La llegada a Puerto Iguazú  episode artwork

EPISODE · Jun 29, 2020 · 5 MIN

La llegada a Puerto Iguazú

from Qué Conoces de Misiones, tu provincia. · host Rolo Capaccio

Como sabemos, las cataratas del Iguazú son un atractivo turístico que concentra viajeros de todo el mundo, además de los propios argentinos, y para ver ese fenómeno natural están las rutas y las líneas aéreas que facilitan la llegada. Pero hubo un tiempo, cuando comenzaba a gestarse el personaje de “El Turista” -es decir, aquel sólo dispuesto a viajar por el placer de conocer- en que las cosas no fueron tan fáciles como lo son ahora. En principio porque la única vía de acceso era el río, lo que presuponía inconvenientes a los que en otra oportunidad nos referiremos, pero, por sobre todo, porque para poder llegar hasta las cataratas los viajeros debían primero desembarcar en Puerto Aguirre, que luego pasaría a llamarse Puerto Iguazú, allá por 1901. Para saber sobre estas cosas, siempre es bueno recurrir a los relatos de algunos viajeros de aquella época que tuvieron a bien dejar testimonio de lo que vivieron y nos contaron cómo era la llegada a ese lugar desde el cual debían, luego, trasladarse hasta las cataratas. Para escuchar cómo era la llegada a Puerto Aguirre, el actual Puerto Iguazú, primero oigamos el testimonio de un viajero con el propósito de visitar “los saltos”, como se les decía por entonces a la cataratas. Nos dice en su relato este personaje: “A dos kilómetros de la desembocadura, y sobre la margen izquierda del Iguazú, se alza el pequeño caserío de Puerto Aguirre. Una casa de madera sirve de hotel a los pasajeros, otra, de construcción más reciente de comisaría y las demás casitas, también de madera, porque es el material que abunda allí, son otras tantas dependencias del hotel y la comisaría.” “El buque se acerca a la barranca y, por medio de una planchada, se desciende a tierra, para volver inmediatamente a ascender la alta sierra en cuya cima se alza el hotel. Es incómodo este ascenso por peldaños de madera para ciertas pasajeras, acostumbradas a los ascensores de las grandes ciudades. Hay que tener en cuenta que los pasajeros pasan del descanso absoluto y plácido de la vida de a bordo, al repecho sofocante y violento de la barranca de más de 100 metros.” 2 Pero tenemos también otra descripción del lugar, en este caso a cargo de un pintor de la época, que llega a ese lugar, como todos, en barco después de varios días de navegación y nos cuenta: “Habíamos llegado. El espectáculo de la niebla era curioso. Después se fue despejando. El río hervía materialmente. Puede distinguir entonces una barranca pelada de bastante pendiente, pero mucho mayor de la que me había figurado. Aparecieron algunas formas claras que resultaron ser casas de madera. Luego se vio con toda nitidez una escalera empotrada en la pendiente, cuyos peldaños estaban reforzados por troncos. Empezó el movimiento. Después del aplastamiento producido por la vida a bordo, resultó un poco violento hacer alpinismo, trepando la ruda barranca de Puerto Aguirre, y empezaron las protestas de las señoras gordas, pero nadie se acordó de condenar las grasas…” Así de fatigosa era la llegada a Puerto Iguazú, y faltaba todavía el traslado hasta las cataratas, pero a eso, nos dedicaremos en otra evocación…

Como sabemos, las cataratas del Iguazú son un atractivo turístico que concentra viajeros de todo el mundo, además de los propios argentinos, y para ver ese fenómeno natural están las rutas y las líneas aéreas que facilitan la llegada. Pero hubo un tiempo, cuando comenzaba a gestarse el personaje de “El Turista” -es decir, aquel sólo dispuesto a viajar por el placer de conocer- en que las cosas no fueron tan fáciles como lo son ahora. En principio porque la única vía de acceso era el río, lo que presuponía inconvenientes a los que en otra oportunidad nos referiremos, pero, por sobre todo, porque para poder llegar hasta las cataratas los viajeros debían primero desembarcar en Puerto Aguirre, que luego pasaría a llamarse Puerto Iguazú, allá por 1901. Para saber sobre estas cosas, siempre es bueno recurrir a los relatos de algunos viajeros de aquella época que tuvieron a bien dejar testimonio de lo que vivieron y nos contaron cómo era la llegada a ese lugar desde el cual debían, luego, trasladarse hasta las cataratas. Para escuchar cómo era la llegada a Puerto Aguirre, el actual Puerto Iguazú, primero oigamos el testimonio de un viajero con el propósito de visitar “los saltos”, como se les decía por entonces a la cataratas. Nos dice en su relato este personaje: “A dos kilómetros de la desembocadura, y sobre la margen izquierda del Iguazú, se alza el pequeño caserío de Puerto Aguirre. Una casa de madera sirve de hotel a los pasajeros, otra, de construcción más reciente de comisaría y las demás casitas, también de madera, porque es el material que abunda allí, son otras tantas dependencias del hotel y la comisaría.” “El buque se acerca a la barranca y, por medio de una planchada, se desciende a tierra, para volver inmediatamente a ascender la alta sierra en cuya cima se alza el hotel. Es incómodo este ascenso por peldaños de madera para ciertas pasajeras, acostumbradas a los ascensores de las grandes ciudades. Hay que tener en cuenta que los pasajeros pasan del descanso absoluto y plácido de la vida de a bordo, al repecho sofocante y violento de la barranca de más de 100 metros.” 2 Pero tenemos también otra descripción del lugar, en este caso a cargo de un pintor de la época, que llega a ese lugar, como todos, en barco después de varios días de navegación y nos cuenta: “Habíamos llegado. El espectáculo de la niebla era curioso. Después se fue despejando. El río hervía materialmente. Puede distinguir entonces una barranca pelada de bastante pendiente, pero mucho mayor de la que me había figurado. Aparecieron algunas formas claras que resultaron ser casas de madera. Luego se vio con toda nitidez una escalera empotrada en la pendiente, cuyos peldaños estaban reforzados por troncos. Empezó el movimiento. Después del aplastamiento producido por la vida a bordo, resultó un poco violento hacer alpinismo, trepando la ruda barranca de Puerto Aguirre, y empezaron las protestas de las señoras gordas, pero nadie se acordó de condenar las grasas…” Así de fatigosa era la llegada a Puerto Iguazú, y faltaba todavía el traslado hasta las cataratas, pero a eso, nos dedicaremos en otra evocación…

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