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EPISODE · Jul 8, 2024 · 4 MIN

Las fiestas en las Misiones

from Qué Conoces de Misiones, tu provincia. · host Rolo Capaccio

Hoy, en este comentario acerca de lo que sabés de Misiones, vamos a hace referencia a un día de fiesta en las antiguas Misiones Jesuíticas. Por lo general cuando vamos de visita a alguno de esos antiguos pueblos, nuestra atención se centra en las ruinas que han perdurado, las murallas de piedra, los portales de la iglesia, los huecos de los ventanales, y aunque nos expliquen qué dependencias eran aquellas, nos cuesta imaginar aquel lugar poblado por cientos de personas, las habitaciones techadas y habitadas por los indígenas y el templo en todo su esplendor, lleno de fieles. Nuestro paseo, como el que hacen miles de turistas, nos lleva a caminar por el gran espacio abierto de la plaza. Y es justamente aquí donde nos detendremos un momento para evocar, según el relato de cronistas de aquella época, cómo eran las celebraciones llenas de color, sonido y movimiento que allí, en la plaza, tenían lugar para las festividades de los santos, o para festejar la visita de obispos y gobernadores.       Nos dice un cronista de aquella época: “los jóvenes indígenas representan  en la plaza esgrimas y escaramuzas, con golpes al compás y jugando al modo militar con banderas pequeñas y otros con espadas. Unas veces vestidos a lo turquesco o a lo asiático, con vestidos, con alfanjes, lanzas, saetas y a veces, con bolas de fuego que disparan a compás. Hay también variedad de danzas de ángeles y diablos con los trajes correspondientes, peleando unos con otros. Salen cuatro compañías de danzantes por las cuatro esquinas de la plaza, con banderas, cajas, lanzas, espadas y armas de fuego y al son de clarines, danzan, se encuentran, se acometen, se retiran y juegan a disparar sus armas. En otra salen dos ejércitos al son de clarines y timbales, uno de ángeles vestidos a guisa de pelea, con peto y espaldar carmesí, con morrión hermoseado de plumaje, con espada y escudo con el nombre de Jesús en el medio. Otros de diablos, con horrorosas máscaras y feas puntas en la cabeza, con lanzas y un feo escudo, lleno lo restante de llamas, víboras y culebras y el caudillo Lucifer con una bandera negra. Tocan los clarines, arremeten los ángeles contra los malos, los desordenan, hieren y atropellan. Forman en escuadrón con variedad de mudanzas, vuelven a rodearlos y desbaratarlos, con mucho ruido y al compás de clarines y timbales hasta que luego de muchas refriegas, el último ángel arremete contra el último diablo llevándolo a estocadas hasta un lienzo grande en que está pintada horrorosamente la boca del infierno. Tras cada una de estas representaciones, salen varios indios para entretener a la gente con algún entremés mientras se visten los otros. Tal vez este relato auténtico de aquella época, sirva para que en la próxima visita que hagas a las ruinas, puedas evocar, por sobre el silencio que las envuelve, aquellos momentos de hace tantos años, las cosas ocurridas en esos lugares donde sólo se ven paredes destruidas, pero que fueron, en un momento, pueblos llenos de vida a los que la provincia debe, nada menos que su nombre.

Hoy, en este comentario acerca de lo que sabés de Misiones, vamos a hace referencia a un día de fiesta en las antiguas Misiones Jesuíticas. Por lo general cuando vamos de visita a alguno de esos antiguos pueblos, nuestra atención se centra en las ruinas que han perdurado, las murallas de piedra, los portales de la iglesia, los huecos de los ventanales, y aunque nos expliquen qué dependencias eran aquellas, nos cuesta imaginar aquel lugar poblado por cientos de personas, las habitaciones techadas y habitadas por los indígenas y el templo en todo su esplendor, lleno de fieles. Nuestro paseo, como el que hacen miles de turistas, nos lleva a caminar por el gran espacio abierto de la plaza. Y es justamente aquí donde nos detendremos un momento para evocar, según el relato de cronistas de aquella época, cómo eran las celebraciones llenas de color, sonido y movimiento que allí, en la plaza, tenían lugar para las festividades de los santos, o para festejar la visita de obispos y gobernadores.       Nos dice un cronista de aquella época: “los jóvenes indígenas representan  en la plaza esgrimas y escaramuzas, con golpes al compás y jugando al modo militar con banderas pequeñas y otros con espadas. Unas veces vestidos a lo turquesco o a lo asiático, con vestidos, con alfanjes, lanzas, saetas y a veces, con bolas de fuego que disparan a compás. Hay también variedad de danzas de ángeles y diablos con los trajes correspondientes, peleando unos con otros. Salen cuatro compañías de danzantes por las cuatro esquinas de la plaza, con banderas, cajas, lanzas, espadas y armas de fuego y al son de clarines, danzan, se encuentran, se acometen, se retiran y juegan a disparar sus armas. En otra salen dos ejércitos al son de clarines y timbales, uno de ángeles vestidos a guisa de pelea, con peto y espaldar carmesí, con morrión hermoseado de plumaje, con espada y escudo con el nombre de Jesús en el medio. Otros de diablos, con horrorosas máscaras y feas puntas en la cabeza, con lanzas y un feo escudo, lleno lo restante de llamas, víboras y culebras y el caudillo Lucifer con una bandera negra. Tocan los clarines, arremeten los ángeles contra los malos, los desordenan, hieren y atropellan. Forman en escuadrón con variedad de mudanzas, vuelven a rodearlos y desbaratarlos, con mucho ruido y al compás de clarines y timbales hasta que luego de muchas refriegas, el último ángel arremete contra el último diablo llevándolo a estocadas hasta un lienzo grande en que está pintada horrorosamente la boca del infierno. Tras cada una de estas representaciones, salen varios indios para entretener a la gente con algún entremés mientras se visten los otros. Tal vez este relato auténtico de aquella época, sirva para que en la próxima visita que hagas a las ruinas, puedas evocar, por sobre el silencio que las envuelve, aquellos momentos de hace tantos años, las cosas ocurridas en esos lugares donde sólo se ven paredes destruidas, pero que fueron, en un momento, pueblos llenos de vida a los que la provincia debe, nada menos que su nombre.

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