EPISODE · Jan 17, 2013 · 1H 14M
Decimoctavo programam de la temporada.
from El viejo tren
- Pregunte por Tomás en la sala de televisión - así me llamó la atención una recién graduada auxiliar de enfermería. - Normalmente a esta hora le gusta ver documentales. Entonces busqué con la mirada, perdido, un cartel que me orientara hacia la sala de televisión. Hasta que la bonita enfermera, de bonito y geográfico nombre, África, me señalo el camino con el dedo que no pude mirar, intuí donde señalaba. Caminé por un pasillo, que más bien parecía una mezcla de autovía y barrio de pueblo. Mientras esquivaba andadores y carritos, encontré entre tanto tráfico una señora que venía protestando porque no le dejaban ver Canal Sur. - Desde luego siempre hay que ver lo que ellos quieren, los puñeteros documentales. - Con cara de enfado, una rosada cara, bien peinada, gran agilidad con el bastón a pesar de su reducida movilidad articular, y un olor que nunca se olvida, Heno de Pravia.- Por un día que pongan a Juan no va a pasar nada. Supuse enseguida que había llegado. Entre una pequeña multitud de pelos blancos, manchas en las calvas y pequeñas partículas de polvo que se veían bailar entre los rayos de sol que entraban por tres ventanas, distinguí a Tomás. Tomás era ya viejo cuando yo era crío. Vivía en una casa heredada junto a la de mi abuela. Siempre estuvo solo y no era muy amigable. De hecho siempre me reñían cuando me acercaba a él o simplemente me sentaba en su escalón a contemplar cromos de futbolistas. Lo llamaban tacaño en el barrio, que es lo menos malo que comentaban de él. Ya de adolescente entendí que esos comentarios eran derivados por la gran fortuna que su padre, antiguo general del ejército español, había amasado en las Américas. La casa que recuerde, era enorme, demasiado para él solo, para habitar y para limpiar. Siempre se negó a cualquier aparato que no estuviera ya en la casa. Nada “moderno” (como él lo llamaba) iba a entrar allí mientras el estuviera presente, y míralo ahora, sentado viendo la tele en un centro con todos los adelantos tecnológicos posibles. Un día de chico me caí jugando en su puerta a los Cazafantasmas mientras perseguía a Moquete (personificado en un globo verde). Salió, y me ayudo a levantarme; y con toda mi inocencia le pregunté por qué le llamaban tacaño. A lo que respondió sin dirigirse a mí, mirando al suelo, con un cigarrillo en la oreja: - Malditas arpías y envidiosos. Lo mío será para quién me limpie el culo.- Entonces yo no entendía muy bien eso que hoy comprendo. A partir de ese día Tomás me enseño la diferencia entre interior, empeine y empeine interior, a jugar a las cartas, al ajedrez y las damas, a fabricar un lanza gomillas para matar salamanquesas, y a reírme de mi mismo. Por eso intento venir a menudo a verle. Bueno y por la auxiliar de enfermería, África, me encanta verla. Quizás algún día….
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