PODCAST · arts
Literatura
by Manuel López
Podcast que no aparece en la radio en el que subo los poemas, los relatos y los libros que me gustan.
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Emilia Pardo Bazán: El ciego
Voz: Manuel López Castilleja Música: Pachelbel_Canon in D Youtube.com La tarde del 24 de diciembre le sorprendió en despoblado, a caballo y con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese vuelta a la llave sin transición; las tinieblas descendieron borrando los términos del paisaje, acaso apacible a mediodía, pero en aquel momento tétrico y desolado. Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren profundos, encajonados entre dos escarpes; a la derecha, el camino; a la izquierda, una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría, culebreando, áspid de carmín, un reflejo roto del poniente; arriba, densas masas erguidas, formas extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y aun pudiera decirse que amenazador. No pecaba Mauricio de cobarde y, sin embargo, le impresionó el aspecto de la montaña; sintió deseos de llegar cuanto antes al pazo, del cual le separaban aún tres largas leguas, y animó con la voz y la espuela a su montura, que empinaba las orejas recelosa. Arreció el viento y le obligó a atar el sombrero con un pañuelo bajo la barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas de lluvia azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala sombra! ¡Justamente empezaba a llover a la mitad del camino! Al punto mismo, el caballo se encabritó y pegó un bote de costado: entre la maleza había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que llevaba en el bolsillo interior de la zamarra, cuando oyó estas palabras: —¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios, que va a nacer…; una limosnita señor! Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal sitio y ocasión cometía la importunidad de pedir limosna. Era un hombrachón alto, descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro unas alforjas y se apoyaba en recio garrote. La oscuridad no permitía distinguir cómo tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cascado de la voz y en el vago reflejo plateado de las greñas blancas. —Apártese —murmuró impaciente el señorito—. ¿No ve que el caballo se asusta? Si me descuido, al río de cabeza… ¡Vaya unas horas de pedir y un sitio a propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos! El pordiosero se había quedado como hecho de piedra. —¿Dónde está el río? —gritó con hondo terror—. ¿No es aquí el camino de la iglesia de Cimáis? Señor: no me desampare… ¡Soy un ciego! ¡Nuestra Señora le conserve la vista! ¡Pobre del que no ve! Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había perdido; ignoraba dónde se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí; convenido; necesitaba un guía… ¿Y quién iba a ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde Orense regresaba a su casa en tarde de Navidad, a cenar, a pasar alegremente la velada, jugando al julepe o al «golfo» con sus hermanos y primos, fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento andar de un ciego; si torcía su rumbo cara a la iglesia de Cimáis, distante buen rato, ¿a qué santas horas iba a hacer su entrada en la sala del pazo de Portomellor? Un instante titubeó: pensaba que no podía menos de sacrificar algunos minutos a colocar al ciego en la dirección de Cimáis y dejarle, ya orientado, arreglarse como Dios le diese a entender. Sólo que era internarse en la «carballeda», exponerse a tropezar en los cepos y en los pedruscos, y, sobre todo, era condescender a los ruegos del mendigo, que no soltaría a dos por tres a su lazarillo improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo… ¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse», decidió; y sacando del bolsillo un duro, lo dejó en la mano temblona que el viejo extendía, más para implorar que para mendigar; picó al caballo y escapó como un criminal que huye de la Justicia. Sí; como un criminal. Así definió su conducta él mismo, luego, en el punto de refrenar a Maceo, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta de que había caído enteramente la noche. Velada por sombríos nubarrones, la luna se entreparecía lívida, semejante a la faz de un cadáver amortajado con hábito monacal. La carretera se desarrollaba suspendida sobre el río que, a pavorosa profundidad, dormitaba mudo y siniestro. El viento combatía, haciéndolos crujir, los troncos robustos de los árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua; un trueno resonó ya bastante cercano; y Mauricio se estremeció. Le pareció escuchar ruidos extraños además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al agua? Detrás, sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un hombre que tentaba el suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo evidente, pues con la galopada que Maceo había pegado ya quedaría el mendigo atrás un cuarto de legua. Lo cierto es que Mauricio juraría que le seguía «alguien»; alguien que respiraba trabajosamente, que tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible desasosiego le impulsó a apurar nuevamente a su montura para alcanzar pronto el cruce en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de una desgracia. ¿Se habrá caído?… Lo que a Mauricio le acongojaba era la idea de haber abandonado a un ciego en tal noche. «Pero ¿cómo fue capaz…? ¡Si parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería… Hoy no debía dejar solo a un infeliz», cavilaba, hincando la espuela en los ijares de Maceo. «Y lo más sucio, lo más vil de mi acción fue darle dinero. ¡Dinero! Si a estas horas flota en el Sil su cuerpo…, el dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero lo arregla todo… ¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie detrás? …». Maceo volaba; un sudor de angustia humedecía las sienes del jinete. El zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una tromba, no le impedían oír, cada vez más próximas, las pisadas del que le seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración entrecortada, el mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía a volverse, porque, si se volviese, quizá vería la figura del ciego mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, con el zurrón al hombro, el cayado en la mano y reluciente en la oscuridad la plata de sus blancas greñas… «¿Estaré loco? —pensó—. ¡Ea!, ánimo… Debo volverme…». Y no se volvía; su garganta apretada, su corazón palpitante, le hacían traición; sufría un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y el caballo, excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los guijarros del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito, aturdiéndole. Alborotóse Maceo; giró bruscamente sobre sus patas traseras y se arrojó hacia el talud que dominaba el Sil. Vio Mauricio el tremendo peligro cuando otro relámpago le mostró el abismo y la superficie del agua; cerró los ojos, aceptando el juicio de la Providencia…, y el caballo, en su vértigo mortal, arrastró al jinete al fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y empujando las piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo, remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía.
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Mario Benedetti: Aquí se respira bien
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mendelssohn Nocturno para 11 instrumentos de viento Youtube.com —¿Nos sentamos en éste? —pregunta el Viejo. —Mejor aquél. Tiene más sombra. Por más que nadie intenta arrebatárselo, Gustavo se cree obligado a correr para asegurarse el usufructo del banco. El padre llega después, sin apuro, con el saco en el brazo. —Se respira bien en este rinconcito —dice, y para demostrarlo resopla ostensiblemente. Luego se acomoda, saca la tabaquera y arma un cigarrillo entre las piernas abiertas. A las diez de la mañana de un miércoles, el Prado está tranquilo. Tranquilo y desierto. Hay momentos tan calmos que el ruido más cercano es el galope metálico de un tranvía de Millán. Luego un viento cordial hace cabecear dos pinos gemelos y arrastra algunas hojas sobre el césped soleado. Nada más. —¿Cuándo empezás a trabajar? —Mañana. El padre humedece la hojilla y sonríe para sí mismo, distraído. —Si estuvieras siempre en casa… como estos días… —¿Te gustaría estar con el Viejo, eh? Gustavo recoge como un premio el tono de camaradería. Una bocanada de ternura lo obliga a decir algo, cualquier cosa. —¿Qué hacés en la oficina? —Y… trabajo. —Pero… ¿en qué trabajás? —Informo expedientes, firmo resoluciones. Por un instante, Gustavo imagina a su padre trepado en un alto pupitre, firmando resoluciones, informando expedientes, todos voluminosos como la Historia Sagrada. Pero en seguida acomoda la imagen en su modesta realidad. —Entonces… ¿sos un jefe? —Claro. El muchacho se echa hacia atrás, con las manos en la cintura, recorriendo posesivamente el cinturón de elástico azul. A menudo el Viejo le trae regalitos. Siempre adivina cuál es la menudencia que él desea con máximo fervor. —Cuando pase el examen de ingreso, podría entrar en tu oficina. El padre ríe, complacido. —Estás loco. A tu edad no se puede. Y además, yo quiero que estudies. El Viejo mira los pinos gemelos y echa humo por la nariz. Gustavo sabe con absoluta precisión qué se espera de él. —¿Qué materia te gusta más? —Historia. Mentira. Le gustan las cuentas. Pero confesarlo equivale a seguir arquitectura. O ingeniería, como le pasó al hermano del Tito. —No hay ninguna carrera que se base en la historia. —Por eso mismo… lo mejor será que me emplee en tu oficina. El padre suelta una carcajada. Evidentemente está encantado con la maniobra. —Así que historia, ¿eh…? Si no supiera que multiplicas y dividís como una maquinita… Gustavo se pone colorado. No le hace gracia el elogio. Él quiere entrar en la oficina, colocarse junto al enorme pupitre del padre, alcanzarle los expedientes para que los autorice y pasar el secante sobre la firma. —No te recomiendo la oficina —dice el Viejo, que después de muchas maniobras ha conseguido escupir una hebra de tabaco. Al final del camino, hamacándose lentamente como un pato, ha aparecido un hombre de oscuro, un importuno. —Mamá dijo una vez que no vale la pena estudiar. —Tu madre, la pobre, está cansada y a veces no sabe lo que dice. —Pero… —En cambio vos no estás cansado y a mí no me gusta oírte hablar así. El padre se ha puesto serio y Gustavo se siente disminuido. El hombre-pato ahora está cerca y se ha detenido a observar una araucaria. —¿Y no podría ser… que estudiase… y además… trabajase contigo? —¿Y no podría ser —parodia deliberadamente el Viejo— que te quedaras tranquilo? Total… sólo tenemos ocho años más para pensarlo. Gustavo sabe que, como siempre, el padre está en lo cierto. Tiene la sensación de que está representando el papel del tonto. Sin embargo, ahora también el padre sonríe, comprensivo. Sonríe con sus labios delgados y también con sus ojos grises, bondadosos. El hombre-pato se ha detenido frente a ellos. —Hola —dice. —Hola —dice el Viejo, que no lo había visto acercarse. —¿Así que éste es su chico? —Sí. Evidentemente, el Viejo está molesto. El hombre-pato tiene ojos mezquinos. Le tiende a Gustavo su mano pegajosa. —Mire qué casualidad encontrarlo aquí… ¿Está de licencia? —Sí. —Yo tenía que cobrar unas cuentitas por Larrañaga, pero el sol está tan agradable, que me decidí a cruzar por este lado. —Cierto, aquí se respira bien —comenta el Viejo, por decir algo. También Gustavo está incómodo. Daría cualquier cosa para que el tipo se esfumase. Pero no, se ha establecido. Gustavo se fija en los detalles. Del bolsillo del saco le asoma un pañuelo que debiera ser blanco. El pantalón tiene sobre la rodilla un zurcido grosero y evidente. —¿Y cuándo vuelve? —Mañana. —Bueno, entonces iré a verlo. El padre se agita. Tira el cigarrillo y lo aplasta con el zapato. De pronto hace un gesto raro, como señalando al chico. Gustavo no entiende el ademán, pero comprende perfectamente que el padre está molesto. El tipo, en cambio, no ve nada. —Tengo que llevarle un regalito… ¿eh…? Para que camine aquella orden de pago… Ahora el padre hace un gesto desesperado. —Mañana hablamos. Mañana. Gustavo siente que se le va la cabeza, pero tiene una horrible curiosidad. Una vez le había dado al pecoso Farías un rabioso puñetazo en la nariz, sólo porque había dicho: «Anoche en la cena, papá dijo que tu viejo es buena pieza». —Si no recuerdo mal, es un papelito de cien… ¿qué le parece? —Mañana hablamos. Mañana. Gustavo nota que el padre ha envejecido diez años. Se ha puesto otra vez el saco, ha juntado las piernas y está doblado hacia adelante. Al fin, el tipo ha comprendido a medias. —Bueno, me voy. Adiós amigo. El Viejo no responde. Gustavo toca apenas la mano blanda y pegajosa. El hombre-pato se aleja, hamacándose lentamente, disfrutando del sol. Atrás, le cuelga el forro descosido del saco. Sin hacer un gesto, el padre se levanta y empieza a caminar en dirección opuesta a la del tipo. Gustavo siente ahora en su mano la palma seca, rugosa, del Viejo. A veces, la madre le toma el pelo porque a él todavía le gusta que lo lleven de la mano. Sin levantar la vista, el padre carraspea, y el muchacho intuye que algo le va a ser explicado. Quisiera pedir a Dios que algo le sea explicado. —Mejor no le digas a tu madre que encontramos a éste… —No —dice Gustavo. Aún no sabe exactamente qué le está pasando. Por lo pronto, libera su mano, la mete en el bolsillo del pantalón y se muerde el labio hasta hacerlo sangrar.
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José Donoso: Libro
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Invention 13 Youtube.com El olvido como forma de pasión: callar, hacer sitio para que otra cosa crezca. La tela desteñida del invierno cobija los proyectos. Planes distintos trastocan la intriga. Los habitantes se van. inauguran vendavales, intersticios. Se cuelan polvaderas, arena, hormigas. No queda ni una voz, ni una historia contándose detrás de los postigos. El intercalo derrota la nostalgia: nacen cosas. El candado clausura los sillones apilados transidos de lluvia. Hay vida: olvido, vida, olvida. No importa que no recuerde el agasajo de otra dulce piel ni el espacio de la lucidez basta la página abierta en un alféizar que no recuerdo o no conozco. Eso permanece. (De Madrid, 1979)
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Luis Cernuda: Un español habla de su tierra
Voz: Manuel López Castilleja Música: Tarrega - Estudio en Mi Menor Youtube.com Las playas, parameras Al rubio sol durmiendo, Los oteros, las vegas En paz, a solas, lejos; Los castillos, ermitas, Cortijos y conventos, La vida con la historia, Tan dulces al recuerdo, Ellos, los vencedores Caínes sempiternos, De todo me arrancaron. Me dejan el destierro. Una mano divina Tu tierra alzó en mi cuerpo Y allí la voz dispuso Que hablase tu silencio. Contigo solo estaba, En ti sola creyendo; Pensar tu nombre ahora Envenena mis sueños. Amargos son los días De la vida, viviendo Sólo una larga espera A fuerza de recuerdos. Un día, tú ya libre De la mentira de ellos, Me buscarás. Entonces ¿Qué ha de decir un muerto?
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Alfonsina Storni: Tú me quieres alba
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Prelude in E minor Youtube.com Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar. Que sea azucena sobre todas, casta. De perfume tenue. corola cerrada. Ni un rayo de luna filtrado me haya. Ni una margarita se diga mi hermana. Tú me quieres nívea, tú me quieres blanca, tú me quieres alba. Tú que hubiste todas las copas a mano, de frutos y mieles los labios morados. Tú que en el banquete cubierto de pámpanos dejaste las carnes festejando a Baco. Tú que en los jardines negros del Engaño vestido de rojo corriste al Estrago. Tú que el esqueleto conservas intacto no sé todavía por cuáles milagros, me pretendes blanca (Dios te lo perdone), me pretendes casta (Dios te lo perdone), ¡Me pretendes alba! Huye hacia los bosques, vete a la montaña; límpiate la boca; vive en las cabañas; toca con las manos la tierra mojada; alimenta el cuerpo con raíz amarga; bebe de las rocas; duerme sobre escarcha; renueva tejidos con salitre y agua; habla con los pájaros y lévate al alba. Y cuando las carnes te sean tornadas, y cuando hayas puesto en ellas el alma que por las alcobas se quedó enredada, entonces, buen hombre, preténdeme blanca, preténdeme nívea, preténdeme casta.
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Rubén Darío: El perro del ciego
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mahler_Adagietto Symphony 5 Youtube.com El perro del ciego no muerde, no hace daño. Es triste y humilde; amable, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer. Yo sé una historia conmovedora que voy a contaros ahora. Cuando yo era chico tuve un amiguito muy cruel. No le quería bien ninguno de los compañeros porque con todos era áspero y malo. A los menores les pellizcaba y daba golpes; con los grandes se las entendía a pedradas. Cuando el profesor le castigaba no lloraba nunca. A veces, iracundo, se hacía sangre en los labios y se arrancaba el pelo a puños. Niño odioso. Con los animales no era menos cruel que con los muchachos. ¿Os gustan a vosotros los pajaritos? Pues él los que encontraba en los nidos los aprisionaba, les quitaba las plumas, les rompía los huevos, y les sacaba los ojos: tal como hizo Casilda en unos versos de Campoamor, un poeta de España que ha inventado unas composiciones muy sabias y muy lindas que se llaman doloras. En casa del niño malo había un gato. Un día al pobre animal le cortó la cola, como hizo con su perro el griego Alcibíades, aquel de quien habéis oído hablar al señor profesor en la clase de historia. Paco —así se llamaba aquel pillín— se burlaba de los cojos, de los tuertos, de los jorobados, de los limosneros que andaban pidiendo a veces en nombre de su negra miseria ridícula. Como sabéis, es una acción indigna de todo niño de buen corazón, y vosotros, estoy seguro de que nunca haréis igual cosa de la que él hacía. Por aquellos días llegaba a la puerta del colegio un pobre ciego viejo, con su alforja, su escudilla y su perro. Se le daba pan; en la cocina se le llenaba su escudilla, y nunca faltaba un hueso para el buen lazarillo de cuatro patas que tenía por nombre León. León era manso; todos le acariciábamos; y él, al sentir la mano de un niño que le tocaba el lomo o le sobaba la cabeza, cerraba los ojos y devolvía halagos con la lengua. El ciego agradecía el amor a su guía, y en pago de él contaba cuentos o cantaba canciones. Paco llegó una tarde a la hora de recreo, riendo con todas ganas. Había hecho una cosa muy divertida. Vosotros debéis saber lo que son los alacranes, unos animales feos, asquerosos, negros, que tienen una especie de rabo que remata en un garfio. Este garfio les sirve para picar. Cuando un alacrán pica, envenena la herida, y uno se enferma. Paco había encontrado un alacrán vivo; lo puso entre dos rebanadas de pan y se lo llevó al ciego para que comiese. El animal le picó en la boca al pobrecito, que estuvo casi a las puertas de la muerte. Como veis, un niño de esta naturaleza no puede ser sino un miserable. Cuando un niño hace una buena acción los ángeles de alas rosadas se alegran. Si la acción es mala, hay también unas alas negras que se estremecen de gozo. Niños, amad las alas rosadas. En medio de vuestro sueño ellas se os aparecerán siempre acariciantes, dulces, bellas. Ellas dan los ensueños divinos, y ahuyentan los rostros amenazadores de gigantes horribles o de enanos rechonchos que llegan cerca del lecho, en las pesadillas. Amad las alas rosadas. Las negras estaban siempre, no hay duda, regocijadas con Paco, el de mi historia. Imaginaos un sujeto que se portaba como sabéis con nosotros, que era descorazonado con los animales de Dios, y que hacía llorar a su madre en ocasiones, con sus terriblezas. El Padre Eterno mueve a veces sonriendo su buena barba blanca cuando los querubines que aguaitan por las rendijas de oro del azul le dan cuenta de los pequeños que van bien aquí abajo, que saben sus lecciones, que obedecen a papá y a mamá, que no rompen muchos zapatos, y muestran buen corazón y manos limpias. Sí, niños míos; pero si vierais cómo se frunce aquel ceño, con susto de los coros y de las potestades, si oyeseis cómo regaña en su divina lengua misteriosa, y se enoja, y dice que no quiere más a los niñitos, cuando sabe que éstos hacen picardías, o son mal educados, o lo que es peor ¡perversos! Entonces ¡ah!, le dice a Gabriel que desate las pestes, y vienen las mortandades, y los chicos se mueren y son llevados al cementerio, a que se queden estos con los otros muertos, de día y de noche. Por eso hay que ser buenos, para que el buen Dios sonría, y lluevan los dulces, y se inventen los velocípedos y vengan muchos míster Ross y condes Patrizio. Un día no llegó el ciego a las puertas del colegio, y en el recreo no tuvimos cuentos ni canciones. Ya estábamos pensando que estuviese enfermo el viejecito, cuando, apoyado en su bordón, tropezando y cayendo, le vimos aparecer. León no venía con él. —¿Y León? —¡Ay! Mi León, mi hijo, mi compañero, mi perro ¡ha muerto! Y el ciego lloraba a lágrima viva, con su dolor inmenso, crudo, hondo. ¿Quién le guiaría ahora? Perros había muchos, pero iguales al suyo, imposible. Podría encontrar otro; pero habría que enseñarle a servir de lazarillo, y de todas maneras no sería lo mismo. Y entre sollozos: —¡Ah! Mi León, mi querido León… Era una crueldad, un crimen. Mejor lo hubieran muerto a él. Él era un desgraciado y se le quería hacer sufrir más. —¡Oh Dios mío! Ya veis, niños, que esto era de partir el alma. No quiso comer. —No; ¿cómo voy a comer solo? Y triste, triste, sentado en una grada, se puso a derramar las lágrimas de sus ojos ciegos, con un parpadeo doloroso, la frente contraída, y en los labios esa tirantez de las comisuras que producen ciertas angustias y sufrimientos. El niño que siente las penas de sus semejantes es un niño excelente que el Señor bendice. Yo he visto algunos que son así, y todos les quieren mucho y dicen de ellos: ¡Qué niños tan buenos! Y les hacen cariños y les regalan cosas bonitas y libros como Las mil y una noches. Yo creo que vosotros debéis ser así, y por eso para vosotros tengo de escribir cuentos, y os deseo que seáis felices. Pero vamos adelante. Mientras el ciego lloraba y todos los niños le rodeaban compadeciéndole, llegó Paco cascabeleando sus carcajadas. ¿Se reía? Alguna maldad debía haber hecho. Era una señal. Su risa sólo indicaba eso. ¡Pícaro! ¿Habráse visto niño canalla? Se llegó donde estaba el pobre viejo. —Eh, tío, ¿y León? —Más carcajadas. Debía habérsele dicho, como debéis pensar: —Paco, eso es mal hecho y es infame. Te estás burlando de un anciano desgraciado. Pero todos le tenían miedo a aquel diablillo. Después, cínicamente, con su vocecita chillona y su aire descarado, se puso a narrar delante del ciego el cómo había dado muerte al perro. —Muy sencillamente: cogí vidrio y lo molí, y en un pedazo de carne puse el vidrio molido, todo se lo comió el perro. Al rato se puso como a bailar, y luego no pudo arrastrar al tío —y señalaba con risa al infeliz— y por último, estiró las patas y se quedó tan tieso. Y el tío llora que llora. Ya veis niños que Paco era un corazón de fiera, y lleno de intenciones dañinas. Sonó la campana. Todos corrimos a la clase. Al salir del colegio todavía estaba allí el viejo gimiendo por su lazarillo muerto. ¡Mal haya el muchacho bribón! Pero mirad, niños, que el buen Dios se irrita con santa cólera. Paco ese mismo día agarró unas viruelas que dieron con él en la sepultura después que sufrió dolorosamente y se puso muy feo. ¿Preguntáis por el ciego? Desde aquel día se le vio pedir su limosna solo, sufriendo contusiones y caídas, arriesgando atropellamientos, con su bastón torcido que sonaba sobre las piedras. Pero no quiso otro guía que su León, su animal querido, su compañero a quien siempre lloró. Niños, sed buenos. El perro del ciego —ese melancólico desterrado del día, nostálgico del país de la luz— es manso, es triste, es humilde; amadle, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer. Y así ¡oh niños!, seréis bendecidos por Dios, que sonreirá por vosotros, moviendo, como un amable emperador abuelo, su buena barba blanca.
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Mario Benedetti: Fin de semana
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Esperó al padre en la puerta de la escuela. Como todos los viernes. A partir del divorcio, Fernando vivía con su madre, pero los fines de semana eran del padre. Antes de cualquier dictamen impuesto, ellos lo habían resuelto amigablemente, sobre todo para no herir al hijo con enfrentamientos inútiles. Nunca llegaba en hora, pero esta vez demoró más que de costumbre. Mientras compartió la espera con otros chicos, Fernando no se inquietó, pero uno a uno los fueron recogiendo y al final sólo quedaron él y el portero, un tipo que además detestaba a los escolares. Marcelo apareció por fin, casi corriendo. Fernando se resignó a besar la mejilla, paterna y sudada. Eso no le gustaba, porque la boca le quedaba húmeda y le habían enseñado que no era correcto limpiarse con el puño. —¿Estabas nervioso? —No. —Por favor, no le cuentes a tu madre sobre esta demora. Digo, para que no se preocupe. La verdad es que no me podía sacar de encima a un cliente que es un plomo. No le cuentes a tu madre. Fernando no entendía por qué no decía: No le cuentes a Luisa. Tomaron un taxi hasta el restaurante de todos los viernes. Fernando no precisaba leer el menú. Siempre había sido fiel al churrasco con ensalada. —¿No querés pedir otra cosa? —No. —Yo me aburriría pidiendo siempre lo mismo. —A mí me gusta. Por eso no me aburro. Marcelo cumplió con el deber paterno de preguntarle por sus clases, sus maestras, sus compañeros. Como eran las preguntas de siempre, Fernando apeló a las respuestas de siempre. —Y de todo lo que vas aprendiendo, ¿qué es lo que más te gusta? —Las cuentas y los cuentos. Como acompañamiento de un humor tan primario, Fernando esbozó su primera sonrisa de este viernes, y el padre no tuvo más remedio que reírse. En el postre tampoco hubo novedad: helado de vainilla. —Y tu madre ¿cómo está? —Sola. Está sola. —Bueno, no tan sola. Está contigo ¿no? —Sí, claro. Llegaron al lindo apartamento sobre la Rambla y Fernando fue a su cuarto. Marcelo le había reservado ese espacio, donde, además de la cama y otros muebles, había juguetes (un mecano, un trencito eléctrico) de uso y disfrute solitarios. Y asimismo un pequeño televisor. También en casa de su madre tenía un ambiente propio, claro que con otros juguetes. A Fernando le gustaba esa doble franja de sus entretenimientos. Era como saltar de una región a otra, y viceversa. Estuvo un rato jugando con el mecano (construyó algo que, si se lo miraba con buena voluntad, podía parecerse a un molino), vio en la tele un documental sobre las ardillas, dormitó un rato, así hasta que Marcelo lo llamó desde la terraza. Allí lo esperaba una novedad: una muchacha, alta, rubia y con el pelo suelto, de vaqueros, que a Fernando le pareció linda y simpática. —Fernando —dijo el padre—. Ésta es Inés, una buena amiga mía, que también va a ser una buena amiga tuya. La buena amiga sólo dijo ¡hola!, pero le tomó de un brazo y lo acercó a su mecedora. Lo besó con suavidad y Fernando advirtió con alivio que aquella mejilla no estaba sudada. A él le cayó bien que Inés no le interrogara sobre la escuela, las clases, las maestras y los otros alumnos. En cambio, le hizo comentarios sobre películas y sobre fútbol. Le pareció increíble que una mujer supiera tanto de fútbol. Además, como al pasar, dijo que era hincha de Nacional. También él era bolsiyudo. Un buen comienzo. Marcelo, en cambio, era de Peñarol, pero asistía satisfecho a aquel estreno, como el autor clandestino de un buen libreto. Inés había traído unos paquetes con comida, así que cenaron en casa. Después vieron un poco de televisión (noticias sobre hambrunas, inundaciones y atentados), pero como a Fernando se le cerraban los ojos, el padre lo mandó a la cama, no sin antes recomendarle que se lavara los dientes. A medianoche lo despertó un ruido procedente del cuarto de baño. Alguien había tirado la cadena. Como la puerta de su cuarto estaba entornada, Fernando pudo espiar desde allí. Inés, de camisón, salió del baño y entró en la habitación de Marcelo. Fernando volvió a su cama y durante un buen rato estuvo desvelado. Inés era linda y simpática y además de Nacional. Pero, antes de dormirse, Fernando decidió reforzar su lealtad a Luisa. A su madre no le importaba el fútbol, pero aun así a él le parecía más linda y más simpática. El sábado y el domingo, Fernando disfrutó de su padre y éste de Fernando. No era el momento de hacer el balance de la situación. Como si hubiera concluido el guión de la película, Inés no habló más de fútbol. Estaba tan callada, que en la tarde del domingo Marcelo se le acercó, le acarició el lindo pelo y le preguntó si pasaba algo. —Nada importante —dijo ella—. Sólo que tengo que acostumbrarme. Lo dijo en un murmullo, sólo para Marcelo, pero Fernando la escuchó (la abuela siempre decía: «Este chico tiene un oído de tísico») y llegó a la conclusión de que también él tenía que acostumbrarse. ¿Se acostumbraría? El domingo a la noche, Marcelo reintegró al chico al ámbito materno. Llamó desde abajo y cuando oyó algo parecido a la voz de su exmujer, dijo: «Luisa, aquí te dejo a Fernando. Chau». «Gracias. Chau», dijo el intercomunicador, más afónico que de costumbre. Fernando subió en el ascensor hasta el sexto piso. Allí lo esperaba Luisa. Lo besó, tenía la cara con un poco de pancake, pero a él no le importó. Un rato después, ella le hizo un jugo de naranja. De pronto contempló a Fernando con curiosidad. Pensó que era absurdo, pero le pareció que de algún modo su hijo había crecido en sólo 48 horas. Sólo por decir algo, Luisa preguntó: —Y tu padre ¿cómo está? Fernando pensó: ella tampoco dice «Marcelo» sino «tu padre». Tragó saliva antes de responder: —Solo. Está solo.
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Eduardo Galeano: Las cartas
Voz: Manuel López Castilleja Música: Erik Satie - Gnossienne 1 Youtube.com Juan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en las afueras de Madrid. Leyó la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no estoy sola. ¡Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner, la desconocida admiradora que le escribía, desde lejos, su primera misiva. Olía a rosas el papel rosado, y estaba pintada de rosáceas anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal de Lima. El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo de España una nueva carta de Georgina. Ella le reprochaba su tono tan ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de Juan Ramón, perdone usted si le he sonado formal y créame si acuso a mi enemiga timidez. Y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban, entre el poeta enfermo y su lectora apasionada. Cuando Juan Ramón fue dado de alta, y regresó a su casa de Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a Georgina el emocionado testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le hicieron temblar la mano. Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos las escribía desde una taberna de Lima. Ellos habían inventado todo: la foto, el nombre, las cartas, la delicada caligrafía. Cada vez que llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían la respuesta y ponían manos a la obra. Con el paso del tiempo, carta va, carta viene, las cosas fueron cambiando. Proyectaban una carta y terminaban escribiendo otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa hija de todos ellos que no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía. En eso, llegó la carta de Juan Ramón anunciando su viaje. El poeta iba a embarcarse hacia Lima, hacia la mujer que le había devuelto la salud y la alegría. Reunión de emergencia. ¿Qué se podía hacer? ¿Confesarlo todo? ¿Cometer esa crueldad? Debatieron el asunto durante horas, hasta que tomaron la decisión. Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la puerta de Juan Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había recibido un telegrama urgente desde Lima: Georgina Hübner ha muerto.
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Gloria Fuertes: Sale caro ser poeta
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Invention 13 Youtube.com Sale caro, señores, ser poeta. La gente va y se acuesta tan tranquila -que después del trabajo da buen sueño-. Trabajo como esclavo llego a casa, me siento ante la mesa sin cocina, me pongo a meditar lo que sucede. La duda me acribilla todo espanta; comienzo a ser comida por las sombras las horas se me pasan sin bostezo el dormir se me asusta se me huye -escribiendo me da la madrugada-. Y luego los amigos me organizan recitales, a los que acudo y leo como tonta, y la gente no sabe de esto nada. Que me dejo la linfa en lo que escribo, me caigo de la rama de la rima asalto las trincheras de la angustia me nombran su héroe los fantasmas, me cuesta respirar cuando termino. Sale caro señores ser poeta.
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José Antonio Ramírez Lozano: Los motivos del lobo
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Prelude in E minor Youtube.com A san Francisco ya ni la fe le asegura los milagros. El lobo se resiste a dejar de ser lobo y le devora dos pollitas habadas al síndaco de Gubbio. El santo entonces recurre a los productos rebajados del super de la esquina y le compra una lata Royal Canin de pollo y zanahoria para perros. Pero el lobo renuncia, firme en su convicción de no rendir su instinto, y esa noche cuentan que degüella a un viajante de comercio que iba de Cantiano a Chiaserna con su moto vendiendo cremalleras y medias de cristal para señoras. El santo, enfurecido, prueba a tentarlo con la mansedumbre doméstica, una vida de mascota, rendida al acomodo del dueño y ese chollo de una mutualidad veterinaria. El animal se niega. Y, cuando el santo alza la cruz, desesperado, el lobo aúlla palabras que aquí quedan: - Francisco, la bondad ha perdido a los hombres que en su dulce mansedumbre consienten la gran debilidad que los corroe, vendidos al consumo como están de sus propios engaños, de espaldas al instinto, convencidos de esa absurda indulgencia con la horda invasora que algún día acabará con ellos. Déjame ser feroz, ángel horrendo de los bosques, reclamo preclaro del arrojo entre la flor terrible de la pólvora. Y tú vuelve a tu ermita, renuncia de una vez a tu milagro. Este no es ya tu tiempo, Poverello.
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Vicente Aleixandre: Ciudad del paraíso
Voz: Manuel López Castilleja Música: Beethoven_Moonlight Sonata Youtube.com A mi ciudad de Málaga Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos. Colgada del imponente monte, apenas detenida en tu vertical caída a las ondas azules, pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas, intermedia en los aires, como si una mano dichosa te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes. Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira o brama por ti, ciudad de mis días alegres, ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo, angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas. Calles apenas, leves, musicales. Jardines donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas. Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, mecen el brillo de la brisa y suspenden por un instante labios celestiales que cruzan con destino a las islas remotísimas, mágicas, que allá en el azul índigo, libertadas, navegan. Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda. Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable, y donde las rutilantes paredes besan siempre a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos. Allí fui conducido por una mano materna. Acaso de una reja florida una guitarra triste cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo; quieta la noche, más quieto el amante, bajo la luna eterna que instantánea transcurre. Un soplo de eternidad pudo destruirte, ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste. Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron, eternamente fúlgidos como un soplo divino. Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela a la ciudad voladora entre monte y abismo, blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra! Por aquella mano materna fui llevado ligero por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día. Píe desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro. Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas. Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.
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José Ángel Buesa: Carta sin fecha
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_El Vals del Minuto Youtube.com Amigo: sé que existes, pero ignoro tu nombre. No lo he sabido nunca ni lo quiero saber. Pero te llamo amigo para hablar de hombre a hombre, Que es el único modo de hablar de una mujer. Esa mujer es tuya, pero también es mía. Si es más mía que tuya, lo saben ella y Dios. Sólo sé que hoy me quiere como ayer te quería, Aunque quizá mañana nos olvide a los dos. Ya ves: ahora es de noche. Yo te llamo mi amigo; Yo, que aprendí a estar solo para quererla más; Y ella, en tu propia almohada, tal vez sueña conmigo; Y tú, que no lo sabes, no la despertarás. ¡Qué importa lo que sueña! Déjala así, dormida. Yo seré como un sueño sin mañana ni ayer. Y ella irá de tu brazo para toda la vida, Y abrirá las ventanas en el atardecer. Quédate tú con ella. Yo seguiré el camino. Ya es tarde, tengo prisa, y aún hay mucho que andar, Y nunca rompo el vaso donde bebí un buen vino, Ni siembro nada, nunca, cuando voy hacia el mar. Y pasarán los años favorables o adversos, Y nacerán las rosas que nacen porque sí; Y acaso tú, algún día, leerás estos versos, Sin saber que los hice por ella y para ti.
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Ana María Matute: Envidia
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin Mariage d'Amour Youtube.com Martina, la criada, era una muchacha alta y robusta, con una gruesa trenza, negra y luciente, arrollada en la nuca. Martina tenía los modales bruscos y la voz áspera. También tenía fama de mal genio, y en la cocina del abuelo todos sabían que no se le podían gastar bromas ni burlas. Su mano era ligera y contundente a un tiempo, más de una nariz había sangrado por su culpa. Yo la recuerdo cargando grandes baldes de ropa sobre sus ancas de yegua, y dirigiéndose al río descalza, con las desnudas piernas, gruesas y morenas, brillando al Sol. Martina tenía la fuerza de dos hombres, según decía Marta, la cocinera, y el genio de cuatro sargentos. Por ello, rara era la vez que las demás criadas o alguno de los aparceros mantenían conversación con ella. —Por tu genio no tienes amigas ni novio —le decía Marta, que en razón de su edad era la única a quien toleraba confianzas—. Deberías ser más dulce y amigable. —Ni falta que me hace —le contestaba Martina, y mordisqueando un pedazo de pan se iba hacia el río, alta y forzuda, garbosa a pesar de su figura maciza. Realmente, hacía pensar que se bastaba a sí misma y que de nada ni de nadie necesitaba. Yo estaba convencida de que Martina estaba hecha de hierro y de que ninguna debilidad cabía en su corazón. Como yo lo creían todos, hasta aquel día en que, después de la cena, siendo ya vísperas de la Navidad, se les ocurrió en la cocina hablar del sentimiento de la envidia. —Mala cosa es —dijo Marta, al fin de todos—. Mala cosa es la envidia, pero bien triste, y cierto también que todos nosotros hemos sentido su punzada alguna vez. Todos callaron, como asintiendo, y quedaron pensativos. Yo, como de costumbre, asistía de escondidas a las reuniones. —Así es —dijo Marino, el mozo—. Todos hemos sentido la mala mordedura, ¿a qué negarlo? ¿Alguno hay aquí que no la sintiera al menos una vez en la vida? ¡Ah, vamos, supongo yo! Menos Martina, que no necesita nunca nada de nadie ni de nada. Todos miraron a Martina esperando su bufido o su cachete. Sin embargo, Martina se había quedado pensativa, mirando al fuego, y levantó levemente los hombros. Cruzó las manos sobre las rodillas. Ante su silencio, Marino se envalentonó: —¿Y cómo es eso, chica? ¿Tuviste tú envidia de algo alguna vez? Todos la miraban con curiosidad divertida. Sin embargo, cosa extraña, Martina no parecía darse cuenta de la pequeña burla que empezaba a flotar a su alrededor. Sin dejar de mirar a la lumbre, dijo lentamente: —¿Y por qué negarlo? Vienen ahora fechas santas y no quiero mancharme con mentiras: sentí la mordedura, es verdad. Una sola vez, es cierto, pero la sentí. Marta se echó a reír. —¿Puede saberse de qué tuviste envidia, Martina? Martina la miró, y yo vi entonces en sus ojos una dulzura grande y extraña, que no le conocía. —Puede saberse —contestó—, porque ya pasó. Hace mucho tiempo, ¡era yo una zagala! Se pasó la mano por los labios, de revés. Pareció que iba a sonreír, pero su boca seguía cerrada y seria. Todos la escuchaban sorprendidos, y al fin dijo: —Tuve envidia de una muñeca. Marino soltó una risotada, y ella desprecio. —Puede rebuznar el asno —dijo agriamente—, que nunca conocerá la miel. Mientras Marino se ruborizaba, Marta siguió: —Cuéntanos, muchacha, y no hagas caso. Martina dijo entonces, precipitadamente: —Nunca hablé de esto, pero todos sabéis que cuando padre se casó con Filomena yo no lo pasé bien. Marta asintió con la cabeza. —Fue verdadera madrastra, eso sí, muchacha. Pero tú siempre te supiste valer por ti misma. Martina se quedó de nuevo pensativa y el resplandor del fuego dulcificaba sus facciones de un modo desconocido. —Sí, eso es: valerme por mí misma… eso es cierto. Pero también he sido una niña. ¡Sí, a qué negarlo, cuernos, niña y bien niña! ¿Acaso no tiene una corazón?… Después que padre casó con Filomena, vinieron los zagales Mauricio y Rafaelín… ¡Todo era poco para ellos, en aquella casa…! Y bien, yo, en cambio, la grandullona, al trabajo, a la tierra. No es que me queje, vamos: sabido es que a esta tierra se viene, por lo general, a trabajar. ¡Pero tenía siete años! ¡Sólo siete años…! Al oír esto todos callaron. Y yo sentí un dolor pequeño dentro, por la voz con que lo dijo. Continuó: —Pues ésta es la cosa. Un día llegaron los del Teatrín… ¿recuerda usted, señora Marta, aquellos cómicos del Teatrín? ¡Madre, qué majos eran…! Traían un teatrillo de marionetas, que le decían. Me acuerdo que me escapé a verle. Tenía ahorrados dos realines, escondidos en un agujero de la escalera, y acudí… Sí, me gustó mucho, mucho. Ponían una función muy bonita, y pasaban cosas que yo no entendí muy bien. Pero sí que me acuerdo de una muñeca preciosa —la principal era—, lo más precioso que vi: pelo rubio hasta aquí, y unos trajes… ¡Ay, qué trajes sacaba la muñeca aquélla! ¡Mira que en cada escena uno diferente…! Y abanicos, y pulseras… ¡Como un sueño era la muñeca! Estuve yo como embobada mirándola… Bien, tanto es así, que, en acabando, me metí para adentro, a fisgar. Vi que la mujer del cómico guardaba los muñecos en un baulito. Y a la muñeca, que se llamaba Floriana, la ponía en otro aparte. Conque fui y le dije: «Señora, ¿me deja usté mirarla?». Ella, a lo primero, pareció que me iba a echar, pero luego se fijó más en mí, y me digo yo ahora si le daría lástima de verme descalza y rota como iba, y flacucha que me criaba, y dijo: «¿Pagaste tu entrada, chiquita?». «La pagué, sí, señora». Ella me miró más, de arriba a abajo, y por fin se rio así, para entre ella, y dijo: «Bueno, puedes mirarla si eso te gusta». ¡Vaya si me gustaba! Bizca me quedé: tenía la Floriana una maleta para ella sola y, ¡Virgen, qué de trajes, qué de pulserinas, coronas y abanicos! Uno a uno me los iba ella enseñando, y me decía: «Éste para esto, éste para lo otro». ¡Ay, Dios, un sueño parecía! Viéndola, a mí me arañaban por dentro, me arañaban gatos o demonios de envidia, y pena y tristura me daba, he de confesarlo. ¡Y cómo vivía aquella muñeca, cielo santo! ¡Cómo vivía! »En que llegué a casa, la Filomena me esperaba con la zapatilla y me dio buena tunda por la escapada. Sorbiéndome el moquillo me subí al escaño ande dormía, en el jergón de paja. Y me acordaba del fondo del baúl de sedas mullidas, donde dormía la Floriana y mirando mis harapos me venían a las mientes sus sedas y sus brazaletes. A la mañana, arreando, salí con el primer sol y me fui para el carro de los cómicos, descalza y medio desnuda como estaba, y me puse a llamar a voces a la señora, y en que salió, despeinada y con sueño, le pedí que me llevaran con ellos: por Dios y por todo, si me querían llevar con ellos, que, bien lavada y peinada, podía serles como de muñeca. Marta sonrió y le puso la mano en el hombro. —Vaya, muchacha —le dijo—. No te venga la tristeza pasada. Bien que te defendiste luego. ¡Poca envidia es esa tuya! Martina levantó la cabeza, con un gesto como de espantar una mosca importuna. —¡Y quién dice otra cosa! Nadie tiene que andarme a mí con compasiones. ¡Fresca estaría! ¡Cuántas querrían estar en mi lugar! ¡Pues sí que! De pecados de envidia estábamos hablando, no de tristeza.
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Mario Benedetti: La vieja inocencia
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Querida Isabel: Me decidí a escribirte porque estamos viejos (al menos yo lo estoy), solos, y con un océano de por medio. Un océano que también es de sucesos, guerras y paces, frustraciones, quereres y desquereres, urgencias y tardanzas. Te escribo porque ahora, aislado y medio tullido, tengo tiempo de sobra para recorrer parsimoniosamente mi currículum, no el que solemos redactar para entrevistadores y universidades, sino el otro, el verdadero. Por suerte, he ganado con mi trabajo lo suficiente como para tener un apartamento cómodo y bastante amplio, con estantes llenos de libros que ya no puedo leer, y paredes con varios de los muchos cuadros que dejó mi mujer, pertinaz en su oficio/arte hasta sólo unos meses antes de morir. Son muestras de una técnica correcta, impecable, con imágenes que trasmiten sosiego y se solazan con la veracidad de sus colores. Nunca tuve el valor de confesarle que su pintura no me interesaba y tengo la impresión de que ella (que no era nada tonta) supo captarlo con resignación. Creo, además, que no tuvo el coraje de decirme que mis sesudos ensayos filosóficos la dejaban indiferente. Pero gracias a ese intercambio de discreciones, convivimos y nos quisimos; moderadamente, es cierto, pero nos quisimos. Y no te oculto que su muerte significó para mí, no una catástrofe, pero sí una deshilachada tristeza. Tuvimos dos hijos que hace diez años se afincaron en Australia, donde fundaron una empresa (en Sidney) y les va bien, o al menos todo lo bien que les puede ir a dos expatriados voluntarios. Allí se casaron, el mayor con una australiana y el menor con una chilena. Me escriben dos o tres veces por año (para mi cumpleaños, para Navidad), pero no volvieron al país, ni siquiera de visita. No se los reprocho: la distancia es enorme y los pasajes cuestan una fortuna. De ellos tengo tres nietos, pero sólo los conozco en fotografías. Parecen lindos y saludables. A lo largo de tantos años vos y yo hemos vivido recíprocamente ausentes. Ahora voy a cumplir 84 y vos debés andar por los 82 ¿no? ¿Te sentís bien? Sé que tenés una hija y que tampoco está contigo, aunque reside y enseña en Liverpool, de modo que no la tenés tan lejos y me imagino que de vez en cuando atravesará el Canal de la Mancha (sobre todo ahora que hay ferrocarril) para ir a verte. Te preguntarás cómo es que tengo tantos datos sobre vos. Los he ido obteniendo, al compás de los años, gracias a un amigo argentino, Edelberto Ruiz, al que seguramente conocés, ya que al fallecimiento de tu marido quedó como albacea. Fue él quien me proporcionó tu dirección y hasta tu e-mail, pero no me entiendo con esas maquinarias, así que he optado por el calmoso ritmo del correo, y ni siquiera le pondré al sobre la etiqueta autoadhesiva de urgente, en la convicción de que a nuestras edades ya no hay urgencias. En realidad, resolví escribirte, después de mucho repasar mi camino, porque llegué a la conclusión de que te debo el momento más feliz y recordable de ese itinerario. Acaso vos también te acuerdes (ojalá), pero por las dudas te transcribiré lo que todavía es capaz de dictarme mi memoria, en cuyas repentinas lagunas es donde se nota especialmente mi edad vetusta (más que en el uso de mi bastón o en el moderado alerta prostático). Por suerte vos te has salvado (hasta ahora al menos) de los caprichos de mi olvido. Tendrías catorce años. Te recuerdo con toda nitidez, en la misa de los domingos, sentada siempre en la misma fila, nunca de rodillas, como ordenaba el cura, junto a tu madre que sí se hincaba. El pelo castaño te caía sobre los hombros. Yo me situaba (tampoco me arrodillaba) dos hileras atrás. A veces, aprovechando que tu madre rezaba con los ojos cerrados, te volvías y nos mirábamos y nos sonreíamos. Como dos tontos de época. Sólo después de tres o cuatro semanas de ese juego inútil, una tarde, a la hora de la siesta, nos encontramos al borde de un camino vecinal. No había nadie a la vista y todo surgió espontáneamente. Mi primer saludo fue abrazarte y la primera respuesta tuya fue abrazarme. Sin decir una sola palabra, nos besamos y besamos interminablemente, y como el bosquecito de pinos quedaba tan al alcance, sin ponernos previamente de acuerdo corrimos hacia allí. Además de los pinos había un espeso follaje. Ahí, sobre las hojas, nos estrenamos sexualmente, vírgenes y torpes pero encantados con nosotros mismos. ¿Te acordás ahora? ¿Qué pasó después? ¿Por qué no te volví a ver ni en la capilla ni en el camino vecinal ni en el bosquecito, sitios que fui recorriendo como si fueran una cadena de santuarios? Alguien me dijo que, precisamente el día siguiente a nuestro encuentro, te habías ido con tus padres. ¿Adónde? Nadie tenía noticias. ¿Acaso lo sabías cuando nos amamos? ¿Fue para no desperdiciar la única ocasión de que disponías? ¿O tus padres, fanáticos católicos, se enteraron de algo y decidieron ipso facto arrancarte de las garras del humilde satanás pueblerino que era este servidor? Hoy este viejo te hace justicia confirmándote que nunca fue tan feliz como sobre aquellas hojas otoñales y cómplices. Durante esta larga vida que se acerca a su punto final, me he acostado con varias mujeres, pero esas brevísimas relaciones extra conyugales (después de todo, no fueron tantas, meras oportunidades durante algún largo stage universitario) significaron muy poca cosa. Desahogos sexuales, qué menos, pero ni siquiera borradores de amor. Es curioso que en nuestro acto inaugural y clandestino no necesitáramos palabras, sólo hablamos con nuestros cuerpos incipientes, inocentes, ajenos a todo sentimiento de culpa, o, en todo caso, gozosos practicantes del mejor de los pecados. Gracias, Isabel, por aquel placer intacto. Gracias por alegrar todavía mi memoria octogenaria. Te abraza, MATÍAS.
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José María Arguedas: El joven que subió al cielo
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach Cello Suite 1 in G Youtube.com Había una vez un matrimonio que tenía un solo hijo. El hombre sembró la más hermosa papa en una tierra que estaba lejos de la casa que habitaban. En esas tierras la papa crecía lozana. Sólo él poseía esa excelsa clase de semilla. Empero, todas las noches, los ladrones arrancaban las matas de este sembrado, y robaban los hermosos frutos. Entonces el padre y la madre llamaron a su joven hijo, y le dijeron: -No es posible que teniendo un hijo joven y fuerte como tú, los ladrones se lleven todas nuestras papas. Anda a vigilar nuestro campo. Duerme junto a la chácara y ataja a los ladrones. El joven marchó a cuidar el sembrado. Y pasaron tres noches. La primera, el joven la pasó despierto, mirando las papas, sin dormir. Sólo al rayar la aurora le venció el sueño, y se quedó dormido. Fue en ese instante en que los ladrones entraron a la chácara, y escarbaron las papas. En vista de su fracaso, el mozo tuvo que ir a la casa de sus padres a contarles lo sucedido. Al oír el relato sus padres le contestaron: -Por esta vez te perdonamos. Vuelve y vigila mejor. Regresó el joven. Estuvo vigilando el sembrado con los ojos bien abiertos. Y justo, a la medianoche, pestañeó un instante. En ese instante los ladrones ingresaron al campo. Despertó el mozo y vigiló hasta la mañana. No vio ningún ladrón. Pero al amanecer tuvo que ir a la casa de sus padres a darles cuenta del nuevo robo. Y les dijo: -A pesar de que estuve vigilante toda la noche, los ladrones me burlaron tan sólo en el instante en que a la medianoche cerré los ojos. Al oír este relato los padres le contestaron: -¡Ajá! ¿Quién ha de creer que robaron cuando tú estabas mirando? Habrás ido a buscar mujeres, te habrás ido a divertir. Diciendo esto lo apalearon y le insultaron largo rato. Así, muy aporreado, al día siguiente, lo enviaron nuevamente a la chacra. -Ahora comprenderás cómo queremos que vigiles -le dijeron. El joven volvió a la tarea. Desde el instante en que llegó a la orilla del sembrado estuvo mirando el campo, inmóvil y atento. Esa noche la luna era brillante. Hasta la alborada estuvo contemplando los contornos del papal; así, mientras veía, le temblaron los ojos, y se adormiló unos instantes. En esa ráfaga de sueño que tuvo, mientras pestañeaba el mozo, una multitud de hermosísimas jóvenes, princesas y niñas blancas poblaron el sembrado. Sus rostros eran como flores, sus cabelleras brillaban como el oro; eran mujeres vestidas de plata. Todas juntas, muy de prisa, se dedicaron a escarbar las papas. Tomando la apariencia de princesas eran estrellas, que bajaron del altísimo cielo. El joven despertó entonces, y al contemplar la chácara exclamó: -¡Oh! ¿De qué manera podría yo apoderarme de tan bellísimas niñas? ¿Y, cómo es posible que siendo tan hermosas y radiantes puedan dedicarse a tan bajo menester? Pero, mientras esto decía, su corazón casi estallaba de amor. Y pensó para sí. -¿No podría, por ventura, reservar para mí siquiera una parejita de esas beldades? Y saltó a todo vuelo sobre las hermosas ladronas. Sólo en el último instante, y a duras penas, pudo apresar a una de ellas. Las demás se elevaron al cielo, como luces que se mueren. Y a la estrella que pudo apresar le dijo, enojado: -¿Con que erais vosotras las que robabais los sembrados de mi padre? -Diciéndole esto la llevó a la choza. Y no le dijo más acerca del robo. Pero luego agregó: -¡Quédate conmigo; serás mi esposa! La joven no aceptó. Estaba llena de temor y rogó al muchacho: -¡Suéltame, suéltame! ¡Ten piedad! Mira que mis hermanos le avisarán a mis padres. Yo te devolveré todas las papas que te hemos robado. No me obligues a vivir en la tierra. El mozo no dio oídos a los ruegos de la hermosa niña. La retuvo en sus manos. Pero decidió no volver a la casa de sus padres. Se quedó con la estrella en la choza que había junto al sembrado. Entre tanto, los padres pensaban: “Le habrán vuelto a robar las papas a ese inútil; no pueden haber otros motivos para que no se presente aquí.” Y como tardaba, la madre decidió llevarle comida al campo, y averiguar de él. Desde la choza, el muchacho y la niña atisbaban el camino. En cuanto vieron a la madre, la joven dijo al mozo: -De ninguna manera puedes mostrarme, ni a tu padre ni a tu madre. Entonces el joven corrió a dar alcance a su madre, y le gritó desde lejos: -¡No, mamá; no te acerques más! ¡Espérame atrás, atrás! Y recibiendo la comida en aquel lugar, tras la choza, llevó los alimentos a la princesa. La madre se volvió apenas hubo entregado el fiambre. Cuando llegó a su casa, contó a su esposo: -Así es como nuestro hijo ha aprisionado a una ladrona de papas que bajó de los cielos. Es así como la cuida en la choza. Y con ella dice que se casará. No permite que nadie se aproxime a su choza. Entre tanto el joven pretendía engañar a la doncella. Y le decía: -Ahora que es de noche, vamos a mi casa. Pero la princesa insistía: -De ninguna manera deben verme tus padres, ni puedo encontrarme con ellos. Sin embargo el mozo la engañó, diciéndole: -Otra es mi casa. Y durante la noche la llevó por el camino. De este modo, y sin que ella quisiera, la hizo entrar al hogar de sus mayores y la mostró a sus padres. Los padres recibieron asombrados a esa criatura, de tal manera luminosa y bella que la palabra no es capaz de describirla. La cuidaron y criaron, teniéndola muy bien amada. Sin embargo, no la dejaban salir. Y nadie la conoció ni vio. Y ya hacía mucho tiempo que la princesa vivía con los padres del joven. Llegó a estar encinta y dio a luz. Mas la criatura murió, sin saberse por qué, misteriosamente. La ropa luminosa de la joven la guardaban encerrada. A ella la vestían de ropas comunes; y así la criaban. Cierto día, el joven fue a trabajar lejos de la casa; y mientras estaba fuera, la niña pudo salir, haciendo como que sólo iba por ahí cerca. Y se volvió a los cielos. El mozo llega a su casa. Pregunta por su mujer. No la encuentra. Y como ve que ella ha desaparecido, suelta el llanto. Cuentan que vagó por los montes, llorando con locura, sonámbulo, enajenado, caminando por todas partes. Y en una de las cimas solitarias a donde llegó se encontró con un cóndor divino. Entonces el cóndor le dijo: -Joven, ¿por qué causa lloras de esta suerte? Y el mozo le contó su vida. -He aquí, señor, que era mía la mujer más hermosa. Ahora no sé por qué caminos ha partido. Estoy extraviado. Temo que haya huido a los cielos de donde vino. Y cuando dijo esto, el cóndor le respondió: -No llores, joven. Es cierto; ella ha vuelto al alto cielo. Pero, si quisieras y es tanta tu desventura, yo te cargaré hasta ese mundo. Sólo te pido que me traigas dos llamas. Una para devorarla aquí, la otra para el camino. -Muy bien, señor –contestó el mozo-. Yo te traeré las dos llamas que me pides. Te ruego esperarme en este mismo sitio. E inmediatamente se dirigió a su casa en busca de las llamas. Luego que llegó, dijo a sus padres: -Padre mío, madre mía: voy en busca de mi esposa. He encontrado a quien puede llevarme hasta el lugar donde ella se encuentra. Sólo pide dos llamas en pago de tan gran favor; y voy a llevárselas ahora mismo. Y cargó las dos llamas para el cóndor. El cóndor devoró inmediatamente una, hasta el hueso de los huesos, arrancando las carnes con su propio pico. A la otra la hizo degollar con el joven, para comerla en el camino. E hizo que el mozo se echara la res degollada en las espaldas; luego le ordenó que subiera sobre una roca; cargó al joven, y le hizo esta advertencia: -Has de cerrar y apretar los párpados; por ninguna causa abrirás los ojos. Y cada vez que yo te diga: “¡Carne!”, me pondrás en el pico un trozo de la llama. Luego el cóndor levantó el vuelo. El hombre obedeció y no abrió los ojos en ningún instante; tenía los párpados cerrados y duros. “¡Carne!”, pedía el Mallku, y luego el mozo cortaba grandes trozos de llama y le metía en el pico. Pero en lo más raudo del viaje, se acabó el fiambre. Antes de alzar vuelo, el cóndor le había advertido al joven: “Si cuando diga ¡Carne! no me pones carne en el pico, donde quiera que estemos, te soltaré”. Ante ese temor, el joven empezó a cortarse trozos de su pantorrilla. Cada vez que el cóndor le pedía carne, le servía las raciones de su propia carne. Así, a costa de su sangre, consiguió que el cóndor le hiciera llegar hasta el cielo. Y se cuenta que tardaron tres años en elevarse a tan gran altura. Cuando llegaron, el cóndor descansó un rato; luego volvió a cargar al joven y voló hasta la orilla de un mar lejano. Allí le dijo al mozo: -Ahora, mi querido, báñate en este mar. El joven se bañó en seguida. Y también el cóndor se bañó. Ambos habían llegado al cielo, sucios negros de barba; viejos. Pero cuando salieron del baño estaban hermosamente rejuvenecidos. Entonces le dijo el cóndor: -En la otra orilla de este lago, frente a nosotros, hay un gran santuario. Allí se ha de celebrar una ceremonia. Anda, y espera en la puerta de ese hermoso templo. A la ceremonia han de asistir las jóvenes del cielo; son una multitud, y todas tienen el mismo rostro que tu esposa. Cuando ellas estén desfilando junto a ti, no has de dirigirle la palabra a ninguna, porque la que es tuya vendrá la última, y te dará un empujón. Entonces la asirás y por ningún motivo la soltarás. El joven obedeció al cóndor. Llegó a la puerta del gran recinto, y esperó de pie. Y llegaron una infinidad de jóvenes de idéntico rostro. Entraban, entraban; una tras de otra. Todas miraban impasibles al hombre. Él no podía reconocer entre tantas a la que era su mujer. Y cuando estaban ingresando las últimas, de pronto, una de ellas le dio un empujón con el brazo; y también entró al gran templo. Era el resplandeciente templo del Sol y de la Luna, padre y madre de todas las estrellas y de todos los luceros. Allí, en ese templo, se reunían los seres celestiales; allí venían los luceros para adorar el Sol, día a día. Cantaban melodiosamente para el Sol; cual jóvenes blancas, las estrellas; como innumerables princesas, los luceros. Cuando terminó la ceremonia, las jóvenes empezaron a salir. El mozo seguía esperando en la puerta. Ellas volvieron a mirarle con igual indiferencia que antes. Y nuevamente le era imposible distinguir entre todas a la que era su esposa. Y como en la primera vez, de pronto, una de las princesas le dio un empujón con el brazo, y luego pretendió huir; pero él entonces la pudo aprisionar. Y no la soltó. Ella lo guío a su casa diciéndole: -¿A qué has venido hasta aquí? Yo iba a volver donde ti, de todos modos. Cuando llegaron a la casa, el mozo tenía el cuerpo frío a causa del hambre. Viéndolo así, ella le dijo: -Toma este poco de quinua y cocínalo. Le dio una cuchara escasa de quinua. Entre tanto el joven lo observaba todo, y vio de qué lugar ella sacaba la quinua. Y cuando vio los pocos granos de quinua que tenía en las manos, dijo para sí: “¡La miseria que me ha dado! ¿Cómo es posible que esto aplaque mi hambre de todo un año?” Y la joven le dijo: -Es necesario que vaya un instante donde mis padres. No debes mostrarte ante ellos. Mientras vuelvo, haz una sopa con la quinua que te he dado. Apenas salió ella, el joven se puso de pie, se dirigió al depósito y trajo una buena porción de quinua y la echó a la olla. De pronto, la sopa rebosó, hirviente, y se desbordó a chorros. Él comió todo lo que pudo, se hartó hasta donde ya no era posible más, y enterró el resto. Pero aún de debajo de la tierra la quinua empezó a brotar. Y cuando estaba en ese trance, volvió la princesa, y le dijo: -¡No es de esta manera como se debe comer nuestra quinua! ¿Por qué aumentaste la ración que te dejé? Y se dedicó a ayudar al mozo a esconder la quinua rebosada para que los padres de ella no lo descubrieran. Entre tanto le advirtió: -No deben verte mis padres. Sólo puedo tenerte escondido. Y así fue. Él vivía escondido; y la hermosa estrella le llevaba alimentos a su refugio. Durante un año vivió de esta suerte el mozo con su esposa. Y apenas cumplido el año, ella se olvidó de llevarle alimentos. Un día salió, diciéndole: “Ha llegado la hora en que debes irte”; y no volvió a aparecer más en la casa. Lo abandonó. Entonces, con el rostro lleno de lágrimas, el joven se dirigió nuevamente a la orilla del mar del cielo. Cuando llegó allí, vio que desde la lejanía surgía el cóndor. El joven corrió para darle alcance. El cóndor voló hasta posarse junto a él; y así observó que el Mallku Divino había envejecido. El cóndor a su vez vio que el mozo estaba avejentado y marchito. Cuando se encontraron, ambos gritaron al mismo tiempo: -¿Qué ha sido de ti? El joven volvió a contarle su vida, y se quejó: -Así, Señor, de este modo triste, mi mujer me ha abandonado. Se ha ido para siempre. El cóndor lamentó la suerte del mozo. -¿Cómo es posible que haya procedido de este modo? ¡Pobre amigo! -le dijo. Y acercándose más, le acarició con sus alas, dulcemente. Como en el primer encuentro, le rogó el joven: -Señor, préstame tus alas. Vuélveme a tierra a casa de mis padres. Y el cóndor le respondió: -Bien. Te llevaré. Pero antes nos bañaremos en este mar. Y ambos se bañaron; y rejuvenecieron. Y saliendo del agua, el cóndor le dijo: -Tendrás que volverme a dar dos llamas por mi trabajo de cargarte nuevamente. -Señor, cuando esté en mi casa te entregaré las dos llamas. El Cóndor aceptó; se echó al joven sobre sus alas y emprendió el vuelo. Durante tres años estuvieron volando hacia la tierra. Y cuando llegaron, el mozo cumplió y entregó al cóndor dos llamas. El mozo entró a su casa y encontró a sus padres muy viejos, muy viejos, cubiertos de lágrimas y de pena. El cóndor dijo a los ancianos: -He aquí que les devuelvo a vuestro hijo, sano y salvo. Ahora debéis criarlo cariñosamente. El joven dijo a sus padres: -Padre mío, madre mía: ahora ya no es posible que pueda amar a ninguna otra mujer. Ya no es posible encontrar una mujer como la que fue mía. Así, solo, viviré, hasta que venga la muerte. Y los ancianos le contestaron: -Está bien. Como tú quiera, hijo mío, solo te criaremos, si no es tu voluntad tomar otra esposa. Y de este modo vivió, con una gran agonía en el corazón. -He aquí este corazón que amó tanto a una mujer. He vagado sufriendo todos los dolores. Y he de entregarme ahora al llanto.
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Guadalupe Dueñas: Historia de Mariquita
Voz: Manuel López Castilleja Música: Boccherini_Menuetto Youtube.com Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete. Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama. Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero. Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban. Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa. Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia. Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir. Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba. Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo. Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece. Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita. Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés. Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial. La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso. Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corría la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que ni siquiera levantaron calumnias. Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje. Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario. Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas. Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía.
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Gioconda Belli: Desafío a la vejez
Voz: Manuel López Castilleja Música: Paganini_Capriccio14 Youtube.com Cuando yo llegue a vieja -si es que llego- y me mire al espejo y me cuente las arrugas como una delicada orografía de distendida piel. Cuando pueda contar las marcas que han dejado las lágrimas y las preocupaciones, y ya mi cuerpo responda despacio a mis deseos, cuando vea mi vida envuelta en venas azules, en profundas ojeras, y suelte blanca mi cabellera para dormirme temprano -como corresponde- cuando vengan mis nietos a sentarse sobre mis rodillas enmohecidas por el paso de muchos inviernos, sé que todavía mi corazón estará -rebelde- tictaqueando y las dudas y los anchos horizontes también saludarán mis mañanas".
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983
Eduardo Galeano La creación
Voz: Manuel López Castilleja Música: Scarlatti-Sonata L366 Youtube.com La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando. Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio. Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento. La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro de huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los creaba y cantando decía: – Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.
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Adela Fernández: La jaula de la tía Enedina
Voz: Manuel López Castilleja Música: Barber_Adagio for Strings Youtube.com Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda; en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre; así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a mi tía. Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas. Entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina. Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro, le regaló una enorme jaula de latón para que en su vejez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo. Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben haber sido así. Tía Enedina, vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo. La verdad, a mí me da mucha lástima mi tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto… ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta de que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas. A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que, por más empeño que puse, no podía regalarle. Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos se encarnaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara. Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero. Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto, a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta, ríe, mueve negativamente su cabeza. Parece no desear más que tener un pájaro; sin embargo, insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla. Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible. Ya dentro del cuarto, quise hacerle el amor, pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento. Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…
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Emilia Pardo Bazán: Delincuente honrado
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin Mariage d' Amour Youtube.com De todos los reos de muerte que he asistido en sus últimos instantes —nos dijo el padre Téllez, que aquel día estaba animado y verboso— el que me infundió mayor lástima fue un zapatero de viejo, asesino de su hija única. El crimen era horrible. El tal zapatero, después de haber tenido a la pobre muchacha rigurosamente encerrada entre cuatro paredes; después de reprenderla por asomarse a la ventana; después de maltratarla, pegándola por leves descuidos, acabó llegándose una noche a su cama, y clavándola en la garganta el cuchillo de cortar suela. La pobrecilla parece que no tuvo tiempo ni de dar un grito, porque el golpe segó la carótida. Esos cuchillos son un arma atroz, y al padre no le tembló la mano; de modo que la muchacha pasó, sin transición, del sueño a la eternidad. La indignación de las comadres del barrio y de cuantos vieron el cadáver de una criatura preciosa de diez y siete años, tan alevosamente sacrificada, pesó sobre el jurado; y como el asesino no se defendía y parecía medio estúpido, le condenaron a la última pena. Cuando tuve que ejercer con él mi sagrado ministerio, a la verdad, temí encontrar, detrás de un rostro de fiera, un corazón de corcho, o unos sentimientos monstruosos y salvajes. Lo que vi fue un anciano de blanquísimos cabellos, cara demacrada y ojos enrojecidos, merced al continuo fluir de las lágrimas, que poco a poco se deslizaban por las mejillas consumidas, y a veces paraban en los labios temblones, donde el criminal, sin querer, las bebía y saboreaba su amargor. Lejos de hallarle rebelde a la divina palabra, apenas entré en su celda se abrazó a mis rodillas y me pidió que le escuchase en confesión, rogándome también que, después de cumplir el fallo de la justicia, hiciese públicas sus revelaciones en los periódicos, para que rehabilitasen su memoria y quedase su decoro como correspondía. No juzgué procedente acceder en este particular a sus deseos; pero hoy los invoco, y me autorizan para contarles a ustedes la historia. Procuraré recordar el mismo lenguaje de que él se sirvió, y no omitiré las repeticiones, que prueban el trastorno de su mísera cabeza: —Padre confesor —empezó por decir—, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña… que maté… nació… al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también…, ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos… y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene…, heredan otras cosas… Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero… ¡a caballero no me ha ganado nadie!” La madre…, yo me miraba en sus ojos, porque la quería de alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo…, ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina… No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como la celebraron la voz y las coplas, y empezaron a remolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y este que encaja una pulla, y aquel que suelta un requiebro…, en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y le dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural y que no le rompiese la cabeza con sermones… De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña…, que tenía sus cinco añitos y era como un sol. —Aquí —intercaló el padre Téllez— tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió: —Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo… Y lo que más me barajaba los sesos (¡porque la honra trabaja mucho!) era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza… Yo que tú, la mato.» De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza… ¡Había que matarla!». Solo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América…, ¡qué sé yo adónde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su hija…! El reo tuvo un ataque de risa convulsiva, y le sosegué otra vez a fuerza de exhortaciones y consejos. —Así que se me quitó de la imaginación la madre, empecé a cuidar de la niña. No tenía otra cosa para qué mirar en el mundo. Me propuse que no había de perderse, ni arrimarme otro tiznón, y no la dejé salir ni al portal. Aunque me dijese, es un verbigracia: «Padre, tengo ganas de correr», o «Padre, me pide el cuerpo ir a la plazuela», nada, yo sujetándola, que se divirtiese con su canario, o con los pliegos de aleluyas, o con la maceta de albahaca, ¡pero sin sacar un dedo fuera! Y así que fue espigando, y me hice cargo de que era muy bonita, tan bonita como su madre, y parecida a ella como una gota a otra gota… y con una voz de ángel también, se me abrieron los ojos de a cuarta, y dije: «No, lo que es tú… no has de echarme el borrón». Y me convertí en espía, y la velé hasta el sueño, y no contento con guardarla dentro de casa, me paseaba por la callejuela debajo de su ventana, a ver si andaba por allí algún zángano; tanto que la castañera de la esquina me dijo así: «Abuelo, está usted chiflado. ¿A quién se le ocurre rondar a su propia hija? ¡Qué viejos más escamones!» Pero no lo podía remediar. Toda cuanta candidez y buena fe había tenido con la madre, ahora se me volvía desconfianza; se me había clavado aquí, entre las cejas, que mi hija se perdería, que era infalible que se perdiese, sobre todo si daba en cantar. Y me eché de rodillas delante de ella, y la obligué a que me jurase que no cantaría nunca, así se hundiese el mundo. Y me lo juró. Solo que, como ya no era yo aquel de antes, de allí a pocas mañanas, acechando desde la esquina, la veo que abre la ventana, que se pone a regar las macetas, y que al mismo tiempo, a competencia con el canario, rompe a cantar… Me dio la sangre una vuelta redonda y se me quedaron las manos frías. Volví a casa, entré en el cuarto de la muchacha, la cogí por el pelo y debí de pegarla bastante, porque gritó y estuvo más de una semana con una venda. ¿Creerá usted, padre, que se enmendó? A los quince días vuelvo a rondar y vuelve a asomarse, y otra vez el canticio, y enfrente un grupo de mozalbetes que se para y le dice muchos oles… Callé; no entré a castigarla. Y por la tarde, mientras batía mi suela, me parecía que una voz rara, como de algún chulo que se reía de mí, me decía igual que doce años antes: «No tienes vergüenza… Había que matarla». Cené muy triste, y después de que me acosté, la misma voz, erre que erre: «Matarla, matarla…» Entonces me levanté despacio, cogí la herramienta, fui en puntillas, me acerqué a la cama, y de un solo golpe… Ahora hagan de mí lo que quieran, que ya tengo mi honra desempeñada. —¿Creerán ustedes —añadió el padre Téllez— que no le pude quitar la tema de la honra? Se arrepentía… pero a los dos minutos volvía a porfiar que era un caballero, y su conducta, más que culpable, ejemplar… En este terreno casi murió impenitente… —Estaría loco —dijimos, a fin de consolar al sacerdote, que se había quedado muy abatido al terminar su relato.
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Vicente Aleixandre: Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla
Voz: Manuel López Castilleja Música: Shostakovich Waltz 2 Youtube.com Se ven pobres mujeres que corren en las calles como bultos o espanto entre la niebla. Las casas contraídas, las casas rotas, salpicadas de sangre: las habitaciones donde un grito quedó temblando, donde la nada estalló de repente, polvo lívido de paredes flotantes, asoman su fantasma pasado por la muerte. Son las oscuras casas donde murieron niños. Miradlas. Como gajos se abrieron en la noche bajo la luz terrible. Niños dormían, blancos en su oscuro. Niños nacidos con rumor a vida. Niños o blandos cuerpos ofrecidos que, callados los vientos, descansaban. Las mujeres corrieron. Por las ventanas salpicó la sangre. ¿Quién vio, quién vio un bracito salir roto en la noche con la luz de sangre o estrella apuñalada? ¿Quién vio la sangre niña en mil gotas gritando: ¡crimen, crimen!, alzada hasta los cielos como un puñito inmenso, clamoroso? Rostros pequeños, las mejillas, los pechos, El inocente vientre que respira: La metralla los busca, la metralla, la súbita serpiente, muerte estrellada para su martirio. Ríos de niños muertos van buscando un destino final, un mundo alto. Bajo la luz de la luna se vieron las hediondas aves de la muerte: aviones, motores, buitres oscuros cuyo plumaje encierra la destrucción de la carne que late, la horrible muerte a pedazos que palpitan y esta voz de las víctimas, rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido. Todos la oímos. Los niños han gritado. Su voz está sonando. ¿No oís? Suena en lo oscuro. Suena en la luz. Suena en las calles. Todas las casas gritan. Pasáis, y de esa ventana rota sale un grito de muerte. Seguís. De ese hueco sin puerta sale una sangre y grita. Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados gritan, gritan. Son niños que murieron. Por la ciudad gritando, un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba. No lo miréis: sentidlo. Pequeños corazones, pechos difuntos, caritas destrozadas. No los miréis: oídlos. Por la ciudad un río de dolor grita y convoca. Sube y sube y nos llama. La ciudad anegada se alza por los tejados y alza un brazo terrible. Un solo brazo. Mutilación heroica de la ciudad o su pecho. Un puño clamoroso, rojo de sangre libre, que la ciudad esgrime, iracunda y dispara
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María Lejárraga: Día de reyes
Voz: Manuel López Castilleja Música: Strauss_Vals del emperador Youtube.com I Sentada en una silla, con un montón de ropa que coser al lado, mirando a menudo las despiadadas manecillas del reloj que con su vertiginosa carrera iban robándole horas de sueño, movía maquinalmente sus helados dedos que se resistían a seguir trabajando. ¡Cuántas penas. cuántos afanes. cuántas angustias! Desde el aciago día en que la muerte posó su fría y descarnada mano sobre el pecho del que era alma de su alma, no había gozado un instante de dicha, no había descansado un momento, no abandonó un solo día el penoso trabajo con que procuraba el pan para su hijo. Pero lo triste, lo desconsolador, lo desesperante, era que aquellos ojos, siempre anegados en lágrimas, cansados de llorar, iban de día en día perdiendo facultades. Ya no eran como antes esclavos de su voluntad; ya no podía utilizarlos el tiempo que necesitaba; ahora se imponían ellos, y al cabo de unas cuanta horas de trabajo, perdían su fijeza, se cubrían de espeso velo y se cerraban al fin. ¡Aquello era horrible! Poco a poco irían debilitándose más, acabarían por ser inútiles, y entonces... no quería pensarlo: se morirían de hambre. ¡Qué angustia! Por ella no, a ella le importaba poco sufrir; pero aquel niño, aquel ángel, aquel pedazo de su ser que tanto quería, no podía pedir pan para que se lo negasen. Estaba rendida, la costura apenas adelantaba. Se acostaría, sí; no tenía lumbre para vencer el frío de aquella noche de Enero que, helando sus huesos, inutilizaba sus dedos para el trabajo. II El niño no consiguió dormirse: soñaba despierto. Vio primero a los espléndidos Reyes Magos en su riquísimo palacio recorriendo con aire majestuoso habitaciones de cristales de colores, de oro y piedras preciosas; los vio llegar a un inmenso almacén de juguetes de todas clases que iban mandando recoger para llenar sus equipajes; salieron de allí; el niño los veía atravesar lentamente la esfera celeste, oscura y triste; pensó primero en el frío que podían pasar, pero se tranquilizó después al recordar sus lujosos trajes de riquísimas pieles. Al fin llegaron a la tierra, y los vio depositando en cada balcón un regalo que enloquecería después al dueño del zapatito que aligeraba el trabajo de los Reyes. Él sería uno de ellos. Sin que su mamá se enterase, antes de acostarse, había sacado a la ventana (¡porque él no tenía balcón!) una de sus botitas diminutas y viejas. No pudo esperar más tiempo. Apenas despuntó el día, saltó precipitadamente de la cama, y andando muy despacio, de puntillas, para no hacer ruido, llegó a la habitación contigua a la calle. Les había pedido un caballo, un caballo muy grande, que moviese las patas, que comiese, para dar envidia a su vecinito de al lado. Su mano temblaba... abrió la ventana... ¡Qué terrible desencanto! Halló su botita, sí, pero vacía, mojada por la lluvia de la noche que acaba de expirar... ¡Qué dolorosa impresión! No se daba cuenta de lo que le sucedía; miró en derredor, vio en las demás ventanas las ofrendas humildes o ricas de los Reyes tan ingratos para con él, que toda la noche había estado pensando en ellos, y se humedecieron sus ojos y se helaron dos lágrimas en sus mejillas. Volvió a la cama con el cuerpo helado y el corazón deshecho por la perdida ilusión; escondió, la cabeza entre las sábanas, se acordó de su padre muerto, del abandono de los Reyes, que habían hecho más triste su soledad y su pobreza, y esperó, sufriendo horriblemente, la salida del sol y la visita de su madre, que vendría, como de costumbre, a depositar en su pura frente el primero de los innumerables besos diarios. III Apenas si tuvo fuerzas para contarle lo que le había sucedido: el penetrante frío de la mañana le había herido de muerte. Rompió a llorar, y al ver a su madre entristecida por su llanto, abrió mucho los ojos poniendo en ellos toda la ternura de su alma, y dijo, agotando las pocas fuerzas que le quedaban, con voz apagada y melodiosa: "El señor cura dice que las lágrimas de los niños buenos se convierten en bálsamo celestial que purifica las almas..." . -¿Soy yo bueno, mamá? Unos minutos más tarde recogieron el alma de aquel precioso niño dos hermosos ángeles que habían estado a su lado en los últimos momentos de su vida. Su cuerpo quedó inerte y frío entre los brazos de aquella mujer, que veía perderse con él lo único sonriente y acariciador de su existencia.
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Amalie Skram: La Navidad de Karen
Voz: Manuel López Castilleja Música: Strauss_Vals del emperador Youtube.com En uno de los muelles donde atracaban los vapores de Christiania, había hace ya algunos años una casucha de madera, con el tejado plano y sin chimenea, de unos dos metros y medio de largo por algo menos de ancho. En sus dos paredes transversales se abrían sendos ventanucos, uno frente al otro. La puerta, que miraba al mar, se cerraba desde dentro y desde fuera con unos garfios de hierro que se enganchaban a armellas de este mismo metal. En su día la habían levantado para que los barqueros tuviesen un techo bajo el que guarecerse de la lluvia y el frío del invierno mientras esperaban, ociosos, a que alguien requiriese sus servicios. Después, cuando los vapores pequeños empezaron a engullir más y más tráfico, los barqueros se marcharon con la música a otra parte y la casa pasó a ser refugio ocasional de todos y de ninguno. Los últimos en utilizarla habían sido unos canteros que pasaban a comer de dos en dos un verano que repararon parte del muelle. Desde entonces nadie había vuelto a prestar atención a aquella vieja casucha, y si continuaba en pie era porque las autoridades portuarias no habían tenido la ocurrencia de echarla abajo y porque nunca recibieron quejas de que estorbase a nada ni a nadie. Hasta una noche de invierno poco antes de Navidad. Caía una suave nevada, pero los copos se derretían antes de tocar el suelo, dejando aún más empapada y grasienta la capa viscosa que recubría los adoquines del muelle. La nieve se acumulaba en los faroles de gas y en las grúas a vapor como una funda grisácea llena de flecos, y al acercarse a los barcos se entreveía en la oscuridad que colgaba de los aparejos como guirnaldas entre los mástiles. El aire brumoso y gris hacía lucir las llamas de los faroles con un sórdido resplandor anaranjado, mientras que las linternas de los barcos tenían un brillo turbio y rojizo. De cuando en cuando, la campana de un barco rasgaba la atmósfera húmeda como un bramido brutal porque a bordo la tocaban para el cambio de guardia. El policía que patrullaba por el muelle se detuvo delante de un farol a la puerta de la antigua casa de los barqueros y sacó su reloj para ver si la noche estaba ya avanzada, pero, al acercarlo a la luz, oyó lo que parecía el llanto de un niño. Bajó la mano, escudriñó por todas partes y escuchó con atención. No, no era eso. Vuelta a levantar el reloj. Allí estaba de nuevo el llanto, esta vez confundido con un tenue siseo. Otra vez bajó la mano y otra vez se hizo el silencio. Pero ¿qué tomadura de pelo era ésa? Empezó a olisquear, pero no descubrió nada. Por tercera vez acercó el reloj al resplandor del gas y en esta ocasión pudo ver en paz que ya iban a dar las cuatro. Continuó con su ronda por delante de la casa no sin cierta extrañeza, aunque acabó llegando a la conclusión de que eran imaginaciones suyas o algo semejante. Cuando, al cabo de un rato, desanduvo el camino andado y se acercó a la casucha, la miró de soslayo. ¿Qué era eso? ¿Acaso no estaba viendo a alguien moverse dentro? A través de las ventanas, los faroles del muelle iluminaban el interior de tal modo que la luz parecía salir de dentro. Se acercó a echar un vistazo. En efecto, había alguien: una figura encorvada sentada en un banco debajo de la ventana e inclinada sobre algo que él no alcanzaba a ver. Un paso le bastó para doblar la esquina y llegar hasta la puerta. Estaba atrancada. —¡Abran! —gritó al llamar. Oyó el ruido de alguien al levantarse precipitadamente, luego una especie de chillido sofocado y después se hizo el silencio. Volvió a aporrear la puerta repitiendo: —¡Los de dentro, abran! Abran de inmediato. —¿Qué ocurre? Dios mío, si aquí no hay nadie —contestó una voz asustada al otro lado. —Abran. ¡Es la policía! —¡Jesús, la policía…! Ay, Dios mío, si soy yo nada más, no estoy haciendo nada, solo estaba aquí, ¿entiende usted? —Haga el favor de abrir ahora mismo o ya verá lo que es bueno. ¿Quiere…? No llegó a acabar la frase, porque en ese mismo instante la puerta se abrió y él se apresuró a agacharse, cruzar el umbral y entrar en una habitación tan baja que a duras penas podía mantenerse erguido. —¿Es que está loca? ¡No abrirle a la policía! ¿En qué estaba usted pensando? —Perdóneme, señor policía… Ya ve usted que le he abierto. —Y ha sido lo más juicioso —refunfuñó él—. ¿Quién es y quién le ha dado permiso para acomodarse aquí? —Soy Karen, nada más —susurró ella—. Estoy aquí con mi hijo. El policía inspeccionó más detenidamente a su interlocutora. Era una mujer menuda con el rostro fino y pálido, marcado por una profunda cicatriz escrofulosa en la mejilla y que estaba más derecha que una vela; no parecía aún adulta. Llevaba una prenda de abrigo de color castaño claro —una especie de capote o chaquetón cuya hechura denotaba que había conocido tiempos mejores— y una falda más oscura, reducida a jirones por abajo, que le llegaba a la altura de los tobillos y dejaba entrever unos pies enfundados en unas botas militares agujereadas y sin cordones. En el brazo sostenía un hatillo de harapos apretado contra el regazo, y por uno de los extremos del hato asomaba algo blanco: la cabeza de una criatura que chupaba un pecho escuálido. Se tocaba con un retazo de pañuelo anudado a la barbilla y por la nuca le asomaban unas guedejas. El frío la estremecía de la cabeza a los pies y, cada vez que se movía, de sus botas escapaba un sinfín de chapoteos y crujidos, como si caminara sobre una sustancia pastosa. —No creía que molestara a nadie —continuó en tono quejumbroso—, estaba aquí el cobertizo… El policía se sentía acongojado. Su primera intención había sido echarla de allí con contundencia y dejarla marchar después de amonestarla. Sin embargo, ver a esta pobre niña con su criatura miserable entre los brazos, pegada al banco, pero sin atreverse a sentarse por miedo y por humildad, lo conmovió. —Pero en el nombre de Cristo… ¿qué haces aquí, niña mía? Al percibir la ternura de su tono, el miedo de la joven dio paso al llanto. El policía cerró la puerta. —Anda, siéntate —dijo—, que el niño pesa mucho para tenerlo en brazos. Ella se dirigió lentamente al banco. —Bueno, bueno —intentó alentarla él mientras tomaba asiento en el banco de enfrente. —Se lo pido por Dios, señor policía… deje que me quede aquí —le rogó la mujer entre lágrimas—. No molestaré a nadie… a nadie… Lo dejaré todo limpio… Ya ve usted… aquí no hay suciedad… Eso de ahí son mendrugos de pan —añadió señalando un atadijo de trapos que había en el suelo—. De día salgo a pedir… En la botella tengo un poco de agua… Deje que me quede aquí por las noches hasta que recupere mi puesto… si volviese la señora… Se interrumpió y se sonó con los dedos, que luego se limpió en la falda. —Y ¿quién es esa señora? —preguntó el policía. —Yo servía en su casa… Tenía una colocación muy buena; cuatro coronas al mes y el almuerzo, pero entonces di un mal paso y tuve que marcharme, claro. La señora Olsen fue en persona a procurarme una plaza en la casa de maternidad; es tan buena la señora Olsen… Seguí sirviendo hasta el día que tuve que ir a la maternidad y guardar cama, porque la señora Olsen está sola y dijo que me tendría en su casa hasta que ya no pudiera. Pero entonces la señora Olsen tuvo que salir de viaje, porque es comadrona, y cayó enferma estando en el campo, y ahora dicen que no habrá vuelto hasta el día de Navidad. —Pero, por el amor de Dios, no puedes ir de acá para allá con esta criatura mientras esperas a la señora. ¿Qué sentido tiene eso? El policía la miró con aire contrariado. —No tengo adónde ir —se lamentó la mujer—. Desde que murió mi padre ya no queda quien me ampare cuando mi madrastra me echa. —Pero ¿y el padre del niño? —El padre, claro —dijo con un gesto apenas perceptible—. A ése no hay quien lo meta en vereda. —Pero sabes que puedes hacer que lo condenen a pagar por el niño, ¿verdad? —Sí, eso me han dicho. Pero ¿cómo, si no lo encuentran? —Dime cómo se llama y te garantizo que aparecerá —aseguró el policía. —Quién lo supiera —dijo la joven con calma. —¡Cómo! ¿No sabes cómo se llama el padre de tu propio hijo? Karen se metió el dedo en la boca y empezó a chupárselo. Su cabeza cayó hacia delante. Una sonrisa boba y desvalida se pintó en su rostro. —N… o… —susurró alargando las letras y sin sacarse el dedo de la boca. —En mi vida he oído cosa igual —dijo el policía—. Y ¿cómo, en nombre del cielo, trabaste relación con él? —Nos encontrábamos en la calle cuando oscurecía —le explicó ella—, pero no duró mucho porque desapareció y ya no volví a verlo. —Y ¿no has preguntado por ahí? —Sin parar, pero nadie sabe darme razón de él. Lo más probable es que haya encontrado trabajo en el campo, porque siempre andaba con caballos o con vacas; lo sé por el olor que traía. —Pues sí que estamos listos —murmuró el policía—. Tienes que ir a registrarte en la Beneficencia —añadió en voz más alta— para que pongan orden en todo esto. —No, no iré —replicó ella, repentinamente terca. —Siempre será mejor ir a la casa de misericordia a que te den comida y cobijo que vivir como vives ahora —dijo el policía. —Sí, pero cuando vuelva la señora Olsen… es tan buena la señora Olsen… me dejará servir en su casa, lo sé con seguridad porque me lo prometió… y conozco a una mujer que nos dará alojamiento por tres coronas al mes. Ella cuidará del niño mientras yo estoy en casa de la señora Olsen, y luego haré sus tareas cuando vuelva de trabajar con la señora. Todo se arreglará en cuanto haya vuelto la señora Olsen, y dicen que volverá para Navidad. —Sí, sí, hija mía, cada quien es muy dueño de sus actos, pero aquí no puedes quedarte. —Si solo estoy por las noches, ¿a quién le puede importar? Por Dios, déjeme, que el niño no chillará. Solo hasta que vuelva la señora… buen policía, solo hasta que vuelva la señora. —Pero os moriréis de frío el pequeño y tú —dijo él contemplando sus míseros andrajos. —Siempre estaremos mejor aquí dentro que en plena calle. Ay, señor policía… solo hasta que vuelva la señora. —Mira, lo que tendría que hacer es llevarte a comisaría —dijo el policía, dudoso, rascándose detrás de la oreja. La joven se abalanzó sobre él. —No, por favor, por favor —sollozó agarrándose a su manga con los dedos helados—. Se lo suplico… en nombre de Dios… solo hasta que vuelva la señora. El policía reflexionó. Tres días para Navidad, calculó. —Bueno, bueno; de acuerdo —dijo al ponerse en pie—. Puedes quedarte hasta Navidad, pero ni un día más. Y fíjate bien: no debe enterarse nadie. —Dios lo bendiga, Dios lo bendiga. ¡Muchísimas gracias! —exclamó ella. —Pero tienes que marcharte a las seis en punto de la mañana, antes de que empiece a haber movimiento —añadió él al salir por la puerta. A la noche siguiente, al pasar por la casucha, se detuvo a echar un vistazo. La joven estaba inclinada, recostada en el alféizar de la ventana. El perfil de su cabeza con el pañuelo anudado se dibujaba, tenue, contra el cristal. El pequeño mamaba de su pecho. No se movía, parecía dormida. Al romper el día, el tiempo cambió y empezó la helada. En las horas siguientes, el termómetro bajó de cero hasta doce grados. Hacía un frío lacerante y el aire estaba limpio y sereno. Las ventanas de la casa de los barqueros quedaron recubiertas de una gruesa capa de escarcha blanca que volvía los cristales totalmente impenetrables. Para el día de Nochebuena el tiempo volvió a cambiar. A causa del deshielo, caían goterones por todas partes y casi era necesario ir con paraguas a pesar de que no llovía. Abajo, en el muelle, las ventanas de los depósitos quedaron libres de hielo y el estado del pavimento era peor que nunca. Por la tarde, hacia las dos, llegó el policía. Había librado las dos últimas noches, con el visto bueno del médico, por unas fiebres pasajeras, y ahora iba a ver a alguien en uno de los vapores. Su camino lo condujo por delante de la casa. A pesar de que ya había empezado a oscurecer, aun desde una distancia de varios pasos vio algo que lo impulsó a detenerse presa de una extraña inquietud: la mujer continuaba sentada exactamente en la misma posición en que la había dejado dos noches antes. El mismo perfil exacto contra el cristal. Cierto es que no hizo reflexión alguna, solo se quedó horrorizado ante esa exactitud petrificada. Lo recorrió un escalofrío. ¿Le habría ocurrido algo? Corrió hacia la puerta; estaba cerrada. Rompió entonces un cristal, se hizo con una barra de hierro que pasó por la abertura y sacó el garfio de la armella. Después entró despacio y con mucha cautela. Estaban muertos los dos. El niño, sobre la madre, aún en la muerte sujetaba el pecho con la boca. Le habían resbalado por la mejilla, desde el pezón, algunas gotas de sangre que se habían secado en su barbilla. Ella estaba terriblemente consumida, pero en su rostro se dibujaba una suerte de sonrisa tranquila. —Pobre muchacha, bonita Navidad ha tenido —murmuró el policía secándose los ojos−. Aunque tal vez haya sido lo mejor para los dos. El Señor habrá tenido sus razones. Volvió a salir, cerró la puerta y enganchó el garfio. Luego se apresuró a regresar a comisaría para dar parte del incidente. El primer día laborable después de Navidad las autoridades portuarias dieron orden de derribar la vieja casa de los barqueros. No podían permitir que siguiera ahí, sirviendo de refugio a vagabundos de toda ralea.
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Ramón María del Valle-Inclán: Nochebuena
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Nocturne 48 N1 in C Minor Youtube.com Era en la montaña gallega. Yo estudiaba entonces gramática latina con el señor arcipreste de Céltigos, y vivía castigado en la rectoral. Aún me veo en el hueco de una ventana, lloroso y suspirante. Mis lágrimas caían silenciosas sobre la gramática de Nebrija, abierta encima del alféizar. Era el día de Nochebuena, y el señor arcipreste habíame condenado a no cenar hasta que supiese aquella terrible conjugación: «Fero, fers, tuli, latum». Yo, perdida toda esperanza de conseguirlo, y dispuesto al ayuno como un santo ermitaño, me distraía mirando al huerto, donde cantaba un mirlo que recorría a saltos las ramas de un nogal centenario. Las nubes, pesadas y plomizas, iban a congregarse sobre la sierra de Céltigos en un horizonte de agua, y los pastores, dando voces a sus rebaños, bajaban presurosos por los caminos, encapuchados en sus capas de juncos. El arco iris cubría el huerto, y los nogales oscuros y los mirtos verdes y húmedos parecían temblar en un rayo de anaranjada luz. Al caer la tarde, el señor arcipreste atravesó el huerto: andaba encorvado bajo un gran paraguas azul: se volvió desde la cancela, y viéndome en la ventana me llamó con la mano. Yo bajé tembloroso. Él me dijo: —¿Has aprendido eso? —No, señor. —¿Por qué? —Porque es muy difícil. El señor arcipreste sonrió bondadoso. —Está bien: mañana lo aprenderás. Ahora acompáñame a la iglesia. Me cogió de la mano para resguardarme con el paraguas, pues comenzaba a caer una ligera llovizna, y echamos camino adelante. La iglesia estaba cerca. Tenía una puerta chata de estilo románico, y, según decía el señor arcipreste, era fundación de la reina doña Urraca. Entramos. Yo quedé solo en el presbiterio, y el señor arzobispo pasó a la sacristía hablando con el monago, recomendándole que lo tuviese todo dispuesto para la misa del gallo. Poco después volvíamos a salir. Ya no llovía, y el pálido creciente de la luna comenzaba a lucir en el cielo triste e invernal. El camino estaba oscuro, era un camino de herradura, pedregoso y con grandes charcos. De largo en largo hallábamos algún rapaz aldeano que dejaba beber pacíficamente a la yunta cansada de sus bueyes. Los pastores que volvían del monte trayendo los rebaños por delante, se detenían en las revueltas y arreaban a un lado sus ovejas para dejarnos paso. Todos saludaban cristianamente: —¡Alabado sea Dios! —¡Alabado sea! —Vaya muy dichoso el señor arcipreste y la su compaña. —¡Amén! Cuando llegamos a la rectoral era noche cerrada. Micaela, la sobrina del señor arcipreste, trajinaba disponiendo la cena. Nos sentamos en la cocina al amor de la lumbre: Micaela me miró sonriendo: —¿Hoy no hay estudio, verdad? —Hoy, no. —¡Arrenegados latines, verdad? —¡Verdad! El señor arcipreste nos interrumpió severamente: —No sabéis que el latín es la lengua de la Iglesia… Y cuando ya cobraba aliento el señor arcipreste para edificarnos con una larga plática llena de ciencia teológica, sonaron bajo la ventana alegres conchas y bulliciosos panderos. Una voz cantó en las tinieblas de la noche: ¡Nos aquí venimos, nos aquí llegamos, si nos dan licencia nos aquí cantamos! El señor arcipreste les franqueó por sí mismo la puerta, y un corro de zagales invadió aquella cocina siempre hospitalaria. Venían de una aldea lejana; al son de los panderos cantaron: Falade ven baixo, andade pasiño, porque non desperte o noso meniño, o noso meniño, o noso Jesús, que durme nas pallas sen verce e sen luz Callaron un momento, y entre el júbilo de las conchas y de los panderos volvieron a cantar: Si non fora porque teño esta cara de aldeán, déralle catro biquiños n’esa cara de mazán. Vamos de aquí par’a aldea que xa vimos de ruar, está Jesús a dormir e podémolo espertar Tras haber cantado, bebieron largamente de aquel vino agrio, fresco y sano que el señor arcipreste cosechaba, y refocilados y calientes, fuéronse haciendo sonar las conchas y los panderos. Aún oíamos el chocleo de sus madreñas en las escaleras del patín, cuando una voz entonó: Esta casa é de pedra o diaño ergueuna axiña, para que durmisen xuntos o alcipreste e sua sobriña Al oír la copla, el señor arcipreste frunció el ceño. Micaela enderezose colérica, y abandonando el perol donde hervía la clásica compota de manzanas, corrió a la ventana dando voces: —¡Mal hablados!… ¡Mal enseñados!… ¡Así vos salgan al camino lobos rabiosos! El señor arcipreste, sin desplegar los labios, se paseaba picando un cigarro con la uña y restregando el polvo entre las palmas. Al terminar, llegose al fuego y retiró un tizón, que le sirvió de candela. Entonces fijó en mis sus ojos enfoscados bajo las cejas canas y crecidas. Yo temblé. El señor arcipreste me dijo: —¿Qué haces? Anda a buscar el Nebrija. Salí suspirando. Así terminó mi Nochebuena en casa del señor arcipreste de Céltigos, Q. S. G. H.
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Hermanos Grimm: Los táleros de las estrellas
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Cello Suite 1 Youtube.com Érase una vez una niña a la que se le habían muerto el padre y la madre, y era tan pobre que ya no tenía siquiera un cuartito en el que vivir ni una camita en la que dormir, ni ninguna otra cosa más que la ropa que llevaba puesta y un pedacito de pan en la mano que le había dado un corazón compasivo. Pero era buena y piadosa. Y, como todo el mundo la había abandonado, echó a andar al campo confiando en Dios. Entonces se encontró con un pobre que le dijo: —¡Ay! Dame algo de comer, que tengo mucha hambre. Ella le dio todo el pedacito de pan y dijo: —Que Dios te lo bendiga —y continuó su camino. Entonces llegó un niño lloriqueando y le dijo: —Tengo mucho frío en la cabeza, dame algo con que cubrirme. Ella se quitó el gorrito y se lo dio. Y no había dado más que unos pasitos cuando se le acercó otro niño que no tenía camisa y se estaba helando; entonces ella le dio la suya, y aún más, otro le pidió la sayita y ella también se la dio. Finalmente llegó a un bosque y ya se había hecho de noche, entonces llegó otro y le pidió una muda, y la buena niña pensó: «La noche está oscura, no te ve nadie, seguro que puedes darle tu muda», y se la quitó y también se la dio. Y estando así, sin tener ya nada más, de repente empezaron a caer estrellas del cielo, y eran un montón de táleros, macizos y relucientes, y, aunque había dado hasta su muda, tenía una nueva, y era del lino más fino. Entonces recogió los táleros y fue rica el resto de su vida.
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Eduardo Galeano: El lenguaje
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Invention 13 Youtube.com El Padre Primero de los guaraníes se irguió en la oscuridad, iluminado por los reflejos de su propio corazón, y creó las llamas y la tenue neblina. Creó el amor, y no tenía a quién dárselo. Creó el lenguaje, pero no había quién lo escuchara. Entonces encomendó a las divinidades que construyeran el mundo y que se hicieran cargo del fuego, la niebla, la lluvia y el viento. Y les entregó la música y las palabras del himno sagrado, para que dieran vida a las mujeres y a los hombres. Así el amor se hizo comunión, el lenguaje cobró vida y el Padre Primero redimió su soledad. Él acompaña a los hombres y las mujeres que caminan y cantan: Ya estamos pisando esta tierra, ya estamos pisando esta tierra reluciente.
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Jorge Luis Borges: La dicha
Voz: Manuel López Castilleja Música: Puccini_O mio babbino caro Youtube.com El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva. Todo sucede por primera vez. He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero qué puedo hacer con una palabra y con una mitología. Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos. Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre. Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen. Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra. El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego. En el espejo hay otro que acecha. El que mira el mar ve a Inglaterra. El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla. He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago. He soñado la espada y la balanza. Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan. Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno. El que desciende a un río desciende al Ganges. El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio. El que juega con un puñal presagia la muerte de César. El que duerme es todos los hombres. En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar. Nada hay tan antiguo bajo el sol. Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno. El que lee mis palabras está inventándolas. La cifra, 1981
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Rosario Pérez Cabaña: Nuestra casa
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Waltz L'Adieu Youtube.com Quédate aquí a vivir conmigo entre las tumbas. Plantaremos ortigas y amapolas y aprenderemos de los muertos el arte de la jardinería. Yo escribiré tu nombre junto al mío: ¡al fin mi gran poema! Y vendrán a visitarnos los amigos, y nos traerán siemprevivas de los Alpes y tú las regarás igual que haces conmigo. Nuestros hijos y los hijos que no tuvimos relatarán nuestra historia como juglares dotados de una deliciosa capacidad para la rapsodia. Y en noviembre, para evitar tumultos, nos iremos de viaje a las montañas. Y beberemos juntos mientras nos crecen las uñas, como siempre pudo haber sido y no fue. (Mi padre nació en Praga, 2014)
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Samanta Schwemblin: Perdiendo velocidad
Voz: Manuel López Castilleja Música: Claude Debussy_Clair de Lune Youtube.com Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos. —¿Qué pasa? —le pregunté. Tardó en sacar la vista de los huevos. —Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad. Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto. —No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido. —¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario. Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría –el público atento a la mecha que se consumía–, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad. Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo. —Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo. Miró los huevos. —Creo que me estoy por morir. Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar. —Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere. Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso. Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar. —¿Café? —pregunto. —¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.
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Eduardo Galeano: El tiempo
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_El Vals del Minuto Youtube.com El tiempo de los mayas nació y tuvo nombre cuando no existía el cielo ni había despertado todavía la tierra. Los días partieron del oriente y se echaron a caminar. El primer día sacó de sus entrañas al cielo y a la tierra. El segundo día hizo la escalera por donde baja la lluvia. Obras del tercero fueron los ciclos de la mar y de la tierra y la muchedumbre de las cosas. Por voluntad del cuarto día, la tierra y el cielo se inclinaron y pudieron encontrarse. El quinto día decidió que todos trabajaran. Del sexto salió la primera luz. En los lugares donde no había nada, el séptimo día puso tierra. El octavo clavó en la tierra sus manos y sus pies. El noveno día creó los mundos inferiores. El décimo día destinó los mundos inferiores a quienes tienen veneno en el alma. Dentro del sol, el undécimo día modeló la piedra y el árbol. Fue el duodécimo quien hizo el viento. Sopló viento y lo llamó espíritu, porque no había muerte dentro de él. El decimotercer día mojó la tierra y con barro amasó un cuerpo como el nuestro. Así se recuerda en Yucatán.
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José Ángel Buesa: Poema del fracaso
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Prelude in E minor Youtube.com Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema, que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer; quería aprisionar un alma en un poema, y que viviera siempre... pero no pudo ser. Mi corazón, un día, silenció su latido, y en plena lozanía se sintió envejecer; quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido y morir recordando... pero no pudo ser. Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro, en un fugaz anhelo de gloria y de poder; subió la escalinata de un palacio de oro y quiso abrir las puertas... Pero no pudo ser. Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera, por vivir plenamente la fiebre del placer; ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera, un goce para él solo... pero no pudo ser. Y hoy llegas tú a mi vida, con tu sonrisa clara, con tu sonrisa clara, que es un amanecer; y ante el sueño más dulce que nunca antes soñara, quiero vivir mi sueño... pero no puede ser. Y he de decirte adiós para siempre, querida, sabiendo que te alejas para nunca volver, quisiera retenerte para toda la vida... ¡Pero no puede ser! ¡Pero no puede ser!
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Rubén Darío: El velo de la reina Mab
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una boardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados. Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riquezas; a otros unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la carrera. Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul. La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero: —Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el plafón color de cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh, Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico quitón mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa y de nieve. "Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque, a medida que cincelo el bloque, me ataraza el desaliento." Y decía el otro: —Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta gran paleta del campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar! "¡Y yo, que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran cuadro que tengo aquí dentro!..." Y decía el otro: —Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oye la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas. "La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio." Y el último: —Todos bebemos el agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma, conoceréis a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre. Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas. Y desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.
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Max Aub: El matrimonio
Voz: Manuel López Castilleja Música: Albinoni_Adagio Youtube.com La sala era pequeña, pero muy amueblada: dos consolas, dos sillones, dos parejas dispares de sillas, dos vitrinas —la una alta, la otra baja, estrecha la primera, ancha la segunda—, dos cornucopias doradas y de edad dudosa, dos lámparas, la una colgando, la otra de pie. No había sofá, no cupo y descansaba frente a los pies de la cama, en el dormitorio. El pobre marido estaba hundido en un sillón. Su contrito cuñado estaba apoyado en el marco de la puerta que daba al recibidor. Su triste concuñada apenas se sostenía con las manos en la mesa. Todo estaba en penumbra. María se moría. María era la esposa, la prima de la cuñada; rondaba los sesenta años, tenía unas ojeras tremendas, unas ojeras que le comían toda la cara, que no dejaban nada para lo demás. De estatura regular, de corpulencia media, menos la cabellera larga y descolgada (el orgullo de la casa). Sobrevestía camisón, que debajo llevaba numerosas chambras y refajos superpuestos en vano intento de vencer el frío; no venía éste de las afueras, sino de la muerte evidentemente próxima. La casa olía a col frita: no era cosa de momento, la casa olía a col frita desde hacía más de cuarenta años; cuando el matrimonio empezó a vivir ahí. De pronto, en un arranque, la moribunda pudo con todos, nadie logró convencerla, ni sujetarla en la cama. Se levantó y se fue a la sala. Estaban todos muy conmovidos porque inmediatamente se dieron cuenta de que aquella mujer venía a despedirse —para siempre— de sus muebles, de todos los objetos que habían sido parte de su vida durante más de cuarenta años. El cuñado, largo bigote lacio, tiene los ojos enrojecidos y lacrimosos; desgracia no circunstancial pero, ahora, por vez primera —era una familia muy unida—, se daban cuenta de que en ese momento aquello estaba bien. Nadie se movía aparte de la futura muerta. Iba ahora de la vitrina pequeña a la vitrina grande, andaba con dificultad, pero sola. Había rechazado —todavía con fuerzas— cualquier ayuda. Andaba arrastrando las pantuflas que su esposo le regaló hacía diecisiete años, para la Navidad. Dicho sea en su favor, lo cierto era que las había gastado muy poco. Ponía las manos, las palmas de las manos, sobre los muebles, las dejaba allí, un momento, para luego arrastrarlas hasta el borde. Pasó frente a la ventana —que daba a un patio interior, pardo, oscuro— agarrándose al terciopelo verde pasado de los cortinones y llegó a la vitrina grande donde, tras unos cristalitos biselados, lucían unas porcelanas de leche brillante con filetes de oro; se quedó quieta mirándolas: eran de su abuela. Fue a la consola, pasando frente a su cuñado, al que miró y no vio, o no quiso ver, o no reconoció. En la consola —negra madera, blanco mármol—, además de dos floreros de cristal azul, estaba el retrato del hijo único y su mujer: un retrato ya viejo, hecho en Buenos Aires, donde estaban hacía muchos años, escribiendo poco y sin ganas. El pobre marido cambió de postura para seguirla con la mirada. Se daba cuenta de que de ahí a pocas horas, a lo sumo algunos días, se quedaría viudo. En su interior inexpresable siempre había sentido que acabaría viudo. La pobre señora seguía dando su última vuelta. Se paró frente a dos cuadros, dos cromos con marcos dorados: el uno representaba a Santa Ana, el otro una andaluza con peineta y mantilla blanca. Ambos tuvieron su pasadita de mano. Los tenía desde siempre. Era de lo único que había traído a aquella casa, no que fuese de condición inferior a su marido, pero, como era natural, él lo puso todo. Hacía más o menos cuarenta años que los veía como estaban colocados ahora: cada mañana, cada tarde, cada noche al ir de su cuarto al comedor o al revés, del comedor a su cuarto; que sentarse allí, en la sala, no lo hicieron mucho. Se quedó parada, vacilando. Su marido fue hacia ella, su cuñado dio un paso adelante. Pero la mujer rechazó la ayuda con indiscutible autoridad y siguió su ronda. Nadie se engañaba: se estaba muriendo. El esposo se quedó plantado cerca de ella, los pantalones caídos, por los tirantes desabrochados, sostenidos por la sola comba del vientre que tenía lo suyo, los pies en las pantuflas que su esposa le había regalado hacía dieciséis años, la cara abotagada, el bigote al garete, las manos encallecidas, las uñas negras de por sí. La enferma se había vuelto a detener frente a un espejo de marco negro desconchado. Un espejo con manchas, desteñido, medio muerto, donde las cosas se reflejaban distintas y con nubes. El pobre marido se creyó en la obligación de intervenir, mandar, recomendar —suave pero enérgico a la vez— que volviese a la cama. Su todavía esposa se le volvió cara a cara, lentamente, lo miró fijo durante un momento, que se hizo larguísimo al hombre, y luego —remontándose a una cima inesperada y feroz de desprecio— dejó caer unas palabras como un hacha. —¡Quieto! No te he querido nunca. Y se fue, todavía derecha, al dormitorio, a acostarse y morir en la cama donde había cohabitado más de cuarenta años con aquel señor. Fieles ambos como perros vigilados.
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Jorge Luis Borges: La intrusa
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin - Fantaisie-Impromptu Youtube.com Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor. En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes. Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos. Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida. Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos. Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo: —Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala. El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro. Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba. Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián. La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto. Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicar nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las tres de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro. En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo: —De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano. Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos. Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande —¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido! — y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia. El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo: —Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo. Ya los cargué; aprovechemos la fresca. El comercio del Pardo quedaba, creo, más al sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche. Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro: —A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios. Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.
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Jaime Gil de Biedma: Contra Jaime Gil de Biedma
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin Mazurka 4 Youtube.com De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, dejar atrás un sótano más negro que mi reputación -y ya es decir-, poner visillos blancos y tomar criada, renunciar a la vida de bohemio, si vienes luego tú, pelmazo, embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, zángano de colmena, inútil, cacaseno, con tus manos lavadas, a comer en mi plato y a ensuciar la casa? Te acompañan las barras de los bares últimos de la noche, los chulos, las floristas, las calles muertas de la madrugada y los ascensores de luz amarilla cuando llegas, borracho, y te paras a verte en el espejo la cara destruida, con ojos todavía violentos que no quieres cerrar. Y si te increpo, te ríes, me recuerdas el pasado y dices que envejezco. Podría recordarte que ya no tienes gracia. Que tu estilo casual y que tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de treinta años, y que tu encantadora sonrisa de muchacho soñoliento -seguro de gustar- es un resto penoso, un intento patético. Mientras que tú me miras con tus ojos de verdadero huérfano, y me lloras y me prometes ya no hacerlo. Si no fueses tan puta! Y si yo no supiese, hace ya tiempo, que tú eres fuerte cuando yo soy débil y que eres débil cuando me enfurezco… De tus regresos guardo una impresión confusa de pánico, de pena y descontento, y la desesperanza y la impaciencia y el resentimiento de volver a sufrir, otra vez más, la humillación imperdonable de la excesiva intimidad. A duras penas te llevaré a la cama, como quien va al infierno para dormir contigo. Muriendo a cada paso de impotencia, tropezando con muebles a tientas, cruzaremos el piso torpemente abrazados, vacilando de alcohol y de sollozos reprimidos. Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, y la más innoble que es amarse a sí mismo!
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Horacio Quiroga: Dieta de amor
Voz: Manuel López Castilleja Música: Händel_Concierto para arpa y orquesta Youtube.com Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente. Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se vuelva a su vez, tan cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento. Aunque yo tenía que hacer, la seguí y me detuve en la misma esquina. A la mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa de altos. La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiempo que en seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien calzada que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones; pero juraría que no me equivoqué en un solo número y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo. Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta. Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí: DOCTOR SWINDENBORG FÍSICO DIETÉTICO ¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de escalera, para concluir… ¡Físico dietético…! ¡Ah, no! ¡No era ése mi lugar, por cierto! ¡Dietético! ¿Qué diablos tenía yo que hacer con una muchacha anémica, hija o pensionista de un físico dietético? ¿A quién se le puede ocurrir hilvanar, como una sábana, estos dos términos disparatados: amor y dieta? No era todo eso una promesa de dicha, por cierto. ¡Dietético…! ¡No, por Dios! Si algo debe comer, y comer bien, es el amor. Amor y dieta… ¡No, con mil diablos! * * * Esto era ayer de mañana. Hoy las cosas han cambiado. La he vuelto a encontrar, en la misma calle, y sea por la belleza del día o por haber adivinado en mis ojos quién sabe qué religiosa vocación dietética, lo cierto es que me ha mirado. «Hoy la he visto… la he visto… y me ha mirado…» ¡Ah, no! Confieso que no pensaba precisamente en el final de la estrofa. Lo que yo pensaba era esto: cuál debe ser la tortura de un grande y noble amor, constantemente sometido a los éxtasis de una inefable dieta… Pero que me ha mirado, esto no tiene duda. La seguí, como el día anterior; y como el día anterior, mientras con una idiota sonrisa iba soñando tras los zapatos de charol, tropecé con la placa de bronce: DOCTOR SWINDENBORG FÍSICO DIETÉTICO ¡Ah! ¿Es decir, que nada de lo que yo iba soñando podría ser verdad? ¿Era posible que tras los aterciopelados ojos de mi muchacha no hubiera sino una celestial promesa de amor dietético? Debo creerlo así, sin duda, porque hoy, hace apenas una hora, ella acaba de mirarme en la misma calle y en la misma cuadra; y he leído claro en sus ojos el alborozo de haber visto subir límpido a mis ojos un fraternal amor dietético… ¡Al diablo el amor! * * * Han pasado cuarenta días. No sé ya qué decir, a no ser que estoy muriendo de amor a los pies de mi chica de traje oscuro… Y si no a sus pies, por lo menos a su lado, porque soy su novio y voy a su casa todos los días. Muriendo de amor… Y sí, muriendo de amor, porque no tiene otro nombre esta exhausta adoración sin sangre. La memoria me falta a veces; pero me acuerdo muy bien de la noche que llegué a pedirla. Había tres personas en el comedor —porque me recibieron en el comedor—: el padre, una tía y ella. El comedor era muy grande, muy mal alumbrado y muy frío. El doctor Swindenborg me oyó de pie, mirándome sin decir una palabra. La tía me miraba también, pero desconfiada. Ella, mi Nora, estaba sentada a la mesa y no se levantó. Yo dije todo lo que tenía que decir, y me quedé mirando también. En aquella casa podía haber de todo; pero lo que es apuro, no. Pasó un momento aún, y el padre me miraba siempre. Tenía un inmenso sobretodo peludo, y las manos en los bolsillos. Llevaba un grueso pañuelo al cuello y una barba muy grande. —¿Usted está bien seguro de amar a la muchacha? —me dijo, al fin. —¡Oh, lo que es eso! —le respondí. No contestó nada, pero me siguió mirando. —¿Usted come mucho? —me preguntó. —Regular —le respondí, tratando de sonreírme. La tía abrió entonces la boca y me señaló con el dedo como quien señala un cuadro: —El señor debe comer mucho… —dijo. El padre volvió la cabeza a ella: —No importa —objetó—. No podríamos poner trabas en su vía… Y volviéndose esta vez a su hija, sin quitar las manos de los bolsillos: —Este señor te quiere hacer el amor —le dijo—. ¿Tú quieres? Ella levantó los ojos tranquila y sonrió: —Yo, sí —repuso. —Y bien —me dijo entonces el doctor, empujándome del hombro—. Usted es ya de la casa; siéntese y coma con nosotros. Me senté enfrente de ella y cenamos. Lo que comí esa noche, no sé, porque estaba loco de contento con el amor de mi Nora. Pero sé muy bien lo que hemos comido después, mañana y noche, porque almuerzo y ceno con ellos todos los días. Cualquiera sabe el gusto agradable que tiene el té, y esto no es un misterio para nadie. Las sopas claras son también tónicas y predisponen a la afabilidad. Y bien: mañana a mañana, noche a noche, hemos tomado sopas ligeras y una liviana taza de té. El caldo es la comida, y el té es el postre; nada más. Durante una semana entera no puedo decir que haya sido feliz. Hay en el fondo de todos nosotros un instinto de rebelión bestial que muy difícilmente es vencido. A las tres de la tarde comenzaba la lucha; y ese rencor del estómago dirigiéndose a sí mismo de hambre; esa constante protesta de la sangre convertida a su vez en una sopa fría y clara, son cosas éstas que no se las deseo a ninguna persona, aunque esté enamorada. Una semana entera la bestia originaria pugnó por clavar los dientes. Hoy estoy tranquilo. Mi corazón tiene cuarenta pulsaciones en vez de sesenta. No sé ya lo que es tumulto ni violencia, y me cuesta trabajo pensar que los bellos ojos de una muchacha evoquen otra cosa que una inefable y helada dicha sobre el humo de dos tazas de té. De mañana no tomo nada, por paternal consejo del doctor. A mediodía tomamos caldo y té, y de noche caldo y té. Mi amor, purificado de este modo, adquiere día a día una transparencia que sólo las personas que vuelven en sí después de una honda hemorragia pueden comprender. * * * Nuevos días han pasado. Las filosofías tienen cosas regulares y a veces algunas cosas malas. Pero la del doctor Swindenborg —con su sobretodo peludo y el pañuelo al cuello— está impregnada de la más alta idealidad. De todo cuanto he sido en la calle, no queda rastro alguno. Lo único que vive en mí, fuera de mi inmensa debilidad, es mi amor. Y no puedo menos de admirar la elevación de alma del doctor, cuando sigue con ojos de orgullo mi vacilante paso para acercarme a su hija. Alguna vez, al principio, traté de tomar la mano de mi Nora, y ella lo consintió por no disgustarme. El doctor lo vio y me miró con paternal ternura. Pero esa noche, en vez de hacerlo a las ocho, cenamos a las once. Tomamos solamente una taza de té. No sé, sin embargo, qué primavera mortuoria había aspirado yo esa tarde en la calle. Después de cenar quise repetir la aventura, y sólo tuve fuerzas para levantar la mano y dejarla caer inerte sobre la mesa, sonriendo de debilidad como una criatura. El doctor había dominado la última sacudida de la fiera. Nada más desde entonces. En todo el día, en toda la casa, no somos sino dos sonámbulos de amor. No tengo fuerzas más que para sentarme a su lado, y así pasamos las horas, helados de extraterrestre felicidad, con la sonrisa fija en las paredes. * * * Uno de estos días me van a encontrar muerto, estoy seguro. No hago la menor recriminación al doctor Swindenborg, pues si mi cuerpo no ha podido resistir a esa fácil prueba, mi amor, en cambio, ha apreciado cuánto de desdeñable ilusión va ascendiendo con el cuerpo de una chica de oscuro que trepa una escalera. No se culpe, pues, a nadie de mi muerte. Pero a aquellos que por casualidad me oyeran, quiero darles este consejo de un hombre que fue un día como ellos: Nunca, jamás, en el más remoto de los jamases, pongan los ojos en una muchacha que tiene mucho o poco que ver con un físico dietético. Y he aquí por qué: La religión del doctor Swindenborg —la de más alta idealidad que yo haya conocido, y de ello me vanaglorio al morir por ella— no tiene sino una falla, y es ésta: haber unido en un abrazo de solidaridad al Amor y la Dieta. Conozco muchas religiones que rechazan el mundo, la carne y el amor. Y algunas de ellas son notables. Pero admitir el amor, y darle por único alimento la dieta, es cosa que no se le ha ocurrido a nadie. Esto es lo que yo considero una falla del sistema; y acaso por el comedor del doctor vaguen de noche cuatro o cinco desfallecidos fantasmas de amor, anteriores a mí. Que los que lleguen a leerme huyan, pues, de toda muchacha mona cuya intención manifiesta sea entrar en una casa que ostenta una gran chapa de bronce. Puede hallarse allí un gran amor, pero puede haber también muchas tazas de té. Y yo sé lo que es esto.
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Mario Benedetti: Conversa
Voz: Manuel López Castilleja Música: Schubert-Serenade Youtube.com —Perdón. ¿Puedo sentarme aquí, contigo, a terminar esta cerveza? —Sí, claro. —Mi nombre es Alejandro. —Ah. —Alejandro Barquero. —Está bien. Yo soy Estela. —Estaba en el otro extremo del café. No sé. Te vi tan sola. —Me gusta estar sola. —¿Siempre? —No, siempre no. Hay días. ¿No te ocurre que de pronto te vienen ganas de hacer balance contigo mismo? —A veces. Pero por lo general de noche. Mi problema es que padezco insomnio. —De noche prefiero dormir. —Yo también. Pero no siempre puedo. —¿Mala conciencia? —No. ¿Acaso tengo aspecto de delincuente o de violador? —De violador, no. —¿De delincuente? —Vaya una a saber. No hace diez años que nos conocemos, sino cinco minutos. —¿Siempre estás así, a la defensiva? —Hay que cuidarse. —¿Venís a menudo a este café? —Dos o tres veces por semana. —¿Trabajás por aquí cerca? —Si el interrogatorio va a continuar de esta guisa, reclamo la presencia de mi abogado. —¿De esta guisa? ¡Qué léxico! Me gusta que tengas sentido del humor. —Y vos ¿qué hacés? —Traduzco. —¿Del inglés? —También del inglés. Pero sobre todo del francés y del italiano. Y además soy soltero en español. —¿Me hacés confidencias para que yo te haga las mías? —No sabía que la soltería era una confidencia. Más bien creía que era un estado civil. —Yo no soy soltera. Estoy separada. —¿Y qué tal? —¿Qué tal qué? —¿Cómo te sentís en el nuevo estado? —No tan nuevo. Hace un año que me separé. Ahora ya me acostumbré, pero al principio fue duro. —No te pregunto si vivís sola, porque vas a pegar la espantada. —¿Por qué? Vivo sola, claro. —¿Y tu familia? —Me queda poca. Mi vieja vive en Brasil, con mi hermano. Mi viejo se quedó en un infarto. Tengo una hermana, casada con un gringo, que reside en Los Ángeles. Y se acabó. —¿Qué hora es? —Las seis y veinte. —Caramba. Tenía que estar a las seis en el Centro. Pero no importa. Total, ya no llego. Ni en taxi. Lo que pasa es que mi reloj está perezoso. ¿Ves que marca las cinco y diez? Además, no he perdido el tiempo. Me gustó conocerte. —¿Conocerme? Mucho no hemos hablado. —Lo suficiente. Y una relación no sólo se construye con palabras. También hablan los ojos ¿no? —Ajá. ¿Y se puede saber qué te dijeron mis ojos? —Reservado. —Te gusta el cachondeo ¿eh? —Me gusta pasarla bien. —A costa de esta servidora. —¿Se puede saber qué edad tenés? —No se puede. —Representás veintitrés. —Frío, frío. —Yo tengo veinticinco. —Pues representás veinticuatro y medio. —Esta vez te haré una pregunta que requiere una respuesta franca. —Venga. —¿Te caigo bien? —¿En qué sentido? —Vertical. Horizontal. El que prefieras. —Digamos que sí. Aunque no sé por qué. —¿Te lo explico? —No, por favor. No soporto la vanidad masculina cuando se desata espontáneamente. —¿No te parece como si nos conociéramos desde hace años? —¿No te suena esa pregunta como de culebrón venezolano? —Vos contéstame. ¿Te parece o no te parece? —¿Años? No. Me parece como si nos conociéramos desde hace veintiocho minutos. —¿Alguien te dijo alguna vez que irradiás una simpatía tan fuerte que a uno lo marea? —Bueno, una vez un muchacho me dijo que mi simpatía lo emborrachaba. —¿Ves? Es así nomás. Y fíjate que ni siquiera te he tocado una mano. —Ni te atrevas. —¿No me das permiso? —Claro que no. Apenas si autorizo a mi mano a tocar la tuya. —Bárbaro. —Tenés una piel suave. Interesante. Se ve que nunca fuiste obrero. —¿Y esta cicatriz en la muñeca? —Ah sí. Con ese detalle ya lo sabés todo de esta joven marquesa. Hace dos años intenté matarme. —¿Y qué pasó? —Me salvaron. Unas vecinas. Lo bien que hicieron. Estoy contenta de seguir vivita y coleando. —¿Mal de amores? —No. Falta de amores. Vacío de amores. —¿Droga quizá? —Nada de eso. Ni siquiera fumo. Casi no tomo alcohol. ¿Vos nunca quisiste suicidarte? —Soy demasiado pelotudo para tomar una decisión tan laboriosa. —Ya me dijiste que sos soltero en español. Pero ¿tenés mujer, compañera, amante o noviecita? —Nada, mi niña. Llevo tres meses y medio de virginidad sabática. —Entonces voy a hacerte una confesión que confío aprecies en toda su buena fe. —Así será. —Y en toda su inocencia. —Soy todo orejas. —Quizá te parezca extraño, pero tengo ganas de verte desnudo.
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Concepción Arenal: El testamento del león
Voz: Manuel López Castilleja Música: Schubert-Serenade Youtube.com Cerca se hallaba un león De sus dolores postreros, Y tigres, panteras, lobos, Todos amigos o deudos, Dábanle muy compungidos Mil inútiles consejos, Meditando cada cual Por qué industria o por qué medio Pescará la mayor parte De los bienes del enfermo, Que se murió hasta la cola Sin hacer el menor gesto, Sin decir una palabra Ni otorgar su testamento. Notáronlo cuatro o seis Que alejaron de allí el resto, «Por ver si logra decían El paciente algún sosiego». En busca de un escribano Uno de ellos fue corriendo, En tanto que los demás Atan al real pescuezo, Con disimulo, un cordel Que en la melena encubierto Y entre la ropa después Baja hasta cerca del suelo, A beneficio del cual Tirando, sin gran esfuerzo, Del difunto a la cabeza Comunique movimiento. Cuando a su satisfacción Todo se hallaba dispuesto, Dan entrada a los testigos Y al escribano con ellos, Que era un respetable zorro Notario mayor del reino, Al cual hicieron presente El estado del enfermo, Que hablar no le permitía, Aunque el oído perfecto Conservaba, y la cabeza En cabal conocimiento. Presentáronle unas notas Que el rey mismo había puesto, En las cuales expresaba Su voluntad y deseo. Mas por si hubiese cambiado En el instante supremo, Las cláusulas una a una Irle podía leyendo, Y él por señas le daría O no, su consentimiento. Hízose así; preguntaba El escribano, y corriendo Tiraba del cordelito Uno de los herederos, E inclinaba la cabeza Para decir que sí el muerto. Echolo de ver el zorro (Que no debía ser lerdo) Y quiso tener su parte Lucrativa en el enredo. Pregunta con gravedad Si el rey, de su amor en premio, Al infrascrito escribano Deja trescientos mil pesos. A la pregunta siguiose De la sorpresa el silencio, Sin que el testador hiciera El más leve movimiento; Lo cual visto por el zorro Dijo al vecino muy quedo: «O se tira para todos, O está para todos muerto». El de la cuerda, pensando Que no había otro remedio, Tiró para el escribano E hízole coheredero; Que mal puede castigar Quien es de crímenes reo. Por eso hace tanto daño Desde arriba el mal ejemplo. Cómplices o acusadores Han de ser los subalternos Del jefe, que lo es en vano No siendo en virtud primero. Para reprender al malo Es la condición ser bueno Sin lo cual la autoridad Es vana, vano el derecho.
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Gabriel García Márquez: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Concerto 1 in D Minor Youtube.com El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora del almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra le dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto. Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una sustancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo advertí que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en el corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como un árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me ha amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar, dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé dé las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza. Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije—. Lo que me parece demasiado triste es el jardín vacío y esos pobres árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volví a mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz solo encontré la silla vacía. El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos. Pero la vaca permaneció imperturbable, en el jardín, dura, inviolable, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acosaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”. Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortaja en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente y pastosa. La temperatura no era fría ni caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos. No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto de la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciegas y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo, como todos los martes, la eterna ramita de toronjil. Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde. De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecundada por la repugnante flora de la humedad y las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los muebles amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba a los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta. Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaban, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio. Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios presentimientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo no sentía sobresalto alguno porque yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostro seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una sustancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudí con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo: “¿Qué?”. Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”. Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía serlo fue una cosa física y gelatinosa que habría podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad. Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi conciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tramontana. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde…”, dijo. “¿Quién está ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido hacia la pared. “Soy yo”, dijo. Y yo le dije: “¿Los oyes?”. Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y a manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!”. Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serán las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes…”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”. No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “Estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto en la cama. Grité: “¡Ada, Ada!”. La voz desabrida de Martín me respondió desde del otro lado: “No pueden oírte porque ya están afuera”. Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad. “Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.
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José Ángel Buesa: Poema del poema
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Waltz L'Adieu Youtube.com Quizás pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás. La desolada estrofa, como si fuera un ala, voló sobre el silencio... Y tú estabas allí: Allí en el más oscuro rincón de aquella sala, estabas tú, escuchando mis versos para ti. Y tú, la inaccesible mujer de ese poema que ofrece su perfume pero oculta su flor, quizás supiste entonces la amargura suprema de quien ama la vida porque muere de amor. Y tú, que nada sabes, que tal vez ni recuerdes aquellos versos tristes y amargos como el mar, cerraste en un suspiro tus grandes ojos verdes, los grandes ojos verdes que nunca he de olvidar. Después, se irguió tu cuerpo como una primavera, mujer hoy y mañana distante como ayer... Y vi que te alejabas sin sospechar siquiera ¡que yo soy aquel hombre... y tú, aquella mujer!
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José María Arguedas: El joven que subió al cielo
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach Cello Suite 1 in G Youtube.com Había una vez un matrimonio que tenía un solo hijo. El hombre sembró la más hermosa papa en una tierra que estaba lejos de la casa que habitaban. En esas tierras la papa crecía lozana. Sólo él poseía esa excelsa clase de semilla. Empero, todas las noches, los ladrones arrancaban las matas de este sembrado, y robaban los hermosos frutos. Entonces el padre y la madre llamaron a su joven hijo, y le dijeron: -No es posible que teniendo un hijo joven y fuerte como tú, los ladrones se lleven todas nuestras papas. Anda a vigilar nuestro campo. Duerme junto a la chácara y ataja a los ladrones. El joven marchó a cuidar el sembrado. Y pasaron tres noches. La primera, el joven la pasó despierto, mirando las papas, sin dormir. Sólo al rayar la aurora le venció el sueño, y se quedó dormido. Fue en ese instante en que los ladrones entraron a la chácara, y escarbaron las papas. En vista de su fracaso, el mozo tuvo que ir a la casa de sus padres a contarles lo sucedido. Al oír el relato sus padres le contestaron: -Por esta vez te perdonamos. Vuelve y vigila mejor. Regresó el joven. Estuvo vigilando el sembrado con los ojos bien abiertos. Y justo, a la medianoche, pestañeó un instante. En ese instante los ladrones ingresaron al campo. Despertó el mozo y vigiló hasta la mañana. No vio ningún ladrón. Pero al amanecer tuvo que ir a la casa de sus padres a darles cuenta del nuevo robo. Y les dijo: -A pesar de que estuve vigilante toda la noche, los ladrones me burlaron tan sólo en el instante en que a la medianoche cerré los ojos. Al oír este relato los padres le contestaron: -¡Ajá! ¿Quién ha de creer que robaron cuando tú estabas mirando? Habrás ido a buscar mujeres, te habrás ido a divertir. Diciendo esto lo apalearon y le insultaron largo rato. Así, muy aporreado, al día siguiente, lo enviaron nuevamente a la chacra. -Ahora comprenderás cómo queremos que vigiles -le dijeron. El joven volvió a la tarea. Desde el instante en que llegó a la orilla del sembrado estuvo mirando el campo, inmóvil y atento. Esa noche la luna era brillante. Hasta la alborada estuvo contemplando los contornos del papal; así, mientras veía, le temblaron los ojos, y se adormiló unos instantes. En esa ráfaga de sueño que tuvo, mientras pestañeaba el mozo, una multitud de hermosísimas jóvenes, princesas y niñas blancas poblaron el sembrado. Sus rostros eran como flores, sus cabelleras brillaban como el oro; eran mujeres vestidas de plata. Todas juntas, muy de prisa, se dedicaron a escarbar las papas. Tomando la apariencia de princesas eran estrellas, que bajaron del altísimo cielo. El joven despertó entonces, y al contemplar la chácara exclamó: -¡Oh! ¿De qué manera podría yo apoderarme de tan bellísimas niñas? ¿Y, cómo es posible que siendo tan hermosas y radiantes puedan dedicarse a tan bajo menester? Pero, mientras esto decía, su corazón casi estallaba de amor. Y pensó para sí. -¿No podría, por ventura, reservar para mí siquiera una parejita de esas beldades? Y saltó a todo vuelo sobre las hermosas ladronas. Sólo en el último instante, y a duras penas, pudo apresar a una de ellas. Las demás se elevaron al cielo, como luces que se mueren. Y a la estrella que pudo apresar le dijo, enojado: -¿Con que erais vosotras las que robabais los sembrados de mi padre? -Diciéndole esto la llevó a la choza. Y no le dijo más acerca del robo. Pero luego agregó: -¡Quédate conmigo; serás mi esposa! La joven no aceptó. Estaba llena de temor y rogó al muchacho: -¡Suéltame, suéltame! ¡Ten piedad! Mira que mis hermanos le avisarán a mis padres. Yo te devolveré todas las papas que te hemos robado. No me obligues a vivir en la tierra. El mozo no dio oídos a los ruegos de la hermosa niña. La retuvo en sus manos. Pero decidió no volver a la casa de sus padres. Se quedó con la estrella en la choza que había junto al sembrado. Entre tanto, los padres pensaban: “Le habrán vuelto a robar las papas a ese inútil; no pueden haber otros motivos para que no se presente aquí.” Y como tardaba, la madre decidió llevarle comida al campo, y averiguar de él. Desde la choza, el muchacho y la niña atisbaban el camino. En cuanto vieron a la madre, la joven dijo al mozo: -De ninguna manera puedes mostrarme, ni a tu padre ni a tu madre. Entonces el joven corrió a dar alcance a su madre, y le gritó desde lejos: -¡No, mamá; no te acerques más! ¡Espérame atrás, atrás! Y recibiendo la comida en aquel lugar, tras la choza, llevó los alimentos a la princesa. La madre se volvió apenas hubo entregado el fiambre. Cuando llegó a su casa, contó a su esposo: -Así es como nuestro hijo ha aprisionado a una ladrona de papas que bajó de los cielos. Es así como la cuida en la choza. Y con ella dice que se casará. No permite que nadie se aproxime a su choza. Entre tanto el joven pretendía engañar a la doncella. Y le decía: -Ahora que es de noche, vamos a mi casa. Pero la princesa insistía: -De ninguna manera deben verme tus padres, ni puedo encontrarme con ellos. Sin embargo el mozo la engañó, diciéndole: -Otra es mi casa. Y durante la noche la llevó por el camino. De este modo, y sin que ella quisiera, la hizo entrar al hogar de sus mayores y la mostró a sus padres. Los padres recibieron asombrados a esa criatura, de tal manera luminosa y bella que la palabra no es capaz de describirla. La cuidaron y criaron, teniéndola muy bien amada. Sin embargo, no la dejaban salir. Y nadie la conoció ni vio. Y ya hacía mucho tiempo que la princesa vivía con los padres del joven. Llegó a estar encinta y dio a luz. Mas la criatura murió, sin saberse por qué, misteriosamente. La ropa luminosa de la joven la guardaban encerrada. A ella la vestían de ropas comunes; y así la criaban. Cierto día, el joven fue a trabajar lejos de la casa; y mientras estaba fuera, la niña pudo salir, haciendo como que sólo iba por ahí cerca. Y se volvió a los cielos. El mozo llega a su casa. Pregunta por su mujer. No la encuentra. Y como ve que ella ha desaparecido, suelta el llanto. Cuentan que vagó por los montes, llorando con locura, sonámbulo, enajenado, caminando por todas partes. Y en una de las cimas solitarias a donde llegó se encontró con un cóndor divino. Entonces el cóndor le dijo: -Joven, ¿por qué causa lloras de esta suerte? Y el mozo le contó su vida. -He aquí, señor, que era mía la mujer más hermosa. Ahora no sé por qué caminos ha partido. Estoy extraviado. Temo que haya huido a los cielos de donde vino. Y cuando dijo esto, el cóndor le respondió: -No llores, joven. Es cierto; ella ha vuelto al alto cielo. Pero, si quisieras y es tanta tu desventura, yo te cargaré hasta ese mundo. Sólo te pido que me traigas dos llamas. Una para devorarla aquí, la otra para el camino. -Muy bien, señor –contestó el mozo-. Yo te traeré las dos llamas que me pides. Te ruego esperarme en este mismo sitio. E inmediatamente se dirigió a su casa en busca de las llamas. Luego que llegó, dijo a sus padres: -Padre mío, madre mía: voy en busca de mi esposa. He encontrado a quien puede llevarme hasta el lugar donde ella se encuentra. Sólo pide dos llamas en pago de tan gran favor; y voy a llevárselas ahora mismo. Y cargó las dos llamas para el cóndor. El cóndor devoró inmediatamente una, hasta el hueso de los huesos, arrancando las carnes con su propio pico. A la otra la hizo degollar con el joven, para comerla en el camino. E hizo que el mozo se echara la res degollada en las espaldas; luego le ordenó que subiera sobre una roca; cargó al joven, y le hizo esta advertencia: -Has de cerrar y apretar los párpados; por ninguna causa abrirás los ojos. Y cada vez que yo te diga: “¡Carne!”, me pondrás en el pico un trozo de la llama. Luego el cóndor levantó el vuelo. El hombre obedeció y no abrió los ojos en ningún instante; tenía los párpados cerrados y duros. “¡Carne!”, pedía el Mallku, y luego el mozo cortaba grandes trozos de llama y le metía en el pico. Pero en lo más raudo del viaje, se acabó el fiambre. Antes de alzar vuelo, el cóndor le había advertido al joven: “Si cuando diga ¡Carne! no me pones carne en el pico, donde quiera que estemos, te soltaré”. Ante ese temor, el joven empezó a cortarse trozos de su pantorrilla. Cada vez que el cóndor le pedía carne, le servía las raciones de su propia carne. Así, a costa de su sangre, consiguió que el cóndor le hiciera llegar hasta el cielo. Y se cuenta que tardaron tres años en elevarse a tan gran altura. Cuando llegaron, el cóndor descansó un rato; luego volvió a cargar al joven y voló hasta la orilla de un mar lejano. Allí le dijo al mozo: -Ahora, mi querido, báñate en este mar. El joven se bañó en seguida. Y también el cóndor se bañó. Ambos habían llegado al cielo, sucios negros de barba; viejos. Pero cuando salieron del baño estaban hermosamente rejuvenecidos. Entonces le dijo el cóndor: -En la otra orilla de este lago, frente a nosotros, hay un gran santuario. Allí se ha de celebrar una ceremonia. Anda, y espera en la puerta de ese hermoso templo. A la ceremonia han de asistir las jóvenes del cielo; son una multitud, y todas tienen el mismo rostro que tu esposa. Cuando ellas estén desfilando junto a ti, no has de dirigirle la palabra a ninguna, porque la que es tuya vendrá la última, y te dará un empujón. Entonces la asirás y por ningún motivo la soltarás. El joven obedeció al cóndor. Llegó a la puerta del gran recinto, y esperó de pie. Y llegaron una infinidad de jóvenes de idéntico rostro. Entraban, entraban; una tras de otra. Todas miraban impasibles al hombre. Él no podía reconocer entre tantas a la que era su mujer. Y cuando estaban ingresando las últimas, de pronto, una de ellas le dio un empujón con el brazo; y también entró al gran templo. Era el resplandeciente templo del Sol y de la Luna, padre y madre de todas las estrellas y de todos los luceros. Allí, en ese templo, se reunían los seres celestiales; allí venían los luceros para adorar el Sol, día a día. Cantaban melodiosamente para el Sol; cual jóvenes blancas, las estrellas; como innumerables princesas, los luceros. Cuando terminó la ceremonia, las jóvenes empezaron a salir. El mozo seguía esperando en la puerta. Ellas volvieron a mirarle con igual indiferencia que antes. Y nuevamente le era imposible distinguir entre todas a la que era su esposa. Y como en la primera vez, de pronto, una de las princesas le dio un empujón con el brazo, y luego pretendió huir; pero él entonces la pudo aprisionar. Y no la soltó. Ella lo guío a su casa diciéndole: -¿A qué has venido hasta aquí? Yo iba a volver donde ti, de todos modos. Cuando llegaron a la casa, el mozo tenía el cuerpo frío a causa del hambre. Viéndolo así, ella le dijo: -Toma este poco de quinua y cocínalo. Le dio una cuchara escasa de quinua. Entre tanto el joven lo observaba todo, y vio de qué lugar ella sacaba la quinua. Y cuando vio los pocos granos de quinua que tenía en las manos, dijo para sí: “¡La miseria que me ha dado! ¿Cómo es posible que esto aplaque mi hambre de todo un año?” Y la joven le dijo: -Es necesario que vaya un instante donde mis padres. No debes mostrarte ante ellos. Mientras vuelvo, haz una sopa con la quinua que te he dado. Apenas salió ella, el joven se puso de pie, se dirigió al depósito y trajo una buena porción de quinua y la echó a la olla. De pronto, la sopa rebosó, hirviente, y se desbordó a chorros. Él comió todo lo que pudo, se hartó hasta donde ya no era posible más, y enterró el resto. Pero aún de debajo de la tierra la quinua empezó a brotar. Y cuando estaba en ese trance, volvió la princesa, y le dijo: -¡No es de esta manera como se debe comer nuestra quinua! ¿Por qué aumentaste la ración que te dejé? Y se dedicó a ayudar al mozo a esconder la quinua rebosada para que los padres de ella no lo descubrieran. Entre tanto le advirtió: -No deben verte mis padres. Sólo puedo tenerte escondido. Y así fue. Él vivía escondido; y la hermosa estrella le llevaba alimentos a su refugio. Durante un año vivió de esta suerte el mozo con su esposa. Y apenas cumplido el año, ella se olvidó de llevarle alimentos. Un día salió, diciéndole: “Ha llegado la hora en que debes irte”; y no volvió a aparecer más en la casa. Lo abandonó. Entonces, con el rostro lleno de lágrimas, el joven se dirigió nuevamente a la orilla del mar del cielo. Cuando llegó allí, vio que desde la lejanía surgía el cóndor. El joven corrió para darle alcance. El cóndor voló hasta posarse junto a él; y así observó que el Mallku Divino había envejecido. El cóndor a su vez vio que el mozo estaba avejentado y marchito. Cuando se encontraron, ambos gritaron al mismo tiempo: -¿Qué ha sido de ti? El joven volvió a contarle su vida, y se quejó: -Así, Señor, de este modo triste, mi mujer me ha abandonado. Se ha ido para siempre. El cóndor lamentó la suerte del mozo. -¿Cómo es posible que haya procedido de este modo? ¡Pobre amigo! -le dijo. Y acercándose más, le acarició con sus alas, dulcemente. Como en el primer encuentro, le rogó el joven: -Señor, préstame tus alas. Vuélveme a tierra a casa de mis padres. Y el cóndor le respondió: -Bien. Te llevaré. Pero antes nos bañaremos en este mar. Y ambos se bañaron; y rejuvenecieron. Y saliendo del agua, el cóndor le dijo: -Tendrás que volverme a dar dos llamas por mi trabajo de cargarte nuevamente. -Señor, cuando esté en mi casa te entregaré las dos llamas. El Cóndor aceptó; se echó al joven sobre sus alas y emprendió el vuelo. Durante tres años estuvieron volando hacia la tierra. Y cuando llegaron, el mozo cumplió y entregó al cóndor dos llamas. El mozo entró a su casa y encontró a sus padres muy viejos, muy viejos, cubiertos de lágrimas y de pena. El cóndor dijo a los ancianos: -He aquí que les devuelvo a vuestro hijo, sano y salvo. Ahora debéis criarlo cariñosamente. El joven dijo a sus padres: -Padre mío, madre mía: ahora ya no es posible que pueda amar a ninguna otra mujer. Ya no es posible encontrar una mujer como la que fue mía. Así, solo, viviré, hasta que venga la muerte. Y los ancianos le contestaron: -Está bien. Como tú quiera, hijo mío, solo te criaremos, si no es tu voluntad tomar otra esposa. Y de este modo vivió, con una gran agonía en el corazón. -He aquí este corazón que amó tanto a una mujer. He vagado sufriendo todos los dolores. Y he de entregarme ahora al llanto.
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Carmen Conde Hombre con violín
Voz: Manuel López Castilleja Música: Scarlatti-Sonata L366 Youtube.com Esos hombres del violín llevan su voz en el brazo como la vena firme de una canción muchacha. Van celándola dulces, con los ojos cerrados, todos brasa y suspiro del ensueño que llueve diminuto rocío de aprisionadas flores en los cuerpos fragrantes de sus violines músicos, aun con hojas y aromas del encendido bosque. Un violín es la voz de una fuente con viento a la que brizan ásperos y dulcísimos soplos. Lo sabe quien lo pulsa, y flotan sus cabellos como yerba que sube por el tronco de un árbol, mientras la mano empuja hacia el cielo las cuerdas y la otra recorre con el arco un zodíaco. En rubio; huele a nardo en la noche con luna, y de jazmines siembra la abandonada tarde. Tan delgado y ligero como fueron las ninfas, sinuoso y con algas, como verde sirena. Es la voz que prefiere la Primavera fría. Y al Otoño le cuenta que se fueron las aves. Los cipreses la exhalan. El calor de los vuelos en los violines junta con las plumas los nidos.
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Jaime Gil de Biedma: Contra Jaime Gil de Biedma
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin Mazurka 4 Youtube.com De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, dejar atrás un sótano más negro que mi reputación -y ya es decir-, poner visillos blancos y tomar criada, renunciar a la vida de bohemio, si vienes luego tú, pelmazo, embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, zángano de colmena, inútil, cacaseno, con tus manos lavadas, a comer en mi plato y a ensuciar la casa? Te acompañan las barras de los bares últimos de la noche, los chulos, las floristas, las calles muertas de la madrugada y los ascensores de luz amarilla cuando llegas, borracho, y te paras a verte en el espejo la cara destruida, con ojos todavía violentos que no quieres cerrar. Y si te increpo, te ríes, me recuerdas el pasado y dices que envejezco. Podría recordarte que ya no tienes gracia. Que tu estilo casual y que tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de treinta años, y que tu encantadora sonrisa de muchacho soñoliento -seguro de gustar- es un resto penoso, un intento patético. Mientras que tú me miras con tus ojos de verdadero huérfano, y me lloras y me prometes ya no hacerlo. Si no fueses tan puta! Y si yo no supiese, hace ya tiempo, que tú eres fuerte cuando yo soy débil y que eres débil cuando me enfurezco… De tus regresos guardo una impresión confusa de pánico, de pena y descontento, y la desesperanza y la impaciencia y el resentimiento de volver a sufrir, otra vez más, la humillación imperdonable de la excesiva intimidad. A duras penas te llevaré a la cama, como quien va al infierno para dormir contigo. Muriendo a cada paso de impotencia, tropezando con muebles a tientas, cruzaremos el piso torpemente abrazados, vacilando de alcohol y de sollozos reprimidos. Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, y la más innoble que es amarse a sí mismo!
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Carmen Conde: Canto funeral por mi época
Voz: Manuel López Castilleja Música: Schubert - Serenade Youtube.com A Vicente Aleixandre Yo misma reclamando a los arcángeles, ¿qué soy más que una voz descompasada? La tierra suma tierras sin raíces, oscuros vendavales de tormentas... Los cuerpos van sin alma, son tan sólo los pozos del instinto desatado. ¡Qué triste mi yantar de pan sombrío, mi oscuro acontecer por el trascielo! Ni lloro ni sonrío, que la risa, el llanto, son de vivos, y no soy ni viva ni tan muerta que no sepa que me puedo morir dentro de poco. Hablar de lo celeste imaginado. Latir los estertores de la dicha. Sentirme delirar, acongojada por tanto goce limpio en el amor. ¿Acaso todo ello no es posible, temiendo, como temo, que la vida se acabe para mí sin prolongarla en vida de la eterna persistencia? ¡Oh carnes de dolor, hombres funestos; mujeres de placer, viejos sin lumbre; criaturas del descuido irresponsable! Penando por vosotros yo arrebato mis pulsos en amarga calentura. A nadie importa nadie. Que asesinos de otros que serían matadores componen la corteza de la tierra. Delatan lenguas frías sus venganzas, y un pueblo universal ulula odios encima de la sangre derramada. ¿Qué puedo yo crear; quién hace lirios, de no ser Dios potente, de este cieno? ¿Quién puede remediar mi incertidumbre, de no ser Dios eterno, en esta charca? ¡Soñar mis sueños yo, aquellos sueños de esbeltos palmerales levantinos; beber brisas salobres, yo, sedienta, oyendo sollozar por los alcores! ¡Mis años de ilusión, mi fuerza ardiente librada de mi cuerpo dominado; mis sueños del amor que nunca llega colmando aquel soñar de tanto espíritu! ¿Qué hacemos ahora aquí, quién nos requiere si no es para colmar nuestro fracaso? ¡Oh tristes del llorar, sumad mi queja al negro de la noche sin orillas! Muy largo es el dormir sin esperanzas. Muy largo y muy profundo, despertarse. Y busco entre vosotros, los ajenos, la calma de inefables beatitudes. —Hay hombres que no quieren ser el eco de tales resonancias dolorosas. Mujeres sin dolor, cuerpos de sexo que empapan su animal perseverancia—. ¿Quién dijo que la voz del que clamara podría desnudar indiferencias? ¡Que clama mi dolor por lo que sufren, y estoy sola en amor por cuantos lloran! ¡Decir mis sueños yo, la más doliente que puso en este mundo sus pisadas! Contaros que en el sueño de mis ojos anidan las augustas majestades de almas sin temblor, sin una sombra, cubiertas por la flor de mis canciones! Dormir y no saber; dormirme toda y nunca despertar de mi distancia... ¿Qué puedo yo ofrecer, qué luna dulce habría de alumbrar por mis palabras? Volvedme a mis fronteras, nieblas frías; volvedme a mi no ser; al gran seguro. Están sin luz las sendas; los atajos bañándose en la sangre derrochada. En dientes sin blancor gimen pedazos de carnes en agraz. Balan su ira los castos y en temor, que nada impiden. Transcurre todo así; bilis y sangre debajo de los puentes lujuriosos. Codicias y ruindad, grandes altezas imperan bien aquí, donde yo clamo. ¡Abridme como res que todos matan, sacad mi sangre entera, destruidme, que quiero deshacerme entre vosotros! —¿Soñar mis sueños ya..., decir mis sueños en este mismo idioma de lamento? ¡No voz del mundo y mía; voz humana que entiendan y desprecien los humanos! Celeste y misterioso oído mío, augusta majestad que me responde: ¿en qué pozo de luz, en qué caverna de minas sin hollar puedo decirte la enorme angustia mía, mi ternura, inútiles las dos? ¡Cómo las siento secándome la fe de mi destino!
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Leonora Carrington: La debutante
Voz: Manuel López Castilleja Música: Barber_Adagio for Strings Youtube.com En la época en que sería presentada en sociedad iba al zoológico con frecuencia. Con tanta frecuencia que conocía mejor a los animales que a las chicas de mi edad. De hecho, iba al zoológico todos los días para escapar de la gente. El animal al que mejor llegué a conocer era una joven hiena. Ella también me conocía. Era muy inteligente; yo le enseñaba francés y ella, a cambio, me enseñaba su lenguaje. Así pasábamos muy buenos ratos. Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. Nada más de pensarlo sufría durante noches enteras. Siempre he detestado los bailes, y más cuando se celebran en mi honor. En la mañana del primero de mayo de 1934, muy temprano, fui a visitar a la hiena. —¡Qué lata! —le dije—. Tengo que ir a mi baile hoy en la noche. —Qué suerte tienes —dijo ella—. A mí me encantaría ir. No sé bailar, pero al menos podría platicar un poco. —Habrá mucho de comer —añadí—. Vi que llegaban a mi casa camiones repletos de comida. —Y todavía te quejas —replicó la hiena, molesta—. Yo como nada más una vez al día, y deberías de ver las porquerías que me dan. Tuve una idea tan genial que casi suelto la carcajada. —¡Podrías ir en mi lugar! —No nos parecemos lo suficiente; si no iría con gusto —contestó la hiena, desanimada. —Escucha —le dije—, a la luz del atardecer no se ve muy bien. Con que te disfraces, nadie se fijará en ti en medio del gentío. Además, prácticamente somos de la misma talla. Eres mi única amiga, te lo suplico. Se quedó pensando en mi propuesta, pero yo sabía que quería decir que sí. —Está bien, lo haré —dijo de repente. Era tan temprano que no había vigilantes a la vista. Abrí rápidamente la jaula y corrimos a la calle. Tomamos un taxi; en casa todos seguían dormidos. Una vez en mi cuarto saqué el vestido que debía ponerme en la noche. Le quedaba algo largo y le costaba caminar con mis zapatos altos. Encontré unos guantes para ocultar sus manos, demasiado peludas para verse como las mías. Al amanecer, cuando el sol iluminó mi recámara, la hiena ya podía recorrerla, caminando más o menos erguida. Estábamos tan ocupadas en eso que mi madre estuvo a punto de abrir la puerta para darme los buenos días antes de que la hiena pudiera esconderse debajo de mi cama. —Tu cuarto huele mal —dijo mi madre, mientras abría la ventana —. Date un baño antes del baile con mis nuevas sales aromáticas. —Sí, mamá —respondí. No se quedó por mucho tiempo. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella. —Apúrate a bajar a desayunar —dijo al salir. Lo más difícil fue encontrar la manera de disfrazar su cara. Pasamos horas y horas buscando la manera, pero rechazaba todas mis propuestas. Por fin dijo: —Creo que tengo la solución. ¿Tienen criada? —Sí —contesté, perpleja. —Pues ya está: llámala, y cuando entre, nos abalanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; la llevaré sobre la mía en la noche. —No me parece práctico —argumenté—. Seguramente morirá al quedarse sin cara. Encontrarán el cadáver y acabaremos en la cárcel. —Tengo hambre suficiente como para comérmela —replicó la hiena. —¿Y los huesos? —También —agregó—. Entonces, ¿ya quedamos? —Sólo si prometes matarla antes de arrancarle el rostro; si no le va a doler demasiado. —Está bien. A mí me da igual. No sin cierto nerviosismo llamé a Mary, la criada. Nunca lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando Mary entró me volví hacia la pared para no ver. Debo reconocer que no tardó mucho. Un breve grito y todo había terminado. Mientras la hiena comía, yo miraba por la ventana. Unos minutos después me dijo: —Ya no puedo más. Me faltan los pies, pero si tienes una bolsita me los comeré al rato. —En el armario hay una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que hay dentro y tómala. Hizo lo que le indiqué y a continuación dijo: —Voltea y mira qué guapa me veo. Ante el espejo, la hiena se admiraba, con el rostro de Mary sobre el suyo. Se había comido todo el contorno cuidadosamente, de forma que quedaba justo lo necesario. —Es verdad, lo has hecho muy bien —le dije. Cerca del anochecer, cuando la hiena ya había terminado de arreglarse, anunció: —Me siento de maravilla. Creo que seré un éxito en el baile. Cuando la música ya llevaba un rato sonando en el salón, le dije: —Ya puedes bajar. Recuerda no acercarte a mi madre, porque se dará cuenta de que no soy yo. Aparte de ella no conozco a nadie. Buena suerte —dije, dándole un beso, aunque olía muy mal. Se hizo de noche. Agotada por las emociones del día tomé un libro y me senté junto a la ventana, para tener por fin un momento de calma. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Había transcurrido alrededor de una hora cuando se presentó la primera señal de infortunio. Un murciélago entró por la ventana, dando chillidos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso, así que me escondí detrás de una silla, con los dientes castañeteando. Apenas me había arrodillado detrás del respaldo, cuando el estruendo en mi puerta sofocó el aleteo. Mi madre entró, pálida de furia. —Acabábamos de sentarnos a la mesa, cuando esa cosa que ocupaba tu lugar se levantó y gritó: “Con que huelo un poco mal, ¿eh? ¡Pues yo no como pasteles!”. Luego se arrancó la cara y se la comió. Y de un gran salto, desapareció por la ventana.
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José Donoso: Poema 1
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Waltz L_Adieu Youtube.com Los ojos de la tarde están llenos de asombro y un abrigo de nubes ahorca el asul. Una chimenea sola, un pájaro señalan la tarde de descarnado abandono. Confío en el lenguaje de las cosas mudas. ¿Ves los caminos vanos? ¿Ves la inmensidad? El acento mío se perdió en un arrebato que quiso ser vela y luz y playa… Un cerro hiere la tarde enceguecida de donde huyen poco a poco el fuego y el clamor. Qué torpe ascendencia tuvo el riel que no quise. Mira que alegre estoy, desnudo en este recinto sin sol. (De Tres poemas, 1952)
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Carmen Conde: Canción al hijo primero
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Prelude in E minor Youtube.com Hijo de la tierra, te arrojó el Jardín. Aunque veas sombras no quieras lucir. Tu madre era bella, la secan los vientos. Tu madre era tierna, se quema en el yermo. Tu madre mordía la flor del manzano, cuando el hombre puso tu vida en su mano. Tu madre sembraba contigo el centeno, cuando tú bebías la leche en su cuenco. Hijo de la ira de Dios implacable. No podrá salvarte del odio tu madre. No duermas, vigila. No duermas, despierta. Te amenaza fría la heredad desierta. Te persiguen ojos sin dulce descanso. Te aborrece eterna del Creador la mano. Las gacelas corren: correrás tú más. Los leones saltan: tú debes saltar. Los arroyos huyen: tú tienes que huir. Aunque yo lo quiera, ¡no puedes dormir! No duermas, escucha. No duermas, acecha. Silbarán las aves sobre ramas ebrias para hacerte leve esta oscura tierra. Escúchame, hijo: no duermas, no duermas... Por todos los siglos, ¡no duermas, no duermas!
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Carolina Coronado: A la mujer más fea de España
Voz: Manuel López Castilleja Música: Elgar_Salut d'amour Youtube.com Venid, señora, a escuchar la unánime votación que España acaba de dar: venid; que os va a coronar FEA por aclamación. Monstruos mil se presentaron; mas con voz solemne y clara los tribunales fallaron, que otra cara no encontraron semejante a vuestra cara. Cual vuestra cara no hay dos: hay de feas copia extraña, muchas feas ¡vive Dios! pero sin disputa vos sois la más fea de España. Os dieron la primacía: señora, ¡cuánto me alegro! mas, ¡cielos! ¿quién la osadía de mostrar, cual vos, tendría ojo azul en campo negro? ¿Quién, no siendo, cual vos, loca mostrara a la humanidad boca igual a vuestra boca, aunque tuviese muy poca vergonzosa vanidad? La fealdad tiene pudor; y yo en el caso presente (os lo digo sin rencor) por modestia, por rubor me escondiera de la gente. ¡Ay! ¡cuánto hacéis padecer, mostrando vuestra cabeza al que procura creer en la belleza del ser, en su bondad y pureza! Sois una horrible creación; porque aun hay cosa más rara en esa organización: que tenéis el corazón mucho peor que la cara. Todos vuestros pensamientos son torpes y maldicientes: aborrecéis los talentos, las virtudes eminentes y los nobles sentimientos. No hay honra libre e vos, aunque bendita se acoja al manto del mismo Dios; porque en medio de los dos vuestra calumnia se arroja. ¡Ay! ¿por qué si de la huesa, mala anciana, a un paso estás, no dejas la humana presa? ¿Por qué en la fama ilesa te irritas y ensañas más? Déjame con mi poesía pasar la vida inocente, si no quieres que algún día tu horrorosa biografía a las criaturas presente. Aunque no sé si te diga que es mi más gloriosa hazaña el que me odie y persiga como mortal enemiga, la mujer más fea de España.
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Pablo Neruda: Oda al amor
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin Mazurka N4 Youtube.com Amor, hagamos cuentas. A mi edad no es posible engañar o engañarnos. Fui ladrón de caminos, tal vez, no me arrepiento. Un minuto profundo, una magnolia rota por mis dientes y la luz de la luna celestina. Muy bien, pero, ¿el balance? La soledad mantuvo su red entretejida de fríos jazmineros y entonces la que llegó a mis brazos fue la reina rosada de las islas. Amor, con una gota, aunque caiga durante toda y toda la nocturna primavera no se forma el océano y me quedé desnudo, solitario, esperando. Pero, he aquí que aquella que pasó por mis brazos como una ola aquella que sólo fue un sabor de fruta vespertina, de pronto parpadeó como estrella, ardió como paloma y la encontré en mi piel desenlazándose como la cabellera de una hoguera. Amor, desde aquel día todo fue más sencillo. Obedecí las órdenes que mi olvidado corazón me daba y apreté su cintura y reclamé su boca con todo el poderío de mis besos, como un rey que arrebata con un ejército desesperado una pequeña torre donde crece la azucena salvaje de su infancia. Por eso, Amor, yo creo que enmarañado y duro puede ser tu camino, pero que vuelves de tu cacería y cuando enciendes otra vez el fuego, como el pan en la mesa, así, con sencillez, debe estar lo que amamos. Amor, eso me diste. Cuando por vez primera ella llegó a mis brazos pasó como las aguas en una despeñada primavera. Hoy la recojo. Son angostas mis manos pequeñas las cuencas de mis ojos para que ellas reciban su tesoro, la cascada de interminable luz, el hilo de oro, el pan de su fragancia que son sencillamente, Amor, mi vida.
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Vicente Aleixandre: El poeta
Voz: Manuel López Castilleja Música: Erik Satie - Gnossienne 1 Youtube.com Para ti, que conoces cómo la piedra canta, y cuya delicada pupila sabe ya del peso de una montaña sobre un ojo dulce, y cómo el resonante clamor de los bosques se aduerme suave un día en nuestras venas; para ti, poeta, que sentiste en tu aliento la embestida brutal de las aves celestes, y en cuyas palabras tan pronto vuelan las poderosas alas de las águilas como se ve brillar el lomo de los calientes peces sin sonido: oye este libro que a tus manos envío con ademán de selva, pero donde de repente una gota fresquísima de rocío brilla sobre una rosa, o se ve batir el deseo del mundo, la tristeza que como párpado doloroso cierra el poniente y oculta el sol como una lágrima oscurecida, mientras la inmensa frente fatigada siente un beso sin luz, un beso largo, unas palabras mudas que habla el mundo finando. Sí, poeta: el amor y el dolor son tu reino. Carne mortal la tuya, que, arrebatada por el espíritu, arde en la noche o se eleva en el mediodía poderoso, inmensa lengua profética que lamiendo los cielos ilumina palabras que dan muerte a los hombres. La juventud de tu corazón no es una playa donde la mar embiste con sus espumas rotas, dientes de amor que mordiendo los bordes de la tierra, braman dulce a los seres. No es ese rayo velador que súbitamente te amenaza, iluminando un instante tu frente desnuda, para hundirse en tus ojos e incendiarte, abrasando los espacios con tu vida que de amor se consume. No. Esa luz que en el mundo no es ceniza última, luz que nunca se abate como polvo en los labios, eres tú, poeta, cuya mano y no luna yo vi en los cielos una noche brillando. Un pecho robusto que reposa atravesado por el mar respira como la inmensa marea celeste, y abre sus brazos yacentes y toca, acaricia los extremos límites de la tierra. ¿Entonces? Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar en sus páginas un destello del sol, y mira a la luz cara a cara, apoyada la cabeza en la roca, mientras tus pies remotísimos sienten el beso postrero del poniente y tus manos alzadas tocan dulce la luna, y tu cabellera colgante deja estela en los astros. De Sombra del paraíso (1939-1943) En Lo mejor de Vicente Aleixandre (selección de Pere Gimferrer), Seix Barral, Barcelona, 1989.
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