EPISODE · Nov 19, 2016 · 5 MIN
La Contraeditorial de JM Ruiz nº 103-22 de noviembre de 2016
Queridos amigos, el insigne escritor William Faulkner en su novela Las palmeras salvajes, hizo decir a uno de sus personajes: "Si tuviera que elegir entre el dolor y la nada, elegiría el dolor". Quizá la sensación de no saberse amado, de no tener nada, de vivir en un vacío emocional, intelectual y sensorial es mucho peor que el dolor que, de alguna forma, nos dice que estamos vivos. De otra manera, seguramente nos llamarían como a Abreu, el loco. Hace ya más de veinte años, Claude Steiner, a partir de sus observaciones clínicas en el ejercicio de la psicoterapia, construyó una interesante teoría basada en los efectos que ejerce sobre las personas el crecer y vivir en abundancia o escasez de signos de reconomiento. La denominó la economía de caricias. Pocas veces nos paramos a pensar que el jugador de fútbol, como cualquier otro ser humano, aunque sea considerado el paradigma de su sexo, está necesitado de intercambiar con los demás, unos estímulos de reconocimientos positivos en forma de caricias, o negativos, como miradas, silencios, gestos, broncas o gritos, como los que habitualmente se oyen en un vestuario dirigido por Van Gaal. Es obvio que el futbolista no sólo vive de pan, ni de aire ni de agua, ni tan siquiera de goles. Para sobrevivir, para crecer, necesita el afecto, la ternura, la caricia, la mirada, la palabra, el gesto, el contacto del otro. Lo que demuestra ávidamente en el área, cada vez que se produce un lanzamiento de saque de esquina. Somos seres sociales por naturaleza. Ya desde la fragilidad de nuestras primeras horas nos manifestamos como la especie que mayor necesidad tiene de que alguien le ampare y le dé afecto. Sobre todo, si nada más nacer tu padre te hace socio del Betis. Los especialistas han demostrado con años de rigurosa investigación que la falta de caricias, más allá del gesto o del roce de piel con piel, pueden provocar un retraso en el desarrollo psicológico y una degeneración física. Por eso, una táctica fundamental de algunos equipos de fútbol se basa en repartir caricias a diestro y siniestro. Como hizo el combinado naranja en la final del Mundial de Sudáfrica, que disputaron España y Holanda. El hambre de estímulos tiene tanta influencia en la supervivencia del organismo humano como el hambre de victorias y títulos, lo tiene para el alma futbolera. Cuando un forofo no recibe la cantidad mínima adecuada para su supervivencia, entra en un proceso de apatía y desazón, que desemboca tras la derrota de su equipo, con un riguroso ayuno en la cena. Hay sin duda una correlación positiva entre la ternura, el cuidado, el afecto y la atención con el desarrollo psicológico, emocional, intelectual y físico. Nacemos hombres y mujeres, pero devenimos humanos gracias a la caricia, al estímulo, la ternura, la compasión, la gratitud. Este complicado proceso ha sido entendido a la perfección por un buen puñado de entrenadores, cuando susurran a sus defensas con la cariñosa máxima de que pase el balón, pero que no pase el tío. Buenas tardes, y saludos cordiales.
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La Contraeditorial de JM Ruiz nº 103-22 de noviembre de 2016
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