EPISODE · Apr 8, 2013 · 2 MIN
Firma Mario Ocaña 080413
Tímidamente, casi de puntillas, a pesar de Bárcenas, del deterioro diario de la monarquía, del hastío de la corrupción instalada como una garrapata en la piel del país, la primavera, por fin, ha vuelto a dar señales de vida. Fiel a su cita, tras este invierno de lluvias bíblicas, Proserpina ha vuelto a salir de su encierro en el oscuro fondo de la Tierra y comienza a extender su manto de luz, color y vida sobre la tierra, anegada, yerma y apagada. Falta nos hace recuperar las horas de luz que nos robaron, sentir sobre la piel la caricia del sol y de los vientos y afrontar el futuro inmediato con ese optimismo que la naturaleza nos transmite en todos aquellos ámbitos en los que manifiesta su belleza. Nuestra comarca, tan peculiar, tan definida en sus límites como en sus riquezas y patrimonio natural, se engalana en estos días, y seguramente no por mucho tiempo, con sus mejores galas. Ahora las montañas azules que rodean nuestros pueblos y ciudades se ven recorridas por arroyos en cuyas riberas la vegetación se estrena como cada año. No tardarán mucho en abrir sus flores los rododendros, esos fósiles vivientes conservados en los umbríos canutos de nuestras sierras. Como nunca, los ríos bajan caudalosos, a punto de salirse madre desde sus cursos altos, arrastrando, en corrientes veloces, árboles y arbustos, que echaron raíces demasiado cerca de orillas mansas que las lluvias que arrastró el Atlántico, convirtieron en pasto de avenidas. Incluso los cauces más insignificantes, aquellos que permanecen secos la mayor parte del año, han convertido los pedregales de cantos en los que habitualmente habitan lagartos y culebras, en torrentes permanentes en los que el agua corre digna y velozmente formando algunos, cuando desembocan en la mar, que como dijo el poeta es el morir, cascadas rumorosas donde la espuma de unos y el salitre de otros se fusionan. Arriba, en lo más alto de las sierras, allí donde las laderas dan al barlovento, donde los vientos empujan a las nubes cargadas de humedades salinas, están en su esplendor los bosques de niebla que sorprenderán a quienes nunca los hayan visto pues no se asocian a estas latitudes europeas y meridionales. Los helechales han comenzado a espigarse bajo los alcornoques, ahora rutilantes y limpios por la lluvia, aunque tardarán un poco en alcanzar su esplendor convirtiendo cualquier rincón de las sierras que nos rodean en paisajes insospechados, fugaces en el tiempo y únicos en este entorno natural tan cercano y privilegiado que todos tenemos el derecho de disfrutar y la obligación de conservar para el futuro sin alteraciones ni cambios.
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