EPISODE · Aug 24, 2024 · 7 MIN
Carolina Coronado la olvidada escritora del romanticismo español que murió 4 veces
from PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM
Carolina Coronado la olvidada escritora del romanticismo español que murió 4 veces En esta historia rendimos homenaje a la escritora que inspiró al sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. La extremeña Carolina Coronado, nacida en 1820. En el mismo pueblo que Espronceda, Almendralejo. Desde pequeña dice poder contactar con espíritus de seres difuntos, concretamente el de su fallecido padre. Las apariciones de su progenitor, incluso en misa, le provocaron constantes desmayos. Carolina se tornó en un espíritu incomprendido y delicado. La muerte de una tórtola le inspiró a escribir un poema que enterró junto al animal. Carolina muere, por primera vez, en enero de 1844. Los periódicos de la época lo publican. Le llegan poemas de condolencia y reciben flores y coronas en su casa. Hasta que un médico, amigo suyo, pone en duda la muerte de la joven. Este doctor pensó que la chica se encontraba en una especie de letargo. Y se negó a que la enterrasen todavía. Con la piel pálida, los tirabuzones negros bien colocados y un vestido blanco impoluto…Carolina quedó tendida durante varios días. Menos mal que le hicieron caso al doctor porque una mañana…se despertó. El médico la había salvado de un entierro prematuro horrible. A cambio, una maldición recaería sobre ella. Carolina presenciaría la muerte de sus seres queridos antes que la suya. Carolina padeció catalepsia. Los afectados por esta patología perdían la sensibilidad y la movilidad momentáneamente. Por culpa de este trastorno neurológico. Su cuerpo queda inmóvil aunque los afectados pueden seguir viendo y oyendo lo que ocurre a su alrededor…sin poder articular palabra alguna. Después, decidió casarse con Horacio Perry. Horacio fue consciente de los profundos desmayos que sufría su esposa. Así que se casaron no una, sino dos veces. La dichosa catalepsia de Carolina volvió a hacer de las suyas en tres ocasiones más. Después, una serie de desdichas y desgracias comenzaron a surgir en la vida de Carolina. Como el fallecimiento de su primer hijo varón. Años más tarde, vaticinó la muerte de su propia hija, Carolina. De sólo 20 años de edad. Unas fuertes fiebres provocadas por el sarampión se la arrebataron. La autora enloqueció. Se negó a aceptar este trauma y ordenó embalsamar a su hija, cubriéndola de joyas. Hizo un trato con las monjas clarisas del convento San Pascual, en el Paseo de Recoletos de Madrid. Donde dejaron el cuerpo de su hija en un armario de la sacristía. No abrir, propiedad de Carolina Coronado. Su marido padeció la demencia de su esposa y decidió darle un cambio de aires. Se trasladaron a un palacio en Lisboa. Carolina se encerró en sí misma. No recuperó su vida social y se negó a que su nombre apareciera en cualquier escrito o referencia poética. Vivió un eterno luto. Una muerte en vida. Pero la maldición siguió su curso, esta vez, le tocó el turno a su esposo. Al morir, ordenó que lo embalsamaran en un sarcófago y lo mandó colocar en una capilla. Dentro de su residencia palaciega. Allí le rezó cada día, siguió hablándole y discutiendo con él, como si estuviera vivo. La Parca le había perdonado la vida ya en muchas ocasiones y se había cobrado la de sus seres amados. Por fin, le tocó a ella. Carolina terminó su vida a los 90 años y fue enterrada junto a su marido en un cementerio de Badajoz. Su yerno recogió el cuerpo de su hija del convento madrileño para que continuase su descanso en un lugar más apropiado. Carolina fue una activista feminista que luchó con la esclavitud en Cuba. Entabló amistad con la reina Isabel segunda y creó un popular salón de tertulias literario. Llegando a ser todo un referente para las artes del siglo 19. La catalepsia y la maldición no fueron el peor de sus castigos. El más cruel de todos fue que su obra quedó relegada al olvido. Nunca fue incluida en la selecta lista de poetas y escritores del Romanticismo español Afortunadamente, podéis encontrar su obra en la biblioteca digital hispánica. Los ataúdes de seguridad fueron inventados en el siglo 19 ante el temor de ser enterrados vivos. Un miedo conocido como tafofobia. Estuvieron equipados con mecanismos como campanas, banderines o tubos de ventilación. Para alertar a los que estuvieran en la superficie. En aquella época, las limitaciones médicas hacían que no se pudiera distinguir entre la muerte o estados de inconsciencia profunda. Y no temas si alguna se despierta, Que si logro ver, de gozo muero, Y aunque después lo cante al mundo entero, ¿Qué han de decir los vivos de una muerta?
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