EPISODE · Aug 9, 2023 · 30 MIN
Literatura para Oír #1141 Milán Kundera, un paso a la inmortalidad (Checoeslovaquia- Francia)
from Literatura para Oír
*Realizador: Jorge Echavarría. *Lector: Carlos Ignacio Cardona. Milan Kundera, un paso a la inmortalidad ( Checoeslovaquia- Francia) El 11 de julio de 2023, el novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista y poeta checo Milan Kundera falleció en París a los 94 años, tras exiliarse y hacerse ciudadano francés, país donde se vivió desde 1975. Hijo de un musicólogo y pianista, siguió los pasos de su padre y estudió composición musical, para luego estudiar literatura, estética y cine, área de la que fue profesor por 10 años. Tras la Segunda Guerra Mundial, se afilió al partido comunista, pero fue expulsado de este en 1950, al considerarlo un hereje por su cáustico humor, incidente que inspiraría su novela La broma, sátira del comunismo estalinista. La invasión soviética a su país en 1968 hizo que se prohibieran sus obras, y, recién casado, debió ganarse la vida como pianista de jazz. Tras la llamada Primavera de Praga, emigró y fue profesor en varias universidades francesas. Mantuvo un discreto perfil público a pesar del éxito de sus novelas y de haber sido mencionado como candidato al premio Nobel en varias oportunidades, movido, tal vez, por la difamación y persecución que siguió sufriendo por parte del régimen de su país natal, que lo privó incluso de su nacionalidad. La vida está en otra parte, La despedida, La insoportable levedad del ser, La lentitud, El libro de la risa y el olvido, La inmortalidad, son algunos de sus libros de ficción, por los que recibió galardones como el Medicis, el Jerusalem, el austriaco de literatura, el Herder y el Franz Kafka. 10 novelas, dos libros de poesía, dos de teatro, uno de relatos y 4 de ensayo conforman su legado. Para muchos, Kundera salvó la novela de su banalización comercial, al explorar, de nuevo, grandes temas como el totalitarismo burocrático estatal y sus aspectos tragi-cómicos, el exilio, la identidad, el tiempo, el absurdo, el sexo como resistencia y emancipación frente a la opresión, en contravía hoy día contra los puritanismos viejos como el soviético y los nuevos, como las ideologías de reivindicación identitaria, todas ellas religiones laicas sin humor ni matices, banales y políticamente correctas. Un poema suyo resume sus convicciones: Ser poeta significa llegar al final al final del movimiento al final de la esperanza al final de la pasión al final de la desesperación Entonces solo cuenta no una vez no una vez o puede suceder que la suma de vidas resulte ridículamente baja ¡Cómo un niño te tambalearás por siempre en una tablita de multiplicar! Ser poeta significa llegar al final cada vez. Comencemos nuestro homenaje con esta primera página de su novela “La inmortalidad”: Aquella señora podía tener sesenta, sesenta y cinco años. Yo la miraba mientras estaba acostado en una camilla frente a la piscina de un club de gimnasia situado en la última planta de un edificio moderno, desde donde se ve, a través de unas grandes ventanas, todo París. Estaba esperando al profesor Avenarius, con el que a veces me reúno aquí para charlar. Pero el profesor Avenarius no llegaba y yo miraba a una señora; estaba sola en la piscina, metida en el agua hasta la cintura, mirando hacia arriba a un joven instructor vestido con una sudadera, que le enseñaba a nadar. Le daba órdenes: tenía que sujetarse con las manos al borde de la piscina y aspirar y espirar profundamente. Lo hacía con seriedad, con empeño, y era como si desde las profundidades del agua se oyera el sonido de una vieja locomotora de vapor (aquel sonido idílico, hoy ya olvidado, que para quienes no lo conocieron sólo puede ser descrito como la respiración de una vieja señora que, junto al borde de una piscina, aspira y espira sonoramente). Yo la miraba fascinado. Me quedé absorto en su enternecedora comicidad (el instructor también era consciente de ella, porque le temblaba a cada momento la comisura de los labios), pero después me saludó un conocido, quien distrajo mi atención. Cuando quise volver a mirarla, al cabo de un rato, la lección ya había terminado. Se iba, en bañador, dando la vuelta a la piscina. Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el corazón! ¡Aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años! Su brazo se elevó en el aire con encantadora ligereza. Era como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con su amante. Aquella sonrisa y aquel gesto tenían encanto y elegancia, mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno. Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad. En cualquier caso, cuando se volvió, sonrió y le hizo un gesto de despedida al joven instructor (que no pudo contenerse y se echó a reír), no sabía su edad. Una especie de esencia de su encanto, independiente del tiempo, quedó durante un segundo al descubierto con aquel gesto y me deslumbre. Estaba extrañamente impresionado.(…) Ahora, un testimonio suyo del encuentro con Gabriel García Márquez y su obra, publicado en 2002: Era el otoño de 1968, tres meses después de que el ejército ruso ocupó Checoslovaquia. Rusia no estaba en capacidad de dominar de inmediato a la sociedad checa, sumergida en la angustia pero con una cierta libertad por unos cuantos meses más. La Unión de Escritores, acusada por los rusos de ser el fogón de la contrarrevolución, conservaba todavía sus casas, editaba sus revistas, acogía a sus invitados. Fue entonces cuando vinieron a Praga, invitados por ella, tres novelistas latinoamericanos: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Vinieron discretamente, en su calidad de escritores. Para ver. Para comprender. Para alentar a sus colegas checos. Pasé con ellos una semana inolvidable. Nos hicimos amigos. Y justo después de su partida pude leer, todavía en pruebas de imprenta, la traducción checa de Cien años de soledad. Fue el primer libro de Gabo que leí. Y quedé deslumbrado: pensé en el anatema que el surrealismo había lanzado sobre el arte de la novela al que había estigmatizado como antipoético, y cerrado por completo a la libre imaginación. Y resulta que la novela de García Márquez no era más que eso: imaginación libre. Una de las más grandes obras de la poesía que conozco, en cada una de cuyas frases brillaba la fantasía, y cada una era una sorpresa, maravillosamente: una respuesta contundente al menosprecio por la novela proclamado en el Manifiesto del surrealismo (y al mismo tiempo un gran homenaje al surrealismo, a su inspiración, a su aliento de un extremo al otro siglo). Fue la confirmación a mi antigua certidumbre de que la poesía y el lirismo no son nociones hermanas, sino que deben mantenerse a larga distancia la una de la otra. Pues la poesía de Gabo no tiene nada que ver con el lirismo. No se confiesa, no abre su alma, sino que permanece ebrio por el mundo objetivo que eleva hacia una esfera en la que todo es a la vez real, inverosímil y mágico (es por la intensidad de su poesía como por la virulencia de su antilirismo que la obra de Gabo se distingue tan radicalmente de la novela contemporánea en Europa). No he podido olvidar aquel triple encuentro: Praga ocupada por el ejército ruso, la visita de Gabo y sus dos amigos, y las primeras pruebas de la traducción checa de Cien años de soledad. Leí esa novela en una sola jornada, y de inmediato le escribí un posfacio, que recibí impreso en las siguientes pruebas, pero que nunca fue publicado. Qué azar maravilloso: el posfacio de Cien años de soledad fue mi primer texto prohibido (a causa de mi nombre) por los nuevos amos del país. Esa prohibición dio inicio a la segunda mitad de mi vida, que es la de un escritor proscrito en su propio país. Años después, cuando me fui de Checoslovaquia en un pequeño Renault 5, no pude llevar nada conmigo; ningún mueble, por supuesto; ni siquiera mi ropa. Mi biblioteca se redujo a unos cincuenta libros, y el archivo personal de mis propios escritos me pareció entonces tan inútil que los tiré a la basura. Sin embargo, el posfacio para Cien años de soledad lo llevé cuidadosamente conmigo en pruebas de imprenta, como un amuleto protector. Con ese mismo sentimiento leí luego todos los libros de Gabo. No solo me maravilló su belleza, sino además creí escuchar la voz de un amigo que solo podía ver de vez en cuando pero cada vez más querido. Y algo más: cuando pienso en el arte de la novela, su historia se me figura como un camino en tres etapas: la primera, la más larga, inaugurada por Rabelais; la segunda, que es la del siglo XIX, y la tercera, la de la novela moderna, que creo fue inaugurada por mis compatriotas centroeuropeos Kafka y Musil, y alcanzó su apogeo en América Latina y fue encarnada en mi imaginación por aquellos tres hombres cuarentones, muy guapos, muy viriles, con quienes viví en los amargos días de Praga una felicidad improbable, vigilada por las metralletas del ejército ruso. La tarea del novelista, también lo dijo Kundera, consiste en“destruir la casa de su vida para construir la casa de la novela”. Y sus novelas, instrumentos indispensables para entender el siglo XX, tuvieron en él un reinventor, respetuoso de la tradición pero tan original como para hacer libros que capaces de combinar de modo erudito citas latinas de teología, teorías nietzscheanas, bromas sutiles, erotismo, filosofía y alegatos contra los totalitarismos, hoy imposibles en un mundo hiperconsumista e impaciente. Novelas, en fin, que plantean preguntas y no respuesta, en un mundo donde cada uno, estúpidamente, cree tener las respuestas para todo. Su exitosa novela “La insoportable levedad del ser”, de 1984, exploración de lo íntimo de un triángulo amoroso y lo social de la invasión soviética a su país ilustra lo expuesto: (…)La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial? El mito del eterno retorno viene a decir, per negationem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros. ¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africanos si se repite incontables veces en un eterno retorno? Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable. Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses. Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas aparecen de un modo distinto ha como las conocemos: aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina. No hace mucho me sorprendí a mí mismo con una sensación increíble: estaba hojeando un libro sobre Hitler y al ver algunas de las fotografías me emocioné: me habían recordado el tiempo de mi infancia; la viví durante la guerra; algunos de mis parientes murieron en los campos de concentración de Hitler; ¿pero qué era su muerte en comparación con el hecho de que las fotografías de Hitler me habían recordado un tiempo pasado de mi vida, un tiempo que no volverá? Esta reconciliación con Hitler demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido. (...) Pienso en Tomás desde hace años, pero no había logrado verlo con claridad hasta que me lo iluminó esta reflexión. Lo vi de pie junto a la ventana de su piso, mirando a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente, sin saber qué debe hacer. Se encontró por primera vez a Teresa hace unas tres semanas en una pequeña ciudad checa. Pasaron juntos apenas una hora. Lo acompañó a la estación y esperó junto a él hasta que tomó el tren. Diez días más tarde vino a verle a Praga. Hicieron el amor ese mismo día. Por la noche le dio fiebre y se quedó toda una semana con gripe en su casa. Sintió entonces un inexplicable amor por una chica casi desconocida; le pareció un niño al que alguien hubiera colocado en un cesto untado con pez y lo hubiera mandado río abajo para que Tomás lo recogiese a la orilla de su cama. Teresa se quedó en su casa una semana, hasta que sanó, y luego regresó a su ciudad, a unos doscientos kilómetros de Praga. Y entonces llegó ese momento del que he hablado y que me parece la llave para entrar en la vida de Tomás: está junto a la ventana, mira a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente y piensa: ¿Debe invitarla a venir a vivir a Praga? Le daba miedo semejante responsabilidad. Si la invitase ahora, vendría junto a él a ofrecerle toda su vida. ¿O ya no debe dar señales de vida? Eso significaría que Teresa seguiría siendo camarera en un restaurante de una ciudad perdida y que él ya no la vería nunca más. ¿Quería que ella viniera a verle, o no quería? Miraba a través del patio hacia la pared de enfrente y buscaba una respuesta. Se acordaba una y otra vez de cuando estaba acostada en su cama: no le recordaba a nadie de su vida anterior. No era ni una amante ni una esposa. Era un niño al que había sacado de un cesto untado de pez y había colocado en la orilla de su cama. Ella se durmió. Él se arrodilló a su lado. Su respiración afiebrada se aceleró y se oyó un débil gemido. Apretó su cara contra la de ella y le susurró mientras dormía palabras tranquilizadoras. Al cabo de un rato sintió que su respiración se serenaba y que la cara de ella ascendía instintivamente hacia la suya. Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación de que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo. Ahora estaba junto a la ventana e invocaba ese momento. ¿Qué podía ser sino el amor que había llegado de ese modo para que él lo reconociese? (...) Estas página de su obra El telón, lúcida reflexión del cambio de actitud generacional sobre el tiempo, lo cotidiano y la historia, sólo comprendido a través de ese invento moderno que es la novela: Contaban una anécdota de mi padre, que era músico. Se encuentra entre amigos en algún lugar donde, desde una radio o un fonógrafo, suenan los acordes de una sinfonía. Los amigos, todos músicos o melómanos, reconocen enseguida la Novena de Beethoven. Preguntan a mi padre: —¿Qué es esa música? Tras una larga reflexión, éste dice: —Parece Beethoven. Todos contienen la risa: ¡mi padre no ha reconocido la Novena sinfonía! —¿Estás seguro? —Sí —dice mi padre—, un Beethoven tardío. —¿Cómo puedes saber que es tardío? Mi padre les llama entonces la atención sobre cierta ligadura armónica que Beethoven jamás habría utilizado en su juventud. Sin duda, la anécdota es sólo una maliciosa invención, pero ilustra bien lo que es la conciencia de la continuidad histórica, uno de los signos por los que se distingue al hombre que pertenece a la civilización que es (o era) la nuestra. Para nosotros, todo adquiría el cariz de una historia, nos parecía una sucesión más o menos lógica de acontecimientos, actitudes, obras. En tiempos de mi primera juventud conocía, de un modo natural, sin esforzarme, la cronología exacta de las obras de mis autores predilectos. Imposible pensar que Apollinaire hubiera escrito Alcoholes después de Caligramas, ya que, en ese caso, habría sido otro poeta, ¡su obra tendría otro sentido! Me gusta cada uno de los cuadros de Picasso por sí mismo, pero también toda la obra de Picasso concebida como un largo camino del que conozco a la perfección cada uno de los períodos. Las célebres preguntas metafísicas, ¿de dónde venirnos? Y ¿adónde vamos?, tienen en el arte un sentido concreto y claro, y no carecen de respuestas. (…)El pobre Alonso Quijano quiso erigirse en un personaje legendario de caballero andante. De cara a la historia de la literatura, Cervantes consiguió todo lo contrario: situó un personaje legendario a ras de suelo: en el mundo de la prosa. La prosa: esta palabra no sólo significa un lenguaje no versificado; significa también el carácter concreto, cotidiano, corporal, de la vida. Decir que la novela es el arte de la prosa no es, pues, una perogrullada; esta palabra define el sentido profundo de esa arte. A Homero no se le ocurre preguntarse si Aquiles o Áyax, después de sus muchos combates cuerpo a cuerpo, aún conservan sus dientes. Para Don Quijote y para Sancho, por el contrario, los dientes son una constante preocupación, dientes que duelen, dientes que faltan. «Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y mucho más se ha de estimar un diente que un diamante.» Pero la prosa no es sólo el lado penoso o vulgar de la vida, es también una belleza hasta entonces menospreciada: la belleza de los sentimientos modestos, por ejemplo el de esa amistad impregnada de familiaridad que siente Sancho por Don Quijote. Éste le regaña por su desenvoltura parlanchina alegando que en ningún libro de caballería un escudero se atreve a hablarle a su amo en ese tono. Por supuesto que no: la amistad de Sancho es uno de los descubrimientos cervantinos de la nueva belleza prosaica: «... no puedo más, seguirle tengo; somos del mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y sobre todo, yo soy fiel, y, así, es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y el azadón», dice Sancho. La muerte de Don Quijote es aún más conmovedora por ser prosaica, o sea, desprovista de todo pathos. Tras dictar su testamento, agoniza durante tres días, rodeado de la gente que le quiere: sin embargo, «comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto». Don Quijote explica a Sancho que Homero y Virgilio no describían a los personajes «como ellos fueron, sino como habían de ser para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes». Ahora bien, el propio Don Quijote es cualquier cosa menos un ejemplo a seguir. Los personajes novelescos no piden que se les admire por sus virtudes. Piden que se les comprenda, lo cual es algo totalmente distinto. Los héroes de epopeya vencen o, si son vencidos, conservan hasta el último suspiro su grandeza. Don Quijote ha sido vencido. Y sin grandeza alguna. Porque, de golpe, todo queda claro: la vida humana como tal es una derrota. Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Ésta es la razón de ser del arte de la novela. (…) Su último libro, “Un occidente secuestrado”no puede ser más asertivo sobre un mundo lleno de censura, de democracias recortadas a la medida de miedos y reclamos identitarios, de discursos de odio en las redes, de polarizaciones, de ofendidos históricos que reclaman confesiones de culpa, de renuncia a una cultura universal a favor de culturas recalcitrantes en su pequeñez: En 1956, en el mes de septiembre, el director de la agencia de prensa de Hungría, unos minutos antes de que su despacho fuese aplastado por la artillería, envió por télex al mundo entero un mensaje desesperado sobre la ofensiva rusa, desencadenada por la mañana contra Budapest. El comunicado acababa con estas palabras: «Moriremos por Hungría y por Europa». ¿Qué quería decir esa frase? Quería decir, ciertamente, que los tanques rusos ponían en peligro a Hungría y, con ella, a Europa. Pero ¿en qué sentido estaba Europa en peligro? ¿Estaban dispuestos los tanques rusos a franquear las fronteras húngaras en dirección al oeste? No. El director de la agencia de prensa de Hungría quería decir que se apuntaba a Europa en la misma Hungría. Él estaba dispuesto a morir para que Hungría siguiera siendo Hungría y siguiera siendo Europa. Aunque el sentido de la frase parece claro, sigue intrigándonos. En efecto, aquí, en Francia, en América, uno se ha habituado a pensar que lo que estaba en juego entonces no eran ni Hungría ni Europa, sino un régimen político. Jamás se habría dicho que era Hungría como tal la que estaba amenazada, y aún se comprende menos por qué un húngaro enfrentado a su propia muerte interpelaría a Europa. ¿Acaso Solzhenitsyn, cuando denuncia la opresión comunista, apela a Europa como un valor fundamental por el cual vale la pena morir? No, «morir por la patria y por Europa» es una frase que no se podría pensar ni en Moscú ni en Leningrado, sino precisamente en Budapest o en Varsovia. Efectivamente, ¿qué es Europa para un húngaro, para un checo, para un polaco? Desde el principio, esas naciones pertenecen a la parte de Europa arraigada en la cristiandad romana. Participan en todas las fases de su historia. La palabra «Europa» no representa para ellas un fenómeno geográfico, sino una noción espiritual que es sinónima de la palabra «Occidente». En el momento en que Hungría ya no es Europa, es decir, Occidente, es expulsada más allá de su propio destino, más allá de su propia historia; pierde la esencia misma de su identidad. La Europa geográfica (la que va desde el Atlántico hasta los Urales) siempre estuvo dividida en dos mitades que evolucionaban por separado: una vinculada a la antigua Roma y a la Iglesia católica (seña particular: alfabeto latino), y la otra anclada en Bizancio y en la Iglesia ortodoxa (seña particular: alfabeto cirílico). Después de 1945, la frontera entre esas dos Europas se desplazó unos pocos de cientos de kilómetros hacia el Oeste, y algunas naciones que siempre se habían considerado occidentales se despertaron un buen día y constataron que se encontraban en el Este. Como resultado de ello, después de la guerra se formaron tres situaciones fundamentales en Europa: la de Europa occidental, la de Europa oriental y la de esa parte de Europa situada geográficamente en el centro, culturalmente en el Oeste y políticamente en el Este, la más complicada de las tres. (…) Para Kundera, la ironía es una herramienta que revela la ambigüedad y nos quita toda posibilidad de certeza, de “estar convencidos de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos, quienes tienen certezas inmodificables, son exactamente lo que creen ser”. Por ahora, el mundo se ha vuelto un lugar en el que “las bromas se han vuelto peligrosas”, arrinconadas por los discurso únicos que expulsan el humor, lo único que los cuestiona. Kundera rescata de Rabelais, este fundador gozoso del arte novelesco, la palabra “agelasta”, aquel que no sabe reír: «Hay personas a quienes admiro por su inteligencia, a las que estimo por su honestidad, pero con quienes no me siento a gusto: censuro mis comentarios para no ser mal interpretado, para no parecer cínico, para no herirlas con una palabra demasiado leve. Ellas no viven en paz con lo cómico. No se lo reprocho: su agelastia está profundamente anclada en ellas y no lo pueden remediar. Pero yo tampoco puedo remediarlo y, aun sin detestarlas, las evito de lejos».
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