EPISODE · Jun 11, 2022 · 30 MIN
Juan Carlos Fernández León: La flor de sus calaveras
from Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart - Piano Concerto 21 Youtube.com Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías UN MAESTRO Qué ironía, Dióscoro, saber que el último lugar en el que dormiste, antes de que la muerte te hospedara en sus inmundos recintos, fuese un espacio de juegos y jolgorio llamado Villa Concha. Lo conocías de oídas. Sabías que allí, en su finca de patios enormes, ahora sembrados de abrojos y maldición, los niños huérfanos de los alrededores franqueaban el verano bañándose en sus piletas, escondiéndose en su molino, practicando deporte o simplemente corriendo y chillando, liberándose de las inercias de los libros o expulsando todo ese rigor negro acumulado durante el curso escolar. Una ironía brutal, Dióscoro, fue presentir al llegar a Villa Concha los gritos de los niños que ya no jugaban allí y que por analogía asimilaste a las voces de los alumnos que llevabas cosidos en tu alma de maestro vocacional, rojo y cojo, porque por entonces, agosto del 36, Villa Concha se había transformado en La Colonia, una cárcel donde los presos granadinos agotabais vuestras últimas noches, un corredor de la muerte funesto y legendario. Si pudieras recordar, Dióscoro, te centrarías en la mañana en que una horda de falangistas visitó tu casa, exhibiendo los modales torvos de la soberbia y la superioridad de los que no saben vencer, buscando un no sé qué que te implicara, algún libro escrito con la sangre comunista de las ideas, un panfleto libertario, una carta peligrosa o una recomendación, algo, cualquier desliz. Con una sonrisa elegante les ofreciste tu hospitalidad. Sabías que nada comprometedor había allí, en tu humilde morada, salvo tus tres hijos y esposa, un arsenal inerme de tizas y un puntero, tu muleta y un bargueño de madera pobre en cuyo interior guardabas los cuadernos y cartillas de tu alumnado, hijos de jornaleros a quienes por la noche enseñabas a leer y a escribir, nociones básicas sobre el cuerpo humano y los ríos y sus afluentes y la catalogación completa de los minerales. Durante la redada estuviste tranquilo y no temías. Los falangistas también se mantuvieron tranquilos porque eran conscientes de que los cojos no pueden marcharse lejos. Es así como te conocían, Dióscoro, el maestro cojo, y como tal has pasado a engrosar la leyenda negra de la patria. De broma solías mencionar que la culpa de tu cojera la tenía Valle Inclán, de quien admirabas sus libros y su bohemia. Cuando vivías en Madrid imitabas su dandismo en el vestir, usando capa española como él, una capa negra y larga que en un tranvía, una de esas tardes que a nadie se le desea, se quedó enganchada en el vagón pasándote un convoy por encima. Perdiste la pierna pero no las ansias por caminar rápido hacia el destino marcado de la libertad. Evitaste por poco la gangrena, diferiste el encuentro con la muerte y a cambio ganaste la vocación de ser maestro para los humildes y los parias, para todos aquellos que tenían negado el acceso básico a la educación. Tres días después los falangistas regresaron. Ya no buscaban nada incriminatorio, sino a ti, Dióscoro. Y ahí mismo, de nuevo en tu humilde morada, intimidado por sus gestos feroces, se te esfumó la tranquilidad y te arreciaron los nervios porque comprendiste que su búsqueda había dejado de ser rutinaria. Te tenían remachado en su odio con clavos oxidados. Formabas parte de un escrupuloso plan de venganza. Eras un nombre grabado a fuego en alguna agenda, en alguna memoria, en uno de esos recuerdos fatales que se convierten al fin en revancha. No ignorabas que ser representante del Frente Nacional en el pueblo te podría pasar factura en el futuro. Sabías que impedir el fraude de los caciques podría meterte en problemas y aun así aceptaste tu papel en el curso loco de la Historia, tu papel de hombre justo al que no le amilana el poder. Tu papel, Dióscoro, en esa partitura rota y ajada de aquellos años fue el de ser un mártir de la causa. Tu causa, maestro, la empresa por la que rendiste cuentas fue la de ahuyentar los fantasmas de la religión de las aulas, la de eximir a tus alumnos del rezo y de la sumisión a un dios en el que no creías. Ser ateo en esa geografía del terror suponía pagar con la muerte en el recinto divino. Qué ironía, Dióscoro. Qué mal interpretadas las Escrituras. Era madrugada y te amarraron y te conminaron a subir a la caja de un camión negro. En ese instante intuías ya que los latidos de tu corazón estaban contados, que posiblemente no volvieras a leer a Baroja ni a escuchar a Chopin ni a sentir en tu piel la piel femenina de tu esposa. No obstante, por vez última viste cómo uno de tus hijos salía tras de ti, se encaraba con los falangistas y les protestaba tu captura. Luchó por ti, Dióscoro. Contemplar su acción te reconfortó. Saber que en tu hijo estaba sembrada tu misma semilla de lucha te dio fuerzas. Asumiste que no todo estaba perdido. En La Colonia compartiste celda con un delincuente común. A bocajarro te confesó que había robado mucho y que en un delirio de necesidad había apuñalado las tripas de un hombre. Ignoraba si había muerto o no. Tenía la voz cansada y el remordimiento hundido en los ojos, náufragos y amarillentos. Estaba flaco. Parecía uno de esos galgos entumecidos por la penuria, con las costillas marcadas como un archipiélago de la desdicha. Un perro sin olfato y por tanto inútil y carne de horca. El delincuente, ingenuo, te preguntó el por qué de tu presencia allí. No le respondiste. Ningún discurso o palabra redentora hubiera paliado su sed de fraternidad delictiva. Aquel delincuente común, Dióscoro, no ha dejado marcas en la Historia. Se desconoce su nombre y su destino posterior. Lo único que se sabe es que los fascistas no le sacaron de paseo un día después, ni le formaron frente a un pelotón de fusilamiento ni compartió con el poeta ni con los toreros anarquistas ni contigo, Dióscoro, los aires últimos de vuestras vidas truncadas. Qué ironía, Dióscoro, meses después de haber sido fusilado enviaron a tu casa un expediente en el que se te suspendía de empleo y sueldo. DOS TOREROS Hay que imaginarse aquel paseíllo. Un paisaje verde nocturno. La luna, recorrida por vetas de muerte, se columpiaba en los cielos e iluminaba a un maestro sin pierna izquierda, a un poeta con los pies planos y a dos banderilleros. Ninguno vestía de luces. No sonaron pasodobles sino ráfagas de miedo y pólvora. El respetable fue una cuadrilla de fusilamiento pagada con promesas de ascenso. El toro, bravo y fiero, se llamaba represión. Joaquín Arcollas, uno de aquellos banderilleros, si pudiera describiría así a su amigo del alma, Francisco Galadí, el otro banderillero. Osado, solidario y fraternal. Hinchado de fe en el progreso, firme en sus ideas, cariñoso. Galadí diría de Arcollas que era como su hermano, el hijo perfecto, bromista, osado, solidario y fraternal. En el fondo Arcollas y Galadí son una misma persona, una distrofia en el músculo agarrotado de la Historia. Después de los interrogatorios en el Gobierno Civil, subieron a Arcollas y a Galadí a la trasera de un camión negro, rumbo a La Colonia. Pese a que estaban maltrechos, moribundos de sueño y temor, se alegraron al ver que su compañero de viaje era Federico García Lorca. Esperaba sentado con la cabeza entre las piernas, absorto, como meditando, preso de un pesar hondísimo. Todo el mundo conocía al poeta. Todo el mundo sabía que escribía con la tierra del pueblo en las yemas de los dedos. Los dos le habían leído, pero solo Galadí había memorizado algún verso del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Por las gradas sube Ignacio/ con toda su muerte a cuestas, recitó con buena voz tratando de animar al poeta. Fue inútil. García Lorca ni se inmutó. Tenía la mirada fija en la carretera como si soñara despierto. Posiblemente deambulara perdido por algún lugar extraño e inaccesible y no le importaran más que sus pensamientos amargos. Con el camión en marcha, avanzando por un camino polvoriento y saltando en los baches y en las curvas, los banderilleros se presentaron como anarquistas. Contaron que habían pasado una noche horrible en Gobernación e intuían malos presagios. Desde la delantera del camión se escuchó una orden de silencio, pero los anarquistas ni quisieron ni podían callar, excitados por la presencia del poeta. Lo vieron tan desolado que creyeron necesario demostrar hablando que seguían estando vivos. Arcollas centró la conversación en Sánchez Mejías, una leyenda para ellos. Conocían de oídas sus alardes temerarios, su toreo de rodillas, su prestigio intelectual. No habían coincidido con él en los ruedos pero reconocieron haber llorado su muerte. En la temporada de su reaparición, un negro bragado de nombre granadino encontró su muslo izquierdo cuando el maestro estaba sentado en el estribo, tal como recibía habitualmente a los toros. Murió de gangrena tres días después. La mención a su amigo pareció despertar a Lorca. Todavía lo llevaba dentro. Un año después seguía escuchando el eco de su risa atronadora y recordaba vivísimo su rostro viril y ese don del mecenas que favorecía que los poetas amigos, demencialmente borrachos, se divirtieran gritando sus versos a la noche. Lorca sonrió acunado por el vaivén de la memoria. Se acordaba de una de las interminables juergas en la que acabaron todos, aquel grupo de jóvenes rebeldes del 27, vestidos con chilabas, entrando a un psiquiátrico cercano para confundirse con los residentes, los enfermos mentales con los que Sánchez Mejías mantenía una fervorosa y enigmática relación. Repentinamente el poeta negó con la cabeza. Parecía no estar conforme con uno de sus pensamientos o la memoria le estaba certificando un diagnóstico nefasto. Con un tono negro de voz susurró a los banderilleros que la muerte de su amigo había sido un suicidio. Estaba cansado de la vida y no deseaba exprimir más sus formidables ubres, les dijo. Murió de sobredosis de vida, confirmó temblando, rehén de un vendaval interior que no lograba detener. Los tres entristecieron al unísono. El rostro se les tiñó de una pesadumbre gris y sus bocas se cerraron con alarmante hermetismo. Probablemente cada uno estuviera imaginándose las astas letales que habían corneado el muslo de Sánchez Mejías, abriéndoselo en pétalos de sangre. Se imaginaban a aquel toro, frío e indiferente, tras haber ejecutado a un hombre sin compasión, guiado únicamente por el rigor de una justicia absurda y antinatural. Se imaginaron a aquel bragado mirando retador al respetable, a los miles de testigos que aterrorizados aceptaban con su silencio las reglas del juego. La imagen del toro les dejó desolados, sin saber lo que hacer ni dónde esconder las manos, sudorosas y temblonas. Resignadamente clavaron las miradas en la carretera que iban dejando atrás. Las piedras del camino daban dos, tres o cuatro saltos para al instante quedarse quietas, tal vez para siempre. Llegaron enseguida a La Colonia, una gran superficie de espacio yermo y vacío, coronado por un enorme edificio. Los bajaron del camión y en fila fueron conducidos a una de las plantas de la residencia. No hacía mucho tiempo la finca había sido un apacible rincón de veraneo para los niños huérfanos del contorno. En aquel presente era un lugar parecido al purgatorio, una zona de tránsito abundante en uniformes y fusiles. Sin apenas consignas les instaron a entrar en una penumbrosa celda despojada de adornos. En su interior, un hombre sin una pierna mataba la espera mordiéndose las uñas. Durante el encierro no intercambiaron muchas palabras. Pensaron sin rumbo y trazaron espirales con el humo de sus últimos cigarros. Aún no habían perdido la esperanza de un indulto. A medianoche un sacerdote les ofreció cíngulo, escrituras y absolución pero solo aceptaron un vaso de leche. Antes del amanecer, alguien dio la orden y el plan se puso en marcha con un revoloteo instigador. Los levantaron de los catres y les pidieron salir a la noche para romperla a jirones. Las estrellas titilaban en el cielo dibujando la constelación de un toro. Poco antes del paseíllo final, Galadí besó la montera, la lanzó azarosamente a su espalda y rogó a sus compañeros dignidad en la muerte. García Lorca no supo nunca que sus camaradas de paseo habían toreado en talanqueras y puesto banderillas en las mejores plazas. Tampoco tuvo conocimiento de que aquellos banderilleros poseían una fe inquebrantable en el sindicalismo anarquista y unas manos de obrero sembradas de callos. Ignoraba que pertenecían a esa raza escasa de hombres que luchan por los derechos de los demás. Nadie le contó que Galadí y Arcollas habían combatido la sublevación de Granada resistiendo dos días de bombardeo en el Albaicín, dos terribles días de asedio y metralla escondidos entre sus viviendas bajas de cal. Le hubiera gustado saber que los banderilleros lograron escapar al cerco y se refugiaron en la cueva de un pueblo cercano desde donde planeaban unirse a una columna de milicianos que se dirigía a Córdoba. El poeta desconocía que antes de huir Galadí quiso despedirse de sus tres hijos y que Arcollas, advirtiéndole del peligro que corrían, le acompañó sin dudarlo un instante. Tampoco supo que después de un chivatazo fueron capturados, golpeados y conducidos a pie por el paseo hacia el Gobierno Civil, a la vista y escarnio de todos sus vecinos. Si Federico García Lorca hubiera dispuesto de información sobre los últimos días de vida de Arcollas y Galadí, probablemente hubiera escrito un poema magistral o una de sus tragedias rurales, teñida de amor, luna, toro y muerte. Otra más de sus obras críticas, denunciatorias, sublimes. No le dio tiempo a escribirla. UN POETA Yo no era sirvienta de la familia, pero cada verano la señora me llamaba para ayudar en lo que se me pidiera y allí que me iba, cargada con mi maletín pobre y los colores de la juventud pintados en las mejillas. Conocía bien la casa porque mi madre había servido en ella desde su compra, de cuando aún se llamaba Huerta de los Mudos. Supongo que a una familia tan habladora no le hacía mucha gracia aquel nombre y el padre la bautizó como Huerta de San Vicente en honor a su esposa. Vicenta, así se llamaba la señora. Junto a ella no existía el hambre ni la tristeza, siempre estaba cantando y si se lo pedías te enseñaba los estribillos de las habaneras. Qué alegría de señora. Había enseñado en Fuentevaqueros aunque renunció a la plaza de maestra al quedarse encinta de Federico. Desde entonces se dedicó a ser una madre perfecta que odiaba el silencio y la seriedad. Era una excelente cocinera, se sabía de memoria miles de poemas y disfrutaba escribiendo sainetes que representaba ante la familia. Los cuartos y los pasillos y el desván de la Huerta de San Vicente olían a un intenso jazmín que nunca me ha abandonado. Las ventanas de los balcones, abiertas desde el amanecer, permitían que los aromas del campo se adentraran en la casa revoloteando por los cuartos a su libre albedrío. Después del trajín, cuando nadie me veía, me gustaba asomarme al balcón para observar cómo los picos de la sierra le hacían cosquillas al cielo. Si la calima era limpia, se podía distinguir parte de la Alhambra y un par de pueblos vecinos menguados por la distancia. Cuánto frescor, cuánto verde y cuántos perros salvajes buscando la sombra de la higuera. Allí crecí jugando en sus patios, subiéndome a los cerezos, demostrando con mi buena salud que aquel lugar era una isla desgajada del paraíso. Pero un día de un año cualquiera, apenas sin darnos cuenta, la Huerta de San Vicente se encapotó de nubes negras y hacía un frío íntimo que nos agarrotaba los huesos y ya casi nadie sonreía. A mitad de julio apareció Federico con sus maletones de cuero y sus cartapacios inflados de papeles. Llegaba cada verano para reunirse con la familia, recibir a viejas amistades y trabajar en sus obras, encerrándose en su estudio bajo órdenes estrictas de no molestar. Aseguraba que en la Huerta de San Vicente atrapaba la esencia del pueblo y se desintoxicaba de los venenos de la ciudad. Decía que el campo se le metía dentro y escribía copiando lo que le dictaba la tierra. Ese año no se le esperaba. La situación del país se había tornado violenta y su nombre figuraba en los diarios ya que era famoso en el mundo entero y bastante se había significado. La prudencia le aconsejaba pasar desapercibido o salir fuera como tantos otros. Poco antes del aviso de su llegada, su madre aún creía que iba a embarcar para México donde la Xirgu a punto estaba de representar su última obra. Pero, ay, sus planes probablemente cambiarían en el último instante y llegó aquí por la mañana, muy temprano, viajando durante la noche en uno de esos trenes rencos que tan bien conocíamos por su parsimonia y su reúma. Era imposible que Federico se perdiera la celebración de su santo. No había faltado a ninguno. Necesitaba el hogar. Necesitaba que los suyos le calentaran el alma. A primera vista le noté más viejo y cansado, más maduro. Se le habían caído las últimas cáscaras de la juventud, mostraba ojeras y sus movimientos, antes dinámicos, eran ahora pausados. Ocultaba su alegría como si fuera contrabando. En el pueblo no había más que rumores y miedo y se decía que la guerra estaba al caer y era inevitable. Unos opinaban que la guerra era una excelente cirujana que curaba tumores y otros hablaban de que solo favorecía a los ricos y solo morían los pobres. Yo no sabía qué pensar. Todo era entonces un poco turbio, borroso como caminar a ciegas dentro de una niebla espesa. La primera semana estuvo tranquila. Nada parecía indicar que fuera de San Vicente se estaba celebrando una revolución pues convivíamos allí cautivos de una rutina engañosa. Continuaban las visitas de amigos, los señores hacían tertulias en la siesta y bebían café, los niños se balanceaban en el columpio y devoraban higos y cerezas ensangrentándose los labios con sus jugos. Nos creíamos acorazados por una cápsula de cristal. Nos sentíamos a salvo incluso cuando empezaron a detonar las bombas y los aviones bailaban en el cielo sus danzas macabras. La metralla sonaba a trueno de tormenta furiosa. Cuando esto pasaba, Federico se escondía debajo del piano y me decía, acurrucado entre sus largas patas, Angelina, ¿llorarás cuando me muera? Cómo olvidar aquellas palabras. Era cobarde y no tenía espíritu ni ánimos de luchador. El día anterior al primer registro, Federico me contó el sueño que esa noche le había desvelado. Yo debía adecentar su alcoba por la mañana y él no quería levantarse de la cama. Estaba lívido y pese al calor se le veía embozado hasta los ojos con una manta. Después de preguntarle lo que le sucedía, me razonó que se estaba recuperando de una pesadilla de la que había escapado por poco. Ay, Angelina, qué sufrimiento y qué real parecía, gimoteaba sin salir de la cama. Al fin me contó que había soñado que un grupo de mujeres vestidas de luto le perseguía por el campo armadas con crucifijos. Me dijo algo así como que era un presagio. Me aseguró que jamás podría olvidar las miradas de odio de aquellas mujeres del sueño. Cuando cesaron los bombardeos, pacificada ya Granada, los fascistas vinieron a por su botín. Entraron en San Vicente derribando a patadas la puerta, gritando como si se les estuvieran descosiendo las tripas. Blasfemaban y nos insultaban. Aullaban como perros infestados de sarna. Nos intimidaban amenazándonos con arder como las brujas. Parecían demonios fuera de su esencia. Seres rabiosos de furia y turbulentos de venganza, casi animales. De malos modos nos hicieron bajar a la salita a todos, a la madre y a la hermana y al pobre Federico y a los niños y a mí misma. Temblábamos como hojas. Yo apretaba las manos de los niños como dándoles confianza, tratando de transmitirles el escaso valor que guardaba en la reserva. Los pequeños lloraban sin lágrimas, en silencio, como por dentro. Registraron cada cuarto buscando pruebas que demostraran que Federico era un espía ruso. Eso es lo que le llamaban, espía ruso y también socialista y maricón y cabeza grande y un soldado le dio un culatazo con el fusil que lo dobló y cuando estaba de rodillas quiso rematarle el cráneo, pero rápidamente un capitán le detuvo y le dijo que aún no. Con un hacha partieron el piano. Buscaban dentro una radio o un no sé qué clandestino con el que Federico se comunicaba con los bolcheviques. Solo incautaron papeles y cartas pero no encontraron transmisores ni radios. En un descuido de los soldados, agarré a los niños, echamos a correr hacia las huertas y no vi más nada. El día posterior pude apreciar los estragos del registro. Me tocó recoger el desaguisado de cristales rotos, muebles cojos y astillas y mugre. Amorosamente traté de curar el inmenso moretón que Federico lucía en el costado, una especie de mapa violeta enrojecido que se extendía por la espalda. Aullaba de dolor al ceñirle la venda. Gimoteaba de dolor cuando le intentaba animar, prometiéndole que no volverían más. Tú no lo sabes, Angelina, tienen ojos de estatua llenos de arena, me respondió seco y dañado, temblando. Pasó un par de días sin salir de la casa ni abandonar el estudio, visitando de vez en vez el balcón para fumar con la mirada perdida en la sierra. No hablaba apenas con nadie. Cuánto eché de menos las tardes en que se sentaba al piano y con la sonrisa abierta y los ojos limpios de alegría nos cantaba coplas o un flamenquito dulce que le salía tan hermoso. Qué lástima. De San Vicente desapareció Federico silenciosamente por la noche, aprovechándose de la oscuridad como los bandoleros. La ropa y los papeles se los acercó su madre la mañana siguiente. Creía que la casa de los Rosales era segura. Esa fue la apuesta de Federico. Los Rosales eran falangistas nuevos y habían acaparado poder y sus recomendaciones llegaban lejos. Parecían inmunes. Doña Vicenta estaba convencida que de allí, al amparo de los Rosales, no se atreverían a sacarlo. Todos se equivocaron. Al mal nadie le fecunda ni le alegra pero siempre late cerca. Al cabo del octavo día nos enteramos de que lo habían detenido y trasladado al Gobierno Civil. Dicen que impresionante fue su detención y que se le vio caminando entre fusiles por una calle larga. Vestía elegante, como siempre, camisa blanca, corbata y chaqueta. Entre unos y otros trataron sin éxito de liberarlo. Dicen que hubo disputas y órdenes y enfrentamientos, pero nadie pudo doblarle el cuello al destino. Doña Vicenta me encargó que fuera al Gobierno Civil a llevarle unas viandas. Lloraba tanto la señora. Se quejaba de que probablemente allí no le alimentarían, estaría deshidratado y no dispondría de tabaco. Le preparamos un cesto entre las dos. Una tortilla y un termo de café y cigarrillos. Llegué por la mañana muertecita de miedo y de cansancio. Abrieron el cesto, rajaron la tortilla y me subieron a la primera planta. Allí estaba Federico, desmoronado y temblando. Triste y blanquecino, huraño. Le dije poco. Las palabras que siempre me habían salvado, ahorcaban entonces mi garganta. El miedo te hace ser cauta. Los fusiles nos espiaban con sus ojuelos de espanto. Me alegré de que en la estancia hubiera solo una mesa, un tintero, una pluma y un papel. Me alegré por Federico. Supuse que con esos objetos la noche para él sería bendita. La mañana siguiente repetí los mismos actos. Caminé con mi cesto, orgullosa, esperanzada de que Federico hubiera recobrado parte de su ser. Lo encontré más desastrado aún, envuelto en una coraza de desidia que daba horror. No había probado bocado. Dejé la nueva comanda sobre la mesa y le aconsejé que comiera. Le dije algo bonito que pareció no escuchar. Le acaricié las mejillas y besé sus manos. Estaba como ausente. Ni siquiera sé si se percató de que yo estaba a su lado. La tercera mañana, Federico ya no estaba.
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Juan Carlos Fernández León: La flor de sus calaveras
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