Relatos Curiosos Archivos - El Cuartel del Soñador

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Relatos Curiosos Archivos - El Cuartel del Soñador

El BlogCast de Fernando Garibay

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    El día en que supe que Dios si existía

    En una etapa de mi vida, durante los primeros años de mi edad adulta, yo era muy afortunado al contar con un empleo muy agradable y deseado por muchos: sobrecargo de aviación. Este empleo me permitió viajar de forma superlativa durante un periodo de casi 5 años. Lo más agradable de todo era  que el desempeñarlo me hacía muy felíz y además ¡me pagaban por hacerlo! Una de las características más agradables de este empleo, era que contábamos con 5 días libres corridos cada mes para “descansar”, en realidad no eran más que los 4 a 5 domingos del mes que se consolidaban juntos ya que también nuestra actividad era corrida no importando que se atravesaran sábados, domingos o días festivos. En fín un formato por demás agradable para un chico de mi edad. La mayoría de nosotros utilizábamos estos días libres (por cierto llamados días intocables) por lo general para viajar (jajaja) pero ya por nuestra cuenta y poder utilizar nuestras prestaciones viajando prácticamente gratis a cualquier destino de la aerolinea. Un buen día llegaron mis días intocables, no recuerdo con exactitud de que mes ni de que año, pero lo que si recuerdo es que ¡no tenía ni un peso en la bolsa! A pesar de que mis ingresos no eran nada malos, mi juventud se encontrába en su punto más álgido; yo vivía el momento y me gastaba hasta el último centavo sin pensar en nada más. Para mi suerte o mi desgracia, yo vivía aún con mis padres y no tenía ninguna obligación económica en casa, y pues cualquier otra explicación carece de relevancia. Ese día por la tarde llegó a casa a visitarme mi mejor amigo entonces; le platiqué que al dia siguiente comenzaban mis días intocables y me propuso que salieramos de viaje hacia el tan entonces de moda Puerto Escondido en el estado mexicano de Oaxaca. Le hice saber que no tenía ni un duro en el bolsillo y que sería un viaje por demás irrealizable. Casi pude ver como aparecía un foco o bombilla iluminada emerger desde dentro de su cabeza en el momento en el que emocionado me sugirió que podriamos ganar dinero para ese viaje trabajando sin parar todo el dia siguiente en el “pesero” o microbus colectivo propiedad de su hermano y que podíamos contar con él para ser choferes de la ruta “Toreo – Ecatepec” desde el alba hasta el anochecer. Si, efectivamente, esta iba a ser una gran diligencia muy complicada y desagradable, ¡pero, qué importaba! tendríamos dinero suficiente para nuestra travesía. Al día siguiente como dije antes, salimos al alba. Yo conducía la combi en el sentido “toreo – ecatepec” y mi amigo conducía justamente la ruta de regreso. La longitud por cada tramo era de aproximadamente unos 30 kilómetros o más, sin embargo había que realizar decenas de paradas lo cual hacía del trayecto una escaramuza de varias horas. Al final del día terminamos extremadamente cansados, sucios y estresados, ¡Ah pero eso si! con $3,000.00 mxp en la bolsa listos para salir al alba siguiente en mi auto recien comprado (usado de unos 3 o 4 años). Al darme cuenta de que la cantidad generada no era ni por mucho lo que necesitabamos para pasar unos dos o tres días de manera semi decente en ese destino turístico, me dirigí triste y decepcionado a mi amigo, diciéndole que esa cantidad era apenas suficiente para los gastos del traslado a lo que él simplemente me contestó que no me preocupara, que sólo “comeríamos” cervezas. Aunque yo un poco más maduro que él sólo asentí aunque no me imaginaba ni cómo lo lograríamos. No lo pensamos más y nos pusimos a arreglar todo lo necesario para el viaje a Oaxaca en unas cuantas horas más tarde. La partida Dieron a proximadamente las 7:00 a.m. y partimos hacia la salida a Puebla, por Iganacio Zaragoza y de allí hacia la hermosa ciudad de Oaxaca. Faltando aproximadamente unos 80 kilómetros para llegar, el auto comenzó a fallar. La aceleración se interrumpía, el auto se “jaloneaba” justo en plena sierra desolada Oaxaqueña (en ese entonces aún no existía la autopista actual). Eran aproximadamente las 12 del día y el calor en esa zona era casi insoportable. Por alguna extraña casualidad y con el auto jaloneándose como burro, llegamos al parecer a la cima de la montaña porque a partir de ese momento las subidas se terminaron y comenzaban sólo pendientes. Esto nos ayudó a llegar prácticamente sólo con el impulso de la gravedad. Lejos de preocuparnos sólo alardeábamos de nuestra buena suerte. LLegamos por fín a nuestro destino intermedio (Oaxaca) ya que todavía faltaba el tramo más escabroso hasta Puerto Escondido, unos 300 kilómetros de sierra, selva y carreteras muy sinuosas. Decidimos llevar el auto a revisión en un taller mecánico. Mientras  tanto y obedeciendo a nuestra sed, estubimos bebiendo algunas cervezas y sumado al cansancio acumulado, nos quedamos profundamente dormidos en un par de hamacas que se encontraban en el pasillo de entrada al taller mecánico. De pronto desperté, y me di cuenta que era de noche y sólo vi una luz al fondo del taller. Me levanté de la hamaca y me dirigí hacia la luz. Cuando llegué me encontré con el mecánico sentado en el suelo y con el carburador de mi auto completamente desarmado. Veía muchas cosas regadas en el suelo: resortitos, balines, piezas de metal, de plástico, tornillos por todos lados. Pero hubo algo que vi que me puso los cabellos de punta: la cara de confusión del mecánico, que parecía como si por primera vez hubiese desarmado un carburador. Con recelo le pregunté que ” si ya casi terminaba” y el me dijo simplemente: “Vuelva adormir y en cuanto esté listo lo despierto” Comprendí que no me quedaba de otra y decidí verlo por el lado amable y fuí y me relajé. Unas cuatro horas más tarde (serían al rededor de las 2:00 a.m.) el mecánico cumplió su palabra y me despertó diciendo que ya todo estaba listo. Con un mar de dudas tuve que aceptar el que así hubiera sido y me dispuse a despertar a mi amigo para continuar con el viaje sin antes haber pagado al mecánico por su trabajo. Cabe mencionar que el costo de la reparación y los gastos iniciales del viaje consumieron un poco más del 60% del fondo total del dinero que teníamos. Salimos en medio de la madrugada a enfrentar la parte más inhóspita del camino, pero eso si, disfrutando de un humeante vaso de café acompañado de una mezcla selecta de canciones grabadas en el casette de turno. Durante el camino se cruzaban aves nocturnas, pláticas inusuales, grandes silencios seguidos de inmediato por unas inmensas ganas de dormir. Al final, el sueño resultaba vencido por la emoción de llegar al puerto y comenzar a disfrutar nuestro improvisado viaje a la aventura… A la aventura de no saber qué demonios ibamos a hacer tan lejos sin dinero ni para comer o regresar por el mismo camino a nuestros hogares. La llegada Al rededor de las 6:00 a.m. comenzó a amanecer. Nosotros continuabamos conduciendo ya en ese momento por la zona más selvática del camino. Los primeros rayos solares se colaban por entre las ramas de los árboles, como si estos fueran tubos de color púrpura que al mezclarse con el verdor de la vegetación, generaban un efecto narcotizante y etéro bajo ese marco sonoro de música reproduciéndose y nuestros cuerpos llenos de cansancio, pero al final extraordinarimente placentero. Finalmente despues de un rato más pudimos ver las primeras instantáneas del oceano asomándose sobre las pequeñas lomas al margen del camino. La carretera costera era como un premio a la constancia después de haber transitado esos difíciles caminos tan hostiles. Al divisar el pequeño anuncio “puerto escondido 8,000 habitantes” nuestro corazón comenzó a latir muy rápido por la emoción. Nuestros planes de hospedaje contemplaban llegar a un trailer park que conocíamos en viajes anteriores en el que los precios eran muy cómodos ya que instalaríamos nuestra tienda de campaña como siempre lo hacíamos. Al pagar por adelantado la estancia, me percaté que ya tan solo nos quedaban al rededor de $100.00 mxp, es decir, ¡nada! Se lo comuniqué a mi amigo y le dije que no sabía que ibamos a hacer, y lo peor de todo es que ya teníamos un hambre atroz. Él se limitó a decirme que no hablara de cosas tristes, que fueramos a la playa a olvidarnos de los problemas. En realidad él era un chico algo más joven que yo, y comprendí que su inmaduréz era mayor que la mía y por tal motivo reaccionaba de esa manera. Sinceramente yo me encontraba muy preocupado y sin saber que hacer a casi 1000 kilómetros de distancia hasta mi casa. Mis padres se encontraban de viaje y no había manera de llamarles para enviar dinero además que en aquellos tiempos el pueblecito era extremadamente rústico. Comprendí que lo mejor era hacer lo que mi amigo sugería y aplicar una de las sabias máximas de Confusio: “Si algo tiene solución, ¿para qué preocuparse? y sino la tiene ¿Para qué preocuparse? Alcanzamos una parte de la playa en donde se remontaban unas hermosísimas olas, desde mi punto de vista, una tentación para surfearlas ( lo único malo es que ninguno de los dos sabíamos surfear y por supuesto, no contabamos con tablas de surf) Entonces me senté en un montículo de arena sobre la playa admirándo la inmensidad del mar mientras mi amigo corría como un infante hacia el agua. Se tiró dentro de ella en un “clavado” y al salir me llamó con un grito: “¡Ven, métete, el agua está excelente!” Yo por mi parte comencé a entender la cruda realidad y lo que nos esperaba: sinceramente nunca tuve la experiencia de deambular para conseguir un bocado ni mucho menos de pedir dinero o “talonear” con los extraños, honestamente no tenía ni idea de cómo hacerlo. No me quedó de otra más que pensar y gritar en mi interior:”¡Ayúdame Dios Mío!” cuando en realidad ni religioso era (que aunque creo en Dios ni ahora lo soy). Fué entonces cuando me dije a mi mismo: Bueno ¡ya basta! ¡ya estoy aquí y voy a disfrutarlo! Me levanté de mi sitio y me eché a correr también hacia el agua sintiendo el aire tibio del ambiente e inmediatamente después, la fresca sensación del agua de mar comenzando a calentarse. El milagro Nadé un poco hasta la zona en la que el nivel del agua llegaba exactamente hasta mi pecho y me detuve. Giré mi cuerpo con dirección a la playa. Alcanzaba a ver a mi amigo a unos 50 metros de donde yo estaba. Sumergí mi cabeza en el agua para mojarme perfectamente y por completo y en un sube y baja emergí con energía a la superficie. Lo primero que hice fué enjugar con mis manos el agua sobre el area de mis ojos y como siempre sucede, la vista quedó un poco borrosa y poco a poco en unos segundos la fuí recuperando por completo. Mis ojos apuntaban hacia el agua que alcanzaba aún el nivel de mi pecho. Con la visión periférica detecté un objeto que flotaba junto a mi, algo así como un trozo de alga a la deriva o tal vez una hoja vegetal de color verdoso. Por lo general cuando esto me sucede, adquiero una sensación desagradable y me alejo del punto, acción que estaba por tomar, cuando alcancé a percibir un tipo de grabado como de una pequeña cara humana en la superficie expuesta de ese objeto. En ese momento yo caía en cuenta de que estaba en una playa casi virgen, con algo de turismo hipster, pero no esperaba ver basura flotando en el agua. Este razonamiento me hizo despertar de mi apatía y volví mi cabeza hacia el objeto para tratar de adivinar de qué tipo de basura o residuo se trataba. Cuando enfoqué mi vista hacia la pequeña carita grabada, percibí algo que me dejó boquiabierto: Era la cara de Lázaro Cárdenas, un antigüo presidente mexicano y hoy uno de nuestros próceres en el país. De inmediato en mi cerebro y tal cual como una cinta de cine trasladada a su máxima velocidad los razonamientos pasaron ante mis ojos como un bólido hasta detenerse en seco y por completo con una sóla idea: ¡Esto es un billete de $10,000.00 mxp! Inmediatamente y sin pensarlo más tomé con mi mano el dinero flotante asiéndolo con mucha fuerza ya que mis temores de ese viaje allí terminarían. Aún sabiendo que el que algo así sucediera es prácticamente imposible, revisé el billete una y otra vez y todo me llevaba a la felíz confirmación de que era un billete real y en excelentes condiciones. Sólo tendría que ponerlo al sol durante unos minutos para que quedara intacto. Sentía la felicidad y la impaciencia por decírselo a mi amigo abultándose en mi estómago tratando de salir como agua mineral de la botella. Por fín pude gritar y decirle a mi amigo con señales que saliera del agua. Ja ja ja, ¡el pensó que le pedia salir con tanta urgencia por que tal vez yo había visto un tiburón rondándonos! Al salir ambos a la franja de arena le dije sin más: ¡Ya la hicimos cabron! Le expliqué lo que había sucedido y por supuesto no me creyó, el aún en la actualidad cree que yo tenía ese dinero desde un principio y que no quise sacarlo hasta el último minuto ya cuando las circunstancias fueran inminentes. Pero en este artículo les doy mi pabra de que esto sucedió tal y como lo he contado. A partir de ese momento el viaje se convirtió en un viaje maravilloso. Fuimos a almorzar sin limitaciones, rentamos tablas de surf para intentar aprender a deslizarnos en las olas, pudimos comprar todo lo que necesitabamos de comidas y bebidas, en fín un viaje de primera. Por supuesto que continuamos, gracias a nuestra inmaduréz, gastando sin administrar el dinero, pero en realidad esa cantidad en aquella época era plata suficiente para poder hacerlo sin preocuparse, aunque he de decir que al finalizar la aventura, llegamos a casa con tan sólo $5.00 mxp residuales en el bolsillo. Aprendizaje Después de muchos años de haber sucedido esta anécdota, me doy cuenta que la vida está hecha en gran parte de casualidades, coincidencias y hechos fortuitos. Esto no significa que yo apoye la teoría del no planear, por el contrario, creo también que lo que sucede en nuestros caminos está muy ligado al porcentaje de posibilidades de que algo suceda. Nosotros no tenemos control sobre el futuro pero si tenemos el control de aumentar o disminuír las probabilidades de que algo que queremos suceda o no. La casualidad llega a veces a ser tán precisa, que nos lleva a pensar que ha sido un hecho planeado o realizado por algo o por alguien superior. La experiencia me ha enseñado que en mi mente existen dos tipos de receptores: Un receptor espiritual y otro analítico. Ambos son totalmente incompatibles. El lado espiritual es el que me hace amar a mi familia, amar la vida, las casualidades, creer en Dios. El lado analítico es el que me ayuda a prever, planear y a no creer en charlatanerías, a poner los pies sobre la tierra, a actuar objetivamente. He aprendido a no mezclar ambas partes, pues como lo he dicho son completamente incompatibles. A usar cada parte con la situación en la que debe ser usada cada una respectivamente. ¿Que con qué conclusión me quedo? Pues bien, creo que la vida es bella, aunque a veces sea cruel, que es esperanzadora aunque hay momentos en los que ya no queremos seguir adelante, que siempre y en cualquier punto de tu existencia, tienes la oportunidad de cambiar el rumbo, de pivotar, hacia un camino de oportunidades y felicidad. Tal vez lo logres, tal vez no, pero en fin, así es la vida… Ferga The post El día en que supe que Dios si existía appeared first on El Cuartel del Soñador.

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