EPISODE · Sep 2, 2018 · 4H 32M
[16 DBY]kube-McDowell,MichaelP.Starwars-Lanuevarepública-Trilogíadelaflotanegra1Antesdelatormenta1de3
from Star Wars Universe
Prólogo Ocho meses después de la batalla de Endor El astillero orbital de reparaciones que el Imperio había construido en N'zoth, conocido en código con el nombre de Negro 15, era del diseño imperial estándar, con nueve grandes diques dispuestos formando un cuadrado. La mañana de la retirada de N'zoth, los nueve estaban ocupados por navíos de guerra imperiales. Normalmente, la visión de nueve Destructores Estelares juntos habría dejado aterrado a cualquier espectador que pudiera llegar a encontrarse delante de sus cañones. Pero la mañana de la retirada de N'zoth, sólo uno de esos nueve Destructores Estelares estaba preparado para hacerse al espacio. Ésa era la triste realidad que ocupaba la mente de Jian Paret, comandante de la guarnición imperial de N'zoth, mientras contemplaba el astillero desde su centro de mando. Las órdenes que había recibido hacía unas horas todavía parecían flotar delante de sus ojos. Se le ordena evacuar la guarnición planetaria hasta el último hombre, a la máxima velocidad posible, utilizando cualesquiera y todas las naves que estén en condiciones de navegar. Destruya el astillero y cualesquiera y todas las instalaciones restantes antes de retirarse del sistema. Esa triste realidad también era conocida por Nil Spaar, el líder de la resistencia yevethana, y ocupaba un lugar muy importante en sus pensamientos mientras viajaba a bordo de la lanzadera de inspección que había despegado de la superficie con el primer grupo de comandos a bordo. Las órdenes que había dado hacía unas horas todavía resonaban en sus oídos. «Notifiquen a todos los grupos que se ha ordenado una evacuación imperial. Ejecuten inmediatamente el plan primario. Hoy es el gran día de la venganza. Hemos comprado esos navíos con nuestra sangre, y ahora por fin serán nuestros. Que cada uno de nosotros pueda honrar el nombre de Yevetha en este día.» Nueve naves. Nueve grandes trofeos de los que apoderarse. El Destructor Estelar más gravemente dañado, el Temible, había padecido un castigo terrible durante la retirada de Endor. En cuanto a las otras naves, había desde viejos cruceros de tamaño mediano que estaban siendo modernizados para volver a entrar en servicio hasta el EX-F, un soporte de armamento y propulsión experimental que había sido instalado en el casco de un Destructor. La clave de todo era el gigantesco Destructor Estelar Intimidador, que estaba atracado en uno de los diques abiertos al espacio. Capaz de navegar, pero todavía no utilizado en ninguna batalla, el Intimidador había sido enviado a Negro 15 desde el Núcleo para la finalización de su puesta a punto, lo cual había permitido que se pudiera desocupar un dique de la clase Súper en el astillero del complejo central. A bordo había espacio más que suficiente para toda la guarnición, y el Intimidador tenía potencia de fuego sobrada para destruir el astillero y todas las naves que había dentro de él. Paret se había trasladado al puente del Intimidador una hora después de haber recibido sus órdenes. Pero el Intimidador no podía abandonar el astillero tan deprisa como le hubiese gustado a Paret. Sólo disponía de un tercio de una tripulación estándar, lo que equivalía a un solo turno de guardia, y eso significaba que una dotación tan reducida tardaría bastante tiempo en preparar la nave para su salida del astillero. Además, nueve de cada diez trabajadores de Negro 15 eran yevethanos. Paret despreciaba a aquellos esqueletos de rostros multicolores. Le habría gustado poder sellar todas las compuertas de la nave en beneficio de la seguridad, o reclutar trabajadores adicionales para poder acelerar el proceso. Pero cualquiera de esos dos actos habría alertado prematuramente a los yevethanos de que la fuerza de ocupación estaba a punto de abandonar N'zoth, y eso habría supuesto un grave peligro para la retirada desde la superficie. Lo único que podía hacer era ordenar una partida por sorpresa y esperar mientras se iban desarrollando las largas comprobaciones y procesos de cuenta atrás, y permitir que los trabajos normales siguieran adelante hasta que los transportes de tropas y la lanzadera del gobernador hubieran despegado y estuvieran en camino. Entonces, y sólo entonces, podría ordenar a su tripulación que cerrara las compuertas, cortara las amarras y diera la espalda a N'zoth. Nil Spaar estaba al corriente del dilema al que se enfrentaba el comandante Paret. Sabía todo lo que sabía Paret, y muchas cosas más. Llevaba más de cinco años haciendo cuanto podía para introducir aliados de la resistencia en el contingente laboral reclutado a la fuerza. Nada importante ocurría sin que Nil Spaar se enterase rápidamente de ello, y Spaar había utilizado toda la información que había ido reuniendo para tramar un plan muy elegante con ella. Había puesto fin a la racha de pequeños «errores» y «accidentes», y había exigido que quienes trabajaban para el Imperio mostraran diligencia y trataran de hacerlo todo lo mejor posible..., al mismo tiempo que se iban enterando de cuanto podían acerca de las naves y de su funcionamiento. Se había asegurado de que los yevethanos se ganaran la confianza de sus superiores y acabaran siendo indispensables para los jefes de cuadrilla del astillero de la Flota Negra. Era esa confianza la que había permitido que el ritmo de los trabajos se fuera frenando poco a poco durante los meses transcurridos desde la batalla de Endor sin que nadie se diera cuenta de lo que ocurría. Era esa confianza la que había puesto en manos de sus yevethanos tanto el control del astillero como las naves atracadas en los diques. Y era la paciente y calculada utilización de esa confianza la que había llevado a Nil Spaar y a quienes le seguían hasta aquel instante. Spaar sabía que ya no debía temer al Acoso, el Destructor Estelar de la clase Victoria que había estado protegiendo el astillero y patrullando el sistema. El Acoso había recibido la orden de partir con rumbo al frente hacía tres semanas, y se había unido a la fuerza imperial que estaba siendo lentamente derrotada en una acción de retaguardia en Notak. También sabía que Paret no podría impedir que sus hombres subieran al Intimidador ni siquiera ordenando un bloqueo general de los puestos de combate. Técnicos yevethanos habían manipulado los circuitos de más de una docena de escotillas externas de las Secciones 17 a la 21 para que transmitieran la información de que tenían activados sus sistemas de bloqueo cuando en realidad éstos se hallaban desconectados, y para que asegurasen que estaban cerradas cuando no lo estaban. Sabía que incluso en el caso de que el Intimidador lograse salir del dique en el que estaba atracado, no tendría ninguna posibilidad de escapar o volver sus cañones hacia los navíos abandonados. Los paquetes de explosivos ocultos dentro del casco del Intimidador lo harían pedazos con tanta facilidad como si fuese una cáscara de huevo en cuanto los escudos de la nave entraran en acción y bloquearan la señal continua que mantenía inactivas las bombas. Mientras la lanzadera se iba aproximando al muelle de atraque, Nil Spaar no sentía ni la más mínima sombra de miedo o aprensión. Todo lo que podía hacerse había sido hecho, y había una especie de alegre inevitabilidad en el combate que no tardarían en librar. No albergaba ninguna duda de cómo terminaría. Nil Spaar y el primer grupo de comandos yevethanos entraron en el Intimidador a través de las escotillas de la Sección 17, mientras que Dar Bille, su primer oficial, y el grupo de apoyo, entraban por la Sección 21. No se dijo ni una sola palabra. No era necesario. Cada miembro de los dos grupos conocía la estructura de la nave tan bien como cualquier tripulante imperial. Los yevethanos avanzaron por ella como si fueran fantasmas, corriendo por pasillos cerrados o que habían sido despejados por amigos de las cuadrillas de trabajadores, deslizándose por conductos de acceso y subiendo por escalerillas que no aparecían en ningún plano de construcción. Unos pocos minutos bastaron para que llegaran al puente..., sin que nadie hubiera tratado de detenerles, y sin que se hubiera desenfundado una sola arma o se hubiese hecho un solo disparo. Pero los yevethanos entraron en el puente con las armas desenfundadas, sabiendo con toda exactitud qué puestos estarían ocupados, dónde estaba el centro de guardia y quién podía hacer sonar la alarma general. Nil Spaar no gritó ninguna advertencia, no hizo ningún anuncio melodramático y no exigió ninguna rendición. Se limitó a cruzar el puente con paso rápido y decidido hacia donde estaba el oficial ejecutivo, y después alzó su desintegrador y le calcinó la cara. Mientras lo hacía, el resto del grupo de comandos se desplegó detrás de él, con cada yevethano apuntando al objetivo que se le había asignado. Seis miembros de la dotación del puente del Intimidador fueron eliminados durante los primeros segundos, sentados en sus puestos, debido al poder que podía ser convocado por las yemas de sus dedos. Los demás, el comandante Paret incluido, se encontraron rápidamente tumbados de bruces en el suelo, con las manos atadas a la espalda. Adueñarse de la nave no era difícil. El gran desafío siempre había estado en saber elegir el momento de la incursión para evitar una represalia. —Estamos recibiendo una señal de la lanzadera del gobernador —anunció un comando yevethano mientras se sentaba en el sillón del centro de comunicaciones—. Los transportes están despegando de la superficie. No se ha informado de ningún problema. Nil Spaar asintió, satisfecho de que todo estuviera yendo tan bien. —Acuse recibo de la señal —dijo—. Avise a la tripulación de que nos disponemos a recoger a la guarnición. Notifiquen al astillero que el Intimidador va a salir al espacio. La flota de transportes imperiales despegó de N'zoth y, como un enjambre de insectos que volviera a la colmena, puso rumbo hacia el gigantesca Destructor Estelar en forma de daga. Más de veinte mil ciudadanos del Imperio, entre soldados, burócratas, técnicos y sus familias, habían ocupado hasta el último centímetro de espacio disponible a bordo de la flota de insectos. —Abran todos los hangares —dijo Nil Spaar. Con su destino a la vista, los transportes fueron reduciendo la velocidad y empezaron a seguir los distintos vectores de aproximación. —Activen todas las baterías dotadas de miras automáticas —dijo Nil Spaar. Un jadeo colectivo brotó de los prisioneros inmóviles en el puente, que estaban contemplando las imágenes de las mismas pantallas observadas por los comandos yevethanos que habían pasado a ocupar sus puestos. —¡Sois unos cobardes! —les gritó el comandante Paret a los invasores, con la voz enronquecida por el desprecio y la ira—. Un verdadero soldado nunca haría esto. No hay ningún honor en matar a quienes están indefensos. Nil Spaar le ignoró. —Fijen los blancos. —¡Maldito loco asesino! Ya has vencido. ¿Cómo puedes justificar esto? —Fuego —dijo Nil Spaar. Las planchas de la cubierta temblaron con un estremecimiento casi imperceptible cuando las baterías entraron en acción, y los transportes que se estaban aproximando al Destructor Estelar desaparecieron entre un estallido de bolas de fuego y fragmentos metálicos. No se necesitó mucho tiempo. Ninguno escapó. Unos instantes después el centro de comunicaciones empezó a vibrar con las preguntas llenas de terror y perplejidad procedentes de todos los niveles de la nave. La carnicería había sido presenciada por muchos testigos. Nil Spaar dio la espalda a la pantalla de los sistemas de puntería y cruzó el puente hasta el lugar en que el comandante Paret yacía sobre la cubierta. Agarrando al oficial imperial por los cabellos, sacó a Paret de la fila de cuerpos y le dio la vuelta con un brusco empujón de su bota. Después Nil Spaar agarró la pechera de la chaqueta de Paret con una mano y tiró de ella, alzándolo en vilo. El yevethano se alzó sobre el oficial durante un momento interminable, una silueta alta y delgada a la que los fríos ojos negros —bastante más separados de lo que hubiese sido normal en un humano—, la franja blanca que corría a lo largo de su promontorio nasal y los surcos carmesíes que cubrían sus mejillas y su mentón daban el aspecto de un demonio enloquecido por el deseo de venganza. Después, con un siseo, el yevethano tensó su mano libre hasta convertirla en un puño y la echó hacia atrás. Una afilada garra curva emergió de la protuberancia carnosa de su muñeca. —Sois alimañas —dijo Nil Spaar con voz gélida, y deslizó la garra sobre la garganta del oficial imperial. Nil Spaar mantuvo el brazo inmóvil hasta que los espasmos de la agonía del comandante hubieron terminado, y luego permitió que el cuerpo cayera al suelo. Después giró sobre sus talones y bajó la mirada hacia el pozo del centro de comunicaciones y el comando que estaba manejando sus sistemas. —Dígale a la tripulación que son prisioneros del Protectorado Yevethano y de Su Gloria el virrey —dijo Nil Spaar, limpiándose la garra en una de las perneras del pantalón de su víctima—. Dígales que a partir de hoy sus vidas dependen de que nos sean útiles. Y después deseo hablar con el virrey, y contarle nuestro triunfo.
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