Este domingo en la alcoba de los reos tendremos una charla de café con Mauro Simone POR LA MEMORIA DE NUESTROS DESAPAREC episode artwork

EPISODE · Dec 10, 2012 · 2H 13M

Este domingo en la alcoba de los reos tendremos una charla de café con Mauro Simone POR LA MEMORIA DE NUESTROS DESAPAREC

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Pensaba que no, pero diría que sí ..Pensaba que no, pero diría que sí. Pensaba que no porque perdería todo a pesar de que habían tratado de convencerla de que el destino puesto de esta manera y en estas tierras por las manos de los Dioses, así lo habían querido. Ese destino pues, misterioso, al que desde siempre se le confiere la capacidad de explicar lo que no puede alcanzarse por la gracia de l simple entendimiento, y que para bien o para mal, tiene la virtud de cambiar, de trastocar todo en un segundo y hacer que las vidas cambien, que las cosas muden de lugar modificando hábitos y colores. Pensaba que no pero diría que sí. Pues de ese no o de ese sí, además de su suerte, dependería la suerte de sus hermanos, lo que era decir por las noticias que frecuentemente se recibían, la sangre de sus hermanos. Por eso, por la orden casi sagrada de su padre, por designio de los dioses viejos... que habían comenzado a ser viejos, súbitamente viejos desde hace apenas unos días después de venerarlos por centurias, para ser repentinamente reemplazados por uno nuevo... por eso debía decir que sí, mansamente, aunque por su pecho donde latían todavía antiguas rebeldías, se prolongara el eco silencioso y mil veces repetido, de un no desmesurado que se negaba a rendirse, a resignarse, porque con ese sí, que no le pertenecía, sentía que se desmoronaba todo. Los siglos de su raza y el instante de su vida.. Pensaba que no. Y ahí estaba. Su gente la miraba de lejos. Hacían tres lunas que no se movía del lugar. La cima de una de las últimas montañas que viniendo de lejos , terminaban abrupta y inesperadamente como sumidas por el valle. Era el lugar de ofrendas y de ritos. Lugar donde comulgaba el alma con los dioses, de prosternación y fe, que como todas o al menos la gran mayoría, no se discute. Se vivencia, se lleva, se siente... y para que más. Y ahí estaba. De lejos, el viento, ese viento que muchos años después le llamarían Chorrillero, le dibujaba el perfil de su larga cabellera, que tal vez, quería escaparse hacia la nada, hacia el aire donde vagan las almas, y diluirse, para no rendir su naturaleza quizás milenaria, fruto de la pertenencia a una tierra, su tierra, donde tantos antepasados habían llorado y reído, creado costumbres, danzas y sabores. De decir que sí, perdería todo. No era solamente su libertad, en todo caso y a su pesar, era lo que menos le preocupaba, ya que sabía que su vida, su propia vida, podía durar más o menos, un instante en el tiempo. Era el temor por la otra libertad, lo que en tres lunas le hacía perder y hundir sus ojos en la profundidad de las estrellas, como queriendo sacarle al misterio de la noche, alguna explicación, o tal vez, regalarle un lamento ancestral al firmamento. Y la otra libertad no tenía una clara explicación. Eran los hábitos, las fiestas, las ofrendas, el sol que en cada amanecer despertaba los pájaros y se disponía a pasar como siempre, su ruta de montañas, valles y venados. Era su manera de sentir, de comunicarse, de amar, de saber que a ella y a todos sus hermanos, la vida de a poco debía enseñarles a crecer, con sus creencias y sus miedos. Pero su padre lo había dispuesto. Y ella pensaba que no, pero diría que sí. Siempre respetó, hasta la reverencia, la sabiduría de su padre, pero esta vez y aunque no le discutió porque sería un sacrilegio, sabía que se equivocaba, que no debía entregarla, que no debían entregarse, que era preferible mimetizar sus huesos en la generosa amplitud de la madre mayor, su tierra. La de los frutos y las piedras. La del agua y los pájaros... la nuestra, pensaba. Pero diría que sí, y un temblor que le sacudía el alma y le poblaba de sonidos sus silencios, le invadía hasta el ahogo. Y quería estallar, y aunque su dolor era apenas llorado por sus ojos y sus huesos, asomaba de sus labios por las noches una melodía de lamentos que se adormecían con la luna y callaban bajo las sombras sospechosas de los sauces viejos. Recordaba que sus abuelos le contaron que cuando nació, en los meses de las flores y el sol tibio, la bañaron con el agua del río y en la cima de esa misma montaña donde ahora estaba, le llamaron Arocena. Hija, la más hermosa, del cacique Koslay. Y entonces le contaron que hubo cacerías y hubo fiestas, y hubo chicha... y venados, y danzas, y cantos... y alegrías. Y ahora, un señor que escalaba por las mañanas adonde ella estaba con su tristeza y que era acompañado por su padre, le había dicho que por la gracia de un Dios que ella hasta ahí desconocía y por imperio de unos reyes que también desconocía y jamás conocería, había resultado la elegida para cambiar la historia. Ella no se movía. Tenía sus ojos inmóviles, como clavando su mirada por la misma hendidura del aire que ahora sentía invadido y pisoteado. Pero lo escuchaba. La voz del hombre era suave, casi suplicante, como queriendo convencerla de que por ella pasarían acontecimientos y sucesos que cambiarían la vida de su pueblo. Que debía sentirse halagada por una especie de mandato divino que estaba pronto a posarse en ella. Pero para que ello pudiera ocurrir, debía aceptar su Dios, su bandera, su lengua, sus ropas, y otro nombre... vaya la gracia, no era más que despojarse de todo. Por toda respuesta, ella solamente pensaba que no, pero diría que sí. Por su padre, y según su padre, por su gente. El hombre, que vestía largas túnicas y que con un cordel ajustaba su cintura, siempre llevaba un libro y una cruz entre sus manos. Le había pedido que bajara, que a él le fatigaba escalar la montaña y que sus largas vestimentas se rajaban al engancharse entre las ramas y las piedras. Le había dicho que además de aceptar otro nombre, debía aceptar en sagrado matrimonio, un esposo. Un hombre. Otro hombre que no era de su raza. Que aquel la había visto, que ponderaba su hermosura, que gustaba de sus ojos y donaires. Que aceptaba su piel, y ante su padre, Señor hasta hoy de estas comarcas, como buen Caballero de la Corte del Rey, había jurado respetarla. Pero ella no bajó. Nunca bajó de su raza y de su nombre. Y ahí estaba. Luego que pasaron las tres lunas, irrumpían en su piel una trama nueva de arrugas de dolor. Una trama surcada de preguntas... sin respuestas. Luego que pasaron las tres lunas, pudo oír un amanecer distinto, el definitivo. Ya se acercaban fatigados ese señor de largas vestimentas, su padre, otros señores con barbas, cascos y ropas de color. El señor de la cruz musitaba plegarias, respiraba profundo y miraba los cielos. Su padre la tomó del brazo y la obligó a ponerse de pie. A su lado se colocó un hombre de mediana estatura, tez blanca, barbas casi rojizas... y aunque no se pudiera imaginar, su mirada era bondadosa. Desde abajo, al pie de la montaña, su pueblo, su gente, miraba silencioso. El Señor de la Cruz, luego de llamarla Juana en lugar de Arocena, le preguntó finalmente si aceptaba por esposo a aquel hombre que tan hidalgamente se había colocado a su lado... Ella pensó que no, y en su lengua, también dijo que no. Nunca bajó de su raza y de su nombre. Pero aquel día en los brazos de un nuevo Dios, un nuevo Rey y un nuevo esposo, descendió la montaña. Juan Cruz Sarmiento

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