PODCAST · religion
El Oyente de la Palabra
by Padre Luis M Flores Alva
Este podcast, el Oyente de la Palabra, surge de la convicción de que el Ser Humano solo alcanzará históricamente su realización al cimentar toda su existencia en la Palabra que le motiva e ilumina.
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211
Dios ha permitido que cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos su misericordia.
Durante varias semanas san Mateo ha ido formando pacientemente el corazón de sus discípulos.Primero les enseñó que la Palabra sólo puede dar fruto en un corazón dispuesto a escuchar.Después les mostró que el Reino crece con la paciencia de Dios.Más tarde los condujo a descubrir el tesoro escondido, a reconocer el verdadero alimento que sacia el corazón humano y, el domingo pasado, a aprender a reconocer la presencia de Cristo en medio de la tormenta.Hoy el camino continúa.Pero ahora la pregunta es distinta.¿Es nuestro corazón tan grande como el corazón de Dios?La primera lectura nos ofrece la clave para comprender el Evangelio.El profeta Isaías anuncia algo verdaderamente sorprendente para el pueblo de Israel: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos.”Israel había recibido la elección de Dios como un privilegio. Pero Dios recuerda que aquella elección nunca tuvo como finalidad excluir a los demás, sino convertirse en instrumento de bendición para todas las naciones.El corazón de Dios siempre ha sido más grande que las fronteras de Israel.Con esta promesa en el corazón llegamos al Evangelio.Una mujer cananea, extranjera, sale al encuentro de Jesús suplicando por su hija.Y, para sorpresa nuestra, Jesús guarda silencio.Después parece rechazarla.Y finalmente pronuncia unas palabras que siempre nos resultan difíciles de escuchar: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”
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210
Jesús caminando sobre el agua
La liturgia de este domingo continúa el camino pedagógico que san Mateo viene recorriendo desde el capítulo 9. Después de la llamada de Mateo, el envío de los Doce, el discurso misionero, las parábolas del Reino, el descubrimiento del tesoro escondido y la multiplicación de los panes, el evangelista conduce ahora al discípulo hacia una nueva etapa en su camino de la fe: aprender a reconocer la presencia de Cristo en medio de la tormenta.El relato comienza inmediatamente después de la multiplicación de los panes. Los discípulos acaban de ser testigos de uno de los milagros más extraordinarios del ministerio de Jesús e incluso han participado personalmente distribuyendo el pan a la multitud. Humanamente esperaríamos que, después de semejante experiencia, su fe ya no vacilara. Sin embargo, Mateo hace notar que Jesús los obliga a subir a la barca y partir hacia la otra orilla mientras Él permanece orando.Este detalle es importante desde el punto de vista espiritual. Los discípulos no están en la tormenta por haber desobedecido al Señor; están allí precisamente porque hicieron lo que Él les pidió. Mateo corrige así una idea muy frecuente entre los creyentes: la fidelidad a Cristo no nos exime de las pruebas. La obediencia no elimina las tormentas de la vida, pero sí garantiza que Cristo vendrá a nuestro encuentro en medio de ellas.
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209
Denles ustedes de comer!
Las parábolas del Reino que hemos escuchado durante las últimas semanas nos han conducido gradualmente hasta descubrir el gran tesoro escondido: Cristo mismo. El Evangelio de este domingo da ahora un paso más. Una vez encontrado el Tesoro, el discípulo comienza a descubrir que sólo Él puede saciar el hambre más profunda del corazón humano.La primera lectura ofrece la clave para entrar en este misterio. El profeta Isaías dirige una pregunta que sigue interpelando a cada generación: «¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no alimenta?». No se refiere únicamente al alimento material, sino al sentido mismo de la vida. Todos buscamos aquello que creemos que nos hará felices: el trabajo, el estudio, el deporte, la seguridad, el reconocimiento, el afecto. Ninguna de estas realidades es mala en sí misma. Sin embargo, la Palabra de Dios nos invita a preguntarnos si alguna de ellas puede sostener el corazón humano y darle su sentido último.
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208
Un Tesoro Escondido
Después de varias semanas enseñando por medio de parábolas, Jesús llega al corazón de toda esta sección del Evangelio.Hasta ahora hemos aprendido a escuchar la Palabra como la buena tierra.Después aprendimos a esperar con paciencia el crecimiento del Reino.Hoy Jesús nos hace una pregunta todavía más profunda.¿Qué es lo más valioso de tu vida?Porque toda vida humana gira alrededor de un tesoro.Siempre hay algo que ocupa el centro de nuestro corazón.Para algunos será el éxito.Para otros el dinero.El trabajo.Los estudios.El deporte.La seguridad.El reconocimiento.Todos vivimos organizando nuestra existencia alrededor de aquello que consideramos nuestro mayor bien.Y entonces Jesús nos sorprende diciendo:“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo.”No dice simplemente un tesoro.Dice un tesoro escondido.Y esa palabra no es accidental.Durante todo este capítulo trece de san Mateo el Reino ha permanecido escondido.La semilla desaparecía bajo la tierra.La levadura trabajaba oculta dentro de la masa.Ahora el tesoro permanece enterrado en el campo.El Reino de Dios nunca comienza siendo evidente.Dios no suele imponerse.Prefiere esconder su grandeza dentro de la sencillez.Por eso hace falta aprender a reconocerlo.
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207
La Parabola de la Cizaña en el Trigo
El domingo pasado Jesús nos hablaba del sembrador y de los distintos terrenos donde cae la semilla. La gran pregunta era: ¿qué clase de tierra soy yo?Hoy san Mateo da un paso más. La semilla ya ha sido sembrada. El Reino ya está creciendo. Pero aparece una nueva dificultad.Mientras todos dormían, un enemigo sembró cizaña entre el trigo.Cuando los trabajadores descubren lo sucedido reaccionan como probablemente reaccionaríamos nosotros.“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”Es una pregunta que nace del corazón humano.¿Por qué Dios permite el mal?¿Por qué deja crecer la injusticia?¿Por qué los malos parecen prosperar?¿Por qué la Iglesia sigue siendo tan frágil?¿Por qué el Reino no se manifiesta con toda su fuerza?Esperábamos que el dueño respondiera inmediatamente:“Sí, arránquenla.”Pero responde exactamente lo contrario.“No. No sea que al arrancar la cizaña arranquen también el trigo.”La respuesta nos desconcierta.No porque Dios ignore el mal.Lo conoce perfectamente.No porque sea indiferente.Sino porque ama demasiado el trigo.
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206
Una vez salió un sembrador a sembrar...
El Evangelio de este domingo marca un momento muy importante en el ministerio de Jesús. Hasta ahora lo hemos visto llamar a Mateo, enviar a los Doce, prepararlos para las dificultades y enseñarles a vivir sin miedo, aprendiendo de su corazón manso y humilde.Pero hoy comienza una etapa nueva en su enseñanza.San Mateo nos dice que Jesús comenzó a enseñar en parábolas.Y esto llama tanto la atención que los mismos discípulos le preguntan:—”¿Por qué les hablas en parábolas?”Muchas veces pensamos que Jesús utilizaba parábolas para hacer más sencillo su mensaje. Como si quisiera poner ejemplos fáciles para que todos lo entendieran mejor.Sin embargo, el Evangelio nos dice precisamente lo contrario.Jesús comienza a hablar en parábolas porque muchos, después de haber visto sus milagros y escuchado sus enseñanzas, siguen sin abrir el corazón.Por eso cita al profeta Isaías:“Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán… porque este pueblo ha endurecido su corazón.”El problema no está en la Palabra de Dios.El problema está en el corazón que la recibe.Las parábolas no ocultan la verdad.La revelan a quien esta dispuesto a dejarse transformar por ella.Pero sólo puede descubrirla quien está dispuesto a dejarse transformar.Quizá por eso las parábolas se parecen mucho a aquella historia que el profeta Natán contó al rey David. Natán no comenzó acusándolo directamente de su pecado. Primero le contó una historia. David se dejó involucrar por la historia, se indignó y, sólo al final, comprendió que aquella historia hablaba de él mismo (cf. 2 Sam 12,1-7).
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205
Aprendan de Mí...
El Evangelio de hoy comienza de una manera que fácilmente puede pasar desapercibida.Antes de enseñar.Antes de invitar.Antes de decir una de las frases más hermosas de todo el Evangelio: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados…”Jesús hace una oración.Levanta su mirada al Padre y dice: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra…”Es un detalle profundamente revelador.Toda la vida de Jesús nace de su relación con el Padre.Primero contempla al Padre.Después revela al Padre.Y finalmente conduce a los hombres hacia el Padre.Este movimiento es también el de toda la vida cristiana.No comenzamos por nuestras ideas.No comenzamos por nuestros esfuerzos.Todo comienza acogiendo lo que el Padre quiere revelarnos por medio de su Hijo.Y aquí aparece una afirmación sorprendente.Jesús dice que el Padre ha escondido estos misterios a los sabios y entendidos y los ha revelado a la gente sencilla.No significa que Dios desprecie la inteligencia.La Iglesia siempre ha amado la razón y la búsqueda de la verdad.Lo que Jesús señala es otra cosa.El verdadero obstáculo para conocer a Dios no es la falta de inteligencia.Es la autosuficiencia.El corazón que cree saberlo todo ya no puede recibir nada.
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204
El que salve su Vida la perderá
El Evangelio de este domingo contiene una de las afirmaciones más exigentes de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». A primera vista estas palabras pueden parecer duras, como si el Señor quisiera disminuir el valor del amor familiar. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no está enseñándonos a amar menos a nuestra familia; nos está revelando cuál debe ser el fundamento de todo amor verdadero.Todo ser humano organiza su vida alrededor de aquello que considera su bien más grande. Algunos colocan en el centro el éxito, otros el dinero, otros el trabajo, otros incluso a las personas que más aman. Pero el corazón humano sólo encuentra descanso cuando Dios ocupa ese lugar central. Ninguna criatura puede cargar con el peso de convertirse en nuestro bien absoluto. Cuando esperamos que un esposo, una esposa, un hijo o unos padres llenen completamente nuestro corazón, terminamos exigiéndoles algo que sólo Dios puede ofrecer. Por eso Jesús nos invita a ponerlo a Él en el primer lugar, no para quitarnos a quienes amamos, sino para enseñarnos a amarlos de verdad.La primera lectura ilustra esta verdad con gran delicadeza. La mujer de Sunem recibe al profeta Eliseo sin esperar nada a cambio. Reconoce en él a un hombre de Dios y decide abrirle un espacio en su casa. Le prepara una habitación con una cama, una mesa, una silla y una lámpara. Antes de recibir un don, hace lugar para Dios. Y precisamente cuando Dios ocupa ese lugar en su hogar, recibe el regalo que nunca había pedido: un hijo. La Escritura nos enseña así un principio profundamente espiritual: cuando buscamos primero al Señor, todo lo demás encuentra su verdadero lugar. La mujer de Sunem no buscó primero el milagro; buscó primero al Dios que podía habitar en su casa.La segunda lectura profundiza todavía más esta enseñanza. San Pablo recuerda que, por el Bautismo, hemos muerto con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Ya no vivimos únicamente para nosotros mismos; Cristo se ha convertido en el centro de nuestra existencia. Desde esa nueva vida comprendemos mejor las exigencias del Evangelio. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, no amamos menos a nuestra familia, sino mejor. El esposo deja de esperar que su esposa satisfaga todos los deseos de su corazón; la esposa deja de exigir al esposo una perfección imposible; los padres aprenden a amar a sus hijos sin convertirlos en el centro absoluto de su vida, y los hijos descubren que el amor de sus padres tiene una fuente más profunda: el amor mismo de Dios. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran su justa medida.Esta enseñanza adquiere una dimensión muy concreta en la Eucaristía. Cada domingo hacemos exactamente lo que Jesús nos pide en el Evangelio. Antes que el trabajo, antes que nuestras preocupaciones, antes que nuestros proyectos e incluso antes que nuestras relaciones más importantes, venimos a poner a Dios en el centro. No porque la familia sea menos importante, sino porque sólo desde Dios aprendemos a amar verdaderamente a nuestra familia. La Eucaristía es la escuela donde el Señor va ordenando nuestros afectos y enseñándonos cuál es nuestro verdadero Bien Supremo.
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203
"No Tengan Miedo"
El Evangelio de hoy forma parte del discurso misionero de Jesús en san Mateo.La semana pasada contemplábamos cómo Jesús miró a las multitudes con compasión. Vimos cómo llamó a los Doce y los envió a anunciar el Reino. Pero hoy descubrimos algo muy importante: después del llamado y después del envío aparece inevitablemente una nueva realidad.El miedo.Por eso resulta llamativo que, en tan pocos versículos, Jesús repita tres veces la misma exhortación: “No tengan miedo.”Jesús conoce el corazón humano.Sabe que cuando comenzamos a tomarnos en serio el Evangelio aparecen también las resistencias, las dudas y las inseguridades.A veces tenemos miedo de ser rechazados.Miedo de fracasar.Miedo de no estar a la altura de la misión.Miedo de que nuestros esfuerzos no den fruto.Jeremías conoció bien ese miedo. En la primera lectura escuchamos una de las páginas más humanas y conmovedoras de toda la Escritura. El profeta escucha los murmullos de quienes desean verlo caer. Incluso sus amigos vigilan sus pasos esperando que tropiece.Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad, Jeremías hace una profesión de fe extraordinaria: “El Señor está a mi lado como guerrero poderoso.”La fe no consiste en no experimentar miedo.La fe consiste en descubrir que Dios permanece con nosotros incluso cuando el miedo está presente.Por eso Jesús no promete una vida sin dificultades. Lo que promete es algo mucho más grande: su presencia.
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202
Como ovejas sin pastor.
El Evangelio comienza con una imagen profundamente divina expresada en la humanidad de Jesus: la capacidad de contemplar. Jesús contempla a las multitudes y Mateo nos dice que se compadece de ellas porque estaban “extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor”.La palabra que utiliza el evangelista es muy intensa. El verbo griego splagchnizomai significa conmoverse hasta las entrañas. No se trata de una simple lástima pasajera. Es un amor que se deja afectar por el sufrimiento del otro. Es el corazón mismo de Dios reaccionando ante la miseria humana.Y resulta interesante que hace apenas unos versículos, el domingo pasado, Mateo nos contó cómo Jesús pasó junto a su mesa de recaudador de impuestos y lo vio. Allí comenzó todo. Jesús vio a Mateo donde los demás sólo veían un pecador. Ahora Jesús contempla a toda una multitud y descubre una humanidad cansada, herida y necesitada de guía.La misión nace precisamente de esta mirada. Antes de llamar a los apóstoles, Jesús mira. Antes de enviar, se compadece. Antes de actuar, ama.Porque Dios nunca actúa por obligación. Actúa por amor.
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201
La Santísima Trinidad
La Solemnidad de la Santísima Trinidad puede parecer, a primera vista, una de las fiestas más difíciles del año litúrgico.Cuando escuchamos hablar de la Trinidad, fácilmente pensamos en una explicación teológica complicada: ¿cómo puede Dios ser uno y tres al mismo tiempo?Sin embargo, las lecturas de hoy no intentan resolver un problema matemático.Nos invitan a contemplar algo mucho más importante: quién es Dios y cómo se relaciona con nosotros.La primera lectura nos lleva al monte Sinaí.Moisés pide ver a Dios.Y cuando Dios pasa delante de él, no le entrega una definición filosófica de su naturaleza.Le revela su corazón.“Yo soy el Señor,Dios compasivo y clemente,paciente,misericordiosoy fiel.”La primera gran revelación sobre Dios no es su poder.Es su amor.Es un Dios que desea caminar con su pueblo,perdonarlo,acompañarloy hacerlo suyo.Toda la historia de la salvación nace de este deseo de Dios de compartir su vida con nosotros.
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200
Ven, Dios Espíritu Santo!
Durante todo el tiempo pascual hemos contemplado el camino de Cristo.Lo vimos resucitar de entre los muertos.Lo vimos aparecerse a sus discípulos.Lo vimos ascender al Padre.Y hoy llegamos a Pentecostés.Podríamos preguntarnos:¿Qué sucede ahora?¿Ha terminado la obra de Cristo?¿Ha regresado al cielo dejando a sus discípulos solos?El Evangelio responde claramente que no.Jesús se presenta en medio de ellos y les dice:“La paz esté con ustedes.”Luego sopla sobre ellos y añade:“Reciban el Espíritu Santo.”Pentecostés es la respuesta de Dios a la aparente ausencia de Cristo.Jesús no abandona a los suyos.Permanece con ellos de una manera nueva y más profunda.Durante su vida terrena los discípulos podían caminar junto a Jesús.Podían escucharlo.Podían verlo.Ahora Cristo quiere algo todavía más grande:habitar en ellos.
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199
La Ascensión del Señor
La Ascensión del Señor puede parecer, a primera vista, una despedida.Jesús asciende al cielo, desaparece de la vista de los discípulos, y ellos quedan mirando hacia arriba.Pero la Iglesia siempre ha comprendido que la Ascensión no significa que Cristo se aleja del mundo.Significa algo mucho más profundo: Cristo entra plenamente en la gloria del Padre para llenar todas las cosas con su presencia.Por eso san Pablo dice hoy que Cristo ha sido exaltado “por encima de todo” y constituido “cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo.”La Ascensión no es Cristo abandonando la tierra.Es Cristo inaugurando una nueva forma de presencia.Ya no estará limitado a un lugar físico.Ahora podrá estar presente en su Iglesia, en los sacramentos, en la predicación del Evangelio, y en la vida de los creyentes hasta los confines del mundo.Por eso el Evangelio termina con una promesa sorprendente: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”Precisamente porque asciende al Padre, Cristo puede ahora acompañar a toda la Iglesia.
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198
No los dejaré desamparados...
El Evangelio de este VI Domingo de Pascua nos sitúa en el corazón de una de las grandes promesas de Jesús: “No los dejaré desamparados.” La Pascua inaugura una nueva forma de presencia. Cristo resucitado continúa viviendo y actuando en medio de su pueblo por el Espíritu Santo. El Señor promete “otro Consolador”, el Espíritu de la verdad, que habita entre nosotros y estará en nosotros. El Espíritu Santo no es una idea abstracta ni una fuerza impersonal, sino la presencia viva de Dios derramada sobre la Iglesia, haciendo posible que la vida de Cristo continúe tocando el mundo.La primera lectura nos muestra precisamente esta expansión de la vida pascual. Felipe baja a Samaria y predica a Cristo. Los enfermos son curados, los espíritus inmundos salen y la gente escucha la Palabra con atención. El relato concluye con una frase profundamente significativa: “Esto despertó gran alegría en aquella ciudad.” La Resurrección ya no permanece encerrada en Jerusalén; la vida nueva comienza a extenderse hacia territorios considerados lejanos o incluso sospechosos. Los samaritanos eran vistos con desconfianza por muchos judíos, y sin embargo el Espíritu Santo también desciende sobre ellos. La Pascua rompe fronteras.
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197
Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva!
Jesús dice hoy:“En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones.”No está hablando solo de un lugar lejano después de la muerte.Está revelando algo más profundo:Dios quiere habitar con nosotros.Toda la historia de la salvación puede leerse como el deseo de Dios de morar en medio de su pueblo. Este deseo que nos remite el jardín del Edén, donde Dios habitaba con nuestros primeros padres. Podríamos decir que, en cierto sentido, quien fue “desterrado” de ese jardín no fue el hombre, sino Dios mismo, cuyo lugar quedo vacío en el corazón de la creación.En la historia de Israel, el templo era el signo visible de esa presencia.Pero ahora Jesús revela que Él mismo es el verdadero lugar donde Dios habita.Por eso le dice a Felipe:“Quien me ve a mí, ve al Padre.”En Jesús, Dios se deja ver.En Jesús, Dios se hace cercano.En Jesús, Dios prepara una casa para nosotros.Pero la Pascua da un paso más:Cristo resucitado no solo habita entre nosotros;quiere habitar en nosotrosy hacer de su Iglesia un templo vivo.
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196
“¿Qué tenemos que hacer?”
La primera lectura nos presenta uno de los momentos más poderosos del tiempo pascual. Pedro, lleno del Espíritu Santo, se pone de pie y proclama con valentía: “Sepa todo Israel con absoluta certeza que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús a quien ustedes crucificaron.” Hay un detalle muy importante en el texto: después de escuchar la predicación de Pedro, la multitud experimenta una profunda conmoción interior. El texto dice: “Estas palabras les llegaron al corazón.” La Palabra de Dios no se queda en la superficie; penetra el corazón y provoca una pregunta decisiva: “¿Qué tenemos que hacer?”Esa pregunta sigue resonando en toda vida cristiana auténtica. Surge cuando el Evangelio deja de ser una idea abstracta y comienza a tocar concretamente la existencia. ¿Qué debemos hacer cuando Cristo irrumpe verdaderamente en nuestra vida? ¿Cómo responder cuando su gracia nos confronta? La respuesta de Pedro es clara: “Arrepiéntanse y bautícense… y recibirán el Espíritu Santo.” Antes de hablar de acciones concretas, Pedro invita a una transformación más profunda: una conversión del corazón y una apertura a la vida nueva del Espíritu. La tradición cristiana ha expresado esta lógica con una intuición muy profunda: agere sequitur esse —el obrar sigue al ser. Antes de cambiar lo que hacemos, Dios transforma quiénes somos...
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195
[Jesús] les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él
Podemos imaginar que, comenzando por Moisés y los profetas, Jesús les ayudó a releer toda la historia de la salvación. Tal vez recordó a Adán, en quien la humanidad perdió la vida, pero en Cristo la vida es restaurada. Tal vez recordó a Noé, salvado a través de las aguas, imagen de la nueva creación que Dios inaugura. Tal vez habló de Abraham, que confió en la promesa aun cuando todo parecía imposible. Tal vez recordaron a Isaac, el hijo ofrecido, figura del Hijo amado que entrega su vida por la salvación del mundo. Tal vez pensaron en Moisés y en el cordero pascual, cuya sangre liberó al pueblo de la esclavitud. Tal vez escucharon nuevamente las palabras del profeta Isaías sobre el Siervo sufriente que carga con nuestros pecados.Los discípulos tenían los textos, pero no comprendían el significado. Tenían los acontecimientos, pero no podían ver el designio de Dios. Es Cristo quien les da la clave de lectura.
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194
La paz esté con ustedes.
El Evangelio nos sitúa nuevamente en el primer día de la semana.Los discípulos están reunidos, pero las puertas están cerradas.El Evangelio dice claramente: están cerradas por miedo.La Resurrección ya ha sucedido, pero el miedo permanece.Los discípulos han escuchado el anuncio de la Pascua, algunos, Pedro y Juan, han sido testigos de la tumba vicia, pero todavía no saben cómo vivir esta vida nueva.Es el encuentro con el Resucitado que fue crucificado lo que posibilita que los discípulos descubran esta nueva realidad de la Resurrección.Jesús se hace presente en medio de sus miedos.No los reprende.No los juzga.No les pregunta por qué lo abandonaron.Simplemente dice: “La paz esté con ustedes.”La primera palabra del Resucitado es paz.
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193
Dios resucitó a Jesús al tercer día.
El Evangelio nos sitúa en la mañana de Pascua: “Estaba todavía oscuro”.María Magdalena llega al sepulcro y encuentra la piedra removida.Pedro y el discípulo amado corren.Ven los lienzos en el suelo.El sepulcro está vacío.El Evangelio nos dice algo muy sencillo: “Vio y creyó”.La Resurrección no fue evidente desde el principio.Fue un camino.Un paso de la oscuridad hacia la luz.Un paso del miedo hacia la fe.Durante la Cuaresma hemos recorrido ese mismo camino.Cristo nos ha mostrado que Él es el agua viva que sacia nuestra sed, la luz que abre nuestros ojos, la vida que vence la muerte.Hoy contemplamos el cumplimiento de todo: Cristo ha resucitado.La piedra ha sido removida.La muerte no tiene la última palabra.
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192
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
Hoy hemos comenzado la celebración con alegría: “Hosanna… bendito el que viene en nombre del Señor.”Hemos caminado con palmas en nuestras manos, acompañando a Cristo en su entrada a Jerusalén.Pero la liturgia nos ha conducido inmediatamente a otro lugar: al Cenáculo, al Getsemaní, al Calvario.En pocos minutos hemos escuchado toda la historia de la Pasión.La Iglesia quiere que entremos en la Semana Santa con una mirada profunda: el mismo Jesús que es aclamado como Rey es el Siervo que entrega su vida.El profeta Isaías nos lo había anunciado: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban… no aparté mi rostro de los insultos.”Cristo no huye del sufrimiento.Cristo lo atraviesa con amor.
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191
¡Lázaro, sal de allí!
La primera lectura nos regala una imagen muy fuerte: “Yo mismo abriré sus sepulcros… los haré salir de ellos.”El profeta Ezequiel hablaba a un pueblo que había perdido la esperanza. Se sentían como un pueblo muerto, sin futuro, sin vida. Y en medio de esa situación, Dios hace una promesa sorprendente: “Les infundiré mi espíritu y vivirán.”Dios no abandona a su pueblo en el sepulcro.Dios entra en el lugar de la muerte para abrir un camino nuevo.El Evangelio nos presenta esa misma promesa hecha realidad en la persona de Jesús.Lázaro, el amigo de Jesús, ha muerto.Y el Evangelio repite un detalle: llevaba cuatro días en el sepulcro.No hay duda.No hay esperanza humana.La muerte parece tener la última palabra.Marta y María expresan el dolor que todos conocemos: “Señor, si hubieras estado aquí…”Es la oración que nace cuando no entendemos.Cuando Dios parece haber llegado tarde.Cuando la vida nos confronta con el misterio del sufrimiento y de la muerte.Y el Evangelio nos regala uno de los versículos más breves y más profundos de toda la Escritura: “Jesús lloró.”Dios no es indiferente ante nuestro dolor.Dios no se mantiene distante.En Cristo, Dios llora con nosotros.
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190
La luz que nos hace ver
La primera lectura nos presenta una escena sencilla, pero profundamente reveladora. Samuel llega a la casa de Jesé para ungir al nuevo rey de Israel. Cuando ve al hijo mayor, piensa inmediatamente: “Éste debe ser el elegido.” Pero el Señor le corrige:“No te dejes impresionar por su aspecto ni por su gran estatura, pues yo lo he descartado, porque yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”.Esta frase nos introduce en el camino espiritual de la Cuaresma. Nosotros solemos mirar desde fuera: las apariencias, la fuerza, el éxito. Pero Dios mira el corazón.Samuel pasa uno por uno a los hijos de Jesé. Siete veces piensa que alguno de ellos será el elegido. Y siete veces se equivoca. Finalmente pregunta al padre: ¿Son éstos todos tus hijos?” Jesé responde: “Falta el más pequeño, que está cuidando el rebaño”. La Escritura dice: “El muchacho era rubio, de ojos vivos y buena presencia.” Ese pequeño, el que ni siquiera había sido llamado al principio, es el elegido de Dios.El elegido de Dios no es el que parece más fuerte, sino el que está disponible para Él. Y dice la Escritura: “A partir de aquel día, el espíritu del Señor estuvo con David.”En el Evangelio encontramos otra forma de ceguera. Jesús ve a un hombre ciego de nacimiento, y los discípulos preguntan: “¿Quién pecó para que naciera ciego?”Buscan culpables. Pero Jesús cambia completamente la perspectiva. No se trata de explicar el pasado, sino de revelar lo que Dios quiere hacer ahora.Y entonces Jesús pronuncia una frase decisiva: “Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo.”
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El Agua Viva
La liturgia de este domingo comienza en el desierto. El pueblo de Israel tiene sed. Y en medio de la sed surge la duda:“¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”La sed física revela algo más profundo: el corazón humano que busca, que pregunta, que necesita algo que el mundo no puede darle y, en medio de todo, no aprende a confiar. Por eso el salmo nos advierte con tanta fuerza:“No endurezcan su corazón.”El problema no es solo la falta de agua. El problema es el corazón que se endurece cuando la vida se vuelve difícil.En el Evangelio encontramos otra escena de sed. Jesús llega a Samaria y se sienta junto al pozo de Jacob. El evangelista añade un detalle muy significativo:Era cerca del mediodía.No es solo un dato de horario. En el Evangelio de Juan, el mediodía es la hora en que el sol está en lo más alto, la hora en que todo queda expuesto a la luz. Es también la hora del cansancio, del calor, de la vulnerabilidad.Jesús está cansado del camino. Tiene sed. Y comienza la conversación con una frase sorprendente:“Dame de beber.”Dios pide.Dios mendiga.El Prefacio de la misa de hoy lo expresa de forma bellísima: Cristo tenía sed de la fe de aquella mujer.No solo nosotros tenemos sed de Dios.Dios también tiene sed de nosotros.
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188
Ahí se transfiguró en su presencia...
El domingo pasado contemplábamos el desierto como lugar de combate. Hoy la Iglesia nos lleva a un monte. Pero no son realidades opuestas. Como recuerda Benedicto XVI, los montes de la vida de Jesús forman una unidad: el monte de la tentación, el monte del Sermón, el monte de la oración, el monte de la Transfiguración, el monte de la agonía, el monte de la cruz y, finalmente, el monte de la ascensión.El monte es el lugar de la máxima cercanía de Dios. Es el espacio donde se revela quién es Jesús y cuál es su misión.Después del combate en el desierto, Jesús sube con tres discípulos a un monte alto. La Cuaresma tiene este ritmo: primero la purificación, luego la luz. No es casualidad que el Evangelio de la Transfiguración se proclame siempre en el segundo domingo. Antes de avanzar hacia la cruz, necesitamos ver quién es realmente el que camina hacia ella.La primera lectura nos presenta a Abram. Todo comienza con una palabra:“Deja tu país… y vete a la tierra que yo te mostraré.”Abram no sabe a dónde va. No tiene mapa. No tiene garantías. Solo tiene una promesa. Y parte. La fe comienza así: no con una explicación completa, sino con una confianza.La Transfiguración es también promesa: una anticipación de lo que será revelado plenamente en la Pascua.Jesús “toma consigo” a Pedro, Santiago y Juan y los hace subir a un monte alto. La fe siempre implica un movimiento: salir de lo conocido, subir, dejar el nivel ordinario para entrar en la perspectiva de Dios.Y allí ocurre algo sorprendente: Jesús se transfigura. Su rostro resplandece, sus vestiduras se vuelven blancas. No es que Jesús cambie. Es que por un momento se manifiesta lo que siempre ha sido.
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El Desierto como lugar de la Verdad
Génesis 2–3 · Salmo 50 · Romanos 5 · Mateo 4El desierto como lugar de verdadNo es difícil unir lo que hoy escuchamos con lo que estamos viviendo: Jesús pasa cuarenta días en el desierto, y la Iglesia nos introduce cuarenta días de Cuaresma. Pero no es solo un “recordatorio” espiritual. Es más profundo: Cristo mismo está presente y obrando en su Iglesia durante este tiempo santo. No caminamos solos: entramos, de algún modo misterioso, en el desierto con Él.El desierto es el lugar donde caen las máscaras. Allí aparecen las tentaciones con su lógica antigua, casi siempre repetida, pero siempre peligrosa. El demonio no inventa cosas nuevas; distorsiona la misión, tuerce la identidad, siembra sospecha: “Si tú eres el Hijo de Dios…”Y fíjense qué “joyas” aparecen en estas tres tentaciones, como si Satanás estuviera recorriendo toda la historia:Primero, lo tienta como tentó a tantos reyes de Israel: usar el poder para sí mismo, para resolverlo todo desde la fuerza: “Convierte estas piedras en pan.”Luego, lo tienta como tentó a Israel en el desierto: dudar del Padre y ponerlo a prueba, exigir señales, condicionar la confianza: “Échate para abajo… que te sostengan los ángeles.”Finalmente, lo tienta como tentó a Adán y Eva: la sed de poder, la falsa promesa de “ser como Dios” pero sin Dios: “Te daré todo… si me adoras.”
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No he venido a abolir la Ley sino a darle plenitud.
El Evangelio de hoy puede incomodarnos.Jesús no suaviza la ley; al contrario, la lleva más adentro.“No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud.”Jesús no se conforma con un cumplimiento externo.No basta con no matar.No basta con no cometer adulterio.No basta con no mentir.Porque el problema no comienza en las manos,ni en los labios,ni siquiera en las acciones.El problema —y también la salvación— comienza en el corazón.Por eso Jesús va al origen:al enojo que se guarda,a la mirada que posee,a la palabra ambigua,al “sí” que no es del todo síy al “no” que no es del todo no.Aquí Jesús nos revela algo esencial:la vida cristiana no es una lista de prohibiciones,es una transformación interior.
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185
Ustedes son la Luz del Mundo
Jesús hoy no dice: “intenten ser luz.”Dice algo mas fuerte: “Ustedes son la luz del mundo.” “Ustedes son la sal de la tierra”Y añade una advertencia inquietante: la luz puede esconderse,la sal puede perder su sabor.Eso significa que no basta con llamarnos cristianos.Podemos llevar el nombre…y haber perdido el brillo.Vivimos en un tiempo extraño: muchos creen en Dios,pero a veces les da vergüenza decir que son cristianos.No por Cristo, sino por la imagen que otros tienen del cristianismo: un cristianismo que juzga, que pelea, que excluye,que parece más político que evangélico, más duro que misericordioso.Y aquí está el drama: no es que Cristo haya dejado de ser luz, es que sus discípulos a veces han dejado de transparentarlo.
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Bienaventurados los pobres de espíritu...
El Evangelio de hoy nos presenta uno de los textos más conocidos… y al mismo tiempo más desconcertantes: “Bienaventurados los pobres de espíritu… los que lloran… los mansos… los perseguidos…”Si escuchamos con honestidad, esta lista no coincide con lo que el mundo llama felicidad.El mundo dice:feliz el que tiene,feliz el que controla,feliz el que no sufre,feliz el que se asegura el futuro.Jesús dice otra cosa.Y no lo dice para provocar, sino porque conoce el corazón humano mejor que nosotros mismos.San Pablo lo confirma hoy con palabras fuertes:“Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios;lo débil para confundir a lo fuerte;lo que no cuenta para reducir a nada lo que cuenta.”No porque Dios desprecie lo humano,sino porque sabe que cuando ponemos nuestra seguridad en lo que poseemos,en lo que controlamos,en lo que podemos garantizar,el corazón se vuelve pequeño, temeroso y cerrado.
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Jesus... vio a dos hermanos
La Palabra de Dios hoy nos habla de un pueblo que caminaba en tinieblas y que, de pronto, ve una gran luz.No es una luz cualquiera.Es una luz que no solo ilumina el camino, sino que despierta el corazón.Ese pueblo somos nosotros.Todos hemos conocido momentos de oscuridad: confusión, cansancio, miedo, pecado, rutina.Y, sin embargo, Dios no se queda lejos.Dios entra en nuestra historia y pronuncia un nombre: Jesús.El Evangelio nos muestra cómo actúa esa luz.Jesús camina junto al mar.No entra al templo, no convoca multitudes, no pronuncia discursos largos.Mira a unos hombres que están trabajando, echando redes, remendando su barca, haciendo lo de siempre.Y allí, en medio de lo ordinario, pronuncia una palabra extraordinaria: “Síganme.”
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182
Éste es el Cordero de Dios...
Todavía seguimos contemplando la manifestación del Señor.En Navidad lo vimos nacer.En la Epifanía fue revelado a las naciones.En el Bautismo descendió a nuestras aguas.Y hoy, Juan el Bautista pone palabras a ese misterio y nos dice quién es Jesús: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.”No dice: el juez del mundo.No dice: el poderoso que castiga.No dice: el héroe que aplasta a sus enemigos.Dice: el Cordero.Esta palabra no es dulce ni decorativa.Es una palabra cargada de historia, de sangre, de sacrificio.Remite al cordero pascual,al sacrificio que salva al pueblo,al inocente que carga con lo que no le pertenece.Y esto es lo desconcertante del Evangelio de hoy:Dios se manifiesta no con violencia,sino con mansedumbre;no imponiéndose,sino entregándose.
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181
"Este es mi Hijo muy amado"
El Evangelio de hoy nos presenta una escena desconcertante.Jesús se acerca a Juan y le pide ser bautizado.El Santo entra en el agua de los pecadores.El Inocente se coloca en la fila de quienes necesitan conversión.Juan se resiste:“Yo soy quien debe ser bautizado por ti.”Pero Jesús insiste.No viene a separarse de nosotros,viene a unirse a nosotros.Aquí está ya revelado el corazón de Dios.Isaías lo había anunciado con palabras suaves, casi silenciosas:“Miren a mi siervo… no gritará, no clamará, no quebrará la caña resquebrajada.”No es un Dios que se impone desde arriba.No es un Dios que se mantiene a distancia de lo frágil.Es un Dios que desciende,que entra en nuestras aguas turbias,que no tiene miedo de tocar lo herido.
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180
Y sobre todas estas virtudes, tengan amor...
Hoy la Palabra nos revela algo esencial de Dios a través de su nacimiento en la carne: Dios es comunión, Dios es familia, y entra en nuestra historia en una familia concreta.No llega como héroe solitario, ni como maestro aislado: vino a aprender, a crecer, a escuchar y a obedecer entre José y María, a hacerse verdaderamente humano.El Evangelio de hoy nos muestra a José en una tarea que toca toda vida familiar: discernir qué hacer cuando no todo está claro.Herodes amenaza, el peligro es real, el futuro incierto.Y en medio de eso, José no actúa desde sus impulsos ni desde el miedo, sino desde la escucha obediente.Tres veces escucha en sueños; tres veces se levanta; tres veces acoge la voluntad de Dios.En la Sagrada Familia —tan normal, tan silenciosa, tan cotidiana— vemos el modelo de la vida familiar cristiana: no una vida que lo resuelve todo, sino una vida que escucha a Dios y obedece; una vida donde la presencia de Dios invita a mirar hacia adelante y prepararlo con amor.
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179
Un Dios que nunca deja de Amar
La genealogía que hemos escuchado esta noche puede parecernos larga y repetitiva… pero es como si la Palabra nos susurrara: Dios nunca se cansó de nosotros.Un nombre tras otro, generación tras generación, hay fidelidad y hay pecado, hay reyes buenos y reyes malos, hay momentos de gloria y momentos oscuros… y sin embargo, la historia avanza hacia una sola meta: Jesús.Si miráramos esa lista como un retrato de familia, veríamos heridas y gracias, vergüenzas y maravillas, y al final —solo al final— comprenderíamos:Dios es más fiel que nuestra infidelidad,más paciente que nuestra lentitud,más constante que nuestras caídas.La genealogía es una historia de misericordia obstinada.
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178
Emmanuel: Dios entra en nuestra historia
Estamos a las puertas de la Navidad y la liturgia nos conduce, no al pesebre todavía, sino al corazón del misterio:Dios cumple su promesa entrando en la historia humana.En la primera lectura, el profeta Isaías habla a un rey concreto, Ajaz, en un momento de miedo e inseguridad. El rey se niega a pedir un signo, pero Dios no se retira. Al contrario, Dios insiste en salvar:“El Señor mismo les dará por eso una señal:He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,y le pondrán el nombre Emmanuel.”Aquella palabra tenía un sentido inmediato para aquel momento histórico, pero —como nos enseña la Iglesia— el Espíritu Santo la había cargado de un sentido mucho más grande.Lo que fue promesa en el siglo VIII antes de Cristo se despliega ahora en plenitud: el Hijo de Dios se hace carne en María.
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177
Él los bautizará en el Espíritu Santo...
La espera activa del Adviento hoy toma forma: conversión.La semana pasada Jesús nos dijo: “Estén preparados”.Hoy la Palabra nos dice qué significa estar preparados: convertirse.No basta con esperar… hay que dejar que Dios nos transforme.Isaías describe al Mesías con una belleza que estremece:“Sobre él se posará el espíritu del Señor,espíritu de sabiduría e inteligencia,espíritu de consejo y fortaleza,espíritu de piedad y temor de Dios.” (Is 11).Este no es un Mesías débil ni decorativo.Es el único capaz de transformar lo que los hombres no pueden:– transformar la violencia en mansedumbre,– la enemistad en convivencia,– la creación herida en un mundo reconciliado.Por eso Isaías anuncia lo “imposible”:el lobo y el cordero juntos,el niño jugando junto a la guarida de la víbora.No es fantasía poética: es la naturaleza elevada por la gracia.Lo que Isaías describe en la creación —lobos y corderos reconciliados— Dios quiere realizarlo primero en nuestro interior, allí donde aún conviven el miedo y la violencia, la herida y el deseo de paz. La conversión comienza en ese corazón dividido que solo la gracia puede unificar.
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176
Despierten del sueño... [la] salvación está mas cerca!
Comenzamos el Adviento con palabras fuertes, no suaves:“Estén preparados, porque no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24,42).La liturgia no empieza hablando del Niño en Belén, sino del Hijo del Hombre que vendrá en gloria. Es una sacudida espiritual para despertarnos.Las lecturas de hoy nos enseñan una verdad central:no se puede recibir al Señor sin aprender a esperar.Isaías lo anuncia con imágenes grandiosas:“En los días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes… y hacia él confluirán todas las naciones.” (Is 2,2).Ese “al final de los días” no es prisa; es promesa.Es Dios diciendo: Mi obra tiene tiempos. No la aceleres. Déjame actuar.
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175
¡Jesucristo es mi Rey!
Al cerrar el año litúrgico, proclamamos la verdad más decisiva: Jesucristo es Rey.En la Biblia, un rey tenía, al menos, tres misiones: defender al pueblo, alimentarlo y conservarle la paz. Y el pueblo respondía con su fidelidad al rey.Jesús cumple todo esto en la Cruz: No baja de ella porque defiende a su pueblo venciendo al pecado y a la muerte. Desde su Pasión y en cada Misa nos alimenta con su Cuerpo. Por la sangre de su Cruz nos da la paz que el mundo no puede dar.Por eso el Buen Ladrón puede decir: “Acuérdate de mí”, y el Rey responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”
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174
No caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes...
Al acercarnos al final del año litúrgico, la Iglesia nos ofrece palabras fuertes de Jesús. No para asustarnos, sino para despertarnos. Mientras algunos admiran la belleza del templo, Jesús anuncia: “Días vendrán en que de todo lo que están viendo no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.”No es un mensaje de terror; es un llamado a mirar más allá de lo visible y a anclar nuestra vida en lo que no pasa.La liturgia de hoy no quiere que vivamos con miedo al “fin del mundo.” Quiere que vivamos con esperanza. Nos prepara para la gran fiesta de Cristo Rey, donde confesamos que solo su Reino permanece.
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173
Ustedes son el templo de Dios ...
Hoy la Iglesia nos saca del ciclo ordinario para mirar una basílica concreta: San Juan de Letrán, la catedral del Papa, “madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo.”Podría parecer una fiesta “romana,” lejana. Pero no se trata solo de un edificio famoso, sino de lo que ese edificio significa: el lugar donde Dios es alabado como es debido, el signo visible de que Cristo quiere una casa, un pueblo, un cuerpo donde habitar.Y la Palabra de hoy nos lleva de la mano: del templo de la visión de Ezequiel, al templo que es la Iglesia, hasta el verdadero Templo que es Cristo, de cuyo costado abierto brota la fuente de la vida.
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172
Los Fieles Difuntos *RIP
Las lecturas de hoy nos abren una puerta a la esperanza.El libro de la Sabiduría proclama:“Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no las tocará tormento alguno.”No se trata de negar el dolor ante la muerte, sino de mirarla con los ojos de la fe.Dios no abandona a los suyos. Aun cuando pasen por el fuego del dolor o la purificación, ese fuego no destruye, sino que purifica, porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte.Por eso cantamos con el salmista:“El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace descansar. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.”San Pablo, en su carta a los Romanos, nos recuerda que en Cristo, la muerte ya no tiene la última palabra:“Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él.”Y Jesús, en el Evangelio, pronuncia una de las promesas más consoladoras:“Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.”Esa es la verdad que celebramos hoy: los que amamos y hemos despedido no están perdidos; están en camino hacia la plenitud de Dios. Y nosotros, desde aquí, los acompañamos con la fe, la esperanza y la oración.
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La oración... atraviesa las nubes!
La Palabra de Dios hoy nos muestra el rostro de una fe verdadera: no la que presume de sus obras, sino la que se arrodilla para recibir misericordia.El Sirácides proclama: “La oración del humilde atraviesa las nubes.”Y el Evangelio nos lleva al templo, donde dos hombres oran: un fariseo satisfecho y un publicano arrepentido.El primero habla consigo mismo; el segundo, con Dios.El fariseo se justifica; el publicano es justificado.Así, Jesús nos enseña que el camino al cielo no se recorre con méritos, sino con humildad.
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170
Orar siempre y sin desfallecer
Jesús “enseñó a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer” (Lc 18,1). Lo hace con una imagen sorprendente: una viuda frágil, pero incansable, y un juez poderoso, pero indiferente.Esa mujer sin recursos humanos logra, con su insistencia, doblegar al juez injusto. Con esta parábola, el Señor nos muestra el corazón de la verdadera fe: una confianza perseverante que no se rinde, una oración que lucha aun cuando Dios parece callar.“Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Esa pregunta es el examen de cada creyente: ¿sigo orando cuando no veo resultados? ¿Sigo creyendo cuando el silencio se alarga?
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169
Tu fe te ha salvado
Hoy la Palabra de Dios nos muestra el poder transformador de la fe que sana y agradece. En Naamán —extranjero, leproso y orgulloso— la fe comienza como una semilla que apenas quiere obedecer… y termina como confesión: “Ahora sé que no hay en toda la tierra otro Dios más que el de Israel” (2 Re 5,15). En el Evangelio, diez leprosos son curados por la obediencia de la fe; pero solo uno —un samaritano— regresa a adorar y agradecer, y escucha de Jesús: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,19). Este domingo, el Señor nos enseña que la fe auténtica no se queda en pedir; regresa a agradecer.
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Auméntanos la Fe
“¿Hasta cuándo, Señor?”: con ese grito comienza hoy la Palabra.Habacuc clama frente a la violencia y la injusticia; y Dios responde con una promesa que pide paciencia: “Si se tarda, espéralo… el justo vivirá por su fe.”El salmo suplica: “Señor, que no seamos sordos a tu voz.”Y el Evangelio recoge el mismo clamor, esta vez en los labios de los apóstoles: “Auméntanos la fe.”
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Tú, como hombre de Dios, lleva una vida de rectitud.
El domingo pasado el salmo cantaba la promesa de Dios: “Él levanta del polvo al desvalido y saca al indigente del estiércol para hacerlo sentar entre los grandes” (Sal 112,7-8). Hoy esa promesa se despliega en plenitud en la parábola de Jesús: el pobre Lázaro, humillado en la tierra, es levantado por Dios y sentado junto a Abraham.La Palabra nos muestra con fuerza que la historia no termina en este mundo, y que lo decisivo no es lo que poseemos, sino en quién confiamos.
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166
Gánense amigos que los reciban en el cielo!
La Palabra de Dios hoy nos pregunta a quién servimos: ¿al Dios vivo que se inclina por el pobre, o al dinero que se vuelve un amo cruel? Jesús concluye el Evangelio con una sentencia que corta como espada: “No hay criado que pueda servir a dos amos… En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.” (Lc 16,13). No se trata solo de buena administración. Se trata de algo más profundo: la fidelidad a Dios se prueba en cómo tratamos al pobre y en cómo usamos los bienes que se nos confían.1. Jesús narra la parábola de un administrador que, aun siendo injusto, fue hábil. Y enseña: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.” (Lc 16) No es un elogio de la trampa, sino una sacudida: si los “hijos de este mundo” son hábiles para asegurar su futuro terreno, ¿cómo no seremos nosotros diligentes para asegurar lo eterno, usando los bienes en favor de los pobres?
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165
Tanto amó Dios al mundo...!
La Cruz no es solo un madero: es el signo donde se juega el destino del mundo. Un objeto de vergüenza que, en Cristo, se convierte en fuente de gloria. Hoy la liturgia nos invita a levantar los ojos: primero al desierto con Moisés, luego al Calvario con Jesús, y finalmente al altar en cada Misa. Y todo con una actitud: mirar con fe, porque una mirada de fe lo cambia todo.
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"Enséñanos a ver lo que es la vida"
Si miramos sólo el Evangelio, parece extraño que Jesús quiera atraer más discípulos con palabras tan exigentes. Pero el Espíritu, fuente de sabiduría, nos conduce a comprender hacia dónde quiere llevarnos el Señor. El teólogo N. T. Wright sugiere que Jesús no busca espantar seguidores, sino que habla como un jefe de expedición en un paso de montaña peligroso para llevar ayuda médica urgente: “si seguimos, hay que soltar peso; habrá riesgos; algunos no volverán.” Dicho así, tiene sentido: no es capricho, es realismo de camino.Sin embargo, Evangelio va más alto aún: no es solo una travesía arriesgada sin más, sino de una operación de rescate. Cristo no nos lleva a una aventura cualquiera, sino a liberar cautivos de las manos del enemigo, salvar a los que no pueden salvarse solos. Por eso la renuncia tiene sentido, incluso cuando exige “preferir a Cristo sobre todo” y cargar la cruz.
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163
"Amigo, acércate a la cabecera"
En el Evangelio, Jesús observa cómo los invitados a un banquete buscan los primeros puestos. Entonces cuenta una parábola sencilla, pero profunda; y no se trata solo de un consejo de etiqueta para una fiesta; ni de una recomendación social. Jesús está hablando del Reino de Dios.Al final, el Señor revela el sentido de la parábola, lo que en las parábolas judías se llamaba el nimshal, “la clave”: “Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”. Ese es el centro del mensaje: en el Reino, la verdadera grandeza no se mide por el prestigio, sino por la capacidad de hacerse pequeño.Esto conecta con lo que escuchamos en la primera lectura del libro del Sirácida: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, y te amarán más que al hombre dadivoso.” El humilde, el que no busca exaltarse, es aquel que sabe que todo lo que tiene es don de Dios. Y ese camino no es solo una recomendación ética, sino el camino de Cristo mismo. El Hijo eterno eligió el último lugar: el pesebre, el trabajo sencillo, el rechazo, la cruz. Y precisamente por hacerse el último, el Padre lo exaltó sobre todo nombre.
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¿Serán pocos los que se salven?
La respuesta de Jesús es clara y directa: “Esfuércense en entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar y no podrán.” No responde con estadísticas. Jesús no alimenta la curiosidad, sino que nos confronta personalmente: la pregunta no es si otros se salvarán, sino si yo camino con decisión hacia la salvación.Y luego abre el horizonte: “Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.” Con estas palabras, cita al profeta Isaías (66, 18-21), anunciando que Dios reunirá a todas las naciones en el gran banquete del Reino. Jesús revela así la voluntad del Padre: la salvación no es automática ni exclusiva. Requiere conversión, pero está abierta para todos. Es exigente, pero profundamente inclusiva.
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Este podcast, el Oyente de la Palabra, surge de la convicción de que el Ser Humano solo alcanzará históricamente su realización al cimentar toda su existencia en la Palabra que le motiva e ilumina.
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Padre Luis M Flores Alva
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