EPISODE · Mar 16, 2013 · 2 MIN
Firma Javier Malla 150313
NUEVO PAPA. No creo en ti, Francisco. Ni en ti ni en lo que representas. Tu jefe hizo una entrada triunfal en Jerusalén montado en un borriquillo y a vosotros os hemos visto en coches de lujo llegando al Vaticano y saludando como los personajes que salen en el Hola. A tu jefe, Francisco, dicen las escrituras que lo recibieron a su llegada a Tierra Santa con las palmas jóvenes de las palmeras del lugar y, a vosotros, os recibían en San Pedro con las palmas militares y todo el boato de la rancia Guardia Pontificia. Os habéis convertido, argentinito de mis entrañas, en el Sálvame del planeta y conocemos vuestras miserias como las de la Pantoja o Belén Esteban. No creo en tu cielo, porque el cielo no existe, y si con esta afirmación tengo que ir al infierno con el que habéis torturado las conciencias de millones de personas a lo largo de la historia, tampoco me importará porque, si existiera, allí estarían esperándome decenas de antecesores tuyos que permitieron las humillaciones más horrorosas al ser humano. Ahora eres el Jefe del Gobierno de la Iglesia. Ahora eres el mandamás de una banca que apadrina empresas en nombre de Dios. Y, también tú, Francisco, te calzarás las sandalias del pescador con las manos sucias de tu silencio ante la dictadura Argentina, ante los embarazos permitidos en mujeres violadas, ante la negativa al uso de los condones mientras millones de personas morían de sida y ante una Inquisición moderna que acabará con vuestro propio imperio. No creo en ti, Francisco. Ni tampoco en esa doctrina que defendéis en nombre de un Dios al que habéis vuelto a clavar en la cruz, ni en esos católicos y apostólicos que se agarran en estos días a los pasos de Semana Santa mientras blasfeman, humillan al prójimo y viven como mercaderes el resto del año. No creo en tu Dios del Vaticano, fundamentalmente porque Dios no existe, ni tampoco en esa monjita ratera que ha muerto hace poco y que debió morir el día que metió sus asquerosas manos en el primer moisés ajeno de madres inocentes. Lo que sí habéis cumplido es eso de “dejad que los niños se acerquen a mí”, y bien que los acercasteis, Francisco. Que vuestro Dios imaginario se apiade de mi pensamiento y cargue de energía a esa otra Iglesia que entrega a sus hijos, en el más absoluto anonimato por esas tierras perdidas, sirviendo y queriendo al prójimo como a ellos mismos
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