EPISODE · Feb 11, 2013 · 1H 3M
Vigésimo primer programa de la temporada.
from El viejo tren
Si Tomás hubiera sido de otra forma, quizás hubiera conducido su vida hacía un bonito sofá, unas babuchas y un bonito mando a distancia con los botones machacados por las mordeduras de un animal de compañía, al que tendía que sacar a media noche en bata para que hiciese de vientre. Seguramente buscaría una hora estudiada para sacar al animalito. Dependería de un encuentro a priori fortuito en la entrada del bloque, que planearía con precisión, seguramente con una vecina guapa. La gracia de su perro, así llamaría Tomás a la compleja operación. Pero ya lo conocemos. Alegre y triste en un mismo trago. Hoy se ha levantado mirando como salía el sol, con una taza de café y algún que otro cigarrillo liado, pegadito a la ventana de su cuarto. Cuando sintió la frente bien caliente de los rayos, comenzó a prepararse. Arrastrando las zapatillas, se afeitó y buscó la ropa menos arrugada en el armario. Se vistió y se alimentó de viejos recuerdos matinales. Sonrió ante el espejo y salió. Un antiguo compañero de instituto regentaba un bar de tapas. Y en un principio, no quiso saber nada de Tomás. Nunca le dejó en paz en clase ni en el recreo. Tomás siempre estaba con el pie puesto para hacerle una zancadilla. Pero Ignacio, que así se llamaba, se compadeció de él. Un recién separado con treinta y algo, y en paro. Le ofreció, debido a la gran afluencia por las mañanas, que fuese a echarle una mano con los desayunos y que a cambio, podría desayunar y almorzar allí todos los días, más 230 euros mensuales. Tomás no tenía otra cosa y nada que perder. No era lo mejor que había, entraría a las seis de la mañana y saldría a las doce, pero no estaba como para desechar oportunidades en la vida. Llegó al Bar Coronas con buen aspecto, se acercó a la barra y se pidió un café solo, y esperó que Ignacio dejara de atender. Estaba cerrado ya. Tomás tendría el mandril puesto a las próximas seis del alba. Estrecharon la mano y así lo acordaron. Entonces salió al exterior a fumarse un cigarrillo liado, de esos que tanto le gustaban, no por el sabor, sino por su aspecto económico. Y comenzó divagar. Comenzó a gastarse el dinero en su imaginación. Podría cambiar el sofá, e incluso con un poco de esfuerzo podría conseguir un televisor. Pero lo que más ilusión le hacía es que sus vecinos lo vieran en el ascensor como alguien útil, que se ganaba el pan como podía, y no con la barba de cinco días. Para Tomás, todo empezó a contar de nuevo, solo que debería tirar cargas por la borda, pero no de golpe…
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