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Qué Conoces de Misiones, tu provincia.
by Rolo Capaccio
“Qué conocés de Misiones, tu provincia”, es un breve espacio radialcreado por el profesor Nicolás “Rolo” Capaccio, para FM Show, con elpropósito de recordar y descubrir cosas de esta provincia nuestra,poseedora de una cultura tan particular por lo variado de susmanifestaciones, siempre con el propósito de que al escucharlo, elmisionero vuelva a emocionarse con lo que le resulta conocido, o sesorprenda con algo nuevo de ella y acreciente, siempre, su sentido depertenencia.
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HISTORIA DE LA BOMBILLA
Hoy en este espacio sobre lo que conocés de misiones. Vamos a comentar algo acerca de esa costumbre misionera que se expandiera desde hace siglos por buena parte de la América del Sur y del mundo, como es el hábito del mate. Pero en particular comentaremos sobre un elemento de ese ritual cotidiano como es el uso de la bombilla. ¿Cómo sabemos a la mayor parte de los extranjeros les causaba repulsión ver a los criollos tomar mate compartiendo la bombilla? Pero la bombilla es un elemento creado mucho después de que existiera el mate ya el jesuita Antonio Sepp cuenta que a él le causaba repulsión beber de la misma calabaza que usaban los indígenas y que se iban pasando por turno hasta acabar el contenido. Y otro jesuita, Florián Paucke, describe cómo la gente humilde tomaba la infusión con una calabaza cortada al medio, mientras que con el labio superior impedían que la hierba pasara a la boca, sorbiendo la entre los dientes. Fueron entonces los españoles adictos al mate desde que llegaran y para sortear esta incomodidad, los que introdujeron primero una especie de cuchara llamada apartador, con la cual contenía la yerba mientras ingerían el agua. Hablamos del agua fría, o sea. El primitivo Mateo tereré y más tarde comenzó a popularizarse. Entre la gente más acomodada, pero ya aficionada al hábito del mate.Una especie de vaso de barro cocido llamado bernegal alargado y ancho, con un pico ligeramente ondulado que filtraba la yerba con el tiempo, especialmente en los centros urbanos ocurren dos cambios en la práctica de esta costumbre comienza a tomarse el mate. Caliente y se. Introduce el uso de la calabaza pequeña, lo que dio lugar a que el apartador fuese sustituido por un elemento. A través del cual pudiera absorberse la infusión y que a la vez filtrada la yerba y es el padre Florián Paucke, quien justamente lo describe así, se valían, dice, de un cañito de plata de un Gene de largo llamado bombilla, que tiene abajo un botón redondo hueco perforado por completo por pequeños agujeritos, aunque según el jesuita dobrizhoffer llegaba también a usarse para la succión. Seguramente entre los menos pudientes, un cañito de madera o alguna caña, según investigadores como el santafesino.Sí.La patagonian tanto el apartador como el bernegal se siguieron usando aún cuando ya era generalizado el uso de la bombilla. Pero sin duda la practicidad de esta hizo que se impusiera con el tiempo y se convirtiera muchas veces en un objeto preciado y valioso, confeccionado muchas veces con plata y oro, aunque seguirán conviviendo con aquellas otras dilata. Pero más allá de la calidad de las bombillas, lo que terminó imponiéndose en el hábito del mate fue el ritual de compartirlo la del cebador, siguiendo la rueda de tomadores, sorbiendo todos del mismo pico, venciendo de ese modo los prejuicios que acompañaron a esta costumbre. Y así ve en las mis. La costumbre del mate tan propicia para reforzar los vínculos sociales y afectivos y un tema para recordar cuando te toque a ir a comprar una nueva bombilla.
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SANTIAGO DE LINIERS
Hoy en este espacio dedicado a qué sabés de Misiones, vamos referirnos a un personaje cuyo nombre lleva una localidad misionera: Santiago de Liniers. Un municipio en el departamento de Eldorado.Por lo general asociamos el nombre de Liniers con un barrio populoso de la ciudad de Buenos Aires, o lo vinculamos con las invasiones inglesas de 1806 y 1807, ya que en esas jornadas Liniers fue el héroe que rechazó a los ingleses, pero aquí, en nuestra provincia, la localidad que lleva su nombre lo hace porque Santiago de Liniers ocupó el cargo de Gobernador Político y Militar de las Misiones entre 1802 y 1804.Pero veamos un poco quién fue este personaje de tanta trascendencia en la historia argentina.Santiago de Liniers nació en Francia, en 1753 en el seno de la nobleza de ese país, y siendo muy joven ingresó en la carrera militar. Pero, por acuerdos de aquella época, los franceses podían participar en las campañas militares de España en igualdad de derechos y obligaciones que los españoles, de modo que por el resto de su vida profesional habría de estar, no obstante ser francés, al servicio de la corona española.Es así que en 1776 llega por primera vez al recién creado Virreinato del Río de la Plata y participa en algunas acciones militares contra los portugueses. Luego regresa a España, donde prosigue su carrera militar y doce años más tarde, en 1788 es enviado nuevamente a Buenos Aires para organizar una escuadra. Llega acompañado por su esposa y un hijo, pero a poco fallece su mujer y tres años más tarde contrae matrimonio nuevamente con una criolla de la sociedad porteña. Cabe recordar que por ese entonces, a comienzos del siglo XIX, la región misionera se hallaba convulsionada por los ataques portugueses a los pueblos de fronteras, y ocurre que el gobernador de las Misiones renuncia a su cargo para ir a organizar un regimiento en Montevideo. Entonces, el Virrey del Pino le solicita a Liniers, en 1802, hacerse cargo de esta gobernación. Cargo que acepta en calidad de Gobernador interino de las Misiones de Guaraníes y Tapes, y para lo cual viaja a Candelaria, capital de las Misiones por entonces, acompañado por su familia, con un sueldo de capitán de navío, que era el que tenía y que se le mantiene ya que era superior al de gobernador interino.Dos años permanece Liniers como Gobernador de las Misiones y en el regreso a Buenos Aires, posiblemente a causa de una epidemia a bordo de la embarcación que los lleva, fallece su esposa en el momento de dar a luz una criatura que logra sobrevivir.Con esto se cierra el capítulo de Santiago de Liniers vinculado a las Misiones. Luego, como dijimos, su carrera militar tendrá un notable protagonismo durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, después de las cuales será nombrado por el pueblo Virrey de Buenos Aires. Pero, luego de 1810, prisionero en Córdoba por no adherir al gobierno revolucionario de Buenos Aires y permanecer fiel a la corona española, será fusilado junto con otros contrarrevolucionarios.Hoy su nombre perdura, honrado, en esta localidad Misionera.
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PRIMER CONCEJO MUNICIPAL POSADEÑO
Hoy, en este espacio acerca de lo que conocés de Misiones, vamos a referirnos al Primer Concejo Municipal de la ciudad de Posadas, cuando todavía no llevaba este nombre y era una pequeña población levantada sobre un sitio en la costa del Paraná conocido, desde la época jesuítica, como Itapuá, con una fuerte presencia del Paraguay, al punto de ser conocido el lugar como… Trinchera de los Paraguayos. Pero, una vez terminada la Guerra de la Triple Alianza, en 1870, el gobierno de Corrientes, provincia a la cual se encontraba anexada Misiones, decide crear el departamento de Candelaria con capital en ese pequeño poblado conocido como Trinchera de San José, y donde habrían de residir sus autoridades.Ya el año anterior, en 1869, los vecinos de Trincheras de San José le habían solicitado al gobierno de Corrientes se hiciera el deslinde y la mensura de este sitio, y de ello se ocupó el agrimensor Lorenzo Lezcano, que trabajó hasta 1871, cobrando quinientos pesos fuertes para delinear y amojonar lo que era Trincheras de San José y sus ejidos. El pueblo quedo así dividido en manzanas de cien varas de frente, separadas por calles de veinte varas de ancho. Se destinaron los lugares convenientes para las plazas públicas, las chacras, de cuatrocientas varas cada una, separadas por calles de treinta varas, y se dejó sobre la ribera del Paraná, en toda la extensión del pueblo, una vía pública de sesenta varas de ancho.Lo que sería con el tiempo la ciudad capital quedó entonces mensurada, con una activa vida comercial y dos escuelas, una para varones, dirigida por don José Montero que falleciera al poco tiempo, siendo reemplazado por Ramón García, y otra de niñas, a cargo de Amalia Vera.En 1872 el gobierno de Corrientes convocó a elecciones para designar las autoridades comunales de Trinchera de San José, y ese mismo año quedó constituido el primer cuerpo municipal, resultado como Presidente Don Francisco Lezcano (ausente en ese momento ) y como vice Don Alfonso de Arrechea. También se organizaron las diversas comisiones, con Ramón García como Síndico Procurador; Leonardo Troassi para higiene, para instrucción Pública don Eugenio Ramírez y para Tesorero, Alfonzo de Arrechea (hijo)Ese primer Gobierno Municipal tomó las medidas iniciales referidas al reparto de tierras, el abastecimiento de carne en la población y la prohibición de portar armas ofensivas dentro del perímetro de Trincheras de San José.Algunos años después, en 1879, fue presentado un proyecto a la Legislatura de Corrientes para cambiar el nombre de Trincheras de San José por el de “Manuel Belgrano”, pero esto ocasionó una discusión entre los diputados hasta que se propuso el de “Posadas”, en reconocimiento al Director Supremo que, 1814, había dispuesto, por decreto, la creación de la provincia de Corrientes.Es así que en el Acta Municipal del 13 de octubre de 1879, aparece por primera vez la denominación de “Posadas” para la ciudad, un cambio que sin embargo tardó en imponerse en las costumbres de sus habitantes, ya que por largo tiempo siguieron denominándola como Trincheras de San José cuando, en realidad, ya se llamaba Posadas.
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AMADEO BONPLAND
Hoy, en estos temas acerca de lo que conocés de Misiones, vamos a referirnos a una personalidad cuyo nombre lleva una localidad de larga historia. Nos referimos a Bonpland, un municipio en el departamento de Candelaria que fuera creado allá por 1929. Esta localidad lleva el nombre de uno de los naturalistas más importantes del siglo XIX y que mucho tuvo que ver con Misiones. Amado Bonpland nació en Francia, en 1773, y siendo joven, en su condición de médico y botánico, acompañó al sabio Humboldt en un viaje a Sudamérica donde juntos realizaron exploraciones científicas del más grande valor y reconocimiento. Luego, hacia 1816, conoció en Europa a Bernardino Rivadavia, que lo entusiasmó con el porvenir de los países del Río de la Plata, que en esos momentos estaban luchando por su independencia, y se embarcó para estas tierras en las que permanecería hasta su muerte, en 1858. Pero veamos qué sucedió con Bonpland una vez llegado a Buenos Aires. En esa ciudad permaneció un tiempo, pero su intención era viajar al Paraguay, atraído por la selva, en su condición de naturalista y especialmente de botánico, de modo que se embarcó para Corrientes donde mantuvo una entrevista con el caudillo entrerriano Francisco Ramírez, creador en esos momentos de la efímera “República Entrerriana” a la que perteneció Misiones, y el Supremo Enterriano le pide que desde Corrientes se llegue hasta los antiguos pueblos jesuíticos con el objeto de explorar los antiguos yerbales para ver cómo recuperarlos y determinar la cantidad de yerba que aún se podía extraer, ya que la yerba constituía un rentable negocio en ese tiempo. A cambio de esto lo autoriza a establecerse en el lugar que más le gustara y desarrollar su propio emprendimiento. Es así que Bonpland viaja de Corrientes a Misiones y deja testimonio, por ejemplo, en Candelaria, del gran partido que se puede sacar todavía por la abundancia de naranjos, durazneros, maderas y piedras buenas para edificar, así como de los yerbales plantados por los jesuitas. Luego visitará Loreto, también San Ignacio, pueblos de los que dejará un invalorable testimonio con las detalladas descripciones de cómo los encuentra, pero, es en Santa Ana donde decidirá quedarse para residir e iniciar allí el proyecto de una colonia agrícola. Pero cuando comienza a trabajar en esto ocurre algo inesperado: Por orden del Dictador Supremo del Paraguay, Gaspar Rodríguez de Francia es tomado prisionero, allí en Santa Ana, ya que se lo presuponía un espía, y es trasladado a cercanías de Asunción en calidad de preso, permaneciendo en esa condición cerca de diez años. Una prisión vigilada en un pequeño pueblo que le permite, no obstante, continuar con sus investigaciones científicas. Liberado al cabo de ese tiempo, pero ya no tan joven, regresará a Corrientes, donde el gobernador de aquel entonces le concederá una propiedad cercana a lo que es hoy Paso de los Libres, en la pequeña localidad de Santa Ana (hoy Bonpland) donde se afincará hasta el fin de sus días, pero sin dejar su pasión por investigar y clasificar las especies sudamericanas. Hoy, esa localidad correntina, lo mismo que la misionera, llevan el nombre de Bonpland en homenaje al célebre naturalista.
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MOMENTOS NATURALES MISIONES
Hoy en este espacio referido a lo que conocés de Misiones, vamos a nombrar algunas especies naturales que por su valor, son considerados Monumentos Nacionales. Esta categoría de Monumento Nacional no sólo abarca especies animales y vegetales, sino que se extiende también a otros elementos, como determinados lugares, que han adquirido esa categoría por su trascendencia geológica, arqueológica, paleontológica o de valor histórico, estético o simbólico, y están protegidos por Ley. El listado de Monumentos Naturales es extenso, pero, en este caso, sólo mencionaremos algunas especies animales, habitantes de lo que resta de la selva misionera, esa selva que antaño se extendiera ampliamente por Brasil, Argentina y Paraguay y que hoy, por el desmonte a lo largo de años, corren serio peligro de extinción y que es preciso proteger. En primer lugar tenemos el yaguateré, que es el felino más grande de América, nombrado vulgarmente como “el tigre” o “el bicho”. Animal que puede llegar a más de 140 kilos y comportarse como un caminador incansable del monte, predador de especies como el anta, las corzuelas, carpinchos y otras especies incluyendo peces, ya que es buen nadador y gusta de meterse en el agua. El anta o tapir, el mboreví en guaraní, mamífero de gran peso y tamaño con su nariz que se prolonga en forma de trompa, alimentándose de plantas y frutos del monte. El Oso hormiguero o tamandúa, con su pelaje duro y trompa alargada de la que emerge una larguísima lengua con la cual atrapa las hormigas y termitas que son su sustento. El Carayá pitá o mono aullador, que se alimenta de hojas y frutos como el pindó y que en grupo suele aullar hasta ser sentido a gran distancia. El Aguila harpía, de hábitos nocturnos, que es una de las águilas más poderosas que existen. El Lobo Gargantilla, o lobito de río, esa nutria de gran tamaño que habita los ríos y arroyos alimentándose de pescado. El Zorro Pitoco o zorro vinagre, por su color rojizo, recorredor del monte en grupos cerca del crepúsculo. El Charao o loro de cara roja, habitante de los bosques de pino Paraná así como el Maracaná afeitado o loro de lomo rojo que en pequeños grupos vive cerca de los arroyos. El Pato serrucho, con su característico pico largo y aserrado volando a ras del agua y el Tucán Grande, con su colorido pico que es el ave emblemática del monte misionero. Todas estas especies abundaron en la selva altoparanaense. Sus vidas estuvieron ligadas a la selva, pero algunos hombres, como depredadores fueron dañando para su provecho el ecosistema y hoy apenas si queda, para las futuras generaciones, una muestra de estas especies animales en serio riesgo de desaparecer. Por supuesto están también las especies vegetales en peligro y a ellas haremos referencia en otra ocasión. Todo conformó un conjunto natural que es necesario salvaguardar ahora antes de que se extingan para siempre, y esto de declararlas Monumento Natural, aunque en forma tardía, es al menos un paso.Ojalá puedan preservarse éstas y algunas otras de tantas especies del monte nativo, y antes que de que sea demasiado tarde.
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LA TIERRA PROMETIDA
Hoy en este espacio acerca de lo que conocés de misiones, vamos a ilustrar sobre una expresión que se escucha con mucha frecuencia en la provincia y es aquella, mi familia es de origen alemán brasilero, por supuesto, con ello se hace referencia a aquellos inmigrantes europeos que se radicaron primero en Brasil, pero que luego ya asimilados a la cultura de ese país, por algúna razón por lo general política o económica, debieron a volver a emigrar para radicarse en Misiones. Y para esto nada mejor que basarnos en un ejemplo concreto de cómo ocurrieron esos traslados, como lo es la experiencia de Lidia Bischoff de Puerto Rico, narrada en su libro La tierra elegida. Bischoff cuenta que hacia 1918 su familia radicada en San Leopoldo, Brasil, ante la incertidumbre de la situación política vivida en aquel país. Y, en contacto con Carlos Culmey que trabajaba para una empresa colonizadora, decidieron trasladarse a misiones en busca de un futuro mejor. Y continúa la historia….
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LA LLEGADA A POSADAS
Mucho antes de que se establecieran los sistemas de carreteras que hoy surcan la provincia y de que existiera el aeropuerto de Iguazú, que permite el arribo de viajeros de cualquier parte del mundo a ese punto tan particular y tan famoso de misiones. La puerta de entrada a este territorio era la ciudad de Posadas, a la que se arriba indefectiblemente por el río Paraná y a partir de 1912 en ferrocarril, pero ni siquiera el acceso por el río era sencillo, ya que una vez establecidas las líneas regulares de navegación. Los barcos remontaban el río hasta la ciudad de corriente. Es. Allí se trasbordaba otra nave de menor calado hasta Posadas y desde esta ciudad, cuando las cataratas comenzaron a ser visitadas a otro vapor que remontaba el último tramo del trayecto. Lo que alteraba la regularidad de los arribos de las naves eran las crecidas o bajantes del río, pero en especial un punto resultaba decisivo. Los altos de a p algo más arriba de la ciudad de Ituzaingó, donde ahora está instalada la represa de jazz. Cuando el río estaba en bajante, las embarcaciones solo llegaban hasta Ituzaingó. Allí debían esperar sin saber cuánto tiempo y los pasajeros que tenían apuro debían proseguir el viaje por tierra. Para eso, un español residente en ese lugar disponía de un servicio de diligencias con las cuales traía hasta Posadas a los viajeros. Pero escuchemos lo que nos dice de este servicio. Alejo Peyret, hacia el año 1880, enviado por la oficina de tierras y colonias para informar sobre las localidades más convenientes para la colonización de esta zona y cuando Posadas era todavía la trinchera de San José, este viajero nos cuenta careciéndose de fuerza motora suficiente para la navegación de esos parajes que no se atreven a pasar la corredera de apipé. Los barcos fondean en el Arenal de Ituzaingó. Tengo hay pues que subirse luego a la diligencia de colmeiro, un español bizarro y de muy buena voluntad con el que simpatizan todos los pasajeros, pero que con toda su buena voluntad colmeiro no puede hacer que los caminos no sean abominables en la arena, el barro y los bañados de la gran Laguna, donde hay forzosamente que caminar al tranco para no irse a pique en las zanjas, los arroyos pedregosos y en todos los accidentes de esa naturaleza primitiva. Luego hay que llevar provisiones de boca porque en el camino no se encuentra dónde comer, ni aún con dinero y hay que dormir a mitad de camino en un rancho de mala muerte y fastidiarse luego en las postas mientras vienen o no vienen los caballos. En resumidas cuentas, hay que gastar 2 días para andar 22 leguas. Y con la llegada a la trinchera de San José, concluyen para el viajero las comodidades y el confort de la vida civilizada. Desde allí en adelante ya no hay siquiera diligencias ni coches, solo carretas de bueyes y qué caminos, porque si llueve, todo se vuelve intransitable. Testimonios de otras épocas para recordar en estos tiempos de viajes confortables, con horarios de salida y arribo y dificultades allanadas.
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ARISTBULO DEL VALLE
Hay en este espacio. Sobre lo que conoces de misiones. Vamos a referirnos al personaje cuyo nombre lleva una importante localidad misionera, Aristóbulo del Valle, un municipio en el departamento Cangas, en la intersección de las rutas Nacional 14 y la Provincial siete. Conocido ya por ese nombre desde al menos 1921, cuando comienzan a subdividirse las tierras de la Colonia. Pero lo que nos interesa es saber acerca de Aristóbulo del Valle, un personaje del siglo 19 que se desempeñará a lo largo de los 50 años, que vivió como abogado político y profesor universitario de Derecho Constitucional. Aristóbulo del Valle nació en la ciudad de Dolores, provincia de Buenos Aires en 1845, pero radicado desde niño en Buenos Aires, pudo así estudiar hasta ingresar en la Facultad de Derecho, donde tuvo como compañero de facultad y luego como compañero de toda la vida a Leandro N. Alem. La conjunción de estos dos personajes no sería casual, ya que ambos se potenciaron a lo largo de sus vidas en sus capacidades de oratoria, de interés político, con vistas a transformar la realidad de aquellos tiempos en lucha contra el régimen conservador y en proponer salidas políticas democráticas y populares que los llevaron a la fundación del Partido Republicano en 1877. Precursor de lo que sería más tarde la Unión Cívica y luego Unión Cívica Radical. Pero volviendo a la vida de Aristóbulo del Valle, digamos que fue adherente al Partido Autonomista que lideraba Adolfo Alsina en 1868 y a los 25 años elegido diputado constituyente de la provincia de Buenos Aires en 1873, diputado nacional junto con Leandro Alem, y poco después renunciaría a la Diputación para asumir el cargo de ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires. Mientras tanto, paralelamente a su intensa actividad política, seguirá siendo profesor universitario y sus clases en la Cátedra de Derecho Constitucional. Por sus dotes de oratoria y lo brillante de sus exposiciones, serán tan famosas que, aparte de los alumnos, reunirán en ellas al público en general que acudía para oír sus exposiciones. Por supuesto, cuando ocurren los sucesos de 1008 90, es decir, la revolución de ese año contra el presidente Juárez Elman del Valle, tendrá un protagonismo intenso en aquellos sucesos y en el gran acto de inauguración de la Unión Cívica de la Juventud, el 1 de septiembre de 1008 90 será uno de los principales oradores. Si bien este levantamiento de 1008 90 conocido como la revolución del Parque, fracasó. Las cosas ya no volverían a ser como antes, porque el presidente conservador Juárez Gelman, renunció y Del Valle actuó integrando la Junta revolucionaria que presidía Leandro Alem, impulsando una postura moderada de negociación con Carlos Pellegrini, algo que lo distanciada de Alem, su compañero de lucha. No obstante, su participación política seguirá siendo de la mayor intensidad, lo mismo que su producción intelectual, ya que Público varias obras de derecho constitucional finalmente fallece en 1896, despedido por las más grandes personalidades de la época y hoy su nombre, vinculado para siempre a los valores de la democracia, lo perpetúa esta próspera localidad misionera.
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El INGENIO AZUCARERO SAN JUAN
Hoy, en este espacio acerca de lo que conoces de misiones, vamos a referirlos a una gran fábrica que existió en este territorio en las últimas décadas del siglo XIX y que fuera, tal vez, el primer gran emprendimiento industrial de la región. Se trata del ingenio azucarero levantado por el gobernador del territorio, Rudecindo Roca, en la desembocadura del arroyo San Juan, próximo a Santa Ana. En un documentado libro sobre la colonización suiza en misiones, el historiador Luis Carlos Ortiz hace referencia a este emprendimiento basándose en los testimonios que, en aquella época, dejaran los viajeros Holmer y Ambrosetti y nos cuenta que esta fábrica, de la que en la actualidad quedó sólo la antigua chimenea sobre la margen izquierda del Paraná y muy cerca de la desembocadura del arroyo San Juan, estaba preparada para producir grandes cantidades de azúcar, aguardiente y alcohol. Para ello se habían plantado 300 hectáreas con caña de azúcar y la inversión monetaria hecha para levantar las instalaciones, montar las máquinas traídas de Francia e instalar una locomotora docavil de trocha angosta con 40 vagones, superaba cualquier otra inversión que en aquellos tiempos, hablamos de 1883, se hubiese hecho en las misiones. La fábrica era muy moderna, pero la mano de obra empleada para las más rudas tareas estaba a cargo de indígenas pampas, de huelches, tobas y matacos, tomados como prisioneros en las expediciones punitivas llevadas a cabo por el ejército en aquellos tiempos en diversas zonas del país y, por supuesto, todos estos indígenas trabajaban sin remuneración alguna en este establecimiento. Era un total de 300 indígenas que trabajaban allí en condiciones de prisioneros de guerra, algunos con mujeres e hijos. Nos cuento Ortizque, cerca del Ingeño Azucarero, en dirección a la Ribera del Paraná, se encontraba el Barrio de Viviente, obilla de la peonada, aledaño a la fábrica y en lugar cercano se levantaban las chozas de los índios tobas, matacos y pampas que trabajaban en la cosecha de la caña de azúcar y los visitantes se acercaban a ellos para conocer sus costumbres y tomar algunas fotografías. También entre la fábrica y los ranchos de los peones, paraguayos y criollos de la zona, estaba la cantina donde se abastecía el personal del ingenio de víveres, utensilios, alimentos y ropa y esta industria azucarera promovió la instalación de comercio en Santa Ana donde crecía día a día el número de habitantes. La safra comenzaba en el mes de mayo y terminaba en octubre y la fábrica producía hasta 500 mil kilos de azúcar y 400 mil litros de alcohol al año superando hacia el año 1887 las producciones de Santiago del Estelo y Tucumán. Por supuesto la condición de sometimiento en la que vivían los índios dio lugar a varias rebeliones y al menos cinco veces, entre 1884 y 1888, se produjeron levantamientos en los cuales incendiaron embarcaciones y huyeron los que pudieron al Paraguay. Hoy tan solo quedan algunas ruinas de aquel establecimiento que produjo en su momento una reactivación comercial de la zona, pero que, lamentablemente, para funcionar, se basaba en un sistema de esclavitud y su ametimiento aceptado por aquella época.
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MATERIA MEDICA MISIONERA II
Hoy en este espacio sobre lo que sabés de Misiones, vamos a referirnos a una vieja costumbre de la región y a un antecedente que tiene esta práctica, un antecedente más antiguo de lo que muchos imaginan. Nos referimos a la costumbre de salir a cortar vegetales con determinadas propiedades medicinales o aromáticas, como la marcela, por ejemplo, en cierta época del año, y otros yuyos, o bien a comprarlos en puestos de ferias. Y el antecedente, es un libro, muy completo sobre estas cuestiones, escrito por un jesuita, el hermano Pedro Montenegro, hace más de 300 años aquí en las Misiones. Ya hemos mencionado en otro momento este libro, titulado Materia Médica Misionera, cuando contamos sobre las propiedades de la yerba, pero hoy veremos las indicaciones que Pedro de Montenegro daba, allá por 1710, acerca del mejor momento para recoger las hierbas medicinales y en qué lugares, así como la mejor forma de conservarlas: Nos dice Montenegro: -Se han de recoger las plantas en tiempo sereno, mejor que en tiempo seco o húmedo, y con la luna en menguante. -Son de mucha más virtud las recogidas en serranías o tierras altas que la de los llanos, regiones montuosas o lugares acuosos. Porque las de las serranías son criadas por vientos fríos y secos por lo que mantienen sus virtudes. -Conviene a quien las recoja para usarlas o venderlas que las vea, luego de nacer, y luego cuando florecen y cuando semillan, porque si solo las ve al nacer después pude confundirlas con otras que son parecidas. -Las yerbas que extienden sus ramos por la tierra deben recogerse cuando están cargadas de flores. Las demás, que crecen en alto, se recogerán cuando estén con sus frutos y semillas sazonados antes de caer a tierra. -Las de palos leñosos se recogerán en invierno y con luna en menguante. -Al guardar las yerbas deben estar limpias de polvo y tierra y deben secarse a la sombra, pero antes de guardarlas ponerlas dos horas al sol para quitar la humedad. Solo las flores deben secarse al sol para que no agarren la polilla. -Las raíces se deben sacar cuando las plantas se han despojado de sus hojas y luego de haber dado los frutos. Pero las lágrimas o gomas se deberán recoger cuando el árbol está en todo su vigor, cuando va vistiendo hojas y flores, sajando las cortezas o hiriendo el tronco. -Por último, todas estas cosas de estas tierras se deben guardar en vasijas que no sean porosas, porque en ollas de barro sin vidriar, se pierden, y siempre que se pudiere envolver en hojas de papel, que se envuelvan o se guarden en calabazos gruesos, y duros de corteza, secándolos primero muy bien al sol, y cuanto más usados estén, mejor. O en cajón de palo, o caja, bien tapadas. Sin duda esta práctica de recoger plantas medicinales y conservarlas es común a muchas regiones del país. Pero con seguridad no en todas partes se ha dispuesto de un tratado tan completo como esta “Materia Médica Misionera” que nos habla del desarrollo intelectual alcanzado en las antiguas Misiones.
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Jules Huret y el mate
Hoy en este espacio dedicado a lo que sabés de Misiones, vamos a referirnos a las impresiones de viaje que dejara, sobre una costumbre nuestra, un periodista muy famoso. Hoy estamos acostumbrados a las notas de viaje realizadas en cualquier parte del mundo, pero este periodista, muy famoso en Europa hacia comienzos del siglo XX, nos contará acerca del hábito del mate en un viaje que emprendiera hacia las cataratas del Iguazú en 1909, cuando vino a recorrer nuestro país. Es el francés Jules Huret, famoso entonces por sus publicaciones en las que dejaba retratos de las tierras que recorría, en tiempos en que la industria turística recién comenzaba en el mundo, y en esta oportunidad, Huret emprende el viaje hacia Iguazú en las primeras líneas de navegación regulares de la época y nos dice que: “una de las cosas que más sorprenden al viajero cuando sale de Buenos Aires, es ver a los hijos del país, hombres, mujeres y niños, entretenidos en las puertas de sus casas aspirando un canuto de unos 20 centímetros, cuya extremidad más gruesa y agujereada, se introduce en una calabaza seca del tamaño de una pera mediana. Ese canuto se llama bombilla y la calabaza tiene el mismo nombre que la planta: mate. Esta se llena de polvo en sus dos terceras partes y luego se echa agua caliente a fin de extraer el perfume y el aroma de la planta, aspirándose la infusión. Los verdaderos aficionados lo toman al natural, y esto se llama mate amargo. La calabaza queda sin agua cuando se aspira una pocas veces, pero el verdadero criollo debe llenarla unas diez o quince veces seguidas. Si se entra a una estancia y nos presentan la bombilla, para corresponder a la atención del dueño hay que chupar de ella después de haberlo hecho Dios sabe cuántos. El uso de esa bombilla colectiva fue seguramente un obstáculo para la difusión del mate entre las clases acomodadas. Ahora bien, sería fácil preparar el mate como el té o emplear canutillos de paja que podrían cambiarse. De todas formas el argentino es en la actualidad el mayor consumidor de mate en toda la América del Sur. Esa infusión, más tónica que el té, parece reunir a la vez la virtud reconstituyente de la coca y la refrescante del ruibarbo.” Y hace Huret una acotación interesante que tiene que ver, no ya con el mate, tomado en la forma tradicional, sino con el mate cocido, cuando destaca que los obreros, especialmente italianos, y en las ciudades, al no tener tiempo -dice- como el criollo de aspirar todo el día de la bombilla, hierven el mate en una lata y mojan en ella el pan, en un procedimiento que parece “bárbaro” a los hijos del país, porque para estos, es decir los nativos de la tierra, el alimento fundamental es la carne y el mate, pudiendo prescindir del pan, pero no del mate. Testimonios de un viajero de hace más de cien años sobre un producto de esta tierra misionera que el tiempo se encargó de demostrar cómo fue afianzándose, por sus virtudes, en nuestro país y otras partes del mundo.
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La Localidad de Olegario V. Andrade
Hoy, en este espacio acerca de lo que sabés sobre Misiones, tu provincia, vamos a referirnos al nombre de una localidad: Olegario V. Andrade, un municipio situado en el Departamento de Leandro N. Alem y existente como localidad desde 1924. Olegario V. Andrade, como se la conoce, hace referencia a Olegario Víctor Andrade, un legislador, diplomático, periodista y poeta del siglo XIX que tuvo a lo largo de su corta vida, sólo 43 años, una intensa participación política y social. Andrade había nacido en Alegrete, Río Grande del Sur, en 1939, hijo de padres argentinos exiliados por los enfrentamientos políticos de la época y criado en Gualeguaichú, Entre Ríos, donde quedó huérfano a los ocho años. Luego, asistido por sus familia estudió en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay destacándose, por sobre todo, por su afición a la literatura y sus dotes de polemista, rasgos que conservará a lo largo de toda su vida, marcada por su posición de hombre del interior, en oposición a los intereses porteños en aquellos momentos de lucha entre, justamente, Buenos Aires y la Confederación que establece la capital en Paraná. En 1857, cuando termina sus estudios, se casa con María Eloísa González Quiñones, una uruguaya con quien tuvo cinco hijos, entre ellos Agustina Andrade, que heredará de su padre la vocación por la poesía y es considerada la principal poetisa entrerriana del siglo XIX. Al dejar sus estudios se dedicó enteramente al periodismo. Se trasladó a Buenos Aires y colaboró en diversos periódicos de la capital, pero luego regresó a Entre Ríos, donde continuó ejerciendo el periodismo. Inclusive Urquiza, siendo gobernador de esa provincia le ofreció viajar a Europa para completar su formación, junto a Juan Bautista Alberdi, pero Andrade rechazó la oferta y siguió dedicándose a esa actividad en Entre Ríos, trabajando en varios periódicos de la ápoca, como “El Mercantil” y “El Paraná”, hasta que pudo fundar su propio diario, “El Porvenir”, 1864, manifestándose siempre crítico con la política porteña, sobre todo, contrario a las políticas de la triple Alianza que llevaba en aquellos días la guerra contra el Paraguay. Además de periodista, Andrade fue diputado provincial por Santa Fe, sufrió luego una persecución política que lo destituyó como legislador provincial. Antes, los 21 años, había sido nombrado secretario personal del presidente de la Nación, Santiago Derqui, llegó a enseñar historia clásica en el Colegio Nacional Buenos Aires y en 1878 fue electo diputado nacional y reelecto tres años más tarde. Tuvo una intensa pero a la vez, discontinua trayectoria que lo llevó por las más diversas coyunturas políticas y por períodos de situaciones económicas adversas, pero en todo momento dejó su testimonio periodístico y literario y sería este aspecto, justamente, por el que se lo recuerda, porque muchísimos libros de lectura en el siglo pasado incluyeron aquel, su poema más famoso alusivo a San Martin: “El nido de cóndores”: En la negra tiniebla se destaca Como un brazo extendido hacia el vacío Para imponer silencio a sus rumores, Un peñasco sombrío… Recitado en cientos de escuelas en cada fiesta patria. Hoy, su memoria es honrada por la localidad misionera que lleva su nombre.
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La primera Constitución Misionera
Hoy, en este espacio dedicado a lo que sabés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a un hecho político muy singular, un episodio que pone de relieve la trascendencia que esta región tenía ya desde los albores de la historia del país. Se trata de que Misiones contó con la primera Constitución, cuando el país como tal no era aún la Argentina, ni estaban definidos los límites de su territorio. Esta primera constitución es la que redacta nada menos que Manuel Belgrano, el 30 de diciembre de 1810, en el campamento de Tacuarí, dentro de este territorio misionero, en el transcurso de su campaña militar al Paraguay. Como sabemos, vendrán luego otros intentos constitucionales hasta que entre en vigencia la Constitución Argentina de 1853, que con variantes y actualizaciones es la que rige hasta la actualidad y es la base sobre la que se organiza el país, pero este adelanto de Belgrano, este Reglamento dictado para los pueblos de las Misiones, es un antecedente de gran valor por los principios que expone. ¿Y qué exponía este primer Reglamento que puede ser considerado como la primera Constitución Argentina? Nada menos que la restitución, para los misioneros, de sus derechos de libertad, propiedad y seguridad, de los que habían sido privados por las autoridades coloniales. Belgrano entonces es un militar en campaña, pero también ejerce el cargo de Vocal representante de la Junta de las Provincias Unidas del Río de la Plata, constituida luego del 25 de mayo de 1810, de modo que dispone: Primero: que todos los naturales de Misiones sean libres y gocen de sus propiedades, pudiendo disponer de ellas como mejor le acomode. Segundo: liberar del tributo, a todos los 30 pueblos y exceptuarlos de todo impuesto por el espacio de diez años. Como puede entenderse, medidas sin dudas liberadoras para súbditos que, hasta ese momento, estaban sujetos a una corona extranjera y vivían presionados constantemente por unas autoridades abusivas. ¿Y qué más proponía aquel Reglamento anticipatorio en sus treinta artículos? Por ejemplo: el comercio libre de todas las producciones; dejar a los nativos habilitados para ocupar empleos civiles, cargos políticos, militares y eclesiásticos; determinar la ocupación de la tierra laborable y el trazado de los futuros pueblos; establecer un sistema de pesos y medidas justo, ya que, como dice, “el robo había arreglado los pesos y medidas para sacrificar aún más a los infelices naturales”; procurar anticipos para que quienes se dediquen a la agricultura y la ganadería cuenten con las herramientas necesarias; organizar la administración pública a partir de los cabildos y el sistema de Justicia, la organización de cuerpos de milicias para velar por la seguridad, establecer la prohibición de talar todo árbol de yerba mate, y aquí cabe reproducir textualmente el por qué de esta medida: “Por hallarme cerciorado de los excesos horrorosos que cometen los beneficiarios de la yerba, no solo talando los árboles, sino también con los naturales, de cuyo trabajo se aprovechan sin pagárselo.” Principios de justicia y visión de futuro en este Reglamento misionero de Belgrano que se anticipó en más de cuarenta años a la Constitución Nacional.
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El “Cuñataí” y los chanchos
Hoy, en estas referencias acerca de lo que conocés de Misiones, tu provincia, vamos a mencionar un episodio ocurrido durante aquellas navegaciones que se realizaban por el alto Paraná, en épocas de los pioneros de esta tierra, en la primera mitad del siglo XX, y que fuera narrada por dos protagonistas, Ladislao Ziman y Alfonso Scherer en un libro editado ya hace años y que lleva por título: La selva vencida/ Crónicas del departamento de Iguazú. El episodio hace referencia a uno de los tantos barcos, de nombre Cuañataí, que navegaban por el Alto Paraná y que en ese momento transportaba, además de algunos pasajeros, a un colono que llevaba para su chacra una cantidad de cerdos vivos en la bodega. Pero escuchemos como lo cuentan sus autores: “La noche prometía ser calurosa y nuestro colono, don Werner, inspeccionaba de cuando en cuando con su linterna el lugar donde estaban los chanchos. Estos respiraban con dificultad en la calurosa bodega, en la cual no entraba ni un hálito de brisa fresca para su alivio, y más penosa resultaba la situación por estar con las patas atadas y sin poder moverse. Temiendo por la vida de sus cerdos nuestro amigo, sin decir palabra, les cortó las ataduras para que pudieran por lo menos moverse libremente dentro de la bodega y salió luego de aquella covacha para seguir durmiendo en cubierta.” “Pero ocurría que cuando el barco navegaba con carga se utilizaba la bodega para depositar en ella bolsas de papas, poroto, maíz o mandioca, pero como iba vacía y sólo estaban los animales, nadie se ocupó de limpiarla.” “Entonces, una vez liberados, los chanchos empezaron a remover y escarbar entre la basura para procurarse alimento, encontrando restos de mandioca, papa y maíz. Y así, cavando con sus patas y dientes llegaron a la madera del casco, que era bastante viejo, y estaba podrido en distintas partes.” “Mientras tanto el Cuñataí navegaba tranquilamente río arriba. La noche estaba estrellada, hasta que en un determinado momento el timonel tuvo la sensación de que en la proa ocurría algo anormal: el barco no se deslizaba con suavidad y su marcha se hacía más lenta. Mandó entonces a un muchacho a ver qué ocurría y al cabo de un momento éste regresó con la alarmante noticia de que en la bodega de proa había agua. Con el movimiento se despertó don Werner y salió corriendo con su linterna para interiorizarse del estado de sus cerdos, pero cuál no sería su sorpresa al ver los chanchos nadando con dificultad en el depósito semi anegado. Estalló la alarma: “¡Nos hundimos”… ¡Nos hundimos!” Por suerte el pasaje constaba de pocos pasajeros y el experto capitán sabía qué hacer en aquellos casos. Buscó con el reflector un banco de arena de la costa y con las máquinas a toda marcha lo embistió, encallando firmemente para no moverse más, pero había salvado del naufragio el buque, los pasajeros y la carga”. Un episodio auténtico de aquellas épocas de trabajo en una Misiones que se iba forjando y en las que el río era el gran protagonista en el traslado de personas y de cargas.-
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Materia Médica Misionera
Hoy en este espacio dedicado a las cosas que sabés de Misiones, vamos a rememorar un tratado médico, que no todo el mundo conoce, elaborado en épocas de las Misiones Jesuíticas y que sienta un precedente en la utilización popular que se hace, hasta nuestros días, de las plantas curativas. Ese tratado se denomina “Materia Médica Misionera” y fue elaborado por el jesuita Pedro de Montenegro hacia el año 1711 en estas tierras. Este jesuita, Pedro Montenegro, había nacido en Galicia y estudiado medicina en el Hospital General de Madrid, de modo que al emigrar al Río de la Plata venía ya con un amplio bagaje de los conocimientos médicos propios de la época, en los que mucho se recurría a las virtudes de las plantas para sanar diferentes males, y justamente Montenegro se había especializado, además de hacerlo en cirugía, con el estudio de la botánica medicinal, de modo que en estas tierras, en las que permanece hasta su muerte, en 1728, tiene oportunidad de tomar contacto con la medicina indígena y de clasificar una enorme cantidad de vegetales con virtudes curativas, y de elaborar este libro, en guaraní y español, denominado: “Materia Médica Misionera”, un extenso tratado en el que se incluyen numerosas plantas, la descripción de ellas y para la cura de qué males sirve cada una. Seguramente volveremos sobre este tema, muy extenso e interesante, por eso hoy sólo habremos de referirnos a las virtudes que le atribuye Montenegro a una planta emblemática: la yerba mate, y dar una idea de la forma en que está redactado ese extenso tratado de la época jesuítica. Dice Montenegro: “…Vemos que en estas tierras muy calientes y húmedas se suda en exceso, lo que produce aspersión de los poros y no es remedio el vino, ni las cosas cálidas, pero la yerba sí, tomada en tiempo de calor con agua fría, como la usan los indios, y en tiempo frío o templado con agua caliente, pero las que la usan con agua muy caliente y en mucha cantidad le erran y no les hará provecho. Conviene en poca cantidad, cuatro o cinco sorbos porque así se conforta el estómago, porque el agua muy caliente seca las partes astringentes y comprime las vías, causando obstrucciones y ventosidades molestosísimas, ansiedades al corazón, falta de sueño, movimientos de lujuria, cólera y melancolía. Y todo ello proviene de estar tapadas las vías por lo astringente de la yerba. Llaman en esta Provincia mal de ansias, y muchos lo padecen por esta causa. La yerba verde o seca, hecha polvo sutil, cura las recientes heridas y socorre a los nervios contusos no dejándoles entrar en pasmo. Sus hojas verdes, machacadas, arraigan los dientes y muelas que se mueven y mitiga el dolor. También socorre a los asoleados. Para ello póngase yerba en un mate grande con agua lo más fresca que se hallare y désele de beber al paciente. La yerba mojada que quedare en el mate, se le aplicará en la frente y en las sienes y se atará con un paño. Y de este modo continúa, con sus prescripciones, este primer tratado médico elaborado en las Misiones.-
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La localidad de Florentino Ameghino en Misiones
Hoy, en este espacio acerca de lo que sabés sobre Misiones, vamos a comentar acerca del nombre de otra localidad de la provincia: Florentino Ameghino, un municipio situado en el departamento de San Javier. Este pintoresco pueblo misionero ostenta el nombre de uno de los más grandes científicos argentinos. Un pionero de la ciencia en el país, pero, por sobre todo, un ejemplo de ser humano, de aquellos que habiendo nacido en un hogar sin recursos alcanzara, a fuerza de tesón y de inteligencia, llegar en su momento a lo más alto del conocimiento científico mundial. Florentino Ameghino nación en Luján, provincia de Buenos Aires en 1854, en un humilde hogar de inmigrantes italianos y ya desde muy chico se sintió atraído por el misterio que encerraban aquellos huesos fósiles de animales extinguidos que abundaban en las orillas del río de su pueblo. Es así como comenzó a formar colecciones de huesos de esa fauna ya inexistente y lo siguió haciendo sobre ese mismo río, el Luján, cuando se trasladó a Mercedes, un pueblo cercano, para desempeñarse como maestro y elaborar las primeras teorías sobre el desarrollo y evolución de esas especies extinguidas lo mismo que sobre los seres humanos. En 1878, cuando Ameghino contaba sólo con 24 años, se llevó a cabo en París el Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas, y el joven sintió que debía concurrir allí a exponer sus teorías sobre la evolución, así que con la venta de una colección de fósiles y la ayuda de algunos amigos pudo estar presente en esa capital para deslumbrar con sus exposiciones a los más grandes científicos de aquel momento. En Francia se vinculó al mundo de la ciencia más avanzada, pero también halló el amor, la francesa Leontine Poirier con la que se casó y vino a la Argentina para comprobar que, pese a todo su éxito como científico e investigador, y su reconocimiento mundial, acá se hallaba sin trabajo y debía recomenzar de cero. Abrió entonces una librería en Buenos Aires, llamada “El Gliptodón” y con lo que allí ganaba, que siempre fue poco, y la invalorable ayuda de su hermano Carlos, que viajaba a la Patagonia para seguir extrayendo especies fósiles que le remitía en cajones a Buenos Aires, fue perfeccionando sus teorías paleontológicas. Al mismo tiempo publicaba libros fundamentales vinculados con la evolución de las especies como “Filogenia”, que es una reconstrucción del pasado de las especies animales, o “La antigüedad del hombre en el Plata” en la que expone su idea de que el hombre era oriundo de América, refutada luego por otros científicos que determinaron el poblamiento de América a partir de migraciones desde el Asia, pero que en su momento fue una teoría que muchos sabios aceptaron y que contribuyó a la discusión científica. Ameghino fue luego profesor en las Universidades de Córdoba, Buenos Aires y La Plata y Director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, desempeñando una brillante carrera científica y conservando siempre, hasta su muerte, en 1911, su perfil de persona humilde. Hoy, por suerte, para Misiones, ese municipio ostenta y valora llevar el nombre de aquel sabio.-
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La Leyenda del Emboré
Hoy, en este espacio sobre lo que conocés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a una leyenda. Una leyenda generada a partir de la expulsión de los jesuitas de este territorio, en 1768, pero que por el tema que trata ha persistido diríamos… hasta nuestro días, y es aquella que dice que los jesuitas al irse dejaron enterrados grandes tesoros en los pueblos. Juan Bautista Ambrosetti, fundador de la ciencia folclórica argentina, a su paso por Misiones hacia el año 1892, ya recogió de los pobladores esta leyenda, pero con la variante de que los tesoros no estarían dispersos en cada pueblo, sino en una sola población secreta, llamada Emboré, que tenía sus casas sin puertas ni ventanas y sólo podía accederse a ella por subterráneos cuyas bocas estaba ocultas. Dice Ambrosetti: “los que transportaron los tesoros, que según las gentes de Misiones sobrepasaban en valor y cantidad a todos los que se refieren las Mil y un Noches, desaparecieron a su vez, y con ellos los rastros que conducían al famoso Emboré, perdido entonces entre las sombras de la selva impenetrable y las densa nubes de la leyenda. A pesar de lo inverosímil de todo esto –dice- no faltan personas que afirman su existencia, y algunos han llegado costear expediciones volantes de peones, que se han pasado dos o tres meses batiendo la selva, naturalmente sin dar con el codiciado Emboré. Una de estas expediciones volvió después de una larga peregrinación con la noticia de haberlo hallado, pero no habían podido entrar en las casas herméticamente cerradas, y luego, al volver, había perdido el rumbo. También un antiguo vecino –nos cuenta-, tenía cavados más de treinta pozos en las ruinas de la iglesia y el colegio de una reducción, y todo su afán se reducía a querer encontrar los instrumentos con los que habían sido talladas las piedras, y sobre todo los cinceles que sirvieron para fabricar los adornos, pues no podía creer hubiesen sido de hierro, por la dureza de las piedras, y por eso infería que sólo con puntas de brillantes podrían haber hecho este trabajo y el hombre buscaba los diamantes. También -nos relata Ambrosetti- llegó cierta vez un cura que se dirigió al monte y no volvió a aparecer, y otro cura que hizo la misma operación pero con un papel en el que tenía unos signos marcados y que luego, al tiempo, bajó el río con unas canoas cargadas, seguramente de tesoros. En cada reducción jesuítica –nos dice- el afán de encontrar tesoros tiene una enorme difusión y hay centenares de cuentos por el estilo y otros tantos pozos que la codicia ha hecho cavar a esos cándidos cuyo tiempo perdido y sudor derramado, si lo hubieran empleado en sombrar maíz, habríales producido más de un tesoro, y son raras las ruinas que no se hallen llenas de pozos y socavones hechos con el propósito de extraer esos tesoros ocultos” Esto es lo que escribió Ambrosetti, hace más de cien años, pero muchos misioneros saben de la persistencia de ese mito y cómo, hasta épocas recientes, se siguió cavando en las ruinas para hallar aquellas supuestas riquezas escondidas.-
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Localidad de Almafuerte en Misiones
Hoy, en este espacio acerca de lo que sabés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a una localidad, como lo hemos hecho en otras oportunidades. En este caso, a una localidad pequeña, Almafuerte, creada en 1932 y situada actualmente en el departamento de Leandro N. Alem. Para saber por qué lleva ese nombre mencionaremos lo que dice al respecto Miguel Ángel Stefañuk en su Diccionario Geográfico Toponímico de Misiones: Aparentemente un colono de apellido Warchofer, mencionaba siempre el trabajo realizado en la zona por “un hombre de alma forte”, refiriéndose a don Bernardino Bertolotti, maestro de escuela. Y este Bertolotti admiraba al poeta Pedro B. Palacios, “Almafuerte”, con lo cual contribuyó a identificar la localidad con ese nombre. Por eso vale la pena referirse brevemente a quien fuera Almafuerte, seudónimo de Pedro Bonifacio Palacios, nacido en San Justo, en el actual gran Buenos Aires en 1854, y que fuera uno de los poetas más populares de la Argentina hacia fines del siglo XIX y buena parte del XX. ¿Por qué decimos un poeta popular? Porque su poesía, cargada de humanidad, de protesta social y de inconformismo, tuvo la virtud de llegar a todas las clases sociales y de ser recitada y difundida, conocida y aprendida de memoria aún por gente que no frecuentara la literatura, tal como ocurriera con aquel famoso soneto titulado “Piú Avanti”, que dice en su primera estrofa: No te des por vencido, ni aun vencido, no te sientas esclavo, ni aun esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido. Almafuerte se dedicó durante gran parte de su vida a la docencia, iniciándose como maestro desde muy joven, lo mismo que al periodismo, en varios pueblos de la provincia de Buenos Aires, y mantuvo siempre su prédica de aliento a los jóvenes y de superación del individuo, pero la pasión de su existencia fue la poesía y tuvo la fortuna de que sus versos, cargados de fuerza y expresividad, sensibles al dolor humano, se difundieran masivamente hasta llegar a tener entidad propia, repetidos muchas veces sin que se tuviese en cuenta a su autor, como en el caso de ese poema que hemos mencionado y que sigue diciendo: Ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al menor ruido. Procede como Dios que nunca llora; o como Lucifer, que nunca reza; o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua y no la implora… Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza! Pedro B. Palacio falleció en La Plata, en 1917, a los 62 años, pobre como viviera siempre, pero rodeado de un inmenso prestigio, seguramente sin imaginar que un pueblo misionero llevaría y eternizaría su seudónimo. Ese tan popular y resonante como es el de… “Almafuerte”, que nos remite a la perseverancia, al tesón, a la virtud de mantener vivas las esperanzas pese a todas las contingencias. Virtudes que sin duda se mantienen en la población del interior y que ese pequeño pueblo misionero, denominado así, ostenta con orgullo.-
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Léonie Mathisse
Con frecuencia las imágenes del pasado histórico que guardamos en nuestra memoria son las que ha imaginado algún pintor o dibujante y que nosotros hemos incorporado por haberlas visto repetidas en libros de lectura, en revistas o diarios. Así ocurre con los retratos de los próceres, con episodios como el del 25 de mayo frente al cabildo de Buenos Aires, aquel día lluvioso, o el General San Martín cruzando los Andes con su ejército. Algún artista imaginó la escena de esos tiempos en que todavía no existía la fotografía, y nuestra idea del episodio histórico se basa en esa imagen. Hoy, en este espacio referido a lo que conocés de Misiones, vamos a referirnos a una artista que tiene mucho que ver con la imagen de cómo era la vida en los pueblos jesuíticos cuando estos estaban habitados y en su esplendor. Esta artista fue la pintora francesa Léonie Mathisse y que dejara en el país pintadas numerosas escenas del pasado colonial, tanto de Buenos Aires como de Córdoba y de las misiones jesuíticas, que es lo que nos interesa. Léonie Matthis Nació en Francia, en 1883, y a los quince años ingresó a Escuela de Bellas Artes de París, como una de las primeras mujeres admitidas en esa Academia en la que estudió diez años. Casada luego con un retratista español se radicó en Argentina en 1912 y desde entonces, atraída por el paisaje y la historia de nuestro país, hizo muchos viajes al interior pintando en cada lugar cuadros que testimonian la arquitectura y las costumbres de la gente. Para poder hacer sus pinturas contó con el asesoramiento de historiadores como Ricardo Levene y Enrique Udaondo, pero también de figuras como la del escritor Leopoldo Lugones, que en 1903 había hecho una expedición a las misiones jesuíticas, así como del principal historiador de ese período, el sacerdote Guillermo Furlong, autor de un libro clásico como es “Misiones y sus pueblos jesuíticos”. Con el asesoramientos de estos especialistas, Mathisse logró pintar cuadros que nos transportan a aquella época de los pueblos jesuíticos habitados, y vemos así, por ejemplo, una panorámica del titulado “La visita del gobernador” con un enfoque aéreo de la plaza de San Ignacio cuando llega el gobernador con su séquito de hombres a caballo. O los casamientos colectivos de jóvenes guaraníes frente al pórtico de San Ignacio, con las parejas en fila esperando la bendición del sacerdote, o escenas de la imprenta en las misiones, donde se puede ver al cura encargado y los ayudantes indígenas imprimiendo los primeros libros en la primea imprenta del país, mientras otros ayudantes preparan el papel. Todo dentro de esos claustros que ahora son solo ruinas, pero que a partir de esas imágenes nos llevan de manera vívida a aquellos momentos que sin lugar a dudas ocurrieron de esa misma manera. No todos los acontecimientos del pasado han encontrado quien los represente fielmente. Pero sin duda para nosotros, en Misiones, fue una suerte que esta pintora francesa, que murió en 1952, supiera captar con tanta fidelidad y calidad artística aquellos momentos y legarnos esos testimonios únicos que enriquecen nuestra historia.
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Leyenda del cabureí
Hoy en este espacio acerca de lo que sabés de Misiones, vamos a referirnos a una leyenda de gran arraigo popular cuyo personaje central, por sus atributos, ha trascendido la región desde hace mucho tiempo y popularizado en el resto del país. Es la leyenda del cabureí, que tiene como protagonista a ese pequeño búho del monte, fuerte y voraz, capaz de ejercer con su chillido, sobre las otras aves, un poder de atracción que les significa, al final, la muerte. En un testimonio de Mauricio Cardoso Ocampo recopilado por Olga Zamboni y Rosita Escalada para su antología de Leyendas Misioneras, el músico dice: “en realidad su chillido no es más que la imitación del piar de pichones en peligro. Esta oportunidad la aprovecha el pequeño demonio de la selva para ejercer su poder embrujante y atrapar así a sus víctimas con sus poderosas garras. Las aves son incapaces de ensayar una defensa y él aprovecha para asirlas del cuello y de esta forma ahogarlas”. El poder del caburé se atribuye al embelesamiento que provoca su canto y la leyenda cuenta que Tupá, el Dios Supremo, creó a Caburé, un ave de apariencia deslumbrante y canto maravilloso para que los otros animales del mundo anhelaran alcanzar su belleza. Como muy pronto Caburé hechizó con su canto a todos los animales de la selva, Añá, el diablo, buscó su punto débil que consistía en que era fácil de dominar cuando estaba dormido, entonces aprovechó cuando dormía para convertirlo en un ave de rapiña, fea y de canto triste. Pero, como el bien siempre sale triunfante, el canto del caburé continuó ejerciendo su poder magnético y mágico, por lo que poseer una de sus plumas es tener un talismán poderoso. El asunto es que esta capacidad de atracción que ejerce el ave ha hecho que se fabule sobre ese poder, centrado, según la creencia popular, en una pequeña piedra que poseería entre los sesos o, según otros, que esconde en el fondo del nido, y hará que quien se apodere de ella sea afortunado en el amor y en el dinero, pues tiene un poderoso payé. Además de esta supuesta piedra, son codiciadas también las plumas del ave, a las que se le otorgan poderes mágicos relacionados con la eterna lucha del bien contra el mal, pero, por sobre todo, para usarlas como instrumento de atracción sobre aquellas personas que se desean seducir en el amor. Entre otros atributos de este payé, está el que dice que para que la prosperidad llegue al hogar se debe fabricar un amuleto con las plumas del ala del caburé, pero si lo que se quiere es fortuna, entonces hay que recoger los nidos que caen al suelo y juntarlos con las plumas para obtener el amuleto. Pero una cosa es importante: las plumas nunca deben ser robadas a un caburé vivo, o peor aún, matarlo para obtenerlas, porque si esto ocurre todos los deseos pedidos al caburé se tornarán en contra. Una polca paraguaya y un viejo tango, nos hablan también de la difusión que alcanzara esta leyenda generada en medio de la selva guaraní.
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La imprenta en las Misiones
Hoy en este espacio acerca de lo que conocés de Misiones, vamos a referirnos a un hecho muy singular como lo fue la instalación de la imprenta en las Misiones Jesuíticas. Todo un acontecimiento por cuanto esta imprenta, que funcionó en la misión de Loreto, hacia 1700, fue la primera de toda Sudamérica y de lo que más adelante sería la República Argentina. Unos 80 años antes que en Buenos Aires y 65 antes que en Córdoba, considerados por entonces los puntos culturalmente más desarrollados del virreinato. ¿Cómo fue posible que en medio de los montes, en una situación de aislamiento tan grande se construyera una imprenta de tipo europeo con la cual fuese posible editar libros de calidad? Como en otras empresas pioneras, esto fue posible gracias a la iniciativa de los jesuitas Juan Bautista Neumann, austríaco, y José Serrano, español, cuya mayor preocupación era que los libros religiosos, escasísimos por entonces y custodiados como objetos valiosos, pudieran multiplicarse y llegar a más fieles. Desde hacía por lo menos 200 años se sabía que la forma más eficaz de difundir las ideas era a través del libro impreso, ese maravilloso invento del alemán Gutemberg, y los jesuitas venían reclamando a España tener maestros impresores en América, pero, al no haberlo logrado, fue que Neuman y Serrano se pusieron a construir una imprenta con maderas del monte misionero, y a fabricar los tipos de imprenta, es decir, las letras, a partir de estaño, un material que abundaba en las misiones, también la tinta, lograda con mezclas de vegetales entre los que no faltaba la yerba mate. Solamente el papel provenía de Europa. Fue así que estos maestros impresores de las misiones, con aquella imprenta de madera, editaron el primer libro hacia 1700, el Martirologio Romano, que es un catálogo de los santos y mártires de la iglesia traducido por el padre Serrano, y del cual aparecerán ejemplares impresos en otros pueblos de las misiones, lo que ha llevado a pensar a los estudiosos del tema, como el padre Guillermo Furlong, que aquella primitiva imprenta era trasladada temporariamente de un pueblo a otro, como a Concepción, a Santa María la Mayor o a San Javier, donde se imprimían nuevos ejemplares. Al parecer la imprenta como maquinaria se trasladaba, pero en cada lugar habrían existido talleres donde indígenas especializados fabricaban los tipos y sabían acerca de la composición de las páginas hasta que llegaba la imprenta ambulante. Esto de la especialización de los indígenas es una certeza por cuanto en 1724, en Santa María fue impresa una obra escrita por un cacique de ese pueblo, Nicolás Yapuguay, titulada Explicación del catecismo en lengua guaraní, y otra titulada Sermones y ejemplos en lengua guaraní, bajo la dirección del padre Paulo Restivo. Y en ese mismo año Nicolás Yapuguay, que era también un músico destacado de Santa María, editó otra obra hecha en la reducción de San Francisco Javier. Así, en medio del monte, varios libros se editaron en las misiones jesuíticas cuando en el resto de lo que iba a ser la República Argentina, aún no se conocía la imprenta.
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Los lugares que nombra Horacio Quiroga
Por los días en que vivimos, Misiones se promociona como una provincia turística y de hecho multitud de viajeros llegan para conocerla, visitar las cataratas, las ruinas jesuíticas, los Saltos del Moconá, o recorrer otros muchos parajes de incomparable belleza. Pero esto no fue siempre así. Durante gran parte del siglo pasado, por no hablar de épocas anteriores, este territorio selvático permaneció prácticamente oculto para la mayoría de los viajeros, en especial para los turistas, que si bien existían y venían, lo hacían en un número reducido y para llegar debían realizar un largo viaje fluvial, o en tren, en condiciones que no eran las de mayor comodidad. De todos modos eran una minoría, y los lugares de Misiones, en especial del interior de la provincia, permanecían prácticamente desconocidos para el resto del país. Sin embargo vivió aquí un personaje, el escritor Horacio Quiroga, que ya desde comienzos del siglo XX daba a conocer, a través de los escritos que mandaba a los medios gráficos de la capital, muchísimos datos de esta región, sobre flora, fauna, trabajos, costumbres etc. aunque hoy, especialmente, nos referiremos a los sitios que nombraba. En sus libros publicados, como los “Cuentos de amor de locura y de muerte” de 1917, aparecen mencionados el arroyo Paranaí, Puerto Esperanza y otros sitios del Alto Paraná. Y en “Cuentos de la selva para niños”, de 1918, así como en “El salvaje” de 1920, “El desierto” de 1924 o “Los desterrados” de 1926, parecen nombrados San Ignacio y sus alrededores, el Puerto Nuevo, El Puerto Viejo, la boca del Yabebirí, el arroyo Horqueta, los peñones del Teyú Cuaré y otros parajes. Pero antes de esto, al menos desde 1912, Quiroga mandaba a los medios de gran difusión de aquel entonces, notas sobre diferentes aspectos de la vida en estos montes desconocidos por el público, como “El arte de cazar en los bosques de Misiones”, publicado por la revista Caras y Caretas, artículos sobre las plantaciones de yerba mate, las plagas de hormigas y otros numerosos artículos publicados por el diario La Prensa, y las revistas Fray Mocho, El Hogar, Billiken y otras. Esta labor de difusión sobre aspectos de Misiones continuará a lo largo de toda su vida, como puede comprobarse a través de un artículo publicado por La Prensa, en 1937, poco antes de su muerte, titulado “La tragedia de los ananás” en los que se menciona la Estación Experimental de Loreto, lugar al que concurría con frecuencia. Visto a la distancia, y a más de cien años de algunas de estas publicaciones, es posible valorar lo que esto significaría luego para la provincia, que era por entonces Territorio Nacional y, como dijimos, una región apartada y prácticamente desconocida, excepto para los pocos que se aventuraban a llegar para conocerla, o aquellos que lo hacían por razones de negocios vinculados con la explotación de la yerba y la madera, pero que eran también una minoría. Con aquellas producciones y su difusión, no cabe duda que Quiroga fue abonando, anticipadamente, la idea de una Misiones bella y misteriosa en el imaginario de los argentinos.-
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Las fiestas en las Misiones
Hoy, en este comentario acerca de lo que sabés de Misiones, vamos a hace referencia a un día de fiesta en las antiguas Misiones Jesuíticas. Por lo general cuando vamos de visita a alguno de esos antiguos pueblos, nuestra atención se centra en las ruinas que han perdurado, las murallas de piedra, los portales de la iglesia, los huecos de los ventanales, y aunque nos expliquen qué dependencias eran aquellas, nos cuesta imaginar aquel lugar poblado por cientos de personas, las habitaciones techadas y habitadas por los indígenas y el templo en todo su esplendor, lleno de fieles. Nuestro paseo, como el que hacen miles de turistas, nos lleva a caminar por el gran espacio abierto de la plaza. Y es justamente aquí donde nos detendremos un momento para evocar, según el relato de cronistas de aquella época, cómo eran las celebraciones llenas de color, sonido y movimiento que allí, en la plaza, tenían lugar para las festividades de los santos, o para festejar la visita de obispos y gobernadores. Nos dice un cronista de aquella época: “los jóvenes indígenas representan en la plaza esgrimas y escaramuzas, con golpes al compás y jugando al modo militar con banderas pequeñas y otros con espadas. Unas veces vestidos a lo turquesco o a lo asiático, con vestidos, con alfanjes, lanzas, saetas y a veces, con bolas de fuego que disparan a compás. Hay también variedad de danzas de ángeles y diablos con los trajes correspondientes, peleando unos con otros. Salen cuatro compañías de danzantes por las cuatro esquinas de la plaza, con banderas, cajas, lanzas, espadas y armas de fuego y al son de clarines, danzan, se encuentran, se acometen, se retiran y juegan a disparar sus armas. En otra salen dos ejércitos al son de clarines y timbales, uno de ángeles vestidos a guisa de pelea, con peto y espaldar carmesí, con morrión hermoseado de plumaje, con espada y escudo con el nombre de Jesús en el medio. Otros de diablos, con horrorosas máscaras y feas puntas en la cabeza, con lanzas y un feo escudo, lleno lo restante de llamas, víboras y culebras y el caudillo Lucifer con una bandera negra. Tocan los clarines, arremeten los ángeles contra los malos, los desordenan, hieren y atropellan. Forman en escuadrón con variedad de mudanzas, vuelven a rodearlos y desbaratarlos, con mucho ruido y al compás de clarines y timbales hasta que luego de muchas refriegas, el último ángel arremete contra el último diablo llevándolo a estocadas hasta un lienzo grande en que está pintada horrorosamente la boca del infierno. Tras cada una de estas representaciones, salen varios indios para entretener a la gente con algún entremés mientras se visten los otros. Tal vez este relato auténtico de aquella época, sirva para que en la próxima visita que hagas a las ruinas, puedas evocar, por sobre el silencio que las envuelve, aquellos momentos de hace tantos años, las cosas ocurridas en esos lugares donde sólo se ven paredes destruidas, pero que fueron, en un momento, pueblos llenos de vida a los que la provincia debe, nada menos que su nombre.
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La colonización alemana
Hoy, en estos temas acerca de lo que sabés de Misiones, tu provincia, nos referiremos, por supuesto de manera muy breve, a un historia de por sí extensa y cargada de los más diversos aspectos como lo es la colonización de la provincia y, es este caso, la colonización alemana, una de las tantas corrientes inmigratorias que llegaron a Misiones y sobre la cual existen, por suerte, muchos y muy buenos trabajos escritos y publicados. Se trata de una historia, como todas las referidas a la colonización, que se refiere al desarraigo, a la adaptación a una nueva tierra lejana del país de origen, y cruzada, siempre, por el dolor, el miedo, la incertidumbre y la nostalgia sobre las que, a fuerza de valentía y perseverancia, se fueran imponiendo la esperanza, el arraigo, y más tardíamente, la prosperidad. Herman Müller, en su trabajo titulado “Gringo”, referido a esta colonización altoparanaense, nos dice: “Si aquellos emigrantes hubiesen sabido lo que les esperaba, nunca se hubiesen atrevido a efectuar semejante paso, y si les hubiese sobrado algún dinero para el viaje de regreso muchos de ellos se habrían decidido por esa opción; pero no les quedaba otra que permanecer.” “Los bichos, el clima subtropical y las enfermedades alevosas; sin techo que los protegiera; bienes muebles expuestos a la intemperie; sin cama donde dormir; asearse en aguas del arroyo; el próximo vecino a muchos kilómetros de distancia y solo con la ayuda de un machete accesible. Este fue el comienzo, en un país con un idioma que no dominaban, con las costumbres tan distintas a las que entonces hubiesen tenido. Después de quince años de haber llegado los primeros colonos, las chozas fueron sustituidas por casas de madera edificadas sobre cepos para que entre la tierra y el piso les fuera imposible anidar a los roedores y reptiles. En el patio algunas gallinas dormían en un árbol, unos cerdos en el chiquero y, muy importante, un caballo, imprescindible para atravesar el monte por las picadas o uncido a un carruaje para transportar personas o materiales. Una vez al mes surcaba río arriba un barco de vapor para suministrar a los pobladores lo que la tierra roja no producía: harina, azúcar, sal, clavos alambre, botas alpargatas, hachas, serruchos y machetes. Este barco amarraba en un lugar que denominaban puerto, pero que no era más que un banco de arena que desaparecía con la creciente. Así vivían en plena selva lo alemanes que eran oriundos de distintas provincia de ese país. De vez en cuando la llegada de algún barco culminaba en una sorpresa que consistía en la llegada de una carta de la tierra lejana, y de esta alegría no sólo participaban los familiares, sino los vecinos y amigos que recordaban con nostalgia la tierra que dejaron. En el detallado y vívido trabajo de Müller se puede apreciar lo que fuera la épica de trabajo y esfuerzo de aquellos inmigrantes. Por eso afirma: “aquellos que superaron las circunstancias desfavorables y que con gran afán lograron, después de muchos años, un modesto bienestar, merecen nuestro reconocimiento. Ellos han hecho de esta región, la hoy pujante provincia de Misiones.-
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Cuando los arroyos no daban paso
Hoy en estos temas acerca de lo qué sabés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a un aspecto que tuvo, tiene, y tendrá siempre que ver con el desarrollo económico y las comunicaciones. Nos referimos al sistema carretero, que aún bien avanzado el siglo XX siguió teniendo sus serios inconvenientes en Misiones. Tradicionalmente los grandes ríos Paraná y Uruguay habían sido las vías para trasladarse, pero el interior del Territorio, y de la Provincia luego, a partir de 1953, siguieron teniendo problemas con los trazados carreteros, en especial en épocas de lluvias, cuando era necesario vadear los numerosos arroyos del interior, algunos muy anchos como el Yabebirí, el Ñacanguazú o el Piraí Miní que, según la expresión popular: “no daban paso”. Y aun los más pequeños. Para ello en el año 1928 el estado mantenía 13 puentes y dos balsas para una extensión total de 350 kilómetros de caminos. Y a cargo del Estado también estaba el pagar el sueldo de once guardianes de estos puentes y balsas. En el arroyo Yabebirí, a la altura de San Ignacio funcionaba una balsa que se hundió en junio de 1933, y por esa circunstancia se decidió construir un puente de madera que se inauguró en febrero de 1934. Los recursos para construir ese puente, -cuyos pilares de madera sobrevivieron hasta la década de los 90- fueron provistos en parte por el gobierno y en parte por empresarios yerbateros de San Ignacio, y las maderas utilizadas en la obra la donaron algunos vecinos y comerciantes de la zona. Herman Müller, en su trabajo sobre “La colonización alemana en Misiones”, nos cuenta que: “Los arroyos solían atravesarse por medio de vados, y en los de mayor caudal se levantaron puentes. Estos puentes, sumamente estrechos, sólo daban paso a un vehículo, pero si casualmente se encontraban dos vehículos de ambos lados del arroyo, uno de ellos tenía que darle paso al otro para luego emprender el cruce”. En algunos lugares donde las aguas eran anchas y profundas se instalaban balsas. Un cable tendido de orilla a orilla sujetaba la balsa y por medio de él se efectuaba el recorrido. Un hombre equipado con una palanca que enganchaba al cable, ponía la balsa en movimiento y así, a fuerza muscular, se llegaba a la orilla opuesta.” “Apenas terminada la ruta circularon los primeros colectivos, construidos de madera sobre chasis de camión, que carecían de toda comodidad. Con bancos de madera dura y vidrios corredizos en las ventanillas. Viajar en ellos era aventurado. Si a su llegada a un arroyo crecido no era posible seguir viaje, a los pasajeros no les quedaba otra posibilidad que pernoctar a orillas del arroyo o dentro del colectivo. Y si al amanecer el arroyo había bajado el chofer decidía proseguir el viaje o no. Algunos choferes, muy audaces y sin responsabilidad atravesaban los puentes aun estando estos parcialmente bajo el agua. Estas irreflexiones provocaron accidentes de gravedad, a veces con consecuencias fatales.” Aspectos de una Misiones no tan lejana, y de la que muchos recuerdan todavía aquella frase decisiva que interrumpía el viaje: “El arroyo no da paso”.
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Un relato de Horacio Quiroga: “Frangipane”
Hoy, en estos relatos acerca de qué conocés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a una anécdota vinculada con el escritor Horacio Quiroga durante su residencia en San Ignacio. Es un episodio que nos cuenta en sus relatos sobre “La Vida en Misiones”, que mandaba a medios de Buenos Aires, y tiene que ver con un perfume, con uno de esos perfumes que alguna vez sentimos en la infancia y que cuando somos adultos, por más años que hayan pasado y volvemos a sentirlo, nos remontan otra vez a aquellas lejanas sensaciones, porque quedan grabados en nosotros de por vida. A Quiroga le ocurrió esto con un perfume que usaban su madre y sus hermanas mayores, en Uruguay. El perfume se llamaba “Frangipane” y él nunca supo de dónde se lo obtenía, por más que le había dicho que provenía de una flor de la China. Dice Quiroga: “Varias veces había interrogado a mi madre y hermanas sobre el origen del perfume, sin que una ni otras pudieran informarme al respecto”. Hasta que ya siendo un hombre mayor, acá en Misiones, conoció el llamado “jazmin Magno”, una planta que en la actualidad abunda mucho en los jardines y en el arbolado urbano, pero que en los tiempos de Quiroga en Misiones, no era una planta frecuente. Entonces, nos cuenta, fue creciendo su ansiedad por saber de dónde provenía aquella planta, de las que por entonces escaseaban en Misiones, y consultando un catálogo de la Escuela de Agricultura de Posadas, vio que ofrecían en venta estacas de Jazmín Magno. Compra una muda, la lleva a San Ignacio, pero la planta pasa largos meses sin echar un brote, hasta que un día entra a crecer, pero él necesita saber el nombre científico de aquella planta y nos dice: “Lo cierto es que yo mismo no sé a qué atribuir mi ansiosa obsesión por esa planta. Era algo más fuerte que yo”. Pasa el tiempo y un día, en una revista ilustrada que elogia las plantas de la ciudad de Paraná, lee: “Espléndido Jazmin Magno” y su nombre científico: plumeria rubra, entonces va a la Estación Experimental de Loreto, a donde siempre concurría, y allí el director le facilita el acceso a una enciclopedia inglesa en la que lee: “plumeria rubra, también llamada frangipane. Originaria de las Antillas.” A partir de ese momento dejemos que sea el propio Quiroga el que nos cuente el final de esta historia: “¡Ah! -dice- Instantáneamente comprendí los oscuros motivos que me había llevado a ciegas, como se lleva un ser inconsciente de la mano a agitar mis horas tras el nombre de una planta ecuatorial!” “¡Frangipane! Desde el fondo de cuarenta o cincuenta años, una criatura surgía, llorosa y feliz a la magia de ese nombre. Volví lentamente a casa, cuando comenzaba el crepúsculo. La tarde agonizaba en altísima y celeste claridad. Lentamente, por la carretera que ascendía las lomas, entraba en el bosque, proseguía sobre el puente del Yabebirí, el coche llevaba consigo, más como pasajero que como conductor, a un hombre de sienes ya plateadas, dulcemente embriagado por los recuerdos de su lejana infancia”.
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Viene un Bulto a Camalote
Hoy en este espacio sobre que conocés de Misiones, vamos a mencionar un relato que pone en evidencia un aspecto sórdido de la realidad de la provincia en tiempos en que era, todavía, Territorio Nacional. Nos referimos a los asesinatos de peones en los obrajes que luego el río se ocupaba de llevar en su corriente. Un tema muy mentado en la literatura misionera, y por supuesto en la crónica policial, pero tratado en este caso con la mayor economía de palabras por un narrador prácticamente desconocido y, seguramente no nativo de Misiones. Su nombre es Alberto Iglesias, y lo publicó en un libro de relatos, hacia el año 1948, bajo el título “Viene un bulto a camalote”. Una narración que nos remonta a una época de sórdida violencia e injusticias, encubiertas por el hermetismo de la selva. Comienza contando que es el atardecer y él está solo, acampado en la orilla del río, suponemos que pescando, y suponemos también que es el Paraná, aunque no lo menciona. Ha prendido fuego y toma mate. Es la hora en que el río comienza a aletargarse, -nos cuenta- y el monte levanta más y más sus hombros oscuros. Las sombras se estiran, se deslizan, trepan, y ya comienza la selva a acechar con sus ojos sin pupilas cuando: “Repentinamente -dice- mi vista se agudiza allá, sobre el filo de la corriente. Un bulto blanco, opaco, viene girando desganadamente por las aguas que se desplazan con lentitud. Se abre un borbollón: gira blando el bulto, avanza en línea recta, se detiene, cambia de ruta, y entra finalmente al remanso, moviéndose raro, grotesco y pesado. Su aspecto me intriga. No puedo dejar de mirarlo. Abandono mi sempiterno mate, voy hacia la canoa, empuño los remos y avanzo en dirección al bulto, para satisfacer mi curiosidad. Me acerco al bulto, es el cadáver de un hombre, descompuesto, hediondo, desfigurado. Flota boca abajo. Con la punta del remo lo doy vuelta y mientras lo mantengo así, con la otra empuño la linterna. La muerte hace una mueca en sus dientes al aire. Las cuencas de sus ojos se hacen más hondas, más horribles a la luz de mi linterna. El zarpazo de la muerte, rápido y firme se muestra en el hachazo bárbaro que hunde y divide la frente. La luz de mi linterna se clava, se obsesiona sobre esa pesadilla. Las ropas de mensú del cadáver, hablan de algún oscuro drama. Quiero imaginar lo sucedido, pero la muerte, patente y brutal, enclavada en aquella cabeza deforme, me impide pensar. La miro, nomás. Vuelvo al campamento, avivo el fuego, y retorno, solitario, a tomar mate. El viento me trae el olor del muerto que sigue en el remanso. No aguanto más y vuelvo a la canoa, me dirijo otra vez hacia el bulto, y me arreglo para empujarlo con la proa, de vuelta a la corriente. A cada remada, el bulto chapotea sordamente en las aguas oscuras. Finalmente reemprende su largo viaje, río abajo, tapado por las sombras. Nuevamente al lado del fuego, continúo mi interrumpido mate, y pienso un poco en la muerte.
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Informe del Dr. Ramón Madariaga
Hoy, en este espacio sobre qué conocés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a un Informe muy singular. Se trata del informe Sanitario que el Doctor Ramón Madariaga eleva, en 1906, al por entonces Gobernador del Territorio, Manuel Bermúdez, y a través del cual podemos saber cuáles eran, por entonces, la mayores urgencias que en materia de salud padecía Misiones. Como sabemos, el doctor Ramón Madariaga, cuyo nombre lleva el Hospital de Posadas, fue un prestigioso médico español que se desempeñó como profesional entre fines del siglo XIX y principios del XX, realizando una importantísima tarea, médica, sanitaria y comunitaria. ¿Y a qué problemas sanitarios se refiere el Doctor Madariaga en su informe? Veamos de manera sucinta lo que dice: “En este hermoso Territorio de Misiones, en que casi es desconocido el invierno, se tiene un sinnúmero de enfermedades que le son propias como país sub tropical. La más común es el paludismo, que para los meses de diciembre, enero y febrero suele tomar el carácter de fiebre continua y perniciosa, y donde más estragos produce es en las riberas del Paraná donde no queda casa, rancho o albergue próximo a esta capital donde alguno de sus moradores no pague tributo a esta enfermedad yendo a aumentar la estadística obituaria.” Se refiere luego a las enfermedades de la piel entre ellas la temible lepra, pero la más extendida nos cuenta, es sin duda la sarna, que va difundiéndose y tomando carácter de forma ulcerosa pertinaz. “De parásitos intestinales es enorme la cantidad de atacados por la tenia solium en este Territorio, pero, lo que jamás he observado y a pesar de parecerse esta ciudad a la de Constantinopla por el sinnúmero de perros que pasean por sus calles, han sido los quistes hidatídicos.” De parásitos exteriores –dice Ramón Madariaga- he tenido que asistir con frecuencia a enfermos debido al deshove de moscas sobre el cuerpo, en fosas nasales y conducto auditivo. A veces he visto a individuos atacados por este gusano de la uraque ha perforado el tabique nasal, la bóveda palatina y penetrado en el cráneo provocando la muerte del paciente. Se refiere también a la profusión de niguas o piques, pero, sobre todo a los flagelos del alcoholismo, la sífilis, la tuberculosis y el bocio. También la fiebre tifoidea, debida a las malas condiciones de las aguas de las que se hace uso en las afueras de la ciudad. “El agua de que se sirve la población, -cuenta- como que carece de aguas corrientes, proviene de pozos, cisternas, aljibes y del río Paraná.” Luego recomienda medidas profilácticas con respecto a la tuberculosis. Mil veces he repetido en hoteles y casinos –dice Madariaga- lo que la ciencia recomienda hoy día a estos centros, pero es predicar en el desierto, y lo que hacen, cuando algún tuberculoso mal aconsejado llega a esta ciudad, es cuando empiezan a tomar medidas, dando a conocer al enfermo en triste situación, lo que es inhumano y cruel.” Todo un panorama de la situación sanitaria de Posadas y la provincia en este informe médico de hace más de cien años.
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Un relato de Benito Zamboni
Hoy, en este espacio referido a qué conocés de Misiones, tu provincia, vamos a hacer referencia a un hecho… tragicómico, ocurrido en 1921, entre Candelaria y Santa Ana, y el que lo cuenta es Benito Zamboni, un colono de origen italiano, radicado en esta última localidad y que dejara en Misiones varios destacados descendientes. En un libro titulado “Escenas Familiares Campestres” que recopila los escritos que Benito Zamboni mandaba a “La Italia del Pópolo”, un diario de Buenos Aires, aparece este relato que nos habla de las cosas que sucedían en los caminos misioneros de entonces. Nos cuenta Zamboni: “Una tardecita de bello plenilunio volvía de Posadas a Santa Ana. Alrededor de la medianoche llegué a Candelaria y aquí empiezan los bosques. El camino no es más que un sendero de zanjas, piedras y troncos. El caballo avanza a paso lento. Serían aproximadamente las dos de la mañana y cerca de un monte, a la orilla del camino, veo un carrito con las varas al aire y un hombre sentado en el suelo, con el torso apoyado en las tablas de la parte posterior del carro. Como los carreros en los caminos solemos conversar, me aproximo y digo: “¡Buenas noches amigo! Nada. ¡Buenas noches! –repito- pero él continua roncando. Me acerco y: -¡Caramba, que sueño duro tiene usted! Y con la punta del pie toco el suyo, pero inútilmente. Lo toco otra vez y veo que a cada golpe de mi zapato contra el pie el hombre responde con un movimiento de la cabeza. Me viene una sospecha atroz… ¡Pero no podía ser si roncaba! Enciendo un fósforo, y veo un ojo cerrado y el otro vítreo que me mira fijo. Tomo una mano, está helada y el brazo cae inerte. En suma: ¡no es más que un muerto! El hombre al parecer duerme. Trato de permanecer calmo y me pongo a escuchar, porque lo extraño y pavoroso es que yo oía roncar al muerto. Atento caigo en la cuenta de que quien ronca no es el muerto sino uno escondido bajo las tablas del carro. Rápidamente levanto el carrito y veo debajo, al amparo del rocío, un ataúd, y adentro un vivo que duerme. Voy a despertarlo cuando una voz detrás de mí me hace el efecto de una cuchillada: -¿Qué busca usted allí? -Busco -respondo- darme cuenta de lo que pasa aquí. -No se asuste señor. El que está aquí en el cajón es mi hijo, que es algo enfermizo y mientras yo cavaba la fosa en el cementerio que está aquí cerca, para qué pudiera dormir, sacamos el muerto y lo apoyamos en el carro, entonces mi hijo se acomodó para dormir en el cajón. El muerto es un tal Tour que vivía solo y mientras otro vecino avisaba a las autoridades yo me encargué de sepultarlo, pero me agarró la noche y quisimos echar un sueñito antes de ponerme a trabajar. Y luego extrajo del fondo del cajón donde el hijo seguía durmiendo una botella de caña que me ofrece. Le doy las gracias y vuelvo al camino con mi sulki. Llegué a casa cuando amanecía.
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El Canto Resplandeciente. Plegarias mbyá guaraní
A menudo, cuando transitamos por la ciudad los vemos, en la puerta de los supermercados pidiendo una moneda, ofreciendo limones, algún animalito tallado o, al costado de los caminos del interior vendiendo sus artesanías. Hablamos de los mbyá –guaraní, que ya despojados del monte nativo y de sus formas tradicionales de vida intentan, sin otra salida, adaptarse y sobrevivir a los cambios impuestos por el blanco. Tal vez sean los más pobres entre los pobres y nuestro vínculo con ellos es ese contacto fugaz al darles una pequeña ayuda, en el mejor de los casos. Pero poco o nada sabemos de ellos, de sus padecimientos y mucho menos de su vida interior. No manejamos su lenguaje y ellos apenas comprenden el nuestro en esos intercambios de unas pocas palabras. Sin embargo estos mbyá que vemos acampados en las plazoletas o deambulando con sus hijos pequeños por las calles, están provistos de toda una cultura que portan en su memoria y que es trasmitida a su descendencia. Un mundo cerrado al que por lo general, no tenemos acceso. Sin embargo, allá por 1984, la publicación de un libro muy especial, permitió tener un acercamiento al pensamiento de este pueblo nativo y marginado. Este libro fue “El canto resplandeciente”, debido al escritor –ya fallecido- Carlos Martínez Gamba que en una edición trilingüe: mbyá- yopará paraguayo y castellano, nos acercó a la intimidad de estos paisanos con los que tenemos una comunicación tan precaria. Un milagro sólo posible al conocer Martínez Gamba la lengua indígena y permitirnos entrar, por un momento al sentimiento profundo de esa cultura cerrada para la mayoría. “El Canto Resplandeciente” es una recopilación de relatos, plegarias y tradiciones Mbyá a través de los testimonios de los caciques Lorenzo Ramos, Benito Ramos y Antonio Martínez. Un trabajo arduo, sólo posible gracias a la dedicación que Martínez Gamba le puso y que le permitieron entrar en confianza y frecuentarlos hasta sentir levantadas las barreras de la desconfianza. Recién ahí estos caciques abrieron su corazón para referirse a su realidad de despojo del monte nativo; a los extranjeros que recurren a engaños para conseguir lo que desean; al esfuerzo que significa vivir en esas condiciones, pero también expresar sus cánticos infantiles, las canciones de cuna, sus oraciones, las leyendas como la de la yerba mate, o las plegarias como ésta, denominada “Esfuerzo”, elevada por la mañana al levantarse al Padre Ñamandú, verdadero, el primero: “Por tu inmensa morada terrenal ya otra vez tus hijos se levantan al mismo tiempo que tu reflejo, el sol. Por todos los lugares en donde existen aldeas todavía Aquellos hombres a los que proveíste de adornos, aquellas últimas mujeres a las que proveíste de adornos se levantan otra vez para andar Por los pueblos de los extranjeros, rebuscándonos para que nuestros hijos tengan con qué alimentarse, He aquí que todo esto te cuento y te envío y nunca he de hacerte a un lado, nuestro Padre Ñanamdú Verdadero, el Primero…” Palabras de los hijos de esta tierra, desposeídos, con una gran vida interior y a los que vemos a diario sólo como parte del paisaje cotidiano.
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Marcos Kaner, por las Rutas del Moconá
Entre los muchos atractivos turísticos que ofrece Misiones, sin duda se destacan, en primer término las cataratas del Iguazú, las ruinas de los pueblos jesuíticos y ese maravilloso fenómeno natural que forma el río Uruguay y que son los Saltos del Moconá. Pero, así como las cataratas eran conocidas y frecuentadas al menos desde comienzos del siglo XX, al igual que las ruinas de San Ignacio, los Saltos del Moconá, si bien conocidos, permanecieron ajenos al turismo hasta que los caminos para llegar a ellos se hicieran transitables, y de eso no hace tanto tiempo. Además, como siempre ocurre, cada lugar tiene sus precursores. Alguien que ha dejado testimonio mucho antes de que pudiera llegarse con facilidad hasta allí y por eso vamos a referirnos a una excursión que hace Marcos Kaner al Moconá hacia fines de los años 50, del pasado siglo, cuando un amigo le propone que lo acompañe en calidad de experto. Pero antes digamos dos palabras sobre quién fue Marcos Kaner. Oriundo de la provincia de Buenos Aires pero crido en Entre Ríos, llega a Misiones en 1926 para llevar a cabo aquí una intensa actividad como dirigente gremial, periodista y fundador de varios sindicatos. Radicado en Oberá comparte los veranos con Horacio Quiroga en su casa de San Ignacio y se convierte en un profundo conocedor de la provincia, su gente, y los problemas laborales de los trabajadores. Pero ahora lo tenemos recorriendo el Moconá y nos relata: “Allá vamos entre los pedregales, frente a la cortina de espuma que se descuelga a lo largo del flanco argentino. Resulta difícil explicar el remoto cataclismo que dio lugar a este capricho de la naturaleza.” “Sentado en una piedra, contemplo extasiado esa maravilla que satura los sentidos. El lenguaje hablado o escrito es pobre para describir un cuadro tan impresionante…” “En nuestro país el Iguazú suena a cosa lejana; en cuanto al Moconá, ni siquiera figura en los mapas…” Bordeamos unos canalones que penetran varios metros entre los pedregales. Allí es donde los indígenas realizan su pesca. De pie, semejando una esfinge, con el arco o la fija preparados para el tiro ágil. Cuando en los canalones penetran los dorados persiguiendo su presa, la esfinge se transforma y un tiro certero de flecha o de fija, deja al pez boqueando entre las piedras…” Hay muchas cosas curiosas aquí para despertar el interés de los hombres de ciencia y de los amantes de las bellezas naturales. Cuando el Moconá se convierta en un centro turístico nos deparará muchas sorpresas muy gratas para los argentinos.” “Mis compañero me indican por señas que hay que avanzar hasta el último salto, el más soberbio y prodigioso: ¡El Moconá! Allí solamente me embargó un anhelo: que todos los argentinos conozcan lo que atesora el país donde nacieron y habitan hombres de muchas razas que llegaron a sus playas en busca de un porvenir que les fuera incierto en sus tierras de origen.” Estas son algunas de las anotaciones registradas por Marcos Kaner en ese deslumbrante viaje al Moconá cuando no era aún un lugar accesible para los viajeros.
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La Leyenda de la Caá Yarí
Hoy, en estos temas que frecuentamos acerca de lo que sabés de Misiones, tu provincia, vamos a recrearnos con la evocación de una leyenda misionera, recopilada hace más de un siglo por un investigador prestigioso como lo fuera Juan Bautista Ambrosetti y retomada luego por Olga Zamboni y Rosita Escalada en su libro “Mitos y Leyendas de la región guaraní”. Se trata en este caso de la leyenda de la Caá Yarí, la reina de los yerbales misioneros. Esta leyenda de origen indígena fue modificada luego del periodo jesuítico, y sus protagonistas fueron en un principio los descubierteros, llamados por entonces mineros, aquellos personajes que se adentraban en la selva virgen, machete en mano, en busca de los yerbales naturales extendiéndose luego a todos aquellos vinculados a la cosecha de la yerba como los tareferos. Cuenta la leyenda que cierta vez Dios, acompañado de San Juan y San Pedro, viajaban por la tierra para probar a los hombres en sus virtudes y defectos y un día llegaron, fatigados, a la casa de un viejito que vivía en medio de la selva con su mujer y una hija muy bella. Era gente muy pobre, pero no vacilaron en poner a disposición de los viajeros lo poco que tenían para comer. Entonces Dios, conmovido por este gesto, y luego de preguntarle a San Pedro y San Juan que harían, lo premió haciendo que la hija, bella y pura fuese inmortal y no desapareciera nunca de la tierra. Es así que la trasformó en la planta de la yerba mate, que vuelve a brotar aunque se la corte y desde entonces los descubierteros, sabiéndola la reina de los yerbales hacen un pacto con ella consistente en una promesa que realizan para la Semana Santa, prometiéndole que si los ayuda, vivirán siempre en los montes y jurando no tener trato alguno con otra mujer. Hecho este voto, se encaminan al monte y depositan en una planta de yerba mate un papel con su nombre. Pero el descubiertero que hace esto debe tener gran valor, porque para probar su fidelidad la Caá Yarí lo pondrá primero a prueba lanzando sobre él víboras, sapos y fieras con el objeto de probar su presencia de ánimo. Entonces, si el que ha hecho el voto muestra valor y resiste la prueba, verá en ese momento como habrá de aparecérsele la Caá Yarí como una mujer joven y bella para favorecerlo siempre en todo, en especial al momento de pesar la yerba encontrada, aumentando el peso de cada ponchada. Pero si el tarefero no fuese fiel y llegara a traicionarla, la Caá yarí, despechada, no vacilará en provocarle la muerte. Entonces sus compañeros habrán de susurrar al oído: “Traicionó a la Caá Yarí; la Caá Yarí se ha vengado…” Como puede apreciarse esta leyenda mezcla lo sagrado y lo profano y tiene múltiples variantes según los lugares. Así por ejemplo en las zonas yerbateras de Brasil la Caá Yarí tomará el nombre de Caá Pora, pero como leyenda regional siempre estará presente para enriquecer la amplia y variada gama de relatos de esta maravillosa tierra.-
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Carlos Bosetti
Los visitantes que recorren las cataratas del Iguazú dan en su paseo con un salto que se denomina: Salto Bosetti, y los habitantes de Posadas frecuentan un paseo céntrico -que fuera antes un mercado- y que lleva también ese nombre: Paseo Bosetti. Por supuesto los dos lugares hacen referencia a la misma persona, aunque no muchos saben quién fue este Bosetti y por eso es que hoy vamos a referirnos a él. Carlos Bosetti fue un Explorador y Colonizador de lo que fuera el Territorio de Misiones, hacia la segunda mitad del siglo XIX. Había Nacido en Italia, en 1820, y hacia 1852, llegó como inmigrante a la Argentina incorporándose al ejército que en por entonces llevaba a cabo la campaña en las fronteras contra el indio en la zona de Bahía Blanca, bajo las órdenes del comandante, también italiano, Bautista Charlone. Algunos años después, terminada la campaña y siguiendo sus impulsos de aventurero, se dirigió a la región chaqueña y recorrió las zonas costeras del río Paraguay hasta su confluencia con el Bermejo, cruzó el Paraguay y llegó al Alto Paraná, y al estallar la Guerra de la Triple Alianza, en 1865, Bosetti, que se encontraba en el estado de Rio Grande do Sul, en Brasil, se incorporó como voluntario en el ejército brasileño hasta el final de esa guerra. Fue entonces cuando pasó al territorio de Misiones, donde se estableció y entabló contacto con su compatriota Adamo Lucchesi, famoso conocedor por entonces de la zona y de los aborígenes que la poblaban. Juntos emprendieron una expedición a la selva misionera y descubrieron, en la zona de San Pedro y San Antonio la mayor parte de los yerbales naturales que aún perduraban. Es la época, entre 1881 y 1882, en que Misiones se separa de Corrientes y el Gobernador Rudecindo Roca divide el territorio en cinco departamentos y ordena una expedición a Francisco Cruz, uno de sus comandantes en busca de tierras en el alto Paraná para la instalación de colonos. Esta expedición la dirige Bosetti, convertido ya en un experto conocedor de la zona, y tiene la particularidad, esta expedición, de redescubrir las cataratas del Iguazú. Un atractivo que poco a poco será frecuentado por otras expediciones científicas y a ser conocidas y admiradas. Desde entonces Bossetti acompañará cuanta expedición llegue a las selvas altoparanaenses, a veces de empresarios y otras de investigadores. Entre ellas, una en 1883, cuando acompaña al explorador italiano Giacomo Bove, quien, como resultado de su expedición, escribirá el libro “Notas de un viaje a las Misiones y el Alto Paraná”, publicado en Génova en 1885. En ese libro, Bove transcribe una carta que Bossetti le enviara desde Buenos Aires, en la cual hace consideraciones sobre la expedición y complementa las investigaciones realizadas con datos sobre la flora regional, aportando una lista de casi un centenar de plantas indígenas. También en esa carta Bossetti aconseja la inmigración de italianos a esta tierra, apta para todos los cultivos. Por último, radicado en el departamento de Iguazú y dedicado a la explotación de la yerba mate, Bosetti realiza un viaje a Europa y fallece en la ciudad de Barcelona en 1909.
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Bernardo de Irigoyen
Con toda seguridad conocerás, o al menos habrás oído nombrar la localidad misionera de Bernardo de Irigoyen, cabecera del Departamento de General Belgrano. También sabrás que es el punto más oriental del territorio argentino, “el lugar donde más temprano sale el sol en el país”, y que esta ciudad, en la llamada frontera seca, está calle de por medio de la ciudad brasileña de Dionisio Cerqueira. También que muy cerca de allí está el punto más alto, no sólo de Misiones sino de la Mesopotamia argentina, el cerro Barracón”, con 835 metros de altura y que históricamente la zona se conocía con ese nombre, como Barracón, por existir justamente en las cabeceras del arroyo Pepirí un barracón muy mencionado por los viajeros. También habrás oído hablar de los altos pinares de esa zona y de los antiguos manchones de yerba mate que abundaban cuando todavía se explotaban los yerbales silvestres, pero de lo que seguramente no habrás oído hablar tanto es del personaje histórico por el cual lleva el nombre esa localidad: Bernardo de Irigoyen, de modo que en este espacio sobre qué conocés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos brevemente a esta figura cuyo nombre a menudo mencionamos cuando nos referimos a ese punto fronterizo donde confraternizan el portugués con el castellano y se habla el portuñol. Bernardo de Irigoyen fue un estadista y político argentino, nacido en Buenos Aires, que vivió entre 1822 y1906 y cuyo nombre completo, como se estilaba en aquel entonces, era Bernardo Fermín Matías José María de los Dolores Irigoyen Bustamante. Fue abogado y la mayor parte de su vida, además de dedicarse a las actividades agropecuarias, entre ellas la cría de ganado lanar, estuvo consagrada a la política. Fue uno de los gestores del Acuerdo de San Nicolás, ese acuerdo que fue una de las bases de la Constitución Argentina de 1853. Intervino en la cuestión de límites con Brasil así como también en conflictos limítrofes con Chile y Paraguay y, durante la Revolución del 90, uno de los intelectuales que dio lugar a la gestación de la Unión Cívica, más tarde Unión Cívica Radical. Fue senador nacional y ministro de Relaciones Exteriores en dos oportunidades, durante el gobierno de Nicolás Avellaneda, en 1874 y durante el gobierno de Roca, en 1880, así como también ministro del Interior y, en 1898, elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires. Bernardo de Irigoyen fue también un prolífico periodista y un orador brillante, que se destacaba en las asambleas de entonces. También escritor sobre temas jurídicos, de aquellos que sentaron doctrina, como sus trabajos sobre La Patagonia, las Cuestiones de Límites con Chile y otros de Jurisprudencia Nacional y, como dato curioso, podemos agregar que la que fuera su casa, en la ciudad de la Plata, fue en el siglo XX la sede de la Escuela Superior de Periodismo. Con respecto al nombre de esta localidad, en su Diccionario Toponímico de Misiones, Miguel Stefañuk dice que: “Por decreto del 12 de septiembre de 1934 se le asignó, -a esa población conocida como Barracón- la denominación actual de Bernardo de Irigoyen”.
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Juan Queirel
Como nos ocurre con frecuencia, al circular por una calle que lleva el nombre de alguna persona, ignoramos quién fue o tenemos algún dato impreciso acerca de por qué merece estar en ese cartel en alguna esquina. Hoy, incursionando en estos temas sobre qué conocés de Misiones, nos detendremos un momento en uno de esos nombres que lleva una calle de Posadas: Juan Queirel, y habremos de mencionar, al menos algo, sobre esa figura que representa, para Misiones, mucho más que el nombre de una calle. Juan Queirel fue un correntino que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, y cuyos trabajos tendrían decisiva influencia en lo que fuera el Territorio de Misiones ya que fue agrimensor, explorador, científico y un escritor que nos legara las más importantes observaciones sobre ese mundo de la selva abigarrada que la colonización iba abriendo a fuerza de hacha y machete. Queirel había sido en su juventud soldado en las luchas correntinas y un hombre hecho a sí mismo en la formación profesional, que alternó con la vida agreste de campos y selvas sin perder jamás su capacidad de observación y su visión sobre los recursos que en cada zona pudieran explotarse. Once años trabajó en Misiones mensurando. En 1890, el pueblo y colonia de San José y en 1892 la planta urbana de Apóstoles, a fin de facilitar el arraigo y organización de los pobladores ya establecidos, la mayoría colonos de origen brasileño, paraguayos y polacos. Mensuró más de 400 leguas de tierras públicas y privadas, remontando el Paraná, el alto Uruguay y recorriendo todo el interior de la provincia. Dice de él Juan Bautista Ambrosetti, otro pionero en el descubrimiento de los recursos de Misiones: “El señor Queirel es uno de los pocos hombres que conocen a fondo nuestras misiones y es el que ha medido más campos en ella.” “Además de sus tareas profesionales, ha hecho observaciones y colecciones de historia natural y de historia jesuítica para entregarlas a los especialistas y a los museos. Ya en las costas del Paraná y del Uruguay ha hecho mensuras a costa de grandes sacrificios personales y de dinero rodeadas de privaciones y peligros entre las selvas vírgenes; las que no han podido doblegar aún su carácter de fierro y su constancia a toda prueba”. Queirel fue también miembro corresponsal del Instituto Geográfico Argentino y en 1897 publicó, como reseña de todos sus trabajos y aventuras en estas tierras, un libro cuyo título -una sola palabra- sintetiza la experiencia: “Misiones”, en cuyo prólogo se destaca un dato curioso. Dice que este libro es: “para aquellos lectores de viajes pintorescos y reales por entre remansos, correderas peligrosas, saltos y cascadas del Uruguay y Paraná navegando en troncos ahuecados de árboles misioneros, ó por entre selvas en cuyo seno se abrieron por primera vez picadas con el machete (marca) “Juan Queirel”, que una cuchillería alemana fabricó y bautizó en Europa, dándole un buen temple. Como el alma del intrépido explorador.” Y nosotros nos preguntamos: ¿Cuántos alemanes, allá en esa tierra, al usar uno de esos maches se habrán preguntado: ¿Quién habrá sido Juan Queirel?
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Holmberg Visita Posadas
Cuando hoy recorremos la provincia y vemos el desarrollo turístico que tiene, el confort de los hoteles, la gastronomía, difícilmente nos pongamos a pensar que todo ello tuvo un comienzo y que en ese comienzo no se tenía en cuenta al viajero en su condición de turista, preferentemente atendido pensando en su regreso y en su opinión para otros vengan. Simplemente se atendía al viajero como a alguien que por alguna necesidad había tenido que llegar a este sitio y como tal debía acomodarse a lo que se le ofreciera. Todo eso porque, sencillamente, la industria turística recién nacía en el mundo pero no había llegado aún por acá. Tal es el caso de un viajero ilustre, como Ladislao Holmberg, médico, escritor, naturalista, que llega a Posadas allá por 1887, y nos deja testimonio, en su libro “Viaje a Misiones”, de cómo era la vida en esta ciudad y, en especial, cómo era el servicio que se prestaba en los hoteles del centro. Oigamos primero lo que dice de su visita al mercado de la ciudad: “Visité el mercado, o más bien, pasé por él más de una vez como que quedaba en el camino de mis excursiones diarias. Los puestos son cuatro estacones y techos de paja colocadas frente o al costado del Palacio de Gobierno y haciendo esquina con la plaza principal. En ellos se vende carne, maíz, mandioca, zapallo, a veces queso y algo con el aspecto de chicharrones o tiras de gordura atadas y fritas por lo cual deben ser muy golosos algunos pobladores. En varias ocasiones he visto rosquitas de maíz o de mandioca.” Los puesteros son gente tan vocinglera y alborotadora como los mismos mercaderes análogos de Corrientes, y los clasifico así porque hablan todos a un tiempo y todos en guaraní.” Holmberg se ha alojado en Gran Hotel San Martín, frente a la Plaza 9 de Julio y cuenta del servicio: “El menú se resentía un poco de monotonía, pero la carne era tan delicada que permitía variar con ella todas las listas, de modo que si en la mañana figuraban “Bisteques con huevo”, a la tarde podíamos estar seguros de encontrar la inversión, formulada como “Huevos con bisteques”. A los pocos días de estar allí nos fijamos en la ausencia de papas y lo dijimos. El mozo se echó a reír, pero más tarde recibimos el anuncio de que pronto las habría. Las papas no se cultivan en Posadas y las muy pocas que allí se consumen provienen de Buenos Aires o de Rosario. La mandioca, cocida en puchero, ocupa su lugar. Las verduras que acompañan a la carne son choclos, muy duros casi siempre, mandioca y zapallo. La cebolla es muy escasa y el tomate es casi tan raro como el Ave Fénix.” “Por lo demás la vida es allí completamente doméstica.” “Fuera de la iglesia, que trae bastante concurrencia de devotos y de curiosos, no hay otro teatro de reunión.” Testimonios de un viajero de hace más de un siglo para que podamos apreciar los cambios producidos sobre el mismo espacio en que hoy vivimos.
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Pedro Crohare y sus mensuras
A menudo cuando vamos de viaje, en especial por el interior de Misiones y vemos las propiedades y parcelas de tierra al costado del camino, con casas, instalaciones, potreros, no pensamos en el trabajo original que llevó dividir en fracciones toda esa superficie que alguna vez fueran campos inmensos o selva abigarrada, con serranías, arroyos y mil dificultades para desplazarse por esa superficie. Sin embargo, alguien tuvo que hacerlo en los comienzos, cuando no había más remedio que desplazarse a caballo, en carros o, simplemente a pie. Hoy, en estos temas acerca de qué conocés de Misiones, vamos a referirnos a la tarea del agrimensor Pedro Croharé, cuyo nombre no es tan conocido como los de Rafael Hernández o Juan Queirel, que se dedicaron a lo mismo, pero que tuvo a bien dejar al menos un diario de sus andanzas por la zona de Apóstoles para que nos demos ahora una idea de lo que significaba, a fines del siglo XIX, mensurar por vez primera esa tierras. Pedro Croharé era de origen francés y el diario que dejara fue traducido por Virgilio Chavannes. Nos cuenta por ejemplo cosas así de aquellos días de trabajo: “Empezadas las subdivisiones comenzamos a conocer esos parajes que tenemos que recorrer tantas veces en todos los sentidos. Pasamos frente a ranchos y a veces nos paramos. Solícitamente nos hacen mil preguntas sobre la mensura. En el campamento recibimos cada día muchas visitas de los colonos que vienen a compartir nuestra sopa o la de los peones. Es sin ninguna ceremonia, llegan a caballo y nos dan el “buen día, “bájense y arrímense”. Vienen, se sientan, sacan el cuchillo que llevan siempre al cinto y ya están cortando un pedazo de asado que está plantado estaqueado en medio del grupo. Esa es la hospitalidad del campo. Anota otro día de junio de 1894: “Sorpresa desagradable. Durante un instante todo flotaba en mi carpa. Nuestro campamento se hallaba en lo alto de una loma, pero soplaba viento frío del sur y nos refugiamos en el borde de un arroyo. De tarde una lluvia torrencial engrosó el arroyo y estaba haciendo algunos cálculos cuando todo flotaba en la carpa: botellas, zapatillas, mi estuche de cepillos, y lo más grave, mi teodolito, que también tomó un baño. Durante la noche tuve que hacer transportar todo a un sitio más elevado, e inútil decir que cuando uno se muda, así de noche y bajo la lluvia, goza luego en la cama de una fresca humedad”. Anota otro día: “Luego de un viaje a Posadas volví a San José donde Bossetti me mandó 10 mulas y 5 caballos. Finalmente reinicié mi trabajo y estamos ahora en el monte. Aquí las diversiones no faltan y aprovecho que los mosquitos, los mirís, y los jejenes no son demasiado crueles para charlar con ustedes. Por el momento paro de escribir. Mis manos están negras de mirís y aprovechan veinte mosquitos para picarme. El bosque no es todo color de rosa.” Fragmentos de recuerdos de uno de los primeros agrimensores para ser tenidos en cuenta cuando nos toca viajar por el interior de Misiones.
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La Leyenda del Salto Encantado
Hoy, en estos temas acerca de lo que sabés de Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a una leyenda que forma parte del acerbo cultural de la región. Es la leyenda del Salto Encantado, ese paradisíaco lugar ubicado cerca de Aristóbulo del Valle en la versión que sobre ella dejara José Antonio Ramallo y compilaran Rosita Escalada Salvo y Olga Zamboni. La bella y trágica leyenda, muy resumida, cuenta sobre una larga guerra entre dos tribus indígenas, la del cacique Aguará y la del cacique Jurumí que se disputaban la posesión de la selva. Aguará era el padre de la hermosa indiecita Yateí que tenía enamorados a todos los guerreros, en tanto Jurumí era el padre del valeroso joven guerrero Cavureí. Un día andaba Cabureí cazando en el monte cuando sintió los gritos aterrorizados de una mujer y fue cuando sorprendió a un yaguareté dispuesto ya a lanzarse sobre la bella Yateí, pero antes de que el animal pudiera hacerlo ya había sido traspasado por la lanza de Cavureí, que por supuesto cayó luego rendido de amor ante la belleza de la indiecita salvada, aunque grande fue su estremecimiento al saber que ella era nada menos que la hija del mayor enemigo de su padre. La cargó en brazos y la llevó hasta cerca de la tribu enemiga diciéndole: “te amo y te quiero por esposa, pero tu padre me mataría, ya que soy Cavureí, el hijo del cacique Jurumí, enemigo de tu padre. Pero mandaré un mensajero pidiendo cesen la guerras entre ellos y así podremos unir nuestras vidas”. Pero, llegado el mensajero de paz enviado por Jurumí este fue asesinado por la tribu de Aguará y ambos caciques se dispusieron entonces a combatir. Mientras los indios peleaban Yateí lloraba amargamente en su choza y en un descuido de los carceleros huyó internándose en la selva. Tupá-Dios en tanto transformó sus lágrimas en un arroyuelo y sobrevino el final de la tragedia: Cavureí mató al padre a su amada en la batalla, pero al correr hacia ella, cientos de flechas lo traspasaron. Jurumí entonces levantó el cadáver de su hijo poniéndolo a los pies de Yateí, más hundiéndole luego a esta tres veces el cuchillo en su cuerpo. En ese momento un poderoso trueno retumbó en la selva, las rocas se abrieron y en medio de un espantoso grito se abrió un abismo que devoró a los combatientes. Desde entonces, en ese lugar donde cayera muerta Yateí cae al vacío un arroyo formado por las lágrimas de dolor que ésta virtiera. La selva virgen cubre ambos lados de las paredes del abismo mientras el agua se precipita desde setenta metros de altura, y en las noches claras, o cuando se aproxima una tormenta, se escuchan los gritos de guerra de la antigua batalla. También dicen que Tupá le dio a estas aguas el don de poderoso Payé del amor, porque las mujeres que beben de ellas aseguran su casamiento y mantienen el amor de sus maridos y prometidos. Tal es la leyenda del Santo Encantado, situado en las inmediaciones de la localidad de Aristóbulo del Valle.
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El Viaje de Santiago Bertoni
Desde la terminal de Posadas continuamente están saliendo colectivos para el interior de la provincia, y llegar a Candelaria o Santa Ana resulta nada más que un trámite rápido. Y ni qué decir si se viaja en auto. Rutas de doble mano, perfectamente señalizadas, puentes sobre los arroyos, hacen que ni prestemos atención a estos detalles, y mucho menos que tengamos en cuenta cómo pudieron ser los viajes hacia estas localidades en otros tiempos, digamos hacia la época en que arribara a Misiones el conocido sabio Moisés Bertoni. Bertoni había llegado de Suiza, con su familia, hacia 1884 con la idea de fundar una colonia en estas tierras. Era un experimentado meteorólogo, además de botánico, zoólogo y experto en cuestiones de agricultura. Es así que luego del consabido viaje desde Buenos Aires hasta Corrientes por el Paraná, y desde allí a Ituzaingó, llega a Posadas, una ciudad que cuenta con unos 3.000 habitantes en épocas del Gobernador Rudecindo Roca. Llega un 23 de mayo, y el 25 se pone en viaje hacia su destino en Santa Ana, y esto es lo que queremos destacar con respecto a lo que representaba el viaje hasta esa localidad por entonces. Pero no lo contemos nosotros sino dejemos que el propio sabio Bertoni lo diga con sus palabras: “El 25 de mayo la caravana se pone en camino, y a la noche, hacemos campamento en el río Garupá. Este río es uno de los más importantes afluentes del Paraná y al tiempo de las lluvias mide unos cuantos centenares de metros de ancho. Afortunadamente cuando llegamos estaba bajo, quince días más tarde no hubiésemos podido vadearlo. “Quien no lo ha visto no puede darse una idea de lo que es la travesía de uno de estos ríos, y del peligro que ello constituye. “La orilla y el lecho del Garupá son de pura piedra, roca viva y desigual, los bueyes con dificultad mantienen la cabeza fuera del agua; gotea la sangre bajo los golpes de la picanilla; cada tanto un carro está a punto de volcarse y ahogar a los que están adentro, pero de un brinco los carreteros corren en su ayuda, semidesnudos, con el agua hasta los hombros” Finalmente, después de varias horas de penurias estamos a salvo en la ribera opuesta y a la noche hacemos alto en la colonia de Candelaria junto a la cual hacemos campamento. “El 27 fue otro día glorioso. Debimos vadear el río San Juan, más chico pero aún más difícil todavía que el Garupá. Pasarlo demandó más de media jornada. Todos descendimos de los carros. Los hombres entraron al agua y transportaron a las mujeres y los niños. Precaución muy útil, porque uno de los carros se tumbó en un punto difícil y quedó hecho pedazos. Finalmente el 28 de mayo llegamos Santa Ana.” Como podemos apreciar, tres días les demandó el viaje desde Posadas a Santa Ana con todas las dificultades narradas. Son relatos que nos hablan de cómo se fue forjando la provincia que tenemos, y como, a fuerza de superar dificultades podemos disfrutar hoy de las comodidades que tenemos.
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Viajes por el río.
Hoy, en este espacio sobre qué sabés de Misiones, tu provincia, vamos a evocar, llevados por el relato de un protagonista, cómo eran aquellos viajes por el río Paraná cuando por sus aguas navegaban los barcos de línea que llevaban pasajeros hasta Iguazú, y que hacían escala en todos los puertos. Toda una etapa de la vida de la provincia que hoy no sólo resulta lejana, sino también extraña, ya que en el río, por lo común desolado, apenas si vemos algunas embarcaciones de pescadores o recreativas pero ningún barco de pasajeros. Para contar sobre esta experiencia vamos a tomar el testimonio de uno de los tantos viajeros, José Núñez, cuyo nombre no nos dice nada, pero que tuvo a bien dejar memoria de lo vivido durante su viaje realizado en 1932. Nos dice este pasajero: “En Posadas cambiamos por segunda vez de barco, trasbordando a la motonave “Guayrá”, más pequeña, pero nuevita y muy cómoda. A las 8 y 20 emprendemos el viaje de 344 kilómetros desde Posadas hasta Iguazú y entramos en la parte más interesante y pintoresca del río. Dejamos el promontorio sobre el cual se extiende Posadas. Las alturas en que predomina el rojo de la tierra misionera, el verde oscuro de las plantas y la blancura de las casas graciosamente escalonadas van desapareciendo. A medida que se remonta el Paraná va aumentando la belleza del paisaje. Las orillas cubiertas de tupida vegetación ostentan todas las gamas del verde y algunos tonos cobrizos. Los troncos viejos y nudosos se retuercen y bañan en el río mientras las lianas cuelgan en el vacío como serpientes enroscadas. De vez en cuando aparecen dos cortinas vegetales separadas por estrechas planicies. La de arriba ofrece a la vista elegantes palmeras, y la otra, variadísimas especies de árboles: lapachos, urunday, timbós, jacarandá, cedro... ya que el territorio de Misiones cuenta con más de setecientas clases distintas de árboles, lo que lo pone entre las regiones más feraces del mundo. Las numerosas paradas o “puertos”, como aquí se denominan, son la peculiaridad de esta parte del viaje. Todos están al pie de la barranca, tan escarpada en algunos puntos, que permite al barco arrimarse directamente y colocar la tabla que sirve de planchada a tierra. Todos los pueblos, cuya edificación está desparramada se esconden en lo alto, atrás de la barranca, por eso ninguno es visible desde el río, salvo en contados casos en que asoma uno que otro edificio o galpón. A las 22,30 llegamos a Montecarlo. En estas paradas nocturnas en cuanto el buque da los consabidos toques de sirena aparecen en la costa unas lucecitas. Los pasajeros bajan, o mejor dicho suben un empinado sendero. Aproximándonos a Wanda el barco se desliza fácilmente por el río y a la mañana siguiente nos despertamos en Puerto Esperanza. Por fin a las 13 horas llegamos a la confluencia del Paraná con el Iguazú y a la vista de tres países doblamos a la derecha para llegar a Puerto Aguirre, punto extremo de nuestro viaje. Imágenes… de una época en la que el río se navegaba y disfrutaba.
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La visita de Leopoldo Lugones
Hoy, en estos temas acerca de “qué sabés de Misiones, tu provincia”, vamos a referirnos, y no será la única vez, a las impresiones que tuvieron aquellos que recorrieran las ruinas jesuíticas en tiempos que, a muchos años de abandonados los pueblos, los encontraron como ruinas cubiertas por la selva… y siempre con dificultades para poder acceder a ellas. Los jesuitas fueron expulsados en 1767, y recién unos 100 años después, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando este Territorio comienza a ser visitado por exploradores, naturalistas, agrimensores y empresarios que ven las posibilidades económicas de la yerba mate y la madera, esos pueblos misioneros, antaño populosos, son reencontrados, solitarios y perdidos en el monte, por los viajeros. A partir de ahí comienzan a ser visitados y descriptos en algunos informes, mucho antes de convertirse, como lo son ahora, en atractivos turísticos. Martín de Moussy, Queirel, Holmberg, Ambrosetti y otros, están entre los que dejaron testimonio de cómo hallaron las ruinas, pero hoy vamos a referirnos a un viajero muy especial, como lo fue el escritor Leopoldo Lugones, que llega a Misiones en 1903, acompañado por un joven fotógrafo de nombre Horacio Quiroga y que como resultado de ese viaje, que dura un año, con desplazamientos a caballo de una a otra reducción, incluyendo las de Brasil y Paraguay, publicará el libro “El Imperio Jesuítico”, a través de cuyas palabras podemos aún apreciar lo que sentía un viajero que penetraba en aquella fronda que las cubría: “Internado en ellas, el viajero llega abriéndose paso a fuerza de machete hasta alguna antigua pared o poste aislado que nada le indican para orientarse. Es indispensable dar con la plaza, que sigue formando aún en medio de la maleza un sitio despejado. Está, sin embargo disminuida, porque el bosque tiende a avanzar hacia su centro, pero su relativa desnudez, prueba que la vegetación ha buscado en efecto el barro negro de las paredes y el suelo abonado del pueblo…” “La serenidad es inmensa, el silencio vasto como un mar, la soledad eterna. En perezoso desprendimiento caen aquí y allá las naranjas demasiado maduras; nubes de loros por unos instantes prorrumpen en estridente cotorreo…” “Los montones de piedra delinean antiguas calles, cercados y recintos. Sobre el ábaco de un pilar, el que apenas se diferencia de los troncos cercanos, un güembé dilata sus hojas como un vasto macetón de vestíbulo; yérguense sobre los parapetos elegantes arbustos, y por todos los rincones cuelgan las avispas sus panales de cartón.” Sin duda Lugones, en su prosa poética nos trasmite una impresión vívida de aquella paz selvática, aposentada sobre lo que quedara de aquellos pueblos que alguna vez estuviesen poblados por centenares de indígenas. Percibir las ruinas de ese modo sin duda debe haber sido un privilegio para estos viajeros de entonces, ya que con el tiempo, y a medida que estos pueblos fueran recuperados como centros de atracción turística, esa magia generada por la quietud de la selva, el silencio y la soledad se ha perdiendo. De allí que la evocación de estos testimonios tengan la particularidad de remontarnos a esos momentos únicos.
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Adolfo Methfessel
¿Hay algún turista que visite las cataratas del Iguazú y que no saque una foto? Prácticamente todos lo hacen, con celulares, con pequeñas cámaras, con cámaras profesionales, al punto que sería imposible calcular los miles, o tal vez millones de imágenes registradas de ese paisaje espectacular. Pero, ¿alguien se pregunó alguna vez quién fue el primero en dejar un registro de las cataratas? Porque una cosa es verlas, y otras llevarse una imagen de esa maravilla. Entonces te contamos quién fue. Y no fue un fotógrafo precisamente, sino un dibujante y pintor. ¿Su nombre?: Adolfo Methffesel. Había nacido en Suiza, en 1836, era arquitecto y paisajista y había llegado a la Argentina convocado por el presidente Sarmiento junto con científicos alemanes para promover el desarrollo de las Ciencias Naturales y Exactas en la Argentina. Methffesel comenzó a trabajar en el Museo de Ciencia Naturales de Buenos Aires como naturalista viajero y documentó, pintando, paisajes desde la patagonia hasta el norte argentino, todo esto a instancias del Perito Moreno, quién vio en este dibujante la persona indicada para enriquecer al museo, tal como lo expresa en un documento que dice: “Confié esta misión al empleado extraordinario, Sr. Adolfo Methfessel, quién debía examinar con el mayor detenimiento todas las ruinas indígenas, practicando excavaciones y reuniendo toda muestra por más insignificante que pareciera. Su conocida habilidad como dibujante contribuiría en mucho a su mejor resultado.” Luego de esta experiencia, en la que Methffesel deja testimonio gráfico de piezas de alfarería, objetos indígenas y fósiles, puede apreciarse como los paisajes y vistas que pintara transmiten con fidelidad testimonial la riqueza de cada zona recorrida, a las que accedía muchas veces por intrincados caminos en medio de soledades interminables Luego de esta experiencia regresa a Europa, donde permanece un tiempo, pero retorna a la Argentina, y se incorpora como dibujante y acompañante de expedicionarios no ya del Museo de Buenos Aires, sino del Museo La Plata, y fue en estas circunstancias cuando acompañó a Juan B. Ambrosetti en su segundo viaje a Misiones, en 1892. El viaje a pie desde la desembocadura del Iguazú hasta la Garganta del Diablo es un recorrido lleno de peripecias, pero vale la pena escuchar lo que dice Ambrosetti del pintor cuando llegan: “Ante su magnificencia, nos detuvimos a admirar el espectáculo, sobrecogidos por un delicioso pavor. Mientras tanto, Adolfo Methfessel, con una paciencia digna de un artista como él, hizo funcionar sus pinceles a despecho de una nube de jejenes que lo martirizaban sin cesar, una serie de croquis para pintar más tarde su gran cuadro del salto del Iguazú” Adolf Methfessel fue un gran dibujante y naturalista, poseedor de una exquisita habilidad y sensibilidad para retratar paisajes y vistas geográficas. Fue miembro de distintas sociedades científicas extranjeras y luego de estas experiencias, regresó a Suiza y allí falleció en 1909. Sus pinturas de las Cataratas del Iguazú son el primer registro gráfico de ellas, y en la actualidad esos cuadros son patrimonio del Museo de Ciencias Naturales de la Plata. Las primeras imágenes de esa maravilla fotografiada en adelante millones de veces.
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El Cerro Monje
En estos relatos sobre qué conoces de Misiones, tu provincia, hoy te traemos una leyenda misionera que fuera recogida por Juan Bautista Ambrosetti en sus viajes de exploración por estas tierras a fines del siglo XIX, y que tiene que ver con un lugar muy conocido y frecuentado en la actualidad. Se trata de la leyenda del Cerro Monje, y que Ambrosetti, un científico, pero además uno de los fundadores de la Ciencia Folclórica Argentina, recogió en sus andanzas por el Alto Uruguay. Ese lugar, en el departamento de San Javier, que en la actualidad es un sitio de peregrinación y culto, dentro de lo que ha dado en llamarse “turismo religioso”, fue visitado hacia 1892 por Ambrosetti cuando allí solo había un pequeño santuario conformado por una capilla de madera y una cruz en recordación de un milagroso monje que residiera en ese lugar. Lugar que, por lo demás, tiene una vista magnífica del curso del Alto Uruguay. Según esta leyenda, allí se refugió en 1852 un muy famoso monje italiano que residía en Brasil, y que al querer plantar una cruz sobre el cerro, vio como brotó, del agujero que había cavado, un agua milagrosa que convirtió a ese sitio, desde entonces, en objeto de peregrinaciones por las propiedades curativas de ese agua que van a beber los enfermos con la esperanza de curar sus dolencias. Actualmente miles de peregrinos visitan el lugar, que cuenta con un acceso facilitado por caminos, sendas e instalaciones, pero veamos un poco cómo era aquello en aquellos tiempos en que lo visitara Ambrosetti: “Principalmente para los días de la Semana Santa –nos cuenta- es cuando el peregrinaje es mayor al cerro del Monje, y cuando miles de personas de los pueblos de Brasil (San Luis, San Borja, San Nicolás, etc.) acuden allí, llenos de fe en la eficacia de esas aguas, a depositar su pobre ofrenda en la capilla. En el interior de la capilla hay un altar tosco, adornado con algunas colgaduras y sobre él se halla un santo de madera, arrodillado, de 70 centímetros que representa al Señor de los Desiertos y que ha pertenecido a las ruinas jesuíticas de San Javier. A un lado, se halla un cráneo humano que suponen perteneció al monje. Como la gente de allí es muy pobre, sus ofrendas se reducen a velas de cera, adornos de papel picado, cintas e infinidad de chucherías que los devotos cuelgan de las ropas de los santos. Los peones y canoeros del Alto Uruguay antes de emprender el viaje aguas arriba, van a la capilla, toman agua de la fuente y prenden velas a los santos rezándoles un buen rato. Si no tiene muchas velas, por lo menos encienden un cabito, hecho lo cual se embarcan contentos, pero si alguno no lo hace y la canoa tropieza con las piedras o sucede algún contratiempo, los brasileños, sobre todo, refunfuñan y con el mayor descontento exclaman: “Eso tenía que suceder, mi amigo, con el santo no se juega”. Y con esta evocación de cosas de Misiones, tu provincia, nos vamos, hasta un nuevo encuentro.
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La muerte de Carlos Culmey
Hoy, en estas historias que tienen que ver con Misiones, tu provincia, vamos a referirnos a un personaje que tuvo un destacadísimo papel en las primeras décadas del siglo pasado. Nos referimos a Carlos Culmey, el fundador de colonias en Brasil y Argentina, y en especial a su trágica muerte, ocurrida en aguas del río Uruguay y narrada por su hija, Tutz Culmey, cuando ya anciana, y residente en Porto Alegre, decidió contar la historia de su padre, el pionero. La vida de Carlos Culmey estuvo marcada por su decisión de llevar a cabo emprendimientos de colonización en América y a ello consagró su vida. Nacido en Alemania, en 1879, e hijo de un funcionario militar, fue un alumno brillante que a los 20 años obtenía ya su título de ingeniero civil. Casado muy joven emigró a Brasil, a Porto Alegre, y a poco se dedicó a organizar colonias de inmigrantes alemanes, tarea en las que desplegó su inagotable vitalidad e inteligencia sobreponiéndose a todo tipo de contingencias. En Brasil, desde los primeros años del siglo XX, fundó varias colonias, en zonas agrestes, y en Misiones, como sabemos, hacia el año 1919, las del Alto Paraná como San Alberto, Puerto Rico, Capiovy y Montecarlo. Cuenta su hija Tutz que en aquellos tiempos, para ser colonizador no alcanzaba sólo con ser agrimensor y vendedor, sino que había que disponer de talento para convertir grandes extensiones de tierra virgen en ciudades y colonias prósperas. Y sobre todo, saber estar, en todo momento, al lado de esos colonos recién llegados, asistiéndolos en sus muchas necesidades. Se debía conocer el alma humana y, por sobre todo, saber aconsejar a esa gente proveniente de otras culturas, desarraigados de golpe y asentados de un día para otro en pleno monte. Hacia 1926, luego de desarrollada su etapa colonizadora en Misiones, Carlos Culmey vuelve a Brasil y allá prosiguió su tarea colonizadora fundando numerosos pueblos que son hoy prósperas ciudades de aquel país, obteniendo el reconocimiento de ser un padre protector por parte de mucha gente a la que ayudara a establecerse. A mediados de los años 30, dedicado a la explotación maderera y residente en Chapecó, en el Estado de Santa Catarina, programa un viaje más de los que hacía aguas abajo al menos una vez al año para llevar hasta Santo Tomé, a remolque con una lancha, una jangada con maderas. Lo acompañaba su yerno, un amigo y algunos tripulantes, pero ocurrió que al tomar un brazo equivocado del río la embarcación no resistió los rápidos del Uruguay y se hundió en los remolinos. Los náufragos ganaron como pudieron a nado la orilla, resistiendo tomados de las ramas y lograron sobrevivir, pero Carlos Culmey desapareció en la correntada y su cuerpo fue hallado sobre la costa argentina recién tres días después del accidente. La consternación que produjo su muerte fue mucha, tanto en Brasil como en Argentina, ya que en sus días de colonizador de estas regiones había logrado cosechar los mayores afectos y su figura siempre es recordada, al menos en Misiones, en las localidades que fundara y que hoy son grandes y prósperas ciudades.
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Ardua fue la lucha. Primera Parte.
En este espacio referido a ¿Qué conocés de Misiones, tu provincia?, hoy vamos a hacer referencia a una historia de colonos del alto Paraná. Concretamente a los colones alemanes venidos en la década de los años 20 a la zona de Montecarlo y cuyas historias cotidianas fueron narradas, de manera excepcional, por uno de los protagonistas: Heinrich Weyreuter en su libro “Ardua fue la lucha”. Sabidos son los padecimientos de aquella gente llegada de otro mundo al medio de la selva, y sin recursos, y por eso resulta interesante, a fin de que no se pierda la memoria del trabajo y la perseverancia de estas personas, escuchar de boca de sus protagonistas algunas de aquellas peripecias. Los padecimientos de aquellos pioneros fueron muchos, y de todo tipo, entre ellos los de la alimentación, que Weyreuter, con 17 años por entonces, describe de este modo: “La mercadería era generalmente muy mala debido al largo transporte y muchas veces tenía gusanos y bichos. El azúcar era una pasta húmeda. Carne solamente había cazando un venado o un jabalí, pero no podíamos ser delicados y comíamos también carne de zorros y coatíes. Algunas personas comían también carne de víboras y de lagartos. Cuando los alemanes brasileros que habían llegado antes carneaban, conseguíamos, a veces, algún asado gratis. Así fue la alimentación durante el primer año. También habíamos plantado un poco de maíz, un poco de mandioca, también batatas y algunos porotos y arvejas. Pero eso cambió en el segundo año, cuando se disolvió la sociedad y vino en su lugar otra compañía. Entonces los tiempos fueron amargos porque nos cortaron el crédito para los víveres, y como no poseíamos ni un centavo de dinero comenzó un tiempo magro. Pronto faltó todo: grasa y manteca, harina, azúcar, sal, kerosene y muchas cosas más. Un tiempo nos mantuvimos porque habíamos traído de Alemania telas que vendíamos poco a poco para adquirir los víveres necesarios. Pero esto también llegó a su fin y estábamos allí como el primer hombre. Solamente que no estábamos en el Paraíso sino en la selva. Y tuvimos una cosecha de maíz, pero el dinero de la venta se iba en el pago de las cuotas de la tierra. Como no se podía vender el maíz entero había que desgranarlo y embolsarlo. Máquinas para desgranar no teníamos, y así, de noche, después de la jornada de trabajo, nos sentábamos frente al rancho, mis padres, mi hermana y yo desgranando maíz. No es un trabajo pesado, pero si lento, y se tardaba bastante en llenar una bolsa de 70 kilos. Cuando la bolsa estaba llena, nuestras manos también estaban llenas de ampollas. Pero no había otro remedio y cada noche había que seguir. Cenábamos con la última luz del día porque ya no teníamos kerosén para la lámpara. Y cuando nos sorprendía la oscuridad, nos alumbrábamos con chala de maíz, que encendíamos sobre la planchada de la cocina. Y con esta memoria de la vida de aquellos pioneros llegados a esta tierra, nos vamos, hasta otra evocación sobre estas cosas de Misiones, tu provincia.
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La llegada a Puerto Iguazú
Como sabemos, las cataratas del Iguazú son un atractivo turístico que concentra viajeros de todo el mundo, además de los propios argentinos, y para ver ese fenómeno natural están las rutas y las líneas aéreas que facilitan la llegada. Pero hubo un tiempo, cuando comenzaba a gestarse el personaje de “El Turista” -es decir, aquel sólo dispuesto a viajar por el placer de conocer- en que las cosas no fueron tan fáciles como lo son ahora. En principio porque la única vía de acceso era el río, lo que presuponía inconvenientes a los que en otra oportunidad nos referiremos, pero, por sobre todo, porque para poder llegar hasta las cataratas los viajeros debían primero desembarcar en Puerto Aguirre, que luego pasaría a llamarse Puerto Iguazú, allá por 1901. Para saber sobre estas cosas, siempre es bueno recurrir a los relatos de algunos viajeros de aquella época que tuvieron a bien dejar testimonio de lo que vivieron y nos contaron cómo era la llegada a ese lugar desde el cual debían, luego, trasladarse hasta las cataratas. Para escuchar cómo era la llegada a Puerto Aguirre, el actual Puerto Iguazú, primero oigamos el testimonio de un viajero con el propósito de visitar “los saltos”, como se les decía por entonces a la cataratas. Nos dice en su relato este personaje: “A dos kilómetros de la desembocadura, y sobre la margen izquierda del Iguazú, se alza el pequeño caserío de Puerto Aguirre. Una casa de madera sirve de hotel a los pasajeros, otra, de construcción más reciente de comisaría y las demás casitas, también de madera, porque es el material que abunda allí, son otras tantas dependencias del hotel y la comisaría.” “El buque se acerca a la barranca y, por medio de una planchada, se desciende a tierra, para volver inmediatamente a ascender la alta sierra en cuya cima se alza el hotel. Es incómodo este ascenso por peldaños de madera para ciertas pasajeras, acostumbradas a los ascensores de las grandes ciudades. Hay que tener en cuenta que los pasajeros pasan del descanso absoluto y plácido de la vida de a bordo, al repecho sofocante y violento de la barranca de más de 100 metros.” 2 Pero tenemos también otra descripción del lugar, en este caso a cargo de un pintor de la época, que llega a ese lugar, como todos, en barco después de varios días de navegación y nos cuenta: “Habíamos llegado. El espectáculo de la niebla era curioso. Después se fue despejando. El río hervía materialmente. Puede distinguir entonces una barranca pelada de bastante pendiente, pero mucho mayor de la que me había figurado. Aparecieron algunas formas claras que resultaron ser casas de madera. Luego se vio con toda nitidez una escalera empotrada en la pendiente, cuyos peldaños estaban reforzados por troncos. Empezó el movimiento. Después del aplastamiento producido por la vida a bordo, resultó un poco violento hacer alpinismo, trepando la ruda barranca de Puerto Aguirre, y empezaron las protestas de las señoras gordas, pero nadie se acordó de condenar las grasas…” Así de fatigosa era la llegada a Puerto Iguazú, y faltaba todavía el traslado hasta las cataratas, pero a eso, nos dedicaremos en otra evocación…
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El hito Tres Fronteras
La ciudad de Iguazú, en la triple frontera, con el atractivo de las cercanas cataratas, es el lugar turístico por excelencia de Misiones, y quienes van no dejan de visitar allí otro punto de singular belleza por su vista panorámica, como es el Hito Tres Fronteras, lugar donde desemboca el río Iguazú y desde el cual podemos contemplar, la costa paraguaya y, enfrente, la brasilera. Muy cerca de allí está el puerto de la ciudad de Iguazú, y en este recordatorio de aspectos especiales de Misiones, debemos decir que todo ese sitio es un lugar cargado de historia. En principio cabe recordar que fueron precisamente las cataratas del Iguazú el primer lugar mencionado de lo que, andando el tiempo, vendría a ser el territorio de la actual Misiones, y el que dejara testimonio fue precisamente el adelantado español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en el transcurso de su viaje desde la costa brasilera hacia Asunción, en 1542, y de allí que un salto de las cataratas lleve actualmente su nombre. Pero, lo que hay que destacar, es que Alvar Núñez en aquel momento no percibió las cataratas como lo que es: un lugar de imponente belleza, sino que las menciona como un inconveniente a salvar, ya que viniendo en canoas indígenas por el cauce del Iguazú, con sus hombres, dan de pronto con estos saltos que sólo podrán sortear bajando las embarcaciones a tierra y llevándolas a mano, por la selva, dos kilómetros y medio, con gran trabajo, hasta poder botarlas nuevamente y llegar a la desembocadura del río. Y aquí tiene lugar, precisamente, en ese punto que andando el tiempo se llamaría Tres Fronteras, un episodio bueno de recordar, sobre todo si estamos allí de visita contemplando cómo las aguas del Iguazú se mezclan con las del Paraná. Los españoles deben cruzar el río para seguir por territorio paraguayo, y están planeando cómo hacerlo cuando llegan al lugar numerosos indígenas para verlos, atraídos por la presencia de esos extraños. Los indios han llegado pintados de muchos colores, emplumados, armados de arcos y flechas y my curiosos de ver allí a esos hombres con cascos y armaduras. Y sobre todo, por la presencia de los caballos, animales que nunca han visto. Por supuesto los españoles, más allá de las armas de que disponen están en minoría, y en territorio desconocido, de modo que optan por entenderse con los indígenas y los colman de regalos. El resultado fue que en dos horas, juntando las canoas de dos en dos, y ayudados por los indios para armar unas especies de balsas, los españoles y sus caballos ya estuvieron del otro lado y prosiguieron su viaje. Solo tuvieron un inconveniente. Una de las canoas, muy cargada, se dio vuelta en medio del Paraná y uno de los españoles desapareció, arrastrado por la corriente. Como podemos apreciar, este sitio, este lugar de confluencia ahora de tres fronteras internacionales, como tantos otros sitios de nuestra provincia, no es sólo lo que se ve, sino también su historia y las referencias que guarda, dignas de ser conocidas y recordadas para darles valor.-
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Hoy en que conoces de Misiones tu provincia, El Teyú Cuaré.
Entre los muchos lugares sorprendentes de Misiones hoy vamos a mencionar el Teyú Cuaré, en San Ignacio, como un atractivo especial. Este sitio, que fuera tan agreste, aunque poblado y frecuentado en los últimos tiempos, abarca una amplia zona de ese departamento que incluye el Parque Provincial del mismo nombre, y es una zona de selva abigarrada, con mirador sobre el río, desde el cual se tiene un increíble vista panorámica, y el espectáculo de los famosos peñones, como el reina Victoria, que caen verticales sobre las aguas del Paraná. Con respecto a la denominación de Teyú Cuaré, Miguel Estefañuk, en su Diccionario Geográfico Toponímico de Misiones, nos dice que: “la traducción que se hace generalmente de este vocablo guaraní, como se ve en las guías y publicaciones turísticas es: cueva que ha sido de los lagartos. De Teyú (lagarto) y cuaré ( ex cueva) o lugar donde abundan los lagartos dada la proliferación de lagartijas que se refugian en los escondrijos y oquedades”.Por supuesto, un lugar como este no podía dejar de albergar alguna leyenda indígena, y la que engendrara tiene que ver con un gigantesco lagarto que usaba ese lugar como refugio y agredía a la pasada a los navegantes del Paraná. En los últimos tiempos el lugar cobró notoriedad al ser difundido por medios nacionales el hecho de que sus montes pudieron haber sido refugio de criminales de guerra al hallarse allí una construcción abandonada, en plena selva, con algunos indicios de ello. Pero sin duda el Teyú Cuaré será por siempre el lugar que se vincule con la memoria de Horacio Quiroga, vecino de San Ignacio entre 1909 y 1936, aunque no de manera continua, y que escribiera los cuentos más famosos sobre la selva misionera. En una carta a su amigo Martínez Estrada, Quiroga le dice: “hay que ver lo que es la selva del Teyú Cuaré”, donde nadie, fuera de mí, se insinúa jamás.” El agreste lugar tenía para él un atractivo especial, y existen algunas fotografías, tomadas por el mismo Quiroga, desde una embarcación, donde se ven esos peñones que serán protagonistas de varias de sus narraciones. Por ejemplo, en su cuento “El yaciyateré”, incluido en “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, se refiere a ellos diciendo: “Estos cerros del Teyú Cuaré, tronchado a pico sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado, por los que se descuelgan las lianas del bosque, entran profundamente en el Paraná formado hacia San Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo del viento sur”; y en una narración muy dramática, titulada, “Los pescadores de vigas”, al contar sobre los esfuerzos de un personaje que lucha con el río para apropiarse de vigas de madera, sueltas en la corriente del Paraná, nos cuenta: “el hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero era arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió y sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la canal, que rozaba los peñascos del Teyú Cuaré…” Sin duda la zona del Teyú Cuaré, con su salvaje belleza, y su tradición, es uno de los sitios misioneros, dignos de conocer y disfrutar.-
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Hoy en que conoces de Misiones tu provincia, El Puerto de Posadas.
Hoy vamos a hablar del puerto de Posadas, o mejor dicho, del lugar donde estuvo el puerto de Posadas, esa plaza sobre la costanera convertida actualmente en un lugar de paseo, pero que fuera el sitio que diera origen a la ciudad y desde donde se extendiera toda la actividad comercial al interior de la provincia. Esto, por supuesto, en épocas en que no existían los caminos y la única vía de comunicación era el Paraná, ya que aguas arriba, se extendía una tierra cubierta de selvas que impedía penetrar por otro lugar que no fuera el río. De modo que el puerto era la vinculación de la ciudad con el resto del mundo, antes del ferrocarril y los posteriores caminos. Pero en ese lugar no hubo al comienzo instalaciones portuarias, sino apenas una costa pedregosa donde atracaban los barcos que venían desde Corrientes, siempre que los rápidos de Apipé –donde hoy está Yaciretá, lo permitieran- y el punto donde desembarcaban los viajeros de aquella época, como Rafael Hernández, el hermano del autor de Martín Fierro, 1872, que nos cuenta: “Nuestra llegada al puerto de Posadas ha sido un acontecimiento. Posadas o Itapúa, significa Punta de Piedra, porque púa, en guaraní es punta o púa, en castellano.” Este primitivo puerto de Posadas será el lugar donde se embarcaban los mensús, conchabados para trabajar en los yerbales y obrajes del Alto Paraná. Esos lugares signados por la explotación inhumana de los trabajadores, algunos de los cuales, al tiempo, descendían por el río, pero muertos, tal como lo describe Alfredo Varela en su obra El Río Oscuro: “Hasta Posadas solían bajar los cadáveres flotando. El Paraná traía, en su amplio regazo, que nunca se niega, la terrible carga. Al llegar a la vera de esa loma, poblada por el rancherío, abandonaba los cuerpos, como desligándose de toda responsabilidad…” En 1914, por fin, se construye el puerto, con precarias instalaciones, y su vínculo con la ciudad será la famosa Bajada Vieja, hasta que en 1937 se abra el Cerró Pelón y se inauguren las nuevas instalaciones con muelle de madera y tinglados utilizados como depósito de mercaderías. Desde entonces el puerto tendrá una intensa actividad, con lanchas regulares de pasajeros uniendo Posadas con Encarnación. Este puerto nuevo tuvo su época de esplendor entre las décadas de los años 20 y 30, con intenso tránsito de embarcaciones. Un viajero de entonces, que trasborda en Posadas para seguir hasta cataratas, nos deja este testimonio: “El traqueteo nos despierta temprano. Nos rodean numerosos vaporcitos, negros y sucios que contrastan con la blancura y limpieza del “Guayra”. (…) Desde Encarnación, que allá enfrente, del otro lado del río apenas divisamos entre la niebla matinal, avanzan y pasan delante de nosotros numerosos botes y lanchas cuyos pasajeros son en su mayoría mujeres que envueltas en grandes chales negros y fumando cigarros, van al mercado de Posadas para vender sus productos…” Luego, en 1946, en ese lugar se habilitará el hidropuerto, y será la última década de gran actividad. Después vendrá la decadencia al sustituirse la vía fluvial por la terrestre hasta desaparecer la actividad en el río. Hoy es un lugar apacible y sin referencias, pero allí ocurrieron todas estas cosas, y es bueno recordarlas.
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“Qué conocés de Misiones, tu provincia”, es un breve espacio radialcreado por el profesor Nicolás “Rolo” Capaccio, para FM Show, con elpropósito de recordar y descubrir cosas de esta provincia nuestra,poseedora de una cultura tan particular por lo variado de susmanifestaciones, siempre con el propósito de que al escucharlo, elmisionero vuelva a emocionarse con lo que le resulta conocido, o sesorprenda con algo nuevo de ella y acreciente, siempre, su sentido depertenencia.
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Rolo Capaccio
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