EPISODE · Sep 8, 2026 · 6 MIN
792. El narrador griego
from Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda · host Juan David Betancur Fernandez
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur [email protected]ía una vez, en los albores de la Grecia antigua , un ciego que recorría los caminos polvorientos de la antigua Grecia contando historias que nadie más podía contar. Vestía harapos de tela áspera, cargaba un báculo de olivo silvestre que le servia de tercera pierna y apretaba contra el pecho una tosca lira de cuatro cuerdas. Nadie conocía su origen ni la tierra de la que procedía, pero su voz poseía una resonancia que parecía conmover las piedras mismas del camino y además tenía una cadencia que producia respeto en cada una de sus historia.Dondequiera que llegaba con su lira una multitud se congregaba —junto al fuego de una taberna de marineros, o en los olivares de las tierras o en los palacios de los señores micénicos—, el anciano callaba las risas de todos aquellos que tomaban vino con solo rasguear una cuerda.De su memoria prodigiosa brotaban dos cantos monumentales que nadie en el mundo había oído jamás con semejante precisión. Primero iniciaba con la Ilíada: donde contaba la furia devastadora de Aquiles, o el retumbar de los carros de guerra contra las murallas de Ilión , o el duelo despiadado donde cayó Héctor a manos de Aquiles o el llanto del anciano Príamo suplicando el cadáver de su hijo en el campamento enemigo cubierto por la oscura noche. Luego, mudando con una cadencia de leyenda marina, entonaba la Odisea: donde los diez años de naufragios y astucias del rey de Ítaca era el tema cental, contaba con lujo de detalles el encuentro con el Cíclope, o el el abismo de Escila y Caribdis, o como fue el embrujo de Circe y como sucedia la vigilia solitaria de Penélope tejiendo y destejiendo su manto ante la insolencia de los pretendientes que abusaban de su casa.Los oyentes lloraban sobrecogidos. Afirmaban que aquel contador de historias sin ojos debía de ser un emisario de los dioses olímpicos, ya que era capaz de describir cada herida, cada playa y cada plegaria como si las hubiera visto con su propia mirada.Cuando los príncipes le preguntaban cómo llamarlo en sus crónicas, el anciano esquivaba los honores y se limitaba a pronunciar una palabra griega que definía su condición de rehén de la oscuridad y del destino errante: Hómeros, «el que no ve» Después de muchos deambulares finalmente Llegó el invierno definitivo en una cala pedregosa de la isla de Íos. Agotado por el peso de los años y el frío que le entumecía los dedos, el anciano se recostó contra una barca varada en una playa pedregosa a esperar la muerte. Un joven que lo había seguido en silencio a lo largo de la costa cuando se percato de las penurias que acompañaban a aquel viejo se arrodilló a su lado con lágrimas en los ojos.—Maestro —suplicó el muchacho, cubriéndolo con una piel de oveja—. Tu nombre retumbará hasta el fin de los siglos. Has llevado tus historias hasta lo más profundo de nuestras almas y haz colmado la memoria con el orgullo de nuestra tierra. Dime antes de partir: ¿qué dios te dictó tanta gloria? ¿Cómo pudiste recordar con tanta verdad la caída de Troya y el regreso de los héroes?El viejo soltó una risa seca, que se quebraba con el carraspeo que produce la sal del mar cuando llega a la garganta. Levantó las manos temblorosas hacia su rostro marcado por las arrugas, acarició las viejas cicatrices de su piel y negó con la cabeza.—Te he de confesar que No he inventado nada, muchacho —susurró con su último aliento, mientras una sonrisa indescifrable asomaba a sus labios—. No soy ningún vidente engendrado por las Musas ni soy un adivino. Vengo de la misma Ítaca cuya sangre y lágrimas he narrado en mis historia. Los dioses me condenaron a no muy lentamente y me llevaron perder la vista y a vagar por la tierra con otro nombre, pagando mi última y más cruel penitencia: tener que contarle a los hombres mis propios dolores una y otra vez, habiéndome convertido en mi propio mito.El anciano cerró los párpados y exhaló el último suspiro. Cuando el joven levantó la mirada, vio la cicatriz imborrable del colmillo de jabalí la misma que alguna vez había sido descubierta por la criada Euriclea y que ahora era claramente visible en el muslo del aquel narrador de historias que todos conocían. Allí en aquel instante cuando moria el joven comprendió, petrificado, que el mendigo ciego al que Grecia llamaba Homero no era otro más que el mismísimo Odiseo.
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Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez, en los albores de la Grecia antigua , un ciego que recorría los caminos polvorientos de la antigua Grecia contando historias que nadie más podía contar. Vestía harapos de tela áspera, cargaba un báculo de olivo silvestre que le servia de tercera pierna y apretaba contra el pecho una tosca lira de cuatro cuerdas. Nadie conocía su origen ni la tierra de la que ...
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