EPISODE · Oct 6, 2025 · 5 MIN
El impacto de las teorías conspirativas amplificadas por la TV
from Vamos a contar mentiras · host Logos Elkartea
Vuelve la sección Vamos a Contar Mentiras al programa EgunOn Bizkaia. Esta semana el presidente de Logos Elkartea, Eder Amayuelas ha puesto bajo la lupa la reciente aparición en un programa de gran audiencia de Javi Poves y Elisa Mouliaá, donde se han difundido teorías conspirativas como el terraplanismo y los chemtrails. La intervención se ha producido, según se ha explicado, sin contraste ni cuestionamiento, y se ha presentado en un plano de aparente equivalencia con voces científicas. La sección ha subrayado que este formato de entretenimiento ha reabierto debates científicos ya zanjados y ha generado un contexto de falso equilibrio. Se ha recordado que la mera exposición a mensajes conspirativos deja una huella cognitiva medible, incluso cuando produce “por curiosidad”. Asimismo, se ha insistido en el efecto de verdad ilusoria, por el que la repetición de una afirmación, incluso para desmentirla, termina por aumentar su verosimilitud. Durante la conversación, se ha mencionado que la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) ha alertado en sus informes recientes de la dificultad de una parte de la población para distinguir entre información fiable y afirmaciones dudosas, así como de cómo la confianza en la ciencia ha dependido del nivel educativo y de las fuentes informativas. También se ha aludido a que las actitudes de desconfianza hacia las élites han favorecido la aceptación de teorías conspirativas. Algunos formatos han colocado a científicos y conspiracionistas en el mismo plano, lo que confunde a la audiencia sobre el consenso científico y reduce la disposición a aceptar políticas basadas en evidencia. Se ha remarcado que la estética del debate y la asimetría visual han validado sin querer esas tesis. La sección ha definido la reapertura de controversias superadas como “debates zombi”, discusiones que se han dado por cerradas en la comunidad científica pero que han regresado por la lógica del espectáculo. Se ha enfatizado que la libertad de expresión protege la diversidad de ideas, pero ampara la difusión de falsedades con apariencia de conocimiento, y se ha reclamado a los grandes medios un deber moral de promover información veraz y comprensible. Finalmente, se ha recordado que la ciudadanía confía en redes de conocimiento —instituciones científicas, universidades y medios responsables— como filtros de fiabilidad. Cuando un programa equipara a un físico con un terraplanista, se daña esa confianza epistémica y se extiende la idea de que “todo es opinable”, con el consiguiente deterioro de la conversación pública.
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Vuelve la sección Vamos a Contar Mentiras al programa EgunOn Bizkaia. Esta semana el presidente de Logos Elkartea, Eder Amayuelas ha puesto bajo la lupa la reciente aparición en un programa de gran audiencia de Javi Poves y Elisa Mouliaá, donde se han difundido teorías conspirativas como el terraplanismo y los chemtrails. La intervención se ha producido, según se ha explicado, sin contraste ni cuestionamiento, y se ha presentado en un plano de aparente equivalencia con voces científicas. La sección ha subrayado que este formato de entretenimiento ha reabierto debates científicos ya zanjados y ha generado un contexto de falso equilibrio. Se ha recordado que la mera exposición a mensajes conspirativos deja una huella cognitiva medible, incluso cuando produce “por curiosidad”. Asimismo, se ha insistido en el efecto de verdad ilusoria, por el que la repetición de una afirmación, incluso para desmentirla, termina por aumentar su verosimilitud. Durante la conversación, se ha mencionado que la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) ha alertado en sus informes recientes de la dificultad de una parte de la población para distinguir entre información fiable y afirmaciones dudosas, así como de cómo la confianza en la ciencia ha dependido del nivel educativo y de las fuentes informativas. También se ha aludido a que las actitudes de desconfianza hacia las élites han favorecido la aceptación de teorías conspirativas. Algunos formatos han colocado a científicos y conspiracionistas en el mismo plano, lo que confunde a la audiencia sobre el consenso científico y reduce la disposición a aceptar políticas basadas en evidencia. Se ha remarcado que la estética del debate y la asimetría visual han validado sin querer esas tesis. La sección ha definido la reapertura de controversias superadas como “debates zombi”, discusiones que se han dado por cerradas en la comunidad científica pero que han regresado por la lógica del espectáculo. Se ha enfatizado que la libertad de expresión protege la diversidad de ideas, pero ampara la difusión de falsedades con apariencia de conocimiento, y se ha reclamado a los grandes medios un deber moral de promover información veraz y comprensible. Finalmente, se ha recordado que la ciudadanía confía en redes de conocimiento —instituciones científicas, universidades y medios responsables— como filtros de fiabilidad. Cuando un programa equipara a un físico con un terraplanista, se daña esa confianza epistémica y se extiende la idea de que “todo es opinable”, con el consiguiente deterioro de la conversación pública.
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