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EPISODE · Feb 25, 2011 · 6 MIN

Día del seminario 1ª parte. Diócesis de Santander

from Podcast Cantabria Religión

El día 19 de marzo es la solemnidad de San José, “esposo de la Bienaventurada Virgen María, varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de padre para con el Hijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José, y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. La Iglesia lo venera con especial honor como patrón, a quien el Señor constituyó sobre su familia” (Elogio del Martirologio Romano). En esta solemnidad de tanto arraigo popular, en la mayoría de las Diócesis españolas, se celebra el Día del Seminario. Una jornada para dar gracias a Dios por el don de los sacerdotes y para orar por las vocaciones sacerdotales: “La mies es abundante, pero los trabajadores con pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38). El Día del Seminario es una llamada que nos invita a pedir a Dios por nuestro Seminario de Monte Corbán, Mayor y Menor; por los formadores y profesores; por los seminaristas; por las personas a su servicio; por las familias de los alumnos y por los bienhechores del Seminario. Valor del Seminario “Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” ( Mc 3, 13-14). El Seminario antes que un lugar o un espacio material, es un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorece y asegura un proceso formativo, de manera que el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio puede llegar a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. Vivir en el Seminario, escuela de Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles (cfr. PDV, 42). El texto anterior se refiere directamente al Seminario Mayor, pero debemos resaltar también hoy el valor del Seminario Menor, como lo reafirma la Iglesia: “La Iglesia, mediante la institución de los Seminarios Menores, presta un especial cuidado, un discernimiento inicial y un acompañamiento a estas semillas de vocación sembradas en los corazones de los muchachos. En varias partes del mundo estos Seminarios continúan realizando una preciosa labor educativa dirigida a custodiar y desarrollar las semillas de vocación sacerdotal, para que los alumnos la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más capaces de responder a ella. Su propuesta educativa tiende a favorecer oportuna y gradualmente aquella formación humana, cultural y espiritual que llevará al joven a iniciar el camino en el Seminario Mayor con una base adecuada y sólida”(PDV, 63). Todos los diocesanos debemos valorar y amar al Seminario de Monte Corbán como algo nuestro, porque el Seminario es el corazón de la Diócesis (OT, 5) . El Seminario es cosa y casa de todos: los seminaristas, los formadores y profesores con el obispo, los padres de los seminaristas, las personas de servicio, las parroquias de las que proceden los seminaristas y a las que serán destinados cuando sean sacerdotes, los consagrados que ofrecen su oración y apoyo. En resumen, todos debemos llevar el Seminario en la mente y en el corazón, porque ahí se forman los futuros sacerdotes al servicio de la Iglesia y de la sociedad. De ahí que el Seminario sea la esperanza de la Diócesis y uno de los bienes más preciados. Nuestro afecto cordial al Seminario debe manifestarse también a través de la ayuda económica para sus obras y sostenimiento mediante colectas y donativos. El sacerdote, hombre de Dios para los hombres El lema de la campaña de este año, El sacerdote, don de Dios para el mundo, expresa el origen y el destino del sacerdocio. Al responder a la llamada del Señor para seguirle y estar con él, dejándolo todo, el sacerdote adquiere, por la eficacia del sacramento del Orden, una nueva condición, un nuevo modo de ser y estar en el mundo, desde Dios y en favor de todos los hombres. La evangelización y el apostolado constituyen un aspecto esencial de su identidad ministerial, que adquieren una especial relevancia en un mundo marcado por la secularización y la increencia. El Santo Cura de Ars decía: “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Nuestros sacerdotes, mediante el testimonio de una vida sencilla y entregada, aunque sometida a la fragilidad propia de la condición humana, son la presencia amorosa de Dios en medio de los hombres de nuestro tiempo. “Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor” (Prefacio de la Misa de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote). Por eso, desde estas líneas doy gracias a Dios por el regalo de nuestros sacerdotes diocesanos, les agradezco de corazón su servicio fiel a Dios y los hombres y les ofrezco la certeza de mi oración. Llamada a los jóvenes En este apartado de mi carta pastoral, una vez más me dirijo directamente a ti, joven de nuestra Diócesis de Santander, ante el Día del Seminario y en el horizonte de la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, en agosto de 2011, te digo: Ponte en actitud de escuchar la voz de Dios y dile como el joven Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3, 9). Y si te habla, contéstale con prontitud: “Aquí estoy, porque me has llamado”(1 Sam 3, 5). Pídele al Señor generosidad y valentía para no bajar la mirada ante la de Jesús, como el joven rico del que habla el Evangelio, que no tuvo el coraje de dejar los bienes materiales (cfr. Mt 19, 16-22). Sé valiente para no quedarte enredado en la seducción de los placeres fáciles del mundo y para dejar en la playa de tu vida todos tus proyectos e ilusiones en que hasta ahora venías soñando. ¡Qué difícil dejarlo todo, pero, al mismo tiempo, qué alegría sentir en tu corazón la llamada de amor y predilección de Jesús, que es tu mejor amigo! ¡Cristo será entonces el verdadero tesoro de tu vida por el que merece la pena dejarlo todo! (cfr. Mt 13, 44). Promover la pastoral vocacional en la Diócesis La vocación sacerdotal es un don para el propio destinatario, pero es también un don para toda la Iglesia, un bien para su vida y misión. Por eso toda la Diócesis está llamada a custodiar ese don, a estimarlo y amarlo. Es urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la convicción de que todos los miembros de la Iglesia Diocesana, sin excluir ninguno, somos responsables de las vocaciones sacerdotales, aunque la obligación de renovar y completar el propio presbiterio diocesano afecta de modo especial al obispo y a los sacerdotes. El Papa Benedicto XVI acaba de publicar el Mensaje para la próxima Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 15 de mayo, cuarto domingo de Pascua, bajo el lema: “Proponer las vocaciones en la Iglesia local”. Es un texto precioso, claro e interpelante, en el que nos invita a todos los cristianos a asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Transcribo un largo párrafo significativo: “También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya […] Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por “otras voces” y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil, toda la comunidad cristiana, todo fiel, debería asumir el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir “sí” a Dios y a la Iglesia. Yo mismo los aliento, como he hecho con aquellos que se decidieron ya a entrar en el Seminario, a quienes escribí: “Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que os reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera” (Carta a los seminaristas, 18 octubre 2010). Llamada a la esperanza Ante la tarea importante y urgente de las vocaciones sacerdotales, exhorto encarecidamente a todos los diocesanos a mantener viva la llama de la esperanza, en medio de las dificultades y preocupaciones, a poner la confianza en Dios: “La esperanza no defrauda” (Rom 5, 5). La esperanza no es una mera ilusión. Se apoya en el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). Conscientes de la acción constante del Espíritu Santo en la Iglesia, creemos firmemente que nunca faltarán sacerdotes en la Iglesia y Dios nos dará pastores según su corazón (cfr. Jer 3, 15). Al patriarca San José, que cuidó de Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote, y a la Virgen María La Bien Aparecida tan querida y venerada en nuestra tierra, encomendamos nuestro Seminario de Monte Corbán y la obra de las vocaciones sacerdotales.

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