EPISODE · Mar 7, 2013 · 4 MIN
Firma Rosario Pérez 070313
Desde hace ya bastantes semanas, y lo que nos queda, en España se ha puesto de moda hablar de corrupción. El temita está en todas partes: en la prensa, en la calle, en las barras de los bares, en las tertulias entre amigos, en la cola del supermercado, en las salas de espera de los ambulatorios, en los pasillos de las universidades y hasta en los patios de recreo de los institutos de secundaria. Quien más, quien menos, todo el mundo opina, todo el mundo quiere expresar en voz alta lo que piensa de tal o cual presunto chorizo de altos vuelos, y no es para menos, porque con la que está cayendo, con los estragos que está causando esta crisis que empieza a parecer interminable, el enriquecimiento ilícito de determinados personajes públicos es motivo suficiente para que una inmensa mayoría de españoles vivamos en un estado de permanente cabreo. Y es lógico, claro está. Es lógico que se nos revuelvan las tripas cada vez que los medios de comunicación nos cuentan las últimas andanzas de algunos de los implicados en los principales casos de corrupción que azotan a este país. Algunos, a fuerza de salir día tras día en el telediario, se han convertido ya en verdaderos clásicos televisivos, como los capítulos de “Cuéntame”. En este caso, además, el filón informativo no se agota, porque cada día aparecen personajillos nuevos que complican y enriquecen, nunca mejor dicho, el sainete nacional que padecemos. Lo que pasa es que al margen de todo esto, al margen de nuestro muy lícito derecho al cabreo colectivo, y más allá de nuestra exigencia pública de que la Justicia cumpla su cometido, y que el que la hace la hace la pague, sobre todo si lo que nos han robado al resto de los ciudadanos son unos cuantos, o unos cientos, de millones, lo que está pasando con este país que todavía se llama España debería llevarnos, a todos, a una profunda reflexión. Es cierto que la corrupción es un cáncer que hay que extirpar, si queremos que nuestro Estado de Derecho no se vaya un día de estos a tomar por saco, pero también es verdad que, como pasa con todos los cánceres, hay que extirparla de raiz. Muy de raiz. Hemos llegado a tal punto de mangoneo y poca vergüenza, que ya casi salimos a corrupto por pueblo, que hacen falta medidas drásticas. Y, además, y por encima de todo, hace falta un cambio de mentalidad, un trabajo de educación que sea capaz de extender una fuerte conciencia cívica a todas las capas de la población, sin excepción, y que tal vez consiga que, algún día, España se convierta en un país absolutamente intolerante no sólo con la corrupción a gran escala, sino también con la pequeña, con la que se consiente y se tolera día tras día, con esa picaresca tan mal entendida que arrastramos desde los tiempos del Lazarillo de Tormes y que se ha convertido en nuestro peor enemigo. Igual piensan ustedes que soy un poco exagerada, pero estoy empezando a creer que todos y cada uno de nosotros conocemos a algún corrupto, aunque sólo lo sea en pequeñas dosis, y también que todos sabemos que si algunos de esos pícaros que conocemos no pecan más es, simple y llamamente, porque no pueden. Y que si le dieran a más de uno la ocasión de trincar a gran escala, otro gallo les cantaría. No sé si antes los jóvenes éramos más ingenuos, si es que veíamos menos tele o es porque no existía Internet, pero yo no supe lo que era la corrupción hasta que cumplí los 18 años. El descubrimiento no tuvo nada que ver con mi mayoría de edad, sino con el hecho de que me fui a estudiar a la Universidad, a Sevilla, y ahí descubrí que mientras yo hacía malabarismos para llegar a fin de mes, a costa de las horas extra que tenía que echar mi padre en la refinería, en frías madrugadas a la intemperie, alguna que otra compañera se fundía el dinero de la beca en engordar la cuenta corriente del dueño de Zara. La explicación de semejante desigualdad económica era muy sencilla: mientras que mi padre, que trabajaba como asalariado para una empresa privada, no podía cambiar ni una coma de su declaración de la renta, los padres de algunas de esas compañeras, autónomos, y dueños de sus propias pequeñas empresas, rellenaban sus declaraciones con cantidades sensiblemente inferiores a las realmente ingresadas. Por supuesto, el fraude paterno no sólo no era condenado ni criticado, sino que era un chollo, aplaudido, del que, encima, se presumía. Ahí empecé a entender que algo olía a podrido en esta democracia nuestra que, todavía, sigue sin enderezarse.
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