EPISODE · Jun 10, 2021 · 22 MIN
Miguel Sánchez Robles: La vida a ciegas
from Literatura
Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Bach_Concerto n1 in D Minor Youtube.com “ La belleza es verdad sólo si duele” Carlos Marzal Tal vez sí a los hijos de los ricos, que tenían nani en casa, tenedores de postre y porcelanas de Lladró, pero a nosotros, los pobres, nadie nos explicó nunca en qué consiste la belleza. Tuvimos que aprenderlo a ciegas. Yo nací raro y propenso a lo triste. Mi vida ha sido siempre espesa, grave, rota, llena, muy llena, de tragedia y hondura, y también parecida a esas novelas gordas repletas de luctuosos detalles que se vuelven aún más melancólicas cuando llueve los sábados de invierno. Recuerdo incluso haber tenido un revólver en la mano que me costaba mucho meterme en la boca porque no quería que supiera a hierro en mi lengua. Pero de todo eso me ayudó a salvarme papá, siempre papá. Mi padre, que mientras yo era autista, loco o complicado, él olía mucho a esencia de espliego o a tallo de romero en el ojal de su solapa. Mi padre que era un devoto de la elegancia y de la exactitud y solía decirme: - “La existencia es un fraude, pero los días uno a uno pueden ser preciosos”. Por eso, cuando me ocurría algo sublime, me llevaba corriendo al taxidermista de recuerdos porque mi padre amaba la hermosura y no parecía tener otro objetivo en la vida que el de que yo también me salvase con ella de eso que nos tenemos todos que salvar. No sé de dónde le venía aquella pulsión que lo hacía tan virtuoso y singular, tan distinto a otros padres y a otros hombres. Mis abuelos eran campesinos pobres sin estudios que tuvieron que trabajar toda su vida de sol a sol para ganarse la vida y él consiguió escapar de ese destino y dedicarse a lo que le gustaba. Vendía antigüedades, restauraba todo tipo de objetos viejos, comerciaba con ellos; y en los ratos libres, tal vez para olvidar la muerte repentina de mamá, pintaba acuarelas para una galería, primero de Valencia, y después de París. Tampoco sé cómo conoció al taxidermista que me disecaba para siempre los recuerdos insólitos y hermosos. A veces pienso que ninguno de los dos eran humanos del todo. Mi padre hizo lo que pudo por enseñarme la urgencia de no malgastar lo valioso, de caminar por el mundo con los ojos abiertos todo el rato, de fijarme mucho en las cosas que son únicas y parecen haber sido pintadas o dibujadas por Dios para que aprendamos que la vida merece la pena ser vivida y que haber nacido es un milagro dúctil que requiere aprovechar un tesoro intangible de hermosura y belleza escondida en las cosas comunes de La Tierra. La primera vez que me llevó al taxidermista fue después de mi primera comunión para que no se me borrasen nunca los recuerdos preciosos de ese día. Los tengo todos intactos, desde el sol que hacía en la calle iluminando el vestido rosa de mi madre y mi traje impecable de marinero incólume, hasta el blanco perfecto de la hostia redonda antes de entrar en mi boca, incluso el de una avispa brillante que se metió a la sacristía y se posó un instante en una comisura de los labios del cura. Pero aquella vez yo era muy crío y no le presté demasiado interés ni atención al protocolo de la taxidermia. Desde ese mismo día, unas semanas antes de que muriera mamá, mi padre me lo dejó dicho: -Hijo, cuando veas una cosa que te haga sonreír de ilusión o llorar de emoción, pídeme que te lleve al taxidermista de recuerdos. Y así pasaron uno o dos años en que los dos anduvimos sordomudos y extraños por la vida corriente y verdadera. Así hasta que una vez vi llorar a una puta en un descampado y le pedí que me llevase inmediatamente a ese sitio. Volví corriendo a casa, sudoroso, apurado, ilusionado. Él estaba pintando un bodegón y le dije: - ¡Papá, papá, papá, es increíble cómo brillan los ojos de una puta que llora en un descampado, muerta de frío, de noche, ¡en bikini, papá!, mirando sin mirar al infinito. Y me llevó de nuevo. Por el camino me preguntó cómo había visto aquello. Le tuve que explicar que volvía de mi taller de poesía de la parroquia y desvié el trayecto, eché por los solares de las naves industriales para buscar a un perro que se nos había perdido o nos lo habían matado y la vi. Y también le tuve que explicar que sabía que era puta porque esas cosas se saben. Estaba allí, bellísima, llorando, una mujer muy alta, en enero, sin ropa, con unas caderas hermosas y unos zapatos de tacón brillantes bajo una farola de sodio, mirando algo inconcreto, perdido, inexistente; maldiciendo su suerte o su tragedia. Y yo supe, en ese mismo momento, que merecía la pena conservar esa imagen para siempre en mi cabeza. Comprendí por qué los artistas pintan esas escenas tristes que los salvan y los inmortalizan, o los fotógrafos retratan en blanco y negro a boticarios que tienen cejas de drama rural o a muchachas pobres y tristes vestidas de novia a la que se le nota mucho en el rostro que van a ser desgraciadas en su matrimonio o a niños amortajados o jugando descalzos en la España profunda de los pueblos del hambre. Tuve suerte de haber visto aquella escena y que me llegase al corazón, porque con ella comencé de nuevo a existir. Tuve suerte de descubrir por mí mismo lo que trataba siempre de explicarme papá que me llevaba cogido de la mano en ese momento y con una urgencia dulce por los barrios inmensos de mi infancia. Cuando llegamos al final de una calle lúgubre y estrecha en el casco antiguo de nuestra ciudad, golpeó con sus nudillos en una puerta de madera vieja y una voz como salida del interior de una gruta nos dijo que estaba abierto, que pasásemos. Dentro, olía mucho a penumbra de cine y a cuero repujado, a casa oscura, pobre y ferroviaria. El taxidermista era un hombre mayor, ciego, sentado frente a un fuego y masticando chicle o lo que fuera. Era como la visión facial de uno de esos brujos rústicos y mendigos que salen en las películas que hacen ahora con las novelas de Tolkien. Un hombre mal vestido, con la piel acartonada de las momias y unas manos enormes y ahuesadas untadas por el tizne de remover los tocones de la lumbre. Aquel anciano ajado y cinematográfico me sentó en el suelo de tierra que había debajo de sus piernas. Me ordenó cerrar los ojos y pensar mucho en lo que había visto, en el recuerdo exacto que quería conservar. Luego puso sus manos sobre mi cabeza, masculló unas palabras sin sentido, de otro idioma, pero también del nuestro, y un calor como de mucho sol al mediodía me llegó hasta la lengua y a los huesos. Te ponía sus manos en el pelo, te producía un extraño calor con ellas y ese recuerdo ya no se te perdía jamás. Lo podías incluso dibujar con una facilidad espantosa. Al cabo de unos minutos, me obligó a levantarme, cogió mis manos con sus manos grandes y severas y me quitó el calor muy despacio, muy despacio, mientras miraba sin acertar buscándome los ojos con los suyos tupidos por una costra blanca, como de medusa traslúcida, y me decía estas palabras moviendo su boca como en un planeta con mucha gravedad: -Es posible estar muerto y no haberse dado cuenta. Suele ocurrir. Los recuerdos te salvarán siempre de eso. Saber recordar bien es la más importante de las cosas sin importancia que hacemos cada día. En ninguna parte hay tanta estupidez como en los televisores y en lo que ocurre en la verdad oficial del mundo. Recuerda también esto: la belleza es como un salvoconducto por si duele vivir. Todo es un pequeño carnaval de mentiras que fingimos creer. Mi padre, que miraba inmóvil y embobado aquel desenvolvimiento pequeño y casi onírico como si fuese un devoto acólito de aquel anciano, le dio dinero, no sé cuánto, le estrechó la mano y me sacó de allí como habiendo cumplido una misión humana y trascendente. Después de eso, recuerdo una por una las visitas. Las recuerdo muy bien, casi con la misma exactitud que recuerdo las cosas que me embalsamó aquel hombre. Las llevo a fuego grabadas, registradas, tanto en el corazón como en la zona izquierda del precórtex. Recuerdo, por ejemplo, la primera vez que entré al aula de Dibujo en el liceo francés al que me apunté y vi una bellísima escultura de bronce, una venus desnuda con un jarrón bajo el brazo. Me impactó tanto su belleza que al volver a casa tuve que pedir a papá que me llevase de nuevo. Por el camino le pregunté con cierto pudor: - ¿Por qué tienen tan tiesas las tetas las estatuas, papá? Pero se echó a reír y no supo o no quiso responderme a eso. Sólo me dijo: - Turgentes. Son turgentes. La pregunta correcta es: ¿Por qué tienen turgentes los senos las estatuas? Senos es más elegante. Quedarás siempre como un caballero educado cuando sustituyas en tu vocabulario senos por tetas. Tetas es horrible. Y se repitió exactamente la misma escena, el eterno retorno: las mismas manos, el mismo olor, el mismo tizne, el mismo calor, las mismas ochenta y cinco palabras de costumbre que el taxidermista me volvió a decir tantas veces, el mismo dinero que mi padre le entregaba como en secreto apretando su mano contra las manos del anciano y la misma actitud de ensimismamiento y orgullo por la misión cumplida con la que mi padre me sacaba siempre de allí. En otra ocasión, un día que parecía que no ocurría nada, como si el mundo estuviese detenido exactamente igual que se detienen un reloj o una soga de esas de la comba, uno de esos días que parecen iguales e infinitos, un día enorme y raso de primeros de marzo, yo estaba sentado solo en un banco de piedra de la glorieta de mi pueblo y de pronto ocurrió un diminuto “estremecimiento universal” que asustó a todos los pájaros del parque, como si Dios, de pronto, se hubiera desentendido de nosotros o haber dado muerte al esclavo o al ángel que le da cuerda al mundo. El firmamento parecía de cartón, pintado, quieto, insomne, ningún viento movía nada y el tiempo se estancó como se para un coágulo en medio de una vena, la vida misma parecía haberse ido a otro sitio, allí, lejos, donde no estamos nunca, en ese sitio extraño donde existe otra vida que sólo se deja ver en los sueños. En aquel momento habíamos sólo dos personas allí, un anciano estoico de esos que pasan las mañanas sentados en la calle sin concederle ninguna importancia a la angustia del envejecimiento, y yo. Ambos como cansados de existir y mirando sin ganas cómo picaban algo las palomas del suelo. Recuerdo que me vino a la garganta una bocanada de vómito y hastío, algo como un deseo muy leve de no querer seguir vivo, ese espesor existencial que no sabemos de dónde procede y te arrasa de pronto las ganas de existir y que la ciencia llama tedium vitae. En aquel momento pensé: Tiene suerte la gente que se hace vieja y sabe muy bien llevar una vida lenta de sentarse en los parques y echarles trigo o pan a las palomas, esa gente que sabe aguantar viva y sonreír de vez en cuando a lo que sea. Entonces, todo se detuvo aún más, ¡aún más!, como se detienen y ocurren sin ocurrir todas esas cosas que no le importan a nadie. Todo se sometió por sí solo a la espera de algo, como cuando no se puede tragar con la garganta, como cuando una balsa se atora o una liebre se agacha atenta a una amenaza que puede ser inminente. Y de pronto, una brisa violenta lo removió todo, agitó con soltura las hojas de los olmos y de las acacias y asustó a las palomas que echaron a volar urgentemente. Fue un viento frío que nos devolvió el pálpito y la ilusión de existir, la alegría de estar vivos y de haber visto aquello: una especie de estremecimiento universal que aconteció como cuando pasa un avión y rompe la barrera del sonido, como cuando entran niños jugando a perseguirse en una habitación llena de miedo, un momento sin importancia pero repleto de poesía y de sentido, lleno de esa clase de eternidad que tienen algunos momentos. Un momento precioso que duró tres segundos tan hermosos e intensos como una vida misma, como una vida entera. Ese día me alegré mucho por primera vez de haber nacido y volví a correr para que mi padre me llevase de nuevo a casa del taxidermista, al “eterno retorno” como yo lo he llamado muchas veces después en esta oscuridad en la que estoy ahora. Ese día descubrí la hermosura rotunda de las cosas sencillas que ocurren cada segundo en el mundo. Comprendí que, como decía Camus en uno de los libros que tuve que leer en el liceo francés, un hombre que no hubiese existido más que un sólo día, podría vivir fácilmente cien años en una cárcel y tendría bastantes recuerdos como para no aburrirse. En aquella ocasión el taxidermista había presentido esa innata propensión mía a no querer vivir mucho, a intentar escapar de esa angustia que asedia a los que buscan siempre algo más esencial de lo que hay y, cuando me habló para quitarme el calor volviendo a buscar mis ojos con sus ojos de nácar o esclerosis, me dijo estas palabras que yo ya había oído en sueños o leído en un libro llamado “Salvación”: -”Lo mejor que hay son los ojos. La vida está en los ojos. La verdad está en los ojos. Hasta los pájaros del cielo en realidad sólo están en los ojos. El misterio de que la vida exista así, como la vemos, con hormigas y estrellas y uranio enriquecido, está sólo en los ojos. Y ese silencio puro que se espesa en nosotros cada tarde también es algo que pertenece a los ojos. Todas las puertas del mundo y de las almas están siempre en los ojos. A veces, cerrar los ojos nos salva de algo que se parece al dolor. Pero siempre estamos salvándonos por nuestros ojos abiertos a la fiebre, a la belleza, a la alegría. Y algunos, los que ven, los que de verdad ven, tienen ojos inquietos, ojos que enseñan en sí mismos la intención perpetua de encontrar la Gran Puerta del Mundo, la verdadera puerta del mundo en la oscuridad más absoluta. Esa puerta existe. Esa oscuridad existe. Esos ojos existen. Lo mejor que hay son esos ojos, todos los ojos. Pero tienes que amar lo que has visto con ellos. Ese amor al recuerdo te salvará la vida”. A partir de ahí la vida se me volvió más densa y complicada, menos frívola, menos ingenua, grave. Desde ese momento me sentí lleno de una virtud esencial que consiste en saber mirar, en saber ver de verdad lo que realmente importa. Y una tarde de domingo en que salí a pasear, me sentí muy triste y muy solo, como cansado de conocimiento, como responsable y custodio de la armonía del mundo o del error del mundo o de la soledad del planeta. Con aquella nueva melancolía adquirida y mi conmoción espiritual me detuve en el puente para mirar el agua llevando una manzana. Una preciosa manzana roja intacta que flotaba indefensa en la corriente. Cerré entonces mis ojos al dolor y, sin saber por qué, con mis ojos cerrados pensé o vi o soñé en un minuto a todas esas personas que se suicidan en los ríos metiéndose piedras en los bolsillos de sus abrigos. Ese día también le pedí a mi padre que me volviese a llevar. Y así siempre todo se volvía a repetir exactamente igual durante algunos años, durante muchas cosas bellas y tristes que iba viendo y viviendo. Se volvía a repetir como una ineludible vocación que yo no había pedido. Se volvía a repetir hasta que murió el anciano y al poco tiempo papá, hasta que me hice adulto y mi vida se fue convirtiendo en ese “pájaro pegado al cable de alta tensión después de la descarga”. Y volví a sentirme muy solo, sin encajar en esa lectura rectilínea que siempre me pareció la vida normal de la gente. Pero lo tengo todo aquí, en mi cabeza. Podría hacer una gavilla o un inventario con ello. Podría pintar un cuadro como El grito de Munch o el Retrato de Inocencio X de Velázquez o Los niños con uva de Murillo. Podría hacer una lista así: El día que vi caer la nieve en los bancos de piedra del Camino del Huerto. En mis manos el semen a punto de empezar a ser amarillo. La primera vez que vi un vómito en la acera. Los puticlub encalados de color granate de las afueras de Valencia. Un gorrión triste que se me murió en las manos. Dos mendigos mojando pan en un río y llevándoselo muy despacio a la boca. Rommy Schneider con gafas de sol en una película alemana. Esas monjas de blanco que se clisan despacio en las salas de espera. Como miran a la calle los ojos de un ternasco colgado en una carnicería. Dos muchachas borrachas de ginebra que se besaron la boca en la puerta de una catedral. Cómo tiemblan los perros que se mueren de fiebre. El rostro extasiado de una niña muy rubia después de comulgar... Y así, podría seguir enumerando todas las cosas que me salvan ahora, pensadas una a una muy despacio, porque mi propensión a lo grave no pudo soportar mi orfandad trascendente. Ni tampoco encontrar la Gran Puerta del Mundo. Me dolía vivir y en mi boca aquel arma, el revólver bellísimo que mató a mi padre, supo mucho a metal durante dos segundos, dos pequeños segundos. Pero no conseguí terminarme la vida. No acerté el disparo. Me quedé ciego y en silla de ruedas, recordándolo todo como si de verdad hubiese vivido sólo ese día del que hablaba Camus y me salvase un poco con ello. Y con miedo, un miedo espantoso a que alguna vez mi memoria deje un poco de amar lo que recuerda.
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Miguel Sánchez Robles: La vida a ciegas
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