerte te escucho, tus sabores en los dedos y en las uñas tus sonidos. En el oleaje encrespado de tu pubis hundo todo lo mío, sueños, memoria, ideas, y navego lentamente tus olores, tu sonrisa. Tus anhelos huelen, saben, hacen ruidos diminutos, líquidos. Así dices mi nombre, ese sonido, mientras mis dedos pacientes y curiosos, lentos, casi detenidos abren y acarician detalladamente los gajos labiales, la fruta púbica, que casi has puesto con tu mano poderosa en mi boca.
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1
La luna llena ilumina tus sueños de Alberto Ruy Sánchez
Algunas noches, de luna llena, como ésta, duermo contigo y con tu sueño. Dentro de ti algo palpita. Aflora en la plenitud de tu descanso, en tu abandono, en tus párpados infinitamente quietos. En tu mano abierta sin más, hacia lo invisible. En la sonrisa insinuada. En el cuello que se eriza. Tal vez la luna lee también en tu cuerpo dormido y pleno esta felicidad tranquila, este placer despierto dentro. Y como yo, te sostiene en su brazos sin saber ya si es tu sueño o el mío el que la luna ilumina. Hay en tu rostro esa sonrisa que sólo en esta luz de luna llena aparece y en mi sueño tú sueñas que en mi manos te sueño. Y tu sonrisa es la mía.
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