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EPISODE · Oct 4, 2023 · 29 MIN

Literatura para Oír #1148 2023 Año Ocampo

from Literatura para Oír

*Realizador: Jorge Echavarría. *Lector: Carlos Ignacio Cardona. 2023: Año Ocampo ( Silvina Ocampo- Argentina) Hace 120 años nacía Silvina Ocampo, y hace 30 años dejaba este mundo, una escritora argentina sin parangón, llena de imaginación creadora, admirada al igual por Borges, Cortázar o Alejandra Pizarnik, y hoy día reivindicada por sus colegas más contemporáneas como Mariana Enriquez, Leila Guerriero o Samanta Schweblin. Hermana de la también escritora, ensayista, editora, traductora y mecenas Victoria Ocampo. Pertenecientes a una familia de la burguesía ganadera de su país, conectada con muchos héroes y políticos, Silvina recibió una esmerada educación y estudió en su juventud dibujo y pintura en París con Giorgio de Chirico y Fernand Léger, dos pintores precursores del surrealismo, y tuvo como amigo cercano a Italo Calvino, quien prologaría sus cuentos. Contrajo matrimonio con Adolfo Bioy Casares, publicó su primer libro en 1937 y el último en 1988, además de que se han encontrado y publicado muchos más de modo póstumo. Escribió los libros de cuentos Viaje olvidado, Autobiografía de Irene, La furia, Los días de la noche, Cornelia frente al espejo; las antologías, en colaboración con Borges y Bioy, Antología de la literatura fantástica y Antología poética argentina. También escribió poesía, por la que fue premiada, como los libros Enumeración de la patria, Lo amargo por dulce y Árboles de Buenos Aires, además de la obra de teatro Los traidores. Incursionó también en la literatura infantil, la novela, y varios cuentos suyos han sido llevados al cine. La soga A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca, colgada de un árbol, después un arnés para caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamanos, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia adelante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida,que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga”. La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire; como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia adelante, pararetorcerse mejor. Si alguien le pedía: —Toñito, prestame la soga. El muchacho invariablemente contestaba: —No. A la soga ya le había salido una lengüita, en el sitio de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena. ¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua. La bautizó con el nombre de Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos. Prímula”. Y Prímula obedecía. Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas. Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó en el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa. Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba. La enemistad de las cosas Arqueó su boca al bajar los ojos sobre la tricota azul que llevaba puesta. Desde hacía días, una aprensión inmensa crecía insospechadamente por todas las cosas que lo rodeaban. A veces era una corbata, a veces era una tricota o un traje que le parecía que provocaba su desgracia. Había jurado analizar los hechos y las coincidencias para poner fin a sus dudas. Desde esa mañana de invierno en que había salido de Buenos Aires, no hacía ni tres días, dejaba abierta para las traiciones una extensión que llegaba hasta el día de su nacimiento. Aquella ausencia pesaba sobre él varios meses atrás, como una fatalidad imprevisible; tenía que ir a revisar el campo; no podía escapar a su destino, y dócilmente se había ido en un tren que lo mataba de una estación a otra. Pasó la mano por su frente, y al sentirse despeinado, supo que estaba en el campo. Había estado hasta entonces sordo al silencio que hacían los árboles en torno de la casa, sordo a la claridad del cielo, sordo a todo, salvo a la turbación que lo habitaba. Ya no se acordaba más: cuando era chico, en esa estancia le gustaba tener que cruzar la noche alumbrada por una lámpara de kerosene o por la luna, para llegar desde el comedor hasta el cuarto de dormir, y esa felicidad lo había llevado siempre de la mano al cruzar el patio. No había sido nunca chico aquel día. Súbitamente, se daba cuenta de que vivía rodeado de la enemistad de las cosas. Se daba cuenta que el día que había estrenado esa tricota azul con dibujos grises (que su madre le había mandado hacer), su novia había estado distante paseando sus ojos inalcanzables por épocas misteriosas y escondidas de su vida, que la hacían sonreír una sonrisa tierna, que a él le resultaba dura como de piedra donde caían de rodillas las súplicas, "¿En qué piensas?"; y ella había tenido un gesto de impaciencia, y esa impaciencia había crecido con resorte al contacto de sus gestos, al contacto de sus palabras. En ese momento ya no sabía caminar sin tropezar, no sabía tragar sin hacer un ruido extraordinario y su voz se había desbocado en los momentos que requerían más silencio. El odio o la indiferencia que había levantado aquel día estaban ahí delante de él palpables y sólidos como una pared de piedra. Más tarde, cuando volvió a su casa, recordó que al desvestirse había sentido como una liberación. Llamó el teléfono, y la ternura de su novia era para él solo: una cama donde uno se duerme cuanto uno está muy cansado. La cabeza pegada al vidrio Desde hacía quince años Madeimoselle Dargére tenía a su cargo una colonia de niños débiles que había sido fundada por una de sus abuelas. La casa estaba situada a la orilla del mar y ella desde su juventud había vivido en la parte lateral del asilo, en el último piso de la torre. En los primeros tiempos vivía en el primer piso, pero de noche en los vidrios de la ventana se le aparecía la cabeza de un hombre en llamas. Una cabeza espantosamente roja, pegada al vidrio como las pinturas de los vitrales. Se mudó al segundo piso: la misma cabeza la perseguía. Se mudó al tercer piso: la misma cabeza la perseguía; se mudó de todos los cuartos de la casa con el mismo resultado. Madeimoselle Dargére era extremadamente bonita y los chicos la querían, pero una preocupación constante se le instaló en el entrecejo en forma de arrugas verticales que estropeaban un poco su belleza. Sus noches se llenaban de insomnios y en sus desvelos oía los coros de los sueños de los niños subir, con blancura de camisón, de los dormitorios de veinte camas en donde depositaba besos cotidianos. Las mañanas eran diáfanas a la orilla del mar; los chicos salían todos vestidos con trajes de baño demasiado largos que se enredaban en las olas. No era la culpa de los trajes, pensaba Madeimoselle Dargére apoyada contra la balaustrada de la terraza; los chicos no podían usar sino trajes hechos a medida, para no quedar ridículos. Tenían un bañero negro que los mortificaba diariamente con una zambullida dolorosa, que lo resguardaba a él sólo, cuidadosamente, de las olas. Pero ella no podía oír llorar a los chicos y se acordaba del suplicio de los baños con bañeros en su infancia, que habían llenado su vida de sueños eternos de maremotos. Se bañaba de tarde con el agua a la altura de las rodillas, cuando la playa estaba desierta; entonces llevaba a veces un libro que no leía y se acostaba sobre la arena después del baño; era el único momento del día en que descansaba. Era la madre de ciento cincuenta chicos pálidos a pesar del sol, flacos a pesar de la alimentación estudiada por los médicos, histéricos a pesar de la vida sana que llevaban. Madeimoselle Dargére derramaba su prestigio de belleza sobre ellos. Su proximidad los serenaba un poco y los engordaba más que los alimentos estudiados por los mejores médicos, pero la cabeza del hombre en llamas seguía de noche en la ventana hasta que llegó a ser una horrible cosa necesaria que se busca detrás de las cortinas. Una noche no durmió un solo minuto; la cabeza estaba ausente, la buscó detrás de las cortinas, y la desveló esta vez la posibilidad de poder dormir tranquila: la cabeza parecía haberse perdido para siempre. A la mañana siguiente, en los dormitorios, una extraña exasperación retenía a los chicos al borde de las lágrimas. Llantos contenidos se amontonaban en las bocas. Madeimoselle Dargére creyó ver un asilo de ancianos en traje de baño azul marino desfilando hacia la playa. Carolina, su preferida, la única que tenía un cuerpo capaz de rellenar el traje de baño, se escapó de entre sus brazos. La playa esa mañana se llenó de llantos obscuros y atorados dentro de las olas. Madeimoselle Dargére, después de apoyar su melancolía sobre la balaustrada, que fue como una despedida a la belleza, subió corriendo hasta el espejo de su cuarto. La cabeza del hombre en llamas se le apareció del otro lado; vista de tan cerca era una cabeza picada de viruela y tenía la misma emotividad de los flanes bien hechos. Mlle. Dargére atribuyó el arrebato de su cara a las quemaduras del sol que se derraman en líquidos hirvientes sobre las pieles finas. Se puso compresas de óleo calcáreo, pero la imagen de la cabeza en llamas se había radicado en el espejo. Ulises A Enrique. Ulises fue compañero mío, en la escuela, cuando pasé del jardín de infantes a primer grado. Tenía seis años, uno menos que yo, pero parecía mucho mayor; la cara cubierta de arrugas (tal vez porque hacía muecas), dos o tres canas, los ojos hinchados, dos muelas postizas y anteojos para leer, lo convertían en un viejo. Yo lo quería porque era inteligente y conocía muchos juegos, canciones y secretos que sólo saben las personas mayores. La maestra no sentía por él ninguna simpatía; decía que era muy consentido y mentiroso; yo sé que un día lo encontró fumando en la calle, y sospecho que ésta era la verdadera causa de su desaprobación. Aunque yo pensara que mi maestra era demasiado severa, debí reconocer a la larga que Ulises contaba cosas muy extrañas, que no parecían ciertas, y llegué en algún momento a creer que en efecto era lo que vulgarmente se llama un mentiroso. A mediodía, pues asistíamos al turno de la mañana, iba a buscarlo a la escuela una mujer distinta o que me parecía distinta; poco a poco fui individualizando a cada una de estas mujeres, que en definitiva eran tres. Supe que se trataba de las trillizas Barilari, que lo habían adoptado. Las trillizas tenían setenta años, pero entre los trillizos hay uno que es mayor y otro menor. Yo imaginé que la mayor era una que parecía una jirafa, no sólo por el porte sino por la manera de mover el cuello y la lengua, y no me equivoqué. Otra, que debía de ser la segunda, era de estatura mediana y muy menuda. La menor era una mezcla de las otras dos, pero más ágil. Las tres eran alegres y tarareaban alguna canción en boga, cuando esperaban a Ulises en la puerta de la escuela, aunque lloviera, hiciera mucho frío o calor sofocante. Solían comprar chupetines y cubanitos a los vendedores que merodeaban para tentar a los niños con las golosinas. —¿Son buenas tus tías? —le pregunté un día a Ulises—. —Son bulliciosas —me contestó—. No lo creerás. Acabo el día casi siempre con dolor de cabeza, por eso uso anteojos (no porque tenga astigmatismo, como dicen ellas). Además, rompen todo, porque andan a los golpes saltando como cabras por la casa. A veces me encierro en el cuarto de baño para no oírlas. Pero cuando me encierro es peor, porque vienen a golpear la puerta y me gritan por turno: ¿Que hacés, qué hacés, Ulisito? ¿Vas a terminar?. Ya te dije que no te encerraras con llave. ¿Acaso sos un viejo?". Cuando no les abro la puerta en seguida, las oigo que lloran y que lloran, y cuando les abro, no porque me den lástima sino porque me aburren, descubro que lloran en broma. A veces les digo: "Un día las voy a matar". Se matan de risa las tres. Parece que les hicieran cosquillas. Después de todo, no me preocupo porque son locas, aunque digan que soy yo el loco. De noche me desvelo de tanto oír decir: "Si no te dormís vas a tener cara de viejo". Termino por no dormir. Entonces me levanto y en puntillas entro en el cuarto de la Laucha —así llamaba a la menor de las trillizas— y le robo de la mesa de luz un somnífero asqueroso. —¿Qué es un somnífero? —pregunté. —Una droga que hace dormir ¿qué va a ser? —¿Qué es una droga?—. —Buscá en el diccionario. No soy maestro. Este diálogo no parece que pudiera existir entre un niño de siete años y otro de seis, pero en mi memoria así ha quedado grabado y si los términos en que nos expresábamos no eran exactamente los mismos, el sentido que queríamos dar a nuestras palabras era exactamente el mismo. Naturalmente que el que hablaba todo el tiempo era Ulises, yo simplemente hacía preguntas o comentarios sobre lo que él me decía. Ya pasado el invierno Ulises parecía mucho más demacrado que mis otros compañeros. Yo sabía que los niños que viven encerrados en sus casas, en invierno, que madrugan para ir al colegio, que salen de sus casas sin haberse desayunado porque vuelcan la mitad de la leche sobre la mesa o sobre el delantal (lo que es peor), se adelgazan y parecen enfermos a veces. Ulises no parecía enfermo sino muerto. Me invitó a su casa para el día de su cumpleaños. Nadie le había regalado nada. ¿Juguetes? ¿Quién se los iba a regalar? ¿Libros?. Los habría leído todos. ¿Bombones?. No le gustaba ninguno. El único regalo que recibió fue el que yo le llevé: una docena de pañuelos. Dicen que no hay que regalar pañuelos porque son lágrimas, pero yo no hice caso y se los regalé. Aquel día me hizo confidencias: me dijo que estaba cansado de ser como era, que iría a consultar a una adivina que vivía en un lugar bastante retirado, que en su casa diría que saldría conmigo y que lo ideal sería que esto no fuese mentira. Después de pensarlo mucho resolví acompañarlo. Yo dije a mis padres que pasaría la tarde en la plaza, con Ulises, y que las trillizas Barilari irían a buscarnos. Ulises dijo a las trillizas que mis padres irían a buscarnos y como no se conocían no podían averiguar que esto no era verdad. En el camino me habló de la sibila Artemisa, de la sibila Eritrea, de la sibila Cumea, de la Amaltea y de la Helespóntica: conocí los oráculos de cada una. Yo no entendía nada de todo ese palabrerío y me parecía que estaba delirando, pero después comprendí que él había consultado un libro titulado Práctica Curiosa o Los oráculos de las Sibilas. En este libro, me lo explicaron mucho tiempo después, había listas de preguntas y de Sibilas con un acertijo de números en que uno podía buscar una contestación adecuada, según la suerte, a cada pregunta. El único inconveniente que había era que las preguntas no eran las que suelen hacer los niños, de modo que en su mundo, por más viejo que Ulises se sintiera, no existía la zozobra ni el interés por consultar algunas cosas. Durante mucho tiempo Ulises empleó ese libro como entretenimiento, luego como libro de consulta, que desechó casi inmediatamente, para ir en busca de lo que era para él una verdadera adivina. Caminábamos en busca de la casa de Madame Saporiti, la adivina. De vez en cuando Ulises buscaba en el bolsillo un papelito doblado, lo consultaba y volvía a guardarlo. Se detenía de pronto, como si hubiera perdido algo, buscaba de nuevo en el bolsillo y sacaba un pañuelo atado por las cuatro puntas, lo desanudaba, contaba el dinero que tenía adentro, luego volvía a guardar el pañuelo después de anudar sus puntas, con el dinero adentro. Caminábamos ligero, pero no sentíamos el cansancio ni la tentación de demorarnos en el camino mirando los escaparates o los carritos de los vendedores de golosinas. En un abrir y cerrar de ojos, llegamos a la casa de la adivina. Un diminuto jardín, que parecía rodear la tumba de un cementerio, adornaba el frente de la casa. Abrimos el portón, que no medía más de diez centímetros de alto, y tocamos el timbre, con emoción. Al cabo de un largo rato, con mucho ruido y mucha dificultad, nos abrieron la puerta. Madame Saporiti en persona nos hizo pasar. Estaba vestida de entrecasa con un batón de frisa color solferino; en la cabeza llevaba puesto un tul azul eléctrico. Era de mediana estatura, pero corpulenta y empolvada. La seguimos por un corredor oscuro, a la sala, donde nos dejó esperando. Pasada la primera emoción miramos los detalles del cuarto. Nos reímos. Todos los muebles que había en ese cuarto estaban envueltos en forros de celofán: la araña, en primer término, después venía el piano perpendicular, después una estatua que parecía un fantasma y finalmente una caja que parecía de música y todos los sillones y las mesas. Los forros brillaban y dejaban entrever la forma y el color de cada objeto. Nos pusimos a reír. Nunca habíamos visto una casa como esa. Cuando Madame Saporiti vino a atendernos, nos dijo con tono severo: —Parece que no les gusta mi casa. —¿Por qué?. —Porque yo me doy cuenta de todo y aunque no hablen adivino lo que están pensando. Madame Saporiti nos hizo pasar a su dormitorio. —¿Cuál de ustedes es el que quiere que le adivine la suerte?. Me llamaron muy temprano esta mañana por teléfono. Se ve que tienen mucho interés en conocer el porvenir. ¿Cuál de ustedes es...?. —Soy yo —dijo Ulises, comiéndose una uña—. Madame Saporiti se sentó y buscó en un cajón las barajas. —Este es el gran tarot. Dispuso los naipes sobre la mesa, en fila: Ulises tuvo que tapar todos los naipes de la fila con otros naipes que ella le dio a elegir. A medida que Madame Saporiti disponía de modo diferente los naipes sobre la mesa, iba prediciendo el porvenir; todos los inconvenientes que Ulises tenía en su casa, iba enumerándolos como si yo se los hubiera contado. Le habló de su desdicha, que consistía en parecer un viejito. La ceremonia de las cartas duró una hora. Cuando terminó, Ulises, que había perdido toda su timidez, preguntó: —¿No tendría un filtro?. —¿Para qué? —preguntó asombrada Madame Saporiti—. —Para dejar de ser viejo —contestó Ulises—. Se lo voy a pagar. —No hablemos de eso. No hay filtros para niños —dijo Madame Saporiti—. —Como no soy un niño, eso no importa. —Tienes razón —respondió Madame Saporiti—. Te prepararé un filtro, ya que lo pides, pero saldrá un poco costoso. Ulises sacó del bolsillo el pañuelo, desanudó las puntas, mostró el dinero e interrogó: —¿Esto alcanza?. Madame Saporiti con el dedo mayor apartó las monedas de diez pesos, que eran muchas y respondió: —Creo que sí. En el cuarto contiguo alguien tocaba el piano. Aquella música me dio un poco de sueño y me dormí. ¿Cómo Madame Saporiti preparó el filtro? ¿Cómo Ulises lo bebió?. No sé. Me despertó el ruido del vaso de vidrio sobre el plato de porcelana, que Madame Saporiti puso cuidadosamente sobre la mesa. Contemplé a Ulises, con asombro. No parecía el mismo. Su tez pálida se tornaba rosada, sus ojos brillaban y miraban nerviosamente de un lado a otro, como los de cualquier niño travieso. Pero no era ese el Ulises que yo quería, tan superior a mí y a mis compañeros de escuela. Salimos de la casa de Madame Saporiti corriendo. En el camino nos detuvimos a mirar los escaparates y en una frutería robamos dos naranjas. Caminábamos, o corríamos más bien dicho, como si tuviéramos alas. Pero yo pensaba en Ulises, el que había dejado de ver en la casa de la adivina, como si hubiera muerto. Cuando llegamos a la casa de las trillizas, le pregunté a Ulises: —¿No nos van a retar?. —No tienen tiempo de ocuparse de nosotros. Son muy frívolas —respondió Ulises—. En cuanto tocamos el timbre, una de ellas, la Jirafa, vino a abrirnos. Si Ulises no era el mismo, la Jirafa tampoco era la misma: había sufrido una transformación contraria. Había perdido el aire jovial que la mantenía joven, a pesar de su edad. —¿Dónde fuiste? —preguntó—. ¿Por qué volvieron tan tarde?. Nosotras aquí esperando y esperando. Esto no es vida. Entraron en la habitación donde las otras dos hermanas estaban tejiendo. Tenían puestos anteojos negros y temblaban tanto que no podían tejer. Las dos gritaron al mismo tiempo: —¿De dónde vienen? ¿Qué has hecho, Ulisito?. Nunca te vi tan lindo y con ese color tan rosado en las mejillas. Ya no parecés un viejo. Te llamaremos Niñito, como las vecinas a sus hijos; pero ¿dónde fuiste? ¿Qué has hecho?. —Fui a ver a una adivina. —¡Ave María!. —Y me dio un filtro: el filtro de la juventud, así lo llama. —¿Y dónde vive esa adivina?. Ulises sacó inocentemente de su bolsillo el papelito, con la dirección de la adivina. Una de las trillizas se lo arrebató. —Iremos a verla —dijeron las tres a coro—. Iremos mañana mismo. Al día siguiente fui de visita a casa de Ulises. Cuando llegué las trillizas no habían vuelto del consultorio de la adivina. Ulises de pronto se puso triste y viejo. "Qué suerte" pensé, "otra vez reconozco a mi amigo, con su inteligente cara arrugada." Sentí ganas de abrazarlo y decirle: "No cambies". Me miraba con desconfianza. Cuando llegaron las trillizas saltando con una peluca en la mano, resolví irme, pero no me dejaron y me dieron mil besos y me acariciaron. Se probaron la peluca, me consultaron, rieron. En ronda bailaron alrededor de Ulises, cantando "Aquí está el viejo, aquí está el viejo". Al día siguiente Ulises fue en busca del filtro y volvió a parecer joven y las viejas a parecer viejas. Y al día siguiente las viejas fueron en busca del filtro y parecieron jóvenes y Ulises viejo. Le aconsejé que se quedara como estaba, porque ya no le alcanzaba la plata para comprar los filtros. Me hizo caso. Además sabía que yo naturalmente lo prefería arrugadito y preocupado.

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