446: Cuando yo hablo, mi boca activa y todo cambia - 13/9/2026 - #1421 episode artwork

EPISODE · Sep 13, 2026 · 30 MIN

446: Cuando yo hablo, mi boca activa y todo cambia - 13/9/2026 - #1421

from Iglesia de la Ciudad - Mensajes · host Pastor José Luis Cinalli

Pastor José Luis Cinalli13/9/2026Cuando yo hablo, mi boca activa y todo cambia “Muerte y vida dependen de la lengua, según se elija, así se recibirá”, Proverbios 18:21 (BDA2010).Seamos honestos: sufrimos de ‘boca floja’. Llega el problema, falta el dinero o duele el cuerpo, y nos convertimos en cronistas de la desgracia. Llenamos la casa con palabras de derrota. Dios no nos dio la boca para reportar problemas, sino para declarar sus promesas. En el mundo espiritual las palabras tienen poder real. El diablo no puede frenar nuestra bendición, somos nosotros mismos los que cancelamos el milagro. Nuestro futuro será tan bueno como las palabras de fe que soltemos hoy. Cada queja funciona como un candado: bloquea nuestro futuro y detiene el milagro. La boca no fue hecha para describir la tormenta, sino para gobernar sobre ella. La llave es la Palabra. Quien declara la Palabra de Dios, activa la victoria. Jesús enseñó acerca del poder de la palabra hablada: “Cualquiera que dijere… y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho”, Marcos 11:23. Esto significa orar con autoridad. No le lloremos a Dios por el tamaño de nuestro problema; hablémosle al problema con la autoridad de Dios. Para activar el milagro, necesitamos entender las leyes espirituales de nuestra boca: 1.     Hablar: “Cualquiera que dijere…”, Marcos 11:23. Jesús preguntó a los maestros de la ley: “¿Qué es más fácil decir a este paralítico: Se te perdonan tus pecados, o decir: Levántate, toma tu camilla y anda?”, Marcos 2:9 (BL95). Jesús no preguntó qué es más fácil hacer, sino qué es más fácil decir. Físicamente, cuesta el mismo esfuerzo decir algo bueno que algo malo. Sin embargo, Jesús demostró que todo lo que salía de su boca se activaba de inmediato: perdonó al hombre cuando lo dijo, y lo sanó cuando dijo: “Levántate y camina”. Nuestras palabras salen de la boca y activan el mundo invisible. Quizás el cambio no se vea al instante, pero en el mundo espiritual el milagro ya empezó. Cuando Jesús maldijo la higuera, el árbol se secó por fuera al día siguiente, pero la raíz murió en el momento en que Él habló, Marcos 11:21. Si ya declaramos la palabra de Dios sobre el problema, dejemos de buscar pruebas físicas. El cielo ya firmó el decreto. Como hijos de Dios nuestra boca suelta decretos respaldados por su Palabra. Y las palabras no se pueden borrar; una vez que salen de nuestros labios, ya no las podemos traer de vuelta. Cuando Isaac bendijo a Jacob por error, tembló y dijo: “¡Y esa bendición ya nadie se la puede quitar!”, Génesis 27:33 (TLA). David estaba en el peor momento de su vida cuando dijo: “Aunque ande en valle de sombra de muerte... Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida”, Salmo 23:4-6. David no usó la boca para describir la oscuridad del valle, la usó para profetizar la salida. No salgamos a la calle a ver qué pasa; salgamos a declarar lo que Dios ya prometió. Nuestra boca tiene el poder de abrir o cerrar la puerta de nuestro milagro. Los que cavaron su tumba por la boca “Has quedado preso en los dichos de tu boca”, Proverbios 6:2 (VM). Nuestras palabras construyen nuestro futuro o cavan nuestra propia tumba; las palabras nunca se las lleva el viento. Jesús lo dejó claro: “Por tus palabras serás salvado o serás condenado”, Mateo 12:37. Observemos la enorme diferencia entre usar la boca como una llave de bendición o como un candado de desgracia:·       Elías usó su boca como una llave. Decretó sequía: “¡No va a llover hasta que yo lo diga!” (1º Reyes 17:1), y la tierra se secó. Luego decretó abundancia a una viuda pobre: “La harina y el aceite no se van a terminar” (1º Reyes 17:14), y el milagro ocurrió tal como lo dijo. Cuando nuestra boca repite lo que Dios dice, todo el cielo respalda nuestras palabras. ·       La viuda de Sarepta uso su boca como un candado. En medio de la escasez, la viuda dijo: “Prepararé la última comida, y después mi hijo y yo moriremos”, 1º Reyes 17:12. Y poco después, su hijo murió. El diablo no tuvo que hacer nada; ella misma firmó el acta de defunción de su familia con su propia lengua. Muchos padres cometen el mismo error todos los días cuando dicen: “Este hijo no va a cambiar”, “este matrimonio ya murió” o “nunca vamos a salir de las deudas”. Al hablar así, nos convertimos en los mensajeros de nuestra propia desgracia y le ponemos candado a nuestra propia casa. 2.     Creer: “Y no dudare en su corazón…”, Marcos 11:23. De nada sirve declarar victoria el domingo si el lunes a la mañana volvemos a dudar. La Biblia dice: “Tiene que pedir con confianza y sin dudar nada… Quien duda no debe pensar que va a recibir algo de él”, Santiago 1:6-7 (TLA). Dios no responde a corazones divididos. Jesús dijo “Si tuvieran fe como un grano de mostaza… nada sería imposible”, Mateo 17:20 (RVC). No importa el tamaño de nuestra fe, sino el tamaño del Dios en quien confiamos. Una fe pequeña en un Dios gigante rompe cualquier candado. Mientras la duda se pasa la vida llorando en medio de la crisis, la fe se levanta y le ordena a la montaña que se quite de su camino. Si tu corazón ya sabe que Dios es fiel, tu boca tiene que empezar a cantar victoria ahora mismo. 3.     Recibir. “Lo que diga le será hecho”, Marcos 11:23. Jesús promete que lo que digamos con fe, nos será hecho. Pero cuidado: esto no es magia ni positivismo barato. Esta promesa exige obediencia absoluta. Jesús lo dejó claro: “Si obedecen todo lo que les he enseñado, recibirán todo lo que pidan”, Juan 15:7 (TLA). Muchos quieren usar la boca como varita mágica. Decretan prosperidad, pero roban en los negocios. Decretan sanidad, pero destruyen su cuerpo. Decretan bendición, pero viven en fornicación o amargura. El cheque del cielo no se cobra con una vida torcida. La obediencia en nuestros hechos es lo que le da valor a nuestros dichos. Dios no respalda los caprichos de una boca floja; Dios respalda la fe de una vida obediente. Si nuestros pies caminan hacia el pecado, nuestra boca no puede activar la promesa. Así lo entendió el centurión romano cuando le dijo a Jesús: “Solamente di la palabra, y mi siervo se sanará”, Mateo 8:8. El no necesitó ver señales; le bastó la palabra del Rey. En nuestros propios labios se firma hoy nuestra bendición o nuestra ruina. Nosotros decidimos: ¿seguimos poniéndole candado a la crisis, o empezamos a usar la llave de la Palabra?   Conclusión. El centurión creyó en el poder de una palabra y su siervo sanó. La viuda decretó muerte, y la muerte entró a su hogar. David profetizó delicados pastos en el valle de muerte y el bien lo siguió. Diez espías hablaron derrota y murieron en el desierto por sus propios dichos. La fe viene por el oír, pero se expresa por el decir. El infierno entero nos quiere mudos porque sabe que nuestra boca activa la victoria. La Biblia nos ordena: “¡Que el más débil se llene de valor!”, Joel 3:10 (TLA). Nuestra boca no fue hecha para reportar la crisis; fue hecha para profetizar la salida. ¿Qué hacemos mañana cuando al levantarnos todo esté igual?:1.     Purifiquemos nuestra boca. Si no vamos a soltar una palabra de fe, es mejor que nos quedemos en silencio. La queja frena el milagro; el silencio sabio lo cuida.2.     Rompamos los decretos negativos del pasado. Cancelemos en el nombre de Jesús frases como “todo me sale mal”, “nunca saldré de esta crisis” o “este matrimonio es un fracaso”. Lo que nuestra boca ató en la ignorancia, nuestra fe lo desata hoy con la autoridad de la Palabra. 3.     Forjemos nuestro futuro conforme a la Palabra de Dios. Mirémonos al espejo y profeticemos con fuerza: “Jehová es mi pastor y nada me faltará”, Salmo 23:1. No salgamos a la calle a ver qué nos trae el día; salgamos a declararle al día lo que Dios ya nos prometió. Cerremos la boca a la queja y abramos la boca a la promesa. Porque lo que Dios ya nos firmó por gracia, ¡ningún infierno en la tierra lo puede revocar!

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