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EPISODE · Feb 16, 2026 · 55 MIN

Lunaticoin (Semilla Bitcoin): lo primero no es comprar bitcoin, es separar tu identidad

from Cryptocapital · host Carlos Puig Sagi-Vela

Luna, o Lunaticoin, es uno de los divulgadores de Bitcoin más influyentes del mundo hispanohablante y lleva desde 2018 explorando en su podcast los aspectos económicos, políticos y técnicos de Bitcoin, conectando con expertos de todo el mundo para extraer y compartir su valor. Su primer contacto fue en 2013, por curiosidad especulativa; la inmersión de verdad llegó en 2017, cuando dejó de verlo como un activo financiero y empezó a verlo como una herramienta de libertad. Opera bajo seudónimo para separar su vida digital de la física, una práctica que recomienda encarecidamente, y dirige junto a Arkad el espacio educativo Semilla Bitcoin, centrado en la custodia. Su obsesión declarada es la privacidad: en un mundo que trafica con los datos, sostiene que la privacidad no consiste en esconder secretos, sino en ejercer el poder de revelarse selectivamente. DE QUÉ SE HABLÓ «Cripto» engloba tres cosas distintas, y conviene separarlas. Es la respuesta más ordenada que ha dado nadie en el programa a la pregunta de rigor. Primero, criptografía —de lo que se hablaba cuando «cripto» significaba eso en los ochenta y los noventa—, que le fascina y que, recuerda, usamos todos sin darnos cuenta cada vez que navegamos. Después, y en compartimentos separados: Bitcoin, que «come aparte» por arrancar todo el movimiento; las monedas estables, que llegaron en una segunda hornada y que le parecen muy interesantes porque tienen más que ver con la evolución del dinero tradicional; y todo lo demás, donde admite que generaliza, pero con un argumento sobre incentivos: la mayoría de esos proyectos funcionan como empresas, con un consejero delegado, unos fundadores y una parte de los tokens repartida entre ellos. «Los incentivos no persiguen lo mismo.» Lo que le interesa de Bitcoin es su encaje en la historia del dinero, que no tenga empresa detrás, y que sea «lo único que se puede tratar como un activo nativo del mundo digital», algo parecido a una materia prima digital. ¿Maximalista? «Depende del día.» La respuesta más honesta de la hora: cuando está con maximalistas baja un grado, y cuando está con gente de fuera sube. La razón es la que da título a su posición: «cada día que pasa soy más maximalista, pero de la libertad». Y lo baja a un ejemplo práctico que molestaría a un purista: si apareciera una tarjeta que le permitiera pagar en el mundo tradicional sin ceder sus datos, y para usarla tuviera que pasar por una moneda estable, no se va a poner maximalista y renunciar a un servicio que no existe por la vía de Bitcoin. Donde sí se vuelve el más maximalista del mundo, dice, es cuando detecta estafas dentro del sector. La guerra de las bifurcaciones, vista como una virtud. Sobre la vieja polémica con Bitcoin Cash su respuesta sorprende: le parece «una maravilla, una belleza». Y la explicación es la mejor lección de la hora sobre cómo funciona el consenso: en una democracia gana una mayoría simple y un cuarenta y nueve por ciento se queda aguantando cuatro años, mientras que en Bitcoin el consenso tiene que ser del cien por cien. Quien no esté de acuerdo con las reglas puede cambiarlas, bifurcar la cadena y marcharse con su idea. «Y a partir de ahí, todos felices, porque tú estás con tu idea y los que nos quedamos estamos con la nuestra.» Eso pasó en 2017 y, concluye, está bien no estar de acuerdo. Qué significa de verdad «vivir en bitcoin», con la letra pequeña. Es uno de los poquísimos casos conocidos en español de alguien que cobra y gasta en bitcoin, y lo matiza con una honestidad que agradece cualquiera que lo haya intentado: va por temporadas, porque la volatilidad no se puede ignorar. Cuando el precio se multiplica por tres «te sientes el rey del mundo, pero no porque tuvieras razón»; cuando cae un treinta por ciento, pasa lo contrario. Su solución práctica es un colchón de liquidez de tres a seis meses en dinero tradicional —en cualquiera de sus «sabores»: efectivo, dinero bancario o monedas estables—, obtenido a partir de ingresos que sí son en bitcoin. No es una contradicción, es una estrategia para absorber los vaivenes. El elefante, que explica por qué nadie entiende Bitcoin del todo. A la pregunta de si Bitcoin es tan profundo que casi nadie lo comprende hasta el final, responde con la vieja parábola de los ciegos y el elefante: quien toca la trompa cree que es una serpiente voladora, quien toca las patas cree otra cosa. «Bitcoin es multifacético y tiene tantos niveles de profundidad como quieras.» Y enumera las puertas de entrada que ha visto: la especulación, el ahorro a largo plazo, la filosofía política, la libertad de movimiento —«la gente te ve cruzar la frontera y piensa que no tienes dónde caerte muerto, y a lo mejor llevas doce palabras en la cabeza y eres el más rico del lugar»—, o la pura curiosidad técnica. Incluso, dice, jóvenes sin acceso a una tarjeta bancaria que llegan porque es lo que les permite pagar un videojuego o una eSIM. Hay una frase suya que conviene leer con su explicación pegada, porque él la da de inmediato: llama a Bitcoin «dinero del mercado negro», y aclara que para él el mercado negro es el mercado bueno «no porque sean cosas ilegales», sino porque el mercado no regulado es donde se detecta lo que quiere de verdad la gente y donde no hay autocensura. Y en la parte más personal admite algo que él mismo califica de absurdo: cuando tiene un problema, a veces lo piensa «en términos de Bitcoin» —incentivos alineados, racionalidad, que todo el mundo salga ganando— y así encuentra la solución. El arbitraje jurisdiccional, y por qué no va de pagar menos impuestos. Es la parte que más está explorando últimamente y la enfoca al revés de como se suele contar: lo valioso no es irse, es el ejercicio de abrir los ojos. «Mucha gente vive pensando que el mundo funciona como lo que vive él cada día; yo así vivía.» Ver que en otros sitios se puede tener más margen de movimiento, menos Estado encima y menos impuestos te hace preguntarte por qué donde vives no es así. Da ejemplos concretos y desiguales: dentro de Europa, Estonia, donde montar una empresa son tres clics y declarar impuestos son dos, además de Polonia y la República Checa, que están acelerando aunque tengan presión fiscal alta; y fuera, Paraguay —«que te puede dar mucho por poco»—, Emiratos o Singapur, con el matiz de que «hay arbitraje jurisdiccional de varios tickets» según el presupuesto. También menciona ciudades con autonomía propia para fijar sus impuestos y sus estructuras societarias, como Próspera en Honduras. Y deja caer una pregunta incómoda, que es suya: por qué en sitios que no son democracias se vive mejor y con órdenes de magnitud más de seguridad ciudadana. El Salvador, contado por alguien que estuvo antes y después. Es el tramo más político del programa y conviene leerlo como lo que es: su opinión, apoyada en haber estado allí. Cuenta que visitó el país en 2021, cuando todavía era el más peligroso del mundo, y que «daba pánico»; y describe el cambio posterior como increíble, hasta considerarlo hoy más seguro que buena parte del sur de Europa. De ahí su crítica a la cobertura: «da igual lo que diga la prensa, hay que visitar los sitios». Sobre la acusación de deriva autoritaria responde con el argumento del apoyo popular —gana con amplias mayorías porque le resolvieron en un año un problema de treinta— y lanza la pregunta que cierra el bloque: si tan defensores somos de la democracia, a lo mejor habría que escuchar lo que la gente quiere. Añade un apunte práctico para bitcoiners: aunque la ley haya cambiado, allí todavía se puede usar bitcoin para comprar y cobrar sin estar calculando ganancias y pérdidas patrimoniales. Por qué el KYC es el problema, con un caso real y reciente. A propósito de la oleada de secuestros y ataques a bitcoiners en Francia, su diagnóstico no es contra la digitalización sino contra cómo se hizo: «nos subimos al barco de la misma forma que el dinero se digitalizó en los noventa», trasladando al mundo digital lo que sabíamos hacer en el físico y suponiendo que todo iría bien. El resultado son bases de datos que acumulan cada vez más información porque los reguladores la exigen, y que se protegen —usa el meme de la puerta blindada cerrada con un clip— sin emplear tecnologías ya disponibles, como las pruebas de conocimiento cero, que harían imposible filtrar nada «porque no habría nada que filtrar». El caso que cita es demoledor: funcionarios sobornados para extraer información sobre quién declara criptoactivos y, por tanto, quién tiene más, y vendérsela a criminales. Y recuerda que, aunque una administración aguante, trabaja con consultoras externas que también tienen acceso y que también son atacadas. Su conclusión vale como regla general: la información acumulada es un arma de doble filo, porque sirve para controlar pero, si te la roban, le da ese control a otro. «Y quien paga los platos rotos siempre somos nosotros.» El foso defensivo, que es su consejo número uno y el que da título. Preguntado por qué recomendaría a alguien que empiece hoy, su respuesta no es comprar: es construirse una identidad digital separada. Y lo explica de forma sencilla y nada paranoica: te creas un correo en un proveedor centrado en la privacidad, y a partir de ahí todo lo que compartes y todas tus relaciones en internet son de ese personaje, no tuyas. El nombre puede ser raro como el suyo o perfectamente normal; lo que importa es la barrera. La ventaja la ilustra con un ejemplo cotidiano: si creaste ese perfil porque querías aprender a tocar el banjo y entraste en comunidades de banjo, el día que deje de interesarte «lo pones en modo avión» y no contamina el resto de tu existencia. Aplicado a Bitcoin, el riesgo es concreto: si llevas años hablando del tema con tu nombre, alguien puede deducir que eres de los primeros y que tienes miles de bitcoins, y convertirte en un objetivo deseable. Y su argumento decisivo es sobre la reversibilidad: siempre estás a tiempo de decir que ese seudónimo eres tú —por una promoción laboral, por lo que sea—, pero al revés no. «La privacidad cuesta de mantener y se pierde muy rápido.» EL CRIPTOENIGMA ¿Qué fue el desafío de Maxwell, lanzado en 2013? En ese año el desarrollador Gregory Maxwell propuso la idea de CoinJoin para romper la heurística de propiedad común de entradas, que compromete la privacidad de los usuarios de Bitcoin. Pero decidió no desarrollarla él mismo, para no asumir los riesgos legales y reputacionales de crear una herramienta de ofuscación financiera, y en su lugar organizó un fondo de recompensa que llegó a reunir 12 bitcoins para quien presentara una implementación funcional. Pocos días después, Amir Taaki y el equipo de Dark Wallet presentaron un prototipo que funcionaba, pero bajo una filosofía radicalmente opuesta a la cautela de Maxwell: promocionándolo abiertamente para la anarquía financiera. Taaki denunció tiempo después que nunca recibieron ni uno solo de aquellos 12 bitcoins, dejando su destino en el misterio y dejando también a la vista la fractura ideológica entre los desarrolladores más institucionales y los criptoanarquistas. Y el criptoconsejo del día, el de la casa: cada uno compra bitcoin al precio que se merece. ENLACES DEL INVITADO Su sitio, con el podcast, las guías y el blog: https://lunaticoin.blog Semilla Bitcoin, el espacio educativo que dirige con Arkad: https://semillabitcoin.com El podcast también está en YouTube, Spotify y Apple Podcasts, y publica contenido más breve en X, Instagram y TikTok. Como él dice: mientras recuerdes el nombre, Lunaticoin, lo encuentras. Si quieres avanzar en tu soberanía patrimonial, entra en https://www.cryptofinanzaslibres.com porque nadie puede quitarte lo que no saben que tienes.

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