PODCAST · religion
Parábolas
by Zinias
Defensa de la justicia en el mundo y de la dignidad de la persona
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El secreto de la vida que un padre revelaba a sus hijos los catorce años
El secreto de la vida que un padre revelaba a los catorce años
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La dimisión del refrán antiguo
Hermoso cuento o narracción sobre los refranes. Dicen muchas veces una cosa y la contraria
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Parábola del hombre que quiso robar el coliseo
Un hombre quiso robar piedra a piedra el Coliseo de Roma y dedicó su vida a ello
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El planeta de la verdad - Rodari
La siguiente página está copiada de un libro de historia que se estudia en las escuelas del planeta Mun, y habla de un gran científico llamado Brun (Nota: allá todas las palabras terminan en "un": por ejemplo, no se dice "La luna", sino "lun lun" ; "la polenta" se dice "lun polentun", etcétera). Helo aquí: "Brun, inventor, vivió hace dos mil años y actualmente se halla conservado en un frigorífico del que despertará dentro de 49.000 siglos para recomenzar a vivir. Era todavía un niño en pañales cuando inventó una máquina para fabricar arcos iris, que funcionaba con agua y jabón, pero en lugar de simples burbujas hacía arcos iris de todos los tamaños que podían extenderse desde una punta del cielo a la otra y servían para muchas cosas, incluso para tender la colada. Cuando iba al parvulario inventó, jugando con dos bastoncillos, un palo para hacer agujeros en el agua. El invento fue muy apreciado por los pescadores, que lo utilizaban como pasatiempo cuando los peces no picaban. "Cuando estudiaba enseñanza primaria inventó: un aparato para hacer cosquillas a las peras, una sartén para freír hielo, unas balanzas para pesar nubes, un teléfono para hablar con las piedras, el martillo musical, que mientras clavaba los clavos tocaba bellísimas sinfonías, etcétera. "Seria muy largo recordar todos sus inventos. Citemos sólo el más famoso, o sea el aparato para decir mentiras, que funcionaba con fichas. Por cada ficha se podían escuchar catorce mil mentiras. El aparato contenía todas las mentiras del mundo: las que ya habían sido dichas, las que la gente estaba pensando en aquel momento y todas las que podían ser inventadas a continuación. Cuando el aparato hubo dicho ya todas las mentiras posibles, la gente se vio obligada a decir siempre la verdad. Por eso el planeta Mun es llamado también el planeta de la verdad.
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El hombre que robaba el Coliseo
Una vez había un hombre al que se le metió en la cabeza la idea de robar el Coliseo de Roma; lo quería todo para él; no le gustaba tener que compartirlo con los demás. Tomó una bolsa, se fue al Coliseo, esperó a que el guarda estuviese mirando a otra parte, llenó afanosamente la bolsa de piedras viejas y se las llevó a casa. Al día siguiente hizo lo mismo, y todas las mañanas, excepto los domingos, hacía un par de viajes por lo menos, o incluso tres, estando siempre muy atento para que el guardia no le descubriera. El domingo descansaba y contaba las piedras robadas, que iba amontonando en el desván. Una vez lleno el desván comenzó a llenar la buhardilla, y una vez llena ésta escondió las piedras debajo del sofá, dentro de los armarios y en el cesto de la ropa sucia. Cada vez que volvía al Coliseo lo contemplaab atentamente desde todos los lados y pensaba: “Parece el mismo de siempre, pero existe una pequeña diferencia. Por aquella parte es ya un poco más pequeño”. Y secándose el sudor, rascaba un pedazo de ladrillo de una escalinata, arracaba una piedrecita de un arco y llenaba la bolsa. A su lado pasaban los turistas, extasiados, con la boca abierta, asombrados, y él sonreía complacido mientras pensaba a escondidas: “¡Ah, qué sorpresa os vais a llevar el día que no veáis el Coliseo”. Cuando iba al estanco y veía las postales de colores con la fotografía del grandioso anfiteatro, le entraba una gran alegría y tenía que disimular su sonrisa sonándose la nariz: “¡Ji, ji! Dentro de poco, si queréis seguir viendo el Coliseo vais a tener que conformaros con las postales”. Pasaron los meses y los años. Las piedras robadas se acumulaban debajo de su cama; ocupaban la cocina, en la que sólo quedaba un estrecho pasillo en el fogón y el fregadero, llenaban la bañera, y había transformado el corredor en una trinchera. Pero el Coliseo seguía en su sitio y no le faltaba ni un arco: estaba tan entero como podía estarlo después de que un mosquito se hubiese empeñado en demolerlo con sus patitas. El pobre ladrón, al envejecerse, fue presa de la desesperación. Pensaba: “¿Me habré equivocado en los cálculos? ¿Quizás hubiese sido mejor robar la cúpula de San Pedro. Vamos, ánimo: cuando se toma una decisión hay que saber seguir hasta el final”. Cada viaje le causaba cada vez más fatiga y dolor. La bolsa le rompía los brazos y le hacía sangrar las manos. Cuando vio que se acercaba la muerte se trasladó una vez más al Coliseo y subió trabajosamente de escalinata en escalinata hasta la terraza superior. El sol, al ponerse, teñía de oro, de púrpura y de violeta, las antiguas ruinas, pero el pobre viejo no podía ver nada porque las lágrimas y el cansancio le nublaban la vista. Hubiera deseado quedarse solo, pero los turistas se aglomeraban en la terracita, expresando en diversas lenguas su asombro. Y he aquí que, entre tantas voces, el anciano ladrón distinguió la vocecilla argentina de un niño que gritaba: - ¡Mío! ¡Mío! ¡Cómo desentonaba! ¡Qué fea era aquella palabra dicha allá, ante tanta belleza! Ahora si lo entendía el viejecito, y hubiera querido decírselo al niño; hubiese querido enseñarle a decir “nuestro” en lugar de “mío”, pero las fuerzas le fallaban. Gianni Rodari
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El principito
Es un niño que viaja de planeta en planeta haciendo preguntas que se dan por hechas, y que no interesan a nadie. Vive en un pequeño planeta que podríamos identificar no como un planeta, sino como su propia vida, así el resto de planetas que visita son en realidad las vidas de otras personas que conoce. El hecho de que su planeta sea tan pequeño viene a decirnos que tiene mucho por vivir y aprender
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El hombrecillo de cristal (Gianni Rodari)
En una lejana ciudad nació en cierta ocasión un niño que era transparente. Se podía ver a través de sus miembros como se ve a través del aire y del agua. Era de carne y hueso y parecía de vidrio, y si se caía no se rompía en mil pedazos, sino que, como máximo, se hacía un chichón en la frente. Se veía latir su corazón y se veía sus pensamientos, inquietos como los peces de colores en su pecera. Una vez el niño dijo una mentira, por equivocación, y la gente vio inmediatamente algo como una bolita de fuego a través de su frente; dijo la verdad, y la bolita de fuego desapareció. Durante el resto de su vida no volvió a decir más mentiras. En otra ocasión, un amigo le confió un secreto y todos vieron inmediatamente algo como una bolita negra que giraba ininterrumpidamente dentro de su pecho, y el secreto dejó de serlo. El niño creció, se hizo muchacho, luego hombre, y todos podían leer sus pensamientos, y cuando se le hacía una pregunta adivinaban su respuesta antes de que abriera la boca. Se llamaba Jaime, pero la gente le llamaba Jaime el Hombrecillo de Cristal, y lo apreciaban por su lealtad, y junto a él todos se volvían amables. Desgraciadamente, un día subió al gobierno de aquel país un feroz dictador y comenzó entonces un período de opresiones, de injusticias y de miseria para el pueblo. El que osaba protestar desaparecía sin dejar huella. El que se rebelaba era fusilado. Los pobres eran perseguidos, humillados y ofendidos de cien maneras. La gente callaba y aguantaba, temerosa de las consecuencias. Pero Jaime no podía callar. Aunque no abriese la boca, sus pensamientos hablaban por él: era transparente y todos leían en su frente sus pensamientos de desdén , de condena a las injusticias y a las violencias del tirano. Luego, a escondidas, la gente comentaba los pensamientos de Jaime y así renacía en ellos la esperanza. El tirano hizo detener a Jaime el Hombrecillo de Cristal y ordenó que lo encerraran en la más oscura de las prisiones. Pero entonces sucedió algo extraordinario. Las paredes de la celda en que había sido encerrado Jaime se volvieron transparentes, y luego también las paredes del edificio, y finalmente también los muros exteriores de la prisión. La gente que pasaba cerca de la cárcel veía a Jaime sentado en su taburete, como si la prisión fuese también de cristal, y continuaban leyendo sus pensamientos. Por la noche la prisión esparcía a su alrededor una gran luminosidad y el tirano hacía cerrar todas las cortinas de su palacio para no verla, pero ni así conseguía dormir. Incluso estando encarcelado, Jaime el Hombrecillo de Cristal era más poderoso que él, porque la verdad es más poderosa que cualquier otra cosa, más luminosa que el día, más terrible que un huracán.
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71
El rey Midas
El rey Midas era un despilfarrador; todas las noches daba fiestas y bailes, hasta que se quedó sin un céntimo. Entonces fue a visitar al mago Apolo, le contó sus penas y Apolo le hizo este encantamiento: - Todo lo que toquen tus manos debe convertirse en oro. El rey Midas dio un salto de contento y regresó corriendo a su automóvil, pero apenas había tocado la manecilla de la portezuela cuando el coche se volvió completamente de oro, cristales de oro, motor de oro. Hasta la gasolina se había vuelto de oro, y de esta forma el coche no funcionaba y fue preciso llamar a una carreta de bueyes para arrastrarlo. Apenas llegado a casa, el rey Midas se puso a dar vueltas por las habitaciones, tocando todas las cosas que podía: mesas, armarios, sillas y todo se volvía de oro. Llegó un momento en que tuvo sed y se hizo traer un vaso de agua, pero el vaso se volvió de oro y el agua también, y para poder beber tuvo que dejarse dar el agua con una cuchara por un criado. Llego la hora de ir a comer. Tocaba el tenedor y se volvía de oro, y todos los invitados aplaudían y decían: - Majestad, tocadme los botones de la americana; tocadme este paraguas. El rey Midas los contentaba, pero cuando tomó el pan para comer, también éste se volvió de oro, y para satisfacer su apetito tuvo que hacérselo dar por la reina. Los invitados se escondían debajo de la mesa para burlarse y el rey se enfadó, agarró a uno de la nariz y ésta se le convirtió de oro y así no pudo sonarse más. Llegó la hora de acostarse, y el rey Midas, sin querer, tocó la almohada, las sábanas y el colchón, que se volvieron de oro macizo, siendo demasiado duros para poder dormir en ellos. Le tocó pasar la noche sentado en un sillón, con los brazos levantados para no tocar nada, y a la mañana siguiente estaba rendido. Corrió inmediatamente a ver al mago Apolo para que le deshiciera el encantamiento, y el mago Apolo lo contentó. - Está bien -le dijo-, pero ve con cuidado, porque para que pase el encantamiento deben transcurrir siete horas y siete minutos exactamente, y todo lo que toques mientras tanto se convertirá en estiércol de vaca. El rey Midas se marchó muy contento, y estaba muy atento a su reloj para no tocar nada antes de que hubieran transcurrido siete horas y siete minutos. Pero, desgraciadamente, su reloj corría un poco más de lo necesario y adelantaba un minuto cada hora. Cuando creyó transcurridas las siete horas y siete minutos, el rey Midas abrió la portezuela de su coche y entró, pero inmediatemente se encontró sentado en medio de un gran montón de estiércol de vaca, porque todavía faltaban siete minutos para que terminara el encantamiento. Gianni Rodari
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Asamblea en la carpintería
Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando. El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro, que siempre se excedía midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto. En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió en un precioso mueble. Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo: "Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos". La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos. Ocurre lo mismo con los seres humanos. Observen y lo comprobarán. Cuando en un grupo se buscan a menudo defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los mejores logros humanos. Es fácil encontrar defectos, cualquiera puede hacerlo, pero encontrar cualidades, eso es para espíritus superiores que son capaces de inspirar todos los éxitos humanos.
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No descanses
Ya te sientes fatigado o no, ¡oh hombre!, no descanses; no ceses en tu lucha solitaria, sigue adelante y no descanses. Caminarás por senderos confusos y enmarañados Y sólo salvarás unas cuantas vidas tristes. ¡Oh hombre!, no pierdas la fe, no descanses. Tu propia vida se agotará y anulará, y habrá crecientes peligros en la jornada. ¡Oh hombre!, soporta todas esas cargas, no descanses. Salta sobre tus dificultades aunque sean más altas que montañas, y aunque más allá sólo haya campos secos y desnudos. ¡Oh hombre!, no descanses hasta llegar a esos campos. El mundo se oscurece y tu verterás luz sobre él y disiparás las tinieblas. ¡Oh hombre!, aunque la vida se aleje de ti, no descanses. ¡Oh hombre!, no descanses; procura descanso a los demás.
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Encontrar la paz
Una mujer que deseaba vivamente encontrar la paz en medio de sus quehaceres domésticos de esposa y madre, acudió al sabio Yang Zhu y le rogó le instruyera lo más rápidamente posible para alcanzar la iluminación enseguida y poder volver a su hogar con el ánimo ecuánime, ya que tenía plena fe en que, una vez liberada su mente de la ilusión que es la vida, podría dedicarse plenamente a sus deberes sin que éstos turbaran en manera alguna su espíritu. Sabía que esto era así, y estaba dispuesta a hacer todo lo que se le dijera para llegar a la liberación interior en el breve tiempo de que disponía. El sabio respondió: - Genuino es tu deseo, y ésa es la primera gran condición para alcanzar el fruto del espíritu. Pero también hace falta cierta instrucción y ciertas prácticas que puedo ir enseñándote poco a poco en ratos breves, según tengas tiempo para venir a verme. Junto con el gran deseo, la gran paciencia es también requisito indispensable para la iluminación. Me has dicho que tienes un hijo. En toda su vida tu hijo llegará a comerse una tonelada de arroz. Pero ¿qué pasaría si le haces comerse todo ese arroz de una vez? No le haría bien sino daño. Aprende a tener gran deseo y ninguna prisa. Vuelve cuando así lo desees.
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67
El grano de trigo
Anastasio era el grano de trigo más nuevo y pequeño. Estaba allí, encima de Lola y Fermín, en lo alto de toda espiga. Él casi no sabía nada. Sólo sabía que aquello luciente y dorado era el sol. Que Lola se llamaba Lola, que Fermín se llamaba Fermín, que Juana se llamaba Juana, que Pepe se llamaba Pepe y que Esteban, el grano más viejo, se llamaba Esteban. Esteban le había contado que nació de Sonia, un grano grande de trigo viejísimo que ahora estaba enterrado. Un día, cuando el sol lucía más que nunca, se sintió amontonado, junto con otras espigas. - ¡Nos han cortado! –decía Esteban. Luego cuando ya se sentía a gusto con tantos granos de trigo e iba a proponerle jugar a “tú espigueas, yo espigueo” el grano de trigo que tenía al lado, sintió un ruido muy fuerte y que se precipitaba sobre él una gran piedra. Luego se extrañó de verse tan blanco y tan bonito. - ¡Qué guapa estás! –le dijo a Juana. - Tú también, Anastasio –le contestó. De repente, después de un gran traqueteo, se mezcló con una cosa líquida, como la lluvia. Se parecía mucho y estaba igual de fresca, pero no estaba en gotas. Luego con una cosa un poco amarga, pero simpática. Luego unas manos la llevaron de un lado para otro, amasándolo. Luego sintió crecer… crecer. Luego un calor muy grande y luego una vez que decía: Esa barra, bien tostadita. Luego unos dientecillos que la mordían. Ahora forma parte del cuerpo de Eva. Ruth Miguel Franco
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El placer de servir
Toda naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco. Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú. Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los corazones y las dificultades del problema. Hay una alegría del ser sano y la de ser justo, pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir. Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender. Que no te llamen solamente los trabajos fáciles Es tan bello hacer lo que otros esquivan! Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña. Aquel que critica, éste es el que destruye, tu sé el que sirve. El servir no es faena de seres inferiores. Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamarse así: "El que Sirve". Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quien? ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre? Gabriela Mistral
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Juanito Pierdedía
EL PAÍS CON EL “DES” DELANTE Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó al país con el des delante. - ¿Pero que clase de país es éste? -preguntó a un ciudadano que tomaba el fresco bajo un árbol. El ciudadano, por toda respuesta, sacó del bolsillo una navaja y se la enseñó bien abierta sobre la palma de la mano. - ¿Ve esto? - Es una navaja. - Se equivoca. Esto es una “desnavaja”, es decir, una navaja con el des delante. Sirve para hacer crecer los lápices cuando están desgastados, y es muy útil en los colegios. - Magnífico -dijo Juanito-. ¿Qué más? - Luego tenemos el “desperchero”. - Querrá decir el perchero. - De poco sirve un perchero si no se tiene un abrigo que colgarle. Con nuestro “desperchero” todo es distinto. No es necesario colgarle nada, ya está todo colgado. Si tiene necesidad de un abrigo, va allí y lo descuelga. El que necesita una chaqueta no tiene por qué ir a comprarla: va al desperchero y la descuelga. Hay el desperchero de verano y el de invierno, el de hombre y el de mujer. Así nos ahorramos mucho dinero. - Una auténtica maravilla. ¿Qué más? - Luego tenemos la máquina “desfotográfica”, que en lugar de hacer fotografías, hace caricaturas, y así nos reímos. Luego tenemos el “descañón”. - ¡Brrrrr, qué miedo! - ¡Qué va! El “descañón” es lo contrario al cañón, y sirve para deshacer la guerra. - ¿Y cómo funciona? - Es sencillísimo; puede manejarlo incluso un niño. Si hay guerra, tocamos la destrompeta, disparamos el descañón y la guerra queda deshecha rápidamente. - Qué maravilla el país con el des delante. Gianni Rodari
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La borriquilla de Balaam. Fredy Kunz
Señor, mi creador, gracias porque me has hecho un burro, capaz de servirte en mis hermanos, los hombres. No comprendo por qué muchos de ellos quieren ser burros, porque yo no quiero ser hombre. Pero eso no es de admirar, pues tengo poco entendimiento. Así dicen ellos, que son inteligentes. Modestamente reconozco que, como mi hermano, tengo defectos y cualidades: soy paciente, servicial y amigo. Soy terco y rebelde; a veces, veces necesito incluso el castigo de mi dueño. Como el hombre al que le gusta decir que su cuerpo es como yo, y que tiene que ser domado. Pero, mi Creador, a mi también me gustan el amor y el cariño, y en eso también soy como el hombre. Es una pena que él no tenga orejas grandes como yo, pues siempre estoy atento a cualquier voz. Tal vez él oiga más por dentro que yo. No puedo juzgar, ¡no soy más que un burro! Pido, mi Señor y Creador, para mí y para mi hermano, el hombre, paciencia, humildad y deseo de servir. Estoy muy contento de ser un humilde burro. Antepasados míos fueron muy honrados por Ti. ¡Gracias mi Señor!
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Refranes antiguos
De noche-decía un Refrán Antiguo-, todos los gatos son pardos. Y yo soy negro-dijo un gato negro, cruzando la calle. Imposible: los Refranes Antiguos siempre tienen razón. Pro yo sigo siendo negro-repitió el gato. De la sorpresa y el disgusto, el Refrán Antiguo se cayó del techo y se rompió una pierna. Otro Refrán Antiguo fue a ver un partido de fútbol, se acercó a un jugador y le dijo al oído: -Mejor solo que mal acompañado. El futbolista intentó jugar solo, pero era algo terriblemente aburrido y no podía ganar nunca, por lo que regresó al equipo. El Refrán Antiguo, de la decepción, cayó enfermo y tuvieron que extirparle las amígdalas. Una vez se encontraron tres Refranes Antiguos, y apenas habían abierto la boca cuando empezaron a discutir: -El que da primero da dos veces-dijo el primero. -En absoluto -exclamó el segundo-, en el medio está la virtud. -Craso error-exclamó el tercero-, hasta el fin nadie es dichoso. Se agarraron del pelo y todavía siguen zurrándose. Luego tenemos la historia de aquel Refrán Antiguo que tenía ganas de comerse una pera y se puso bajo el árbol, mientras pensaba:”La fruta madura cae por su propio peso”. Pero la pera no cayó hasta que no estuvo podrida del todo, y se aplastó contra la cabeza del Refrán Antiguo, que, muy disgustado, presentó la dimisión.
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Regalo de aniversario
Era un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su choza pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba prendado de la belleza de su cabello negro, largo, como hebras brillantes salidas de su rueca. Él iba cada día al mercado a vender algunas frutas. A la sombra de un árbol se sentaba a esperar, sujetando entre los dientes una pipa vacía. No le llegaba el dinero para comprar un pellizco de tabaco. Se acercaba el día del aniversario de la boda y ella no cesaba de preguntarse qué podría regalar a su marido. Y, además, ¿con qué dinero? Una idea cruzó su mente. Sintió un escalofrío al pensarlo, pero al decidirse todo su cuerpo se estremeció de gozo; vendería su pelo para comprarle tabaco. Ya imaginaba a su hombre en la plaza, sentado ante sus frutos, dando largas bocanadas a su pipa: aromas de incienso y de jazmín darían al dueño del puestecillo la solemnidad y el prestigio de un verdadero comerciante. Sólo obtuvo por su bello pelo unas cuantas monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco. El perfume de las hojas arrugadas compensaba largamente el sacrificio de su pelo. Al llegar la tarde regresó el marido. Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño envoltorio: eran unos peines para su mujer, que acababa de comprar tras vender su pipa. R. Tagore
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Los tres hijos del rey
Érase un rey que tenía tres hijos. Poseía además muchas riquezas. Sobre todo un brillante de valor extraordinario, admirado en el mundo entero. ¿Para quién sería aquel brillante al repartir la herencia? Su padre les sometió a una prueba. Sería para el que realizase la mayor hazaña en el día señalado… Al llegar la noche, cada uno relató los acontecimientos de la jornada. El mayor había dado muerte a un dragón que sembraba el pánico por todo el reino. El segundo venció a diez hombres bien armados con una pequeña daga. El tercero dijo: - Salí esta mañana y encontré a mi mayor enemigo durmiendo al borde de un acantilado… y le dejé seguir durmiendo. Entonces el rey se levantó del trono, abrazó a su hijo menor y le entregó el brillante.
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El sabio que bajó al infierno y subió al cielo
Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. estaba llena de alimentos, a cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto desencajado. Tenían que comer con palillos, pero no podían porque eran tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca. Impresionado, el sabio salió del infierno y subió al cielo. Con gran asombro, vio que también allí habá una mesa llena de comensaless y con los mismos manjares que en el infierno...y los mismos palillos. En este caso, sin embargo, nadie tenía cara desencajada. Todos los presentes tenian cara alegre, respiraban buena salud y bienestar por los cuatro costados. E es que allí, en el cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente.
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En el camino
Cuenta la historia de un monje, Demetrio, que un día recibió una orden tajante: debería encontrarse con Dios al otro lado de la montaña en la que vivía, antes de que se pusiera en sol. El monje se puso en marcha, montaña arriba, precipitadamente. Pero a mitad de camino se encontró a un herido que pedía socorro. Y el monje, casi sin detenerse, le explicó que no podía pararse, que Dios le esperaba al otro lado de la cima, antes de que atardeciese. Le prometió que volvería en cuanto atendiese a Dios. Y continuó su precipitada marcha. Horas más tarde, cuando aún el sol brillaba en todo lo alto, Demetrio llegó a la cima de la montaña y desde allí sus ojos se pusieron a buscar a Dios. Pero Dios no estaba. Dios se había ido a ayudar al herido que horas antes se cruzó por el camino. Hay, incluso quien dice que Dios era el mismo herido que le pidió ayuda.
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Venganza o perdón
En cierta ocasión se presentaron ante un hombre justo y de corazón piadoso unos hombres portando un cadáver sobre unas parihuelas. - Aquí te traemos a tu hijo pequeño, que ha sido muerto por su propio primo, tu sobrino Abdul. A él lo hemos apresado y te lo entregamos maniatado. Es tuyo. El asesino cayó al suelo y no se atrevía a mirar a su tío, padre de la víctima. Tenía mucho miedo y vergüenza, y no levantaba la vista del suelo. El viejo no sabía qué hacer y sentía odio en sus entrañas. En aquel momento su hijo mayor le dijo: - Padre, haz justicia y venga a mi hermano pequeño. El hombre misericordioso contestó: - No; hay algo mejor que hacer. Y lo harás tú. Haz estas tres cosas: Libera al hijo de mi hermano, entierra a tu hermano, y gasta tus fuerzas en consolar a tu madre, que mucho te necesitará. La cara del anciano se llenó de paz.
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Pequeños pasos
Un joven estudiante tenía un gran deseo de dedicarse al bien de la Humanidad. Se presentó con mucho brío delante de San Francisco de Sales y le preguntó: –¿Qué debo hacer para lograr la paz del mundo? San Francisco de Sales le respondió sonriente: –No dar esos portazos tan fuertes.
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El hombre sin manos
Hubo una vez un cadí que en un mismo día fue padre y fue injusto. Cuando más feliz se sentía por el nacimiento de su hijo, acudieron ante él unos hombres con un ¡oven fuertemente atado. - Mira ese hombre. Ha sido hallado robando un caballo. Aplícale la ley y haz justicia. El joven cuatrero se dirigió al cadí diciéndole: - Sé piadoso conmigo. Ya se que he faltado, pero mis motivos tenía para robar el animal. Mi padre está muy enfermo lejos de aquí y mi único deseo era verle pronto para que no estuviera tan solo en su agonía. Ya ves que no robé por codicia, sino por necesidad. El cadí debía tener el corazón de roca pues fue capaz de condenar al joven a que le cortaran las manos. A partir de este día vivía de la limosna y muchas veces se topó con su juez sin que éste ni siquiera le mirase. Un día, pasados unos años, estaba el pobre mutilado observando los peces que se movían en el fondo del estanque público. De pronto vio como un muchacho se caía al agua y no podía salir. Se estaba ahogando sin remedio. El pobre hombre alargó sus muñones para arrancárselo a la muerte, pero al faltarle las manos el niño se iba hundiendo cada vez más. - Ayúdame, ayúdame -gritó el niño- y mi padre te recompensará. ¡Soy el hijo de cadí ! El hombre estalló en sollozos. - No puedo. ¿Ves que no tengo manos? Tu padre me las cortó hace tiempo. Cuento popular árabe
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Podemos ser semillas
Un muchacho como tú, soñó que entraba en un gran comercio. Había un ángel detrás del mostrador. - ¿Qué vendes aquí? – preguntó el joven. - Todo lo que desees – respondió cortésmente el ángel. Entonces el chico comenzó la lista de sus peticiones: el fin de todas las guerras del mundo, más justicia para los explotados, tolerancia y generosidad para los extranjeros, más amor a las familias, trabajo para los parados, que salgamos ya de esta puñetera crisis económica que tanto sufrimiento está causando… El ángel lo interrumpió: - Lo siento, joven… Usted no me ha comprendido bien. Nosotros no vendemos frutos, sino solamente semillas.
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El día y la noche
Un viejo rabí le preguntó a sus discípulos: - ¿Quién de vosotros sabría decirme cómo se puede distinguir el momento en que termina la noche y empieza el día?. - Yo diría –contestó el primero- cuando viendo un animal de lejos, uno no sabe distinguir si es oveja o perro. - No, -le contestó el rabí-. - Podría empezar el día –dijo otro- cuando viendo de lejos un árbol no se puede decir si es una higuera o un manzano. - Tampoco, -insistió el rabí-. - Entonces... –preguntaron a una los discípulos- ¿cómo podemos saber cuándo termina la noche y empieza el día?. - Cuando mirando el rostro de un hombre cualquiera, ves que es tu hermano –contestó con solemnidad el rabí-, porque si no logramos ver esto... cualquiera que sea la hora del día será siempre de noche.
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Historia universal
Al principio, la Tierra estaba llena de fallos y fue una ardua tarea hacerla más habitable. No había puentes para atravesar los ríos. No había caminos para subir a los montes. ¿Quería uno sentarse? Ni siquiera un banquillo, ni sombra. ¿Se moría uno de sueño? No existían las camas. Ni zapatos, ni botas para no pincharse los pies. No había gafas para los que veían poco. No había balones para jugar un partido; tampoco había ni ollas ni fuego para cocer los macarrones. No había nada de nada. Cero tras cero y basta. Sólo estaban los hombres, con dos brazos para trabajar, y así se pudo poner remedio a los fallos más grandes. Pero todavía quedan muchos por corregir: ¡arremangaos, que hay trabajo para todos!
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Sospecha
Un hombre perdió su hacha y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho: exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven: como la de un ladrón. Observó también su forma de hablar: igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable del hurto. Pero más tarde encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un ladrón.
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El mujik y el caballo
Era durante una guerra y todos huían frente al enemigo. Un mujik fue al campo y dijo a su caballo: - Sígueme, o los enemigos te cogerán. - No te seguiré -respondió el caballo- porque yo no estaré mal con tus enemigos: lo mismo me da trabajar para ti que para ellos. León Tolstoi
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El cantero buscador
Había una vez un cantero que todos los días se dirigía a la montaña para cortar piedras de la roca. Con las piedras fabricaba umbrales y losas sepulcrales. Es cierto que sus ingresos eran modestos y duro el trabajo, pero se mostraba satisfecho y no deseaba más. En cierta ocasión el cantero tuvo que trabajar para un rico. Quedó prendado de la casa del hombre rico. - Si fuera rico no tendría que cortar piedra durante toda la jornada -exclamó. Para su asombro, oyó repentinamente la voz del buen genio: - Tu deseo se cumplirá: serás rico. Pronto el cantero olvidó su vida anterior. Aquel verano fue cálido y los rayos caían con más fuerza sobre la tierra. Hubo una enorme sequía. El picapedrero rico exclamo: - El sol es más poderoso que yo... Quisiera ser sol. El buen genio hizo realidad el nuevo deseo. Con orgullo envió sus rayos sobre la tierra. Sólo una nube se interpuso entre la tierra y el sol. - ¿Cómo puede ser una nube más potente que el sol? Quiero ser nube. Convertido en nube hizo llover torrencialmente. Todo se destruía a su paso. Todo menos una empinada roca que permanecía indiferente a la furia de la nube. - Quiero ser roca, exclamó el expicapedrero. Como en ocasiones anteriores se le concedió el deseo. Un día, un hombrecito llegó hasta la roca y comenzó a demoler la base. - ¿Cómo un hombrecito es más poderoso que yo...? Quiero ser picapedrero. Y nuestro hombre volvió a ganarse el sustento con el sudor de su frente, ejerciendo su oficio primero.
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Amor sin ataduras
Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux, que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Azul, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu... Nos amamos... empezó el joven Y nos vamos a casar... dijo ella. Y nos queremos tanto que tenemos miedo, queremos un hechizo, un conjuro, o un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos, que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar la muerte. Por favor, repitieron, ¿hay algo que podamos hacer? El viejo los miró y se emocionó al verlos tan jóvenes, tan enamorados y tan anhelantes esperando su palabra... Hay algo,-dijo el viejo- pero no sé... es una tarea muy difícil y sacrificada. Nube Azul... -dijo el brujo- ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena. ¿Comprendiste? Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo- deberás escalar la montaña del trueno. Cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas, y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Azul. ¡Salgan ahora! Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte y él hacia el sur. El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Eran verdaderamente hermosos ejemplares. Y ahora ¿qué haremos?, -preguntó el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre? No, dijo el viejo. ¿Los cocinaremos y comeremos su carne?, propuso la joven. No, repitió el viejo. Harán lo que les digo: tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero. Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres... El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse por el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse. Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón. Si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro. Si quieren que el amor perdure... "vuelen juntos, pero jamás atados".
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Una penitencia curiosa
San Felipe Neri era un santo con gran sentido común. Trataba a sus penitentes de una manera muy práctica. Una señora tenía la costumbre de confesarse con él muy habitualmente y casi siempre tenía el mismo pecado del que arrepentirse: el de calumniar a sus vecinos. Por ello, San Felipe, le dijo: – . La señora pensó que ésta era una penitencia rara, pero deseando recibir la absolución, hizo conforme se le había indicado y por fin regresó donde san Felipe. – . Y le mostró la gallina desplumada. – . – . –
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Los campesinos
Érase una vez, una comunidad en lo alto de un monte. Aquel año, la cosecha de café fue excelente y cada familia logró recoger una buena cantidad. Cuando llegó el tiempo de llevarlo a vender, cada uno de los cincuenta vecinos de la comunidad, salió por su cuenta a venderlo. Consiguieron un buen precio en el mercado. Cada uno guardó su plata lo más escondida que pudo, y después de hacer unas compras, regresaron a sus casas. En el camino, detrás de unos palos, estaban escondidos tres ladrones, que iban robando uno a uno a todos los campesinos que regresaban. Al llegar a su comunidad, el hombre más viejo de aquella comunidad, que estaba sentado a la puerta de su casa les preguntó: -- "¿Qué les pasa, compañeros? Esta mañana cuando salieron a vender el café, iban con la cara sonriente, y ahora, regresan tristes y apaleados". Uno de los campesinos le respondió; -- "Todo marchaba bien. Conseguimos una buena ganancia por el café, pero al regreso, tres ladrones nos han robado todo lo que cargábamos". Y el viejo, con voz brava, les dijo: -- "¡Pero cómo es posible, si ustedes eran cincuenta y ellos eran tres!". Y le dijeron; -- "Muy sencillo; hermano. Ellos eran tres, pero estaban unidos; nosotros, sin embargo, somos cincuenta, pero estamos desunidos". Y aquel año, en aquella comunidad, se siguió pasando necesidad.
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Clavos que dejan huella
Esta es la historia de un muchachito que tenia muy mal caracter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, deberia clavar un clavo detras de la puerta. El primer dia, el muchacho clavo 37 clavos detras de la puerta. Las semanas que siguieron, a medida que el aprendia a controlar su genio,clavaba cada vez menos clavos detras de la puerta. Un día descubrio que era mas facil controlar su genio que clavar clavos detras de la puerta. Llego el dia en que pudo controlar su caracter durante todo el dia. Despues de informar a su padre, este le sugirio que retirara un clavo cada dia que lograra controlar su caracter. Los dias pasaron y el joven pudo anunciar a su padre que no quedaban mas clavos para retirar de la puerta... Su padre lo tomo de la mano y lo llevo hasta la puerta. Le dijo: "has trabajado duro, hijo mio, pero mira todos esos hoyos en la puerta.. Nunca mas sera la misma. Cada vez que tu pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aqui ves. Tu puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas lo devastara, y la cicatriz perdurara para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa fisica"
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El sol y la lámpara
Cuando el sol se escondía detrás de las montañas, preguntó: - ¿Hay alguien que quiera sustituirme? - Se hará lo que se pueda -respondió la lámpara de aceite. (R. Tagore)
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El violín de Paganini
Había una vez un violinista llamado Paganini. Algunos decían que era muy raro. Otros que era sobrenatural. Que era mágico. Las notas mágicas que salían de su violín tenían un sonido diferente, por eso nadie quería perder la oportunidad de ver su espectáculo. Una noche , el público estaba preparado para recibirlo. La orquesta entró y fue aplaudida. El director fue ovacionado. pero cuando Paganini apareció , el público deliró (aplaudía, gritaba, ...). Paganini coloca su violín en el hombro y lo que sigue es indescriptible, sorprendente, ... Blancas, negras, corcheas,...las notas parecen tener alas y volar con el toque de aquellos dedos encantados. ¡DE REPENTE, un sonido extraño interrumpe el ensueño... ¡Una de las cuerdas del violín de Paganini se rompe! El director de la orquesta paró. La orquesta paró de tocar. El público paró. ¡Pero Paganini no paró. Mirando su partitura, él continuó sacando sonidos deliciosas de su violín sin problemas. El director y la orquesta , admirados, vuelven a tocar. El público se calmó, cuando DE REPENTE, otro sonido extraño... ¡Otra cuerda del violín de Paganini se rompe! El director paró de nuevo. La orquesta paró también. ¡Paganini no paró. Como si nada hubiera ocurrido, olvidó las dificultades y siguió arrancando sonidos imposibles de su violín. El director y la orquesta , impresionados , vuelven a tocar. Pero el público no podía imaginar lo que iba a ocurrir a continuación. Todas las personas, asombradas, gritaron un OHHHH! Que retumbó por toda la sala. Una tercera cuerda del violín de Paganini se rompió. El director para. La orquesta para. La respiración de público para. ¡Pero Paganini NO para!!!. Como si fuera un contorsionista musical, arranca todos los sonidos posibles de la única cuerda que sobra de aquel violín destruido. Ninguna nota fue olvidada. El director ,asombrado ,se anima. La orquesta también. El público pasa del silencio a la euforia (grita, aplaude , se pone de pie, llora,...Pagani alcanza la Gloria, triunfa, ... MORALEJA: Cuando todo parece derrumbarse, sigamos adelante!!! Despertemos al Paganini que existe dentro de nosotros: sigamos adelante para vencer!!! “Victoria” es el arte de continuar “donde todos resuelven parar”
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El convicto liberado
Cada año, con motivo de las fiestas de aniversario de su coronación, el rey de un pequeño condado liberaba a un prisionero. Cuando cumplió 25 años como monarca, el mismo quiso ir a la prisión acompañado de su Primer Ministro y toda la corte para decidir cuál prisionero iba a liberar. - Majestad, dijo el primero, "yo soy inocente pues un enemigo me acusó falsamente y por eso estoy en la cárcel". - A mí, añadió otro, "me confundieron con un asesino pero yo jamás he matado a nadie". - "El juez me condenó injustamente", dijo un tercero. Y así, todos y cada uno manifestaba al rey porque razones merecían precisamente la gracia de ser liberados. Había un hombre en un rincón que no se acercaba y que por el contrario permanecía callado y algo distraído. Entonces, el rey le preguntó: "Tu, ¿porque estás aquí? - El hombre contestó: "Porque maté a un hombre majestad, yo soy un asesino". - ¿Y porque lo mataste?, inquirió el monarca. - Porque estaba muy violento en esos momentos, contestó el recluso. - ¿Y porque te violentaste?, continuó el rey. - Porque no tengo dominio sobre mi enojo Pasó un momento de silencio mientras el rey decidía a quien liberaría. Entonces tomó el cetro y dijo al asesino que acaba de interrogar: "Tú sales de la cárcel". Pero majestad, replicó el Primer Ministro, ¿acaso no parecen más justos cualquiera de los otros? Precisamente por eso -respondió el rey- saco a este malvado de la cárcel para que no eche a perder a todos los demás que parecen tan buenos.
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De regreso de la guerra
Una historia que fue contada por un soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de Vietnam. Le hablo a sus padres desde San Francisco. - "Mama, Papa. Voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor: Traigo a un amigo que me gustaría que se quedara con nosotros." - "Claro," le contestaron, "Nos encantaría conocerlo." - "Hay algo que deben de saber", el hijo sigo diciendo, "el fue herido en la guerra. Piso en una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna. El no tiene a donde ir, y quiero que el se venga a vivir con nosotros a casa." - "Siento mucho el escuchar eso hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en donde el se pueda quedar." - "No, Mama y Papa, yo quiero que el viva con nosotros." - "Hijo," le dijo el padre, "tu no sabes lo que estas pidiendo. Alguien que este tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tu deberías de regresar a casa y olvidarte de esta persona. El encontrara una manera en la que pueda vivir el solo." En ese momento el hijo colgó la bocina del teléfono. Los padres ya NO volvieron a escuchar de el. Unos cuantos días después, los padres recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto después de que se había caído de un edificio, fue lo que les dijeron. La policía creía que era un suicidio. Los padres destrozados de la noticia volaron a San Francisco y fueron llevados a la morgue de la ciudad a que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, para su horror ellos descubrieron algo que no sabían, su hijo tan solo tenia un brazo y una pierna. Los padres de esta historia son como muchos de nosotros. Encontramos muy fácil el amar esas personas que son hermosas por afuera o que son entretenedoras, pero no nos gusta la gente que nos hace sentir alguna inconveniencia o que nos hace sentir incómodos. Preferimos estar alejados de personas que no son muy saludables, hermosas o inteligentes como lo somos nosotros. Afortunadamente, hay una persona que no nos trata de esa manera. Alguien que nos ama con un gran amor, que siempre nos recibirá en su familia, no importa que tan destrozados estemos, física o mentalmente. Esta noche, antes de que te metas en la cama para dormir, reza una oración a Dios para que el te de la fuerza para que puedas aceptar la gente tal y como es, y para que nos ayude a ser mas comprensivos de esas personas que son diferentes a nosotros.
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Pájaro libre y pájaro preso
El pájaro manso vivía en la jaula, y el pájaro libre en el bosque. Pero su destino era encontrarse y había llegado la hora. El pájaro libre cantaba: “Amor, volemos al bosque”. El pájaro preso decía bajito: “Ven tú aquí; vivamos los dos en la jaula”. Decía el pájaro libre: “Entre rejas no pueden abrirse mis alas”. “¡Ay!”, suspiraba el pájaro preso, “¿sabré yo posarme en el cielo?”. El pájaro libre cantaba: “Amor mío, canta canciones del campo”. El pájaro preso decía: “Estate a mi lado, te enseñaré la canción de los sabios”. El pájaro libre cantaba: “No, no, no; nadie puede enseñar las canciones”. El pájaro preso decía: “¡Ay!, yo no sé las canciones del campo”. Su amor es un anhelo infinito, mas no pueden volar ala con ala. Se miran y se miran a través de los hierros de la jaula, pero resulta vano su deseo. Y aletean nostálgicos y cantan: “Acércate más, acércate más”. El pájaro libre grita: “¡No puedo! ¡Qué miedo tu jaula cerrada!.” El pájaro preso canta bajito: “¡Ay, no puedo! ¡Mis alas se han muerto!”
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Un metro cuadrado de tierra
Hace muchos años un latifundista llamó a uno de sus pobres jornaleros y le dijo: "Toda la tierra que pises mañana desde el amanecer hasta la puesta del sol, será tuya". El hombre fue raudo a su casa para cenar temprano, acostarse y levantarse al alba bien descansado. Con el primer rayo de sol empezó a correr sin detenerse durante todo el día. Corrió, corrió y corrió. Y sus pies pisaron muchos kilómetros de terreno. Pero cuando el sol se ponía, sus ojos dejaron de ver y su corazón se paró extenuado por el esfuerzo realizado. Al día siguiente, el jornalero, dueño de tanta tierra, fue sepultado en un metro cuadrado.
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El monje y la piedra preciosa
Un monje andariego se encontró, en uno de sus viajes, una piedra preciosa y la guardo en su alforja. Un día se encontró con un viajero y, al abrir su alforja para compartir con él la comida, el viajero vió la joya y se la pidió. El monje se la dió sin más. El viajero le dio las gracias y se marchó lleno de alegría con aquel inesperado regalo; una piedra preciosa que le daría riqueza y bienestar para el resto de su vida. Sin embargo, a los pocos días volvió en busca del monje, lo encontró, le devolvió la joya y le suplicó: «Ahora te pido por favor que me des algo que vale más que esta joya: dame lo que te permitió regalarmela»
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El poder del amor
Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas miseria de Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes en situación de riesgo. Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de cada muchacho. En todos los casos, los investigadores escribieron: “No tiene ninguna posibilidad de éxito”. Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología encontró el estudio anterior y decidió continuarlo. Para ello, envió a sus alumnos a que investigaran qué había sido de la vida de aquellos muchachos que, veinticinco años antes, parecían tener tan pocas posibilidades de éxito. Exceptuando a veinte de ellos, que se habían ido de allí o habían muerto, los estudiantes descubrieron que casi todos los restantes habían logrado un éxito más que mediano como abogados, médicos y hombres de negocios. El profesor se quedó pasmado y decidió seguir adelante con la investigación. Afortunadamente, no le costó mucho localizar a los investigados y pudo hablar con cada uno de ellos. -¿Cómo explica usted su éxito? –les fue preguntando. En todos los casos, la respuesta, cargada de sentimientos, fue: -Hubo una maestra especial... La maestra todavía vivía, de modo que la buscó y le preguntó a la anciana, aunque todavía lúcida mujer, qué fórmula mágica había usado para que esos muchachos hubieran superado la situación tan problemática en que vivían y triunfaran en la vida. Los ojos de la maestra brillaron y sus labios esbozaron una grata sonrisa: -En realidad, es muy simple – dijo-. Todos esos muchachos eran extraordinarios, Los quería mucho.
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El momento de la aurora
Un rabino reunió a todos sus alumnos y les preguntó: -¿Cómo sabemos el momento exacto en que acaba la noche y empieza el día? -Cuando, en la distancia, somos capaces de distinguir una oveja de un perro -dijo un niño. -En realidad -dijo otro alumno-, sabemos que ya es de día cuando podemos distinguir, en la distancia, un olivo de una higuera. -No es una buena definición. -¿Cuál es la respuesta entonces? -preguntaron los chicos. Y el rabino dijo: -Cuando un extranjero se acerca y nosotros lo confundimos con nuestro hermano; entonces, los conflictos desaparecen. Ese es el momento en que acaba la noche y empieza el día.
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Un cuento sobre... un rey
Había un rey sincero y bueno que gobernaba al país con justicia y con bondad. En vez de vivir encerrado en su palacio, solía recorrer los confines de su reino, para observar los problemas y tratar de ayudar a la gente. Si veía que sus súbditos estaban alegres, su corazón saltaba de gozo. Pero el buen rey se estaba poniendo viejo y tenía que entregar el reinado a uno de sus cuatro hijos. Ellos querían mucho a su padre y el rey los amaba a todos por igual. Por eso, no le sería nada fácil decidir quien sería heredero. Entonces, se le ocurrió conversar individualmente con cada uno de ellos para detectar cual tenía las mejores cualidades para ser un buen rey. Los convocó frente a su despacho e hizo pasar primero a Juan, su hijo mayor. -Me siento viejo, hijo mío, y quisiera entregar mi trono a uno de ustedes. Por ello, quiero preguntarte algo: ¿Qué harías si tu mañana fueras el rey del país? Juan pensó un buen rato su respuesta y por fin, le dijo: -Trataría de que todos los hombres del reino estuvieran bien entrenados y armados para que así fueran capaces de defenderse de cualquier enemigo. La fortaleza de un país radica en sus ejércitos y en la fuerza de sus hombres. -Muy bien, hijo –dijo el rey-, analizaré tu respuesta. Al salir Juan, entró el segundo hijo, un muchacho muy inteligente. El rey le dijo: -José, hijo mío, estoy ya muy viejo y quisiera entregar el reino a uno de ustedes. Pero primero me contestarás una pregunta. El rey le hizo la misma pregunta que le había hecho antes a Juan. Después de pensar un rato, respondió: -Buscaría la forma de que todas las personas del reino se instruyeran. Abriría muchas escuelas para que todo el mundo pudiera estudiar pues la fuerza de un país radica en la instrucción. -Muy bien –dijo el rey-, analizaré tu respuesta. El tercer hijo, Francisco, que era muy religioso, respondió la pregunta de su padre diciendo que levantaría muchas iglesias y fomentaría el culto y la oración, pues la grandeza de un país residía en la firmeza de la religión. Cuando le tocó el turno al hijo menor, no aparecía por ninguna parte. Al cabo de un buen rato, llegó corriendo y agitado, y el rey le preguntó: -¿Qué pasó, hijo? ¿Dónde estabas que no acudiste a conversar conmigo cuando te tocaba? ¿Acaso no estas interesado en ser rey? Pedro, que así se llamaba el hijo menor, respondió conteniendo los jadeos del cansancio: -Lo que pasó, padre, es que mientras estaba esperando mi turno, me enteré de que Santiago, el anciano caballerizo, había sido pateado por un caballo y pensé que, en ese momento, lo mas importante era correr en su ayuda para ver si podía hacer algo por él. El rey lo abrazó emocionado y le dijo: -Ya sé quien será mi sucesor: serás tú, Pedro, porque no solo sabes lo que la gente necesita para ser feliz, sino que siempre estará dispuesto a hacerlo. Tú sabes servir y eso es lo mas importante.
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Dos hermanos agricultores
Murió el padre y los dos hermanos, uno soltero y el otro casado, heredaron la granja que, con el trabajo de ambos, producía abundante grano que los hermanos repartían en partes iguales. Pero llegó un momento en que el hermano casado se despertaba todas las noches sobresaltado y se ponía a pensar: “No es justo. Mi hermano no está casado y se queda con la mitad de la cosecha. Yo tengo mujer y cinco hijos que me cuidarán cuando sea viejo, pero él no tiene a nadie. Por ello, necesita ahorrar mucho para cuando ya no pueda trabajar”. Con este pensamiento, que no le dejaba dormir, se paraba de la cama e iba a su granero, llenaba un saco de su trigo y lo llevaba sigilosamente al granero de su hermano. Pero sucedió que también el hermano soltero empezó a despertarse por la noche y a pensar: “No es justo que mi hermano, que tiene mujer y cinco hijos se quede sólo con la mitad de la cosecha, pues él necesita mucho más que yo”. Y con este pensamiento, se levantaba de la cama y llevaba un saco de su grano al granero de su hermano. Una noche, se levantaron los dos al mismo tiempo y se encontraron cada uno con su saco de trigo. Y cuenta la historia que muchos años más tarde, cuando murieron los hermanos, los habitantes del lugar que conocieron este hecho, decidieron levantar una iglesia en el lugar donde se habían encontrado en la noche los hermanos por pensar que no era posible encontrar un lugar más sagrado que ese.
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Una reunión odiosa
Hubo un día terrible en que el odio convocó a una reunión a todos los sentimientos nefastos del mundo. Y cuando todos estaban reunidos, dijo el odio: “Los he reunido aquí porque quiero con todas las fuerzas matar al amor”. Y trataron de matarlo el mal carácter, la ambición, los celos, la frialdad, el egoísmo, la indiferencia, la enfermedad. Ninguno logró el propósito. Pero alguien dijo: “Yo mataré el amor”. Y lo logró: fue la rutina
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Culpable o inocente
Descargar (1MB) Mis Audios Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesi nado a una mujer. En realidad el verdadero autor era una persona muy influyente del reino y por eso desde el primer momento buscaron una víctima para encubrir al verdadero culpable. El hombre fue llevado a juicio sabiendo de antemano que tendría muy pocas posibilidades de ser declarado inocente. Antes del juicio su destino ya estaba decidido, iba a morir en la horca. El juez que también estaba confabulado, trató de dar todo el aspecto de un juicio justo e imparcial y por ello dijo al acusado: -Conociendo tu fama de hombre justo y sabiendo que eres un fiel creyente, vamos a dejar tu destino en las manos de Dios, así que vamos a escribir en dos trozos de papel las palabras culpable e inocente. Tú escogerás uno y será la voluntad de Dios la que decida tu destino. Por supuesto el juez había preparado dos papeles con la palabra, culpable. La pobre víctima aún sin conocer los detalles se daba cuenta que el sistema propuesto era una trampa. No tenía escapatoria. Cuando el Juez ordenó al hombre que tomara uno de los dos papeles doblados. El acusado se quedó en silencio unos segundos con los ojos cerrados y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y con una amplia sonrisa tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca se lo tragó. Sorprendido e indignado el Juez le reprochó airadamente: -¿Pero qué has hecho? ¿Y ahora cómo vamos a saber el veredicto? -Es muy sencillo respondió el hombre, es cuestión de leer el papel que queda y sabremos lo que decía el que me tragué. En medio de un gran bullicio en la sala y ante la evidente desilusión del Juez, no tuvieron más remedio que liberar al acusado
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Semillas del rey
En un pueblo lejano, el rey convocó a todos los jóvenes a una audiencia privada con él, en dónde les daría un importante mensaje. Muchos jóvenes asistieron y el rey les dijo: "Os voy a dar una semilla diferente a cada uno de vosotros, al cabo de 6 meses deberán traerme en una maceta la planta que haya crecido, y el que tenga la planta más bella ganará la mano de mi hija, y por ende el reino". Así se hizo, pero un joven plantó su semilla y ésta no germinaba; mientras tanto, todos los demás jóvenes del reino no paraban de hablar y mostrar las hermosas plantas y flores que habían sembrado en sus macetas. Llegaron los seis meses y todos los jóvenes desfilaban hacia el castillo con hermosísimas y exóticas plantas. El joven estaba demasiado triste pues su semilla nunca germinó, ni siquiera quería ir al palacio, pero razonó que debía ir, pues era un participante y debía estar allí. Con la cabeza baja y muy avergonzado, se condujo hacia el palacio, con su maceta vacía. Todos los jóvenes hablaban de sus plantas, y al ver a nuestro amigo soltaron en risa y burla; en ese momento el alboroto fue interrumpido por el ingreso del rey, todos hicieron su respectiva reverencia mientras el rey se paseaba entre todas las macetas admirando las plantas. Finalizada la inspección hizo llamar a su hija, y llamó de entre todos al joven que llevó su maceta vacía; atónitos, todos esperaban la explicación de aquella acción. El rey dijo entonces: "Este es el nuevo heredero del trono y se casará con mi hija, pues a todos se les dio una semilla infértil, y todos trataron de engañarme plantando otras plantas; pero este joven tuvo el valor de presentarse y mostrar su maceta vacía, siendo sincero, real y valiente, cualidades que un futuro rey debe tener y que mi hija merece".
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El cuarto Rey Mago
Cuenta la leyenda de la imaginación , que hubo un cuarto Rey mago que llegó tarde a la cita con los otros tres por ayudar a un anciano. Se desplazó por sus propios medios a Belén, pero la Sagrada Familia había partido ya hacia Egipto, en donde intentó buscarlos infructuosamente, pues siempre se enredaba ayudando a algún necesitado. Habiendo vuelto de nuevo a su lugar de origen, los tres Reyes Magos le contaron todo sobre el Niño Jesús, y en su corazón se prometió encontrarlo. Cuando después de 30 años oyó lo que se comentaba del profeta de Galilea, quiso verlo. Desafortunadamente, nunca llegaba en el momento oportuno, pues siempre tenía que atender las miserias que iba encontrando en el camino. Por fin, ya anciano, alcanzó a ver a Jesús subiendo al Gólgota, y le dijo: «Toda mi vida te he buscado sin poder encontrarte». Jesús contestó: «No necesitabas buscarme, porque tú siempre has estado a mi lado».
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Construyendo una Catedral
Un hombre golpeaba fuertemente una roca, con rostro duro, sudando. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo? Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve? Picar piedra. Un segundo hombre golpeaba fuertemente otra roca, con rostro duro, sudando. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo? Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve? Tallar un peldaño. Un tercer hombre golpeaba fuertemente una roca, transpirado, con rostro alegre, distendido. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo?”. Y contestó ilusionado: -Estoy construyendo una catedral.
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El puente
Se cuenta que, cierta vez, dos hermanos que vivían en granjas vecinas, separadas apenas por un río, entraron en conflicto. Fue la primera gran desavenencia en toda una vida de trabajo uno al lado del otro, compartiendo las herramientas y cuidando el uno del otro. Durante años, trabajaron en sus granjas y al final de cada día, podían atravesar el río y disfrutar uno de la compañía del otro. A pesar del cansancio, hacían la caminata con placer, pues se amaban. Pero ahora todo había cambiado. Lo que comenzara con un pequeño mal entendido, finalmente explotó en un cambio de ríspidas palabras, seguidas por semanas de total silencio. Una mañana, el hermano más viejo sintió que golpeaban su puerta. Cuando abrió vio un hombre con una caja de herramientas de carpintero en la mano... - Estoy buscando trabajo -dijo éste.- Quizás usted tenga un pequeño servicio que yo pueda hacer. - ¡Sí! - dijo el granjero - claro que tengo trabajo para usted. Ve aquella granja al otro lado del río. Es de mi vecino. No en realidad es de mi hermano más joven. Nos peleamos y no puedo soportarlo más. Ve aquella pila de madera cerca del granero? Quiero que usted construya una cerca bien alta a lo largo del río para que no tenga que verle más. - Creo que entiendo la situación - dijo el carpintero. muéstreme dónde están las palas que haré un trabajo que le dejará satisfecho. Como necesitaba ir a la ciudad, el hermano más viejo ayudó al carpintero a encontrar el material y se fue. El hombre trabajó arduamente durante todo aquel día. Ya anochecía, cuando terminó su obra. El granjero regresó de su viaje y sus ojos no podían creer lo que veían. No había ninguna cerca. En lugar de eso había un puente que unía las dos márgenes del río. Era realmente un bellísimo trabajo, pero el granjero estaba furioso y le dijo: - Cómo se ha atrevido usted a construir ese puente, después de todo lo que yo le conté? Sin embargo, las sorpresas no habían terminado. Al mirar nuevamente hacia el puente, vio a su hermano que se acercaba desde el otro margen, corriendo y con los brazos abiertos. Por un instante, permaneció inmóvil a su lado del río. Pero de repente, en un impulso, corrió en dirección del otro y los dos se abrazaron en medio del puente. El carpintero se marchaba con su caja de herramientas, cuando el hermano que lo contrató le dijo emocionado: - ¡Espere! ¡Quédese con nosotros durante unos días! El carpintero respondió: - Me encantaría quedarme, pero, desgraciadamente tengo otros muchos puentes que construir.
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