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EPISODE · Nov 21, 2024 · 18 MIN

El payo de la memoria - De cabras y un cabrero

from Podcast radio valdivielso

CABRAS Y UN CABRERO El monte estaba muy limpio cuando Quecedo tenía un buen rebaño de cabras. Lo podemos confirmar los que en los años 60 formábamos una chavalería que bajaba de Pilas a Santillán monte a través, corriendo y saltando por unas laderas pedregosas donde afloraban muchas rocas entre una cantidad razonable de arbustos. Actualmente este espectáculo sería imposible, no solo porque no hay niños, sino también porque desde los años 80 hay una tupida y cerrada vegetación de arbustos que lo cubre todo. El monte es ahora una selva, y mi memoria es otra selva, llena de recuerdos que quisiera contar. ¿Me dáis permiso? Pues, si es así, empezaré rescatando del olvido a un cabrero. Julián era un hombre joven que tenía una planta impresionante. Muy alto y de hombros anchos, con el pelo rubio y los ojos azules, un gran morral de piel de cabra en bandolera, llegaba del monte al atardecer, caminando con grandes zancadas, apoyando apenas en el suelo una larga vara de pastor. Su rostro era anguloso y serio, de tez curtida por el frío y el sol, con facciones nobles y duras esculpidas por el viento regañón. Después de devolver a sus dueños las cabras del rebaño que él pastoreaba todos los días, Julián regresaba a su casa de la calle de la Revilla con las cuatro cabras que eran de su propiedad. Allí, en la calle de la Revilla nº 4, esquina al callejón de La Hoyuela, le esperaba su esposa, Milagros Díaz Alcalde, una mujer nacida en El Almiñé que entre 1961 y 1965 trajo al mundo cuatro hijos e hijas, y más tarde otra niña más. Esto lo he comprobado en un padrón, y se corresponde casi fielmente con mis recuerdos: cada vez que yo iba a veranear a Quecedo, Milagros tenía una criatura más que el año anterior. Para mí que tanta fertilidad tenía que ver con la suculenta leche de cabra, que le daba a Milagros una fuerza extraordinaria, no solo para parir criaturas, sino para bregar todos los días con aquella tropa. Solía darse el caso, por ejemplo, de que uno de sus niños se metía de patas en la agüera que cruzaba la calle, mientras otro trepaba por el tronco de la parra a riesgo de romperse la crisma, y un tercero berreaba, a saber por qué. Entonces Milagros, a la que recuerdo vestida de negro y siempre con un niño en brazos, soltaba aquello de “me […] en la madre que os parió” y una retahila de palabras fuertes, porque era un encanto de mujer, pero en circunstancias extremas solía ser muy castiza. La cosa llevaba a que mi abuela, una señora muy estricta en la lucha por el decoro y contra la blasfemia, asomara la cabeza por la ventana de la cocina gritando “¡Milagros, hija, te voy a lavar la lengua con estrapajo!”. Y la respuesta de la apurada mujer siempre era: “Ay, señora Juanita, perdone, es que estos hijos me vuelven loca.” Y mi abuela le daba la absolución, cómo no, porque le había cogido cariño a Milagros, y bien que la echó de menos cuando en los años 70 aquella familia emigró. Y es que las botellas de leche de cabra que la mujer del cabrero vendía a la señora Juanita, además de alimentarme a mí, tenían mucho que ver con el éxito que cosechaban las cremosas y deliciosas croquetas y natillas que hacía mi abuela. Nada como la leche de cabra. Pero, volvamos al cabrero y su familia. Gracias a los datos de Juanra Seco, y a lo que vi en un padrón que se guarda en el Ayuntamiento, puedo decir que el pastor se llamaba Julián Sedano y Santamaría, nacido en Quecedo el 23 de junio de 1935, siendo hijo de Felipe Sedano De la Torre y de Francisca Santamaría Expósita. A estos también los conocí: la señora Paca, que criaba unos cerdos enormes, y el señor Felipe, que era guarda jurado. Él falleció poco antes de 1960, y ella poco después de ese año. Y recuerdo a una hermana de Julián, llamada Lipa, que también era rubia y de ojos azules, muy guapa y elegante, simpática y alegre. Lipa se fue a trabajar, creo que a a Burgos, hacia 1960 y solo volvió unas pocas veces, de visita. Según el padrón de Quecedo de 1965, los cuatro primeros hijos de Milagros y el pastor Julián nacieron en las fechas siguientes: Julián, el 25 de marzo de 1961; Juan Carlos, el 11 de junio de 1962; María Adela, el 28 de mayo de 1964; Ángel María, el 26 de octubre de 1965. De la niña que nació después, no tengo datos. En cuanto a las cabras, tengo que decir que nunca conseguí llevarme bien con ellas. Me parecían unos animales preciosos, con una estampa magnífica, pero por algo se dice lo de “más arisco que una cabra”. Según mi experiencia infantil, si intentas acariciar a una cabra, te “amocha”, o sea te da con la cabeza un empujón tan fuerte que ruedas por el suelo. Y, lo que es peor, no solo comen aliagas y boj y brezo y plantas en general. En una ocasión, estando yo sentada en el poyo leyendo con deleite un tebeo, mi abuela me llamó desde el interior de la casa y yo acudí presta, dejando el tebeo sobre el poyo. Entre tanto, llegaron las cabras de Julián y, cuando bajé de nuevo a la calle, una de aquellas bestias se estaba comiendo ya las últimas páginas de mi preciado tesoro. No se salvó ni una viñeta. Eso sí que no lo he podido perdonar nunca, por más que me guste el queso de cabra. Pero es bueno, por otra parte, que las cabras se lo coman todo, para que el monte esté limpio y no haya tanto peligro de incendio, ni se nos extravíen los excursionistas. Solo haría falta que el Ayuntamiento de la Merindad de Valdivielso organizara la compra de unas cuantas y la creación de un puesto de trabajo digno para un pastor. La leche se procesaría en el Valle, porque para eso tenemos una quesería estupenda, que hace unos quesos y yogures fantásticos a pesar de las dificultades actuales para conseguir leche de cabra. En realidad, uno de mis sueños más bonitos sería ver juntos en Valdivielso a Julián, el cabrero, y Gus, nuestro excelente maestro quesero. Ya sé que el tiempo pasado no puede volver, pero, aunque no se llame Julián, me gustaría ver algún día un cabrero o una cabrera en Valdivielso. En honor a ese tiempo pasado, ya solo cabe decir que en aquella pequeña calle de la Revilla, que tantas veces me viene a la memoria, podían juntarse antaño desde sus cinco casas habitadas hasta quince o más niños y adolescentes, montando una algarabía a la que se sumaban las voces de madres y abuelas repartiendo cariño y reprimendas. Ahora es una calle más bien vacía y silenciosa, a la que el tiempo ha privado hasta de su nombre. Por eso quería yo escribir sobre las cabras, para volver a estar allí un ratito con aquella gente, y ya disculparéis que me haya perdido un poco por el monte. Mertxe García Garmilla

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