EPISODE · Mar 14, 2013 · 3 MIN
Firma Emy Luna 140313
La Firma XXXVIII No me gusta prohibir, ni que me prohíban. Me gusta proteger y que me protejan. Como a todo el mundo, sólo que a veces las cosas no salen como queremos. Me tranquiliza cuando escucho que alguna institución supranacional cataloga como Patrimonio Cultural o Histórico alguna de nuestras catedrales, o ciudades enteras. Es como si arrebataran del lado destructor del ser humano a estas grandes joyas de la creación, poniéndola a salvo del mal uso o de la especulación urbanística. Sin embargo, hay otro orden de cosas que, aunque no son materiales, forman también parte de nuestra historia personal y colectiva. Me refiero a determinadas canciones, películas, poemas o frases célebres de escritores o pensadores que en algún momento marcaron nuestra vida, la historia de un país o la de una generación entera. Símbolos que nacieron de la capacidad creadora de seres únicos y que corren el riesgo de disolverse cruelmente entre slogans y spots publicitarios de esta época consumista y vulgar en la que vivimos. Recuerdo un día de hace unos años. Con la comida en la mesa y con la tele de fondo, esperaba las noticias cuando los primeros compases de Imagine, de John Lennon, acariciaron el aire. El tiempo se detuvo, la cuchara dejó caer la sopa a medio camino y mi mirada perdida entre los granos de arroz intentó adivinar qué clase mundo habría imaginado el ex beatle para componer semejante regalo para los oídos y el corazón. Cuando más emocionada estaba, el coche último modelo de no sé que marca hizo su aparición en la escena. Me faltó llorar. Hace poco, su viuda ha vendido la imagen y la voz de Lennon a la casa Citroen, quizás para hacerse un poco más rica de lo que ya es. De igual manera, la maravillosa voz de Julio Cortázar y algunas frases de su obra "Bestiario", sirvieron de reclamo para vender el Seat León. Y lo mismo ha ocurrido con los versos de Benedetti o alguna de las frases magistrales de García Márquez, que han sido utilizados con otros fines que nada tienen que ver con el mundo que fabricaron ellos, desvirtuando su arte y su creatividad en aras del consumo y la vulgaridad. Estas son sólo unas cuantas muestras de lo que constituye un Patrimonio que es nuestro, del ser humano. Que no está hecho con columnas y arquivoltas ni figura en el catálogo de la Unesco, pero que tienen el valor de traernos a la memoria nuestro primer amor, nuestro primer baile, nuestros ideales de juventud, el mérito de haber marcado una época, de haber constituido un hito. Nuestro patrimonio emocional, que deberíamos defender a capa y espada para que, al menos, mantenga el espíritu que en el momento de su creación inspiró a sus autores. Porque no podemos mezclar el arte y la creatividad de quienes no están para defender su obra, con el consumismo y la economía. A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.
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