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EPISODE · Dec 9, 2023 · 28 MIN

Extracto del libro: La Danza de la Realidad.

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Si Matucana se me presentaba como una agobiante cárcel, mi cuerpo también. Por sentirme mal en la carne, había huido hacia el intelecto. Vivía encerrado en mi cráneo, levitando a algunos metros sobre un degollado que me era ajeno. Tenía conciencia de mí mismo como una multitud de pensamientos desordenados, pensamientos que al final perdían sentido convirtiéndose en amasijos de palabras huecas, sin raíces que se alimentaran de mi esencia. Siendo un pozo seco, las frases flotaban formando un tejido angustioso. Sabía que yo estaba en alguna parte detrás de mi frente, pero me era imposible decir quién o qué era ese yo. El frío, el calor, el hambre, los deseos, el dolor, las penas surgían a lo lejos, como en el cuerpo de un extranjero. Lo único que me mantenía en la vida era la capacidad de imaginar. Vivía soñando con aventuras en países exóticos, triunfos colosales, vírgenes dormidas con una perla en la boca, elixires que concedían la inmortalidad. De todas maneras, cualquier cosa que deseara obtener se resumía en una sola palabra: «cambiar». La cualidad esencial para amarme era llegar a ser lo que en ese entonces no era. Yo esperaba, como un sapo a la princesa, a que un alma superior y compasiva, venciendo su asco, se acercara para darme el beso del conocimiento. Por desgracia, sólo contaba con dos amigos irreales, el Rebe y Alejandro anciano. Para lo que deseaba lograr necesitaba algo más que un par de fantasmas. Decidí ayudarme yo mismo. Después de meditaciones que me parecieron eternas no logré disolver mi intelecto en el cuerpo. Salirme de la cabeza me resultó tan imposible como escapar del interior de una caja fuerte. Imposible cederle a la carne la supremacía de mi identidad. Decidí entonces seguir el camino contrario: ¡ya que no podía descender, haría que todas mis sensaciones ascendieran! Puro intelecto, comencé a absorber mi forma física, luego incorporé las necesidades, los deseos, las emociones. Examiné qué era lo que sentía, y luego cómo me sentía sintiendo aquello. Comprendí que la llamada «realidad» era una construcción mental. ¿Completa ilusión? Imposible saberlo. Pero con toda evidencia lo que había de real en mí nunca lo percibiría en su totalidad. Siempre el intelecto me proporcionaría un fantasma incompleto, deformado por la falsa conciencia de mí mismo, aquella que me inculcara la familia. «¡Vivo, mal, dentro de un loco! ¡Mi barca racional navega en la demencia!» Lo que al comienzo me pareció una pesadilla, poco a poco se convirtió en esperanza. Puesto que todo lo que se presentaba como «mi ser» eran imágenes ilusorias, no diferentes de las de un sueño, me era posible cambiar la sensación de mí mismo. Comenzó un largo proceso. Concentré mi atención en los pies. Los sentí pesados, insensibles, lejanos, sin capacidad de equilibrio certero. Comencé a imaginarlos ligeros, afinados, sensibles, seguros, sus dedos extendidos entrando intrépidos en los caminos de la vida. Me imaginé con los pies de Cristo, atravesados por un mismo clavo adhiriéndolos al dolor del mundo, agujero sangrante ofreciendo una ascensión al lamento, convertido en plegaria. Imaginé que las heridas que padecía no eran las mías sino las de la humanidad y que, a través de ellas, absorbía el sufrimiento ajeno para hacerlo circular por mi sangre, que era un bálsamo, transformándolo en felicidad. Después me concentré en mis huesos, los sentí uno por uno. ¡Qué olvidada estaba esa humilde estructura! La había acarreado como un símbolo de muerte, sin darme cuenta de su fuerza vital. Recreé mi esqueleto otorgándole una materia fuerte y flexible como el acero de las espadas, huesos casi ingrávidos, con una médula del alma hirviente, semejantes a aquellos que confieren su real existencia al vuelo del águila. De pronto me di cuenta de que había creado un esqueleto de bailarín. El esqueleto de mi abuelo materno. Entonces sentí, sin que mi voluntad interviniera, formarse alrededor de esa luminosa estructura de músculos alargados y potentes, vísceras indestructibles y una cabellera abundante, dorada, cayendo hasta los hombros como una aureola líquida. Comprendí que, durante mi gestación, Sara no cesó de querer recrear a su padre, el mítico danzarín convertido en antorcha ardiente. Esos deseos se infiltraron en mis células, como una orden contraria al desarrollo natural, haciéndome siempre más parecido a ese modelo. Las contradicciones fueron intensificándose: yo me quería a mí mismo, mi madre quería a mi abuelo, mi abuelo no quería a nadie, como nadie me quería a mí, ni mi madre ni mi abuelo. Me paré frente a un espejo, estaba transfigurado. Me sentí como un actor de teatro, como una creación nacida de la obsesión de una madre. Ahora me quedaba preguntarle a mi madre si alguna vez había sentido deseos de haber sido mi padre. Ella ya no estaba. El Rebe tampoco. Me di cuenta de que mi madre, al reproducir el modelo de su padre, se había reproducido a sí misma. Yo, al reproducir a mi madre, la estaba reproduciendo a ella. Mis investigaciones hermenéuticas me llevaron a descubrir que había una trama familiar en la que todos eran el otro. Entonces comprendí por qué yo era irreconocible para mí mismo y los demás. Esa noche soñé con un huevo cósmico. El universo flotaba en su interior y su interior flotaba en mí. Era un ser transparente de piel dorada, un ser andrógino que desaparecía y aparecía en el huevo cósmico, que desaparecía y aparecía en mí. Me desperté recordando una frase de mi madre: «En ti, no te busques». "¿Quiéneres? Alguien que noeres tú canta tras el muro. La voz que ha contestado viene de más allá de tu pecho. Anduve como nosotros escarbando la estrella interminable en mi red, en la noche; me desperté desnudo, única presa, pez encerrado en el viento. Anduve por todos los caminos preguntando por el camino sin itinerario ni línea, ni conductor ni brújula, buscando los pasos perdidos de lo que no existió nunca, contemplándome en todos los espejos rotos de la nada. ¡Oh abismo de magia, abrid las puertas selladas, el ojo por donde debo volver otra vez al cuerpo de la tierra! ¿Qué sería de nosotros sin el quehacer, sin luces, sin el doble eco? ¡Ah, el que tendemos las manos! (Humberto Díaz Casanueva, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Rosamel del Valle) Me di cuenta de que el deseo de unión lo llevaba en cada célula de mi cuerpo, en cada manifestación de mi espíritu. Ya no se trataba de imaginar lazos, sino de darse cuenta de que ellos existían: estaba amarrado a la vida y unido a la muerte, amarrado al tiempo y unido a la eternidad, amarrado a mis límites y unido al infinito, amarrado a la tierra y unido a las estrellas. Unido a mis padres, a mis abuelos, a mis ancestros, unido a mis hijos, a mis nietos, a mi futura descendencia, unido a cada animal, a cada planta, a cada ser consciente. Unido a la materia bajo todas sus formas, yo era lodo, diamante, oro, plomo, lava, piedra, nube, onda magnética, estallido eléctrico, huracán, océano, pluma. Amarrado a lo humano, unido a lo divino. Anclado en el presente, unido al pasado y al futuro. Anclado en la oscuridad, unido a la luz. Atado al dolor, unido a la euforia delirante de la vida eterna. Después de unir así, me propuse ver a qué me conducía separar: la voz del padre muerto resonando durante años por toda la casa; de las monedas de medio dólar se elevan millones de pequeñas águilas plateadas que vuelan hacia la estratosfera para devorar satélites; la piel de tigre que ha perdido al Buda que solía meditar sobre ella, le propone a un asesino que la convierta en su capa; en el país de los decapitados, el último sombrero es quemado públicamente... Cuando perecen todos los seres vivos, los caminos gimen, sedientos de huellas. Me propuse materializar lo abstracto. El odio: cuerno de la abundancia dentro de un cofre del que hemos perdido la llave. El amor: camino donde las huellas, en lugar de seguirnos, nos preceden. La poesía: excremento luminoso de un sapo que se ha tragado a una luciérnaga. La traición: persona sin piel que avanza saltando de una piel a otra. La alegría: río lleno de hipopótamos abriendo sus hocicos azules para ofrecer diamantes que han extraído del barro. La confianza: danza sin paraguas bajo una lluvia de puñales. La libertad: horizonte que se despega del océano para volar formando laberintos. La certeza: una hoja solitaria convertida en el refugio de un bosque. La ternura: virgen vestida de luz empollando un huevo morado. Así, me dediqué durante mucho tiempo a imaginar técnicas para desarrollar mi imaginación. Cómo, por ejemplo, vencer las leyes naturales (volar, estar en dos o más sitios a la vez, sacar agua de las piedras); invertir las cualidades (el fuego enfría, el agua quema, la sal endulza); humanizar plantas (un árbol vende boletos de lotería), animales (un gorila llega a ser decano de la Facultad de Filosofía) y cosas (un tanque de guerra se enamora de una bailarina de ballet); agregar lo que se ha perdido (darle tentáculos de pulpo a la Venus de Milo, cabeza de mosca a la Victoria de Samotracia, un ojo de elefante como cúspide a la pirámide de Giza); extender la particularidad de un ser o de una cosa a todos los seres o cosas (un leño en llamas, una nube en llamas, un corazón en llamas, un saxofón en llamas, un juicio moral en llamas). Una noche, buscando enriquecer mi mirada, usada mayormente en el plano horizontal, eché la cabeza hacia atrás, tanto como pude, para sentir qué me producía ver en línea vertical. Me distrajo la visión de una telaraña en la lámpara. En el centro de ella, esperaba agazapada la tejedora. Alrededor, revoloteaba una mosca. En lugar de compadecerme de mí mismo, constatando el abandono en que se tenía mi cuarto --aseado a regañadientes por Sara una vez por mes para satisfacer la mirada crítica de su madre cuando, quejándose del hedor de Matucana, venía de visita--, imaginé los diferentes grados de una historia, organizándolos en una escala que iba de menor a mayor conciencia. En el primer grado, no concebiendo cambiar, esforzándose por seguir siendo siempre lo que creen que son, la mosca pasa su vida tratando de evitar a la araña en tanto que la araña pasa su vida tratando de cazar a la mosca. En un escalón más alto, la mosca, percibiendo el deseo carnívoro de la araña como una aporte de energía, pierde el miedo, acepta que es alimento y se sacrifica. La araña, por su parte, aprende a ponerse en el lugar de la mosca y decide renunciar a cazarla, aunque aquello le haga morir de hambre. En tercer lugar, la mosca, que voluntariamente ha entrado en la pegajosa trampa, al ser devorada por la araña, invade sus células, su alma y la transforma en un ente luminoso. Los dos animales, amalgamados, son un nuevo ser, que no es mosca ni araña sino las dos a la vez. En cuarto lugar, la araña-mosca, dándose cuenta de que la luz que la habita no es de su propiedad, de que ella es una servidora y la inagotable energía impersonal su dueña, se desprende de la tela y, atraída por la luz, asciende hasta sumergirse en el sol. En quinto lugar, semejante al primer grado, la araña en su tela espera que venga a pegarse una mosca. Sin embargo, ahora la araña no está agazapada, se muestra abiertamente, sin voracidad, y la mosca, sin angustia ni revoloteos innecesarios, se dirige en línea recta hacia la araña. El cambio, la transmutación y la adoración le han dado a la amenazadora realidad un baño de alegría. La cacería se ha convertido en una danza donde la muerte continuava acompañada de un nacimiento continuo. De pronto, sin que ni un movimiento de patas lo anunciara, la araña pendiendo de un largo hilo, se dejó caer hacia mí. Di un grito de miedo, esquivé, el sillón se volcó y caí de espaldas en el suelo. Me coloqué los zapatos como guantes y de un aplauso aplasté al inocente bicho. Sentí pena, no por él sino por mí mismo. Gracias al abandono en que se tenía a mi cuarto, pude darme cuenta de que, a pesar de esos goces imaginativos, emocionalmente no me sentía mejor. Las imágenes que creaba podían ser joyas, pero el cofre donde las guardaba, es decir mi persona, no tenía valor. Estaba usando la imaginación de forma limitada. Me había dedicado a crear representaciones mentales, técnica que por cierto abría senderos oníricos, indicaba ideales sublimes, daba elementos para fabricar obras de arte, pero no cambiaba la manera incompleta en que me percibía a mí mismo. El cuerpo se me presentaba como un pavoroso enemigo, ni más ni menos que un nido donde habitaba la muerte y tenía miedo de usarlo en toda su extensión. Mi sexo se embargaba de vergüenza, para disimular el miedo a crear. Mi corazón se sumergía en la maldad y la indiferencia del mundo, para prohibirse desarrollar sentimientos sublimes. Mi mente invocaba a la debilidad humana, para ignorar su poder de cambiar al mundo. Todos los infinitos, si bien los podía imaginar, visceralmente me daban pavor. Mi parte animal quería un espacio reducido, una madriguera, un tiempo corto, 'sólo duraré lo que dure mi organismo', una conciencia opaca, conformándome con vivir en la penumbra evitando responsabilidades, una vida invariable defendida por sólidos hábitos, el cambio considerado como un aspecto disimulado de la muerte. Decidí entonces liberarme de las imágenes, fiesta mental que disfrazaba una huida de mi naturaleza orgánica, para investigar una forma de creación mediante mis sensaciones. Pensé: 'Cuando recibo una noticia triste, no tengo ganas de moverme; me siento pesado, denso. Por el contrario, cuando la noticia es agradable, tengo ganas de danzar; me siento liviano, ágil. Los hechos que conozco por medio de palabras o de imágenes visuales, no me cambian el cuerpo pero sí la sensación que tengo de él. ¡Debe ser posible transformar a voluntad la percepción de mí mismo!'. Comencé una intensa serie de ejercicios. En la noche, cuando cesaban los insultos, y a veces los golpes, entre mi padre y mi madre, cuando mi hermana cesaba de tocar en su piano blanco los estudios de Chopin y el silencio se extendía como bálsamo sobre una haga, me sentaba desnudo en mi sillón de madera y comenzaba a descontracturar mis músculos para concentrarme y meditar. Desgraciadamente las locomotoras, varias veces durante la noche, se detenían justo bajo mi ventana, lanzando un ensordecedor pitido. Este lanzazo llegaba como un tajo sangriento hasta el centro de mi espíritu. Luché durante varias semanas para no defenderme, dejarlo atravesar mi conciencia sin retenerlo, no prestarle atención y seguir el ejercicio. Cuando lo logré pude sumergirme en mis meditaciones sin ninguna aprehensión. Vencí también a las moscas, que eran más molestas que los trenes. A pesar de cerrar las cortinas y sumergirme en la oscuridad, esos insectos no cesaban de zumbar y revolotear, irritando mi piel con sus paseos. Agréguese a esto que, no teniendo el apartamento en que vivíamos ni aire acondicionado ni calentadores, el calor y el frío se me hacían agobiantes. Todas estas dificultades favorecieron mi capacidad de concentración. Si quería desarrollar mi imaginación sensorial, antes que nada debía liberarla de la tiranía del peso. Por su fuerza de atracción, el planeta estaba siempre presente en el cuerpo diciéndome 'Eres mío, de mí vienes y a mí llegarás'. Sentí que lo que más pesaba era la sombra. Me llené de ella, una materia densa, dolorosa, agobiante. Colmé mis pies con su negrura, luego las piernas y el resto del cuerpo. Cuando fui una piel rellena de alquitrán, inspiré lo más profundo que pude y espiré el magma de mis pies rellenándolos esta vez de luz. Vacié mis piernas, mis brazos, mi tronco, mi cabeza y fui un pellejo colmado de resplandeciente energía. Me sentí liviano, cada vez más liviano. Me pareció que si daba un paso iba a saltar veinte metros. La ausencia de sensación de peso me llenó de alegría, de ansias de vivir, me hizo respirar profundo. Ya no tenía el espíritu invadido por desperdicios psicológicos, dolorosas serpientes de sombra. Tuve ganas de vestirme y salir a caminar. Así lo hice. Eran las cuatro de la madrugada. El barrio obrero, con sus faroles vacíos (los cacos robaban los focos), estaba casi sumido en las tinieblas. Sintiéndome tan luminoso como la luna, marché dando de vez en cuando agradables saltos. De pronto vi aproximarse a tres individuos de mala catadura. Prudente, cambié de vereda. Ellos, al ver el movimiento defensivo, se abrieron en abanico. Uno sacó una macana, el otro un cuchillo y el tercero una pistola. Me lancé a correr hacia la calle San Pablo, arteria central del barrio por donde pasaban tranvías y había la posibilidad de encontrar un bar aún abierto. '¡Detente, huevón!', gritaron. Lancé una llamada de auxilio que sonó como un chillido de puerco en el matadero. ¡Ninguna ventana se abrió! ¡Ninguna puerta! Allí iba yo, el exingrávido, galopando más pesado que un paquidermo, bajo el indiferente firmamento, luciendo en mis pantalones la huella fecal del miedo. Con el dolor de la dignidad pulverizada, deposité mis esperanzas en llegar a la calle central. ¡A diez metros de ella vi que estaba oscura! Entonces, vencido, entregado, tembloroso, me detuve y esperé a los bandidos. ¡Llegaron junto a mí y de un puñetazo en el vientre me lanzaron al suelo! Con calma agónica les rogué que no me mataran, que se llevaran todo, porque yo era un poeta. Me registraron los bolsillos, extrajeron un arrugado billete y mis papeles de estudiante. Después de observarlos con minuciosidad me los devolvieron, junto con el dinero, saludaron y se fueron diciendo que eran policías, que me habían confundido con un ladrón. '¡Joven, para otra vez no huya porque se hace sospechoso!' Adolorido, en cuerpo y alma, llegué a San Pablo. ¡Allí, a la vuelta de la esquina, en una cafetería, alumbra por una lámpara de gas, un grupo de personas jugaba a las cartas! ¡Con unas cuantas zancadas habría estado a salvo! ¡Si hubieran sido en verdad asaltantes, podrían haberme degollado por entregarme así, como una res, a unos pasos de la salvación! ¡En ese mismo instante juré que siempre mantendría mi esfuerzo hasta que no me quedara una gota de energía y que nunca abandonaría una obra empezada hasta haberla terminado! Apenas regresé a mi cuarto, continué mi trabajo. Acababa de encontrar el terror, una sensación de ahogo paralizante que me había convertido en animal. En ese reino, donde los unos se devoran a los otros, el miedo es el elemento esencial de la supervivencia. Ascender del animal al hombre es perder el miedo. ¿Qué miedo? Las bestias no tienen el concepto de muerte, se conocen como una materia. Su miedo esencial es perder la forma corporal. Sentí cómo nunca la amenaza de mi organismo. La carne prometía envejecer, enfermarse, morir; necesitaba ser alimentada, protegida. Junto con el miedo a perder la forma surgía la necesidad de poseer una guarida. Yo, descendiente de judíos, nómades durante siglos, no tenía tierra ni raíces ni madriguera. ¿Cómo deshacerme de esa angustia? ¿Imitar a Buda, rechazando la vida terrenal, desidentificándome del cuerpo, también de mi «ego» para, volviendo a la impersonalidad de la energía original, liberarme del ciclo de las reencarnaciones? Aquello, por el ateísmo que Jaime me había inculcado, me pareció un cuento de hadas, una fuga cobarde. «La espada que todo lo corta no te corta cuando te conviertes en la espada.» Pensando así, decidí convertirme en lo que causaba mis terrores. En ejercicios precedentes comencé a imaginarme lleno de un magma negro, al que expulsé para que la luz me habitara. Pero al dragón mitológico, inmortal, no se le puede vencer asesinándolo sino seduciéndolo, aceptando su dualidad. Volví a imaginar mis pies en ese nefasto alquitrán. Luego, en lugar de identificarme con ellos, me hice uno con la materia negra. Yo era la amenaza, yo era el dador de muerte, yo era la nada con sus ansias carnívoras. Subí por las piernas, llené la pelvis, el tronco, los brazos, la cabeza, borré todo residuo de moral, fui por completo una espesa maldad. Haciendo un esfuerzo fenomenal abandoné el apego a mi forma humana y desbordé. Saliéndome del recipiente carne, crecí hacia todas las direcciones como una masa voraz, comencé a invadir la casa, la ciudad, el país, el planeta, la galaxia, hasta colmar el universo y continuar la expansión infinita. En mí habitaban los astros, los monstruos del espacio, los demonios, las entidades ambiguas, los insidiosos fantasmas, los asesinos de mentes, las ratas, las víboras, los insectos venenosos... Luego imaginé sentir lo inverso: la amenaza infinita, la sombra mortal, comenzó a invadir el espacio desde todos los puntos, e inundó el cosmos avanzando hacia mí. Se tragó las galaxias, nuestro sistema solar, el planeta, el continente sudamericano, Chile, Santiago, el barrio Matucana, mi casa, mi cuarto y por fin se concentró en mi cuerpo. Al mismo tiempo que yo ocupaba el universo, el universo se acumulaba debajo de mi piel. Me sentí invencible, yo era el mal, nada podía aterrarme, ni siquiera mi padre. A esas horas de la avanzada noche, desnudo como estaba, comencé lentamente a recorrer el apartamento. Lo hice avanzando agazapado, como una fiera hambrienta. Muy rápido mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, aumentaron mis percepciones auditivas, pude oír los más leves crujidos y desde lejos sentí la respiración profunda de Jaime, Sara y Raquel. También mi olfato percibió, como nunca antes lo había hecho, los diferentes olores que llenaban el hogar: el azucarado de las sábanas húmedas, el rancio de las tablas del suelo, el azufrado del aire, el salobre de los muros. Entré en el cuarto de mi hermana. A causa de las ventanas cerradas, por miedo a los ladrones, el calor la hacía dormir desnuda con las piernas abiertas. Acerqué mi nariz a unos centímetros de su sexo y olí... Fue tanto mi placer y mi odio que la negrura de mi corazón pareció transformarse en tarántula. Me imaginé violándola y luego destrozándole el vientre con mis colmillos para devorar sus tripas. Saboreé largos minutos la visión de esa boca prohibida y luego me deslicé hacia el dormitorio matrimonial. Allí estaba mi madre, pegada a la espalda de mi padre. Dormía tan profundamente que parecían estatuas de cera. Me invadió una cólera gigantesca. Estuve seguro de que de un mordisco podía destrozarles la yugular. Sara merecía mi odio porque su necia pasividad era cómplice de Jaime. Sin mover un dedo dejó que mi padre se complaciera en aterrarme. Era él quien, por vencer los problemas con su hermano homosexual, obligado a afirmar una hombría dudosa, se había esmerado en convertirme en un cobarde. Me llevaba a la playa, me hacía meter las piernas en pozas donde sabía que habitaban pulpos. Se hacía el distraído, dejaba que uno de esos viscosos animales enrollara sus tentáculos en mis tobillos, me dejaba chillar un buen rato y luego llegaba riendo, despegaba las ventosas de mi piel, azotaba al animal contra las rocas y después, introduciendo la mano por la raíz de los tentáculos, daba la vuelta, delante de mis narices, a la capucha del monstruo, dejándola al revés. «¡Son inofensivos, no chilles como una mujercita, aprende a ser valiente!» Pero ¿cómo un niño de cinco años podía ser valiente cuando el adulto lo obligaba a acostarse en su espalda y prenderse de su cuello, mientras corría hacia las olas de un océano enfurecido? Allí, aferrado a mi padre como una lapa, cerrando los ojos, arrugando la nariz y apretando las mandíbulas, soportaba que éste, dando regidos leoninos, se lanzara una y otra vez contra la base de las gigantescas olas para atravesarlas justo cuando comenzaban a estallar. A pesar de ser un niño yo sabía que si me soltaba perecería ahogado. El agua fría del océano Pacífico parecía convertir mi carne en hielo. Los dedos se me agarrotaban. La fuerza de las olas no tardaría en desprenderme de la poderosa espalda. Me ponía a lanzar alaridos. Jaime, furioso, escupiendo una y otra vez la palabra «¡Cobarde!», me depositaba en la playa sin reparar en que esos labios que lloraban, estaban teñidos de azul por el frío. «¡Deja de temblar, mariquita! ¡Tienes que aprender a vencer el miedo!» Pues bien, ahora lo había vencido. Allí estaba la pareja culpable, indefensa, a la merced de mi odio. Tomé un macetero lleno de tierra húmeda--donde, en lugar de germinar las semillas de clavel que Sara enterrara, se habían criado gusanos--, con una delicadeza felina trepé en la cama y, poniéndome en cuclillas, lo vacié entre las entrelazadas piernas. Muy cerca de sus sexos vi retorcerse paquetes de gusanos. El demonio que protege a los habitantes de la noche hizo que no se despertaran. Volví a mi cuarto, feliz como nunca lo había estado, y me dormí sabiendo que al despertar la realidad ya no sería la misma... Ni Jaime ni Sara nunca comentaron el incidente. ¿Por qué? El acontecimiento era tan extraño, tan imposible, que sus mentes lo borraron como a un mal sueño. Poco a poco fui comprendiendo que el ser que yo percibía no era exactamente el ser que yo era. Más aún, la conciencia que percibía no era exactamente mi conciencia sino una deformación de ella, causada por mi familia y mi educación escolar. Me percibía como mis padres y profesores me habían percibido. Me veía con la mirada de los otros. El cerebro del niño, como un trozo de cera, era esculpido según el juicio ajeno. Me concentré en mi nariz ganchuda. Revisé la memoria que ella contenía: desprecios, burlas, sobrenombres, «Pinocho», «Pipo», «Narizón», «Albacora», «Buitre», «Judío errante». Luego, las miradas despreciativas de Jaime y Raquel, tan orgullosos de sus narices rectas. Y por fin, la indiferencia de mi madre, quien, después de que me raparan la cabellera rubia y me crecieran en su reemplazo unos pelos oscuros, me había borrado de su alma. «Sí, la siento fea, horrible, grandísima, monstruosa, esta nariz huesuda que no es mía, no la quiero, me invade, es un vampiro pegado a mi cara.» Una vez que delimité exactamente esta sensación de disgusto, comencé a cambiarla. La forma de gancho que se me imponía tuvo que ser vencida. Reblan-dicí sus límites, la convertí en una masa dúctil y maleable, la perfumé, la llené de amor, de luz, de bondad y por último le otorgué una belleza sublime. Belleza que poco a poco expandí por mi cara, mis cabellos, mi cabeza y luego, como una galaxia, por mi cuerpo, lavándolo de las miradas crueles para otorgarle la hermosura que se merecía. Encendí la radio, encontré una música de Berlioz. Dejando caer complejos de fealdad como si fueran harapos, me puse a bailar permitiendo que mi cuerpo hiciera movimientos elegantes, delicados, hermosos. Sentí que esa belleza formal me inundaba el alma. Algo se abrió en mi conciencia y me di cuenta de que esa belleza asumida era como una flor derramando su aroma hacia el mundo. Lo mismo hice con la fuerza. La mirada paterna me había sumergido en el corsé de la debilidad. Escogí como punto de partida mis testículos y los llené de una energía que luego fui expandiendo por mi organismo. Cuando estuve completamente habitado, quise eyectar esa fuerza por los dedos de mis manos y de mis pies y con esos veinte rayos transfixiar al mundo, plegando su negatividad para hacerlo positivo, pero me encontré con candados. En mi alma había prohibiciones de ser yo mismo, exigiendo que conservara el condicionamiento, obligándome a vivir según las normas recibidas a través de una anquilosada tradición. «No debes comer puerco, no debes casarte con una católica, el matrimonio es para toda la vida, el dinero se gana sufriendo, si no eres perfecto no eres nadie, no debes ser más fuerte que tu padre, no debes pasar por encima de los otros.» Esas fueron algunas de las cadenas que me ataron. Comencé a analizarlas y encontré la forma de romperlas. La doctrina de los judíos como el pueblo elegido por Dios me sumergió en una atmósfera de superioridad y me convirtió en un tirano. Rompí con ello, fui perdiendo el miedo al pecado. Mi padre me había inculcado que Dios estaba en todas partes y que nos veía. Rompí con ello, fui perdiendo el miedo a la soledad. Me decían que para poder unirme a Dios tenía que llevar una vida de penitencia y ayuno, me entregué a la sensualidad. Y ¿qué decir de mi madre, que mezclaba judaísmo con cristianismo para que sus hijos tuvieran un amplio campo de acción? Eso me hizo vivir dentro de una constante duda, no me daba una creencia sólida, sino una inseguridad perpetua. Comencé a rechazar esa duda, me entregué a la fe. Con cada cadena rota, con cada condicionamiento liberado, fui sintiendo cómo mi ser se expandía, cómo mi energía vital se desplegaba libremente. Sentí por primera vez en mi vida que yo era yo mismo y no un producto del molde de otros.

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