EPISODE · May 8, 2014 · 26 MIN
Emigración de aruquenses a Brasil (1949)
Esta narración oral es un ejemplo válido de uno de aquellos viajes clandestinos que se realizaron a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta del siglo XX, que estaban dirigidos a América Latina. Después de Cuba, principal destino hasta la década de los treinta del siglo XX, Venezuela se convirtió en el punto primordial de llegada para los emigrantes canarios, sin olvidar la República Argentina que, aunque de forma más atenuada (y sobre todo utilizando otros medios más seguros y legales, como los barcos transatlánticos), también significó un destino para miles de canarios emigrantes. Por carecer de patrones de barcos versados en la navegación oceánica, algunos navíos llegaron a Brasil y a la Guayana británica. Algunos de estos viajes, especialmente los clandestinos, resultaron muy penosos, a veces se pagaban precios muy altos, como la propia vida, pues algunos emigrantes murieron antes de ver alcanzados sus sueños de una vida mejor. Algunas personas emigraron, en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, de Canarias “expulsadas” por cuestiones políticas (represión ideológica), climatológicas (sequías), demográficas (crecimiento de la población en una zona de escasos recursos), etc. Los de atracción son los factores económicos, como planteaba Ravenstein. Estos factores económicos son, a su vez, los de mayor importancia, y se presenta como una teoría válida para el isleño, propiciado por la abundante “publicidad”, sobre el lugar previsto de destino, especialmente de Venezuela, oportunidad que se presentaba, para hombres y mujeres de mejorar su calidad de vida. Otro factor de menos relevancia, pero no menos importante, sobre todo en algunos jóvenes, era el de la aventura. En todo caso, la mayor parte los emigrantes salían de Canarias por motivos económicos, pero también muchos de ellos tenían que buscar otra vida por motivos políticos y sociales, sobre todo a partir de la Guerra Civil. En ese sentido, entre 1946 y 1955 se evadieron 41 buques menores a Venezuela, según consta en una lista que se conserva en el Archivo de la Comandancia de Marina de las Palmas de Gran Canaria. El barco protagonista de esta historia era propiedad de Antonio Sánchez Rodríguez, vecino de Las Palmas de Gran Canaria, trabajador de frigoríficos en el muelle, que le puso el nombre de una de sus hijas, María del Pino Sánchez Díaz (que casualmente luego fue la esposa de Marcelino Yebriet). Anteriormente había sido propiedad de un juez y un carnicero, que le habían puesto el nombre de “Carnicero y Justicia”. El barco fue adquirido por 80.000 pesetas (481 €) y estuvo muchos años varado o atracado en Arrecife, Lanzarote. Se caracterizaba por ser un barco destinado a la pesca de cabotaje y entre islas, elaborado completamente en madera, que tenía una cubierta y dos palos, con una eslora de 12 metros lineales. Para algunos autores se trataba de un balandro o balandra, pero para otros, podría tratarse de un pailebote, que se caracteriza por ser una embarcación a modo de goleta pequeña, sin gavias, muy rasa y fina, o bien de una goleta, que es una embarcación fina, de bordas poco elevada con dos palos, a veces tres y un cangrejo. El día 2 de julio del año 1949 el “María del Pino” partía, desde Las Palmas de Gran Canaria, de manera clandestina, para llegar a Pasito Blanco (San Bartolomé de Tirajana, Gran Canaria), si bien otras personas afirman que fue llegó en realidad a Arguineguín (Mogán), donde recogió entre 114 y 118 personas, con destino, originalmente, a Venezuela. Durante casi 19 días navegó hasta llegar al puerto de Dakar, en Senegal. Allí permaneció 3 meses, hasta que a finales de octubre, o comienzos de noviembre volvió a partir a Venezuela. Pero, debido a la falta de profesionalidad del patrón, por error de cálculos marítimos, corrientes marinas contrarias, etc., llegaron a Belém Pará, o a Paraiba (existen diversas versiones), en el Estado de Piani, en Brasil a mediados de noviembre o a finales de diciembre. En total este velero tardó unos 5 meses (cerca de 2 meses de travesía y 3 meses de estancia en Dakar) en llegar a su destino final, si bien no supuso el punto de llegada de los emigrantes, pues algunos tuvieron que partir para Venezuela, otros regresaron a Canarias y otros se quedaron en el propio Brasil, si bien, parece ser, fueron los menos. El velero tenía como capitán un patrón de pesca. La expedición fue organizada por un señor que vivía en el Puerto de La Luz. Los que querían embarcar tenían que abonar 3.000 pesetas (18 €) a dicho señor. 3.000 pesetas de 1949 podrían equivaler a 2.782 € en la actualidad. El organizador tardaba en poner una fecha para la salida, puesto que era un negocio redondo, entre más gente le pagaba, más ganaba. Algunos de los que querían embarcar, viendo que el barco no salía, amenazaron al organizador con denunciarlo a la Guardia Civil, lo que hizo que, en poco tiempo, el barco estuviese listo para partir. Supuestamente el viaje se organizó para 40 personas, pero la realidad es que se presentaron casi 127 personas. Cuando los emigrantes fueron a embarcar, como eran tantos el barco empezó a expulsar agua por muchos sitios, “como una regadera”, por lo que no pudieron subir todos y tuvieron que achicar agua por medio de baldes. Los que se quedaron en tierra, unos 8 ó 9, para compensarles por el pago del viaje, les dieron una barca, para que la vendieran y recuperaran el dinero. Nos decía M. Yebriet que se pensaba, en aquella época, que América era una mina, “que se cogía el dinero por palas”, pero cuando llegaron se dieron cuenta que incluso en algunos lugares la situación económica era peor que en Canarias. Yebriet embarcó, junto con su padre y su madre. Los emigrantes fueron llegando a Pasito Blanco en camiones, coches, cada uno como podía. Mientras el barco zarpó de Las Palmas, vacío, para no despertar sospechas. De Pasito Blanco salieron de día. De 118 personas, según Yebriet, 17 eran mujeres y el resto (unos 111) eran hombres. La mayor parte eran naturales o vecinos de Arucas (casi el 70% del total eran de Arucas). El patrón del barco se guiaba y orientaba por la Estrella Polar, el sol, el Crucero del Sur, etc., no disponía ni de brújula, ni sextante, ni ningún aparato marítimo. Cuando partieron llevaban poco agua y muy poca comida. Las necesidades las hacían por la borda. Se lavaban con agua de mar. A los tres días se quedaron sin comida, sin carbón, sin leña. Estuvieron varios días sin comer, ni beber Gracias a que algunos eran mecánicos hicieron arpones y pudieron pescar (toninas, tiburones, etc.). Para guisar usaban la propia madera del barco. Un barco inglés les auxilió en alta mar, que les proporcionó carbón y agua, pero nada de comida. Pescaban aunque en el mar estaba infectado de tiburones. Durante la travesía fueron azotados por un terrible temporal frente a las costas del Sahara, perdiendo una lancha salvavidas que llegó a la costa y fue recogida por la Policía indígena de La Güerra, comunicándose a la Comandancia de Marina de Las Palmas de Gran Canaria que el barco se había hundido y perecido toda la tripulación y los pasajeros. De Canarias a Dakar tardaron entre 17 y 19 días. Las autoridades francesas (Senegal era colonia francesa, hasta 1960) no vieron con buenos ojos la llegada de este barco, gracias a la esposa del Gobernador, pudieron quedarse en el puerto. Se prohibió a todos los miembros del barco acudir a la ciudad y fueron continuamente vigilados por la policía. El 15 de octubre de 1949 se comunicó a las autoridades españolas, a través de La Güerra, la llegada de este barco a Dakar. En el puerto senegalés habían cinco barcos todos de emigrantes canarios (El América, el Juanito Hierro, La Concepción y otros). Algunos de estos barcos eran de menores dimensiones que el propio María del Pino. Al estar el barco en muy malas condiciones y necesitar reparaciones algunos optaron por embarcarse en otro barco (en este caso un motovelero), la goleta sueca “Gota”, a través de varios amigos y con el permiso del capitán. Esta goleta tras veinte días de travesía desde el Puerto de La Luz arribó a Dakar y desde allí partió hacia Venezuela. Otros embarcaron, a su vez, en el Juanito Hierro (llamado así por ser todo de hierro), con rumbo a Venezuela. Otros, los menos, se quedaron en Dakar. La Cruz Roja les proporcionaba ropa, pero algunos de ellos la vendían. Un caso curioso fue de un gallego que vendió toda la ropa y se quedó en calzoncillos. La capital del Senegal posee uno de los mejores puertos de la costa noroccidental de África, escala casi obligada de toda la navegación mercante que circunda esta parte de la costa africana. Entre 1948 y 1966 el puerto de Dakar fue escala obligada para todos los barcos veleros que salían clandestinamente de Canarias y se dirigían a América, asimismo fue un lugar de refugio para muchos represaliados, exiliados, perseguidos y descontentos del régimen franquista, sobre todo durante 1936 y 1946. Permanecieron 3 meses en Dakar, no les dieron trabajo, nadie quería contratar a aquellos españoles. El padre de Yebriet, viendo la situación compró el barco. Un día vino un remolcador de la Gendarmería francesa y remolcó al velero, sacándolo del puerto, en alta mar, para que se fueran. Cuando partieron el barco llevaba muchos barriles de agua dulce. A los emigrantes canarios se unió una mujer portuguesa que se había quedado embarazada de un cuñado suyo, que era comandante francés. Esta mujer, según Yebriet, no defecó durante todo el viaje y las mujeres canarias le daban infusiones de hierbas. Parece ser que la convivencia en el barco fue buena, la gente se respetaba y se entendía, si bien no había un sentimiento de unidad, ni hubo un líder, ni una persona que mandara o dirigiese. Mientras, en Canarias los daban por perdidos. Por errores de cálculo, vientos desfavorables, desconocimiento de las corrientes marinas y pésima orientación el patrón llevó el barco hasta las costas de Brasil. Concretamente parece ser arribaron a Belém Pará o a Paraiba, en el Estado de Piani. Allí fueron bien recibidos, sin embargo, las autoridades de Río de Janeiro se personaron para indagar por qué habían venido, sobre todo se intentó averiguar si eran exiliados políticos. Todos contestaban que venían por cuestiones económicas. La llegada de este velero a Brasil no pasó desapercibida para el régimen franquista, pues el gobierno brasileño mandó un comunicado, a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, a la Comandancia General de Canarias, con fecha de 25 de febrero de 1950, para instruir expediente en caso de retorno a España. Asimismo, en el periódico de San Pablo Folha da Noite se publicó unas declaraciones, que a su vez recogía del rotativo Globo de Río de Janeiro, del patrón y dueño del velero María del Pino, que llegó en condiciones lamentables. En el periódico se cita a un tal Doreste o Rocatell (apellidos falsos, obviamente). Según el comunicado español, el citado patrón y/o dueño, realizó unas declaraciones muy sensacionalistas, por lo que fue considerado como un enemigo del régimen. El padre de Yebriet intentó vender el barco, pero como estaba indocumentado, nadie quería comprarlo, además los brasileños querían barcos con poco calado para usarlo en la navegación fluvial. El barco encalló en Porto Alegre y se hundió. Los emigrantes se fueron separando. Unos regresaron, otros se quedaron y otros se fueron a Venezuela. Los que se fueron a Venezuela pasaban la frontera a través de la ciudad de Boavista, al principio, pero luego como se exigía documentación fue muy difícil pasar la frontera. Comentaba Yebriet que en Venezuela muchos canarios hicieron fortuna, más que en Brasil. El padre de Yebriet falleció al poco tiempo, su intención era ir a Venezuela para luego llegar hasta Honduras, con sus cinco hermanos. Su madre regresó a Canarias mediante uno de sus hijos. Yebriet se quedó solo en Brasil, donde estuvo residiendo casi 18 años. En Brasil, según Yebriet, se ganaba poco y el dinero no valía mucho. En Saô Paulo se podía ganar uno mil cruceiros por mes, además de la comida. Nos comentó Yebriet que una vez uno de los emigrantes canarios le robaron el dinero y fue a quejarse a la Policía y la Policía le dijo que quién era, él dijo que español y le preguntaron por los papeles, por la documentación, como no los tenía lo repatriaron. Yebriet siempre estuvo deambulando sin documentación, vivía en una casa solo y no le faltó de nada. Recorrió todo el norte del país. Cuando llegó tenía unos 23 años. Nunca se mezcló con españoles. Estuvo en Río de Janeiro, también en En San Luis de Maranhao, allí fue encargado, durante 2 años, de una fábrica de mosaicos, después estuvo en Belem del Pará. Unos años después estuvo en Bahía y después de allí regresó a Canarias. Cuando regresó hablaba más portugués que castellano, tuvo que volver a aprender a hablar en español. Un día fue a hablar con el Cónsul de España, y lo repatriaron. Regresó en un barco trasatlántico, nos decía que “vine en un barco formidable, yo estaba deseando que el barco no llegara aquí”. También afirmaba Yebriet que “la diferencia entre el peninsular y el canario que iba a Brasil era que el peninsular iba a allá a hacer perras y el canario, cuando iban para allá, iba a pasarlo bien. El español iba allá a hacer perras, como me dijo un vasco: ¡canario, cuando se sale de la casa de uno es para ganar dinero! Porque yo todo lo que ganaba lo botaba”. Marcelino Yebriet, nos relató sus aventuras en el Norte del Brasil, donde existen mujeres hermosas, misteriosas, cargadas de música y ritmo, pero algunas veces peligrosas herederas de tradiciones amerindias y africanas, conocedoras de la magia negra y de los secretos de algunas plantas: “había una planta que creo que se llamaba maripuana, no les miento, los hombres se volvían incasables amantes, se cogía en la selva”. Los hombre quedaban atrapados en la cama por la pasión sexual, los que tenían suerte lograban escapar, en un momento de lucidez, de estas mujeres. Asimismo, D. Marcelino conoció a los indios y sus problemas de adaptación a la sociedad del hombre blanco: “El indio cazaba un pescado y se tendía en la hamaca todo el día y no querían saber de más nada”. En estos relatos se nos antoja ver algunos de los ambientes de las novelas de Gabriel García Márquez. En el momento de realizar la entrevista D. Marcelino Yebriet anhelaba ansiosamente regresar algún día al Brasil, pero por desgracia no llegó a ver cumplido su sueño, unos años después (concretamente el 10 de febrero de 2001) fallecía en Arucas. Sirvan estas líneas como homenaje a D. Marcelino Yebriet, al resto de la expedición del “María del Pino”, a todos los hombres y a todas las mujeres que salieron de esta tierra (tal y como hacen muchos africanos que vienen a Canarias de forma clandestina) buscando un destino mejor, muchos de ellos y de ellas nunca más regresaron. A ellos y a ellas, con respeto. A todos los emigrantes.
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Emigración de aruquenses a Brasil (1949)
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