EPISODE · Sep 24, 2015 · 4 MIN
El Fedón - Eiffel Ramírez
from Podcast de revistaelbosque
El Fedón Ningún antiplatónico podría negarle a Platón lo siguiente: la maestría de componer un drama. Menos aún luego de la lectura del Fedón. Pueda que el confortable escepticismo domine mi alma por un gran tiempo, pero mientras duren estas imperturbables horas sentado en mi diván con aquel libro, me he de declarar un ferviente platónico. El Fedón –una cosa literaria o filosófica, he aquí otra vez la conocida disputa–, no sólo nos atrapa por su dramatismo y escenas gloriosas, sino también por aquello que el propio Fedón declaró a Equécrates en los inicios del diálogo: había una mezcla desacostumbrada de placer y dolor. Los hechos narrados ocurren en el preludio de la muerte de Sócrates, por lo que ha de generar mayor interés en saber qué habría de decir aquel hombre justo antes de beber el veneno. Muy temprano, los amigos y familiares van a despedirse. El barco de peregrinación que se había enviado a Delos regresó a Atenas y por tanto ya se podía dar cumplimiento a lo ordenado por los jueces. Existía todavía un lapso de tiempo, que fue aprovechado por Sócrates y sus amigos para empezar una última discusión, y qué mejor tema que el de la inmortalidad del alma. Introduce Sócrates esta frase: “(...) tengo la esperanza de que hay algo reservado a los muertos”. Entre argumentos y contraargumentos, Sócrates –o Platón–, defiende su postura de que luego de la muerte el alma sobrevive al cuerpo. En una de sus frases concluyentes, dice: “(...) vale la pena correr el riesgo de creer que es así”. Pero durante este entretiempo, el lector ya no piensa en la prontísima muerte de Sócrates. Nos quedamos cavilando solo en las sentencias que se están disputando entre los amigos, y es tal la serenidad que evoca el Diálogo durante esas hojas, que desecha toda idea de una pretensión por parte de Sócrates a una última apelación o consuelo. Sócrates quiere morir convencido. Había dicho antes: “(...) cuantos se dedican por ventura a la filosofía en el recto sentido de la palabra no practican otra cosa que el morir y el estar muertos.” Y al final, en el momento cumbre de tener que tomar la cicuta, lo hace calmadamente. No falta la chispa de ironía en estos sucesos –¿propia del conocido carácter irónico de Sócrates o de la habilidad literaria de Platón?–, cuando Sócrates ordena que se retiren las mujeres y los niños, para que se quede a solas con sus amigos, sin embargo, estos rompen a llorar, a lo que él les reprocha: “¿Qué es lo que hacéis hombres extraños? Si mandé a las mujeres afuera fue por esto especialmente, para que no importunasen de ese modo (...)”. Y sus últimas palabras, cuando ya medio cuerpo estaba muerto: “Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda, y no la paséis por alto”. Nos quedamos extasiados, acabados y también sin consuelo. Tan álgidas discusiones para acabar con una escena memorable. No habrá quizá un final más perfecto que este. De alguna manera es cierto aquello que, cuando cerramos este libro, tan sólo atinamos a mirar el cielo y levantar los brazos. Cleómbroto de Ambracia, según la tradición, se arrojó al mar luego de su lectura. Es probablemente el primer reporte de un lector suicida. Luis Gil, el traductor del Fedón, sobre el cual me baso, se preguntaba sobre el diálogo: “¿Cuál será el destino que en tiempos venideros le estará reservado a nuestra obra?” Yo tengo además otra: Carísimo Platón, ¿cuáles habrán sido tus últimas palabras?
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