Literatura para Oír #1145 Una Tarjeta Sonora de Cumpleaños - John Cheever (EEUU), Primer Programa. episode artwork

EPISODE · Sep 6, 2023 · 28 MIN

Literatura para Oír #1145 Una Tarjeta Sonora de Cumpleaños - John Cheever (EEUU), Primer Programa.

from Literatura para Oír

*Realizador: Jorge Echavarría. *Lector: Carlos Ignacio Cardona. Una Tarjeta Sonora de Cumpleaños - John Cheever (EEUU), Primer Programa. UNA TARJETA SONORA DE CUMPLEAÑOS ( Primer programa – Mario Vargas Llosa, Perú y John Cheever, EEUU) Radio Bolivariana arriba este año a los 75 años de existencia. Y es a esta casa, donde este programa se ha alojado hace varias décadas, dedicamos hoy este sentido homenaje, con textos donde la radio y el sonido son protagonistas. Comencemos este primer programa de nuestra tarjeta de cumpleaños, recordando el inicio de la novela de Mario Vargas Llosa “La tía Julia y el escribidor”, donde la radio es el escenario donde se desenvuelve su trama: En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos, Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque, en el fondo, me hubiera gustado más llegar a ser un escritor. Tenía un trabajo de título pomposo, sueldo modesto, apropiaciones ilícitas y horario elástico: director de Informaciones de Radio Panamericana. Consistía en recortar las noticias interesantes que aparecían en los diarios y maquillarlas un poco para que se leyeran en los boletines. La redacción a mis órdenes era un muchacho de pelos engomados y amante de las catástrofes llamado Pascual. Había boletines cada hora, de un minuto, salvo los de mediodía y de las nueve, que eran de quince, pero nosotros preparábamos varios a la vez, de modo que yo andaba mucho en la calle, tomando cafecitos en la Colmena, alguna vez en clases, o en las oficinas de Radio Central, más animadas que las de mi trabajo. Las dos estaciones de radio pertenecían al mismo dueño y eran vecinas, en la calle Belén, muy cerca de la Plaza San Martín. No se parecían en nada. Más bien, como esas hermanas de tragedia que han nacido, una, llena de gracias y, la otra, de defectos, se distinguían por sus contrastes. Radio Panamericana ocupaba el segundo piso y la azotea de un edificio flamante, y tenía, en su personal, ambiciones y programación, cierto aire extranjerizante y snob, ínfulas de modernidad, de juventud, de aristocracia. Aunque sus locutores no eran argentinos (habría dicho Pedro Camacho) merecían serlo. Se pasaba mucha música, abundante jazz y rock y una pizca de clásica, sus ondas eran las que primero difundían en Lima los últimos éxitos de Nueva York y de Europa, pero tampoco desdeñaban la música latinoamericana siempre que tuviera un mínimo de sofisticación; la nacional era admitida con cautela y sólo al nivel del vals. Había programas de cierto relente intelectual, Semblanzas del Pasado, Comentarios Internacionales, e incluso en las emisiones frívolas, los Concursos de Preguntas o el Trampolín a la Fama, se notaba un afán de no incurrir en demasiada estupidez o vulgaridad. Una prueba de su inquietud cultural era ese Servicio de Informaciones que Pascual yo alimentábamos, en un altillo de madera construido en la azotea, desde el cual era posible divisar los basurales y las últimas ventanas teatinas de los techos limeños. Se llegaba hasta él por un ascensor cuyas puertas tenían la inquietante costumbre de abrirse antes de tiempo. Radio Central, en cambio, se apretaba en una vieja casa llena de patios y de vericuetos, y bastaba oír a sus locutores desenfadados y abusadores de la jerga, para reconocer su vocación multitudinaria, plebeya, criollísima. Allí se propalaban pocas noticias y allí era reina y señora la música peruana, incluyendo a la andina, y no era infrecuente que los cantantes indios de los coliseos participaran en esas emisiones abiertas al público que congregaban muchedumbres, desde horas antes, a las puertas del local. También estremecían sus ondas, con prodigalidad, la música tropical, la mexicana, la porteña, y sus programas eran simples, inimaginativos, eficaces: Pedidos Telefónicos, Serenatas de Cumpleaños, Chismografía del Mundo de la Farándula, el Acetato y el Cine. Pero su plato fuerte, repetido y caudaloso, lo que, según todas las encuestas, le aseguraba su enorme sintonía, eran los radioteatros. Pasaban media docena al día, por lo menos, y a mí me divertía mucho espiar a los intérpretes cuando estaban radiándolos: actrices y actores declinantes, hambrientos, desastrados, cuyas voces juveniles, acariciadoras, cristalinas, diferían terriblemente de sus caras viejas, sus bocas amargas y sus ojos cansados. "El día que se instale la televisión en el Perú no les quedará otro camino que el suicidio", pronosticaba Genaro-hijo, señalándolos a través de los cristales del estudio, donde, como en una gran pecera, los libretos en las manos, se los veía formados en torno al micro, dispuestos a empezar el capítulo veinticuatro de "La familia Alvear". Y, en efecto, qué decepción se hubieran llevado esas amas de casa que se enternecían con la voz de Luciano Pando si hubieran visto su cuerpo contrahecho y su mirada estrábica, y qué decepción los jubilados a quienes el cadencioso rumor de Josefina Sánchez despertaba recuerdos, si hubieran conocido su papada, sus bigotes, sus orejas aleteantes, sus várices. Pero la llegada de la televisión al Perú era aún remota y el discreto sustento de la fauna radioteatral parecía por el momento asegurado. Siempre había tenido curiosidad por saber qué plumas manufacturaban esas seriales que entretenían las tardes de mi abuela, esas historias con las que solía darme de oídos donde mi tía Laura, mi tía Olga, mi tía Gaby o en las casas de mis numerosas primas, cuando iba a visitarlas (nuestra familia era bíblica, miraflorina, muy unida), Sospechaba que los radioteatros se importaban, pero me sorprendí al saber que los Genaros no los compraban en México ni en Argentina sino en Cuba. Los producía la CMQ, una suerte de imperio radiotelevisivo gobernado por Goar Mestre, un caballero de pelos plateados al que alguna vez, de paso por Lima, había visto cruzar los pasillos de Radio Panamericana solícitamente escoltado por los dueños y ante la mirada reverencial de todo el mundo. Había oído hablar tanto de la CMQ cubana a locutores, animadores y operadores de la Radio –para los que representaba algo mítico, lo que el Hollywood de la época para los cineastas– que Javier y yo, mientras tomábamos café en el Bransa, alguna vez habíamos dedicado un buen rato a fantasear sobre ese ejército de polígrafos que, allá, en la distante Habana de palmeras, playas paradisíacas, pistoleros y turistas, en las oficinas aireacondicionadas de la ciudadela de Goar Mestre, debían de producir, ocho horas al día, en silentes máquinas de escribir, ese torrente de adulterios, suicidios, pasiones, encuentros, herencias, devociones, casualidades y crímenes que, desde la isla antillana, se esparcía por América Latina, para, cristalizado en las voces de los Lucianos Pandos y las Josefinas Sánchez, ilusionar las tardes de las abuelas, las tías, las primas y los jubilados de cada país.(…) La radio enorme, un cuento de John Cheever, uno de las grandes voces del cuento del siglo XX en EEUU. Jim e Irene Westcott pertenecían a esa clase de personas que parecen disfrutar del satisfactorio promedio de ingresos, dedicación y respetabilidad que alcanzan los exalumnos universitarios, según las estadísticas de los boletines que ellos mismos editan. Eran padres de dos niños pequeños; llevaban casados nueve años; vivían en el piso doce de un bloque de apartamentos cerca de Sutton Place; iban al teatro una media de 10,3 veces al año y confiaban en residir algún día en Westchester. Irene Westcott era una muchacha agradable y no demasiado atractiva, de suave pelo castaño y frente fina y amplia sobre la que nada en absoluto había sido escrito; en tiempo frío solía usar un abrigo de hurón teñido de tal forma que parecía visón. No podía afirmarse que Jim Westcott aparentase ser más joven de lo que era, pero al menos podía asegurarse que parecía sentirse más joven. Llevaba muy corto el pelo ya grisáceo, se vestía con la clase de ropa que su generación solía llevar en los campus de Andover, y su porte era formal, vehemente y deliberadamente ingenuo. Los Westcott se diferenciaban de sus amigos, vecinos y compañeros de estudios únicamente en su común interés por la música seria. Asistían a un gran número de conciertos, aunque raramente se lo decían a nadie, y pasaban gran parte de su tiempo escuchando música en la radio. Tenían un aparato anticuado, sensible, imprevisible e imposible de reparar. Ninguno de los dos entendía sus mecanismos, ni tampoco el de los restantes artefactos domésticos; cuando la radio fallaba, Jim golpeaba con la mano uno de los lados de la caja. A veces servía de algo. Un domingo por la tarde, en mitad de un cuarteto de Schubert, la música se desvaneció por completo. Jim aporreó la caja varias veces, pero no hubo respuesta; habían perdido a Schubert para siempre. Prometió a Irene comprarle una radio nueva, y el lunes, al volver a casa después del trabajo, le dijo que había adquirido una. Se negó a describírsela, y añadió que cuando llegase le daría una sorpresa. La tarde siguiente les entregaron la radio por la puerta de servicio y, con ayuda del portero y la sirvienta, Irene la desembaló y la llevó a la sala. Le disgustó en el acto la fealdad de la amplia caja de madera encolada. Estaba orgullosa de su cuarto de estar; había escogido el mobiliario y los colores con el mismo cuidado con que elegía sus vestidos, y ahora le parecía que la nueva radio era una intrusa agresiva en medio de sus pertenencias íntimas. Se quedó perpleja ante la cantidad de interruptores y botones del panel de mandos, y los examinó minuciosamente antes de insertar el enchufe en la pared y encender la radio. Una malévola luz verde bañó los botones, y como a distancia, percibió la música de un quinteto de piano. Los compases sonaron lejanos nada más que un segundo; luego se abatieron sobre Irene a una velocidad mayor que la de la luz e inundaron la casa con tanta potencia que un objeto de porcelana cayó de una mesa al suelo. Corrió hacia el aparato y bajó el volumen. Las violentas fuerzas agazapadas dentro de la fea caja de madera encolada la hacían sentirse incómoda. Entonces los niños volvieron del colegio, y se los llevó al parque. Hasta última hora de la tarde, Irene no pudo volver a ocuparse de la radio. La sirvienta ya había dado de cenar a los niños y supervisado su baño cuando Irene la encendió de nuevo, bajó el volumen y se sentó a escuchar un quinteto de Mozart que conocía y amaba. La música salía nítida. El sonido del nuevo aparato, pensó, era mucho más puro que el del antiguo. Decidió que lo más importante era el sonido y que podía esconder la fea caja detrás de un sofá. Pero tan pronto hubo hecho las paces con la radio empezaron las interferencias. Un crujido similar al chisporroteo de una mecha encendida acompañaba el cántico de las cuerdas. Más allá de la música se oía un susurro que a Irene, molesta, le recordó el mar, y a medida que el quinteto avanzaba, más y más ruidos iban sumándose al primero. Pulsó todos los interruptores y botones, pero nada atenuó las interferencias. Se sentó otra vez, presa de la frustración y el desconcierto, e intentó seguir el hilo de la melodía. El hueco del ascensor del inmueble daba a la pared de la sala, y precisamente el ruido de este le dio una pista sobre la causa de las interferencias. El chasquido de los cables del ascensor y el abrir y cerrar de sus puertas se reproducían en el altavoz del aparato, y, percatándose de que la radio era sensible a toda suerte de corrientes eléctricas, empezó a discernir a través de la música de Mozart el repiqueteo del teléfono, la acción de marcar el número y el lamento de una aspiradora. Escuchando con mayor atención, fue capaz de captar los timbres, los ruidos del ascensor, las máquinas de afeitar eléctricas y las batidoras, sonidos capturados de los apartamentos circundantes y transmitidos por el altavoz. La fea y potente radio, con su equívoca sensibilidad para la disonancia, escapaba a su dominio, así que apagó el cacharro y fue a ver qué tal estaban los niños. Esa misma noche, al volver a casa, Jim Westcott se dirigió a la radio confiadamente y manipuló los mandos. Vivió una experiencia parecida a la de Irene. Un hombre hablaba en la emisora que Jim había elegido, y su voz creció al instante desde la lejanía hasta una potencia tal que estremeció la casa. Jim giró el botón del volumen y redujo el torrente de aquella voz. Las interferencias comenzaron un minuto o dos más tarde. Empezó el campanilleo de teléfonos y timbres, junto con el chasquido de las puertas de ascensor y la rotación de los electrodomésticos. El tipo de ruidos que la radio registraba había cambiado desde que Irene la había probado; habían desenchufado la última máquina de afeitar, las aspiradoras habían vuelto a sus armarios y las interferencias reflejaban el cambio de ritmo que impera en la ciudad tras la caída del sol. Jugueteó con los botones del aparato pero no logró eliminar las interferencias; lo apagó por fin y le dijo a Irene que por la mañana llamaría a la gente que se la había vendido y que lo iban a oír. La tarde siguiente, cuando Irene volvió a casa después de un almuerzo fuera, la sirvienta le dijo que un hombre había venido y arreglado la radio. Irene fue a la sala de estar antes de quitarse el sombrero y las pieles y probó el aparato. Por el altavoz empezó a oírse un disco; era el Missouri Waltz. Le recordó la chirriante y floja música de un anticuado fonógrafo que a veces podía oírse desde el otro lado del lago donde solía veranear. Esperó hasta que el vals hubo acabado, suponiendo que habría algún comentario sobre la grabación, pero no hubo ninguno. El silencio siguió a la música, y luego se repitió el chirriante y quejumbroso disco. Giró el sintonizador, y del aparato salió una agradable ráfaga de música caucasiana —golpeteo de pies desnudos en el polvo, tintinear de alhajas—, pero del fondo venían timbrazos y una algarabía de voces. Los niños llegaron entonces del colegio; Irene apagó la radio y se reunió con ellos en su habitación. Cuando aquella noche Jim llegó a casa, estaba cansado; se dio un baño y se cambió de ropa. Luego se reunió con Irene en la sala. Acababa de poner la radio cuando la sirvienta anunció la cena, así que la dejó encendida y él e Irene se sentaron a la mesa; Jim estaba tan fatigado que ni siquiera simuló deseos de mostrarse sociable. No hubo nada en la cena que atrajese la atención de Irene, de modo que su atención se centró en la comida para después desviarse al brillo plateado que cubría los candelabros y más tarde a la música en la otra habitación. Escuchó unos minutos un preludio de Chopin y se sintió de pronto sorprendida al oír que irrumpía la voz de un hombre: «Por el amor de Dios, Kathy —dijo—, ¿siempre tienes que tocar el piano justo cuando llego a casa?» La música cesó bruscamente. «Es el único momento que tengo —dijo una mujer—. Estoy todo el día en la oficina.» «Y yo también», dijo el hombre. Agregó algo obsceno sobre un piano vertical y salió dando un portazo. La apasionada y melancólica música sonó de nuevo. —¿Has oído eso? —preguntó Irene. —¿Qué? Jim estaba tomando el postre. —La radio. Un hombre ha dicho algo mientras la música seguía sonando. Una palabrota. —Una obra de teatro probablemente. —No lo creo —dijo Irene. Dejaron la mesa y tomaron el café en la sala de estar. Irene pidió a Jim que pusiera otra emisora. Él giró el botón. «¿Has visto mis ligas?», preguntó un hombre. «Abróchame», pidió una mujer. «¿Has visto mis ligas?», repitió el hombre. «Primero abróchame y luego buscaré tus ligas», dijo la mujer. Jim cambió de emisora. «Me gustaría que no dejases los corazones de las manzanas en los ceniceros —dijo un hombre—. Detesto el olor.» —Es extraño —dijo Jim. —Sí, ¿verdad? —dijo Irene. Jim volvió a girar el botón. «En las orillas de Coromandel, donde crecen las tempranas calabazas —dijo una mujer con marcado acento inglés—, en medio de los bosques vivía el Gran Patazas. Dos antiguas sillas, la mitad de una vela, una jarra sin asas más vieja que mi abuela…» —¡Dios mío! —exclamó Irene—. Es la niñera de los Sweeney. «Ninguna otra cosa tenía en el mundo», prosiguió la voz inglesa. —Apaga la radio —dijo Irene—. Quizá puede oírnos. Jim la apagó. —Era la señorita Armstrong, la niñera de los Sweeney —expresó Irene—. Le estará leyendo a la niña pequeña. Viven en el 17-B. He hablado con la señorita Armstrong en el parque. Conozco muy bien su voz. Seguramente estamos captando lo que ocurre en otras casas. —Imposible —dijo Jim. —Te digo que era la niñera de los Sweeney —repitió Irene, acalorada—. Conozco su voz. La conozco muy bien. Me pregunto si nos oyen los vecinos. Jim encendió la radio. Primero a lo lejos y después más cerca, cada vez más cerca, como transportado por el viento, se oía otra vez el diáfano acento de la niñera: «”¡Mi María, mi María!, sentado entre estas calabazas, ¿vendrás y serás mi esposa?”, dijo triste el Gran Patazas.» Jim se acercó a la radio y dijo: «Hola», muy alto junto al altavoz, «”Estoy harto de vivir sin compañía —siguió la niñera—, en esta ribera tan salvaje y umbría, la vida me resulta muy penosa; si tú vienes y quieres ser mi esposa, mi existencia se volverá muy hermosa…”» —Creo que no puede oírnos —dijo Irene—. Busca otra cosa. Jim puso otra emisora, e inundó la habitación el alboroto de una fiesta que se había salido de madre. Alguien tocaba el piano y cantaba Whiffenpoofsong; las voces que lo acompañaban eran alegres, enérgicas. «Come más bocadillos», gritó una mujer. Se oyeron carcajadas, y un plato o algo semejante se estrelló contra el suelo. —Deben de ser los Fuller, en el 2-E —dijo Irene—. Sé que esta tarde daban una fiesta. La vi a ella en la tienda de licores. ¡Es como un fenómeno sobrenatural! Pon otra cosa. Trata de captar a los del 18-C. Los Westcott oyeron esa noche un monólogo sobre la pesca del salmón en Canadá, una partida de bridge, comentarios directos sobre una película casera, al parecer filmada durante una estancia de dos semanas en Sea Island, y una agria disputa doméstica a propósito de unos números rojos en un banco. Apagaron la radio a medianoche y se fueron a la cama, cansados de tanto reír. En un momento dado de la noche, su hijo empezó a llamar pidiendo un vaso de agua, e Irene se levantó y se lo llevó a su cuarto. Era muy temprano. Todas las luces del vecindario estaban apagadas, y por la ventana de la habitación del niño Irene vio la calle vacía. Fue a la sala y encendió la radio. Se oyeron toses débiles, un gemido, y luego habló un hombre: «¿Estás bien, cariño?», preguntó. «Sí —respondió una mujer, con voz cansada—. Sí, estoy bien, supongo. —Y luego añadió muy sentidamente—: Pero, ¿sabes, Charlie?, ya no me siento yo misma. En una semana me siento yo misma, como mucho, quince o veinte minutos. No quiero que me vea otro médico, porque los honorarios que debemos pagar son ya demasiados, pero no me siento yo misma, Charlie. Nunca volveré a sentirme como antes.» No eran jóvenes, pensó Irene. Adivinó por el timbre de sus voces que eran personas de mediana edad. La contenida melancolía del diálogo y una corriente de aire que entró por la ventana del dormitorio le dieron escalofríos, y volvió a acostarse. A la mañana siguiente, Irene preparó el desayuno para su familia —la sirvienta no subió hasta las diez de su habitación en el sótano—, hizo las trenzas a la niña y esperó en la puerta hasta que sus hijos y su marido se alejaron en el ascensor. Luego fue a la sala y puso la radio. «No quiero ir al colegio —gritó un niño—. Odio el colegio. No quiero ir al colegio. Lo odio.» «Irás al colegio —dijo una mujer, furiosa—. Pagamos ochocientos dólares para que vayas, e irás aunque te mueras.» El siguiente número que probó en el dial le trajo el gastado disco del Missouri Waltz. Cambió de emisora e invadió la intimidad de varias mesas de desayuno. Sorprendió muestras de indigestión, de amor carnal, de insondable vanidad, de fe y de desesperación. La vida de Irene era casi tan simple y protegida como aparentaba serlo, y el lenguaje franco y en ocasiones brutal que emitía el altavoz aquella mañana le produjo asombro y malestar. Siguió escuchando hasta que llegó la sirvienta. Entonces apagó a prisa la radio, consciente de que aquella invasión de intimidades ajenas era algo furtivo. Irene tenía aquel día una cita para comer con una amiga, y salió de casa poco después de las doce. Había unas cuantas mujeres en el ascensor cuando este se paró en su piso. Miró con fijeza sus rostros bellos e impasibles, sus pieles y las flores de tela en sus sombreros. ¿Cuál de ellas había estado en Sea Island? ¿Cuál había tenido un descubierto en su cuenta bancaria? El ascensor se detuvo en la décima planta y entró una mujer con un par de perros terrier. Llevaba un peinado alto y lucía una capa de visón. Tarareaba el Missouri Waltz. Irene tomó dos martinis durante el almuerzo, miró de forma inquisitiva a su amiga y se preguntó cuáles serían sus secretos. Habían planeado ir de compras después de comer, pero Irene se disculpó y regresó a casa. Dijo a la sirvienta que nadie la molestara; luego entró en la sala, cerró las puertas y encendió la radio. A lo largo de esa tarde, escuchó la conversación entrecortada de una mujer que entretenía a su tía, el epílogo histérico de una comida con invitados, y a una anfitriona que daba instrucciones a su criada a propósito de ciertos asistentes al cóctel. «No des el mejor whisky a los que no tengan el pelo blanco —dijo—. Trata de deshacerte de ese paté de hígado antes de servir los platos calientes. Y otra cosa: ¿podrías prestarme cinco dólares? Quiero darle una propina al ascensorista.» A medida que la tarde declinaba, las conversaciones ganaban en intensidad. Desde donde Irene se había sentado, veía el cielo abierto sobre el East River. Había cientos de nubes en el firmamento, como si el viento del sur hubiese roto en pedazos el invierno y lo transportara al norte, y en la radio oía la llegada de los invitados al cóctel y el retorno de los niños y los hombres de negocios de colegios y oficinas. «Esta mañana encontré un diamante de tamaño considerable en el suelo del baño —dijo una mujer—. Seguramente se cayó de la pulsera que la señora Dunston llevaba anoche.» «Lo venderemos —dijo un hombre—. Llévaselo al joyero de Madison Avenue y véndeselo. A la señora Dunston no va a suponerle nada, y a nosotros nos vendrán bien un par de cientos de dólares…» «Naranjas y limones, dice la campana de Santa Ana —cantaba la niñera de los Sweeney—. Medio penique y un chelín, dice la campana de San Martín. ¿Cuándo tu deuda habrás saldado?, dicen las campanas del viejo juzgado…» «No es un sombrero, es un asunto sentimental —gritaba una mujer, y a su espalda se oía el bullicio del cóctel—. No es un sombrero, es un idilio. Es lo que dijo Walter Florell. Dijo que no es un sombrero, sino un idilio. —Y luego, en voz más baja, la misma mujer añadió—: Habla con alguien, por el amor de Dios, cariño, habla con alguien. Si ella te pilla aquí parado sin hablar con nadie, nos borrará de su lista de invitados, y me encantan estas fiestas.» Los Westcott cenaban fuera aquella noche, y cuando Jim llegó a casa, Irene se estaba vistiendo. Parecía triste y ausente, y él le sirvió una copa. Cenaban con unos amigos de la vecindad, y fueron andando hasta su domicilio. El cielo estaba despejado y lleno de luz. Era uno de esos espléndidos atardeceres de primavera que excitaban la memoria y el deseo, y el aire que rozaba su cara y sus manos era muy suave. En la esquina, una banda del Ejército de Salvación tocaba Jesús es más dulce. Irene cogió por el brazo a su marido y le retuvo allí durante un minuto, para escuchar la música. —Son gente buena de verdad, ¿no te parece? —dijo—. Tienen una cara tan agradable… En realidad, son mucho más agradables que mucha otra gente que conocemos. Sacó un billete de su monedero, se aproximó a ellos y lo depositó en la pandereta. Cuando regresó junto a su marido, en el rostro de Irene había una radiante melancolía que a él no le era familiar. Y su comportamiento durante la cena de aquella noche también pareció extrañar a Jim. Ella interrumpió de manera descortés a su anfitriona y miró a las personas del otro lado de la mesa con una intensidad por la que habría castigado a sus hijos. Seguía haciendo buen tiempo cuando volvieron a casa caminando, e Irene contempló las estrellas primaverales. —Qué lejos envía sus rayos aquella lucecita —exclamó—. Así brilla una buena acción en un mundo malvado. Esa noche aguardó hasta que a Jim lo venció el sueño. Se levantó, fue a la sala y encendió la radio. La tarde del día siguiente, Jim regresó del trabajo a eso de las seis. Emma, la sirvienta, le abrió la puerta, y él ya se había quitado el sombrero y se estaba quitando el abrigo cuando Irene llegó corriendo al recibidor. Tenía la cara arrasada por las lágrimas y el pelo desordenado. —¡Sube al 16-C, Jim! —chilló—. No te quites el abrigo. Sube al 16-C. El señor Osborn le está pegando a su mujer. Han estado riñendo desde las cuatro en punto, y ahora le está pegando. Sube y detenlo, Jim. Jim oyó alaridos, palabrotas y ruidos procedentes de la radio que estaba en la sala. —Sabes que no deberías escuchar esas cosas —dijo. Entró a zancadas en la sala y giró el interruptor. —Es indecente —dijo—. Es como fisgar por las ventanas. Sabes muy bien que no debes escuchar cosas como estas. Puedes apagar la radio. —¡Oh, es tan horrible, tan espantoso! —Irene sollozaba—. He estado escuchando todo el día, y es tan deprimente. —Bien, si es tan deprimente, ¿por qué escuchas? Compré esa maldita radio para que te distrajeras —dijo—. Pagué un montón de dinero. Pensé que te haría feliz. Quería hacerte feliz. —No, no, por favor, no nos peleemos —gimió ella, y descansó su cabeza en el hombro de él—. Todo el mundo ha estado riñendo todo el día. Todo el mundo se ha estado peleando. Todos tienen problemas de dinero. La madre de la señora Hutchinson está muriéndose de cáncer en Florida y no tienen suficiente dinero para enviarla a la clínica Mayo. Por lo menos eso dice el señor Hutchinson; dice que no tiene el dinero que hace falta. Y una mujer de este edificio está liada con el portero, con ese repugnante portero. Da náuseas. Y la señora Melville padece del corazón, y el señor Hendricks va a perder su empleo en abril, y su mujer está inaguantable a causa de ese asunto, y la chica que toca el Missouri Waltz es una puta, una puta vulgar, y el ascensorista tiene tuberculosis, y el señor Osborn ha estado pegándole a la señora Osborn. Gimoteó, tembló de congoja y frenó con el dorso de la mano el río de lágrimas que surcaba su cara. —Bueno, pero ¿por qué tienes que escuchar? —preguntó Jim de nuevo—. ¿Por qué tienes que oír todas esas cosas si te entristecen tanto? —¡Oh, no, no, no! —gritó ella—. La vida es tan terrible, tan sórdida y espantosa. Pero nosotros nunca hemos sido así, ¿verdad que no, cariño? ¿Verdad que no? Me refiero a que siempre hemos sido buenos, decentes y cariñosos el uno con el otro, ¿no es cierto? Y tenemos dos niños, dos niños preciosos. Nuestra vida no es sórdida, ¿verdad, cielo? ¿Verdad que no? Le echó los brazos al cuello y atrajo la cara de Jim hacia la suya. —Somos felices, ¿no es así, cariño? Somos felices, ¿verdad? —Claro que somos felices —dijo él, cansado. Empezaba a olvidar su enfado—. Por supuesto que lo somos. Mandaré que arreglen esa maldita radio, o les diré que se la lleven —acarició el suave cabello de su mujer—. Mi pobre niña —dijo. —Me quieres, ¿verdad? —preguntó ella—. Y no andamos siempre criticando ni preocupados por el dinero, y somos honrados, ¿verdad? —Sí, cariño. Un hombre llegó por la mañana y arregló la radio. Irene la encendió con cautela y oyó con gozo un anuncio del vino de California y una grabación de la Novena Sinfonía de Beethoven, incluida la Oda a la alegría, de Schiller. Dejó puesta la radio todo el día y nada inconveniente salió por el altavoz. Retransmitían una suite española cuando Jim volvió a casa. —¿Todo va bien? —preguntó. Está pálido, pensó Irene. Bebieron algunos cócteles y se pusieron a cenar oyendo el Coro de los Gitanos de Il Trovatore. Luego radiaron La Mer, de Debussy. —Hoy he pagado la factura de la radio —dijo Jim—. Cuatrocientos dólares. Espero que la disfrutes. —Oh, seguro que sí —dijo Irene. —Cuatrocientos dólares es bastante más de lo que puedo permitirme —prosiguió Jim—. Quería comprar algo que tú disfrutaras. Es el último lujo que podemos permitirnos este año. He visto que no has pagado todavía las facturas de tus vestidos. Las he visto sobre tu tocador —la miró de frente—. ¿Por qué me dijiste que ibas a pagarlas? ¿Por qué me has mentido? —No quería preocuparte, Jim —dijo. Bebió un poco de agua—. Pagaré esas cuentas con mi subsidio de este mes. El mes pasado hubo que pagar las fundas y la fiesta aquella. —Tienes que aprender a emplear el dinero que te doy de un modo un poco más inteligente, Irene —dijo—. Tienes que entender que este año no disponemos de tanto dinero como el año pasado. Hoy he tenido una conversación muy seria con Mitchell. Nadie compra nada. Nos pasamos el tiempo promoviendo nuevos artículos, y ya sabes que todo eso va muy despacio. No soy precisamente joven, ya me entiendes. Tengo treinta y siete años. Tendré el pelo gris el año que viene. No todo me ha salido tan bien como esperaba. Y no creo que las cosas mejoren. —Sí, cariño —asintió ella. —Tenemos que empezar a hacer recortes en los gastos —dijo Jim—. Hay que pensar en los niños. Para ser del todo sincero contigo, el dinero me preocupa mucho. No tengo ninguna seguridad respecto del futuro. Nadie la tiene. Por si me ocurre algo tenemos mi seguro de vida, pero con eso hoy día no se puede ir muy lejos. He trabajado muy duro para darles una vida confortable a ti y a los niños —declaró amargamente—. No quiero ver todas mis energías, toda mi juventud, desperdiciada en abrigos de pieles, radios, fundas y… —Por favor, Jim —dijo ella—. Por favor. Pueden oírnos. —¿Quién puede oírnos? Emma no puede. —La radio. —Oh, ¡estoy harto! —gritó—. Me asquean tus aprensiones. La radio no puede oírnos. Nadie puede oírnos. ¿Y qué si nos oyen? ¿A quién le importa? Irene se levantó de la mesa y fue a la sala. Jim se acercó a la puerta y le gritó desde allí. —¿Por qué te has vuelto tan mojigata de repente? ¿Qué ha hecho que te conviertas de golpe en una monjita? Robaste las joyas de tu madre antes de que legalizasen su testamento. No le diste a tu hermana ni un céntimo de ese dinero que se suponía que era para ella, ni siquiera cuando lo necesitaba. Hiciste desgraciada a Grace Howland, y ¿dónde estaban tu piedad y tu virtud cuando fuiste a abortar? Nunca he olvidado lo tranquila que estabas. Preparaste tu bolsa y te fuiste a que asesinaran a un niño como quien se va de vacaciones a Nassau. Si por lo menos hubieras tenido alguna razón, si hubieras tenido un buen motivo… Irene permaneció un minuto ante la monstruosa caja, avergonzada, asqueada, pero mantuvo su mano en el interruptor antes de apagar la música y las voces, confiando en que el aparato quizá le hablase amablemente, en que tal vez oyese a la niñera de los Sweeney. Jim seguía gritándole desde la puerta. La voz de la radio era suave, inofensiva: «Un desastre ferroviario en Tokio esta mañana temprano causó la muerte de veintinueve personas —se oyó por el altavoz—. A primera hora de la mañana, las monjas de un hospital católico extinguieron el fuego que se produjo en el centro, situado cerca de Buffalo y consagrado a la asistencia de niños ciegos. La temperatura es de ocho grados centígrados. La humedad es del ochenta y nueve por ciento.»

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