EPISODE · Sep 1, 2017 · 8 MIN
Cuando el que seduce es Dios
from Podcast de Homilias para los sencillos
Reflexión homilética para el XXII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A En la liturgia de hoy podemos meditar cada uno hasta qué punto tenemos verdadera intimidad con Dios y cuánto nos condiciona el amor que le tenemos. El profeta Jeremías Jeremías se presenta como un muchacho que ha pasado un tiempo y repiensa su apostolado como profeta: “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir”… Medimos las fuerzas y Dios pudo más que yo. Se dio cuenta de que el resumen de sus predicaciones y predicciones era poco agradable al pueblo de Israel y todos se reían del profeta. Jeremías lucha y saca una dolorosa conclusión que nunca podrá cumplir: ya no quiero nada con Dios. No me acordaré más de Él: “No hablaré más en su nombre”. Sin embargo la conclusión y la realidad son distintas. Venció la Palabra del Señor porque le quemaba por dentro. Era fuego en sus entrañas. Te invito a meditar: ¿Te ha seducido el Señor? ¿Sientes que su amor está por encima de todo? ¿Te comprometiste de verdad con tu Creador alguna vez en tu vida? Por otra parte, ¿te has peleado y quisiste dejar a Dios porque… no triunfas como querías… porque murió un ser querido…? ¿Has mandado a rodar alguna vez a Dios? ¿Quién es más fuerte en ti, Dios o tú mismo? Un consejo: Déjate seducir por Dios. Un día le darás la razón. Pablo a los Romanos Muchos juegan con el cuerpo (el suyo o el de otros) y aceptan todo tipo de placer porque… ¡me gusta! El cuerpo es indispensable para la vida humana. Dentro de él habita el alma que nos hace seres humanos: alma y cuerpo. Dios al darnos la vida divina en el bautismo entró en nuestro ser y por tanto nos pide que la limpieza del cuerpo acompañe la santidad del alma en la que Dios habita. Por eso pide el apóstol: “Os exhorto por la misericordia de Dios a presentar vuestros cuerpos como hostia agradable a Dios”. Por eso el mismo San Pablo, escribiendo a los Corintios les dirá: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… ¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros y habéis recibido de Dios”. Y todavía es más fuerte la enseñanza de Pablo: “Ya no os pertenecéis”. El motivo es grande. Todos nosotros “hemos sido comprados a buen precio”, la sangre de Cristo, como dirá San Pedro. Pablo enseña también un poco antes en la misma carta: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Sigue leyendo en particular 1Co 3,17. Por nuestra parte terminamos con las palabras de Pablo: “Glorificad a Dios con vuestro cuerpo”. Verso aleluyático ¿Tiene ojos el corazón? Pablo entiende que sí, de una manera metafórica, y es lo que nos recuerda este versículo del aleluya: “El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama”. Esta esperanza, como puedes entender en este domingo, es para la liturgia, la entrega total a Dios. El Evangelio El Evangelio de hoy trata de diversos temas: Después de escoger a Pedro como su representante entre los apóstoles, Jesús advierte a todos “que tiene que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos… y ser ejecutado”. Y añade que “al tercer día resucitará”. Evidentemente que esto, si lo entendieron, fue demasiado fuerte para todo el grupo y Pedro llevando a Jesús aparte, le dice: “¡No lo permita Dios! Eso no puede pasarte”. Pero Cristo, no aceptando ese aparte de Pedro dice, de modo que lo oigan todos: “Quítate, satanás, que me haces tropezar; piensas como los hombres, no como Dios”. Jesús añade: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Terminemos pensando que si una persona se ha dejado seducir por Dios y ha vivido según el Evangelio debe sentirse feliz porque un día Jesús “vendrá… con la gloria de su Padre y entonces pagará a cada uno según su conducta”. José Ignacio Alemany Grau, obispo
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