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EPISODE · Apr 7, 2026 · 4 MIN

«La Lucrecia Borgia de Monserrat»

from Un Mensaje a la Conciencia · host Radio Stereo Resurrección

María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, amante de varios hombres a la vez, entre ellos su esposo, amaba con la misma pasión el dinero y el ostentarlo. Conocida como Yiya Murano, llegó a ser conocida también con los infames motes de la envenenadora y la Lucrecia Borgia de Monserrat. Vivía en Buenos Aires, Argentina, donde en 1979 envenenó con té a sus tres amigas prestamistas. En el prólogo a la biografía titulada Mi madre, Yiya Murano, escrita por su hijo Martín Murano, el periodista y escritor argentino Rodolfo Palacios sostiene que la ambición de Yiya «la llevó a humillar a su hijo desde niño, entre mentiras, desprecios y amantes que le hacían regalos costosos.... Las víctimas conocieron más a Yiya que su propio hijo. [A él] no le quedó ningún buen recuerdo de su madre, ni un instante feliz, mucho menos una foto en familia o un paseo inolvidable.»1 Respecto a su muy querido pero ingenuo padre, Martín declara: «Para mí fue siempre más fácil comprender la actitud manipuladora de mi madre que la devoción de [Antonio,] mi padre. Quizás Antonio, que murió de pena cuando encarcelaron a Yiya, se sintió alguna vez identificado con los famosos versos que Borges escribió sobre Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”.»2 Cuatro días antes del plazo que la sentencia dictada por la Cámara de Apelaciones había fijado para que Yiya se entregara a la Justicia, le confesó por fin a Martín que ella había matado a aquellas mujeres poniendo el veneno en los saquitos de té que bebieron. —Ahora que lo sabés, ¿qué pensás de mí? —quiso saber [Yiya]. —No creo que realmente te importe y, principalmente, a mí no me importa que a vos te importe [—respondió él]. En contraste, lo que sí le importaba a Martín era lo que pensaba María Sandoval, la empleada doméstica a quien Yiya había contratado para cuidarlo desde su infancia y a quien él a menudo había llamado «mamá» sin que a Yiya le importara mucho. Por eso Martín acababa de decirle a Yiya tajantemente: —Para mí, Antonio es mi viejo y María mi vieja... —¡María! Por favor... una sirvienta —[lo había interrumpido Yiya] de una manera despectiva.... —Una sirvienta sí [—había replicado Martín—], pero que supo quererme, que supo entenderme y que se enorgullecía cada vez que hablaba de mí...3 Gracias a Dios, quien creó a su imagen tanto a la mujer como al hombre, todos tenemos en Él a un Padre celestial que nos ama no sólo paternalmente sino también con el tierno, reconfortante y entrañable amor de una madre. Fue por ese inmenso amor que Dios hizo posible que se nos llame hijos suyos. Para serlo, sólo falta que reconozcamos que Jesucristo su Hijo supo querernos más que nadie al dar su vida por nosotros, y supo entendernos al hacerse hombre. Así podremos también llegar a apreciar el orgullo que Dios siente por nosotros como Padre nuestro.4 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Martín Murano, Mi madre, Yiya Murano (Buenos Aires: Planeta, 2016), Edición Kindle: pp. 11-12. 2 Ibíd., pp. 21-22. 3 Ibíd., pp. 122-24. 4 Gn 1:27; Dt 32:18; Is 49:15; 66:13; Mt 23:37; Jn 1:12,14; 3:16; 15:13; Fil 2:5-8; 1Jn 3:1

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