Decimonoveno programa de la temporada.
from El viejo tren
Cualquier momento era bueno para reflexionar, pedir un cigarrillo y sentarse en un banco a contemplar la bahía. Pasaban así todas las dudas, y la mente volvía a estar en blanco. Y como siempre se prometían, nadie volvería a llevar alcohol. Pero alguno de los dos, siempre rompía el acuerdo, y escondía una petaca en el bolsillo de la chaqueta. Hoy le tocó a Martín hacerse el sorprendido. Alonso, su hermano menor, sacó, acompañado de una pícara sonrisa, un poco de whisky barato. Tras ellos caminaban algunas palomas picoteando cascaras de pipas, que alguien, había comido sentado en el sentido opuesto de los hermanos. Hasta que Martín giró la cabeza y les gritó: -Jodidas ratas.- Y escupió.- Anda que no tiene cojones el niño “las pipas”. Habrá paseo y bancos.- Entonces se volvió, y vio como su hermano lo miraba como si hubiera visto a un humorista terminar de contar un chiste. Hecho que enojó a Martín algo más de lo natural. -....y por eso te dejó. Al menos por eso también.- respondió Alonso con el tono justo que la ocasión precisaba.- Y por ser del Sevilla. Martín lo miró con cara de asco mientras levantaba una de sus cejas y arrebató con violencia la petaca de las manos a Alonso. Bebió con ganas de un primer trago, y abusó de otro seguido, que le dejó un chorro caer por la barbilla, tapó la petaca y dejó el cuello caer mirando al cielo. Las nubes eran lo suficientemente delgadas como para coger un tono anaranjado, y mirándolas, suspiró. Bajo la cabeza en pocos segundos, y devolvió la petaca a Alonso para que bebiera. Al fin y al cabo, no tenía a nadie más. Ambos se pusieron en pie. Y caminaron entre el sonido de gaviotas, bocinas de barcos, y olor a mar sucio. Hasta la altura de un semáforo, que los devolvió a su cárcel. Donde ya no soñaban. Donde ya no eran ellos. Donde odiaban. Donde ya ni ellos eran hermanos.
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