EPISODE · Oct 3, 2020 · 9 MIN
EL LABERINTO DE LOS PERDIDOS- Pattiorella- Olymar
from Olga Vargas
EL LABERINTO DE LOS PERDIDOS “Sub-terráneos” Desperté en medio de brumas, un calor sofocante restaba oxígeno y el aire se volvía irrespirable y pesado. Miré en derredor, nada me resultaba conocido. Paredes grises, húmedas y mugrientas semejaban túneles donde se cocinaba la muerte. Traté de recordar, enfocar mi mente a los últimos momentos antes de esta cárcel de cemento. Un tajo en mi boca hace brotar hilos de sangre y un dolor insoportable en mi cabeza me da la idea precisa de un fuerte golpe que retiró la conciencia. Mi cabeza estalla, breves momentos como centellas van y vienen. Sombras y luces, siluetas indefinidas se sobreponen como en un espejo roto. Me estremezco y un mareo vomitivo hace de mí un ovillo. El sudor empapa mi cuello como una lengua de fuego y pierdo la conciencia nuevamente. No sé cuánto tiempo ha pasado, mis ojos se achican tratando de ver a través de la oscuridad; un finísimo haz de luz se filtra por un pequeño agujero del techo. Solo ese rayo, la oscuridad y el silencio son mi única compañía. El cazador cazado, el buscador de los perdidos envuelto en una cruel realidad. Había jurado encontrar a todos aquellos que habían desaparecido sin dejar rastros, volver a traerlos a la libertad y reencontrarlos con sus familias. Por primera vez sentí temor, bocanadas de miedo hacían latir fuertemente mi corazón. La sangre se agolpa en mi torrente sanguíneo como una locomotora a vapor fuera de borda. Me pegué a la pared de ese cuarto, sentí la necesidad de apoyarme y no estar en el medio de la nada. Me arrastré pegado a ella, sentí la viscosidad del piso, avanzando torpemente con el temor de pisar un cuerpo. Mi frente perlada de sudor frío y la humedad viscosa empapando mis ropas; el espanto hace doblar mis piernas. El monstruo del miedo me acorrala, perturba el momento. Avanzo con los brazos extendidos y los ojos desorbitados buscando una luz que no encuentro. Siento un tictac en mi cabeza, recurrente, lento, tieso como un reloj que martiriza con su taladrar en mis sienes, su terco compas aturde y apaga los latidos que mi corazón no reconocen. Mi boca se va secando, saboreando como costras de sal la sangre que ya no fluye y pega mi lengua al paladar. Siento mi garganta como un tragar de ripio salobre que acalla toda palabra que en mi mente es como un torbellino infestado de imágenes de vaho irreconocibles, figuras que terminan diseccionadas bajo el bisturí de mis párpados, que trato inútilmente de abrirlos pero las tinieblas que me rodean tienen un aceitoso peso irremediable. Mis manos tantean mi cuerpo, mas, se hunden en la carne que me parece ajena, sin embargo, siento un sudor gélido y un abultamiento mortecino debajo de mis costillas. Mi vientre es un hormigueo inflado y sin embargo flácido como una enorme ampolla de jugos pútridos. Mis pies se elevan en puntillas y mil arañan dejen como escarpines una mortaja que va subiendo por mis piernas. Siento entonces la inmovilidad de mi cuerpo. De pronto escucho ruidos, ruidos que se parecen a ruegos, a misereres de proscritos confinados a un sin retorno de dédalos infernales, lamentos en lenguas babélicas, de silabarios revueltos y entrecortados, de dialectos quizás de almas que perdieron sus vocablos vitales, que respiran su propio aliento que va mellando en ésta cárcel de cemento. En escalofriante retumbo, una procesión de inmisericordes galopan sobre bestias negras, sus coces, a pares de cortejos remueven la tierra, el finísimo haz de luz del techo se agrieta, abre un boquete hacia afuera, el viento sesga y sin parpadeo se aligera, mis córneas se retuerce en ese círculo níveo, resplandeciente, tan aciago como la oscuridad que me rodea, mi mente, sin recuerdos, se corroe en un fragmento de mitología que la compara con Selene o quizás con Lilith con su mátrix negra. Sobre el rigor mortis de mi postura, desciende los pesos sin aliento con el agrio formol de sus últimos sudores, son los posesos al mismísimo hades, entonces un retal de conciencia me devuelve al sinfín del Laberinto de los Perdidos. Olga Mary Olymar – Argentina María Patricia Orellana – Ecuador Imagen de red.-
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