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Jul 9, 2014 31 min

EN CASA CON DIOS 3/16

from DESPERTAR DEL ESPIRITU

El amor no es producto de determinadas condiciones. Ciertas condiciones son producto del amor. La compasión no es producto de dete17ninadas condiciones. Ciertas con¬diciones son producto de la compasión. La abundancia no es producto de determinadas condiciones. Ciertas con¬diciones son producto de la abundancia. Sustituye cualquier estado del ser que puedas imaginar o inventar. La verdad seguirá siendo que el estado del Ser precede a la experiencia y la produce. Como no lo has comprendido, has imaginado que deben ocurrir ciertas cosas para que puedas ser feliz, y también has imaginado un Dios a quien se aplica la misma regla. Sin embargo, si Dios es la "Primera Causa", ¿podría ocurrir algo que Dios no hubiera causado primero? Y si Dios es todopoderoso, ¿qué po¬dría ocurrir sin que Dios lo decidiera? ¿Es posible que ocurra algo que Dios no pueda detener? ¿Y si Dios no lo detiene, no es algo que Dios decide? Por supuesto que sí. Sin embargo, ¿por qué habría de elegir Dios que sucedan cosas que lo hicieran infeliz? La respuesta es una que no puedes aceptar. Nada hace infeliz a Dios. No puedes creerlo porque, para ello, tendrías que creer en un Dios sin necesidades ni juicio y no puedes imaginar a un Dios así. La razón por la que no puedes imaginar a un Dios así es que no puedes imaginar una persona así. No crees que tú puedas vivir de esa manera y no puedes imaginar a un Dios más grande que tú. Cuando por fin logres comprender que sí puedes vivir de esta mane¬ra, entonces sabrás todo lo que necesitas saber acerca de Dios. Sabrás que tu segunda afirmación fue la correcta. Dios no es más grande que tú. ¿Cómo podría serlo? Pues Dios es Lo que Eres tú y tú eres Lo que Es Dios. Sin embargo, tú eres más grande de lo que crees. Los Maestros lo saben. En este momento, hay en el planeta Maestros que lo saben. Aunque estos Maestros provengan de muchas tradiciones, religiones y culturas, todos tienen algo en común. Nada hace infelices a los Maestros. En los albores de tu primitiva cultura había muy pocos Maestros. El único deseo de la mayoría de las personas era evitar la infelicidad o el dolor. Su conciencia era demasiado limitada para que pudieran com¬prender que el dolor no producía infelicidad, de modo que su estrategia para la vida se basaba en lo que posteriormente se describió como el Principio del Placer. Se dirigían hacia lo que les brindaba placer y se ale¬jaban de lo que les privaba del placer (o les causaba dolor). Así, pues, nació la primera ilusión, la idea de que existe la necesidad. Fue lo que podríamos llamar el primer error. La necesidad no existe. Es ficción. En realidad, no necesitas nada pa¬ra ser feliz. La felicidad es un estado mental. Los primeros individuos no podían comprenderlo. Y puesto que sen¬tían que necesitaban ciertas cosas para ser felices, supusieron que lo mismo se aplicaba a todos los aspectos de la Vida. Supusieron además aquella parte de la Vida que identificaron como un Poder Superior, un poder que generaciones sucesivas han conceptual izado como un ser vi¬vo que tiene toda una variedad de nombres, entre ellos Alá, Yahvé, Jeho¬vá y Dios. Para los primeros seres humanos no era difícil concebir un poder su¬perior a sí mismos. De hecho, les resultaba necesario. Necesitaban una explicación de todas las cosas que ocurrían sin que pudieran controlarlas. Su error no fue suponer que había un Dios (el poder combinado y la energía combinada de Todo lo que Es), sino suponer que este Poder Absoluto y esta Energía Total pudiera necesitar de algo; que, de alguna manera, Dios depende de algo o de alguien para ser feliz o sentirse satis¬fecho, completo o realizado. Era tanto como afirmar que la Plenitud no estaba completa, sino que necesitaba de algo para volverse plena. Era una contradicción, pero no podían verlo. En la actualidad, todavía muchos no lo pueden entender. A partir de esta creación de un Dios dependiente, las personas ela¬boraron una historia cultural en la que Dios concibe un plan. En otras palabras, Dios quiere y necesita que ocurran ciertas cosas, y de deter¬minadas maneras para que Él sea feliz. Las personas han reducido esta historia cultural a un mito que se ha cristalizado como: Hágase, Señor, Tu voluntad. Su idea de que Yo tenía una voluntad los forzó entonces a imaginar cuál era Mi voluntad. Pronto descubrieron que, entre los de su especie, no existía un consenso universal al respecto. Y, si no todos sabían o coin¬cidían en cuál era la voluntad de Dios, no era posible que todos estuvie¬ran cumpliendo la voluntad de Dios. Los más ingeniosos usaron este razonamiento para explicar por qué las vidas de algunas personas parecían mejores que las de otras. Pero en¬tonces surgió una nueva pregunta: ¿Cómo era posible que no se hiciera la voluntad de Dios, si Dios era Dios? Era evidente que había un defecto en aquella primera ilusión. Esto les debía haber revelado que la idea de necesidad era falsa. Pero ustedes sabían, en un nivel muy profundo, que no podían abandonar la ilusión o algo muy importante llegaría a su fin. Tenían razón. Pero cometieron un error. En lugar de percibir la ilu¬sión como tal y usada para el fin que pretendía, pensaron que debían co¬rregir su defecto. Con el fin de corregir el defecto de la primera ilusión crearon la se¬gunda. 2 La ilusión de fracaso La segunda ilusión es: EXISTE EL FRACASO La idea de que la voluntad de Dios (suponiendo que Dios tuviera) pudiera no cumplirse se opone a todo lo que creías que sabías de Dios, en concreto, que Dios era todopoderoso, omnipresente, el Ser Supremo, el Creador. Sin embargo, es un concepto que has aceptado con entusias¬mo. Esto fue el origen de la sumamente improbable pero convincente ilu¬sión de que Dios puede fracasar; que puede desear algo y no logrado; que puede anhelar algo y no recibido; que necesite algo y no lo tenga. Resumiendo, la voluntad de Dios puede frustrarse. Esta ilusión exigía grandes malabarismos de la imaginación, pues in¬cluso las limitadas percepciones de la mente humana podían detectar la contradicción. No obstante, tu especie posee una rica imaginación y puede estirar la credibilidad con una facilidad asombrosa. No sólo ha imaginado a un Dios con necesidades, sino también un Dios que puede fracasar en la satisfacción de sus necesidades. ¿Cómo lo imaginó? Nuevamente mediante la proyección. Se pro¬yectaron en su Dios. Le atribuyeron a Dios una habilidad o característica derivada direc¬tamente de su experiencia humana. Se dieron cuenta de que ustedes no podían obtener todas las cosas que creen necesitar para ser felices y deci¬dieron declarar que lo mismo le sucede a Dios. A partir de esta ilusión crearon una historia cultural en la que el re¬sultado de la vida sería incierto. Podría funcionar o no. Podría salir bien o no. Al final todo estaría bien... o no. Al agregar a esta mezcla la duda de que Dios pueda o no satisfacer sus necesidades (suponiendo que tuviera alguna), produjeron su primer encuentro con el temor. Antes de fabricar esta historia de un Dios que no siempre logra lo que desea, no sentían temor. No había qué temer. Dios estaba al man¬do, Dios era Todopoderoso, Todo Esplendor y Gloria, todo estaba bien en el mundo. ¿Qué podría salir mal? Pero entonces surgió la idea de que Dios podría necesitar algo y no obtenerlo; podría desear que todos sus hijos regresaran al Cielo con Él, pero sus hijos mismos, con sus propias acciones, podrían impedirlo. Sin embargo, también esta idea ponía en entredicho la credibilidad y, una vez más, la mente humana percibió la contradicción. '¿Cómo era posible que las creaciones de Dios frustraran al Creador si el Creador y las creaciones eran uno solo? ¿Cómo podía dudarse del resultado de la vida si Aquel que produce el resultado y Aquel que lo experimenta es el mismo ser? Estaba claro que la segunda ilusión tenía un defecto. Esto debió ha¬ber puesto en evidencia que la idea del fracaso era falsa, pero ustedes sa¬bían, en un nivel muy profundo, que no podían abandonar la ilusión o algo muy importante llegaría a su fin. También aquí tenían razón. Pero volvieron a cometer un error. En lugar de identificar la ilusión como tal y usarla para el fin que pretendía, consideraron que debían corregir su defecto. Al enmendar el defecto de la segunda ilusión crearon la tercera. 3 La ilusión de separación La tercera ilusión es: EXISTE LA SEPARACIÓN El único escape para el enigma de la segunda ilusión era crear una tercera: El Creador y las creaciones no eran uno solo. Esto exigía que la mente humana concibiera la posibilidad de lo im¬posible: Aquello que es Uno no es Uno; Aquello que está Unificado en realidad está separado. Ésta es la ilusión de separación: la idea de que existe la separación. La especie humana llegó a la conclusión de que, si las creaciones es¬taban separadas del Creador y el Creador les permitía que hicieran lo que les viniera en gana, entonces sería posible que las creaciones hicie¬ran algo no aprobado por el Creador. En estas circunstancias, la Voluntad del Creador podría frustrarse. Dios podía desear algo, pero no obtenerlo. La separación produce la posibilidad del fracaso, y el fracaso sólo es posible si existe la necesidad. Una ilusión depende de la otra. Las primeras tres ilusiones son las decisivas. Tanta importancia tie¬nen y tan indispensables son para el sostén de las demás, que se les asig¬naron historias culturales separadas a fin de explicarlas y asegurar que fueran explicadas claramente y con frecuencia. Cada cultura creó su propia historia, pero todas establecieron los mismos puntos básicos, cada una a su manera. Una de las más famosas es la de Adán y Eva. Se dice que el primer hombre y la primera mujer fueron creados por Dios y que vivían con alegría en el Jardín del Edén, o Paraíso. Ahí dis¬frutaban de vida eterna y comunión con lo Divino. Se dice que a cambio de la Vida idílica que les regaló, Dios les ordenó sólo una cosa: No coman del Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal. Según esta leyenda, Eva desobedeció la orden y se comió la fruta de todas maneras. Pero la culpa no fue sólo de ella. Fue tentada por una serpiente que en realidad era el ser que los seres humanos llamaron Sa¬tán o el diablo. Y, ¿exactamente quién es este diablo? Según una historia, es un án¬gel que tomó el camino del mal, una creación de Dios que se atrevió a ser tan grande como su Creador. Tal suceso, comenta la historia, es la máxima ofensa, la blasfemia suprema. Todas las creaciones deben hon¬rar al Creador y no pretender ser tan grandes como Él, o más. En ésta versión específica de la historia cultural principal, ustedes se desviaron de su patrón normal al adjudicarme cualidades que no se re¬flejan en la experiencia humana. En realidad, los creadores humanos desean que sus descendientes se esfuercen por ser tan grandes como ellos, sino es que más. El mayor pla¬cer de los padres sensatos es ver a sus hijos alcanzar y superar su propia situación en la vida, así como sus propios logros. Se dijo, por otra parte, que Dios se había sentido deshonrado y pro¬fundamente ofendido por esto. Satán, el ángel caído, fue expulsado, se¬parado del rebaño, desdeñado, maldecido y, de repente, en la Realidad Máxima existían dos poderes, Dios y Satán; y dos lugares desde los cua¬les operaban, el Cielo y el Infierno. Era el deseo de Satán, según la trama de la historia, tentar a los hu¬manos para que desobedecieran la Voluntad de Dios. Ahora Dios y Sa¬tán libraban una competencia por el alma del hombre. Y lo más fascinante es que se trataba de una competencia que Dios podía perder. Así se demostró que Yo no era un Dios omnipotente después de todo, o que Yo era todopoderoso, pero no quería usar mi poder porque quería librar una pelea justa con Satán. O que no se trataba de eso, sino de dar a los seres humanos el libre albedrío. Excepto que, si ustedes ejercieran su libre albedrío de alguna manera que yo no aprobara, los entregaría a Sa¬tán, quien los torturaría durante toda la eternidad. Tales son las complicadas historias que componen la doctrina reli¬giosa de tu planeta. Por la historia de Adán y Eva, muchas personas han creído que casti¬gué al primer hombre y a la primera mujer, porque ella se comió la fruta prohibida, expulsándolos del Jardín del Edén. Y (¿ puedes creerlo?), casti¬gué a todos y cada uno de los hombres y mujeres que vivieran a partir de ese momento, imponiéndoles la primera culpa y sentenciándolos además a permanecer separados de Mí durante el transcurso de su vida en la Tierra. A través de ésta y de otras historias igualmente coloridas, se difundie¬ron las primeras tres ilusiones de una manera impresionante para que, sobre todo los niños, no las pudieran olvidar pronto. Estas historias consiguieron inyectar tanto temor en el corazón de los niños que se repi-tieron una y otra vez en cada una de las nuevas generaciones. Así, las pri¬meras tres ilusiones se anclaron profundamente en la psique humana. 1. Dios tiene un plan (Existe la necesidad) 2. El resultado de la vida es incierto (Existe el fracaso) 3. Estás separado de Dios (Existe la separación) Aunque la idea de que existen la necesidad y el fracaso es indispensa¬ble para el resto de las ilusiones, la idea de que existe la separación tiene mayor impacto sobre los asuntos humanos. El impacto de la tercera ilusión repercute en la especie humana hasta la fecha. Si crees que la tercera ilusión es verdad, tendrás una experiencia de la vida. Si no lo crees, si piensas que en realidad es una ilusión, tendrás otra. Dos experiencias radicalmente diferentes. En la actualidad, casi toda la gente de tu planeta cree que la ilusión de separación es real. Como resultado, las personas se sienten separadas de Dios y separadas entre sí. La sensación de estar separadas de Mí provoca que a las personas les resulte muy difícil relacionarse conmigo de modo significativo. Me in¬terpretan mal, Me temen, Me suplican ayuda o Me niegan. Al hacerla, los humanos han perdido la gloriosa oportunidad de usar la mayor fuerza del Universo. Se han sometido a una vida sobre la que no creen tener control, en condiciones que creen que no pueden cam¬biar, y que provocan experiencias y resultados inevitables. Viven su vida en sumisa desesperación, ofreciendo su dolor, sopor¬tándolo con gusto, creyendo que con su callado valor se ganarán el favor suficiente para entrar al Cielo, donde recibirán su recompensa. Existen muchas razones por las que sufrir sin lamentarse puede ser benéfico para el alma, pero asegurar nuestra recompensa en el Cielo no es una de ellas. El valor es su propia recompensa y no puede haber una buena razón para causar sufrimiento a otras personas, que es lo que pro¬vocan las quejas. Así pues, el Maestro nunca se lamenta y con ello aminora el sufri¬miento tanto a su alrededor como en su interior. El Maestro no se abstie¬ne de lamentarse con el fin de reducir el sufrimiento; él no interpreta la experiencia del dolor como sufrimiento, sino tan sólo como dolor. El dolor es una experiencia. El sufrimiento es un juicio que se hace a partir de esa experiencia. Según muchos, el dolor que experimentan no es aceptable y no debería ocurrir. No obstante, el grado en el cual el do¬lor se acepta como perfecto es equivalente al grado en el cual es posible eliminar el sufrimiento en la vida. Gracias a esta comprensión, los Maestros superan todo el sufrimiento, aunque no escapen por completo al dolor. Incluso quienes no han alcanzado esta maestría han experimentado la diferencia entre el dolor y el sufrimiento. Un ejemplo podría ser la ex¬tracción de una muela muy dolorosa. La extracción duele, pero es un dolor muy bienvenido. La sensación de estar separados de Mí impide a los seres humanos usarme, llamarme, entablar una amistad conmigo y aprovechar todo el potencial de Mi poder creativo y curativo, ya sea para poner fin al sufri¬miento, o con cualquier otro fin. Su sensación de estar separados unos de otros les permite hacerse co¬sas que jamás se harían a sí mismos. Al no poder reconocer que se las ha¬cen a sí mismos, producen y reproducen resultados desagradables en su vida cotidiana y en su experiencia sobre el planeta. Se ha dicho que la especie humana se enfrenta a los mismos proble¬mas desde los albores de la historia y es verdad, pero quizá ahora en me¬nor grado. La avaricia, la violencia, los celos y otras conductas que ustedes no consideran benéficas para nadie aún son exhibidas por los miembros de su especie, aunque en la actualidad por una minoría. Ésta es una señal de su evolución. No obstante, los esfuerzos de su sociedad no están dirigidos total¬mente a la modificación de estas conductas, sino a su castigo. Se cree que el castigo las corregirá. Algunas personas aún no comprenden que, si no modifican las condiciones sociales que generan e invitan esas con¬ductas indeseables, no arreglarán nada. Un análisis objetivo lo demuestra, sin embargo muchas personas desconocen la evidencia y siguen intentando resolver los problemas de la sociedad precisamente con la energía que los generó. Pretenden su¬primir las matanzas con matanzas, dar fin a la violencia con violencia, sofocar la ira con ira. Y, al mismo tiempo, les es imposible advertir su propia hipocresía y, por tanto, la personifican. El hecho de reconocer las primeras tres ilusiones como tales provocaría que todo el mundo dejara de negar la Unidad de todo lo que tiene Vida y se pudiera evitar la destrucción de toda la vida en el planeta. Muchos individuos continúan percibiéndose separados unos de otros, de todos los seres vivos y de Dios. Perciben que se autodestruyen y no obstante, aseguran que no comprenden cómo lo hacen. Afirman que seguramente no por sus propias acciones. No pueden apreciar la cone¬xión que hay entre sus decisiones y elecciones personales y el mundo. Estas son las creencias de muchos y, si deseas que cambien, de ti de¬pende modificarlo porque tú comprendes de verdad la causa y el efecto.

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