EPISODE · Mar 12, 2013 · 3 MIN
Firma Juan Barreno 120313
EL VALOR DE LA PALABRA En tiempos de nuestros padres y nuestros abuelos, el valor de la palabra era extraordinario, la palabra empeñada tenía más valor que un juramento y era más que suficiente, sin tener que mediar ningún tipo de contrato escrito, la palabra en sí era un contrato irrenunciable. Frases como: “te doy mi palabra” o “he dado mi palabra y no puedo faltar a ella”, o esta otra “fulano es una persona de palabra”, han desaparecido totalmente de nuestra tradición popular, cuando antes, no hace tantos años, eran de uso normal. Con nostalgia se añoran aquellos tiempos donde la palabra era la garantía más valiosa que cualquiera podía dar. Incumplir un acuerdo verbal era motivo de rechazo moral, social y razón suficiente para cerrarle las puertas a todo el que lo hiciera. Los tratos se hacían desde la buena fe, desde la confianza del otro, desde la palabra empeñada de las personas, lo que daba un plus de dignidad al individuo. Mi padre me contaba que un amigo suyo vendió en una ocasión una parcela de terreno en El Cobre por 3.000 pesetas, se dio la mano con el comprador y quedaron para firmar en la notaría en unos días, al día siguiente apareció otra persona muy interesada en esa misma parcela, porque estaba junto a su casa y le ofreció 5.000 ptas., casi el doble, si embargo este hombre le dijo que la parcela estaba vendida, que hablarían con el nuevo comprador y solo si estaba de acuerdo, la pondrían a su nombre en la notaría, pero teniendo en cuenta que él cobraría las 3.000 ptas., y el otro propietario al que ya había empeñado su palabra, le correspondían las 2.000 restantes. ¿Se imaginan esta situación hoy en día?. Hoy es fácil decir que las palabras se las lleva el viento; es una de las frases más populares que escuchamos, con el agravante de que además es cierto. Podemos comprobar cómo políticos que dijeron algo, prometiendo hacer, cuando les llega el momento corrigen el discurso como si no lo hubieran dicho nunca, o simplemente diciendo que se le malinterpretaron sus palabras, o pidiendo perdón que también está de moda. Es vergonzoso porque toman a los ciudadanos por tontos, llegando a crear confusión en las personas, que son mucho más honestas que ellos y que están absolutamente seguras de lo que han escuchado, pero que llega a crearles la duda porque los políticos, no solo faltan a su palabra, que no la tienen en estos casos, sino que llegan al convencimiento y a la conclusión de que no nos enteramos bien. La palabra, o el “sí lo juro” con el que hoy se quiere afianzar esa palabra en los mentideros políticos actuales, no tiene ningún valor. Antes se daba la vida por la palabra empeñada y hoy, respetarla es de tontos, de mediocres, de inadaptados sociales, de improvisados y de ingenuos políticos. No hay una expresión más hermosa de entrega y confianza y llena de sentido que “te doy mi palabra”, pero hoy lo que no está escrito no existe y además está sujeto a interpretaciones de la ley. Cuando encima el discurso del político de turno dice algo, para luego a la hora de la verdad decir lo contrario, no puedo entender cómo hay gente que pueda defenderlo, cuando está demostrando una falta de ética y de moral suficiente para desconfiar de él. Esta es una muestra más de la crisis que estamos viviendo, que no es solo una crisis económica, sino una crisis social, moral y de toda una civilización, que tendrá que recuperar muchos de estos valores perdidos para no terminar desapareciendo.
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Firma Juan Barreno 120313
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