EPISODE · Apr 29, 2020 · 18 MIN
Ricardo Garibay, una prosa de cadencias bravas
“Cualquier idea, grande, chica, elemental o muy elaborada es veneno para la literatura. La literatura se hace con emociones, con intuiciones, con dolores, con felicidades o alegrías es muy difícil lograrla. La literatura es el pantano, es el vicio”. Así pensaba y así vivió Ricardo Garibay, hijo predilecto de Tulancingo, Hidalgo, su ciudad natal, a la que regresó muchos años después, nada más porque le iban a poner su nombre a un callejón lodoso, a espaldas de un cine. Desde luego, rechazó el gesto y le indicó al gobernador que por lo menos se merecía una calle de cien Metros “Con un camelloncito”. “PARA UN ÁLBUM” -CUENTO Me obsesiona esto —y tanto, que con frecuencia olvido que ya lo conté, y vuelvo a contarlo—: Cuatro amigos van al mar, vacaciones, muchachos de veinte años; uno de ellos lleva cámara fotográfica; se apartan a unas peñas, lejos de la gente, y mientras los otros tres se asolean el de la cámara prepara el rollo. Mañana perfecta, limpia, ligeramente ventosa. Mar espumoso, greñudo. —A ver —dice aquel—, párense, les tomo una foto. Se levantan los tres, se enlazan riendo en el borde de las peñas, el artista los busca con la lente. —Ya —dice, dispara, oye un estruendo, alza la cara y de agua le bañan los pies y nunca nadie volvió a ver a los tres muchachos, no aparecieron jamás, y en la fotografía, se ve la ola enorme, cóncava, oscura, garra, cúpula espantosa. BREVE PERFIL Nunca nadie en la historia de la literatura mexicana, escribió tanto y tan bien como Ricardo Garibay, a pesar de ello nunca una obra fue tan ninguneada por la cultura oficial, los suplementos culturales, las revistas literarias y los estudios académicos como la suya. Todo se debió a su peculiar forma de ser, altiva y pendenciera, intolerante ante la mediocridad y de fúrica reacción ante las actitudes arrodilladas. A los jóvenes escritores recomendaba: "Ser sumamente humildes frente a su oficio y sumamente soberbios frente a los demás; no arrodillarse jamás ante nadie, ser verdaderamente un lépero ante la autoridad y un perro con la cola entre las piernas ante el propio afán de escribir; nada más." “Lépero, altivo, pendenciero, intolerante”, quizá esta descripción hecha a un hombre de letras resulte agresiva, tal vez suene contradictorio definir a Ricardo Garibay como un ser sumamente humilde ante su oficio. Los escritores, sea cual sea el género literario, se expresan a través de su obra, finalmente será su público quien critique y apruebe dicha obra. Dejemos que un académico nos introduzca al mundo literario de Ricardo Garibay. TESTIMONIO DE ADOLFO CASTAÑÓN Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, es poeta, traductor y ensayista. Entre sus libros más recientes se encuentra “Grano de sal y otros cristales”. “Ricardo Garibay aparece como un artesano riguroso de la palabra eclipsado por la fuerza de una personalidad malhumorada, a veces estrepitosa, orgullosa hasta el enfado. Algo en él recuerda a Ernest Hemingway: el culto del hombre rudo, la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real. Era, ¿quién lo duda?, un asceta del sueño y de la fantasía, a los que nunca sucumbió. Su musa no venía del trasmundo: era mundana e hiperrealista. Se complacía en los diálogos callejeros, en las pendencias del pugilato, en los discretos encantos de la miseria y en las variedades de la experiencia arrabalera, en la fauna y en la comedia urbana. Curiosamente, Ricardo Garibay, pese a su buen oído, no quiso oír las voces de la historia, quizá porque desconfiaba del falsete ideológico y de la coloratura comprometida. No fue en ese sentido un "intelectual" ni un escritor moderno, sino un liberal chapado "a la antigüita". Su mejor don, su mejor dote fue el oído, el laberinto auricular alimentando el pulso de la escritura, capaz de salvar en ella el relajo y el bochinche, el desmadre y el desvarío, la embriaguez y las emociones despiertas en el fondo del laberinto urbano. Su oído magnánimo recuerda a Lizardi, restituye a Cuéllar, evoca al impasible Mariano Azuela. También fue un buen observador, un cronista capaz de inflamarse al roce de sus propias enumeraciones. El peso que sobre su aliento tenía la realidad alimentaba sus descripciones, pero —admitámoslo— lastraba sus fábulas. Su inteligencia narrativa se mantenía en un primer grado sensible y sensitiva pero rara vez saltaba, hacia la purificación de la invención, hasta encontrar el vuelo. Menor que Carlos Fuentes y mayor que Luis Spota, literariamente se encontraba también entre ambos y, si bien tenía el impulso mimético del novelista obsesionado por el espejismo del poder, carecía de la pirotecnia e inventiva verbales del autor de Cristóbal Nonato. De otro lado, hay que decir que Garibay no sólo dominaba el arte de escribir: su oficio concienzudo apenas disimulaba el placer que le producía escribir, encontrar el giro certero y feliz, atinar, por así decir, con una bala de plata. Garibay, ¿quién no lo sabe?, vivía obsesionado por escribir bien —¿giro incógnito y que refleja los gustos de las edades y clases o bien responsable expresión ética y estética? Su escritura era tensa y tersa, y cuando no estaba en trance mimético, transmitiendo como un médium las voces del suelo y del subsuelo, iba con su palabra como sable segando las espinosas espesuras del idioma llano en páginas exactas de honrado y admirable periodismo. Era como un niño para quien la palabra es una golosina. A sus ojos pensar era ya un acto límite, una frontera y una tentación a la que no había que sucumbir so pena de perder en el camino el bocadillo literario. Garibay buscaba los grandes temas, anhelaba con nostálgica vehemencia el orden épico —uno de sus mejores libros versa sobre un gladiador moderno, un boxeador. Desdeñaba las minucias y, aunque su inteligencia narrativa le hubiese permitido vestir pulgas con decoro (pudo haber sido discípulo de Efrén Hernández y de Micros), se sentía mejor en el género mayúsculo de la sastrería urbanística (véanse sus espléndidas páginas sobre Acapulco). Varón y hombruno, hazañoso, vanaglorioso soldado en las milicias del amor, Garibay vivió tan atraído por las palabras como por la mujer. Es éste quizás el lado más vulnerable de su obra, pero aun ahí sabremos reconocer al artesano develado por la belleza y que supo hacer de su amoroso desvelo una norma de conducta”. EL ESCRITOR Ricardo Garibay nació en Tulancingo, Hidalgo, el 18 de enero de 1923. Narrador, ensayista, cronista y dramaturgo. Estudió Derecho en la UNAM. -Profesor de Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México. - Jefe de prensa en la Secretaria de Educación Pública. -Conductor del programa “Calidoscopio: temas de Garibay”, en Imevisión. -Presidente del Colegio de Ciencias y Artes de Hidalgo. -Cofundador de la revista Proceso. -Colaboró en Excélsior, Novedades, y Revista de la Universidad de México. DISTINCIONES -Becario del Centro Mexicano de Escritores, 1952. -Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, como creador emérito, desde 1994 -Medalla de Oro otorgada por la Sociedad General de Escritores de México por su labor en el cine. PREMIOS Premio Mazatlán 1966 por la novela “Beber un cáliz”. Premio Nacional de Periodismo 1987. Premio al Mejor Libro Extranjero publicado en Francia 1975 por “La casa que arde de noche”. Premio Nacional de Narrativa Colima (1989) por la obra “Taíb”. SU VASTA OBRA Ricardo Garibay a través de su obra pone a gran parte de la sociedad y la política mexicana en la mesa de operaciones y hace un corte de profundidad que revela las virtudes y defectos, realidades y espejismos de una sociedad que en ocasiones parece delirante y en otras asume por entero su responsabilidad histórica. Dentro de la tipología mexicana del siglo veinte, los protagonistas de los diálogos de Garibay quedarán como muestra clara de una época en que los valores políticos, morales, estéticos y sociales, sobre todo, están en un proceso de transición y cuyas consecuencias parecen irreversibles. Ricardo Garibay escribió más de cincuenta y cinco libros a lo largo de su vida, también trabajó con cuentos, novelas, poesía, crónicas, reportajes, teatro, guiones cinematográficos y periodismo político. Ricardo Garibay escribió algunas de las obras más leídas en el mundo literario, entre las que destacan: NOVELA: Mazamitla (1954). Beber un cáliz (1962). Bellísima Bahía (1968). La casa que arde de noche (1971). Par de reyes (1983). Taíb (1989). FILMOGRAFÍA: En este género escribió entre los años de 1957 a 1992 más de cuarenta guiones cinematográficos, podemos mencionar a: 1958- La cucaracha de Ismael Rodríguez 1961- Los hermanos Del Hierro de Ismael Rodríguez 1961 - Animas Trujano de Ismael Rodríguez 1970 - Emiliano Zapata de Felipe Cazals 1981 - Campanas Rojas de Serguei Bondartchuk 1981 - El milusos de Roberto G. Rivera 1985 - La casa que arde de noche de René Cardona Jr. CUENTO CORTO: La nueva amante (1949). Cuentos (1952). El coronel (1955). Rapsodia para un escándalo (1971). El gobierno del cuerpo (1977). El humito del tren (Literatura Infantil 1985). Padecería de espejo 1989). MEMORIAS: Fiera infancia y otros años (1992). Cómo se gana la vida (1992). EL OCASO La noche del lunes 3 de mayo no alcanzó la luz del martes. Se quedó negra para siempre. Ese día, la muerte lo sorprende la madrugada del 4 de mayo de 1999 en Cuernavaca, Morelos. Ricardo Garibay, de oficio lector y escritor, murió víctima de cáncer en la próstata que se extendió hasta la espalda. Ahí culminaron 76 años de una vida intensa que conoció los puñetazos en la cara, los golpes en el alma y el sometimiento al amor. Porque Garibay supo de todo eso. Mejor dicho, lo vivió. sus cenizas fueron depositadas en la rotonda de los escritores, en el cementerio Mausoleos del Ángel de la Ciudad de México. SU OBRA PERMANECE El gran público recuerda a Ricardo Garibay como el señor enojón que aparecía con bata en la televisión en horarios infames, molesto porque en el estudio de junto estaban martillando mientras él hablaba y guardaba silencio ante las cámaras por interminables segundos hasta que cesara el ruido. Sin embargo, todo eso y el recuerdo de sus desplantes y su soberbia, con el tiempo darán paso a la permanencia de la obra. Polígrafo consumado, se abismó en todos los géneros (quizá sólo le faltó incursionar a fondo en la poesía) y todos dominó. Nada es tan fascinante como contar lo que hace un ser humano en la vida, en cualquier día. Si hay lucidez literaria, ahí estará todo, todos los secretos de la existencia estarán ahí. ¡Descanse en paz Ricardo Garibay, un prosista de cadencias bravas! Referencias: • http://www.tulancingo.com.mx/biografias/garibay/ricardo.htm • http://1antologiademinificcion.blogspot.com/2011/03/ricardo-garibay. • Se tomó fragmento de la película “El Milusos” • Narración en la voz de Ricardo Garibay- voz viva de México UNAM Créditos del audio Guion: Área Creativa del CECOM (Centro de Comunicación) Locución; Claudia Carbajal Torres y Juan Manuel Guzmán. Corrección de estilo: Aurora Palafox León, Xchel Aurora P. Palafox. Logística en redes y apoyo técnico: Jairo León Perez Palafox. Dramatización: Aurora Palafox León y Juan Manuel Guzmán Realización: Juan Manuel Pérez Guzmán para radio UJAT 107.3 F. M. de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.
Embed this episode
NOW PLAYING
Ricardo Garibay, una prosa de cadencias bravas
No transcript for this episode yet
Similar Episodes
No similar episodes found.
Similar Podcasts
No similar podcasts found.