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EPISODE · Feb 9, 2026 · 4 MIN

Los balcones de la vida

from Un Mensaje a la Conciencia · host Radio Stereo Resurrección

A principios del siglo dieciocho las jóvenes de Quito acostumbraban asomarse de continuo al balcón para corresponder al saludo y disfrutar de la admiración de los amigos que pasaban por la calle. Era extraordinario el afecto que sentían por su balcón, pues lo consideraban testigo, confidente y cómplice de hermosas ilusiones. A los hombres también les encantaba el balcón de la novia. Cada pretendiente sabía que no había lugar como aquel espacio entre la calle y la ventana, sede de ese amor sentimental y romántico que disimulaba la timidez, temía ser sorprendido, y necesitaba de mayor esfuerzo y audacia en la conquista por expresarse desde abajo. El noviazgo tenía que oficializarse para que se les permitiera a los jóvenes quiteños entrar en la casa de las señoritas y visitarlas, en presencia de toda la familia, desde luego. De modo que el sitio preferido de visita era aquel escenario entre el balcón y la calle. Allí, cuando comenzaban a apagarse las luces del cielo, los príncipes azules encendían el corazón de sus princesas con el fuego de sus galanterías, y se fijaban citas que por lo general se realizaban en los templos o en casa de familiares. Esas citas pocas veces culminaban en relaciones sexuales debido a las trabas sociales que se interponían. Por lo tanto, cuando los enamorados lograban vencer esos obstáculos, se desbordaba la represa de su pasión. Y por eso el historiador ecuatoriano Alfonso Rumazo González comenta que «nunca ha habido tantos hijos ilegítimos como entonces, ni nunca los pecados de amor fueron más gentilmente perdonados y olvidados».1 ¡Qué triste es ese comentario de la sociedad colonial! No sólo procreó un sinnúmero de hijos ilegítimos, sino que creó un ambiente de tolerancia del pecado, en el que era fácil obtener la absolución social. La verdad es que se asemeja mucho a la sociedad actual. Al creciente índice de nacimientos ilegítimos se suma la desgracia de justificar una actitud tolerante frente al pecado pasional, a tal grado que a todo el que lo censura se le califica de intolerante. ¿Qué se logra con esa actitud? ¿Acaso menos niños que no conocen a su padre? ¿No será que la postura nuestra, la llamada «intolerante», contribuye a que haya más hogares con ambos padres presentes, mientras que la otra, la de excesiva «tolerancia», fomenta lo contrario y por eso sigue extendiéndose esa plaga familiar? ¡Cortemos de raíz este mal que nos está infestando! Cuando un balcón de la vida nos lleve a la impureza del pecado, acudamos a Dios en vez de escudarnos en la sociedad. No esperemos el perdón de la sociedad; más bien pidámosle a Dios perdón por la suciedad que hayamos cometido. Él es el único que trata tanto las causas como los efectos de la enfermedad que es nuestro pecado. Y está dispuesto no sólo a perdonar a quienes se lo pidamos, sino también a bendecir sin medida a quienes nos abstengamos de toda relación sexual fuera del matrimonio,2 que es la insuperable institución que Él estableció para que disfrutáramos del más satisfactorio placer humano.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Alfonso Rumazo González, Manuela Sáenz: la Libertadora del Libertador, 6a ed. (Caracas: Ediciones EDIME, 1962), pp. 60-62. 2 Hch 15:29 3 Mt 19:4‑9

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