EPISODE · Dec 17, 2025 · 7 MIN
Episodio 2: Mosé de Portella: El auge de una estirpe en la Tarazona del siglo XIII
from Judería medieval de Tarazona: Historia y memoria
Judería medieval de Tarazona: Historia y memoria hispano judía Episodio 2: Mosé de Portella: El auge de una estirpe en la Tarazona del siglo XIII Sol de Almalí: Shalom, y bienvenidos de nuevo a este rincón de la memoria. Soy Sol de Almalí, y mi voz os guía otra vez por las rúas y los secretos de la judería de Tarazona. En nuestro anterior encuentro, desenterramos las raíces más profundas de nuestra aljama, desde los tiempos de la Tvriaso romana hasta la llegada de la “Edad de Oro” en el siglo XIII. Una época de esplendor de la que os prometí desvelar a uno de sus más grandes protagonistas. Hoy, cumplimos esa promesa. Nos adentraremos en la vida de un hombre que personificó el poder, la inteligencia y la influencia del judaísmo hispánico en su máximo apogeo. Un hombre de Tarazona cuyo nombre resonó en las cortes reales y en los centros de poder de todo el Reino de Aragón. Hoy, hablaremos de Mosé de Portella. Sol de Almalí: Para entender a Mosé de Portella, primero debemos conocer su entorno. Nació en el seno de una de las familias más importantes de nuestra aljama, hijo de Açach de Portella, el patriarca del linaje. Era el mayor de cinco hermanos: Salomón, Abraham, Ismael y Jucé, todos ellos destinados a jugar un papel en la historia de nuestra comunidad. Los Portella no eran nobles de cuna, pero su riqueza e influencia los elevaban por encima de muchos. Su fortuna no nació de la nada; se forjó con el sudor y la inteligencia, controlando el comercio de dos bienes esenciales: los cereales y la lana. Desde Tarazona, tejieron una red comercial que les permitió amasar un patrimonio considerable. Tan grande era su poder económico que, en el año 1267, el propio rey Jaime I les concedió un privilegio extraordinario: la estirpe de los Portella solo estaría obligada a satisfacer un quinto de los impuestos de la aljama. Una exención fiscal que nos da una idea clara de su elevado estatus. Mosé, o Muça, como gustaba firmar en los documentos oficiales de la Real Cancillería, sentía un gran respeto por el árabe, la lingua franca del mundo diplomático y cultural de la época. Era un hombre de su tiempo, un judío que no vivía aislado, sino inmerso en la compleja sociedad de las tres culturas. No era solo un hombre de negocios. Era un devoto defensor de la Torah como norma de conducta y mantenía una estrecha amistad con el más prestigioso rabino de la época, Selomó ben Adret de Barcelona, a quien acudía en busca de consejo. Era un hombre de familia, casado con Aljófar, con quien tuvo una prolífica descendencia: Açach, Abraham y Salomón. Y como era costumbre en nuestras familias para proteger el patrimonio, sus hijos se casaron con sus primas, las hijas de su tío Samuel, que era médico en nuestra comunidad. Sol de Almalí: El ascenso de Mosé de Portella al poder siguió un patrón bien conocido en la época para los judíos que alcanzaban altas responsabilidades. Primero, la concesión de cuantiosos préstamos a la Corona. Segundo, la cesión de rentas del Patrimonio Real como garantía de esos préstamos. Y tercero, el nombramiento como funcionario real, convirtiéndose en un hombre de confianza del soberano. Su carrera política, su cursus honorum, comenzó oficialmente en 1273, cuando fue nombrado baile de Tarazona, el administrador de las rentas reales en nuestra ciudad. Pero su ambición y su capacidad no conocían límites. A comienzos de 1276, su poder se extendía ya al reino de Valencia, figurando como baile de Sagunto, Onda, Peñíscola, Morella y Segorbe. Con la llegada al trono del rey Pedro III, el Grande, su poder se consolidó. Mantuvo la bailía de Tarazona y su merindad, pero su influencia se extendió por Ejea, Tauste y El Bayo. En el trienio de 1279 a 1281, su control era casi absoluto en la frontera con Navarra, percibiendo los derechos reales de las merindades de Tarazona, Ejea y Jaca. Era, en la práctica, el virrey económico de una vasta y estratégica región. Sus funciones eran increíblemente variadas. Como merino, administraba el patrimonio del rey. Como baile, gestionaba los bienes del reino. Supervisaba la recaudación de impuestos, pero también la reparación de castillos y murallas en la frontera, como los de Grosín, Borja o Tauste. Evaluaba los daños de las incursiones castellanas, suministraba víveres y animales al ejército, controlaba la exportación de productos estratégicos como los caballos y el aceite, y subastaba las rentas de ciudades, salinas y peajes. Su firma estaba en todas partes. Era el hombre del rey. Sol de Almalí Pero tanto poder acumulado en manos de un judío no tardó en generar recelos y enemistades. La nobleza aragonesa, los ricos hombres, veían con malos ojos cómo un miembro de nuestra comunidad controlaba las finanzas y los recursos del reino. El rechazo de los estamentos a la costosa política exterior del rey, que solo parecía beneficiar a la burguesía catalana, encontró en Mosé de Portella un chivo expiatorio perfecto. En la asamblea de Zaragoza de 1283, convocada sin el permiso del rey, los nobles forzaron la aprobación del llamado Privilegio General. Este documento, que confirmaba muchos de sus fueros y libertades, contenía un artículo que nos afectaba directamente. Decía así: “demandan los ricos homes e todos los otros sobredichos que en los reynos d’Aragon e de Valencia, ni en Ribagorça ni en Teruel, que no aya bayle que jodio sea”. Los judíos éramos apartados, formalmente, de los cargos públicos. Fue un golpe durísimo. Sin embargo, la confianza del rey en Mosé era tal que, a pesar de la ley, siguió actuando de facto como baile general de Aragón. El rey no renunció a sus servicios, y pasó a llamarlo en sus documentos “nuestro fiel” o “miembro de nuestra casa”. Pero la presión era insostenible. En las Cortes de 1286, los ricos hombres volvieron a la carga y exigieron que fuera separado definitivamente de su cargo. El ocaso de Mosé de Portella había comenzado. Su muerte, o más bien su asesinato, ocurrido entre finales de 1286 y principios de 1287, sigue envuelta en el misterio. Las crónicas no son claras, pero su final fue violento y abrupto, en medio de los turbulentos tiempos de la Unión. Su inmensa fortuna fue confiscada por el rey para sufragar la conquista de Menorca. El impacto en nuestra aljama fue devastador. Un documento de 1294, al hacer rendición de cuentas, lo expresa con claridad: el grave quebranto que se produjo “desque murio don Muça, et que sus parientes se fueron de Taraçona”. La pecha ordinaria, el principal impuesto que pagábamos, se redujo de 1.150 sueldos a solo 600. Prácticamente a la mitad. La edad de oro, para nosotros, había terminado de forma abrupta. Sol de Almalí: Hoy hemos recorrido la vida de Mosé de Portella, un gigante de su tiempo. Un hombre que desde nuestra pequeña aljama de Tarazona ascendió a las más altas esferas del poder, demostrando la capacidad y el talento de nuestro pueblo. Su historia es la crónica de un ascenso meteórico, pero también la de una caída trágica, que nos recuerda la fragilidad de nuestra posición en un mundo que, a menudo, nos miraba con desconfianza. Su muerte marcó el fin de una era. Pero la vida de la judería de Tarazona continuó. Su hermano Ismael, también un hombre de gran valía, le sucedió en algunas de sus funciones y llegó a ser rab de las comunidades de Aragón. La familia Portella, aunque mermada, nunca se extinguió del todo en nuestra ciudad. En nuestro próximo episodio, dejaremos atrás a los grandes hombres y las intrigas palaciegas para adentrarnos en el corazón de nuestra comunidad. Pasearemos por las calles de la judería vieja, descubriremos cómo eran nuestras casas, y cruzaremos el umbral del edificio más importante de nuestra aljama: la sinagoga. Os espero para seguir desvelando la historia y la memoria de la judería de Tarazona. Shalom. Narradora: Sol de Almalí, personaje real siglo XIV. Dirección y producción: Javier Bona Zhakor
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