EPISODE · Nov 26, 2020 · 12 MIN
I Domingo de Adviento: Vigilad, abrid los ojos y el corazón.
Iniciamos un Año Litúrgico nuevo con la esperanza de que el Señor Jesús vuelva definitivamente a instaurar el Reino de Dios y llevarnos con Él. El tiempo del Adviento nos mete de lleno en esta expectativa escatológica y nos invita a gritar desde el corazón: ¡Ven pronto, Señor! ¡Maran attá! En la liturgia eucarística, todos los días, le decimos al Padre: “Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”. ¿Cómo esperamos la venida del Señor? Esta es la pregunta que tenemos que plantearnos los cristianos en este tiempo. La Palabra de Dios viene en nuestra ayuda y nos presenta “cuatro modelos” de espera y esperanza: el del guarda o guardián que tiene a su cargo una casa o una hacienda, la mujer embarazada, el amigo del novio y el de un empleado asalariado. El Señor nos invita a esperar aludiendo a la imagen de un robo nocturno: “Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela” (Mt 24, 42-43) y en Ap 3,3 se nos advierte: “Si no estás en vela, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti“. Así pues, hemos de esperar al Señor con actitud de vigilancia permanente. La vigilancia, en este estado de alerta, supone una esperanza firme y exige una presencia de espíritu sin decaimiento que recibe el nombre de sobriedad. Hemos de esperar la venida del Señor como una embarazada espera el momento del parto, sabiendo que puede suceder en cualquier momento, que se puede anticipar. Por tanto, somos invitados a vivir este tiempo con actitud de vela agradecida. Velar, que propiamente significa abstenerse del sueño, es la actitud que Jesús recomienda a los que esperan su venida y que la liturgia del Adviento nos hace presente al pedir al Señor que nos permita esperarle “velando en oración y cantando su alabanza“. Otra imagen que Jesús emplea es la del amigo del novio que espera a que este vuelva, en medio de la noche. Es preciso mantener las lámparas encendidas y no dormirse porque no se sabe a qué hora llegará: “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran” (Lc 12, 35-36) . Hemos de esperar al Señor como al dueño de nuestra vida. Él nos la ha dado para que la administremos, pero llegará el día en que vendrá a pedirnos “cuentas” de cómo la hemos administrado y si nos encuentra despiertos “se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá” (Lc 12, 37).
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