EPISODE · Nov 23, 2014 · 10 MIN
076 COYOTE 11
SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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