EPISODE · Jun 27, 2026 · 5 MIN
El que salve su Vida la perderá
from El Oyente de la Palabra · host Padre Luis M Flores Alva
El Evangelio de este domingo contiene una de las afirmaciones más exigentes de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». A primera vista estas palabras pueden parecer duras, como si el Señor quisiera disminuir el valor del amor familiar. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no está enseñándonos a amar menos a nuestra familia; nos está revelando cuál debe ser el fundamento de todo amor verdadero.Todo ser humano organiza su vida alrededor de aquello que considera su bien más grande. Algunos colocan en el centro el éxito, otros el dinero, otros el trabajo, otros incluso a las personas que más aman. Pero el corazón humano sólo encuentra descanso cuando Dios ocupa ese lugar central. Ninguna criatura puede cargar con el peso de convertirse en nuestro bien absoluto. Cuando esperamos que un esposo, una esposa, un hijo o unos padres llenen completamente nuestro corazón, terminamos exigiéndoles algo que sólo Dios puede ofrecer. Por eso Jesús nos invita a ponerlo a Él en el primer lugar, no para quitarnos a quienes amamos, sino para enseñarnos a amarlos de verdad.La primera lectura ilustra esta verdad con gran delicadeza. La mujer de Sunem recibe al profeta Eliseo sin esperar nada a cambio. Reconoce en él a un hombre de Dios y decide abrirle un espacio en su casa. Le prepara una habitación con una cama, una mesa, una silla y una lámpara. Antes de recibir un don, hace lugar para Dios. Y precisamente cuando Dios ocupa ese lugar en su hogar, recibe el regalo que nunca había pedido: un hijo. La Escritura nos enseña así un principio profundamente espiritual: cuando buscamos primero al Señor, todo lo demás encuentra su verdadero lugar. La mujer de Sunem no buscó primero el milagro; buscó primero al Dios que podía habitar en su casa.La segunda lectura profundiza todavía más esta enseñanza. San Pablo recuerda que, por el Bautismo, hemos muerto con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Ya no vivimos únicamente para nosotros mismos; Cristo se ha convertido en el centro de nuestra existencia. Desde esa nueva vida comprendemos mejor las exigencias del Evangelio. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, no amamos menos a nuestra familia, sino mejor. El esposo deja de esperar que su esposa satisfaga todos los deseos de su corazón; la esposa deja de exigir al esposo una perfección imposible; los padres aprenden a amar a sus hijos sin convertirlos en el centro absoluto de su vida, y los hijos descubren que el amor de sus padres tiene una fuente más profunda: el amor mismo de Dios. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran su justa medida.Esta enseñanza adquiere una dimensión muy concreta en la Eucaristía. Cada domingo hacemos exactamente lo que Jesús nos pide en el Evangelio. Antes que el trabajo, antes que nuestras preocupaciones, antes que nuestros proyectos e incluso antes que nuestras relaciones más importantes, venimos a poner a Dios en el centro. No porque la familia sea menos importante, sino porque sólo desde Dios aprendemos a amar verdaderamente a nuestra familia. La Eucaristía es la escuela donde el Señor va ordenando nuestros afectos y enseñándonos cuál es nuestro verdadero Bien Supremo.
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El Evangelio de este domingo contiene una de las afirmaciones más exigentes de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». A primera vista estas palabras pueden parecer duras, como si el Señor quisiera disminuir el valor del amor familiar. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no está enseñándonos a amar menos a nuestra familia; nos está revelando cuál debe ser el fundamento de todo amor verdadero.Todo ser humano organiza su vida alrededor de aquello que considera su bien más grande. Algunos colocan en el centro el éxito, otros el dinero, otros el trabajo, otros incluso a las personas que más aman. Pero el corazón humano sólo encuentra descanso cuando Dios ocupa ese lugar central. Ninguna criatura puede cargar con el peso de convertirse en nuestro bien absoluto. Cuando esperamos que un esposo, una esposa, un hijo o unos padres llenen completamente nuestro corazón, terminamos exigiéndoles algo que sólo Dios puede ofrecer. Por eso Jesús nos invita a ponerlo a Él en el primer lugar, no para quitarnos a quienes amamos, sino para enseñarnos a amarlos de verdad.La primera lectura ilustra esta verdad con gran delicadeza. La mujer de Sunem recibe al profeta Eliseo sin esperar nada a cambio. Reconoce en él a un hombre de Dios y decide abrirle un espacio en su casa. Le prepara una habitación con una cama, una mesa, una silla y una lámpara. Antes de recibir un don, hace lugar para Dios. Y precisamente cuando Dios ocupa ese lugar en su hogar, recibe el regalo que nunca había pedido: un hijo. La Escritura nos enseña así un principio profundamente espiritual: cuando buscamos primero al Señor, todo lo demás encuentra su verdadero lugar. La mujer de Sunem no buscó primero el milagro; buscó primero al Dios que podía habitar en su casa.La segunda lectura profundiza todavía más esta enseñanza. San Pablo recuerda que, por el Bautismo, hemos muerto con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Ya no vivimos únicamente para nosotros mismos; Cristo se ha convertido en el centro de nuestra existencia. Desde esa nueva vida comprendemos mejor las exigencias del Evangelio. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, no amamos menos a nuestra familia, sino mejor. El esposo deja de esperar que su esposa satisfaga todos los deseos de su corazón; la esposa deja de exigir al esposo una perfección imposible; los padres aprenden a amar a sus hijos sin convertirlos en el centro absoluto de su vida, y los hijos descubren que el amor de sus padres tiene una fuente más profunda: el amor mismo de Dios. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran su justa medida.Esta enseñanza adquiere una dimensión muy concreta en la Eucaristía. Cada domingo hacemos exactamente lo que Jesús nos pide en el Evangelio. Antes que el trabajo, antes que nuestras preocupaciones, antes que nuestros proyectos e incluso antes que nuestras relaciones más importantes, venimos a poner a Dios en el centro. No porque la familia sea menos importante, sino porque sólo desde Dios aprendemos a amar verdaderamente a nuestra familia. La Eucaristía es la escuela donde el Señor va ordenando nuestros afectos y enseñándonos cuál es nuestro verdadero Bien Supremo.
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El que salve su Vida la perderá
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