EPISODE · Dec 6, 2014 · 17 MIN
100 COYOTE 04
from 100 SIERRA BLANCA
SIERRA BLANCA Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO GIL RIBERO George Washington Hagarthy había conseguido, durante siete cursos en Harvard, ser el primerísimo de los primerísimos. El rector de la Universidad aseguró a su padre: —Su hijo será un segundo admirable Crichton. El señor Hagarthy, padre, había ganado una fortuna y una esposa traficando con mercancías orientales, especialmente especias, té y sedas. Estaba satisfecho de la fortuna y profundamente harto de su esposa. Antes de ser navegante y armador había cortado pinos en Maine. Antes de cortar pinos había pasado dos años al cuidado de su madre, de cuyos brazos pasó directamente a los pinos. Hasta muy mayor no se dio cuenta de que el saber escribir también tenía sus ventajas. Aprovechando una semana de calma en sus ocupaciones decidió aprender a leer y a escribir. A pesar de que no esperaba tener ningún trabajo durante aquellos días, tuvo que interrumpir tantas veces el estudio que al fin decidió fletar un barco y marchar a Oriente llevando de marinero al maestro. El hombre se negó en redondo a salir de Salem, donde estaba muy bien; pero la misma noche en que dio su definitiva negativa fue asaltada su casa y él arrancado de la cama y llevado al buque «La Doncella de New Salem.» Como por el camino escandalizara de una forma casi incorrecta, le dieron en la cabeza con un objeto de madera muy dura. Despertó en alta mar y durante seis meses alternó el oficio de gaviero con el de profesor de primera enseñanza. Así, al volver a Salem, el señor Hagarthy sabía leer, y escribir con relativa ortografía y el profesor se había convencido de que navegando se puede ganar más dinero que desasnando criaturas. Ya no volvió a la escuela. Lo último que había sabido de él el señor Hagarthy era que traficaba con una goleta de su propiedad entre las islas de la Polinesia. Las enseñanzas recibidas por el señor Hagarthy se limitaron a lo imprescindible para él. Su ortografía era casi, correcta, aunque dentro del «casi» entraban una serie de faltas garrafales. En cambio, su aritmética era muy fuerte, y si alguna vez se equivocó en una cuenta, el que tuvo que lamentarlo fue siempre el otro, nunca él. — ¿Quién era ese Crichton? —preguntó, mirando suspicazmente al rector de Harvard.
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