PODCAST
Juan el Apostol podcast
by juanelapostol
Este Podcast va a tratar de ser un diálogo con Juan el Apóstol y todos los que quieran parecerce a El. Vamos a tratar de entrar en su corazón de joven y descubrir qué fue lo que hizo este joven de 15 años llegue a convertirse en "El Discipulo Amado" del Corazón de Jesús.
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Cuaresma
La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo. La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios. El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual. En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios. Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección. 40 días La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto. En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades. La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.
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60
FELIZ NAVIDAD!
Dios acababa de dar a la tierra un Salvador y en los brazos de Maria en éxtasis, los Ángeles adoran al Verbo encarnado. ¡Que lección para nuestra fe! El tiempo no disminuye la profundidad del misterio; los siglos pasan por delante de este pesebre bendito, el cual nos conserva y nos transmite el recuerdo del nacimiento de Jesucristo, sublime y encantadora prueba del amor de Dios hacia nosotros! Si vosotros no podéis olvidar vuestra madre, vuestra familia, vuestra patria, cristianos no olvidéis al que ha nacido para salvarnos. Oración. Dios Todo Poderoso, que derramáis hoy sobre nosotros la nueva luz de vuestro Verbo encarnado, haced que la fe de este misterio se infunda también en nuestros corazones. Señor y Dios nuestro, haced del mismo modo, te lo rogarnos, que celebrando con alegría la Natividad de N. S. Jesucristo, merezcamos, por una vida digna de El, gozar de su presencia. Dulce Niño de Belén, haz que penetremos con toda el alma en este profundo misterio de la Navidad. Pon en el corazón de los hombres esa paz que buscan, a veces con tanta violencia, y que tú sólo puedes dar. Ayúdales a conocerse mejor y a vivir fraternalmente como hijos del mismo Padre. Descúbreles también tu hermosura, tu santidad y tu pureza. Despierta en su corazón el amor y la gratitud a tu infinita bondad. Únelos en tu caridad. Y danos a todos tu celeste paz. Amén
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59
Maria y su vida de oración
Lecturas 1) Act. 1, 12—14 ; 2) Lc. 2,l (Lc.2,19). Queridos hermanos propongo meditar juntos a propósito de estos dos textos bíblicos: — María en oración con los Apóstoles en el Cenáculo; — María, guardando y meditando en su corazón los misterios de su Hijo. En otras palabras: reflexionemos sobre la plegaria de María o sobre María orante. 1) El preludio Si levantamos el telón de esta historia en el momento de le Encarnación del Verbo, contemplemos previamente, como preludio, cómo era la oración de María antes de la Anunciación. • La simplicidad y el encanto de la piedad de María niña; • La pureza y la belleza de le plegaria de María adolescente, capaces de embelezar y conquistar el corazón de Dios... • Espíritu filial, oración de hija de Dios Padre.. ; • Lo mejor de todo el Antiguo Testamento y como condensándolo en la plegaria — Salmo viviente— de espera ansiosa del Redentor...; • Ella era la Inmaculada, la sin pecado. María estaba en tensión hacia Dios y sin posibilidad alguna de que cualquier creatura desviara la dirección orante de su vida...; • Ella era la plena de gracia Y si la gracia corre paralela a la oración, el grado de oración de María debió ser desde el principio muy alto. Y sin embargo siempre creciente. como la gracia, que poseía en plenitud relativa... 2) Primer acto: María orante en la vida oculta. Cuando el ángel se presentó a María (Lc. 1,26-38), ¿no es verosímil pensar que la encontrara orando?. Y en el éxtasis de aquella oración, EL VERBO SE HIZO CARNE... (Jn.l,14). La oración de María a partir de entonces será también oración de Esposa al Dios Espíritu Santo y oración de madre respecto de Dios Hijo. Y el “Fiat” de la Anunciación es el signo de la autenticidad de la oración de María. Porque una oración es auténtica cuando se traduce en humilde docilidad y obediencia a la voluntad de Dios. ¡Pensemos en los diálogos misteriosamente orantes de María y Jesús presente en su seno durante los nueve meses de gestación! Un sagrario viviente y toda Ella hecha plegaria allá adentro. La VISITACION (Lc. 1,39-56) es la oración traducida en caridad fraterna y servicio, otro signo de autenticidad. El Magnificat es la oración hecha poesía y hecha canto. Es la tipología de la oración de acción de gracias. El NACIMIENTO de Jesús. Su madre lo da a luz como en un éxtasis. Y se une a los ángeles para cantar la primera gloria de la primera Navidad y a los magos en su plegaria adorante. Y el Verbo humanado se hace sensible, visible, cercano. Los besos, abrazos y cuidados de María prefiguran toda la unión de los místicos con el Señor. Oración de la vida oculta de María hecha • De gozos presentes y dolores futuros preanunciados, • De presencias y ausencias de Cristo, como en el episodio de la pérdida y hallazgo en el templo (Lc.2,4l-50)... • Inspirada en cada palabra o cada gesto de Jesús niño, adolescente o joven. Y siempre Ella guardando y meditando todo en su corazón (Lc.2, 51). Eran los MISTERIOS GOZOSOP DE MARÍA. 3) Segundo acto: María orante en la vida pública de Jesús. Desde el comienzo, en Caná, intercede por nosotros: (Jn.2,3) ¡Cómo habrán resonado en el almo contemplativa de María aquellas palabras de Su hijo acerca de la oración!: • (Mat. 6, 9 ss.) • (Mt. 7,7 ss.) • (Lc.11,42) Y aquellos ejemplos de Jesús: • De oración en el desierto o en lo montaña (Mt 14,23…) • A solas o con sus discípulos, como en la Transfiguración (Mt .17, l-8) • Antes de la elección de los apóstoles y antes de los milagros… Y, aunque a la distancia, siempre guardaba todo en su corazón. Como la tierra fértil de la parábola del sembrador (Lc. 8, 4-15). Por algo el evangelista Lucas pone inmediatamente después de esta parábola el relato de aquel episodio de su Madre buscándolo: (Lc. 8,21). Es la tierra buena de la parábola. Es el corazón de María guardando y meditándolo todo (Lc.2,19.51). Con la Pasión de Cristo viene el sacrificio de la cruz, que es le oración perfecta y los MISTERIOS DOLOROS de María. Son las noches oscuras más terribles del alma y de la oración de María. Pero justamente aquí es donde Ella se muestra más sublime y más excelsa. Stabat mater. 4) El Epílogo Resurrección. Ascensión. Pentecostés. María en oración con los Apóstoles. Asunción. Coronación. Los misterios gloriosos de María. Y María siempre orante a través de los misterios, a la vez de Cristo y de María, gozosos, dolorosos y gloriosos. Su vida es el primer rosario. Un Rosario viviente. Y para nosotros el Rosario será: — contemplar los misterios de Cristo desde María — desde el corazón orante que todo lo guardaba y meditaba... Los misterios gloriosos son un epílogo que aún está presente porque no acaba más. Porque la mujer orante ha sido fijada para siempre como intercesora y mediadora junto a su Hijo. Pero la orante, como una madre que enseña a rezar a sus hijos, es para la Iglesia MAESTRA DE ORACION. — lo fue para los santos y los místicos de todos los tiempos desde aquel Pentecostés; — lo debe ser para nosotros... Queridos hermanos, creo que este misterio de la plegaria de María que hoy meditamos nos tiene que poner a todos en crisis. Debemos dejarnos interpelar por una pregunta que debe emerger en todos nosotros: ¿Rezo? ¿Rezo suficiente? ¿Cómo rezo? ¿Cuánto rezo? Un cristiano que no reza es un contrasentido, es un chiste. Un alma que busca la perfección y no reza es un mentiroso. La oración no puede casarse con el pecado mortal. O dejo de rezar o dejo el pecado. La oración no puede casarse con la imperfección, con los pecados veniales: o dejo de rezar o corrijo mis defectos y adelanto de veras hacia la santidad. Queridos hermanos, seamos hombres de oración. Emulémonos mutuamente a la plegaria. Y recen sobre todo por nosotros sacerdotes pare que no sólo prediquemos acerca de la oración sino que la vivamos de verdad. Amén.
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Jesus dónde moras? Venid y vereis!
Aquella mañana no fue igual que las anteriores. En medio de la tarea cotidiana alguien muy especial se dirigió a unos cuantos hombres y dijo a cada uno: “Ven y sígueme”. No utilizó grandes discursos, ni grandes argumentaciones. Simplemente dijo dos verbos en imperativo con la suficiente fuerza y contenido como para cambiar la vida de aquellos que serían sus futuros discípulos. También hoy, Jesús sigue realizando esta llamada a muchos jóvenes para que, como aquellos primeros compañeros de camino, sean pregoneros de la Buena Nueva y trasmisores del gran mensaje de amor del Padre. Jesús sigue llamando a muchos jóvenes porque necesita mensajeros de su Reino que lleven cada día su Palabra a un mundo que necesita, aunque no sé de cuenta, de Dios. Jesús sigue llamando y… ¿Quién sabe? ¿Tal vez quiere dirigirse a ti?... Por eso ahora, a solas contigo mismo y con Dios, prepara tu corazón, tu oído… Escucha y deja que el te hable. Solo así podrás sentir si té está hablando con esas palabras que un día dirigió a sus discípulos: “Ven y sígueme” A la luz del Evangelio... Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: “He ahí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos le oyeron hablar así i siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos le respondieron: “Maestro, ¿Dónde vives? Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Jn. 2,35-39a. Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió. Mc. 2,13-14. Reflexión Cuando Jesús vino a los suyos solo los pobres le recibieron. Los ricos, como tenían de todo, no necesitaban escucharle. En cambio, los pobres, los que carecían de lo más necesario, si le recibieron. Así era también el grupo de seguidores de Jesús: unos pescadores de Galilea; gente que no se podía permitir grandes lujos, y que por tener un corazón generoso, no les importo seguir al Maestro. Por eso, para responder a la llamada de Jesús e incluso seguirle en la vida cotidiana, hay que estar desprendido de muchas cosas, porque seguir a Jesús es dar un paso en él vacío; ofrecerle la mano sabiendo que no se adonde me llevará; dejar a un lado las seguridades humanas y poner mi seguridad en Dios. Solo quien confía a ciegas en el proyecto de Dios sin pensar que será de su futuro, está preparado para dar el gran paso. En este sentido, los discípulos nos dan ejemplo con su vida. Ellos no piden explicaciones a Jesús; no le preguntan él porque de esa elección y para que; no se preocupan por dejar lo que estaban haciendo para seguirle; ni siquiera piensan en el futuro que les espera o en el pasado que dejan. En ellos no hay ni palabras ni dudas. Solo hay una respuesta, un hecho, una actitud: escuchan la llamada de Jesús y, al momento, lo abandonan todo por seguirle. Enseguida y sin dudarlo un instante. Lee esto y pregúntale al Corazón de Cristo que desea de ti... Hoy, Señor, me presento ante ti con todo lo que soy y lo que tengo. Acudo a ti como persona sedienta, necesitada… Porque sé que en ti encontrare respuesta. Siento que no puedo vivir con la duda todo el tiempo y que se acerca el momento de tomar una decisión. Deseo ponerme ante ti con un corazón abierto como el de María, con los ojos fijos en ti esperando que me dirijas tu Palabra. Deseo ponerme ante ti como Abraham, con el corazón lleno de tu esperanza, poniendo mi vida en tus manos. Deseo ponerme ante ti como Samuel, con los oídos y el corazón dispuestos a escuchar tu voluntad. Aquí me tienes, Señor, con un deseo profundo de conocer tus designios. Quisiera tener la seguridad de saber lo que me pides en este momento; quisiera que me hablases claramente, como a Samuel. Muchas veces vivo en la eterna duda. Vivo entre dos fuerzas opuestas que me provocan indecisión y en medio de todo no acabo de ver claro. Sácame, Señor, de esta confusión en que vivo. Quiero saber con certeza el camino que tengo que seguir. Quiero entrar dentro de mí mismo y encontrar la fuerza suficiente para darte una respuesta sin excusas, sin pretextos. Quiero perder tantos miedos que me impiden ver claro el proyecto de vida que puedas tener sobre mi. ¿Qué quieres de mi Señor? ¡Respóndeme! ¿Quieres que sea un discípulo tuyo para anunciarte en medio de este mundo? Señor, ¿qué esperas de mí? ¿por qué yo y no otro? ¿Cómo tener la seguridad de que es este mi camino y no otro? En medio de este enjambre de dudas quiero que sepas, Señor, que haré lo que me pidas. Si me quieres para anunciar tu Reino, cuenta conmigo, Señor. Si necesitas mi colaboración para llevar a todas las personas con las que me encuentre hacia ti, cuenta conmigo, Señor. Si me llamas a ser testigo tuyo de una forma más radical como consagrado en medio de los hombres, cuenta conmigo, Señor. Y si estas con deseos de dirigir tu Palabra a mi oídos y a mi corazón, habla, Señor, que tu siervo escucha.
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Ven Espíritu!
Ven, Espíritu Santo, y envía del Cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres, ven, dador de gracias, ven luz de los corazones. Consolador magnífico, dulce huésped del alma, su dulce refrigerio. Descanso en la fatiga, brisa en el estío, consuelo en el llanto. ¡Oh luz santísima! llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles. Sin tu ayuda, nada hay en el hombre, nada que sea bueno. Lava lo que está manchado, riega lo que está árido, sana lo que está herido. Dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está extraviado. Concede a tus fieles, que en Ti confían tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales la felicidad eterna.
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… APARECIÓ ENTONCES TAMBIEN LA CIZAÑA.
La parábola de la cizaña que se mezcla con el trigo nos invita a reflexionar en una actitud equivocada que podemos tener respecto de los errores de los demás. Jesucristo habla del campo en el que la cizaña ha despuntado junto al trigo y explica a sus discípulos el porqué del mal. El sueño de la pereza ha sido aprovechado por el enemigo de Dios y del hombre. Ante el ofrecimiento de arrancar esa mala hierba, Jesús responde que no, no sea que un celo mal orientado destruya también el trigo. Hay aquí una llamada a no descalificar a nadie, a evitar que una reacción impulsiva, animada de buena intención pero que divide equivocadamente a las personas en buenas y malas, organice un destrozo. Jesús quiere que sus discípulos eviten el celo temperamental y la condena impetuosa de los malos, porque Él quiere que los hombres cambien. Es un llamado a recordar que en todo lugar donde se reúnan los hombres, se dejarán notar la grandeza y la miseria humanas y que no somos nosotros quienes debemos juzgar el interior de nadie. El Señor nos pide que frente a los errores y caídas de nuestros hermanos nos comportemos como Él se comportó: firme e intransigente respecto del pecado pero benigno y comprensivo con el pecador, buscando que se convierta y viva. Ésta es la actitud de un verdadero cristiano. Puede, incluso, darse el caso que, al juzgar temerariamente acerca de la conducta de alguien, lo comentemos a los demás y los llevemos a pensar equivocadamente de aquella persona. En este caso, no sólo estaríamos produciendo frutos malos, sino que, incluso, nos comportaríamos como aquellos que esparcen la cizaña, convirtiéndonos así, no en sembradores de la Buena Semilla del Evangelio, sino en sembradores del mal, del pecado y de la división. Tengamos, pues, para con nuestro prójimo los mismos sentimientos de Cristo y las entrañas del Padre con el hijo pródigo. Que el hermano caído encuentre en nosotros siempre la mano tendida de Cristo para volverse a levantar. Así sea. 1. ¿A qué nos invita a reflexionar la parábola del trigo y la cizaña? 2. ¿Qué es lo que debemos evitar respecto de los errores de nuestro prójimo? 3. ¿Qué es lo que espera Jesús de los pecadores? 4. ¿Cómo podemos convertirnos también nosotros en sembradores de cizaña? 5. ¿Qué pasos concretos darás esta semana para fortalecer en ti la actitud correcta frente a nuestro prójimo que nos pide el Señor?
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Un Largo viaje (Juan. 4:1-42)
Se repite la historia una y otra vez somos la Samaritana que esta hambrienta de Amor y como le dijo el mismo Jesús con su diálogo cada vez más profundo: Ya tuviste seis maridos... No te das cuenta que Yo vengo como el séptimo; es decir el perfecto amor que has estado buscando? Nos dice el texto en el verso 6 que Jesús se sentó, cansado, del camino. Que fácil hubiese sido para él haber usado su poder para salvar la distancia como lo hiciera la vez que caminó sobre las aguas. Que fácil hubiera sido para él hacer aparecer la comida como lo hiciera con los panes y los peces. Sin embargo el se cansó caminando y envió a comprar comida, en lugar de hacer un milagro. Estamos viviendo la época de la religión espectacular; con mucho ruido y con gente que se cae, con milagros y con grandes multitudes. Sin embargo lo importante no es lo espectacular: solo siete milagros se relatan en el evangelio de Juan. También vemos que el Señor predicó este hermoso sermón, no a una multitud sino a una solitaria mujer de Samaria. Hermanos, ¿estamos siguiendo con perseverancia a Jesucristo? Entonces no nos desanimemos si no vemos cosas espectaculares en nuestra vida y en nuestra iglesia. ¡Mejor es mover montañas de pecado que montañas de piedra! El Señor Jesucristo dijo a esa mujer: "Dame de beber"… El iba a darle una gran lección sobre la sed del alma y sobre el agua de la vida y para ello comienza hablando de la sed natural y del agua natural. ¡Que contraste con el lenguaje inflado que muchas veces oímos en estos tiempos! Aquella Samaritana tenía una gran sed en su alma. Había tenido cinco maridos... Jesús le dijo: "si conocieras…" ¡Cuántas cosas nos perdemos por no conocerlas! Miles de jóvenes piensan que ir tras una vida de diversión y placer satisface más que seguir y obedecer a Jesucristo. ¡Esto es porque no lo conocen!. Miles de adultos piensan que la paz y la felicidad están en el dinero los negocios y el consumo de bienes materiales. ¡Esto es porque no conocen a Jesús! Le dijo: "Si conocieras el Don de Dios…" Él es el regalo maravilloso de Dios. Es la manifestación de la verdad y la Gracia de Dios. Cristo está al alcance del hombre y de la mujer, del joven del niño y del anciano, porque Él es el regalo de Dios. ¡Cuán distinto nos resulta algo cuando nos pertenece!. Quizá podemos ver un hermoso auto deportivo estacionado en la calle y pensaremos ¡Qué hermoso auto! Pero muy posiblemente no pasemos de ahí. Ahora si viniera un señor muy rico y nos regalara el mismo auto, y tuviéramos un papel que acredita la propiedad de ese auto, las cosas serían diferentes. Quisiéramos andar y probarlo y averiguar todas sus cualidades y quizá a la noche no podríamos dormir porque estaríamos gozosos y ansiosos y expectantes. Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice…Este es el punto crucial de la vida de todo hombre y también de la mía y la tuya. ¿Quién es Cristo para ti? Letra: Ha sido largo el viaje pero al fin llegué. La luz llegó a mis ojos aunque lo dudé. Fueron muchos valles de inseguridad los que crucé. Fueron muchos días de tanto dudar, pero al fin llegué, llegué a entender. CORO. Que para esta hora he llegado, para este tiempo nací, en sus propósitos eternos yo me vi. Para esta hora he llegado, aunque me ha costado creer, entre sus planes para hoy me encontré. Y nunca imaginé que dentro de su amor. Y dentro de sus planes me encontrara yo. Fueron muchas veces que la timidez, me lo impidió. Fueron muchos días de tanto dudar, pero al fin llegué, y ya te amé. CORO Ha sido largo el viaje pero al fin llegué...
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Oremos por ellos... necesitan de nuestras oraciones!
HIMNO SACERDOTAL Brota de mi corazón un himno ardiente cuajado en el manantial del ser: Jesús Martí, yo te elijo, vente, yo te llamo: Jesús Martí Ballester. Cogiste mi corazón de niño con ternura delicada y paternal, me sedujeron tu afecto y tu cariño y me dejé cautivar. Yo escuché tu llamada gratuita sin saber la complicación que me envolvía, me enrolé en tu caravana de tu mano sin pensar ni en las espinas ni en los cardos. Te fui fiel, aunque a girones fui dejando en mi camino pedazos de corazón, hoy me encuentro con un cáliz rebosante de jazmines que potencian mis anhelos juvenilesy me acercan más a Dios. En el ocaso de la carrera de mi vida siento el gozo de la inmolación a Tí. Tienes todos los derechos de exigirme, puedes pedir si me ayudas a decir siempre que ¡Sí!. Necesitaste y necesitas de mis manos para bendecir, perdonar y consagrar; quisiste mi corazón para amar a mis hermanos, pediste mis lágrimas y no me ahorré el llorar. Mis audacias yo te di sin cuentagotas, mi tiempo derroché enseñando a orar, gasté mi voz predicando tu palabra y me dolió el corazón de tanto amar. A nadie negué lo que me dabas para todos. Quise a todos en su camino estimular. Me olvidé de que por dentro yo lloraba, y me consagré de por vida a consolar. Muchos hombres murieron en mis brazos, ya sabrán cuánto les quise en la inmortalidad, me llenarán de caricias y de flores el regazo, migajas de los deleites de su banquete nupcial. Pediste que te prestara mis pies y te los ofrecí sin protestar, caminé sudoroso tus caminos, y hasta el océano me atreví a cruzar. Cada vez que me abrazabas lo sentía porque me sangraba el corazón, eran tus mismas espinas las que me herían y me encendían en tu amor. Fui sembrando de hostias el camino inmoladas en la cenital consagración: más de treinta mil misas ofrecidas han actualizado la eficacia de tu redención. No me pesa haber seguido tu llamada, estoy contento de ser latido en tu Getsemaní; sólo tengo una pena escondida allá en el alma: la duda de si Tú estás contento de mí. Mi gratitud hoy te canto, ¡Cristo de mi sacerdocio! Mi fidelidad te juro, Jesucristo Redentor. Ayúdame a enriquecer con jardines a tu Iglesia, que florezcan y sonrían aún en medio del dolor. Sean esos jardines para tu recreo y mi trabajo, multiplica tu presencia por los campos hoy en flor, que lo que comenzó con la pequeñez de un pájaro, se convierta en muchas águilas que roben tu Corazón.
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El Buen Pastor nos previene de peligros y al mismo tiempo nos provee de lo que necesitamos para salir airosos de las dificultades...
1. Ovejas y Pastores 1.1 Recuerdo haber visitado una página web de un hombre que se manifestaba ateo. Un tipo muy inteligente y muy versado en asuntos de ciencia, filosofía e historia. Parecía tener un arsenal inagotable de recursos de todo tipo para demostrar cuán absurda y perniciosa es la idea de creer en un Dios. Como conclusión de todas sus invectivas terminaba diciendo: "sólo necesita un pastor el que se cree oveja." Según su opinión, ahí estaba el resumen de la religión: las limitaciones de nuestro ser humano nos hacen proclives a buscar un consuelo y una explicación afuera de nosotros, o, como decía Feuerbach: "no es Dios el que ha creado al hombre, sino el hombre el que ha creado a Dios." 1.2 Las historias y posturas de estos ateos sirven de punto de reflexión sobre lo que significa tener un pastor. Aquel hombre de la página web publica lo suyo y quiere que algunos estén de acuerdo con él, pues de otro modo no gastaría tiempo en decir nada. Quiere guiar a otros; quiere ser pastor de otros. 1.3 Por otra parte, ese mismo hombre sigue lo que él considera que es una luz, una luz grande, una luz definitiva. Para él, la ciencia moderna es su gran luz. Está convencido de que las respuestas están ahí, incluso las respuestas para las preguntas que no nos hemos hecho todavía. Él piensa que todas las preguntas ya fueron hechas o que lo las que no se han hecho se podrán responder de la mejor manera siguiendo esa luz de la razón científica. Es un acto de confianza que se parece mucho a la oveja que sigue a su pastor, porque en efecto se refiere no a las certezas que uno tiene sino a las que uno supone que tendrá. 1.4 Leyendo cosas como la de este ateo cibernético o las de Feuerbach veo cuánto acierto hay en la perspectiva que nos presenta Pedro en la segunda lectura de este domingo: ovejas somos, así nos descarriemos. Al fin y al cabo, una oveja descarriada sigue siendo oveja, sólo que una oveja atraída por algún pasto sabroso, o un paisaje ameno, o un arroyo fresco, o tal vez por otra oveja. 1.5 El mensaje cristiano, entonces, puede escribirse así: "Como ser humano, irás detrás de alguna luz, algún apetito, algún pastor. Todo radica en que escojas al pastor correcto, que no sea uno que te destruya y se aproveche de ti, sino uno que te ame y defienda. Esas son las credenciales con las que se ha presentado Cristo: recíbelo, pues, como tu pastor y señor de tu vida." 2. ¡Pónganse a Salvo! 2.1 El apóstol Pedro exhorta de diversos modos a sus oyentes a que se arrepientan y añade un llamado final: "¡Póngase a salvo de esta generación!" Esto se parece lo que acabamos de decir sobre escoger el pastor correcto. 2.2 La expresión "esta generación" es un poco difícil de entender porque el griego original, "genea" alude tanto al tiempo como incluso la nación. Parece que alude ante todo al entorno, la atmósfera que nos envuelve e induce de muchos modos a actuar de determinadas maneras. El sentido de las palabras de Pedro no es entonces: "apártense de estas personas" sino "sepan ser libres del ambiente que les rodea." Exhortación que todos vemos como muy saludable no sólo para el siglo I sino para el XXI, y los que vengan. 2.3 Hay que saber ser libres del ambiente porque hay muchas voces y hay muchísimos pastores. Demasiadas personas quieren llevarnos detrás de sus propuestas y muchas de esas propuestas conducen a la muerte. Son voces de los falsos pastores, los "ladrones y bandidos" de que nos habla el evangelio en este día. Pedro, pues, nos llama a tener los oídos atentos a la voz del verdadero y buen pastor, y no dejarnos confundir por nada ni por nadie. Así se cumplirán en nosotros las palabras de Cristo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia."
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Camino de Emaús... Camino con Jesús
Evangelio: Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían queÉl vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan (Lucas 24, 13-35 ) Reflexión El último capítulo del “Evangelio de la misericordia” nos narra un acontecimiento que se ha repetido en prosa y en cantos, que ha inspirado a las obras de arte más conocidas, que ha suscitado conversiones e inspirado a los cristianos en el camino a la santidad. Comienza con dos discípulos desencantados, que están abandonando la causa por la cual, tres años antes, habían dejado todo. Pero ahora, después de tres días de esperar al Maestro en el que habían creído, se habían convencido de su tontería, y partían para tratar de reconstruir las vidas que habían dejado atrás. En un fin de semana se les había escapado el único ideal que había llenado sus corazones jóvenes. En su camino se les aparece Cristo, pero aunque lo veían, algo les impedía reconocerle. Aquí nos tenemos que preguntar, ¿por qué? ¿Por qué no reconocen su rostro después de haberlo seguido por tres años? ¿Por qué no reconocen su voz después de haber dejado todo el día que escucharon su llamada? ¿Por qué no reconocen sus palabras después de haberlo oído predicar? Tal vez es porque, como ellos mismos admiten, Él ha desilusionado las esperanzas que tenían, de que Él fuera el libertador de la nación de Israel. El obstáculo no es que no tengan a Jesús al lado, caminando con ellos, es que ellos esperan ver a alguien diferente. Así nunca verán a Jesús, por más claro que se les aparezca. ¡La esperanza que ellos habían tenido, pequeña y a su medida, no les deja aceptar la gloria y el gozo de la resurrección! Pero Jesús no los deja alejarse. Quiere conquistárselos para siempre. Hace la finta de seguir adelante para que lo inviten a cenar. Y ahí, en la intimidad de un pequeño cuarto, se les revela al entregarse en la Eucaristía. Eufóricos, corren hasta Jerusalén bajo la luz de las estrellas. ¡Ha resucitado, y vive con ellos para siempre! Se dejaron conquistar por la esperanza que les ofrece Jesús, y en la Eucaristía lo llevan consigo para siempre.
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¡El Señor venció a la muerte! No lo olvides! Él está vivo y quiere que tú lo encuentres y que lo invites a tu lado.
Arduos y pesados han sido los días que preceden a la Resurrección: días de la Pasión y Muerte del Señor. Días de dolor, de pena, de angustia. Días que no tienen sentido para los cristianos, si no se ven de cara a la Resurrección. Pues, ¿para qué tanto sufrimiento, tanto dolor, tantos actos de amor? No tienen sentido, no sirven para nada, si la Resurrección del Señor no está presente. La vida del cristiano ha de estar orientada hacia la vida eterna, hacia el encuentro amoroso con Dios, con Jesucristo. Cristo vino al mundo para abrirnos las puertas del Cielo, para devolvernos la amistad con Dios. Todo ello se logra el día de la Resurrección. Alegrémonos, pues, de la Resurrección del Señor. ¡Cristo a Resucitado! ¡El Señor venció a la muerte! ¡El pecado ha sido aniquilado!. ¡Por fin Cristo triunfó! Desde que se hizo hombre en el seno de María, estuvo esperando con ansiedad este momento. Momento de triunfo y de gozo. Recordemos que Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre para rescatarnos del pecado original, para abrirnos las puertas del Cielo, para pagar la ofensa tan grande que Adán y Eva, nuestros primeros padres habían cometido. Se encarnó para rescatarnos del pecado y de la muerte, para devolvernos la amistad con Dios y ser nuevamente sus hijos. ¡Sí! Para todo ello Jesucristo se hizo hombre. Y lo hizo únicamente por amor a nosotros, a cada uno de sus hijos. Desde que habitó entre nosotros dentro del seno de María, esperaba el momento de pagar esa terrible deuda y devolvernos la amistad con Dios. Esperaba, desde entonces, este momento: la Resurrección. Después de su muerte en la cruz, donde la deuda quedaría cancelada, donde el pecado sería vencido, donde el amor reinaría, Jesucristo resucita de entre los muertos. Él, que es el Señor de la Vida, pues es Dios mismo, cumple su palabra: el que crea en mí, tendrá la vida eterna; quien coma de mi cuerpo y beba de mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré. Y Él mismo resucita, pues no es Dios de muertos, sino de vivos; es Dios vivo. ¡Qué alegría tan grande ha de nacer en nuestros corazones, pues Jesús nos ha devuelto la amistad con Dios! Gracias a su Muerte y a su Resurrección, podemos llamarnos y ser nuevamente, hijos de Dios. ¡Qué felicidad! ¡Nosotros, amigos de Dios, hijos de Dios, herederos del Cielo! Además, al saber que Jesucristo ha resucitado para no volver a morir, nuestra alma se ha de llenar de tranquilidad y confianza pues sabemos que Dios está con nosotros, se encuentra presente todos los días a nuestro lado. Él nos espera con los brazos abiertos al final de nuestra vida en el mundo, que es el nacimiento a la vida eterna. Ante esta maravillosa noticia, la buena nueva de la Resurrección del Señor, sería conveniente que nos preguntemos: ¿Creemos en su resurrección? ¿Creemos verdaderamente que Él está junto a nosotros, en nuestra vida de todos los días? ¿Nos interesa de verdad el vivir de acuerdo a sus enseñanzas para que alcancemos voluntariamente la vida eterna? O, tristemente, por el contrario, ¿no nos interesa su Resurrección? ¿Acaso no creemos en la vida eterna? ¿Despreciamos el amor de Dios por nosotros? Muchos cristianos decimos con nuestras palabras que amamos a Dios, que creemos en Él, que deseamos llegar a la vida eterna. Pero, en verdad vivimos como si negáramos todo esto, pues vivimos cometiendo pecados, pecados que ofenden a Dios, pecados que lo llevaron a morir en la cruz. A aceptarlo a Él en nuestras vidas y comportarnos como sus hijos. Recordemos que hace dos mil años Dios se hizo hombre para liberarnos del pecado, de la condenación de nuestras almas, de la muerte eterna. Sin embargo, esto no significa que ya estemos salvados. Cada uno de nosotros, voluntariamente, ha de buscar su salvación y a ayudar a los demás a hacerlo. ¿Tú quieres realmente salvarte? ¿Quieres en verdad aceptar las enseñanzas y mandatos amorosos de Jesús para hacerlos vida de tu vida? ¿Crees verdaderamente que Jesús es Dios? ¿Amas a tu prójimo como Él quiere que lo hagas? Hoy que Jesucristo nos invita personalmente a vivir su Resurrección, volvamos nuestro corazón, nuestra mente, nuestros intereses, nuestras fuerzas hacia Él, porque Él está vivo y nos invita a vivir con Él esa vida. Descubrámoslo en cada uno de nuestros hermanos, en nuestros familiares, en nuestros hijos y cónyuge, en nuestros padres y parientes, en los pobres, en todas y cada una de las personas con que nos topemos. Cristo ha resucitado, anda caminando en las calles de todas las ciudades, pueblos y comunidades del mundo. Se esconde en el rostro de los niños, de los enfermos, de los necesitados. Cristo resucitado te anda buscando a ti, para que lo conozcas y lo ames. Quiere darte su amor, su amistad, su ternura. Quiere invitarte a la vida eterna, a compartir con Él el Reino de su Padre; te busca para decirte que eres heredero de Dios, que eres su hijo, que te espera para darte la vida eterna. Cristo resucitado te busca para decirte que no te angusties en el mundo, que no te sientas triste, solo y abandonado. Él está vivo y quiere que tú lo encuentres y que lo invites a tu lado. Él te busca amorosamente; busca únicamente tu bien; quiere acompañarte todos los días, y a todas horas. Cristo resucitado te anuncia que ya has sido liberado de las garras del pecado, de la muerte, del odio. Cristo resucitado te espera con los brazos abiertos. Cristo resucitado únicamente te pide una cosa, sin la cual de nada servirá todo lo que Él sufrió, todo el esfuerzo que hizo para que tú puedas estar con Él: te pide, nos pide, que amemos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo. Es decir, que no permitamos que el pecado llegue a nuestras vidas, que es lo que nos separa de Dios; y que amemos a todos los que tenemos junto como Él mismo nos ama: hasta la muerte. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la Resurrección de Jesús es la verdad que cierra toda nuestra fe en Cristo. Los primeros cristianos, hace dos mil años, creían en la Resurrección del Señor como la verdad central de la fe. Además vivían su vida cotidiana iluminada por su Resurrección. ¿Tomamos en cuenta en nuestra vida de todos los días que Jesús ha resucitado? Los primeros cristianos sí lo hacían. Y dieron un testimonio tan profundo, que muchas personas creyeron en Cristo sólo por la alegría con la que los cristianos vivían su fe. La salvación de nuestra alma ha de ser lo más importante en nuestras vidas, junto con la salvación de los demás. Un buen cristiano, fiel hijo de Dios, redimido y salvado por Jesucristo debe vivir su vida de todos los días con la alegría de saber que Jesús resucitó, que está cerca de nosotros y que nos espera ansioso con los brazos abiertos. El pecado, el peor enemigo de Dios, ha de ser desterrado de nuestras vidas, pues es lo único que nos puede separar irremediablemente de Dios. Seamos enemigos declarados del pecado. La salvación de los hombres no depende nada más de la Muerte y Resurrección de Jesús. Se necesita que cada uno de nosotros quiera ser salvado y, así, vivir una vida de acuerdo a los mandatos del Señor.
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No seremos nosotros parecidos a Tomás?
Evangelio: Juan 20, 19-31 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. Reflexión: Hace tiempo tuve la oportunidad de asistir, en Roma, a una exposición de la obra pictórica de Caravaggio. Y de entre todos los cuadros, verdaderamente geniales, recuerdo uno que me llamó mucho la atención: la profesión de fe del apóstol Tomás ante Cristo resucitado. Nuestro Señor, vuelto a la vida después del Viernes Santo, se aparece en el Cenáculo a sus discípulos, con los signos evidentes de la crucifixión en sus manos y en sus pies. Y en esta pintura, Jesús resucitado muestra a Tomás su costado abierto por la lanza del soldado, invitándolo a meter su mano en el pecho traspasado. El apóstol, totalmente fuera de sí, acerca su dedo y su mirada confundida para contemplar de cerca las señales de la pasión de su Maestro y comprobar, de esta manera, la veracidad de su resurrección. Personalmente, cuando yo leo el Evangelio de este domingo, me parece excesiva y empedernida la incredulidad de Tomás: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos –dice—, ni no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creeré”. ¡Demasiadas condiciones y exigencias para dar el paso de la fe! Y, sin embargo, nuestro Señor, con su infinita bondad y comprensión, como siempre, condesciende con su apóstol incrédulo. Él no estaba obligado a complacer las exigencias y el capricho de su apóstol, pero lo hace para darle más elementos para creer. Le presenta las manos, los pies, el costado, y permite incluso que meta su dedo en la herida de su corazón. ¡A ver si así termina de convencerse! Ante la evidencia de los signos y la gran misericordia de su Maestro, Tomás queda rendido y conquistado, y concluye con una hermosísima profesión de fe, proclamando la divinidad de Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”. Esta fe, aunque grandiosa en su profesión, está muy lejos de ser perfecta, al haber sido precedida de tantas evidencias. Pero el Señor acepta, igualmente, su acto de fe y aprovecha para felicitar y bendecir a todos aquellos que creerían en Él sin haberlo visto. Nosotros, como Tomás, somos duros, pragmáticos, rebeldes. Tomás es un perfecto representante del hombre de nuestro tiempo. De todos los tiempos. De cada uno de nosotros. ¡Cuántas pruebas exigimos para creer! ¡Cuántas resistencias interiores y cuánto empedernimiento antes de doblegar nuestra cabeza y nuestro corazón ante nuestro Señor! Exigimos tener todas las pruebas y evidencias en la mano para dar un paso hacia adelante. Si no, como Tomás, ¡no creemos! Como se dice vulgarmente, “no damos un paso sin huarache”. Creemos a nuestros padres porque son nuestros padres y porque sabemos que ellos no nos pueden engañar; creemos al médico en el diagnóstico de una enfermedad, aun cuando no estamos seguros de que acertará; creemos a los científicos o a los investigadores porque saben más que nosotros y respetamos su competencia respectiva, aunque muchas veces se equivocan. Y, sin embargo, nos sentimos con el derecho y la desfachatez de oponernos a Dios cuando no entendemos por qué Él hace las cosas de un determinado modo… ¿Verdad que somos ridículos y tontos? Nosotros nos comportamos muchas veces como el bueno de Tomás. Tal vez su incredulidad y escepticismo eran fruto de la crisis tan profunda en la que había caído. ¡En sólo tres días habían ocurrido cosas tan trágicas, tan duras y contradictorias que le habían destrozado totalmente el alma! Su Maestro había sido arrestado, condenado a muerte, maltratado de una manera bestial, colgado de una cruz y asesinado. Y ahora le vienen con que ha resucitado… ¡Demasiado bello para ser verdad! Seguramente habría pensado que con esas cosas no se juega y les pide que lo dejen en paz. Había sido tan amarga su desilusión como para dar crédito a esas noticias que le contaban ahora sus amigos… A nosotros también nos pasa muchas veces lo mismo. Nos sentimos tan decepcionados, tan golpeados por la vida y tan desilusionados de las cosas como para creer que Cristo ha resucitado y realmente vive en nosotros. Nos parece una utopía, una ilusión fantástica o un sueño demasiado bonito para que sea verdad. Y, como Tomás, exigimos también nosotros demasiadas pruebas para creer. Nuestra incredulidad es también fruto de la mentalidad materialista, mecanicista y fatuamente cientificista de la educación técnica y pragmática del mundo moderno, que se resiste a todo lo que no es empíricamente verificable. Exactamente igual que Tomás. Pero la fe es, por definición, creer lo que no vemos y dar el libre asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestra voluntad, a la palabra de Dios y a las promesas de Cristo, aun sin ver nada, confiados sólo en la autoridad de Dios, que nos revela su misterio de salvación. Esto nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica. Es lo que aprendimos desde niños. Es lo que nos dice también el capítulo 11 de la carta a los Hebreos. Y, sin embargo, ¡cuánto nos cuesta a veces confiar en Cristo sin condiciones! Pero sólo Cristo resucitado tiene palabras de vida eterna y el poder de darnos esa vida eterna que nos promete. ¡Porque es Dios verdadero y para Él no hay nada imposible! Acordémonos, pues, del apóstol Tomás y de la promesa de Cristo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. La fe es un don de Dios que transforma totalmente la existencia y la visión de las cosas. Pidámosle, pues, a nuestro Señor que nos conceda la gracia de ser dignos de esa bienaventuranza. Con la fe, nuestra vida será inmensamente dichosa, serena, sencilla y feliz. ¡Con Cristo resucitado!
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Jueves Santo
El lavatorio de los pies El Evangelio de Juan (13,1-20) es el único que nos relata este gesto simbólico de Jesús en la Última Cena y anticipa el sentido más profundo del "sinsentido" de la cruz. Un gesto inusual para un Maestro, propio de los esclavos, se convierte en la síntesis de su mensaje da a los apóstoles una clave de lectura para enfrentar lo que vendrá. En una sociedad donde las actitudes defensivas y las expresiones de autonomía se multiplican, Jesús humilla nuestra soberbia y nos dice que abrazar la cruz, su cruz, hoy, es ponerse al servicio de los demás. Es la grandeza de los que saben hacerse pequeños, la muerte que conduce a la vida REFLEXION: En este jueves santo nuestra atención quiere centrarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?. Esta pregunta se refiere, desde luego, a la acción que Jesús acababa de ejecutar al ceñirse la toalla y ponerse de rodillas ante sus apóstoles para lavarles los pies. Sin embargo, esta pregunta va más allá y atraviesa toda la economía de la salvación: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros y por vosotros? Es decir, ¿comprendéis que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación por sus pecados (1 Jn 4,10)? ¿Comprendéis que el Padre me ha envidado para que vosotros tengáis vida? Nos encontramos a punto de iniciar “la hora de Jesús”, el momento de su testimonio definitivo de amor por el Padre y los hombres. ¡De qué manera tan profunda cobran significado los ritos de la cena de pascua que nos narra el libro del Éxodo en la primera lectura: la familia judía se reunía para celebrar la alianza del Señor, para recordar de generación en generación que el amor de Dios es eterno. Pablo en la carta a los corintios recoge el relato más antiguo de la Eucaristía: ¡con qué veneración lo considera y lo transmite: aquello que yo he recibido, que procede del Señor, os lo transmito. Hoy, por tanto, todo nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que Dios nos ha tenido en su Hijo Jesucristo. Algunas Ideas: 1. El amor de Cristo. La liturgia de la cena pascual, que se describe detalladamente la primera lectura, es prefiguración del sacrificio del sacrificio de Cristo que se ofrece en rescate “por muchos”, es decir, por todos, como nos explica san Pablo en la primera carta a los corintios. Por eso, el evangelio de hoy más que narrar los hechos de la última cena, se concentra en describir el amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse en el amor de Cristo, en el amor del Padre de las misericordias que nos envía a su Hijo para rescatar a los que nos habíamos perdido. El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento. Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor llega a exclamar: 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, 36 como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. 37 Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. 38 Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades 39 ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. Rm 8,35-39. Si, en ocasiones, somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia es porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos sido eternamente amados por Dios en su Hijo. La primera carta de san Pedro nos amonesta a vivir sabiendo que hemos sido rescatados del pecado, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, la del cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo. (Cfr. 1 Ped 1,18-19). Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor! Cómo sabes esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser, mientras tanto Tú toleras el suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de arrepentimiento olvidas que te ha ofendido. No comprendo por qué el mundo no procura llegar a Ti por esta amistad tan especial. Los malos hemos de llegarnos a Ti para nos hagas buenos, pues por el poco tiempo que aceptamos estar en tu compañía, aunque sea con mil deficiencias y distracciones, Tú nos das fuerzas para triunfar de todos nuestros enemigos. La verdad es que Tú, Señor, que das la vida a todo, no la quitas a ninguno de los que se fían de Ti.” (Santa Teresa de Jesús, El libro de la vida Cap. 8, 9). Así pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros (por vosotros)? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios en Cristo ha hecho por nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo! ¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena cuando Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor. 2. El amor a Cristo. El amor lleva al amor. Quien experimenta el amor de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más conscientes, por una parte, de su propia miseria, como hombres y pecadores, pero, por otra parte, son más conscientes de los tesoros infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar y el mandato de “hacerlo en memoria del Señor”. El sacerdote ha nacido allí, en el cenáculo, en la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II se dirigía a los sacerdotes el jueves santo de 1982 en estos términos: «El jueves santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. Es en este día en el que todos nosotros sacerdotes hemos nacido. Como un hijo nace del seno de su madre, así hemos nacido nosotros, Oh Cristo, de tu único y eterno sacerdocio. Hemos nacido en la gracia y en la fuerza de la nueva y eterna alianza del Cuerpo y de la Sangre de tu sacrificio redentor: del “Cuerpo que es entregado por nosotros” (cf. Lc 22,19), y de la Sangre, que “por todos nosotros se ha derramado” )cfr. Mt 26,28). Hemos nacido en la última cena y, al mismo tiempo, a los pies de la cruz sobre el calvario; allí, donde se encuentra la fuente de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia, allí está también el inicio de nuestro sacerdocio». Pero no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo. Cualquier fiel contemplando los misteriosos acontecimientos de esta noche, escuchando las palabras de Jesús y viendo sus gestos al lavar sus pies y distribuir la comunión, puede repetir con san Pablo: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal 2,20). “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Salgamos de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor; a amar en lo grande y en lo pequeño; a amar en la prosperidad y en la adversidad; porque nosotros hemos sido amados e invitados a participar del amor de Dios. Sugerencias pastorales 1. La comunión frecuente. Quizá nunca se insistirá lo suficiente sobre el valor de la vida eucarística en la vida cristiana. En realidad, el camino es superior a nuestras fuerzas; tenemos necesidad de la gracia de Dios, tenemos necesidad de su perdón en el sacramento de la penitencia y de su fuerza en el sacramento de la Eucaristía. Invitemos a nuestros fieles a acercarse, con las debidas disposiciones, a la mesa eucarística. Sabemos que uno de los problemas pastorales que debemos afrontar es el de algunas personas que se acercan a la Eucaristía sin una debida preparación en el sacramento de la Penitencia. Esto puede obedecer a que sinceramente no encuentran en su conciencia nada que les impida acercarse al sacramento. Pero también puede ser síntoma de una menor sensibilidad en la conciencia de los fieles. ¡Este es un gran desafío para la acción pastoral! (Cfr. Carta Domicae Cenae del Papa Juan Pablo II a todos los obispos sobre el misterio y culto de la Eucaristía 1980 No. 11). Ayudemos a todos a tener una gran veneración por la Eucaristía, ayudarlos a prepararse debidamente y a recibir frecuentemente el sacramento. La liturgia de san Juan Crisóstomo reza así: “Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.”. 2. Los frutos de la comunión frecuente. Mucho nos ayudará poner a la vista de los fieles los frutos de una comunión frecuente. Convendría resaltar los siguientes: • Se acrecienta nuestra unión con Cristo, pues lo tenemos sacramentalmente en nuestro pecho en nuestro corazón: "La verdad es que esta presencia de Jesús no es representación de nuestra imaginación como cuando estamos orando. Él está allí, con toda verdad en nuestro interior, de suerte que no hay que ir a buscar más lejos. Ahora bien, si cuando andaba en el mundo el simple contacto con su ropa sanaba a los enfermos, ¿qué duda cabe de que hará milagros estando tan dentro de nosotros _ si tenemos fe _ y nos dará lo que le pidamos, puesto que viene a nuestra casa? Por cierto que no suele pagar mal la posada si se le da buen hospedaje". (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección Cap. 34, 4). • La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que bebemos es "derramada por muchos para el perdón de los pecados". Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados. La Eucaristía borra los pecados veniales y nos preserva de futuros pecados mortales. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 1394-1395).
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Carta de Amor de Dios para ti
Puede que tú no me conozcas, pero Yo conozco todo sobre ti… Salmos 139,1 Yo sé cuando te sientas y cuando te levantas… Salmos 139,2 Todos tus caminos me son conocidos… Salmos 139,3 Aun todos los pelos de tu cabeza están contados… Mateo 10,29-31 Porque tú has sido hecho a mi imagen… Génesis 1,27 En mí tú vives, te mueves y eres… Hechos 17,28 Porque tú eres mi descendencia… Hechos 17,28 Te conocí aun antes de que fueras concebido… Jeremías 1,4-5 Yo te escogí cuando planeé la creación… Efesios 1,11-12 Tú no fuiste un error, porque todos tus días están escritos en mi libro… Salmos 139,15-16 Yo he determinado el tiempo exacto de tu nacimiento y donde vivirías… Hechos 17,26 Tú has sido creado de forma maravillosa… Salmos 139,14 Yo te formé en el vientre de tu madre… Salmos 139,13 Yo te saqué del vientre de tu madre el día en que naciste… Salmos 71,6 Yo he sido mal representado por aquellos que no me conocen… Juan 8,41-44 Yo no estoy enojado y distante, soy la manifestación perfecta del amor… 1 Juan 4,16 Y es mi deseo gastar mi amor en ti simplemente porque tú eres mi hijo y Yo tu padre… 1 Juan 3,1 Te ofrezco mucho más que lo que tu padre terrenal podría darte… Mateo 7,11 Porque Yo soy el Padre Perfecto… Mateo 5,48 Cada dádiva que tú recibes viene de mis manos… Santiago 1,17 Porque Yo soy tu proveedor quien suple tus necesidades… Mateo 6,31-33 El plan que tengo para tu futuro está siempre lleno de esperanza… Jeremías 29,11 Porque Yo te amo con amor eterno… Jeremías 31,3 Mis pensamientos sobre ti son incontables como la arena en la orilla del mar… Salmos 139,17-18 Me regocijo sobre ti con cánticos… Sofonías 3,17 Yo nunca pararé de hacerte bien… Jeremías 32,40 Porque tú eres mi tesoro más precioso… Éxodo 19,5 Yo deseo afirmarte dándote todo mi corazón y toda mi alma… Jeremías 32,41 Y Yo quiero mostrarte cosas grandes y maravillosas… Jeremías 33,3 Si me buscas con todo tu corazón, me encontrarás… Deuteronomio 4,29 Deleítate en Mí y te concederé las peticiones de tu corazón… Salmos 37,4 Porque Yo soy el que produce tus deseos… Filipenses 2,13 Yo puedo hacer por ti mucho más de lo que tú podrías imaginar… Efesios 3,20 Porque Yo soy tu mayor alentador… 2 Tesalonicenses 2,16-17 Yo también soy el Padre que te consuela durante todos tus problemas… 2 Corintios 1,3-4 Cuando tu corazón está quebrantado, Yo estoy próximo a ti… Salmos 34,19 Así como el pastor carga a un cordero, Yo te cargo a ti cerca de mi corazón… Isaías 40,11 Un día Yo te enjugaré cada lágrima de tus ojos y quitaré todo el dolor que hayas sufrido en esta tierra… Apocalipsis 21,3-4 Yo soy tu Padre, y te he amado como a mi hijo, Jesús… Juan 17,23 Porque en Jesús, mi amor hacía ti ha sido revelado… Juan 17,26 Él es la representación exacta de lo que Yo soy… Hebreos 1,3 Él ha venido a demostrar que Yo estoy contigo, no contra ti… Romanos 8,31 Y también a decirte que Yo no estaré contando tus pecados… 2 Corintios 5,18-19 Porque Jesús murió para que tú y Yo pudiéramos ser reconciliados… 2 Corintios 5,18-19 Su muerte ha sido la última expresión de mi amor hacía ti… 1 Juan 4,10 Por mi amor hacía ti haré cualquier cosa que gane tu amor… Romanos 8,31-32 Si tú recibes el regalo de mi Hijo Jesús, tú me recibes a Mí… 1 Juan 2,23 Y ninguna cosa te podrá a ti separar otra vez de mi amor… Romanos 8,38-39 Vuelve a casa y participa de la mayor fiesta celestial que nunca has visto… Lucas 15,7 Yo siempre he sido Padre, y por siempre seré Padre… Efesios 3,14-15 La pregunta es… ¿quieres tú ser mi hijo?… Juan 1,12-13 Yo estoy esperando por ti… Lucas 15,11-32 Con amor… tu Padre Omnipotente, Dios
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Y que tal esta?
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Oración debe ser uno de nuestros objetivos este año que comienza!
LA ORACIÓN Te ruego que seas nuestros ojos y cuides nuestro camino... Ayúdanos a ser sabios, cuando los tiempos sean difíciles... ¡Que sea esta nuestra oración, cuando perdamos el camino! ¡Llévanos a la meta! ¡Guíanos con tu Gracia a ese lugar donde seremos libres! ¡Que encontremos tu Luz! ¡Y la mantengamos en nuestro corazón! ¡Que esa Luz nos recuerde, cuando las estrellas salgan de noche, que eres Tú la Estrella Eterna! ¡Que sea esta nuestra oración, cuando las sombras invadan nuestras vidas! ¡Llévanos a la meta! ¡Guíanos con tu Gracia! ¡Danos Fe y Esperanza y alcanzaremos la Victoria! Soñamos un mundo sin violencia... Un mundo de justicia y de esperanza... ¡Donde cada uno pueda dar la mano a su vecino! ¡Como símbolo de fraternidad y de verdadera paz! Oramos porque la vida sea buena para todos, y Tú nos cuides desde el cielo... Oramos porque cada uno encontremos el amor, dentro y fuera de nosotros mismos... ¡Que sea esta nuestra oración! ¡Somos pequeños y frágiles! ¡Pero ansiamos alcanzar nuestras metas! ¡Guíanos con tu Gracia! ¡Danos Fe y Esperanza y alcanzaremos la Victoria! ¡Fe, Esperanza y Espíritu de Lucha! ¡Hasta alcanzar la Victoria!
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Que nuestro plan de Vida sea ser como Simeón!
Cántico de Simeón (Lucas 2, 29-32) Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
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Aunque parezca que todo es dificil...
Lucas 19, 1-10 En aquel tiempo, Jesús, habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Reflexión La escena que el Evangelio nos presenta es una evocación del misterio que ha cambiado nuestras vidas: la Encarnación. Dios que quiso venir a visitar la casa de los hombres, el mundo que Él mismo creó. Le necesitábamos, y no dudó en venir para traernos la salvación. La historia de Zaqueo se repite cada día. Es nuestra misma historia. Somos hombres que buscamos a Dios porque somos débiles. Una multitud que quiere ver en su vida a Cristo cerca y alberga ese profundo deseo en el corazón. Personas que, a pesar de nuestra baja estatura en el espíritu, nos atrevemos a subir a un árbol, porque a toda costa queremos encontrarnos con Él. Y Cristo no se hace rogar. Sale al encuentro, pasa por el camino, fija su honda mirada en nuestros ojos, que brillan de ilusión. Y nos dice: “Hoy quiero quedarme en tu casa”. ¡Y nuestra alma se inunda de gozo! Hemos encontrado lo que buscábamos, la fuerza para nuestra debilidad, la paz y la felicidad para nuestras vidas. El Señor cambia nuestras vidas. Zaqueo dio a los pobres la mitad de sus bienes. Nosotros, que también buscamos con anhelo a Cristo, saldremos transformados de ese encuentro y le daremos la totalidad de nuestro ser. Esto te va a gustar: http://www.youtube.com/watch?v=kqC47pzIbQY
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Sabias que darte por vencido es lo pero que puedes hacer?
Sabias que comenzó cantándole a Dios? ...ves, asi como el, todos le debemos mucho a Dios! NO HAY NECESIDAD DE DESESPERARSE, NI DARSE POR VENCIDO NO PODEMOS ESPERAR SANTIFICARNOS INSTANTANEAMENTE Es un Paso Cada Vez ... Las Tinieblas Las personas son inducidas a creer que en el momento de encontrarse a Dios se convierten automáticamente en santos, y pasarán por la vida sin jamás volver a cometer pecado alguno. Esto no tiene validez alguna, y además, es teológicamente incorrecto. Esta es una las muchas armas que el maligno usa para desalentarnos en nuestra relación con Dios. Por falta de luz nos damos por vencidos prácticamente sin siquiera intentarlo. ¡La Luz! Abran las ventanas del alma y permitan que el sol brille en ella . ¿Por qué? Aquí tenemos muy buenas noticias: Dios no juzga al hombre basándose en su nivel de santidad. Él nos juzga basándose primordialmente en nuestros esfuerzos en la jornada de santificación. Considere este paralelo: Un padre tiene dos hijos; uno tiene el don genético de una buena constitución física. Solamente tiene que hacer ejercicio en el gimnasio una hora por semana para mantener la buena forma. El otro hijo es delgado y físicamente subdesarrollado. Este hijo reconoce que, físicamente hablando, no es un buen especimen de hombre. También sabe que si verdaderamente quisiera, podría mejorar su apariencia física. Con el amor, estímulo y apoyo de su padre, el segundo hijo se matriculó en un Gimnasio y comenzó un programa intenso de culturismo. Dicho programa consistía en ejercicios durante 18 horas semanales, así como mantener una dieta especial que no permitía los productos alimenticios [mala alimentación] preferidos por los jóvenes de hoy. Las semanas pasaron a meses, y los meses a años. Hubo algún progreso, pero también retrocesos y desalientos, pero, con el estímulo de su padre, el segundo hijo desarrolló su físico a tal punto que haría lucir a la famosa escultura "David" [de Miguel Angel Buonarroti] imperfecta. ¿Cuál de los dos hijos va a obtener la mayor admiración de sus padres, de su familia y amigos? ¿A cual de los dos hijos daría empleo si usted necesitara un empleado de confianza, emprendedor y tenaz? Claro que al segundo hijo. Ahora bien, considere que el alma es como nuestro cuerpo espiritual. Si somos persistentes en "ejercitar" (moldear) nuestras almas de acuerdo con las enseñanzas de Dios, finalmente lograremos el nivel de "belleza", es decir, perfección espiritual, que Dios espera que alcancemos. Ciertamente, en el camino habrán caidas, tentaciones, desalientos y abatimientos, pero Dios siempre va estar con nosotros caminando, paso a paso, como nuestro propio "entrenador"; alentándonos y dándonos la fuerza que necesitamos para alcanzar nuestras metas, físicas y espirituales. ¿Piensa que esta es una historia fantástica? Hasta habrá algunos que desafiantemente afirmarán: "Sin fundamento Bíblico." La Prueba Felizmente dicho paralelo tiene amplio fundamento Bíblico. Si usted lee la parábola del Hijo Pródigo en las Sagradas Escrituras [S.Lucas, Capítulo 15 Versículo 11 al 32], se asombrará. Esta Parábola es una de las peor interpretadas o entendidas del Nuevo Testamento, y probablemente contiene la mayor consolación para la raza humana mientras viajamos a través de este verdadero valle de lágrimas, el cual llamamos "Vida", hacia la Eternidad. En los versículos 17-19 leemos que el Hijo Pródigo entra en razón y comprende que había actuado equivocadamente. Decidió entonces regresar a su padre, con "sombrero en mano", es decir, humildemente, para servirle, no como un hijo, sino como uno de sus obreros. En los versículos 20 al 24 leemos: "Se puso en camino y fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vió y, conmovido, fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.' Pero el padre dijo a sus criados : 'Sacad inmediatamente el traje mejor y ponédselo; poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traed el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío habia muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado.' Y se pusieron todos a festejarlo." El Consuelo Aquí esta la magnífica clave consoladora: "Cuando aún estaba lejos, su padre lo vió y, conmovido, fue corriendo (a su encuentro)..." El padre no se sentó a esperar a que su hijo hiciera, sin su ayuda, el largo viaje de regreso a casa, ni tampoco ignoró la caida de su hijo. ¿Qué fue lo que el padre hizo? "...fue corriendo..." hacia su hijo para entonces caminar de regreso a su hogar con él, paso a paso. ¿Hogar? ¿Cuál hogar? La casa de su padre; el Cielo, el Paraíso Eterno! ¿Qué más podemos pedir? ¡Animo, mis queridos hermanas y hermanos! Rectifiquemos nuestras ofensas a nuestro Padre; todos cometemos errores y Lo ofendemos, rechazando su amor al violar Sus Leyes. Tratemos de vivir correctamente. Tratemos de alcanzar el cielo en la tierra, lo cual es una paz que sólo Dios puede dar; y después, una vida sobrenatural con Él en la Eternidad. El caminará contigo paso a paso, tome el tiempo que tome, y Él se asegurará de que llegues a tu casa, que es Su casa; nuestra casa! No te olvides, Dios no te preguntará por cuantas cosas hiciste mas por cuanto amor pusiste en lo que hiciste! Que no te desanimen los fracasos o errores. Jesús no nos dijo que siempre ibamos a ser triunfadores a la manera de los del mundo (para eso tendríamos que mentir, pisar a otros, ser injustos, caer en pecado). Es normal detenerse un momento en las tgrincheras de la guerra espiritual diaria. Lo que sí prometió J3esús es que podemos llegar a ser experyos luchadores, eso si: LUCAHDORES! Como David, hermano (a) preparemonos a enfrentar a todos los Goliats que se nos presenten. Recordemos lo que penso David de Goliat cuando este gigante enfrento al ejercito Israel y a Dios: te atreves a enfrentarte a los ejercitos de Dios? (que como sabemos no era muy numeroso el ejercito de Israel en ese momento histórico) David se refería a toda la milicia angelical y a todos los santos y al mismo Dios. Dios esta siempre del lado de los que estamos en gracia. Si ÉL venció en la cruz, lo haremos tambien nosotros junto con Él! ..."Sin mí no podeis hacer nada"... ..."Para el hombre es imposible, pero nada es imposible para Dios"...
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Cartas de un demonio experimentado en tentar gente jóven dirigidas a su sobrino (un demonio poco experimentado)
"La mejor forma de expulsar al diablo, si no se rinde ante el texto de las Escrituras, es mofarse y no hacerle caso porque no puede soportar el desprecio." "El diablo... el espíritu orgulloso... no puede aguantar que se mofen de él...". Carta # 1 Mi querido Orugario: Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa, y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son "ciertas" o "falsas", sino "académicas" , "prácticas", "superadas", "actuales", "convencionales" o "implacables". La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa. La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo: también Él puede argumentar, mientras que en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo "vida real" y no le dejes preguntarse qué entiende por "real". Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente —¿sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?—, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que ésa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: "Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana", la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: "Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada", iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de "vida real" (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que "ese tipo de cosas" no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de "ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica". Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre. ¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable "vida real". Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado, en conversaciones o lecturas es "el resultado de las últimas investigaciones". Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por como habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar. Tu cariñoso tío, ESCRUTOPO
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Oraciones por nuestros hermanos de Perù (Amèrica del Sur)
Mas Informacion en : http://s20133.gridserver.com/peruenemergencia/index.html ¡Ha sido una gran desgracia! Queridos hermanos: Todo ha quedado hecho escombros. No sabemos por qué Dios ha permitido este tremendo terremoto pero lo que sí sabemos es que Él nos da la oportunidad para expresar nuestra caridad cristiana y sacerdotal. Somos nosotros los que debemos pedir ayuda por los que no pueden hacerlo, somos las voces de aquellos que no pueden hacerse oír, junto con ustedes debemos ser los brazos de ese Cristo Cabeza que quiere socorrer a su cuerpo herido. Creemos que esta es una gran oportunidad para mostrar nuestra real solidaridad cristiana con nuestros hermanos Siempre Juntos en Familia No sé qué es lo que estás haciendo en este momento, pero ello no es obstáculo para que estés presente en nuestro corazón sacerdotal. Así como Jesús Nuestro Señor oró al Padre por nosotros, así también nos ha encargado que, por amor a Él, apacentemos su Pueblo y roguemos permanentemente por él (Juan 21, 15-19). En estos momentos de dolor Nosotros, los sacerdotes necesitamos junto con ustedes socorrer y sostener a nuestros hermanos afectados con el reciente terremoto ocurrido en nuestro país. Hay escasez de sacerdotes, es evidente; faltan más pastores que como el Buen Pastor (Juan 10, 11) entreguen su vida por los hermanos (Juan 15, 13). Por eso queremos multiplicar nuestra presencia pidiéndote que te unas a nuestras oraciones por medio de estas líneas: ¡Querido hermano, estamos junto a ti! Todos los días en la Santa Misa, permanecemos un tiempo en adoración y súplica por los tuyos, por tus necesidades. Encomendamos tus problemas y agradecemos tus éxitos y alegrías. Compartimos tus temores y tus anhelos. Alentamos tu esperanza. Queremos que te unas espiritualmente a nosotros. Dios nos pide que construyamos una gran red de oración que envuelva y proteja a nuestro mundo del mal y las tinieblas. Queremos que, juntos, oremos sin cesar ¡para que reine el amor de Dios!..., para que nuestros niños sonrían, nuestro jóvenes crezcan, nuestros mayores vivan en paz. Abre tu corazón, querido hermano. Vuelve tus pasos a Jesús, que te amó hasta el extremo y, mirando el Corazón de Dios en Cristo, repite con nosotros –muchos lo están haciendo ya– esta sencilla oración por nuestros hermanos que sufren: Corazón de Jesús, en este momento te presento mi súplica por nuestros hermanos del Perú, confiando en tu amor misericordioso. Bríndales, en estos momentos difíciles, tu consuelo y tu fuerza así como, a través de nuestras manos, la ayuda para que puedan cubrir sus necesidades. Te pido por todos los hombres, mis hermanos, para que la luz de la fe, la esperanza y el amor guíe sus pasos, así como para que tu gracia los libre del maligno. Ayúdame a que jamás me aparte de Ti. Que tu Palabra y tu Eucaristía sean siempre mi alimento. Corazón de Jesús: que pueda, con toda mi alma, conocerte, amarte y servirte. Amén, amén. Que el Corazón de Jesús los colme siempre de bendiciones. Mas Informcion en: http://s20133.gridserver.com/peruenemergencia/index.html
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Marta o María?
1. Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abrahán para con tres personajes algo misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente y a contrapelo de las leyes naturales. Llama la atención en este texto el hecho de que Abrahán se dirige a los tres personajes en singular: "Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor". Para Abrahán esos personajes son mensajeros (ángeles) de Dios, que vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, visos de ser una teofanía, en la que Abrahán acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abrahán que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abrahán acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abrahán acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente el misterio de Dios, hospedar confiadamente su palabra y, consiguientemente, tener la seguridad de que Dios bendecirá nuestra existencia. 2. Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están representadas por Marta y María. Son dos formas igualmente buenas y necesarias, aunque la segunda sea preferible a la primera. Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni una jota de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús en modo alguno desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e, indirectamente, invita a Marta a dársela. Es como si Jesús dijera a su anfitriona: "Mira, Marta, prepara cualquier cosita, y luego ven a sentarte junto a María y a escuchar como ella mi palabra". Dos formas de hospedar al amigo, de distinto valor, aunque las dos sean necesarias. 3. Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, a un crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema. Reflexion: 1. Hospitalidad hacia los emigrantes. Hoy la palabra hospitalidad puede traducirse por solidaridad. El cristianismo nos enseña que todos somos hermanos, y por ello todos hemos de ser solidarios unos de otros. Porque no hemos de olvidar que la solidaridad es recíproca. El anfitrión se muestra solidario acogiendo al huésped, y éste hace patente su solidaridad acogiendo con agradecimiento y respeto la hospitalidad que se le brinda. En definitiva, el anfitrión acoge a Cristo en el huésped y éste acoge a Cristo en el anfitrión. Todo esto resulta de gran actualidad ante el problema no pequeño ni fácil de los emigrantes que, como oleadas constantes, llegan sobre todo a los países de Europa y de América. Ellos son nuestros hermanos en Cristo o, al menos, en humanidad, y por eso hemos de respetarles y acogerlos. Ellos, por su parte, no han de olvidar que nosotros somos sus hermanos, a quienes deben respeto y acogida en su corazón. ¿Cómo no pensar que, tras la pantalla de la emigración, se esconde en ocasiones la microcriminalidad, la mafia de emigrantes clandestinos, la importación ilícita de tabaco y de droga, la mafia inhumana de secuestro de niños para vender sus órganos o el engaño de jovencitas que serán llevadas a diversos países de Europa y vendidas a la prostitución? Cuando el respeto mutuo falla, no se debe exasperar ni generalizar, dejándose caer en el racismo o el odio a todos los extranjeros, pero la autoridad pública deberá intervenir y, cuando sea necesario, expulsar a los delincuentes. La hospitalidad tiene sus reglas humanas y cristianas, y todos hemos de cumplirlas con fidelidad, para que la convivencia sea provechosa para todos. 2. Hospedar a Quien nos ha hospedado. Pienso que es importante el que tomemos conciencia de que nosotros somos huéspedes. Al venir a la vida hemos sido hospedados por Dios, autor de la misma, en esta gran casa que es la tierra; sí, porque toda la tierra es la casa de Dios para todo hombre que viene a este mundo. Hemos sido hospedados con cariño en una familia: nuestros padres y hermanos, nuestros abuelos, nuestros tíos...Hemos sido hospedados en una sociedad, en una nación, en una cultura, en una institución política, educativa...Y sobre todo hemos sido hospedados por Dios en la Iglesia, la casa que Dios nos ha regalado a los creyentes en Cristo. La reciprocidad nos obliga. Hemos de hospedar a quien nos ha hospedado, sobre todo al Huésped por excelencia que es Dios Nuestro Señor. Hemos de dar el debido respeto al Huésped en nuestras palabras. El blasfemar, el jurar en vano, el negar a Dios rompe las reglas del respeto debido. Hemos de dar el debido respeto a Dios en la Iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Un respeto que se traduce en conciencia de la presencia de Dios en la Eucaristía, en adoración humilde y agradecida, en el reconocimiento práctico del carácter sagrado de la Iglesia, etc.
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Queremos realmente vivir en la Verdad? Estamos dispuestos a pagar el precio de vivir de cara a Dios con dignidad?
El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios y este lo escuchará. Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía hacia los goces exteriores, posponiendo las apetencias espirituales y se complace, con un abandono total, en las alabanzas que le llegan de fuera, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente. Y así, embelesada por las alabanzas que escucha, abandona lo que había comenzado. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se le convierte en causa de separación de el. Otras veces, por el contrario la voluntad se mantiene firme en el bien obrar, y sin embargo, sufre el ataque de las burlas de los hombres, hace cosas admirables, y recibe a cambio desprecios; de este modo, pudiendo salir fuera de si misma por las alabanzas, al ser rechazada por la afrenta, vuelve al interior, y allí se afinca mas solidamente en Dios, al no encontrar descanso fuera. Entonces pone toda su esperanza en el Creador y, frente al ataque de las burlas, Implora solamente la ayuda del testigo interior; así, el alma afligida, rechazada por el favor de los hombres, se acerca mas a Dios; se refugia totalmente en la oración y las dificultades que halla en lo exterior hacen que se dedique con mas pureza a penetrar las cosas del espíritu. Con razón, pues, se afirma aquí: El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios y este lo escuchará, porque los malvados, al reprobar a los buenos, demuestran con ello cual es el testigo que buscan de sus actos. En cambio, el alma del hombre recto al buscar en la oración el remedio a sus heridas, se hace tanto mas acreedora a ser escuchada por Dios cuanto mas rechazada se ve de la aprobación de los hombres. Hay que notar, empero, cuan acertadamente se añaden aquellas palabras: Como lo soy yo; porque hay algunos que son oprimidos por las burlas de los hombres y, sin embargo, no por eso Dios los escucha. Pues cuando la burla tiene por objeto alguna acción culpable, entonces no es ciertamente ninguna fuente de merito. El hombre honrado y cabal es el hazmerreír. Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero y lo verdadero como falso. La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en no quererse vengar de las injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la Virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una Insensatez toda obra conforme a la verdad.
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El Buen Samaritano
«Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y paso de largo. Y lo mismo hizo un levita que llego a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y paso de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llego a donde estaba el y, al verlo, le dio lastima». La aproximación de los personajes, jun samaritano que socorre a un judío!, esta puesta para significar que la categoría de prójimo es universal, no particular. Tiene por horizonte al hombre, no en el circulo familiar, étnico o religioso sino al hombre en si mis¬mo, no por algo añadido a su realidad. Prójimo es, así mismo, el enemigo! Los judíos de hecho «no se tratan con los samaritanos!» Y, he aquí, la segunda enseñanza de la parábola: como hacerse prójimo. Que hizo el samaritano? «Se le acerco, le vendo las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevo a una posada y lo cuido. Al día siguiente, saco dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de el, y lo que gastes de mas yo te lo pagaré a la vuelta"». El samaritano comienza con acercarse al herido, se le «aproxima». No puede haber amor efectivo y eficaz si no hay alguna proximidad igualmente real y física. El amor del prójimo comienza frecuentemente con los propios pasos, que interrumpen un camino precise, para ir al encuentro con otro. Con frecuencia, esto tiene este humilde inicio, que no es el más fácil: abandonar el propio ca¬mino, los propios proyectos, el propio futuro y aceptar los del otro durante un cierto tiempo. Después, el samaritano se ofrece al herido como su futuro inmediato para si mismo: es precisamente lo que hace cuando cura las heridas, vierte el aceite y el vino y carga con aquel hombre en su misma cabalgadura. Durante un cierto tiempo, el herido ha llegado a ser su única preocupación. Lo concrete respecto a la cabalgadura es significativo: el samaritano cede su puesto al herido. Amar es saber ceder el propio puesto y aceptar el del otro. El samaritano es un hombre como los demás, con un pasado, una tradición, una familia, un trabajo, unas leyes y también unos proyectos. Sin duda, le esperaban un trabajo, una familia, unos amigos. Pero, por un cierto tiempo, ha dejado aparte todo esto. Al final, el samaritano se aleja y continúa su viaje; en cierto sentido, comienza a separarse. Había confiado al herido a una especie de organismo especializado y retribuido; y paga, por esto, al posadero una cuota de dos denarios. Esto demuestra, además, los limites del amor al prójimo, que son los de las relaciones cortas. No se trata de dejar al prójimo abandonado a si mismo sino dejarlo a otros, a los que compete el menester de ocuparse de ello, no pudiendo nadie proveer por si solo a las necesidades de todos. Al final es clara la respuesta a la pregunta de como hacerse prójimo: con los hechos y no solo con palabras. Juan dirá: «Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad» (1 Juan 3,18). Si el samaritano se hubiese contentado con acercarse y decirle a aquel desgraciado, que yacía ensangrentado: «Pobrecillo, cuanto me desagrada! ^Como ha sucedido? Animo!» o con palabras semejantes y, después, se hubiese ido, no habría sido todo esto como una broma y un insulto? Escuchemos como se concluye la parábola: «<:,Cual de estos tres te parece que se porto como prójimo del que cayo en manos de los bandidos? El contesto:" El que practica la misericordia con el". Díjole Jesús: "Anda, haz tu lo mismo" ». Jesús realiza aquí un giro espectacular respecto al concepto tra¬dicional de prójimo. Prójimo es el samaritano, no el herido, como podríamos esperar. Esto significa que no es necesario esperar pasivamente que el prójimo aparezca en el propio camino, tal vez con tantas señalizaciones luminosas y sirenas desplegadas. Nos toca a nosotros estar prontos para darnos cuenta que esta ahf para descubrirlo. Prójimo es aquel que cada uno de nosotros esta llamado a ser! El problema del doctor de la Ley aparece invertido; de problema abstracto y académico, se hace problema concreto y operativo. La pregunta a plantearse no es: «Quien es mi prójimo?» sino «de quien puedo hacerme prójimo aquí y ahora?» Frecuentemente se nos ha preguntado si el relato del buen sa¬maritano era una parábola o era una verdadera historia; esto es, si Jesús toma la ocasión de un hecho real acaecido o si, por el contrario, inventa el mismo la escena, como acostumbra a hacer cuando cuenta las parábolas. La respuesta es que en la parábola del buen samaritano, efectivamente, hay una historia verdadera. Pero, no una pequeña historia, como seria la de un robo acaecido a lo largo del camino de Jerusalén a Jericó sino una historia grandiosa. Grande cuanto la misma historia de la humanidad! Según algunas exégesis antiquísimas, el hombre que descendía de Jerusalén a Jericó es Adán, la humanidad entera; Jerusalén es el paraíso; Jericó, el mundo; los ladrones son los demonios y las pasiones, que hacen caer al hombre en pecado provocándole la muerte; el sacerdote y el levita son la Ley y los profetas, que han visto la situación del hombre, pero no han podido hacer nada para cambiarla; el buen samaritano es Cristo, que ha derramado sobre las heridas humanas el vino de su sangre y el oleo o aceite del Espíritu Santo; la posada, a la que lleva al hombre recogido en el camino, es la Iglesia; el posadero es el pastor de la Iglesia, a la que confía el cuidado; el hecho de que el samaritano prometa volver, indica el anuncio de la segunda venida del Salvador Ahora, sabemos a quien debemos imitar, quien esta detrás del anónimo samaritano. Amar al prójimo, hacerse cercano a el, es exigido por el seguimiento de Cristo; es el primer deber de quien quiere ser su discípulo. La conclusión «Anda, haz tu lo mismo» nos recuerda lo que Jesús dijo a sus discípulos, después de haberles lavado los pies: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Juan 13,15). La parábola espera encarnarse, por lo tanto, en nuestra vida cotidiana. Escuchando el relato es fácil enojarse con el levita y con el sacerdote, que pasan sin pararse, y, tal vez, para tomar ocasión de acusar a la clase entera de los actuales levitas y los sacerdotes. Que las palabras de Jesús, en primer lugar, deben hacernos reflexionar a nosotros, el clero, esta fuera de duda. Pero, seria buscar pretextos limitarse a hacer esto. Cuantas personas «medio muertas» (en el cuerpo o en el espíritu) hemos encontrado, sacerdotes y laicos, en la vida y posiblemente también hemos caminado hacia adelante! La parábola del buen samaritano tiene en nuestros días un ámbito de aplicación totalmente nuevo. Los modernos bandidos, que dejan a las personas medio muertas por el camino, son los que nos ven necesitados y pasan de largo de muchas maneras: INDIFERENCIA Haz tú lo mismo! Jesús es el buen samaritano, es el hombre más próximo a todo hombre y a todos los hombres. La grandeza de la vocación cristiana está en que Jesús no nos dice: "ve y enseña tú lo mismo", sino "ve y haz tú lo mismo". Como nos dirá Santiago: "La fe sin obras es una fe muerta". Hoy cada cristiano es llamado a repetir a Jesús en su vida, a hacer del buen samaritano un propio seudónimo. Jesús dice a algunos cristianos: "Haz tú lo mismo en tu casa: con tu mamá que está enferma; con tu vecino, que es anciano y no puede valerse por sí mismo para muchas cosas; con tu hijo que tuvo un accidente y habrá de vivir el resto de su vida en silla de ruedas". A otros cristianos Jesús dirá: "Ve y haz tú lo mismo cuando vas por la calle, dando limosna con gusto a quien te la pida, informando amablemente a quien te pregunta por una dirección o por el nombre de un negocio; ve y haz tú lo mismo cuando vas en el autobús o en el metro, cediendo el asiento a los ancianos, a las madres con niños pequeños, a los minusválidos, siendo respetuoso y dueño de ti mismo cuando el autobús va a tope y te empujan por todas partes o incluso intentan robarte". Haz tú lo mismo: esta frase la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo largo de todos los días. Una frase que posee un potencial enorme de creatividad y de impulsos nuevos a la acción en favor de nuestros hermanos los hombres. Haz tú lo mismo: esta sola frase es capaz de inventar el futuro, de fraguar un mundo nuevo y mejor. ¿Cuántos cristianos haremos caso?
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La higuera estéril
Jesús maldice un árbol que no da fruto (Mc11,11-26) La higuera estéril Este acto de Jesús es insólito y se comprende inmediatamente que tiene un significado simbólico. No es el árbol lo que le in-teresa. Con el árbol, Jesús quiere expresar cuanto le importa el destine del pueblo elegido. Sobre el pueblo de Israel reposa una bendición divina especial. Bendecir una cosa significa darle un destine sagrado y desear que produzca efectos buenos. Cuando Dios crea a los animales y al hombre, los bendice (Gn 1,28); la Biblia explica que por este motive reciben la capacidad de crecer y multiplicarse. El término contrario a «bendecir» es «maldecir», es decir, no desear ni la vida ni otros beneficios para aquello que se maldice. El pueblo de Israel ha llevado consigo, de generación en generación, una bendición especial de Dios, que pasaba de padres a hijos. Cual ha sido el resultado? Que el pueblo de Israel no ha dado fruto y ha perdido la fe de Abrahan. Así sucede con el alma bendecida por Dios. En la Iglesia, la primera bendición es el bautismo, pero a esta bendición le debe corresponder la colaboración humana para que el bautismo no sea en vano. No encontró mas que follaje Las hojas de la higuera son grandes, verdes. Por eso, se plantaba delante de las casas para gozar de su sombra. Pero las hojas sin fruto son símbolo de vanidad, de superficialidad, como puede suceder, con el tiempo, a los ideales, a la religión e incluso a la oración. Las costumbres exteriores, las manifestaciones, se mantienen mas por el espíritu que las genera. Un proverbio francés dice que el reloj no se para en el momento en que nos olvidamos de darle cuerda, sino mas tarde, de repente. En sus recuerdos de viaje, L. N. Tolstoi cuenta de un oficial del ejercito con quien viajo que, antes de acostarse, colgaba un icono en la pared y recitaba una oración. Un día, Tolstoi comento este hecho diciendo: Tu lo sigues haciendo?». Al día siguiente, el oficial no lo hizo, ni lo hizo nunca mas. Tolstoi se pregunta, ^es posible que uno pueda perder la fe por un pequeño comentario que se le haga? Ciertamente no. Aquel hombre hacia tiempo que ya no creía, su oración era solo una costumbre externa. Una pequeña observación dirigida a el le hizo ver que ya no era necesaria. Entonces, Que hacer? De vez en cuando conviene verificar nuestras costumbres religiosas y renovar el espíritu. Los ejercicios espirituales sirven, precisamente, para esto. No era tiempo de higos La higuera da fruto dos veces al ano. Los primeros no son muy sabrosos, los segundos, al final del verano, son los mejores. Parece extraño que el Señor busque higos en una estación en la que el árbol no los produce, pero este hecho sirve, evidentemente, para introducir la parábola que se sigue. El trigo se recoge en su momento o nunca, mientras que los frutos se recogen cuando están maduros. Cada planta tiene el propio tiempo de maduración de su fruto: por ejemplo, todos los manzanos florecen en primavera, pero dan fruto en otoño. Sin embargo, el hombre no sabe cuando llegara Dios, no conoce ni el día ni la hora de su venida (Mt 24,44). Por lo tanto, debemos estar siempre preparados. Algunos están ya maduros para el reino de Dios desde jóvenes, otros en edad adulta, otros en la vejez. Por eso, los libros espirituales dan el siguiente consejo: haced el bien como si debierais morir hoy mismo, el mañana o no existirá o será un nuevo regalo de Dios, con una nueva misión. El naranjo se comporta precisamente así: mientras da fruto comienza a florecer de nuevo, como debe ser una vida buena. Prepara el futuro, pero haz que tu presente sea util y fructífero!
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Quieres saber lo que entendían los primeros Cristianos por amor?
Abandonar y recibir Mc 10, 28-31 En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros” Nosotros lo hemos dejado todo San Gregorio Magno dice irónicamente, Qué habrá abandonado san Pedro? Una vieja barca de pescador? En la historia de la Iglesia muchos han hecho renuncias mas importantes? En el siglo V estaba en Roma santa Melania la Joven, una de las mujeres mas ricas del imperio romano, que distribuyo sus bienes a los pobres para abrazar la vida religiosa. Sin embargo, san Gregorio añade que lo importante no es «que» se abandona por Cristo, sino «con que» espíritu se hace. Parece extraño pero, a veces, somos capaces de abandonar grandes cosas y, sin embargo, es un problema si alguien nos quiere quitar una pequeña costumbre o critica nuestro modo de actuar. El sentido religioso de la renuncia es el logro de la plena libertad interior. San Alonso Rodríguez pone el ejemplo de un pájaro prisionero: no puede volar, tanto si esta atado a una cuerda gruesa como si lo esta a hilos finísimos. La libertad de espíritu puede ser impedida por cosas grandes y por cosas pequeñas. Recibid ya el céntuplo en esa vida Dios nos devuelve todo a lo que hemos renunciado por amor a El. Cuando tiramos una cosa, se pierde. Cuando la regalamos a un amigo, de alguna forma el nos recompensa haciéndonos, a su vez, un regalo. San Ignacio de Loyola decía que Dios es un «caballero»: no se deja humillar solo recibiendo, sin regalar. Por eso, todo regalo hecho a El es devuelto «cien veces» ya en esta vida. El acto de amor es gratuito y, sin embargo, es recompensado por Dios cuando menos nos lo esperamos. E incluso cuando dedicamos un poco de tiempo a la oración, quizás con prisas, después podremos experimentar que Dios nos recompensa, de muchas formas. Los santos Vivian cotidianamente este tipo de experiencias; por eso eran generosísimos con Dios, tanto en ofrecerle dinero como tiempo, sabiendo que nada se perdería, sino que todo seria devuelto, «cien veces mas». Junto con persecuciones En este pasaje del evangélico encontramos esta última frase incomoda que, en general, los predicadores intentan ignorar: parece hacer vano todo lo que han intentado decir hasta ese momento. Así pues: Dios nos recompensa por todo aquello a lo que hemos renunciado por su amor; pero si lo hace «junto con persecuciones», No se trata de una nueva perdida? Consideremos un ejemplo concreto. Una persona renuncia a su propia casa y la regala al instituto religioso del que ha entrado a formar parte. Llega un régimen totalitario ateo y, con el, la persecución. Los religiosos son expulsados y la casa confiscada. Quien la ha donado parece, verdaderamente, haberlo perdido todo. Pero es aquí donde se manifiesta la fuerza de nuestra fe. La renuncia por Cristo debe ser libre y consciente, pero no se da por descontado que la iniciativa venga siempre de nosotros. Puede darse el caso de que nos priven violentamente de algo que no teníamos ninguna intención de donar, por ejemplo, la salud. Si conseguimos reconciliarnos con este hecho y aceptarlo como voluntad de Dios, incluso esta privación violenta se convierte en renuncia voluntaria, una renuncia que tiene valor para Dios y El nos recompensara. También la pasión de Cristo se caracteriza por actos violentos llevados a cabo por sus enemigos, pero su obediencia a la voluntad del Padre es un acto libre. Por eso, su muerte significa la vuelta gloriosa a la vida.
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Dentro de poco ya no me veréis...
Dentro de poco ya no me veréis... Hay un tiempo breve y un tiempo largo? Medimos el tiempo según el reloj, el calendario, pero también según nuestro estado de animo. Hay un tiempo cronológico y otro psicológico; y, de hecho, el tiempo pasa rápido cuando nos divertimos y, por el contrario, la noche es larga para un enfermo que sufre. Desde la Última Cena hasta la primera aparición de Cristo resucitado solo pasaron tres días. Cronológicamente es un tiempo breve, pero a los entristecidos discípulos probablemente se les hizo muy largo. En la vida espiritual se habla de desolación. Son periodos \ o momentos en los que parece que Cristo nos ha abandonado,, que nos ha dejado psicológicamente solos. Entonces, la oración nos parece inútil, la lectura espiritual aburrida, la liturgia no nos gusta, toda la vida espiritual parece una ilusión. Como comportarse entonces? Hay que animarse y creer firmemente que estas pruebas duraran solo un breve tiempo. Todos, incluso los grandes santos, han tenido esta experiencia. Y dentro de otro poco me volveréis a ver Después de la Cuaresma, los días de la semana pascual son momentos de grandes encuentros gozosos con el Resucitado. También en la vida espiritual hay un ritmo parecido, y después de la desolación viene la consolación. En un determinado momento todo parece fácil, la oración da gusto, el ejercicio de la caridad nos llena de alegría. Podemos fiarnos de estos estados de animo? Los autores espirituales aconsejan que no se tomen decisiones importantes en estos momentos, porque se trata de un entusiasmo pasajero. Pero tenemos que dar gracias a Dios por el consuelo que nos da. Es como una parada durante un paseo por la montaña: nos descansa, nos relaja, pero sin hacernos olvidar que el camino todavía es largo, y que la subida será nuevamente fatigosa. Este es el ritmo de la vida, y aceptándolo se puede sentir gozo en la consolación y en la desolación. Porque voy al Padre La subida por la montaña es también símbolo de otra experiencia de la vida. Desde el valle hasta el pie de la montaña el camino no suele ser escarpado, pero parece largo. Después se hace más escarpado y fatigoso, y aunque la ultima etapa sea la mas difícil, el escalador acelera el paso y ya no quiere detenerse. La visión de la cima le impulsa a proseguir. También en la vida terrena, las últimas etapas son las más difíciles. La edad trae enfermedades, el trabajo desilusiones, pero se empieza a vislumbrar la cima: vamos a la casa del Padre. Los rostros avejentados de la gente devota tienen una fascinación especial. Y los pintores los representan de buena gana en sus lienzos. En su expresión hay una mezcla de sufrimiento y de consolación por la cercanía del fin de la vida: el tiempo que queda es corto, pero la eternidad esta cerca.
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Felíz día Mamá!
Oración por las madres: Señor: tu también tienes una Madre. La tuya está en el cielo. Es María, pero en algún tiempo estuvo en la tierra. Ayúdanos. pues, a pedir por nuestras madres, aunque tu no necesitas pedir por la tuya. Ellas -nuestras madres- siempre están pidiendo por nosotros. Justo es que nosotros alguna vez pidamos por ellas. De las madres se han dicho cosas bellísimas. Todas se las merecen ellas. Ojalá nunca pudiera decirse nada malo de las madres. Sin embargo..., y para que no se diga. Señor. concédenos madres que sepan cuál es e1 fin principal de ellas: la maternidad. Que jamás traicionen esa misión tan maravillosa. Concédenos madres que sepan amar a sus hijos con amor intenso, con amor cristiano. El amor de instinto no basta. Que amen a Dios en sus hijos. Que todo su amor sea para encaminarlos a él. Con amor que lleve hasta el sacrificio. La madre debe ser toda para sus hijos. Tiene que ser capaz de sacrificar por ellos su cuerpo, su belleza. Olvidarse de todo menos de que es madre. Siempre para sus hijos. No sólo madre al traerlos al mundo, si no siempre. Hasta la muerte. Que críen a sus hijos con esmero y delicadeza, y que sean ellas quienes los eduquen directamente. No hay pretexto que las exima de ese deber. Educándolos. vigilándolos; con una educación completa, con una vigilancia llena de amor y caridad. Haz, Señor, que el modelo de nuestras madres sea tu Madre bendita. Que la protectora de nuestras madres sea ella, Maria. Que a ella acudan en sus afanes. Que a ella imiten en sus acciones. Ella, Maria, tu Madre -también nuestra Madre- siguió todos tus pasos, sin dejar un instante de manifestar.. Madre. Así necesitamos a nuestras madres: ¡siempre madres! Lo más sublime de una mujer es ser madre buena. Señor, haz que así sean ellas. Amén.
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Permaneced en Mí!
Evangelio del día: (Jn 15,1-8) En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto. Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde. Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Comentario: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos En el catecismo de san Pio X se hacia el elenco de las llamadas «seis verdades fundamentales» por las que uno podía llamar cristiano. La sexta decía: «La gracia de Dios es necesaria para salvarse». La comparación con la vid y los sarmientos ilustra esta verdad de un modo elocuente, sin necesidad de explicaciones, Pero el problema esta en la vida practica: Como hacer tan fuerte la unión con Cristo como para que sea de verdad el tronco en el que injertemos nuestra vida? En un organismo vivo, la sangre corre en los miembros a través de las venas. También en las plantas, la savia se expande desde las raíces y penetra hasta la mas pequeña hoja. Las venas que nos unen a Cristo son todos los medios de salvación: la fe, las obras, los sacramentos. Con el bautismo nos «injertamos» en el árbol de Cristo. Éramos una rama que no pertenecía al árbol, pero ahora crecemos en El (Rm 6,4). El trato frecuente con Jesucristo en las Eucaristía y en la Confesión es como una especie de transfusión de vida de Dios en nuestros organismos, es como una medicina en una rama que empezaba a romperse.... El Corazón de Jesus tiene un solo objetivo: que seamos UNO con Él y en El. Sin mi no podéis hacer nada En teología se distingue entre propiedades naturales del hombre y dones sobrenaturales. El conocimiento racional, la voluntad, el deseo de aprender, etc., pertenecen al hombre en cuanto hombre. La fe, la esperanza y la caridad son, en cambio, dones sobrenaturales, la fuerza de la gracia que opera en nosotros. Esta distinción es útil para aclararnos varias cosas, pero todavía no es suficiente. Hoy se habla de los derechos naturales del hombre, de los deberes y de las virtudes naturales de todos los hombres, sin distinción de religión. También los ateos pueden y deben ser sinceros, honestos y tener respeto a la vida y a la propiedad de los demás. Pero este noble «humanismo», ¿es realizable? De verdad puede un hombre ser hombre sin Cristo? Los Padres de la Iglesia creían que no. El hombre ha sido creado a «imagen de Dios» (Gn 1,27), es decir, según Cristo. Sin El nadie en la tierra llegara a ser verdadera y plenamente hombre. Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros Si la identificación con Cristo es necesaria para cumplir los deberes humanos, con mayor razón lo es para llevar al mundo la fe en El. Lo sabe muy bien quien se dedica al trabajo apostólico. Si Cristo no da la fuerza necesaria, sus palabras serán «como una campana que suena o un címbalo que retiñe» (I Co 13,1). Pero los fieles laicos tienen la misma experiencia: unos a otros se sostienen y se animan, pero sus palabras tienen un efecto distinto. El consejo de uno hace milagros, y quizá nadie presta atención a los hermosos discursos de otro. La diferencia esta solo en la capacidad de hablar bien o en la fuerza de persuasión? NO! La diferencia es Cristo: las palabras son eficaces solo si es Cristo el que habla por nuestra boca. Oración: Me dices hoy, Señor que hay que permanecer en Ti para dar fruto. Ahora bien, yo me cuestiono qué es y cómo se permanece en Ti… Permanecer en Ti, es adherirme a tu Palabra que se me presenta como el parámetro a considerar, para encontrar el sentido de la vida y definirme, en todos los campos que la conforman, de acuerdo a la “verdad”. Permanecer en Ti, Señor, es escoger el bien que eres Tú y, partiendo de esta verdad, deseada y asimilada por cada uno y ejerciendo la libertad, pronunciarse en el trayecto de la vida personal, por todo aquello que nos promociona como personas y nos lleva a ir escogiendo los bienes verdaderos, que en el obrar, afianzan nuestra dignidad. En la práctica, Señor, soy tu sarmiento y me puedo desgajar del tronco, pero Tu me dices que el Padre me va a limpiar, podaándome, para que fructifique más… Para esto es el Sacramento de la Reconciliación y la dirección espiritual, en donde recupero la fuerza para permanecer en la vid y poder dar gloria al viñador, al Padre Celestial. Para que tu Corazón reine en mí y en muchísima gente!
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Un Mandamiento Nuevo!
Hay una palabra que se repite varias veces en las lecturas de este domingo. Se habla de «un nuevo cielo y una nueva tierra», de la «nueva Jerusalén», de Dios, que hace «nuevas todas las cosas», y finalmente, en el Evangelio, del «mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado» «Nuevo», «novedad» pertenecen a ese restringido número de palabras «mágicas» que evocan siempre significados positivos. Nuevo flamante, ropa nueva, vida nueva, nuevo día, año nuevo. Lo nuevo es noticia. Son sinónimos. El Evangelio se llama «buena nueva» precisamente porque contiene la novedad por excelencia. ¿Por qué nos gusta tanto lo nuevo? No sólo porque lo que es nuevo, no usado (por ejemplo, un coche), en general funciona mejor. Si sólo fuera por esto, ¿por qué daríamos la bienvenida con tanta alegría al año nuevo, a un nuevo día? El motivo profundo es que la novedad, lo que no es aún conocido y no ha sido aún experimentado, deja más espacio a la expectativa, a la sorpresa, a la esperanza, al sueño. Y la felicidad es precisamente hija de estas cosas. Si estuviéramos seguros de que el año nuevo nos reserva exactamente las mismas cosas que el anterior, ni más ni menos, nos dejaría de gustar. Nuevo no se opone a «antiguo», sino a «viejo». De hecho, también «antiguo» y «antigüedad» o «anticuario» son palabras positivas. ¿Cuál es la diferencia? Viejo es lo que, con el paso del tiempo, se deteriora y pierde valor; antiguo es aquello que, con el paso del tiempo, mejora y adquiere valor. Por eso se procura evitar la expresión «Viejo Testamento» y se prefiere hablar de «Antiguo Testamento». Ahora, con estas premisas, acerquémonos a la palabra del Evangelio. Se plantea inmediatamente un interrogante: ¿cómo se define «nuevo» un mandamiento que era conocido ya desde el Antiguo Testamento (cfr. Lev 19, 18)? Aquí vuelve a ser útil la distinción entre viejo y antiguo. «Nuevo» no se opone, en este caso, a «antiguo», sino a «viejo». El propio evangelista Juan, en otro pasaje, escribe: «Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio... Y sin embargo os escribo un mandamiento nuevo» (1 Jn 2, 7-8). En resumen, ¿un mandamiento nuevo o un mandamiento antiguo? Lo uno y lo otro. Antiguo según la letra, porque se había dado desde hace tiempo; nuevo según el Espíritu, porque sólo con Cristo se dio también la fuerza de ponerlo en práctica. Nuevo no se opone aquí, decía, a antiguo, sino a viejo. Lo de amar al prójimo «como a uno mismo» se había convertido en un mandamiento «viejo», esto es, débil y desgastado, a fuerza de ser trasgredido, porque la Ley imponía, sí, la obligación de amar, pero no daba la fuerza para hacerlo. Se necesita por ello la gracia. Y de hecho, per se, no es cuando Jesús lo formula durante su vida que el mandamiento del amor se transforma en un mandamiento nuevo, sino cuando, muriendo en la cruz y dándonos el Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, infundiendo en nosotros el amor que Él mismo tiene por cada uno. El mandamiento de Jesús es un mandamiento nuevo en sentido activo y dinámico: porque «renueva», hace nuevo, transforma todo. «Es este amor que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo» (San Agustín). Si el amor hablara, podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy: «He aquí que hago nuevas todas las cosas».
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El Único Buen Pastor!
Este cuarto domingo de Pascua, es conocido como el domingo del Buen Pastor porque en todos los años se presenta un pasaje del Evangelio de Juan sobre Jesús como el buen pastor, es por ello que hoy también la Iglesia se une en oración, en todo el mundo en esta jornada mundial por las vocaciones, para orar por sus pastores y le pide a Dios que le envíe más pastores, más vocaciones, que tengan el mismo Corazón de Cristo. Después de habernos conducido, el domingo pasado, entre los pescadores, hoy el Evangelio nos conduce entre los pastores. Dos categorías, dos figuras de igual importancia en los evangelios. De una deriva el título de «pescadores de hombres», de otra el de «pastores de almas», que Jesús dio a los apóstoles. Recordemos, la mayor parte de Judea era un altiplano de suelo áspero y pedregoso, más adecuado al pastoreo que a la agricultura. La hierba era escasa y el rebaño debía trasladarse continuamente, no había cercados y esto requería la constante presencia del pastor con su rebaño. Una historia antigua, nos dice como era el pastor en Israel: «Cuando lo ves en un elevado pastizal, despierto, con la mirada que vigila el horizonte, expuesto a las intemperies, apoyado en su vara, siempre atento a los movimientos del rebaño, entiendes por qué el pastor adquirió tal importancia en la historia de Israel, que se le dio este título a su rey y que Cristo asumió como emblema y sacrificio de sí mismo». Todos nosotros buscamos siempre, desde niños, seguridad, descanso, protección, cuidado, cariño y todo ello lo ofrece esta figura del Pastor. Como dice Juan, en la segunda lectura: “Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol, ni el bochorno. Porque el Cordero … será su pastor. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.” Esta imagen ideal de pastor encuentra su plena realización en Cristo. Él es el buen pastor que va en busca de la oveja perdida; se apiada del pueblo porque lo ve «como ovejas sin pastor» (Mt 9,36) y llama a sus discípulos «mi pequeño rebaño». ¿Cómo es el Buen Pastor? El buen Pastor, conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a Él «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». En ciertos países de Europa, las ovejas se crían especialmente por la carne; en Israel se criaban sobre todo por la lana y la leche. Por ello permanecían muchos años en compañía del pastor, quien acababa por conocer el carácter de cada una y llamarla con algún afectuoso nombre. Por ello, la palabra conocer, en la Escritura, significa amar, desear el bien, sentir afecto por una persona y esto sólo se consigue en una relación íntima y personal. Cuando uno conoce así a Dios y entra en su intimidad, le escucha y le sigue con fidelidad, alegría y agradecimiento. Por ello San Agustín, decía “Es imposible conocerle y no amarle, amarle y no servirle.” Jesús conocía perfectamente a sus discípulos y como Dios a todos nosotros. Él nos conoce «por nuestro nombre», es decir íntimamente. Él nos ama con un amor personal que llega a cada uno como si fuera el único que existe ante Él. Cristo no sabe contar más que hasta uno: y ese uno es cada uno de nosotros. Fruto de este conocimiento y este amor, el Pastor es capaz de dar su vida por sus Ovejas: Sí este pastor, las apacienta, las cuida y si es necesario dará su vida por ellas, como lo hizo Jesús. El Pastor además, usa un cayado para gobernarlas con autoridad, las corrige y perdona si es necesario. Sale en su búsqueda cuando se extravían, se desvela en su cuidado por ellas, su vida consiste en hacerlas llegar a buen término. NADIE LAS PUEDE ARREBATAR DE SU MANO. Sí, las ovejas se perderán, sólo si ellas así lo quieren… Sólo y únicamente el hombre en su libertad puede escaparse del rebaño de Cristo. Finalmente, este Pastor nos ofrece vivir por siempre en su presencia: Yo les doy la Vida Eterna. Sabemos, que el don más grande que Dios ha dado es la Vida, pero esta vida dura sólo unos años… Y después que? Todos nos hacemos esta pregunta por la existencia. LA RESPUESTA es Cristo Resucitado, Él es el SEÑOR DE LA VIDA, Él puede darla a los que quiere, a quienes le aman y confían en Él, les promete la Vida Eterna. Pero hay dos condiciones para alcanzar esta vida: “Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen…” Sí, debemos primero escuchar constantemente su voz, para poder luego seguirla. ¿Cómo escuchar su voz? En primer lugar a través de su palabra, en la Sagrada Escritura; en la oración diaria; en mi conciencia, donde Dios vive; en mi corazón y a través de sus pastores, etc. Pero no es suficiente escucharla, hay que seguirla. Cuando ESCUCHAS, lo que Dios te pide, te exige o te corrige y cuando obedeces a pesar que te disgusta, etc. ENTONCES PUEDES DECIR en VERDAD QUE LE ESTAS SIGUIENDO. Que eres parte de su rebaño y que Él es tu pastor. Sí hermanos, no es nada fácil seguir a Cristo, ser su oveja y es mucho más difícil ser pastor. Por el encargo, la tremenda responsabilidad que Dios nos ha dado y también porque hay ovejas, que no escuchan su voz, que no son obedientes, que no lo siguen. Sí, haber recibido esta vocación y ser fiel a ella es una Gracia. Por eso hoy nos unimos en oración con toda la Iglesia, en todo el mundo y le pedimos a Dios por las vocaciones. Por jóvenes y santas vocaciones, para la vida consagrada y el sacerdocio, especialmente de nuestra Diócesis, de nuestra Parroquia, de nuestras familias. Hoy más que nunca es urgente el llamado de Cristo: Ven y Sígueme y los haré pescadores de hombres, pastores de almas, porque hoy la necesidad de Dios es mayor, la ausencia de Dios es mayor, la falta de amor es mayor. Sin vocaciones está en peligro la presencia de Cristo en el mundo, pues sin sacerdotes NO HAY EUCARISTÍA, no hay sacramentos y es verdad. Oren mucho por nosotros hermanos, para que mantengamos la fidelidad, el entusiasmo, la alegría, la fuerza, para cuidar el rebaño, para ser buenos pastores, según el modelo de Jesús, el único y verdadero Pastor. Que Dios los bendiga. Amen.
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Maria, sé que estás aquí!
El milagro de Caná Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Seguramente las relaciones sociales, de parentesco o amistad, hacían que María estuviese presente en la boda. María vino, por su parte, probablemente desde Nazaret, que esta más o menos a la distancia de siete kilómetros de Cana, entonces pudo hacer su viaje en el mismo día. Sin embargo por la forma de decir que estaba allí la madre de Jesús, hace suponer que María estaba ya en Cana cuando llegó su Hijo. Dice san Juan Jesús también fue invitado con sus discípulos, quien llego a Cana desde más lejos, Betania del Jordán, algo mas de 115 kilómetros. Sabida su llegada, es cuando, probablemente, recibió la invitación. Otro dato en el desarrollo de la escena, por la forma breve en que se presenta a María, manifestando a su Hijo la carencia de vino, hace suponer que Jesús había estado ya con su Madre, sin embargo no se menciona a José, esposo de María, por cuanto podemos suponer que ya no vivía. Jesús, aún no era conocido por milagro alguno, tampoco el se había presentado como el Mesías, El primer grupo de sus pocos discípulos de ese minuto, fueron invitados a la boda, como compañía de Jesús, algo que la hospitalidad oriental permitía ciertamente. Las bodas en Oriente comienzan al oscurecer, con la conducción de la novia a casa del esposo, acompañada de un cortejo de jóvenes, familiares e invitados, a los que fácilmente se viene a sumar, en los villorrios, todo el pueblo, y prolongándose las fiestas varios días, se lee estos en varios pasajes bíblicos. En las bodas de los pueblos, los menesteres de la cocina y del banquete son atendidos por las hermanas y mujeres familiares o amigas. Es lo que aparece aquí en el caso de María. A ellas incumbe atender a todo esto. Otro dato, es que el vino es tan esencial en un banquete de bodas en Oriente, que dice el Talmud: “Donde no hay vino, no hay alegría.” Según los escritos de esa época, la duración de las bodas era de siete días si la desposada era virgen, y tres si era viuda. Durando las bodas varios días, los invitados se renuevan. Por que no suponer además, la posibilidad de la llegada de huéspedes inesperados. Es en este marco en el que se va a desenvolver la escena del milagro de Jesús. La boda debe de llevar ya algunos días de fiesta y banquete. Nuevos comensales han ido llegando en afluencia, tanto que las provisiones calculadas del vino van a faltar. Jesús, como invitado esta ya con ellos en la fiesta. Estando El presente, el vino llegó a faltar, algo esencial para la fiesta y la vergüenza iba a caer sobre aquella familia. Probablemente se debía de estar al fin de las fiestas de boda, cuando en algún aumento imprevisto hizo crítica la situación. Y éste es el momento de la intervención de María, que como amiga invitada de la familia, solidaria y talvez ayudando en los enseres de la cocina, pudo estar informada a tiempo de la situación crítica y antes de que trascendiese a los invitados, discretamente se lo comunica a su Hijo, "No tienen vino". Jesús le respondió: "Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía". El decir “Mujer”, a su madre, esta palabra en labios de Jesús no indicaría desamor o despego, sino solemnidad. Así dice a la cananea: “¡Oh mujer!, grande es tu fe” (Mt 15:28), este término tiene un matiz de ternura. Sin embargo, la respuesta de Jesús es una negativa a la petición de María, por no haber llegado la hora de los milagros. Pero ante la actitud de María ante su Hijo, por conocer como madre privilegiadamente, el corazón de Jesús, llena de confianza, sabe que será escuchada, da la orden a los sirvientes de que hagan cuanto su Hijo les diga. Seguramente, es un supuesto, que la frase era una simple información al Hijo, pero todo esto pasa en un ambiente de sentimientos delicados, y hace ver que María espera una intervención especial, sobrenatural, de Jesús. Esto supone un conocimiento muy excepcional en María de su Hijo. Esta escena descorre un velo sobre el misterio de la vida oculta de Nazaret y sobre la “ciencia” de María sobre el misterio de Jesús. Ella, esta, segura de la intervención de su Hijo y se acerca a los sirvientes diciendo: "Hagan todo lo que Él les diga". Esta iniciativa y como orden de María a los servidores se explica aún más fácilmente suponiendo la especial familiaridad de ella con los miembros de aquel hogar. Dice el fragmento del evangelio: Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Es decir vendría a ser de unos 600 litros. Cantidad verdaderamente excepcional. Se trataba, pues, de una fiesta de gran volumen; lo que hace pensar en una familia destacada y con muchos invitados. El milagro se realiza sin aparatosidad. El evangelista mismo lo relata sin comentarios ni adornos. Jesús, en un momento determinado, le dijo a los sirvientes: "Llenen de agua estas tinajas". Y las llenaron hasta el borde”. San Juan resalta bien este detalle, con ello se iba a probar, a un tiempo, que no había mixtificaciones en el vino y, además de demostrase la generosidad de Jesús en la producción de aquel milagro. El milagro se realizó súbitamente, una vez colmadas de agua las tinajas, Jesús les mandó Saquen ahora, y lleven al encargado del banquete", seguramente un familiar o un siervo que estaba encargado de atender a la buena marcha del banquete. Los servidores obedecen la orden de Jesús y llevan al encargado, maestresala, “el agua convertida en vino.” Fácilmente se supone la sorpresa de los servidores. Nada le dicen del milagro. Expresamente lo dice el evangelista.; Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes. La sorpresa del maestresala se acusa, está ignorante del milagro, tanto que llamó al esposo, sin duda por ser el dueño del hogar, y se lo advierte en tono de reflexión un poco amarga, ya que él, responsable de la buena marcha del banquete, y estaba ignorante de aquella provisión. Todo ello se acusa en la reflexión que además le hace. "Siempre se sirve primero el buen vino y, cuando todos han bebido bien, se trae el de calidad inferior. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento", quiere aludir con ello a esa hora en que, ya saciados, se presta especial atención a un refinamiento más. De esta manera tan maravillosamente sencilla cuenta el evangelista este milagro de Jesús. Y completará: Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. O acaso, aún mejor, sea el primero de los milagros oficiales que El realiza en su presentación pública de Mesías, era un “signo” que hablaba de la grandeza de Jesús, del testimonio que el Padre le hacía de su divinidad y de su misión y Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. Su gloria” aquella gloria que le convenía “como a Unigénito del Padre” y que “nosotros” hemos visto” y que era la evocación sobre Jesús de la “gloria” de Yahvé en el Antiguo Testamento, y lo mismo en el Nuevo, donde se asocian las ideas de “gloria” y “poder” de tal manera que la “gloria” se manifiesta precisamente en el “poder.” Y ante esta manifestación del poder sobrenatural que Jesús tenía, sus discípulos “creyeron en El.” Ya creían antes, pues el Bautista se lo señaló como Mesías, y ellos le reconocieron, como Juan relató en el capítulo anterior, y como a tal le siguieron. Pero ahora creyeron más plenamente en El. El milagro encuadraba a Jesús en una aureola sobrenatural. Otro aspecto de este milagro se refiere a la santificación del matrimonio. La presencia de Jesús y María en unas bodas, santificándolas con su presencia y rubricándolas con un milagro a favor de sus regocijos, son la prueba palpable de la santidad de la institución matrimonial y, la condena de toda tentativa de sectores de la sociedad de hoy, de carácter herética sobre la misma. Esta actitud del Señor, es como preparación de elevación del matrimonio al orden sacramental. Muchos valores simbólicos nos enseñan este milagro, como la multiplicación de los panes, es probablemente también una orientación hacia la Eucaristía. Otra interpretación es ver en el vino milagrosamente dado un “símbolo” de la nueva, sobrenatural y generosa doctrina que Jesús trae. La extrañeza del maestresala de que el vino mejor se guardó para el fin, va a ser símbolo de la alegría ya que el vino que alegraba el convite. En Proverbios, 9,5 se lee; "Venid, comed mi pan y bebed mi vino que yo he mezclado” La escena de los primeros discípulos invita a los hombre a recibir a Jesús como fuente de la Sabiduría que es preciso buscar para encontrarla. Entonces ella conduce a sus discípulos hasta el banquete en donde ella les da el vino de la enseñanza y de la doctrina que conduce a la vida. Poesía: Allá en Cana, ciudad de Galilea Mi madre, su Hijos y sus amigos A una boda fueron invitados Comieron dátiles e higos Cantaron, rieron y danzaron Felices estaban los novios De todo conversaron Comer bien era obvio Mucho eran los invitados Todos le sonreían a Maria Feliz estaba Jesús amado La boda duraba varios días Entonces Maria preocupada Que a la fiesta nada le faltara Ayudaba entusiasmada Que la fiesta se alegrara Entonces sucedió lo inesperado El vino para la boda se terminó Para la solución pensó en su amado Para ella su hora comenzó Así fue como ella vino a su hijo Y le dijo: «No tienen vino». Con una sonrisa se lo dijo Mirada de cariño a buen destino Jesús le respondió: «Mujer, ¿Por qué te metes en mis asuntos? Con esto le hizo ver Que su hora no estaba a punto Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga». Tomaron seis recipientes De cien litros medida Jesús con agua los hizo llenar Hasta el borde lo colmaron Ellos no se hicieron esperar Al mayordomo se lo llevaron Después del agua probar Ya convertida en vino, El mayordomo con buen paladar Dijo del buen líquido un manjar El creía que el buen vino era primero Y después de beber bastante era el peor Su sorpresa fue por entero El último vino era el mejor Esta señal milagrosa Fue la primera de El Así manifestó su gloria maravillosa Y sus discípulos creyeron en él. Todo esto porque María Nunca deja de preocuparse Ella de noche y de día Por todos ha de darse
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De la boca del mismo "Discípulo amado"
Jesús tuvo para nosotros las mejores noticias que podíamos haber deseado ayer, pero muy cerca de él, había un joven amigo de Jesus: Juan. Con la pureza de alguien de 16 años (la edad que tenía cuando lo llamó Jesus) porque a pesar de los 30 o más años que siguió a Jesus, él siempre conservó ese corazón jóven y puro. Es ese gran apóstol el que nos quiere decir que estuvo pasando por su corazón en ese momento frente a al Cruz. Ayer su rostro estuvo recostado en el pecho de Jesus hoy tiene ese mismo pecho al frente de sus ojos puros. Quieres saber qué estuvo pasando por ese corazón? Escucha esta canción
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Viernes Santo de la Pasión del Señor
Evangelio: Jn 18, 1-19, 42 Apresaron a Jesús y lo ataron En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?” Le contestaron: “A Jesús, el Nazareno”. Les dijo Jesús: “Yo soy”. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar: “¿A quién buscan?” Ellos dijeron: “A Jesús, el nazareno”. Jesús contestó: “Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan”. Así se cumplió lo que Jesús había dicho: ‘No he perdido a ninguno de los que me diste’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: “Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?” Llevaron a Jesús primero ante Anás El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’. Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?” Él dijo: “No lo soy”. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: “Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho”. Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: “¿Así contestas al sumo sacerdote?” Jesús le respondió: “Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. ¿No eres tú también uno de los discípulos? No lo soy. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también uno de sus discípulos?” Él lo negó diciendo: “no lo soy”. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿Qué no te vi yo con él en el huerto?” Pedro volvió a negarlo y enseguida cantó un gallo. Mi Reino no es de este mundo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua. Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: “¿De qué acusan a este hombre?” Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído”. Pilato les dijo: “Pues llévenselo y júzguenlo según su ley”. Los judíos le respondieron: “No estamos autorizados a dar muerte a nadie”. Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Con que tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilato le dijo: “¿Y qué es la verdad?” Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: “No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” Pero todos ellos gritaron: “¡No, a ése no! ¡A Barrabás!” (El tal Barrabás era un bandido). ¡Viva el rey de los judíos! Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le daban de bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo: “Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa”. Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: “Aquí está el hombre”. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Pilato les dijo: “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él”. Los judíos le contestaron: “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” Jesús le contestó: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”. ¡Fuera, fuera! Crucifícalo Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: “¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César”. Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: “Aquí tienen a su rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “¿A su rey voy a crucificar?” Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Crucificaron a Jesús y con él a otros dos Tomaron a Jesús y él, cargando con la cruz, se dirigió hacia el sitio llamado “la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: ‘Jesús el nazareno, el rey de los judíos’. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha dicho: Soy rey de los judíos’”. Pilato les contestó: “Lo escrito, escrito está”. Se repartieron mi ropa Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca”. Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica. Y eso hicieron los soldados. Ahí está tu hijo – Ahí está tu madre Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él. Todo está cumplido Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la oca. Jesús probó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Inmediatamente salió sangre y agua Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua. El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. Vendaron el cuerpo de Jesús y lo perfumaron Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara levarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús. Meditación: El Viernes Santo es un día por excelencia para acompañar a Jesús en su soledad, hacia el "via crucis”. Es un día para contemplar su amor hasta el final, porque para redimirnos tuvo que derramar su sangre y realizar el sacrificio más duro.Hoy es un día para contemplar “al que traspasaron”, miremos sus cabeza coronada de espinas, sus brazos extendidos clavados al madero, sus pies sosteniendo su cuerpo lleno de dolor, y su costado abierto, sangrando… Esta es la revelación más grande del amor de Dios. Desde ahí no sólo nos pide, sino que nos suplica y hasta mendiga nuestro amor. A ese extremo llega la donación de Dios. Jesús nos ofrece un amor gratuito y desea ser correspondido por cada uno de nosotros, espera que aceptemos su amor y que finalmente nos decidamos a seguirle. Aceptar su amor significará para nosotros comprometernos a amar a nuestro prójimo con su mismo amor. Ahora fijémonos que del costado de Cristo sale “sangre y agua”. Estos elementos son considerados símbolos del misterio de la Eucaristía en las especies del pan, pero especialmente del vino. Pensemos que así como la vid debe podarse muchas veces, y la uva tiene que madurar con el sol, el viento, la lluvia, y luego ser aplastada… así nuestra fe debe madurar. No nos podemos quedar indiferentes, contemplando el sufrimiento de Cristo. Muchos vieron a Jesús, aquel Viernes Santo colgado del madero, pero pocos descubrieron en Él al Salvador. ¡Correspondámosle hoy con toda la capacidad de nuestra pequeñez! Frente a un mundo que olvida la Pasión del Señor, vivamos este día con sentido apostólico, invitando a otros a encontrarse con el Crucificado. Ayúdame a Vivir este día con sentido de respeto, silencio, recogimiento, y oración, acompañando al Señor que muere por nosotros.
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En este jueves santo nuestra atención quiere centrarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies...
En este jueves santo nuestra atención quiere centrarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?. Esta pregunta se refiere, desde luego, a la acción que Jesús acababa de ejecutar al ceñirse la toalla y ponerse de rodillas ante sus apóstoles para lavarles los pies. Sin embargo, esta pregunta va más allá y atraviesa toda la economía de la salvación: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros y por vosotros? Es decir, ¿comprendéis que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación por sus pecados (1 Jn 4,10)? ¿Comprendéis que el Padre me ha envidado para que vosotros tengáis vida? Nos encontramos a punto de iniciar “la hora de Jesús”, el momento de su testimonio definitivo de amor por el Padre y los hombres. ¡De qué manera tan profunda cobran significado los ritos de la cena de pascua que nos narra el libro del Éxodo en la primera lectura: la familia judía se reunía para celebrar la alianza del Señor, para recordar de generación en generación que el amor de Dios es eterno. Pablo en la carta a los corintios recoge el relato más antiguo de la Eucaristía: ¡con qué veneración lo considera y lo transmite: aquello que yo he recibido, que procede del Señor, os lo transmito. Hoy, por tanto, todo nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que Dios nos ha tenido en su Hijo Jesucristo. El amor de Cristo. La liturgia de la cena pascual, que se describe detalladamente la primera lectura, es prefiguración del sacrificio del sacrificio de Cristo que se ofrece en rescate “por muchos”, es decir, por todos, como nos explica san Pablo en la primera carta a los corintios. Por eso, el evangelio de hoy más que narrar los hechos de la última cena, se concentra en describir el amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse en el amor de Cristo, en el amor del Padre de las misericordias que nos envía a su Hijo para rescatar a los que nos habíamos perdido. El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento. Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor llega a exclamar: 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, 36 como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. 37 Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. 38 Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades 39 ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. Rm 8,35-39. Si, en ocasiones, somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia es porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos sido eternamente amados por Dios en su Hijo. La primera carta de san Pedro nos amonesta a vivir sabiendo que hemos sido rescatados del pecado, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, la del cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo. (Cfr. 1 Ped 1,18-19). Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor! Cómo sabes esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser, mientras tanto Tú toleras el suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de arrepentimiento olvidas que te ha ofendido. No comprendo por qué el mundo no procura llegar a Ti por esta amistad tan especial. Los malos hemos de llegarnos a Ti para nos hagas buenos, pues por el poco tiempo que aceptamos estar en tu compañía, aunque sea con mil deficiencias y distracciones, Tú nos das fuerzas para triunfar de todos nuestros enemigos. La verdad es que Tú, Señor, que das la vida a todo, no la quitas a ninguno de los que se fían de Ti.” (Santa Teresa de Jesús, El libro de la vida Cap. 8, 9). Así pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros (por vosotros)? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios en Cristo ha hecho por nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo! ¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena cuando Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor. El amor a Cristo. El amor lleva al amor. Quien experimenta el amor de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más conscientes, por una parte, de su propia miseria, como hombres y pecadores, pero, por otra parte, son más conscientes de los tesoros infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar y el mandato de “hacerlo en memoria del Señor”. El sacerdote ha nacido allí, en el cenáculo, en la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II se dirigía a los sacerdotes el jueves santo de 1982 en estos términos: «El jueves santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. Es en este día en el que todos nosotros sacerdotes hemos nacido. Como un hijo nace del seno de su madre, así hemos nacido nosotros, Oh Cristo, de tu único y eterno sacerdocio. Hemos nacido en la gracia y en la fuerza de la nueva y eterna alianza del Cuerpo y de la Sangre de tu sacrificio redentor: del “Cuerpo que es entregado por nosotros” (cf. Lc 22,19), y de la Sangre, que “por todos nosotros se ha derramado” )cfr. Mt 26,28). Hemos nacido en la última cena y, al mismo tiempo, a los pies de la cruz sobre el calvario; allí, donde se encuentra la fuente de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia, allí está también el inicio de nuestro sacerdocio». Pero no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo. Cualquier fiel contemplando los misteriosos acontecimientos de esta noche, escuchando las palabras de Jesús y viendo sus gestos al lavar sus pies y distribuir la comunión, puede repetir con san Pablo: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal 2,20). “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Salgamos de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor; a amar en lo grande y en lo pequeño; a amar en la prosperidad y en la adversidad; porque nosotros hemos sido amados e invitados a participar del amor de Dios.
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8vo mandamiento: «no mentir»
¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿Utilizo la mentira como medio de conseguir los objetivos que me propongo? ¿Si tiene repercusiones en la vida publica, me doy cuenta que la malicia es todavía mucho mayor? ¿He acusado a los demás sin motivo? ¿He echado la culpa de algo que yo he hecho mal? ¿Aparento ante mis amigos lo que no soy? ¿Cumplió con mi palabra o me he vuelto atrás en mis compromisos? ¿Hablo mal de otras personas?
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5to mandamiento: «no mataras»
Sabías que tu lengua es una espada de doble filo? Sabias que una palabra mal dicha puede ocasionar mucho sufrimiento a la gente que te rodea? Al mismo tiempo, puedes acariciar a las personas con tus palabras y hasta ayudar a que ellas sanen de crisis y enfermedades. Todo depende de como uses tus palabras. Como ves, no necesitamos de armas de fuego para matar. Lo podemos hacer con nuestra lengua! ¿He hecho daño a otros de palabra o de obra? ¿He dañado sus cosas? ¿He despreciado o maltratado a alguno más débil que yo? ¿He sido culpable de que otros se porten mal, incitándolos a pecar con mis palabras, modo de vestir o con mi mal ejemplo? ¿He perdonado como Jesús, o mantengo deseos de venganza, odio o rencor? ¿He pedido perdón cuando he hecho mal a alguien? ¿He comido o bebido sin medida, dejándome llevar por el gusto y no por lo razonable? ¿Si soy persona constituida en autoridad, evito utilizar el poder para encumbrarme, procurando solamente servir?
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DECIMASEGUNDA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos. Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo Y habiendo dado una gran voz, inclinó la cabeza y expiró. En las manos de su Padre había puesto su espíritu, y en las de los hombres su perdón, su sangre y su Madre. Todo lo había consumado. Nada más podía hacer ya. ¿Me parece poco? ¿Nos parece poco? Sin duda, porque aún seguimos pecando, aún sigo pecando y pecando. Me parece poco la sangre y la muerte de Dios. El lo sabía, y, desde Su cruz, me miro enternecido: “Tengo sed”. Aún le restaba amor y sed de pagar mas por mí...; aún, todavía más. Y un día y otro día sigue su sacrificio en los altares, a través de los siglos, y de los años, y de los minutos. ¡Y yo..., aún sigo pecando! ¡Señor, Señor, hasta cuando! (Silencio) Pequé, Señor pequé. Ten piedad y misericordia de mi. PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA Pequé, Señor pequé. Ten piedad y misericordia de mi
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Esta es una buena peticion para la Cuaresma
La Virgen dio en el Magnificat: .. A los hambrientos Dios los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos. Esto quiere decir mucho más de lo que nos imaginamos. Se refiere a una actitud frente a Dios en lo más sencillo y lo más importante de nuestras vidas. Debemos de implorar a Dios una actitud de hambre, es decir, una actitud de búsqueda, de necesidad de Dios en todo momento. Nada de dejar a Dios para el final de nuestras jornadas o de nuestro día (los famosos 7 segundos antes de acostarse). Estuve hablando con una amiga y me decía que después de una experiencia difícil se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo sin tener sed de Jesús. Ahora ha caído en la cuenta de que la actitud normal y coherente de alguien que se dice cristiano es de hambre de Dios, de sed de Jesús. Saludos Jeka y adelante con todos tus proyectos con Dios! MAGNIFICAT (Lc 1, 46-55 cuando María visita a su prima Isabel) Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre.
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El Hijo Pródigo (Mi historia, tu historia)
El Evangelio de hoy es la parábola del hijo prodigo. Esta parábola no se puede mejorar con nuestras palabras de comentario, se puede solo estropear. Es una historia y como tal tiene que ser escuchada. Entonces, mi papel será el de prestar la voz a Jesús para que el la haga resonar de nuevo hoy en medio de nosotros, Solo me parare, después de cada párrafo, para hacer algún breve subrayado y no dejar de lado ciertos detalles importantes. «Jesús les dijo...: Un hombre tenia dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna". El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigre a un país lejano, y allí derrocho su fortuna viviendo perdidamente». i Cuanta tristeza hay en esta primera escena! Ni una palabra de gratitud por parte del hijo al Padre. Ni un pensamiento por el sudor que, posiblemente, le costo al padre poner toda esta herencia junta. El padre queda reducido a ser un transmisor del patrimonio. El patrimonio del padre es todo lo que le interesa a este hijo, no los consejos, los valores, los afectos. Pide su parte de la herencia como si el padre estuviese ya muerto. La herencia, «que me toca»: se acuerda de ser hijo solo para reivindicar su derecho a la herencia. Jesús no ha inventado la historia, que narra en su parábola des-de la nada: la ha sacado, mas bien, de la vida. Se trata, por lo demás, de una situación hoy bastante mas frecuente que en sus tiempos. Muchachos que se van de casa dando un portazo; que consumen en la droga o en otros desordenes el patrimonio paterno, y, después, cuando han consumido el dinero, vuelven de nuevo sin vergüenza, frecuentemente para pedir mas, no para pedir perdón. No insisto sobre esto porque la realidad, sobre este punto, es siempre mas variada y mas triste de cuanto podamos imaginar y son muchos los padres que tienen experiencia de ello. Prosigamos con la lectura: «Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó el a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mando a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el esto-mago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer ». Ahora, sabemos que pretendía hacer aquel hijo con su parte de herencia. No servirse de ella como base para construirse el mismo algo en la vida sino para «vivir perdidamente». (El hermano mayor, mas tarde, explicitara que «se ha comido tus bienes con malas mujeres»). El resultado en estos casos es el de siempre: terminado el dinero, se acabaron los amigos. El muchacho se encuentra solo, desprovisto de todo, apacentando cerdos. Es cierto que hoy este no es el trabajo mas atractivo para un joven; pero, para un hebreo de aquel tiempo era verdaderamente la mayor degradación, porque el cerdo era considerado como un animal inmundo. Leemos aun: «Recapacitando entonces, se dijo: "Cuantos jornaleros de mi.; padre tienen abundancia de pan, mientras yo aqui me muero de s hambre. Me pondré en camino adonde esta mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Se puso en camino adonde estaba su padre ». Al principio del cambio hay un momento en el que el joven «entra en si mismo», esto es, recapacita. A partir del instante en el que se dice dentro de si mismo: «he pecado» ya es una persona nueva. Todo lo que sigue no es mas que un seguir la decisión tomada. A veces, cuantas cosas extraordinarias surgen por la valentía de volver a entrar dentro de uno mismo, de ponerse al desnudo frente a la propia conciencia. Vayamos adelante: « Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo"». Si su padre lo vio «cuando todavía estaba lejos» desde ese mo¬mento el protagonista ya no es mas el hijo sino el padre; y ello es porque desde el día en que el hijo había partido no había cesado de mirar hacia el horizonte. «Se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo». Ahora, no hay ninguna alusión a su pena, a sus razones, ningún reproche. No le retiene el sentido de dignidad, que le evitaría a un anciano el ponerse a correr. Son sus vísceras paternales las que mandan. Rembrandt ha plasmado en un famoso cuadro el momento en el que el hijo se arroja a los pies del padre para hacer su confesión. En el llama la atención el vigor del rostro del padre y la ternura con que apoya sus dos manos sobre las espaldas del muchacho. De todo lo que consigo se llevo de su casa no le queda al joven, en este cuadro, mas que el puñal (que en aquel tiempo todos llevaban para defenderse de las fieras), un vestido destrozado y unas sandalias, que ya no están puestas ni en los pies. Desde esta imagen se entiende el porque de lo que sigue en la parábola: «E1 padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mió estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado". Y empezaron el banquete». En esta parábola, todo es sorprendente. Nunca Dios había sido pintado con estos trazos para los hombres. Ha tocado mas corazones por si sola esta parábola que todos los discursos de los predicadores puestos juntos. Tiene un poder increíble para actuar sobre la mente, sobre el corazón, sobre la fantasía, sobre la memoria. Sabe tocar las cuerdas mas diversas: el sentimiento, la vergüenza, la nostalgia. Jesús no ha debido inventar esta imagen de Dios desde la nada; la ha chupado, por asi decirlo, con la leche materna. El ha llevado a la perfección, como Hijo «que esta en el seno del Padre», la idea de Dios, que se hace patente en los momentos mas encumbrados de la revelación bíblica. En los profetas se habla de un Dios, que da «un vuelco a su corazón», que siente «estremecer las vísceras de compasión» cada vez que se acuerda de Efraín, su hijo primogénito, que no muestra su rostro desdeñado y no conserva para siempre la cólera, sino que se complace de tener misericordia. Es este posiblemente el vínculo mas profundo que existe entre hebreos y cristianos. No tenemos en común solo al mismo «padre Abrahán» sino al mismo «Dios Padre». El mismo rostro paterno de Dios brilla y aclara esto. No estamos unidos solo por el hecho de que unos y otros adoramos a un Dios cínico y somos dos religiones monoteístas sino, mas aun, por la idea de que unos y otros tenemos de este Dios cínico: un Dios lleno de ternura y de compasión. En nuestra parábola se habla de un hijo mayor, que permanece en casa y que se resiente, mas bien, por la actitud, según el, demasiado débil del padre hacia el hijo menor. En el pasado, a veces, se ha pensado que este «hermano mayor» de la parábola estaba ahí para indicar al pueblo hebreo, celoso del hecho de que Jesús se dirigía a los paganos y a los pecadores. Pero, esto no es exacto. No es cierto en este sentido negative que Juan Pablo II, en la sinagoga de Roma, ha llamado a los hebreos «nuestros hermanos mayores»! Hermanos mayores porque eran creyentes antes que nosotros en el mismo Dios, en el que nosotros creemos. De hermanos mayores, en el sentido negativo de la parábola, entre los hebreos los había ciertamente en el tiempo de Jesús. Eran algunos escribas y fariseos intransigentes, cuidadores de la Ley, tacaños y cerrados a toda perspectiva de universalidad de la salvación. Aquellos, a los que Jesús dirigió un día aquella dura frase: «Id, pues, a aprender que significa: "Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores"» (Mateo 9,13). Pero, de estos «hermanos mayores» los hay, también, entre nosotros los cristianos y, a veces, por desgracia dentro del mismo confesionario, entre los que debieran personificar, en aquel momento, al padre de la parábola y no al hermano mayor ceñudo y lleno de reproches. El padre es aquel al que importa una sola cosa: que el hijo ha vuelto; el hermano ma¬yor es aquel a quien lo que le importa es «que se ha comido sus bienes con malas mujeres». Frecuentemente, es un falso sentido de la justicia, debido a la formación recibida o al temperamento, para determinar una actitud de intransigencia. Son personas rigurosas consigo y con los demás, mientras que el Evangelio nos quiere rigurosos con nosotros mismos, pero, misericordiosos con los demás. Hay cristianos que alguna vez han tenido alguna experiencia negativa en este campo y desde aquel día juraron no confesarse mas y, desgraciadamente, han mantenido este propósito. Pero, no es justo privarse de un don tal por un incidente del género. En este tiempo de preparación a la Pascua, en el corazón de muchos debiera aflorar mas bien el propósito del muchacho de la parábola: «Me pondré en camino adonde esta mi padre, y le diré: Padre, he pecado». ¿Cuantos han hecho con el sacramento de la reconciliación la misma experiencia del hijo prodigo! Es una de las alegrías y de los recuerdos mas bellos en la vida de un sacerdote. Personas, que se levantan y se alejan con las lagrimas, renacidos literalmente a una nueva vida y que a veces dicen abiertamente: «Yo estaba muerto y he vuelto a la vida». La Eucaristía es el banquete de fiesta, que Dios prepara para cada hijo que vuelve. No es necesario abandonarla durante largo tiempo simplemente porque se tiene hastió de confesarse. Termino con las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy, que son la mejor conclusión a la parábola: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado; la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios ». Hasta cuando vas a esperar el abrazo de tu padre amoroso?
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17
TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos. Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo Y cayó porque le pesaba mi carga. Y cayó para que no me desanime en mis caídas. Si me pesa la vida, si caigo, acuérdeme que le pesaba a Él mi cruz y cayó. Llevaba sobre sus hombros, CON mis pecados, mis incapacidades, mis fallos, mis impotencias. Todo lo mío. Porque SIEMPRE ESTA |conmigo por la vida. Él lleva mi vida y mis obras hechas cruz sobre sus hombros. ¡Señor, hazme tu yugo suave y tu carga ligera! (Silencio) Pequé, Señor pequé. Ten piedad y misericordia de mi. PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA Pequé, Señor pequé. Ten piedad y misericordia de mi
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16
Cristo padeció por los hombres con amor
El Salvador pasó toda la noche entre los que se burlaban de El y le molestaban, y, mientras tanto, les deseaba la paz y la felicidad, y no pensaba en pensamientos de venganza. Nada ni nadie era mas poderoso que El, y El se entregaba al sufrimiento por amor a Dios y a los hombres. Estaba triste el Señor, pero, a la vez, su amor era tan grande que se puede decir que deseaba sufrir, pues su dolor salvaba a los hombres. Esta noche de dolor fue también noche de consuelo y alegría, «bañándose» —bautizándose—, como El dijo, «con este baño» —este bautismo— de sangre, «hartándose de oprobios» (Lamentaciones 3, 30). Este amor de Cristo «supera y esta por encima de todo entendimiento» (Efs 3, 19), porque la fuente de donde nace esta también fuera de toda comprensión. Porque no se basa su amor al hombre en su perfección o en sus meritos, pues es una criatura imperfecta y pecadora. No es posible amar al hombre por si mismo, el Señor no es ciego para poner su amor en una criatura que tan poco lo merece. Este amor se funda en el amor que el Padre Eterno le tiene a El, y en los inmensos beneficios que le concedió como hombre, tanto es así que por agradecimiento y obediencia y amor a su Padre, Dios amo a los hombres. Pero... por qué ama Dios al Hombre? Dios, en el mismo instante de la concepción de Jesús en el vientre de la Virgen Maria, le dio el ser divino uniéndole a su divina persona. Por lo cual podemos decir y es cierto que aquel hombre, Jesús, es Dios, Hijo de Dios, ha de ser adorado en los cielos y en la tierra como Dios, porque lo es. Este es un regalo infinito porque lo que se da es ser Dios. Dios regalo a ese hombre, Jesús, el ser rey de toda la creación y el primero entre todos los hombres para que, como cabeza, por el fluyese a todos su virtud y su fuerza (Col 1, 18). Así que, en cuanto que es Dios es igual al Padre y al Espíritu, y en cuanto es hombre es el primero entre todos y la cabeza de todos. Posee una gracia infinita para que de El, como de una fuente o de un mar de gracia y de santidad se enriquezcan todos los hombre (Jn 1, 16). No es solo que en El la gracia sea mayor, sino que es el santificador de todos los hombres; es, por poner un ejemplo, como un tinte en el que todos han de recibir este color de santidad. Bien que la santidad no es algo de fuera, sino interior, del ser entero. Cuando Jesús se viese a si mismo así, y supiese que todo le venia de Dios, se encontrase siendo rey de todas las criaturas, y viese arrodillados delante de El a todos los espíritus del cielo (Heb 1, 16), decid, si se pudiera decir, con que amor amaría a Dios? ¿Con que deseo se ofrecería a servir y obedecer a Dios? No hay lengua que pueda hablar y explicar esta misteriosa grandeza. Al manifestar Jesús su inmenso deseo de servir y agradar a su Padre Eterno, el Padre Eterno le diría que le encomendaba la salvación de todos los hombres que se habían perdido por culpa del pecado de un hombre. A El encargaba esta empresa, debía amar a los hombres con tal amor que fuera capaz de pasar cualquier cosa por ellos para salvarles. Jesús amo a los hombres por amor a su Padre y por obedecerle, y, como era Dios, les amo desde un principio con el amor de Dios. Dios regalo a Jesús la infinita gracia de ser Dios, y Jesús, al ser Dios, correspondió, infinitamente agradecido y enamorado. De Jesús, fuente grande y río caudaloso, fluyo el amor de Dios a todos los hombres. El Padre Eterno entrego a Jesús todos los hombres. De eso habla con frecuencia el Evangelio: «Todo me ha sido dado por mi Padre (Mr 11, 27). Todas las cosas, todos los hombres, que son míos, me los ha dado mi Padre. «Esta es la voluntad del que me envió, de mi Padre, que no se pierda nada de todo lo que me ha dado» (Jn 6, 39). Pero como al encomendarle todo ya todo estaba perdido, fue como encomendarle que reconquistase y ganase todo otra vez. «No mando Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo se sal-vara por El» (Jn 3, 17). Esta recomendación hizo que se preocupara con verdadera solicitud por redimir el mundo. Lo advierte San Juan cuando dice: «Sabia que su Padre había puesto todo en sus manos» (13, 3), por eso se levanto de la cena, se quito el vestido, se puso una toalla, lavo los pies a sus discípulos. Por esta misma preocupación en cumplir el encargo de sus Padre, dijo: «He dado a conocer Tu nombre a los hombres que me diste» (Jn 17, 6). Por esto mismo hacia oración por ellos: «No te pido por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn 17, 9). Y por la misma razón se ofreció por ellos: «Y por ellos Yo me santifico» (Jn 17,19). Cuando en el huerto le fueron a prender, por esta misma preocupación de cumplir el mandato de su Padre les defendió: «Si me buscáis a Mi dejad a estos que se marchen. Y así se cumplió lo escrito que dice: No perdí a ninguno de los que me diste» (Jn 18, 8-9); no perdió a ninguno por su culpa, por eso le dolió tanto la perdición de Judas, porque, habiéndoselo también encomendado su Padre, no quedase por El, el conservarle a su lado y el salvarle. «Guarde a los que me diste, y nin¬guno se perdió, excepto el hijo de la perdición, y así se cumplió la Escritura» (Jn 17, 12). De esta misma fuente nació no solo el amor a los hombres sino también a todo lo que convenía para el bien y felicidad de los hombres. Esto dijo poco antes de su Pasión: «Para que el mundo sepa cuanto es lo que Yo amo a mi Padre, y que como me lo ha mandado así lo hago y lo cumplo, levantaos y veámonos de aquí!» (Jn 14, 31). Y se fue a morir por los hombres en una cruz. Era tan grande el deseo de hacer a Dios este servicio que decía: «Con un bautismo he de ser bautizado, ¡y como estoy inquieto hasta que llegue la hora en que se cumpla!» (Lc 12, 50). Era tan grande el deseo que sentía de verse bautizado con sangre, que cada hora se le hacia mil anos por la grandeza de su amor. En la Fiesta de los Ramos quiso ser recibido por la gente de Jerusalén para que viera la alegría de su corazón, y, por la misma causa, entre aplausos y cubierto de rosas y flores, quiso subir a la cruz. El rey David expreso la f fuerza del amor de Jesús al escribir: «Se alegro como un atleta para correr su carrera; desde lo mas alto del cielo salio, y en su orbita llego al otro extreme, y no hay nada que escape a su calor» (Salmo 18, 6-7). El amor divino salio de Dios y volvió a Dios. No amo al hombre por el hombre, sino por Dios. No hay nadie que pueda escapar de su calor ni huir de su amor; porque su caridad es tan encendida que fuerza y casi obliga a los corazones, como dice el apóstol: «E1 amor de Cristo nos empuja» (2 Cor 5, 14). Al apóstol Pablo le apremiaba tanto el amor de Cristo que, despreciando el hambre y la sed, las persecuciones, y la vida y la muerte, hasta deseaba su amor, si fuera posible, padecer las penas del infierno: «Desearía hasta ser apartado de Cristo por el bien de mis hermanos» (Rom 9, 3). El apóstol Andrés, al ver la cruz en que había de morir, le echaba piropos, y le decía que se alegrara como el se alegraba al verla. Estos ejemplos nos mueven a desear subir el escalón de la cruz y llegar al corazón de Cristo. Si nos parece grande el amor de Pablo y de Andrés, mayor es, infinitamente mayor, el amor de Jesús. También Jacob da un gran ejemplo de verdadero amor: siete anos sirvió a su suegro Lavan para poderse casar con Raquel. Y tenia tanto trabajo que de no-che casi no dormía y de dia no descansaba. Andaba con la piel quemada por el hielo y el sol. Y, a pesar de esto, siete anos «le parecieron poco por el gran amor que sentía por Raquel» (Gen 29, 20). ¿Que le parecería a Cristo una noche de burlas y tres horas de cruz para conseguir como esposa a la Iglesia, y hacerla hermosa y sin ninguna mancha? Le parecería poco (Ef 5,27). Sin duda amo mucho mas que padeció, y fue mayor el amor encerrado en su corazón que el sufrimiento que hacían ver sus heridas y sus llagas. Si lo que Dios le mando hacer por todos los hombres se lo hubiera mandado hacer por cada uno, por cada uno lo hubiera hecho. Y si como estuvo tres horas en la cruz hubiera sido necesario estar allí hasta el fin del mundo, lo hu¬biera hecho, que amor tenia para todo. Fue mucho menos lo que el Señor padeció que lo que amo y deseo padecer; si solo esa muestra de su sufrimiento fue tan sorprendente para muchos hombres, que «fue escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1 Cor 1,23). ¿Que hubieran pensado si les hubiese dado otra prueba que mostrara toda la grandeza de su amor? La prueba de amor que nos dio ciega, en medio de tanta luz, a los que creen; a los amigos, a los que conocen este amor, les deja pasmados cuando Dios les descubre este secreto, y les da a sentir este misterio; se deshacen en lagrimas, se abrasan de amor, les hace alegrarse en la tribulación y en el dolor, les da fuerza para acometer lo que todo el mundo teme, les hace desear y amar todo lo que Cristo ha deseado y amado. Este fue otro motivo de alegría para el Señor cuando estaba, en aquella noche, en medio de golpes y burlas: veía, gracias al dolor que sufría, la imagen del mundo ya renovado, los hombres transformados de carnales a espirituales. Veía los hombres que, al conocer lo que había sufrido por ellos, se encendían de amor por El, se hacían a su imagen y semejanza, despreciando el mal y deseosos de hacer el bien en el mundo. Con esta alegría pudo sufrir la deshonra y la burla y el desprecio, lo pudo sufrir con fortaleza y sin desviar la cara para evitar las bofetadas y sin retirar su cuerpo para librarse de los golpes. Veía que a través de lo que hacían en El aquellos verdugos labraba el Padre Eterno, también en El, la imagen y ejemplo de los predestinados. Dios Padre se complacía en la obediencia de su Hijo y disponía y preparaba el premio con que quería honrarle por toda la deshonra que estaba sufriendo, componía un cantar con que alabarle perpetuamente en el cielo por todos los insultos que aquella noche le decían.
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15
Pedro dice que no conoce a Jesús
Con la negación de Pedro aún creció más el dolor del Señor en aquella noche. Pedro era uno de los apóstoles mas queridos, y estaba avisado ya de la tentación que iba a tener, pero, a pesar de eso, le negó, y no una vez, sino tres, y juro que no le conocía. La primera vez que dijo no conocer a Jesús parece que fue después de la medianoche. La portera dejo entrar a Pedro, gracias a la intervención del otro discípulo, y el se sentó en el atrio junto al fuego que habían encendido por el frió que hacia (Me 14, 66 y Jn 18, 18). Allí estaba con los servidores y criados calentándose al fuego, cuando la portera le pregunto: Y Pedro negó conocer a Jesús, y se salio del atrio, y el gallo canto por primera vez. Y el primer canto del gallo suele ser a la medianoche o a la una. La tercera negación debió de ser sobre las cuatro de la madrugada, porque todos los evangelistas dicen que, al negarle por tercera vez, el gallo canto, y San Marcos dice que era la segunda vez que cantaba, y el segundo canto de gallo suele ser poco antes del amanecer, es decir, alrededor de las cuatro de la madrugada. La segunda negación fue como una hora antes de la tercera, como dice San Lucas: «Pasada como una hora...» (22, 29), por tanto, eran las tres poco mas o menos. El Salvador había dicho a Pedro que le negaría tres veces antes de que el gallo cantase dos; se refería el Señor a los dos momentos en que el gallo canta: uno después de la medianoche, y el otro antes de amanecer. Todo ocurrió muy de prisa: de la noche a la mañana, como se suele decir; para indicar el tiempo que pas6 desde la primera negación a la segunda, San Lucas dice: «Poco después» (12, 58), y San Marcos dice lo mismo —«poco después»— para referirse al tiempo que paso entre la segunda y la tercera negación. Ocurrió en el atrio, que era como el patio común de las casas; y allí estaban los soldados de guardia y los demás criados de los sacerdotes que se habían reunido en la casa del pontífice. En estos patios no hay techo, sino que dan a cielo descubierto, por eso tuvieron que encender fuego, y así se calentaron a esas horas frías de la madrugada. No debe confundir el que unos evangelistas digan que Pedro estaba fuera y otros que estaba dentro: estaba fuera de la sala donde se juzgaba a Jesús, pero estaba dentro porque había entrado en la casa del pontífice. San Mateo dice que «Pedro estaba fuera, en el atrio» (Mt 26, 69). También sabemos que la sala donde estaban procesando a Jesús era una habitación en el piso alto de la casa, porque San Marcos dice: «Pedro estaba abajo, en el atrio» (Me 14,66). Como puede ser entonces que, como dice San Lucas, Jesús mirara a Pedro si El estaba arriba y Pedro en el atrio? «E1 Señor se volvió y miro a Pedro» (22, 61). Le miro cuando ya le había negado por tercera vez, y fue después que juzgaron al Salvador: pudo mirarle cuando le trasladaban de la sala de la audiencia a otro sitio de la casa o bien pudo ser que mientras los criados se reían del Salvador, Pedro fuera a ver que ocurría y entonces el Señor le mirara. Pudo ocurrir así: Terminaron los sacerdotes de juzgar al Señor y se marcharon a sus casas. Trasladaron al Señor a otra habitación de la casa donde debían guardarle hasta la mañana siguiente. El sumo sacerdote se había ido a dormir; en la casa no quedaban ya más que los criados y guardas de ella. Todos estaban en el atrio, calentándose al fuego. Hartos y cansados ya de burlarse del Salvador, con frió, con sueno, se iban turnando en la guardia de Jesús. En estos momentos Pedro afirmo no conocerle. En torno al fuego, unos esta¬ban de pie, otros sentados. Y Pedro, como quien esta enfriado del amor de Cristo, se calentaba junto al fuego de los enemigos de Cristo. Muy pronto apetece el consuelo sensible a aquel que ha dejado el amor de Dios. La portera que le había abierto, «al verle sentado junto al fuego», le dijo: ¿Eres tu, acaso, de los discípulos de ese hombre?». Y, antes de que Pedro pudiera contestar, se fijo mas en el y añadió: ¿Si, seguro que eres uno de los que andaban con Jesús Nazareno!». Y vuelta a los demás les dijo: «Este es uno de los que andaban con El» (Lc 22, 56). Pedro, sintiéndose acosado por esa mujer ante tanta gente que le miraba, lleno de miedo, negó «ante todos» ser un discípulo de Jesús, y dijo: «No lo soy ni le conozco. Ni se ni entiendo lo que dices, mujer» (Mt 26, 70. Jn 18, 17. Lc 22, 57. Me 14, 68). ¡Pedro, Pedro! Y hace muy poco decías: «Aunque todos se avergüencen de Ti yo no me avergonzare, y si es necesario morir contigo, yo no te negare» (Mt 26, 33 y 35). No estas en peligro de muerte, ni te juzga el jefe de los romanos ni el sumo sacerdote de los judíos, no te amenazan los soldados, ¿Cómo entonces te asustas y no sabes responder con valentía a una portera? Presumiste sin fundamento, Pedro; eres un hombre débil, y ante una pequeña ocasión, sin la ayuda de la gracias, eres vencido. Se pusieron en pie los que estaban allí, y Pedro, para disimular, se puso también en pie y se acerco mas al fuego para calentarse. Pero no estaba tranquilo, tenia miedo, y se alejo de ellos y «salio fuera» del atrio, «al zaguán» de la casa (Jn 18, 18 y 25. Me 14, 68). Estando allí, el gallo canto por primera vez. Debía de ser grande el ruido y trajín que habría en aquellos momentos: unos entraban, otros salían, todo el mundo hablaba y daba su opinión o preguntaba sobre lo que había ocurrido aquella noche. Pedro intentaba no ser visto para que no le reconocieran, y a la vez deseaba saber que ocurría con su Maestro. Estaba inquieto después que había mentido diciendo que no era discípulo de Jesús ni le conocía y no sabía donde ni como ponerse: unas veces se sentaba, otras se ponía de pie, unas veces intentaba escuchar acercándose a los grupos de criados, otras se alejaba y salía del atrio hacia el portal, volvía a entrar, sobresaltado, nervioso. «Poco después», una de las veces en que iba hacia la puerta del zaguán, se fijo en el otra sirvienta de la casa, y dijo a la gente que estaba allí cerca: «Este es de los que estaban con Jesús Nazareno!» Pedro se volvió a sentar entre los demás junto al fuego, y le preguntaron: «,;Es verdad que eres de los discípulos de ese hombre?». Pedro dijo: «No, no lo soy». Un criado, que le miraba fijamente, le dijo: «Seguro que eres uno de ellos». Pedro hizo como que se enfadaba: «Déjame en paz, hombre, he dicho que no lo soy!». Y juro no conocer a Jesús. Pedro debiera haberse ya marchado la primera vez que le negó, debiera haber abandonado aquella compañía y conversación que tanto mal le hacia. Pero como continuó allí, su pecado y su culpa fueron mayores. La primera vez solo mintió, pero ya la segunda vez juró. Es un ejemplo para nuestra propia debilidad: debemos huir de las ocasiones de pecado para no caer en el. Pero Pedro se quedo junto al fuego, y su tercera negación aún fue peor que las dos primeras. «Como una hora después» (Lc 22, 59), uno de los que estaban allí comento: «Estoy seguro que este hombre andaba con El, se nota que es Galileo». Los demás repitieron lo mismo: «Seguro que tú eres uno de ellos, porque se nota que eres Galileo, y eso no lo puedes negar porque se ve en tu modo de hablar» (Me 14, 70; Mt 26, 73). Esto lo decía porque los galileos tenían un acento especial que les distinguía de los demás judíos. Pedro insistió en que no era discípulo del Señor, pero «uno de los criados del pontífice, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, le descubrió: No lo puedes negar, yo mismo te vi en el huerto cuando estabas con El». «Pero, hombre, ¿que dices? ¡No te entiendo!». Pero como ya no le creían, «empezó a jurar y a maldecir», y grito: «Yo no conozco a ese hombre!». «Inmediatamente, el gallo canto». Eran como las cuatro de la madrugada. No ocurrió lo que Pedro había dicho: «Daré mi vida por Ti», sino lo que el Salvador había asegurado: «Me negaras tres veces». Todos los evangelistas cuentan las tres negaciones de Pedro. Jesús se acordaba de Pedro, que estaba tan olvidado de El, y le echo una mano para que se levantara de su caída: le miro. «El Señor se volvió y miro a Pedro» (Lc 22, 61). Pudo ser que coincidiera aquel momento con la terminación del proceso y estuvieran bajando al Señor a otra habitación. Y, si no fue así, pudo ser que el mismo Pedro subiera al piso de arriba para ver que hacían con el Señor. A pesar de que el Señor estaba sufriendo de aquella manera, le ayudo, mirándole. Miro el Señor a Pedro y, con su mirada, Pedro entendió lo que le quería decir, y se acordó de lo que había dicho y el no quiso creer: «Esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres». Y, «saliendo fuera, lloro amargamente» (Lc 22, 62). Conoció la gravedad de su culpa y la bondad del Señor a quien había ofendido. Lloro con amargura porque las lágrimas nacían de la dulzura del amor de su Maestro. El había afirmado en otra ocasión que Jesús era el Hijo de Dios vivo, y ahora, por miedo, había negado conocerle. Lloraba amargamente porque se acordaba de todos los beneficios que había recibido del Señor, como le había distinguido sobre los demás compañeros; se acordaba de que le había avisado y el, en cambio, en un momento, había hasta jurado no conocerle. Aquel juramento y aquellas maldiciones que echo delante de todos le quemaban las entrañas, y por eso lloraba a lágrima viva. Fue tanto su dolor que, des-de aquel dia, todas las mañanas, al oír el canto del gallo se sobresaltaba y le daba un vuelco el corazón, y durante muchos días lloro al acordarse. «Empezó a llorar», dice San Marcos, como si aquel fuera solo el comienzo y su llanto continuara mucho tiempo después. Quedo Pedro tan herido con la mirada del Señor, que ni pudo retractarse públicamente de su mentira. Quedo tan arrepentido que solo pudo echarse a llorar. Con aquella caída fue ya mas humilde y menos con-fiado en si mismo, no quiso poner a riesgo mas veces su flaqueza. Así pudo enseñar a los demás a evitar las ocasiones de pecar, y enseño la verdadera fortaleza, la que viene de Dios. No quiso echarse allí mismo a los pies del Señor pidiéndole perdón, quizá le pareciera demasiado atrevimiento conseguir el perdón tan pronto, quizá quiso pedirlo primero con sus lagrimas y su penitencia. Sola-mente lloro y no dijo ninguna excusa, callo y lloro, y así lavo su culpa, con lágrimas. Y para llorar mejor se salio fuera. Se alejo del palacio donde había cometido el pecado. ¿A donde iría a consolarse sino a la Virgen Maria, refugio de los pecadores, para contarle su tristeza y amargura? Ella le consoló y le dio la firme esperanza de alcanzar el perdón de su Hijo. No sin motive permitió el Señor que la piedra fundamental de su Iglesia pecara y flaqueara así. Podemos aprender con esto que nadie debe confiar presuntuosamente en si mismo, pues un apóstol tan privilegiado y tan querido cayo. Tomemos el aviso que nos da San Pablo: «E1 que piensa que esta en pie, fíjese bien, no sea que se caiga» (1 Cor 10, 12). También podemos aprender de lo ocurrido a Pedro que nadie debe desconfiar de Dios, por perdido que este, pues Pedro, habiendo cometido un pecado tan grande, volvió a la primera amistad gracias a sus lágrimas y a su penitencia, y al amor de Dios. Fue hecho príncipe de los apóstoles, cabeza de la Iglesia, Pastor del rebano de Cristo, depositario de las llaves del reino de los cielos. También San Agustín da otra razón, dice: «Me atrevo a decir que es provechoso a los soberbios caer en algún pecado claro y evidente, por el cual se vean tal como son, pecadores, pues con su soberbia ya habían pecado. Mas pecador se vio Pedro cuando lloro su culpa que cuando presumía de su fidelidad». Y San Gregorio aun da otra razón: «Para que aquel que iba a ser Pastor de la Iglesia aprendiese por si mismo como debía comprender las debilidades ajenas y compadecerse de ellas. La misericordia que uso el Señor con el fue grande y digna de ser siempre recordaba: el Señor mira a su amigo que le ha negado para salvarle, y le da la mano para que no se pierda. Así fue de piadoso el Señor con el para que el lo fuera con las ovejas del rebaño que le iba a encomendar, para que no desamparase a nadie por muy enfermo o rebelde o perdido que estuviese».
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14
El Salvador es presentado a los pontífices
Pasaron otra vez el Torrente Cedrón, le llevaron camino de Jerusalén, atado, entre voces y gritos, a toda prisa, a empujones, cayendo y levantándose, a golpes, como si fuera un ladrón. Iban camino de la casa de Caifás, sumo pontífice y juez supremo en lo eclesiástico del pueblo judío; era también presidente del consejo supremo que se llamaba Sanedrín, en el que se reunían setenta y un jueces, y, con el como presidente, eran setenta y dos. Debía de ser la media noche, porque después de la cena, cuando Judas salio «era ya de noche», y luego Jesús hablo largo rato, subieron al huerto, hizo oración, y después vinieron a prenderle; había pasado, pues, mucho tiempo. Los jueces, viejos y ancianos de aquel pueblo, estaban tan apasionados, que se reunieron a aquellas horas de la noche y celebraron consejo para no perder tiempo y para condenar cuanto antes al Salvador. Entro Jesús en Jerusalén, gran Sacerdote del Nuevo Testamento, para ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios por la redención de todo el mundo. Empezó el proceso en casa del sumo sacerdote, donde se habían reunido los demás sacerdotes y letrados a esperarle. Pero los soldados y siervos que le llevaban le pasaron primero por casa de Anas, porque era suegro de Caifás. Se honraron así mutuamente el suegro y el yerno, deshonrando al Salvador. Anas, en cuanto se lo trajeron, «le envió, atado», como venia, «a Caifás» (Jn 18, 24), que era el pontífice, y a el correspondía llevar adelante el proceso. Caifás era el que, en la reunión anterior, «había aconsejado a los judíos que convenía que muriese un hombre solo para salvar a todo el pueblo» (Jn 18,14). El que había dado el consejo estaba dispuesto a ejecutarlo. En su casa ocurrieron todas las cosas que se cuentan de esta noche. Aunque al prender a Jesús en el huerto todos sus discípulos le dejaron y huyeron después, Pedro, inquieto y preocupado por su Señor, «le iba siguiendo» para ver donde le llevaban, aunque «de lejos» por el miedo que tenia (Ml 26, 58). También siguió al Señor otro discípulo; quizá fuese Juan, o quizás algún ciudadano de Jerusalén de los que seguían su doctrina, y que por ser un hombre de importancia, tenia cierta amistad con el pontífice. Entro el Señor con todo aquel tropel y gentío de gente con los que había salido del huerto; es probable que se hubiera unido mas gente, atraída por el ruido, al pasar por las calles. Luego, al entrar en la casa de Caifás, despacharían, bien pagados y contentos, al tribuno y a los soldados romanos, que habían sido la principal fuerza. Impedirían también la entrada a la gente que con deseo de saber lo que pasaba insistían en la puerta para poder entrar. Despejada la casa de la gente que no era de ella, se quedarían los jueces a puerta cerrada con el preso. Por ser de noche, y para que la casa quedara mejor guardada, estaba a la puerta una criada. El otro discípulo, como era conocido en casa del pontífice, entro. Pedro se quedo fuera, junto a la puerta. Al advertirlo el otro discípulo, hablo a la portera y dejo entrar a Pedro. Pedro entro en el palacio donde, por ser tan perseguida la verdad, el la negó. Llevaron al Salvador a la presencia del pontífice. Pedro y el otro discípulo estaban ya dentro, y así fueron testigos de lo que allí ocurrió. Empezó el pontífice por examinar de una manera jurídica la causa de Je¬sús Nazareno; delante estaban también los sacerdotes y letrados. Al día siguiente por la mañana pretendía celebrar otro consejo, este ya pleno y legitimo, pero el de la noche fue por ver como podría enfocarse exactamente el asunto, y que pruebas había contra el Salva¬dor para poderle acusar y darle muerte. Le consideraban como engañador y alborotador del pueblo, que predicaba mentiras contra la Ley y la tradición. Especialmente el pontífice quiso examinar dos cosas: una, «sobre sus discípulos», quienes eran, cuantos, donde estaban y para que los había juntado; la segunda, «sobre la doctrina», que enseñaba, para ver si podía encontrar alguna mentira o calumnia en ella. A la primera pregunta, sobre los discípulos, el Señor no respondió. Porque, como habían huido todos, escandalizados y avergonzados de El, y el único que estaba presente, Pedro, se encontraba allí lleno de miedo, ;que podía decir que fuera en defensa suya? Por otra parte, dado el motive por el que se le preguntaba, bastaba con responder sobre su doctrina, porque, siendo como era, buena y de Dios, no podía reunir discípulos para una finalidad mala. Así, callo a la primera pregunta, pero respondió a la segunda: «He hablado abiertamente ante todo el mundo» (Jn 18, 20), se podría sospechar que una doctrina es perniciosa si se habla a escondidas, pero «Yo siempre he ensenado en las sinagogas y en el Templo donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a escondidas». Aunque he hablado a solas con mis discípulos, para aclararles lo que hablaba en publico en parábolas, no les he enseñado nada distinto de lo que decía a las gentes, y no les enseñaba para que guardaran secreto sino para que lo transmitieran y lo enseñaran también a todo el mundo. Estas son las palabras verdaderas, las que pueden decirse a la luz, delante de Dios y de los hombres. Siendo esto así, «por que me preguntas» sobre mi doctri¬na pudiendo preguntar a tantos, y a quienes creerás mas que a Mi? «Inf6rmate de los que me han oído, que ellos saben bien que cosas he ensenado Yo». Uno de los servidores que estaban allí tomo a mal esta respuesta, dicha con tanta serenidad y siendo cierta, le pareció que había faltado al respeto al sumo pontífice y que le había dejado en ridiculez. Quiso quedar bien ante el pontífice, y se encaro a Jesucristo diciéndole: «Así respondes al pontífice?», y le dio una bofetada. A pesar de esta ofensa, hecha en publico y por un guardia o servidor del pontífice, el Señor no perdió la serenidad y hablo con la misma mesura que había hablado antes. Pensó Jesús que callar del todo ante una injuria tan reciente no era verdadera humildad, y que si lo era defenderse con entereza y serenidad, aquel que le dio la bofetada no solamente le ofendió en publico sino que además critico su respuesta, como si no fuera verdad, como si no fuera cierto que su doctrina era divina, y eso no lo podía callar el Señor. Serenamente, Jesús le hizo ver que mas grosero había sido el tratando mal al reo ante el juez, e in-justo, porque no había motivo para pegarle; e igualmente lo había sido el pontífice al permitir ese trato contra la ley, solamente porque se alegraba de que ofendieran a Jesús. Si aquel asunto se llevara con justicia y desapasionadamente, al servidor le competía dar testimonio de lo que estuviera mal, y al juez, oír y sentenciar, y nada más. Pero aquel no era un caso justo, sino nacido del odio y de la envidia. Jesús respondió al servidor: Si en mi respuesta o en mi doctrina hay algo malo, dime que es, «si he hablado mal, dime en que, pero si he respondido bien, por que me pegas?». Di que es por otra cosa, pero no mientas al decir que me pegas porque he respondido mal. Ninguna respuesta pudo ser mas acertada que esta, ni mas justa y oportuna. Pegar a Cristo..., merecería que la tierra se abriera y se tragara a ese infame. Pero el Señor fue paciente, venció con la bondad en vez de usar del castigo. Quizá alguien pregunte: <Cómo es que no ofreció la otra mejilla al que le había pegado? Así lo enseño El... Jesús estaba dispuesto no solo a poner la otra mejilla sino a ofrecer su cuerpo entero para que lo clava-sen en la cruz. Además, la humildad debe ser sincera, no hay que cumplir lo que el Señor ordena por vanidad o por aparentar; es mejor responder con la verdad que ofrecer la otra mejilla solamente por orgullo; la humildad esta dentro, no en una postura externa. Si esta causa se hubiera llevado con justicia, la respuesta del Señor hubiera sido aceptada como buena. Pero el juicio estaba viciado desde el comienzo, los jueces no eran imparciales, todos estaban dispuestos de antemano a darle muerte, y aquel proceso no era más que una formula para disimular su mala voluntad y su envidia; tenían miedo de los romanos, pensaban que si Cristo seguía actuando destruirían su nación y su Templo. Por eso buscaban testigos que testimoniaran contra El, aunque el testimonio fuera falso, les bastaba con que fuera suficiente para condenarle a muerte (Mt 26, 59). La vida del Señor no daba pie a encontrar lo que ellos buscaban, era necesario mentir. Muchos estaban dispuestos a presentarse como testigos falsos, unos por miedo a los sacerdotes, otros para congraciarse con ellos. Pero unos decían una cosa y otros otra, y se contradecían ellos mismos. Todo eran falsedades y mentiras basadas en murmuraciones. Decían que tenia pacto con el demonio, decían que quebrantaba las fiestas, decían que era comilón y bebedor, decían que era amigo de los publícanos y pecadores, decían que alborotaba al pueblo, decían que movía a la gente a que no pagara los impuestos, decían que blasfemaba..., solo una verdad decían, decían que se hacia Hijo de Dios. Usaron de estos falsos testimonio para condenarle, pero no debían de estar bien expuestos porque se contradecían, ni eran suficientemente convincentes para poderle condenar a muerte. Después, se presentaron otros dos testigos falsos y dijeron: «Nosotros le hemos oído decir: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días levantarlo» (Mt 26, 60). Este testimonio era evidentemente falso porque El no había dicho que podía destruir el Templo de Dios y menos que lo fuera a destruir, sino que, cuando lo destruyeran ellos, El construiría otro «no hecho por las manos del hombre». Además, El no hablaba del Santuario material, del Templo de piedra, sino del templo de su cuerpo (Jn 2,21), queriendo decir, y diciendo, que cuando le mataran, El resucitaría al cabo de tres días. Pero ellos torcieron el sentido de sus palabras: «Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días levantare otro no hecho por hombres» (Me 14, 58). Pero además de ser falso el testimonio, no era suficiente para condenarle a morir.
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13
Jesús es entregado y preso
Cuando Judas salio del comedor donde habían cenado, empezó a moverse y a ordenar las cosas para apresar a Jesucristo. Fue de casa en casa hablando con los pontífices y los principales de la sinagoga, ofreciéndoles inmediatamente el cumplimiento de la palabra que les había dado, les explico que la ocasión era oportuna, y les indico lo que debían hacer para que no se les escapase. Como Judas no creía en Jesús, sino que le tenía por engañador y embustero, previno todo con exactitud para salirse con su intento. Consiguió del presidente «una cohorte» de soldados de su guardia (Jn 18, 12). Y pareciéndoles poca gente, los pontífices y fariseos mandaron que fuesen con ellos sus criados. E incluso decidieron que se hallasen presentes algunos «sacerdotes principales» (Lc 22, 52), que entre ellos eran considerados como personas de mucha autoridad porque habían sido sumos sacerdotes en anos anteriores. Iban también, para dar más importancia al hecho, muchos «magistrados del pueblo», que eran personas encargadas de la administración del Templo. Todos iban bien armados (Mt 26, 47), por lo que pudiera suceder: unos con «espadas»; otros, que podían menos, con «palos» y bastones. Llevaban muchas «hachas encendidas y linternas» (Jn 18, 3), no solo para no tropezar en la noche sino por miedo a que el Señor se ocultase en la oscuridad. Para juntar tanta gente y armar tanto alboroto, se puede suponer el interés que pondría Judas en que todo saliera adelante. En la Ciudad no podía haber pasado inadvertido tanto barullo y ruido. Se junto un ejercito de todo tipo de gente: judíos y gentiles, siervos y libres, eclesiásticos y laicos, militares y paisanos: todos estaban en esta noche para apresar al Señor, porque todos tenían que alcanzar la libertad, gracias a El. Judas se hizo capitán de este ejercito. San Lucas dice que «uno de ellos, que se llamaba Judas, iba en primer lugar y delante de ellos» (22, 47). Y en los Hechos de los Apóstoles se dice que Judas «fue el capitán de los que prendieron a Jesús» (1, 16). Judas escogió la noche para evitar la resistencia que pudieran oponer las gentes que de día acompañaban a Jesús; con esto satisfizo en algo el temor de los pontífices, que por temor a la gente que seguía al Señor querían dilatar el prendimiento para después de la Pascua. Judas escogió el momento en que Jesús estaba fuera de la Ciudad; en el campo, para que estuviera mas solo, y lejos de quien le pudiese ayudar: porque «bien sabia el traidor aquel lugar, ya que muchas veces solía el Señor ir allí con sus discípulos» (Jn 18, 20). Judas proveyó a sus soldados de linternas y hachas, ¡tanto se escondió la Eterna Luz en nuestra carne mortal, que el poder de las tinieblas tuvo que ir a buscarle con linternas y hachas encendidas! Las armas que llevaban eran, es evidente, para asustar a quienes se les resistieran, y para pelear y conseguir apresar a Jesús si hacia falta usar la violencia. Judas les dio una serial, para que conocieran a la persona del Salvador, y para que, al hacerla, se lanzaran encima de El para prenderle; y esto es propio de quien hace de capitán. La señal que les dio fue el saludo habitual que se usaba entre amigos, que era besarle en la cara. Y fue además una serial propia de un trai¬dor, porque como hombre falso y con doblez, quiso conseguir dos cosas a un tiempo: entregarles al preso y quedar a cubierto ante su Maestro como si, al entrar en el huerto y darle un beso, fuera allá como un apóstol mas sin tener nada que ver con el asunto. Y, además, Judas les aviso diciendo: «Aquel a quien yo bese, ese es, cogedle y lleváoslo preso» (Mt 26, 48 y Me 14, 44). Como si dijera: Como es de noche, y muchos entre vosotros no le conocéis, no me extrañaría que os enganara y se os escapara; por eso, que nadie se mueva hasta que yo de la serial. Al que yo bese, ese es; cogedle en seguida y apresadle, y sujetadle bien, no sea que se os escape o que alguien le defienda y os lo quite. De esta manera prepararía Judas su traición, mientras los demás apóstoles dormían. Con lo que se ve que si los que siguen al Señor no son muy buenos, llegan a ser, como Judas, los peores de todos. Salio el ejército guiado por Judas fuera de la Ciudad hasta el Monte de los Olivos. Iban los soldados de la cohorte y su tribuno con ellos (Jn 18, 12), y muchos pontífices y magistrados del Templo, y ancianos, y gente importante, acompañados de sus criados y siervos que les seguían. Las armas brillaban a la luz de las linternas y las hachas encendidas. Judas iba delante de todos; con tanto aparato como si fueran a pacificar la tierra prendiendo a un salteador de caminos o a un capitán de ladrones. Llegaron al huerto de Getsemaní el momento en que Jesús «estaba hablando» (Mt26, 47) con sus discípulos. El Salvador quiso demostrar su divinidad, y que se entregaba porque quería. A pesar de que Judas había advertido con tanta puntualidad que con su serial conocerían quien era Jesús, sin embargo, no le conocieron hasta que El quiso darse a conocer, ni le apresaron hasta que El quiso dejarse prender, y tampoco Judas pudo ocultarse entre los demás apóstoles como parece que pretendía. Al acercarse Judas, el Señor se adelanto y le salio al paso: «!Dios te guarde, Maestro! Y le beso» (Mt 26, 49). El Señor, «pacifico con los que aborrecen la paz» (Sal 119, 7), se dejo besar por Judas. Y no solo lo hizo por mansedumbre sino para demostrar que, puesto que se entregaba por propia voluntad, no desdeñaba la se¬rial que había dado el traidor. Tampoco perdió el Señor la ocasión para hacer el bien a quien le hacia mal. Después de haber besado sinceramente a Judas, le amonesto, no con la dureza que merecía, sino con la suavidad con que se trata a un enfermo. Le llamo por su nombre, que es serial de amistad, y le hizo ver la gravedad del delito que cometía. Y no riñéndole, sino preguntando con cariño: «Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48). ¡Con muestras de paz me haces la guerra? Y aun, para moverle mas a que reconociera su culpa, le hizo otra pregunta, llena de amor: «Amigo, ¿A que has venido? (Mt 26, 50). Amigo, es mayor la injuria que me haces porque has sido mi amigo, y mas me duele el daño que me haces. «Porque si fuera un enemigo quien me maldijera, lo soportaría..., pero tú, amigo mió, mi amigo in-time, con quien me unía un amigable trato...» (Sal 54, 13). Amigo, que lo has sido, y lo debías ser; por Mi puedes serlo de nuevo. Yo estoy dispuesto a serlo tuyo. Amigo, aunque tu no me quieres, Yo si. Amigo, ¿por que haces esto, a que has venido? Judas se emociono sin duda de ver que su traición era tan clara a los ojos de su Maestro, y se quedo confuso ante la serena amistad del Señor. Sin embargo, su mala conciencia triunfo, y se retire junto a los soldados que habían venido con el (Jn 18, 5). Aunque Judas había ya dado la señal convenida, los soldados no se movieron ni reconocieron al Señor. Porque no tenia que hacerse este prendimiento cuando ellos y como ellos querían, sino cuando y como lo tuviera dispuesto el Señor. Viendo el Salvador que Judas se había retirado y que los soldados no acometían, como «sabia todo lo que había de suceder» (Jn 18, 4), no se escondió ni huyo, sino que «les salio al encuentro y les dijo: ¿A quien buscáis?». Ellos estaban tan ciegos que, teniéndole delante, no le veían. Y Judas, que estaba con ellos, no les dijo: Ese es. Y como si no hubieran visto la serial convenida, le respondieron: Buscamos «a Jesús Nazareno». Parecía que todos los preparativos habían sido inútiles, pero Jesús se dio a conocer: «Soy Yo». Fue su voz tan majestuosa e imponente, que, como si fuera un rayo, llenos de espanto y de terror, «retrocedieron todos y se cayeron al suelo» (Jn 18, 6), y Judas con ellos. Esta violenta caída fue como una representación de la que dio aquel día la sinagoga: con ella perdió el Templo y los sacrificios. Los apóstoles se alegraron al ver el valor de su Capitán, que, al primer encuentro y con una sola palabra hizo caer a tierra a un ejército entero. ¡Dios era el que hablaba! Ante El no había cohorte ni tribuno ni solda¬dos ni armas. ¿Que hará cuando venga a juzgar? Los soldados estaban en el suelo y Jesús les esperaba en pie. Luego se levantaron, y el Salvador les pregunto otra vez: ¿A quien buscáis?». Parece que atentan gran poder debían reconocer a Jesús y adorarle y servirle; pero no fue así: perseveraron en su intención de apresarle, y así continúa en ellos su ceguedad y no le conocieron; por eso, con la misma confusión respondieron: Buscamos «a Jesús Nazareno». El Señor advirtió su ceguera, y les respondió: «Ya os lo he dicho, soy Yo». Y, preocupándose por sus amigos, añadió: «Si me buscáis a Mi, no molestéis a ninguno de estos, dejadles que se vayan» (Jn 18, 18). Y no lo dijo en son de ruego, sino mandando; porque bien sabía el Señor que sus enemigos no iban a atender a sus ruegos, por eso se lo mando. Porque si no, como hubiera podido salir libre Pedro que con tanta audacia hirió a un siervo del sumo sacerdote? Pero todos oyeron el mandato de Jesús y obedecieron, y así se cumplió lo que estaba profetizado en la Escritura: «Padre, he guardado los que Tu me encomendaste, y no he perdido ninguno, excepto Judas», que se perdió por su culpa (Jn 17, 12). Y es que Pedro actuó de esta manera: Entre aquella gente estaba Malco, siervo del sumo sacerdote, quien, por lo que había oído en casa de su dueño, tenia mas indignación que los otros contra el Salvador, y, así, debió de pensar que estaba bien que el lo demostrara delante de todos. Por eso, en cuanto el Señor se dio a conocer, Malco se adelanto a prenderle con más atrevimiento que los demás. Viendo los discípulos que la cosa se ponía grave, y que corrían peligro, preguntaron !Señor! atacamos con la espada?». Y es que llevaban dos espadas (Lc 22, 38). Mientras unos pedían permiso, Pedro no espero, sino que arremetió contra Malco y le dio con su espada en la cabeza que, como debía de llevar casco, la espada resbalo y vino a dar en la oreja derecha y se la corto (Jn 18, 10). Jesús, al ver como intentaba Pedro defenderle, y también los demás, y que así parecería que iba a la muerte contra su voluntad, detuvo la lucha gritando: ¡Basta, basta ya!» (Lc 22, 51). No se olvido de su acostumbrada piedad, y quiso quitarles todo motivo de indignación contra El, así que se acerco a Malco, le toco la herida y le euro (Lc 22, 51). Esta es la caridad de Jesús, que domina sobre el odio de sus enemigos. Después de haber curado la herida de su enemigo, corrigió la ignorancia de sus discípulos y testimonio con su palabra que se ofrecía a la muerte por propia voluntad y por cumplir el mandato de su Padre, como estaba profetizado en la Escritura. De paso, hirió también el corazón de sus enemigos dándoles a conocer el castigo a que se sometía por querer darle muerte: ¡Volved las espadas a su sitio! (Mt 26, 52), que ahora no es el momento de defenderse con las armas, aunque los enemigos nos ataquen con las suyas. «Yo os aseguro», y que ellos también lo oigan, «que el que a hierro mata a hierro muere». Yo no trato de huir de la muerte, sino que la acepto con amor, porque no me matan ellos sino la Voluntad de mi Padre. ¿Es que no quereís que beba el cáliz que me da mi Padre? (Jn 18, 11). Me basta con que venga de su mano para que lo tenga por dulce y lo beba con verdadera sed. Si Yo quisiera defenderme, que necesidad tendría de vosotros que sois pocos, y mal armados. Me bastaría con abrir la boca, pues «con solo pedírselo a mi Padre, me enviaría inmediatamente mas de doce legiones de Ángeles» que me defenderían (Mt 26, 53). Pero Yo no trato de defenderme. Esto que ocurre hace ya muchos siglos que fue profetizado, conviene que se haga así, si Yo me opongo, «como se van a cumplir las Escrituras?». Aunque prendieron al Señor cuando El quiso, sin embargo, fue una deshonra para El, por ser una persona tan conocida por las gentes por sus virtudes, por los milagros que había hecho, por sus maravillosas palabras. Eso mismo es lo que había frenado a sus enemigos, por eso no le habían prendido antes: por miedo a las gentes que le seguían, «por miedo al pueblo, que le tenia por profeta y le quería» (Mt21,46). Y no le prendieron como a un profeta o a un hombre de bien, sino como a un malhechor o a un ladrón, que fuera necesario llevarle a empujones. El Señor paso por alto o disimulo muchas afrentas, pero esta vez no se callo: «Habéis salido a prenderme con palos y espadas, como si Yo fuera un ladrón» (Lc 22, 52). Así expreso su sentimiento por lo que hacían con El, y como seguían equivocados y ciegos, que le trataban como si hubiera vivido haciendo el mal. Y no fue así, sino que con mucha frecuencia, estaba públicamente entre ellos, en el Templo y en la Ciudad y no se escondía. Sin embargo, salieron a buscar al campo a quien se dejaba ver cada día por la Ciudad. Y fueron con armas y soldados, y El actuaba siempre pacíficamente. Necesitaron un traidor contra quien no hacia nada a escondidas y enseñaba en el Templo y en las plazas y a descubierto. ¿Por que no os atrevisteis entonces a prenderme? Lo habéis hecho ahora, de noche, como a un ladrón; pero tampoco hubierais podido si Yo no quisiera. Es que «ha llegado vuestra hora» (Lc 22, 53), y eso es lo que os permite prenderme; son las tinieblas las que os mueven, y su poder. Con estas palabras, los demonios, y aquellos hombres servidores suyos, se encontraron de repente libres para hacer con El lo que quisieran. Y, todos a una, le echaron mano y le apresaron. Traían sogas y cadenas, para usar de toda la cautela necesaria, como Judas les había indicado. «Le ataron» (Jn 18, 12). Ataron al autor de la libertad. Quizás, muchos de los que le ataron, después dirían: «Rompiste, Señor, mis cadenas; te ofrecere un sacrificio de alabanza» (Sal 115, 16). Y lo harían con violencia, y con groserías. «Le echaron mano», dice San Mateo. Aquella chusma gritaría y lo iría empujando en medio de un vocerío descortés e insultante. Judas caminaría entre los sacerdotes y magistrados, comentando con ellos el buen resultado de su intervención, aunque «mejor le fuera no haber nacido». Los apóstoles avergonzados y asustados de ver lo que pasaba, olvidándose de lo que habían prometido después de la cena, le dejaron, y huyeron todos (Me 14, 50). Era tanto el ruido y alboroto que armaban los que llevaban al Salvador que, al oírlo, salio un joven, que quizá estuviera durmiendo porque iba cubierto con una sabana y desnudo (Me 14, 51). Trataron de coger-le, pero se quedaron con la sabana en las manos y el huyo desnudo. Así sucede muchas veces, que padecen más los hombres por huir de la cruz de Cristo que por seguirla. Jesús pide que se dejen todas las cosas y le sigamos, desnudos, como desnudo va El a la muerte. Por no seguirle, por no querer padecer con El, al final, con la muerte, ocurre lo que no quisimos: quedamos desnudos y vacíos de todas las cosas terrenas y lejos para siempre de los bienes eternos. Los apóstoles, desperdigados por diferentes sitios, quizá se reunieran en la casa donde habían cenado, y allí contaron a la Madre todo lo que había sucedido en el huerto. Le explicarían como se habían llevado a su Hijo, y la Virgen Maria quedaría herida de un profundo dolor, aunque conforme y rendida a la voluntad de Dios.
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12
La tristeza de nuestro Salvador
Fueron muchos, sin duda, los motivos de tristeza que tuvo el Salvador; y ya que no quiso impedirlos, actuaron con tanta fuerza en su corazón que El mismo pudo decir que le habían llevado hasta el borde de la muerte. Jesús estaba cansado de aquel día. Por la mañana fue a pie desde Betania a Jerusalén, donde celebro con sus discípulos la cena del cordero pascual, les lavo los pies, instituyo el Sacramento de la Eucaristía y les dio de comulgar a todos; luego hablo largo rato, procurando por todos los medios posibles animarles y consolarles; se olvido de si mismo para preocuparse de ellos, ocultándoles su propia pena para no aumentar la suya. Se deshizo en esta gran tarea de entrañable caridad. Recordad como les hablaba: les llamo «hijitos míos, mis amigos»; les llamo escogidos y compañeros de sus penas y tentaciones; les dijo que debían estar mas unidos a El que lo esta el sarmiento con la vid. Les decía que el dolor iba a ser breve, y la alegría grande; que iba a enviarles el Consolador, el Espíritu Santo, para que estuviese siempre con dos, defendiéndoles y enseñándoles. Que El abría el paso peleando y recibiendo en su cuerpo las heridas, que así, ellos alcanzarían luego la victoria del mundo. Les dijo por ultimo que les dejaba, que volvía a su Padre, y que esto era para El una felicidad tan grande que, si ellos de verdad le amaban y le querían bien, debían alegrarse con El. Que se marchaba, pero que iba a prepararles su sitio, y que luego volvería, y que se los llevaría con El para acomodarles en la casa eterna del cielo. Había también sufrido por Judas, tan cerca de El en la cena. Había luchado con la dureza de su corazón, unas veces con leves insinuaciones o con palabras claras y directas, otras con muestras de particular amistad y cariño, y no le pudo vencer. Esto le daría tanta pena como suele dar el que un amigo se convierta en traidor; y eso fue lo que dijo varias veces aquella noche, hasta el punto de no poder ya disimular su tristeza. Se había despedido de su Madre, y el dolor con que ella se quedaba le desgarro el corazón. Y en todas estas cosas había procurado dominarse, poner buena cara, disimular lo que pasaba por dentro, para consolar a los suyos y cumplir con el deber de aquella ultima cena. Pero como la tristeza encerrada aun hace mas daño al que la sufre, porque busca por donde salir y tener un alivio y un desahogo, cuando el Señor se vio solo en el huerto, lejos de los ocho apóstoles que había dejado a la entrada, rompió a llorar; mostró toda su amargura, deseaba descansar el corazón, consolarse con el amor y la lealtad de los tres discípulos mas queridos. Y fue a ellos a quienes dijo: «Mi alma esta triste, hasta el borde de la muerte». No era menor la pena que le producía ver la mala voluntad de sus enemigos. De su odio nacía el deseo de matarle, de inventarse injurias y nuevas maneras de torturarle, de burlarse de El en medio de su angustia. Era como si los enemigos triunfasen sobre El, caído y abandonado de Dios: «Dios le ha desamparado, perseguidle, cogedle, que no hay nadie que le salve» (Sal 60, 11). Esta sensación de verse pisoteado por sus enemigos, de que había llegado el momento de volcar su odio contra El, hacia que llamara al Padre Eterno en su ayuda: «Mira, Señor, mi tristeza; mira como mi enemigo se ha levantado contra mi» (Lam 1, 9). Y si el oír bramar a un toro o rugir a un león produce ya miedo, aun estando protegido, con solo imaginar lo que haría esta fiera si estuviera libre, pensad en la angustia que produciría al Señor verse rodeado de tanta gente furiosa como fieras, y libres de poder hacer con El lo que su odio les dictara. Porque, ciertamente, su pueblo, querido y elegido por El, se revolvió contra Cristo con la fiereza de un león; así lo indica el profeta cuando escribe: «Mi pueblo se convirtió para mi en un león salvaje; lanzo su rugido contra mi» (Jer 12, 8). A este odio de los sacerdotes principales y a esta mala voluntad de los poderosos del pueblo se refiere aquella profecía del salmo: «Me rodeo un gran numero de novillos; me cercaron toros enormes; abrieron contra mi sus bocas rugiendo como leones rapaces» (21, 13). El Señor conocía ya antes esta mala voluntad de sus enemigos, que habían de ser sus jueces; conocía todos sus planes y los pasos que iban a dar para condenarle. Muchos años antes, el profeta Jeremías lo pondera muy especialmente, como algo que iba a causarle un gran dolor y sufrimiento: «Tu, Señor, me lo dijiste y lo supe; me hiciste saber sus maquinaciones. Yo quede entre ellos, como un manso cordero al que llevan a la muerte» (11, 18). Supo, además, el Señor que, al encontrarse rodeado por aquellos enemigos sin poder escapar —ni quererlo—, iba a ser abandonado también de sus amigos. No tendría ya quien le defendiese ante las calumnias y acusaciones, nadie abogaría por su causa; entre aquella gente, a nadie le importaría que muriera. De esto se quejaba El cuando decía: «Miro a mi derecha y veo que no hay nadie que se preocupe por mi; no tengo escapatoria, no hay nadie que me defienda» (Sal 141, 5). El mismo expresa la angustia de este desamparo de los amigos: «Me deshice como el agua; se descoyuntaron todos mis huesos. Mi corazón es como cera que se derrite en mis entrañas» (Sal 21, 15). Tenía la muerte muy cercana, y veía en su imaginación todo el dolor que iba a sufrir, el tormento y la crueldad de la cruz. La imaginación muchas veces asusta mas que la misma muerte, por eso a los conde-nados suelen taparles los ojos para que no vean ni el sitio ni el instrumento de su ejecución; se procura también distraer a los condenados de su obsesión de la muerte por evitarles un poco la terrible ansiedad y el pavor de la espera. Pero el Salvador no tuyo a nadie que le aliviara, nadie tuvo misericordia de El en aquella impaciente tensión de un condenado a muerte. «E1 agua de la tribulación entro hasta lo mas hondo de mi alma» (Sal 68, 1). No podía dejar de pensar en la apasionada injusticia de los que iban a ser sus jueces, en la burla que iban a hacer de su afirmación de Hijo de Dios. Hasta los mismos esclavos le atarían para azotarle. Pensaba en el tropel de gente que le insultaría por las calles, camino de la casa del Pontífice. Los sacerdotes iban a presentar testigos falsos; le escupirían, le darían bofetadas, se reirían de El... Venia a su imaginación el momento en que Pilato, por miedo y por respeto humano, le remitiría a Herodes; y Herodes le trataría de loco ante sus cortesanos. Devuelto a Pilado, le haría azotar; los soldados le clavarían una corona de espinas para burlarse de su realeza, de El, verdadero Rey de los hombres. Su corazón le daba vuelcos cuando pensaba en la sentencia pregonada públicamente por Pilato: condenado a muerte, y de cruz. Oía los aullidos de la gente fuera de si. Y todo eso lo verían sus amigos, las mujeres que le habían seguido, su misma Madre... No es posible ver tan claramente, y de antemano, el propio dolor y humillación y vergüenza, y no morir de tristeza. Le era imposible apartar de su mente aquel terrible lugar: el Calvario. Vio como iba a ser crucificado, como era levantado en la cruz. Desnudo a la vista de todo el mundo. Rebajado a la categoría de un vulgar salteador de caminos, se veía allí, clavado, entre los dos ladrones. Durante mas de tres horas iba a estar allí, colgado en la cruz, desamparado de sus amigos, insultado por sus enemigos. Su Madre le vería, oiría su desgarrador grito de agonía. No podemos pensar que alguno de estos sufrimientos se le escatimaran al Señor, no debemos pensar que algún sufrimiento le resultara fácil. Fue tanto el dolor que sintió que, de espanto, empezó a temblar y a aterrorizarse (Me 14, 33. Mi 26, 37). «Comenzó a sentir pavor y angustia». «Comenzó a entristecerse y a angustiarse». Para descansar un poco con sus tres amigos, les dijo: «Mi alma esta triste, hasta el borde de la muerte». Tengo angustia y tristeza de muerte. Siento tanto dolor que estoy a punto de morir. Me muero de tristeza... Quedaos un poco aquí, os lo ruego, quedaos conmigo. Despertaos, no os durmais. Hacedme compañia (Mt 26, 38).
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Este Podcast va a tratar de ser un diálogo con Juan el Apóstol y todos los que quieran parecerce a El. Vamos a tratar de entrar en su corazón de joven y descubrir qué fue lo que hizo este joven de 15 años llegue a convertirse en "El Discipulo Amado" del Corazón de Jesús.
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