EPISODE · Dec 14, 2022 · 3 MIN
Cuento_5
from Camina en la lluvia · host P. G. Fiori
Seguía sombrío, pese al sol en otras partes, los fanáticos los perseguían para así hacer más ameno el entrenamiento en un baldío. Las lesiones se hacían sentir, las reservas se agotaban, las rojas abundaban siendo reducidos a un grupo que no sumaba once. En la lista de concentrados apareció una novedad, un juvenil llamado Tino Madera que fue asociado al director técnico como familiar dado el nombre idéntico. Los comentarios fueron despiadados, no contento con la marcha del conjunto ahora metía a un allegado a disputar el match de la supervivencia. ¿Qué será luego, la propiedad del club, su presidencia? Pero nada de ello, al saltar al campo de juego evitando a los simpatizantes, dirigentes iracundos, cámaras, celulares, planchas y otros artículos de hogar, la verdad salió a la luz (a la sombra ya que el sol se rajó un mes atrás). El entrenador vestía la diez, no era un joven sino el viejo guerrero entre los once. Ahora el abucheo era en otro sentido, ¿qué hace el abuelo, debería estar retirado, cómo es posible que juegue, para eso entro yo? Nada de esto lo afectaba, no tenían suplentes, tampoco titulares a excepción de los encabezados deportivos. Pitó el colegiado, tomó el esférico el improvisado armador evadiendo a dos oponentes. Lo derribaron, salió rengueando pero regresó bastón en mano, un par de correctivos por aquí, otros tantos por allá. La boina inseparable cual batarang en la cara del portero y gol del menos pensado, el árbitro convalidó la jugada recibiendo las recriminaciones de los visitantes. Sacaron del medio comenzando con el toqueteo infernal, Tino veía el balón pasar, sus compañeros ni lo registraban, el arquero se hacía visera con la mano y en eso el llamado visceral lo obligó a salir. El viejo improvisó, total también podía atajar a esta altura teniendo al público al borde de un ataque masivo de corazón. El arco era inmenso, la boina blanca refulgía llamando al astro que seguía sin ganas de asomarse para ver el mundo. Pero algo venía a responder el pedido de auxilio, los dirigidos por el ahora cancerbero revoleaban la pelota bien lejos aunque esta se empeñaba en volver. De la nada comenzaron a llover proyectiles, los asistentes sacaron el equipo compuesto de paraguas, piraguas y enaguas. El campo lucía recubierto de guijarros, distracción mediante el técnico ahora vuelto mediocampista le pegó un biandazo al balón decretando el 2 a 0. El portero rival protestó, sus compañeros refugiados debajo del banco de los visitantes corearon los insultos y el juez empezó a echar contrarios. Cesó la lluvia de piedras pero comenzó la de cenizas, los uniformes se tornaron de un único tono, las líneas blancas y el terreno de juego en un paisaje unicolor. Luego el silencio, parecía que una nave espacial bajaba al centro del espectáculo para premiar a los ganadores. El sol asomó un rayo iluminando a la mole de granito, el inmenso piedrazo del universo que hizo añicos el lugar no dejando rastros de aquella contienda. Pasados los eones el Río de la Plata ocupó el hueco, pero en una pila de escombros flamea aún la bandera blanca y azul de un legendario jugador que tras zafar de la hecatombe se retiró. Ya no hubo más batallas ni equipos enfrentados, rugen las olas en la escollera de lo que fue anunciando, que dicho golpe no será el último para que los humanos no se confíen.- amazon.com/author/pgfiori
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Seguía sombrío, pese al sol en otras partes, los fanáticos los perseguían para así hacer más ameno el entrenamiento en un baldío. Las lesiones se hacían sentir, las reservas se agotaban, las rojas abundaban siendo reducidos a un grupo que no sumaba once. En la lista de concentrados apareció una novedad, un juvenil llamado Tino Madera que fue asociado al director técnico como familiar dado el nombre idéntico. Los comentarios fueron despiadados, no contento con la marcha del conjunto ahora metía a un allegado a disputar el match de la supervivencia. ¿Qué será luego, la propiedad del club, su presidencia? Pero nada de ello, al saltar al campo de juego evitando a los simpatizantes, dirigentes iracundos, cámaras, celulares, planchas y otros artículos de hogar, la verdad salió a la luz (a la sombra ya que el sol se rajó un mes atrás). El entrenador vestía la diez, no era un joven sino el viejo guerrero entre los once. Ahora el abucheo era en otro sentido, ¿qué hace el abuelo, debería estar retirado, cómo es posible que juegue, para eso entro yo? Nada de esto lo afectaba, no tenían suplentes, tampoco titulares a excepción de los encabezados deportivos. Pitó el colegiado, tomó el esférico el improvisado armador evadiendo a dos oponentes. Lo derribaron, salió rengueando pero regresó bastón en mano, un par de correctivos por aquí, otros tantos por allá. La boina inseparable cual batarang en la cara del portero y gol del menos pensado, el árbitro convalidó la jugada recibiendo las recriminaciones de los visitantes. Sacaron del medio comenzando con el toqueteo infernal, Tino veía el balón pasar, sus compañeros ni lo registraban, el arquero se hacía visera con la mano y en eso el llamado visceral lo obligó a salir. El viejo improvisó, total también podía atajar a esta altura teniendo al público al borde de un ataque masivo de corazón. El arco era inmenso, la boina blanca refulgía llamando al astro que seguía sin ganas de asomarse para ver el mundo. Pero algo venía a responder el pedido de auxilio, los dirigidos por el ahora cancerbero revoleaban la pelota bien lejos aunque esta se empeñaba en volver. De la nada comenzaron a llover proyectiles, los asistentes sacaron el equipo compuesto de paraguas, piraguas y enaguas. El campo lucía recubierto de guijarros, distracción mediante el técnico ahora vuelto mediocampista le pegó un biandazo al balón decretando el 2 a 0. El portero rival protestó, sus compañeros refugiados debajo del banco de los visitantes corearon los insultos y el juez empezó a echar contrarios. Cesó la lluvia de piedras pero comenzó la de cenizas, los uniformes se tornaron de un único tono, las líneas blancas y el terreno de juego en un paisaje unicolor. Luego el silencio, parecía que una nave espacial bajaba al centro del espectáculo para premiar a los ganadores. El sol asomó un rayo iluminando a la mole de granito, el inmenso piedrazo del universo que hizo añicos el lugar no dejando rastros de aquella contienda. Pasados los eones el Río de la Plata ocupó el hueco, pero en una pila de escombros flamea aún la bandera blanca y azul de un legendario jugador que tras zafar de la hecatombe se retiró. Ya no hubo más batallas ni equipos enfrentados, rugen las olas en la escollera de lo que fue anunciando, que dicho golpe no será el último para que los humanos no se confíen.- amazon.com/author/pgfiori
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